"Científicos de la Escuela de Ciencias Vegetales de la Universidad de Tel Aviv anunciaron que han grabado los gritos de dolor que emiten las plantas cuando las cortan o les falta agua. Para lograrlo utilizaron micrófonos sensibles a los ultrasonidos. En Gaza no hay micrófonos."
15.7.26
EN TEL AVIV, EN GAZA / GIORGIO AGAMBEN
25.5.26
"SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO) / SONIA BUDASSI
“Amo a mis perros Bello y Mortal y a mis gatas Bela y Atenea; aún así, cuando llegaban adhesiones de quienes decían llevarse mejor con sus mascotas que con los seres humanos (a veces decían, también: “Los animales no hacen la guerra”) pensaba: no es el mismo grado de complejidad, la relación es asimétrica, el animal no te discute, no se conflictúa, no tiene demandas extrañas. Explicarlo me pareció banal; luego, un argumento teñido de nazismo. ¿Acaso me estaba volviendo una defensora de la raza superior? ¿Cuál es el límite de la igualdad?"
21.5.26
SONIA BUDASSI / "SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO)
“A los doce, You y yo, después de prepararnos durante dos
años, rendimos —junto a otros mil aspirantes— el examen de ingreso para una
secundaria. Antes de buscar los resultados, compartimos un algodón de azúcar
celeste para calmar los nervios de la incertidumbre, haciendo fila en la puerta
del colegio.
Sobre los monitores del salón, la lista dividía el fracaso
del triunfo; nos dimos la mano en silencio. No se incomodó por la transpiración
de la mía.
Encontré mi nombre: puesto trece de ciento cincuenta. Di un
salto de alegría, “estoy, mirá, entré”, dije y se me escapó una risita que
debió verse simple, radiante, plena espontaneidad; así se descalabran los
estudiados gestos de buena educación que mi madre se empeñó en enseñarme: con
un estallido descontrolado de euforia. You sonrió, “¡entraste!”, dijo y me
abrazó un instante. Y otra vez se enfocó en la lista.
Sentí el vértigo del vacío, temor a que se cortara el cable
sostén del ascensor de mi vida justo cuando subía a ritmo armónico.
Llegamos al final: nada. Quise abrazarla; me apartó. Culpa,
pero en aquel entonces no sabía cómo llamar a ese tipo de angustia. Le dije: “repasemos,
quizás no vimos bien”. Ella dijo: “Dejá, ya está, déjame, te dije”.
La seguí después de encontrar su nombre: puesto sesenta y
dos.
Agitado mi corazón de palmera ante un huracán, corrí dos o
tres cuadras para contarle: ¡entramos juntas! No la vi. Le mandé una foto.
Tardó en responder y vino hacia un abrazo; al encuentro maravilla con la
realidad física de dos corazones apretados: laten juntos. Lo físico puede ser
cursi.
Expulsada hacía pocos meses del pelotero, le propuse
festejar en el café de los peluches, mi casita de los recuerdos; las dos ahí, por
primera vez sin la compañía de un adulto. La ilusión recién estrenada de
sentirnos independientes.
Al tiempo, empecé a percibir una desconfianza esfumada de su
parte, la sutileza de quien sabe evadir las muestras de afecto, ciertas miradas
e invitaciones denegadas con los modos de una doncella oriental ante mis
acciones de avidez latina como denominaba mi madre, de forma peyorativa, a mis
expresiones emocionales. La calidez de You nunca volvió. Yo insistía. Hasta
aquella vez: en el patio de la escuela se tomaba fotos con varias chicas, de a
una. Me acerqué y le pedí la mía. Frente al resto de sus amigas, respondió: “Disculpá,
justo quería volver al aula”. Y se alejó. La desolación me quitó el habla.
Nunca supe qué pasó. Quizá, también, la amistad se diluyó en la distancia exasperante de los celos, siempre inútiles, por las amistades nuevas. Aunque los celos de todo tipo son siempre así, inútiles, ¿a alguien le dio algún resultado satisfactorio?”
29.4.26
LA FANTASÍA / DIEGO TATIÁN
“Quisiera estar desnuda sobre tu cuerpo desnudo y sin dejar que te muevas sentirte todo entero dentro de mí -dice Laura con los ojos cerrados mientras, desnuda sobre mi cuerpo desnudo, sujetándome por las muñecas, arrasa primitiva mi existencia incierta, usurpada por su imaginación.”
28.4.26
LA MANO / DIEGO TATIÁN
“Caminó durante un tiempo largo por la playa hasta llegar a un lugar solitario, en ese momento el más solitario del orbe; allí nada tenía nombre, ni ella se llamaba Laura. Se desnudó, se sentó donde las olas apenas lamen la arena y comenzó a pensar en lo que el mar lleva y en lo que el mar trae. Cerró los ojos, sintió el agua inmemorial arrimarse cansada a la piel por un momento breve, como si quisiera revelar un secreto. El mundo eran esos pájaros, esa bruma lejos y sonidos muy pequeños de incierto origen animal o mineral, una música mínima que sube desde todas partes cuando no hay brisa. Sintió la intensidad del sol en los hombros, abrió las piernas y esperó el agua, que llegaba y se iba dejando una espuma fugaz. Comenzó a tocarse el vientre con suavidad, después se penetró, y después probó el sabor que había en sus dedos; era dulce, sin mar. Tuvo una experiencia de inmensidad y no se sobresaltó al sentir que una mano le tocaba la espalda.”
23.4.26
PADRES E HIJOS / DIEGO TATIÁN
“Un hombre de negocios compró la propiedad contigua a la mía. Demolió la casa y taló los árboles, algunos centenarios. Después niveló el terreno, lo roturó y enterró cosas a igual distancia unas de otras, como si las estuviera sembrando. Un juguete, un cuadro, una pluma estilográfica, una copa, un libro, un par de zapatos, una lámpara, un sombrero, un reloj, una carpeta con dibujos, un martillo, una antigua máquina de escribir y así hasta ocupar todo el espacio con objetos semejantes. Después se fue y ya nadie lo vería jamás volver a su propiedad.
Al cabo de muchos años llegaron tres hombres aún jóvenes, y comenzaron a cavar. Su padre los había reunido antes de morir para decirles que allí encontrarían un tesoro. Pero el trabajo fue en vano. Nada hallaron a no ser inservibles objetos estropeados por el tiempo, que fueron acumulando en un rincón.”
16.4.26
LA MÚSICA DE LOS IDIOTAS / DIEGO TATIÁN
“Ha pasado ya, decía con voz pausada y estertórea, la hora de los pueblos. Lo que llega, lo que está a punto de llegar, es una internacional de idiotas: mogólicos, autistas, deficientes, locos, tarados de toda Latinoamérica. Niños locos y viejos mogólicos, incluso, aunque quisiéramos pensar que es al revés. Esa nación hoy aún desperdigada, como por una ley física, como en un movimiento de atracción gravitacional de los espíritus, sale de sus casas ricas, de sus viviendas pobres, de los puentes, gana las calles para caminar, los Andes, las costas, calles peregrinadas por dementes y cuerpos de motricidad extraña que se desplazan hasta un lugar común y ahí rehacen un pueblo, el pueblo de los idiotas, e inician los trabajos: la cocina, la vivienda, la curación, los entierros, la higiene, la música, una música insensata, la fraterna música de los idiotas.”
13.4.26
EN LA PELUQUERÍA / HEBE UHART
"La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:
–Mire, yo no tengo
tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.
Eran seis.
Con la cabeza llena
de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor.
Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público,
los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre
los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca
la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”. Yo no sé si encierra
algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se
percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo;
no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina,
prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los
animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la
yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y
frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque.
Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de
las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando
cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras
me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me
hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo
verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando
juega Argentina, hago todo junto.
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit
lenam” (tejió, era trabajadora).
Me llama entonces
la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos
distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son
transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan
cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy
despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la
tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto
corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir
con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo,
poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí.
Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay posters con
mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las
extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo
corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda
las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma.
Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la
esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me
sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.
La que se empleaba
a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo
blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la
planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo
de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un
tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó
las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y
con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo?
Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le
pido:
–Corte todo para
arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.
No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acosrumbrada a cualquier cosa y corta.
Yo salgo contenta."
5.3.26
MANIFIESTO CONTRA LA GOMA DE BORRAR / MURIEL BELLINI
"Desde chicos nos enseñan a pensar que las líneas que dibujamos deben ser de cierto modo. Si no son así, hay que borrarlas. Esto crea una falsa idea sobre nuestra percepción visual (mis sentidos deben ser educados; yo estoy confundido). La confianza y la energía desaparecen y reina el otro adentro nuestro: todo lo que nuestra mente quiere expresar debe ser corregido.
Por eso: ¡basta
de abusar del borrador! Si el dibujo es la forma directa de contacto con
nuestros pensamientos, no vamos a vivir nuestra propia identidad si no
respetamos nuestros propios trazos.
Es importante
conocer todas las técnicas y herramientas. Pero, si estamos todo el tiempo
borrando y corrigiendo, puede pasar que terminemos por creer que nuestra mente
nunca nos quiere decir algo. Y que todo es externo. Escuchemos lo que tenemos
para decir mediante el dibujo como médiums de nosotros mismos.
No estamos confundidos. Decimos y mostramos líneas diferentes sin la goma de borrar.”
12.2.26
KENTUCKY SECO / CHRIS OFFUTT
“Kentucky seco es autobiográfico en aspectos estrictamente privados. En lo esencial he recurrido a las dinámicas emocionales de mi familia y las he tendido, como colchas, sobre otra gente.
El libro se publicó en noviembre de 1992. Recibí veinte ejemplares
por correo, los apilé en mi mesa y les hice una fotografía. Iba a todas partes
con un ejemplar y por la noche dormía con el libro debajo de la almohada. Me
sentía orgulloso, pero a la vez incómodo, como si en secreto fuese un impostor.
De alguna manera acabaría saliendo a la luz que en realidad yo no lo había
escrito, o que no merecía haber sido publicado. Me costó mucho llegar a creerme
que, en efecto, por fin había cumplido una meta a largo plazo. Me he pasado la
mayor parte de la vida intentando y fracasando. No sabía cómo ser una persona
que ha logrado algo.
La primera vez que volví a Kentucky tras la publicación,
visité a mi vecino, uno de los varios hermanos con quienes me crié, un hombre
que jamás se había alejado más de dos kilómetros del lugar de donde había
nacido. El relato “La ascensión de la casa” estaba basado en su desastroso
intento de instalar un tráiler en una pendiente embarrada durante una tormenta,
y yo estaba nervioso por su reacción.
- Es un buen libro -me dijo-. Parecemos nosotros, solo que
hace treinta o cuarenta años.
Asentí. Su elogio significaba para mí más que una buena
reseña en el New York Times.
- Esa historia del tráiler -dijo-. ¿Sabes que a mí me pasó
una vez lo mismo?”
27.1.26
INVENTAR UN FUTURO QUE NOS GUSTE / LUCRECIA MARTEL
“Nos toca algo que da mucho trabajo y es muy cansador: nos toca inventar el futuro próximo. Así como lo hicieron Julio Verne, Philip K. Dick y todas esas personas que nos abrieron los ojos. Tenemos que inventar un futuro que nos guste. Tratemos de inventar un futuro que no sea solo el apocalipsis de la proyección de la tecnología. Esto es urgente. Si están haciendo música: inventen el futuro de la música. Si están haciendo educación: inventen la educación. Si están haciendo cine: inventen el cine. Hay que inventar de cero. O no tan de cero, por suerte. Pero hay que inventar. Para que haya comunidad primero tenemos que sentir que podemos estar en el futuro. Si no nos imaginamos en el futuro, es imposible inventar nada diferente. Tenemos esa responsabilidad política y hay que tratar de llevarla a cabo con alegría".
23.9.25
EL TATÁ-CUÑÁ (2322) / CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA, BERTA E. VIDAL DE BATTINI
“Aparece en forma de mula y se llama también Mula-ánima. Aparece en la oscuridá de la noche, echando llama por lo ojo, por la boca y las narice. Hace un ruido aterrador con las cadenas que va cargando y arrastra por el suelo. Asusta a la hacienda y mata a manotadas y dentellada a los cristiano que encuentra en el camino. Como está endemoniada se le puede librar si un hombre muy valiente se esconde de alguna manera por donde pasa, y sale y le arrebata de un tirón el dogal o cabresto de donde le cuelgan todas las cadena y se lo saca. Entonce si el hombre le gana a la Mula ante que le mate, se convierte en la mujer que é o que era, y así se salva. Si no hay quien pueda hacer esta hazaña, el Tatá-Cuñá, por muchos año, sigue siendo un gran peligro para lo poblados y los hombres del lugar en donde sale envuelta en llama y arrastrando cadena.”
Ángela P. de Modú. Santa Lucía, Lavalle, Corrientes, 1950.
22.9.25
UN CASO DE LA MULÁNIMA (2319) / CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA, BERTA E. VIDAL DE BATTINI
“Habían ido dos hombres a trabajar para el norte. En esta región pero más al norte. Y estaban una noche en el boliche –que se llama donde venden bebidas alcohólicas o juegan al naipe– y era muy temprano, era más o menos las veinte de la noche, las ocho, y ya todos querían retirarse a las casas. Y decía uno:
– Y por qué se van tan temprano,
muchachos.
– No –dice–, es que aquí sale la
Mulánima.
– ¿Ah, sí?
– Sí, sale la Mulánima. Viene del
cementerio para acá. Y nosotros tenemos mucho miedo.
Y entre los que había, había un
chileno, y dice:
– ¿Y por qué no la salvan?
¿Ustedes no saben que la Mulánima es un alma en pena?
– Y no –dice–, aquí nadie sabe ni
nadie si anima.
– Si quieren, muchachos –dice–,
nos quedamos un rato más –dice–. Ahora si viene la Mulánima, yo la voy a salvar
porque yo sé cómo se salva.
Entonces todos llegaron a que sí,
que iban a esperar un rato más. Entonces cerraron la puerta del boliche y
empezaron ahí a ‘star un rato más. Ya cuando se sentía el tropel que venía del
cementerio, porque desde ahí que salía la Mulánima, daba una vuelta por el
pueblo y volvía de nuevo al cementerio, entonces, el señor este que había, que
decían que era chileno, hizo un cuadro en la calle, con el cuchillo simulando
una pieza, con una puerta para el lugar desde donde iba a venir la Mulánima. Y
ahí se quedó hincado, con el cuchillo clavado en la tierra. Hizo una cruz y lo
clavó al cuchillo y se puso a rezar. Y ya venía la Mula a todo lo que da. Entonces
él cuando ya venía llegando la Mula, se paró de golpe, y decía unas palabras,
¡Jesús, María y José! ¡Jesús, María y José! ¡Jesús, María y José! Tres veces y
le sacó el freno desde arriba de las orejas de la mula. Y se sintió el ruido
desde el suelo del freno que caía. Y entonces, la Mula dijo: – ¡Por fin mi han
salvau!
Entonces, todos los que ‘taban ahí presente dentro del
boliche, mirando por la aberturita de la puerta, sintieron que la Mula volvía
de nuevo al cementerio y nunca más salió.”
Antonio Díaz de Páez, 46 años. Los Sarmientos, Chilecito,
La Rioja, 1968.
16.9.25
LA MULÁNIMA (2318) / CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA, BERTA E. VIDAL DE BATTINI
“La mulánima era una mujer que teniendo una vida pecaminosa y amores sacrílegos perdía la forma femenina para convertirse en mula, según cuentan los viejos de este lugar.
Esta transformación se hacía al dar la primera campanada de
las doce de la noche en la iglesia de la población. Se sentía el ruido de
cadenas que arrastraba por el suelo y recorría las partes más oscuras del
lugar, dando gritos y arrojando fuego por la boca. Sus relinchos, a veces, su
llanto de mujer, otras, causaban el terror en las personas que trasnochaban en
aquellos tiempos. Los vecinos sentían sus relinchos y se defendían del miedo
con oraciones para la desgraciada que según se aseguraba sufría más. Como
estaba condenada, se pedía a Dios por ella. Sus relinchos y gritos respondían
al fuego que la consumía por estar condenada y no poder regresar al hogar que
ella había manchado con su mala vida.
Todo este sufrir dura hasta el toque o llamada de la primera
misa, toques que tienen la virtud de transformarla nuevamente en mujer y puede
entrar al hogar.
El relato que doy aquí se lo debo a una antigua servidora
que juraba por lo más sagrado que ella había visto con sus propios ojos un caso
de estos, en una casa de dones donde ella era mucama. Entre lágrimas y
temblores me lo refirió. Y me decía:
– Vea, niña, yo era sirvienta de dentro en la casa de la
señora Juana –me nombró una señora de gran familia, de la población–. Por la
noche las criadas chicas dormíamos en un corredor, al lado del dormitorio de la
señora, que era viuda de mucho tiempo. Yo tenía que darle mate, antes de la
primera misa. En la noche oscura hacíamos con doña Pancha, la cocinera, el
juego pa calentar el agua pal mate. A la señora le gustaba el mate a la madrugada.
En una de esas veces, yo con el mate en la mano dentré de repente al dormitorio
y, ¡qué vide, Dios mío! ¡Y que me caiga muerta si miento! Mi patrona parecía
una loca, respiraba juerte, tenía los ojos salidos y brillosos como los de los
michis. ¡Respiraba juego!, niña. ¡Madrecita del Valle, lo que vide después!
¡Los pieses, niña, eran de mula! Las piernas peludas y los vasos con uñas y
todo. Le juro, niña, que estaba condenada. Entoavía me sacude el chujcho cuando
me acuerdo. Yo le gritaba ¡Cruz Diablo! ¡Cruz Diablo! Y desde entonces, niña,
tengo estos ataques, y cuando me vienen, grito porque veo las patas de la
Mulánima en el cuerpo de mi patrona.
Así terminó la anciana que nos
sirve desde hace más de veinte años y tiene más de setenta.”
Margarita Soria y Medrano. San Antonio, Esquiú, Catamarca, 1946. La narradora es maestra de escuela del lugar.
15.9.25
EL ALMAMULA (2317) / CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA, BERTA E. VIDAL DE BATTINI
“El Almamula es una mujer de vida silenciosa, de vida mala. Pero generalmente se la culpa de que vive con un hermano, que es lo más común. Y se dice que se transforma de noche. Y va, y come las majadas, y hace mucho daño. Y para poderse salvar ella, porque se desfigura en mula, algún hombre corajudo le tiene que cortar la oreja. Entonces se salva de eso. Pero si la han herido en otra parte, amanece al otro día en cama, acostada, ensangrentada, en fin en donde la han herido, ya sea de bala o con cuchillo. Y así ya saben quién es.
Ella pasa de noche por los caminos, al galope y echando
fuego por la boca y las narices, bufando y arrastrando cadenas, impresionante.
Y por el camino que ella pasa, un hombre corajudo, escondido, si le corta la
oreja, la salva.
En el Departamento Figueroa sabía y hasta se contaba de
una señora que vivía con el mismo hermano, y un día amaneció herida. Y una
noche la encontraron que se entraba en una majada. Y ya se habían perdido
varios animales. La encontraron en forma de mula y la tuvieron que herir. Y al
otro día amaneció herida, pero así se salvó. Pero al poco tiempo murió. Ya
cuando han sido descubierta, pierden todo su poder. Eso es lo que pasó.”
Rafael Bravo, 58 años, Santiago del Estero, 1970.
12.9.25
EL ALMAMULA O MULÁNIMA (2315) / CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA, BERTA E. VIDAL DE BATTINI
“El Almamula es una alma condenada que sale por los caminos y asusta. Puede matar a la gente que le sale. Todos le tienen mucho miedo.
Es una mujer condenada porque ha vivido con el hermano o con
el hijo, o con el padre, que en el campo hay casos. Y también es la mujer que
tiene relaciones con un cura.
Se condena y aparece como una mulita pichona, chica, que
sale al galope, arrastrando cadenas y echa fuego por la boca y por los ojos. Hace
ruido como si mascara el freno. Sale cuando va a cambiar el tiempo, y más cuando
hay tormentas bravas se oye que sale la Almamula, y se oye el ruido de cadenas
entre los truenos.
Mucha gente la ha visto. Todos disparan. Solo un hombre muy valiente
la puede salvar, sacándole el freno.”
8.9.25
INDICIOS PÁNICOS 38 / CRISTINA PERI ROSSI
Aquella aparente falta de sentido no los impresionaba para nada: morir por aquellos que no sabían que morían por ellos.
5.9.25
INDICIOS PÁNICOS 29 / CRISTINA PERI ROSSI
- ¿Qué haces? -le dije
- ella
cultivaba amorosamente un niño en el erial del vientre.
- ¿Qué haces? -le dije
- ella
apisonaba con tesón algunas gotas de sangre y un poco de semen en una calabaza,
revolviendo bien.
- ¿Qué haces? -le dije
cuando vi que
machacaba el preparado, lo tomaba en sus manos, hundía dos dedos en la masa, la
unía y separaba, la unía y separaba, regándola a veces con sus lágrimas. Subía
un violento olor a vid y viña, a maceración de uva, a vino y orgasmo.
- ¿Qué haces? -le dije
- ella se
afanaba amasando, agregando a la preparación el chorro blanco que manaba de uno
de sus senos y la sangre roja de sus vasos abiertos de par en par, como
compuertas de los ríos.
Recién
entonces se dignó a mirarme.
- Lo preparo
a Él, me dijo, EL SOBREVIVIENTE, si llega a tiempo.
Lejos se oían los ruidos del combate.
3.9.25
INDICIOS PÁNICOS 14 / CRISTINA PERI ROSSI
Ella me ha entregado la felicidad dentro de una caja bien cerrada, diciéndome:
- Ten cuidado, no vayas a perderla, no seas distraída, me ha
costado un gran esfuerzo conseguirla: los mercados estaban cerrados, en las
tiendas ya no había y los pocos vendedores ambulantes que existían se han
jubilado, porque tenían los pies cansados. Esta es la única que pude hallar en
la plaza, pero no es de las legítimas. Tiene un poco menos brillo que aquella
que consumíamos mientras éramos jóvenes y está un poco más arrugada, pero si
caminas bien, no notarás la diferencia. Si la apoyas en alguna parte, por
favor, recógela antes de irte, y si decides tomar un ómnibus, apriétala bien
entre las manos: la ciudad está llena de ladrones y fácilmente te la podrían
arrebatar.
Después de todas estas recomendaciones soltó la caja y me la
puso entre las manos. Mientras caminaba, noté que no pesaba mucho pero que era
un poco incómoda de usar: mientras la sostenía no podía tocar otra cosa, ni me
animaba a dejarla depositada para hacer las compras. De manera que no podía
entretenerme, y menos aún, detenerme a explorar, como era mi costumbre. A la
mitad de la tarde tuve frío. Quería abrirla, para saber si era de las
legítimas, pero ella me dijo que se podía evaporar. Cuando desprendí el papel,
noté que en la etiqueta venía una leyenda:
“Consérvese sin usar.”
Desde ese momento tengo la felicidad guardada. Los domingos a la mañana la llevo a pasear, por la plaza, para que los demás me envidien y lamenten su situación; de noche la escondo en el fondo del ropero. Pero se aproxima el verano y tengo un temor: ¿Cómo la defenderé de las polillas?
2.9.25
INDICIOS PÁNICOS 1 / CRISTINA PERI ROSSI
Me interesa mucho la botánica. Puede decirse que soy autodidacta: tengo el cuarto lleno de hojas de diferentes formas y colores, de distinta dentición y ramificaciones. Las hojas son tantas que ya han empezado a trepar las paredes, lamiéndoles la cal. Hermosas hojas lanceoladas que apuntan hacia el suelo, hojas escoltadas, partidas; hojas aciculares, como agujas de cristal. Si camino el suelo cruje, por las que han caído y están secas. Todos los días rompo algunas, pero esto no constituye un problema: por las calles se encuentran millones, antes de que los autos las destrocen o que los estudiantes las utilicen como proyectiles contra los soldados. El otro día presencié un combate entre los estudiantes y los soldados. Después un policía me llevó a prestar declaración: quería que testimoniara cómo una hoja de plátano lanzada por un joven fue a darle en la cara a un cabo y al rozarle un ojo, lagrimeó un poco. El joven fue reprimido violentamente por los demás soldados, quienes lo echaron sobre el suelo y lo rociaron con gasolina. Después de mojado, cada soldado se acercaba a echar un fósforo. Ardió durante unos minutos. Después se hizo cenizas. De todos modos el cabo tenía el ojo rojo, por lo cual el juez estaba muy preocupado. “A alguien hay que castigar” -decía-. “Esto no puede quedar impune. ¿Qué dirá su Señoría, el presidente, si no castigo a nadie?” Yo me negué a declarar, pretextando resfrío: conozco varios testigos que después de declarar han sido encarcelados, ante la ausencia del culpable. Nadie se anima a dejar una ofensa a la autoridad impune. Lo único que lamento es que uno de estos días tendré que desprenderme de mi colección de hojas. Así me lo aconsejó un abogado amigo, entendido en la materia. Desde que los estudiantes han adquirido la peligrosísima costumbre de enfrentar a los soldados con hojas caídas de los árboles, estas han pasado a ser consideradas por el gobierno como armas ofensivas contra la seguridad del estado. Aunque mi conducta es irreprochable, mejor me deshago de ellas; todos los días hay allanamientos y no quisiera imaginar mi destino si las encuentran en mi cuarto. Ya no se puede estar seguro en ningún lado.











