“A los doce, You y yo, después de prepararnos durante dos
años, rendimos —junto a otros mil aspirantes— el examen de ingreso para una
secundaria. Antes de buscar los resultados, compartimos un algodón de azúcar
celeste para calmar los nervios de la incertidumbre, haciendo fila en la puerta
del colegio.
Sobre los monitores del salón, la lista dividía el fracaso
del triunfo; nos dimos la mano en silencio. No se incomodó por la transpiración
de la mía.
Encontré mi nombre: puesto trece de ciento cincuenta. Di un
salto de alegría, “estoy, mirá, entré”, dije y se me escapó una risita que
debió verse simple, radiante, plena espontaneidad; así se descalabran los
estudiados gestos de buena educación que mi madre se empeñó en enseñarme: con
un estallido descontrolado de euforia. You sonrió, “¡entraste!”, dijo y me
abrazó un instante. Y otra vez se enfocó en la lista.
Sentí el vértigo del vacío, temor a que se cortara el cable
sostén del ascensor de mi vida justo cuando subía a ritmo armónico.
Llegamos al final: nada. Quise abrazarla; me apartó. Culpa,
pero en aquel entonces no sabía cómo llamar a ese tipo de angustia. Le dije: “repasemos,
quizás no vimos bien”. Ella dijo: “Dejá, ya está, déjame, te dije”.
La seguí después de encontrar su nombre: puesto sesenta y
dos.
Agitado mi corazón de palmera ante un huracán, corrí dos o
tres cuadras para contarle: ¡entramos juntas! No la vi. Le mandé una foto.
Tardó en responder y vino hacia un abrazo; al encuentro maravilla con la
realidad física de dos corazones apretados: laten juntos. Lo físico puede ser
cursi.
Expulsada hacía pocos meses del pelotero, le propuse
festejar en el café de los peluches, mi casita de los recuerdos; las dos ahí, por
primera vez sin la compañía de un adulto. La ilusión recién estrenada de
sentirnos independientes.
Al tiempo, empecé a percibir una desconfianza esfumada de su
parte, la sutileza de quien sabe evadir las muestras de afecto, ciertas miradas
e invitaciones denegadas con los modos de una doncella oriental ante mis
acciones de avidez latina como denominaba mi madre, de forma peyorativa, a mis
expresiones emocionales. La calidez de You nunca volvió. Yo insistía. Hasta
aquella vez: en el patio de la escuela se tomaba fotos con varias chicas, de a
una. Me acerqué y le pedí la mía. Frente al resto de sus amigas, respondió: “Disculpá,
justo quería volver al aula”. Y se alejó. La desolación me quitó el habla.
Nunca supe qué pasó. Quizá, también, la amistad se diluyó en la distancia exasperante de los celos, siempre inútiles, por las amistades nuevas. Aunque los celos de todo tipo son siempre así, inútiles, ¿a alguien le dio algún resultado satisfactorio?”

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