21.5.26

SONIA BUDASSI / "SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO)

“A los doce, You y yo, después de prepararnos durante dos años, rendimos —junto a otros mil aspirantes— el examen de ingreso para una secundaria. Antes de buscar los resultados, compartimos un algodón de azúcar celeste para calmar los nervios de la incertidumbre, haciendo fila en la puerta del colegio.

Sobre los monitores del salón, la lista dividía el fracaso del triunfo; nos dimos la mano en silencio. No se incomodó por la transpiración de la mía.

Encontré mi nombre: puesto trece de ciento cincuenta. Di un salto de alegría, “estoy, mirá, entré”, dije y se me escapó una risita que debió verse simple, radiante, plena espontaneidad; así se descalabran los estudiados gestos de buena educación que mi madre se empeñó en enseñarme: con un estallido descontrolado de euforia. You sonrió, “¡entraste!”, dijo y me abrazó un instante. Y otra vez se enfocó en la lista.

Sentí el vértigo del vacío, temor a que se cortara el cable sostén del ascensor de mi vida justo cuando subía a ritmo armónico.

Llegamos al final: nada. Quise abrazarla; me apartó. Culpa, pero en aquel entonces no sabía cómo llamar a ese tipo de angustia. Le dije: “repasemos, quizás no vimos bien”. Ella dijo: “Dejá, ya está, déjame, te dije”.

La seguí después de encontrar su nombre: puesto sesenta y dos.

Agitado mi corazón de palmera ante un huracán, corrí dos o tres cuadras para contarle: ¡entramos juntas! No la vi. Le mandé una foto. Tardó en responder y vino hacia un abrazo; al encuentro maravilla con la realidad física de dos corazones apretados: laten juntos. Lo físico puede ser cursi.

Expulsada hacía pocos meses del pelotero, le propuse festejar en el café de los peluches, mi casita de los recuerdos; las dos ahí, por primera vez sin la compañía de un adulto. La ilusión recién estrenada de sentirnos independientes.

Al tiempo, empecé a percibir una desconfianza esfumada de su parte, la sutileza de quien sabe evadir las muestras de afecto, ciertas miradas e invitaciones denegadas con los modos de una doncella oriental ante mis acciones de avidez latina como denominaba mi madre, de forma peyorativa, a mis expresiones emocionales. La calidez de You nunca volvió. Yo insistía. Hasta aquella vez: en el patio de la escuela se tomaba fotos con varias chicas, de a una. Me acerqué y le pedí la mía. Frente al resto de sus amigas, respondió: “Disculpá, justo quería volver al aula”. Y se alejó. La desolación me quitó el habla.

Nunca supe qué pasó. Quizá, también, la amistad se diluyó en la distancia exasperante de los celos, siempre inútiles, por las amistades nuevas. Aunque los celos de todo tipo son siempre así, inútiles, ¿a alguien le dio algún resultado satisfactorio?”

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