“Kentucky seco es autobiográfico en aspectos estrictamente privados. En lo esencial he recurrido a las dinámicas emocionales de mi familia y las he tendido, como colchas, sobre otra gente.
El libro se publicó en noviembre de 1992. Recibí veinte ejemplares
por correo, los apilé en mi mesa y les hice una fotografía. Iba a todas partes
con un ejemplar y por la noche dormía con el libro debajo de la almohada. Me
sentía orgulloso, pero a la vez incómodo, como si en secreto fuese un impostor.
De alguna manera acabaría saliendo a la luz que en realidad yo no lo había
escrito, o que no merecía haber sido publicado. Me costó mucho llegar a creerme
que, en efecto, por fin había cumplido una meta a largo plazo. Me he pasado la
mayor parte de la vida intentando y fracasando. No sabía cómo ser una persona
que ha logrado algo.
La primera vez que volví a Kentucky tras la publicación,
visité a mi vecino, uno de los varios hermanos con quienes me crié, un hombre
que jamás se había alejado más de dos kilómetros del lugar de donde había
nacido. El relato “La ascensión de la casa” estaba basado en su desastroso
intento de instalar un tráiler en una pendiente embarrada durante una tormenta,
y yo estaba nervioso por su reacción.
- Es un buen libro -me dijo-. Parecemos nosotros, solo que
hace treinta o cuarenta años.
Asentí. Su elogio significaba para mí más que una buena
reseña en el New York Times.
- Esa historia del tráiler -dijo-. ¿Sabes que a mí me pasó
una vez lo mismo?”
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