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26.1.26
LOS MUNDOS ANTERIORES / JORGE BARBERINI VET
"Aclaración necesaria: Conocí a Nielsen bastante antes de saber quién era y de tomar contacto con sus escritos. ¡No me mire así! Uno no puede abarcar la totalidad de la cultura contemporánea ni conocer a todos sus protagonistas.
Lo primero que llegó a mis manos fue “Adentro y afuera por los Fogwills”. Mi escaso conocimiento de los implicados y sus entornos me impidió hacer pie. La siguiente ocasión fue más propicia. Disfruté mucho con los relatos de "fff".
Días atrás llegó a mis manos “Los mundos anteriores”. Libro rarito.
Un futuro distópico, no tan lejano, esperable, posible. Un futuro de pasado mañana, digamos. Los personajes, herederos verosímiles de muchos que frecuentamos hoy. Crápulas y aprovechados atemporales. Damas y caballeros de relleno. Gente “como uno”, metida en un callejón sin salida, transitando paisajes casi reconocibles. ¿Sin salida dije? Parece que no tanto. De buenas a primeras aparece esa oportunidad con la que muchos soñamos: Volver en el tiempo, a un cuerpo sano y con la cabeza de hoy… ¡Quién no lo imaginó y deseo alguna vez! (Por si interesa: A 1971, mi primer año del secundario).
A partir de ahí todo se precipita: Una trama de esas a las que ahora llamamos bizarra, la necesidad de adaptarse a una (falta de) tecnología inquietante, gente disparatada en situaciones aún más disparatadas. Personajes ilustres asomándose aquí y allá, un Tomas Alva Edison aprovechador y aporteñado que se empecina en un inconducente enfrentamiento con Nikolai Tesla. El tenue eco de El Ruido de un Trueno, impregnándolo todo, amenazante. Un montón de cosas en el medio, las que no tengo la menor intención de contarle.
Y un final ¿feliz?, de esos que tanta falta nos hace.
Me gustó. Mucho. En un par de semanas lo vuelvo a leer.
Imíteme. "
13.11.25
12.11.25
LOS MUNDOS ANTERIORES EN REVISTA KRANEAR / INSTAGRAM
En la columna de hoy, @francoalinovi reseña la novela Los mundos anteriores, de @nielseng, un texto en el cuenta la historia de una pareja que desea viajar a través de una máquina del tiempo para resolver un drama del presente. Pero aquel potencial oasis, al parecer, es tan o más descarnado que el mundo actual.
11.11.25
LOS MUNDOS ANTERIORES EN YOU TUBE / MARIANO DUCROS
10.11.25
PARA UN RETORNO ALL INCLUSIVE / MERCEDES ESTRAMIL EN EL PAÍS DE URUGUAY
Hasta donde se sabe, fue un hoy desconocido cónsul y dramaturgo español, Enrique Gaspar y Rimbau, quien por primera vez habló de una máquina de viajar en el tiempo en una novela de ciencia ficción. La escribió en 1881 y la publicó en 1887 con el raro título El anacronópete, con lo cual se adelantó unos años al perdurable debut de H.G. Wells (La máquina del tiempo, 1895). Nunca desdeñable, la magia y/o el marketing de los títulos. Desde ahí, la idea de viajar en el tiempo acompaña la narrativa de la ciencia ficción como uno de sus ingredientes más atractivos, junto a los extraterrestres y los apocalipsis. El argentino Gustavo Nielsen (n. 1962) aborda ese tópico con una vertiente aventurera en Los mundos anteriores. No le inyecta moraleja flagrante, ni dramatismo ni tragedia, y pone como centro de la trama un asunto amoroso. Es la historia de P (Pedro) y Nane, sesentones en 2053, en una Buenos Aires hipertecnológica, donde los Tesla viajan por tierra y aire; los electrodomésticos saludan y extrañan; y un pañuelo de tela oficia de pantalla, filmadora, grabador. Claro que sigue habiendo pobres, y un virus hanta que provoca cánceres incurables. La única solución, para ricos, la implementa una corporación que vende viajes en el tiempo, y como P y Nane tienen dinero, viajan. El destino es un pueblo ignoto de EEUU, en 1919. Nadie se muere de cáncer, y conviven en malos términos dos “prohombres” inventores: Thomas Alva Edison y Nikola Tesla. Con ese arranque, Nielsen arma una novela plena de cinismo, ingenio, humor, guiños a escritores (Bioy Casares a full), personajes atractivos, algún resbalón erótico, y disparos a la Argentina y al mundo actuales, con sus xenofobias, susceptibilidades y progresismos bobos. Hay una moraleja: la felicidad no se compra, pero la salud y la juventud cuestan plata.
Los mundos anteriores es un buen divertimento, una aventura a lo Stevenson, un juego con el cientifismo y sus teorías aún inaplicables, no pretende más. Pero, como es usual en la sci-fi, da más. Deja esas preguntas que vuelan la cabeza (por ej.: si el futuro es consecuencia del pasado o el pasado lo es del futuro) y hacen pensar el de dónde venimos y hacia dónde vamos con un ángulo de apertura mayor, como si cualquier cosa que pensemos, en algún lugar y en algún tiempo, fuera posible.
LOS MUNDOS ANTERIORES, de Gustavo Nielsen. FCE, 2025. Buenos Aires, 323 págs.
15.10.25
EDU SOBICO ME ENCONTRÓ TOCANDO EL CLARINETE DE PAPEL
1.10.25
10.9.25
"LOS MUNDOS ANTERIORES" PARA CULTURA DE CLARÍN / JUAN MANUEL MANNARINO
-En primer lugar, me gustaría que me hablaras de tus
dibujos, planos y bocetos -que dijiste en la presentación de tu novela que son
una suerte de derivación de tu oficio de arquitecto-, los que dieron origen a
la novela en tanto estructura, en tanto estrategia narrativa, como también a
la creación de la ciudad y los elementos centrales. Incluso hay algunos dibujos
o frases incluidos dentro de la edición. ¿Es algo que solés hacer o surgió aquí
de forma inusual?
Dibujar es el modo que tengo de poder describir mejor un
objeto o un espacio. Cuando dibujo veo más. Ya pasó a ser un método para mí. En
este caso fue una prioridad más que un acompañamiento, porque tuve que diseñar
a grandes rasgos la Villa Tesla, ciudad del futuro donde vive el protagonista.
Y, ya que estamos, me tuve que imaginar Lewellyn Park, porque a pesar de que
existió -fue una especie de Silycon Valley del pasado- no encontré un plano en
ninguna parte. En planta, la Villa Tesla tiene lazos con la ciudad sectorizada
del Movimiento Moderno (Brasilia, por ejemplo), y la otra sigue la linealidad
de los urbanismos históricos del oeste norteamericano. La vista general de
Villa Tesla puede verse en un croquis adjuntado en el libro, y el plano de
Lewellyn lo incorporo más abajo en carácter de primicia. Este es el tipo de
dibujo que suelo acompañar al diseño de mis novelas; tiene un carácter
explicativo, están llenos de cotas e indicaciones. Las explicaciones son para
mí: recordatorios, análisis, intentos de lograr objetos buenos, lindos y
útiles. También croquicé el diseño elemental de una casa del futuro y de un
vehículo eléctrico, el T20, que fuera capaz de andar, trepar, sumergirse,
flotar, volar, hablar y muchas cosas más.
-La ciudad, justamente, ocupa un lugar central en la
historia, los coches voladores, la carretera y, por supuesto, Villa Tesla,
Lewellyn Park y la evocación de Buenos Aires. Me recuerda a tantas ciudades
inventadas por tantos escritores, esa cosa de inventar una ciudad es algo
fascinante, me imagino, incluso sin dejar otras referencias reales que convivan
con ella.
La Buenos Aires que aparece, que no está diseñada a tabula
rasa como hubiera querido Le Corbusier, es una mezcla oxidada de pasado y
progreso atentando uno contra el otro. La referencia más cercana es Los Ángeles
de Blade Runner. Un cuadro de caos y confusión, donde las máquinas de la
vanguardia se superponen a la chatarra vetusta. Ese infierno chino de la peli
de Ridley Scott.
Hay algo verdaderamente extraño con la prospectiva y la
anticipación: las viñetas de principio del siglo pasado, esas que salían en
Caras y Caretas o PBT, auguraban que mucho del tráfico doméstico iba a pasar a
ser aéreo. Las caricaturas de una Buenos Aires del 2000 mostraban el aire
invadido de vehículos como moscas, yendo de aquí para allá. Y no pasó. En mi
novela decidí seguir insistiendo en el asunto, para un futuro bastante cercano:
el año 2053. Me la juego.
-Y también los objetos inventados (los pañuelos, por ejemplo,
con varias funciones), el espacio y el tiempo y los viajes en el tiempo. Algo
que nos lleva al mundo de la ciencia ficción, a la física, a Bradbury, Houdini,
Edison, Nikola Tesla -un apellido que cobra relevancia en los últimos tiempos
por la empresa de autos eléctricos, la de Elon Musk-. ¿Cómo fuiste elaborando
la trama con todos esos elementos, cómo fue la investigación, el proceso
creativo?
Me imaginé que los pañuelos de tela, un objeto hoy olvidado
completamente y reemplazado por el papel tisú, podían ser los celulares del
mañana. Creo que el germen de esta novedad viene de un invento del arquitecto
argentino Emilio Ambasz, que mostró en la FADU un prototipo de walkman de tela,
sosteniendo que la rigidez necesaria para el funcionamiento del gadget se la
proveería el mismo caset. No sé si su invento habrá prosperado o no, pero me
resultó muy simpático que lo mostrara como un hallazgo entre sus pasatiempos industriales de los años ochenta.
El T20 o la Villa Tesla de mi novela tienen que ver con el
verdadero Nikola Tesla, no con el despreciable millonario norteamericano que
nombrás; más bien es EM el que se ha apropiado de un nombre que le queda
holgado. Los propósitos de los colonialistas norteamericanos siempre van por
ese lado maligno y bajo.
-En cuanto al género de la ciencia ficción tu novela
también tiene algo de metafísica, de fantástico, de aventura. Entre otras
referencias, aparece “La invención de Morel”. ¿Te interesa el género de la
ciencia ficción o fue una casualidad llegar ahí? ¿Qué significa la ficción para
vos, por qué seguir escribiendo novelas, qué lectores te imaginás hoy respecto
a lo que ocurría hace un tiempo con la literatura?
“Los mundos anteriores” cuenta una historia de amor que
tiene una máquina del tiempo. En las nuevas pandemias ya no hay escapatoria
hacia otras ciudades no contaminadas, como sucedía en la peste relatada por
Daniel Defoe o en la de Camus. Ahora es el mundo entero el que se contamina en
apenas días. Para estructurar el relato me imaginé un escape hacia otra época,
utilizando justamente las ventajas de los cilindros de espuma cuántica que
estudian Rovelli y otros físicos discípulos de Stephen Hawking. Es un viaje sin
retorno a un lugar en la historia donde menos incidencia hubo de muertes por
enfermedad terminal. Los personajes hacen un viaje de ida que no es nada fácil,
y ya no por problemas técnicos: los inconvenientes vienen por el lado de la
ética, la memoria, las buenas costumbres. Encuentro que la ficción es un muy
buen laboratorio para explorar estos dilemas.
-La guerra de la electricidad en medio de la trama de la
pareja, del amor, y de pronto la enfermedad que afecta a la población. Y
también está el tema de la enfermedad, de la pandemia, algo que conocimos tan
de cerca con el Covid hace poquito, y que parece ya haberse olvidado. ¿Qué te
llevó a cruzar esos mundos, cómo fue que les diste forma y cuerpo?
Escribí el primer original de la novela antes de la
pandemia, hay pruebas de eso. Algo me taladraba la cabeza, como un presagio.
Cuando pasó lo del Covid no lo podía creer; pero ahora sé que es un signo de
los tiempos. Lo del Covid puede repetirse en cualquier momento, pasamos a ser
un planeta frágil, en el que si seguimos apuntando a gobiernos liberales o de
ultraderecha como los que se están dando en nuestro país y en muchas partes del
mundo, se salvarán de las pestes solamente unos pocos. Es algo absurdo, pero
tiene que ver con el capitalismo salvaje que elimina a los más débiles.
La guerra de la electricidad existió entre Edison y Tesla en
su momento, en “Los mundos anteriores” está expuesta como un tema concluido
unos años atrás, pero que se reflota en la guerra de los libros. La guerra de
los libros es un invento mío para recrear el evento real.
-Los parlamentos de Tesla y Edison son muy creíbles. He
buscado algunas frases en Internet y, para mi sorpresa, fueron dichas por
ellos. ¿Cuál fue el método empleado para conseguir esto?
Puse en Internet “frases de Edison”, “frases de Tesla”. Hice
dos listas. Fui armando diálogos para poder utilizar sus palabras reales en parlamentos
con contextos alterados. Por un instante me creí Gardel, pero los personajes
carecían de toda personalidad. Entonces les agregué adjetivación para que
sonaran como parte de la “grieta”. Edison es un gorila prepotente, Tesla un
progre dubitativo. Así es como quedaron tan creíbles.
- En “El ruido del trueno”, cuento de Bradbury que se
menciona en la novela, una pequeña modificación en el pasado (la muerte de una
mariposa) produce una serie de cambios importantes en el futuro (políticos y
ortográficos). En “Los mundos anteriores” los pequeños cambios se vienen
atajando en una especie de jardín mutante, hasta que hay una peripecia que
produce una alteración mayor y más importante. Sin espoilear demasiado, ¿quiere
referirse al respecto?
Es muy gracioso que me hagas esta pregunta, porque toca un
tema delicado en la novela. ¡Al final cualquier tema que pongas en jaque
resulta siendo delicado! En esto los escritores nos parecemos a los humoristas,
que se la pasan cuidándose porque siempre hay alguien que se ofende. Cuando el
protagonista, en el pasado, comete un error sensible al futuro, el cambio que
produce es la aparición del lenguaje inclusivo y la indeterminación de los
géneros. Se me ocurrió que estaba bueno que el doctor se sintiera mejor siendo
mujer, y la escribana fuera más feliz en un cuerpo de otro tamaño. Me divertí
mucho escribiendo esta parte.
-La novela se interroga, de algún modo, cuánto dura una
vida, cuánto es el tiempo hoy para el amor, por supuesto también la muerte y el
futuro. Y también pone en tensión la tecnología, los afectos y aspectos de la
vida cotidiana, como lo que sucede en el restaurante armenio, entre otras
cosas. Temas muy viejos pero a la vez muy actuales. ¿Creés que “Los mundos
anteriores” evoca de algunos modos estos presentes, pasados y futuros tan
acelerados que estamos viviendo? ¿De qué forma te parece que la novela habla
algo de la contemporaneidad o está tocada por ella?
Soy un habitante del presente: todo lo que hago en
literatura o arquitectura está tocado por la contemporaneidad. Estoy orgulloso
de que así sea. Mis antenas siguen encendidas.
29.8.25
LOS MUNDOS ANTERIORES EN REVISTA VIVA / HORACIO CONVERTINI
28.8.25
27.8.25
26.8.25
25.8.25
DISTOPIAS. VIAJES AL PASADO DESDE UN FUTURO DESOLADO / GABRIEL SÁNCHEZ SORONDO PARA LA NACIÓN
En Los mundos anteriores, el argentino Gustavo Nielsen imagina, con alusiones y citas a clásicos del género fantástico, huidas a otros tiempos desde un mundo futurista donde reina una pandemia.
Los viajes en el tiempo son una de las obsesiones de nuestra especie y de la literatura, desde el fundacional H.G. Wells con su empeñosa máquina transportadora de La máquina del tiempo (1895) hasta visiones más neuróticas como las de Philip Dick y sus personajes sometidos a saltos temporales involuntarios. El género se reinventa y alcanza exponentes de pertenencia, como la contemporánea estadounidense Connie Willis, que envía a su protagonista a encontrarse con el general Lee o a la Inglaterra rural del siglo XIV.
El argentino Gustavo Nielsen (1962) le dedica al asunto cronológico Los mundos anteriores que, además de contar con trama propia, celebra –con citas textuales, datos, guiños– a referentes del género fantástico en distintos soportes creativos, desde Stanisław Lem o El Bosco hasta Ray Bradbury, Julio Verne, Stanley Kubrick, Robert L. Stevenson, el mismo Wells, Borges, o incluso Pipo Pescador, prolífico artista pop argentino de los años setenta.
Quien encabeza la tormenta nominal en Los mundos anteriores, ya del lado científico de aspiraciones fantásticas, es Nikola Tesla, cuya ubicuidad deviene vertebral en el curso de los hechos, hilvanando todo el argumento. Esa presencia insigne se completa con su némesis de sombras y reflectores: Thomas Alva Edison; el opaco rico, el hábil negociante: “Edison era el hombre de los cables, Tesla el del aire. Edison era un hombre de negocios, Tesla un poeta. (…) Tesla era el ser, Edison el tener”.
De viajes al pasado, pero también acerca de un futuro no lejano,
trata Los
mundos anteriores, que empieza en 2053, en una Buenos Aires no tan
distinta a la real, donde los prósperos se mueven por el aire en super vehículos
y la vulgar superficie terrenal, inhóspita, allá abajo, queda para los
desahuciados. Una pandemia crónica llamada hanta, invariablemente terminal,
aqueja a una de cada dos personas y tiene a la raza en vilo.
La pareja protagónica comparte mesa en un restaurant: “P miraba por sobre el hombro de Nane una pantalla con una pelea repetida (…) Nane miraba un programa de comida africana. Los dos disimulaban para que el otro no se sintiera desatendido”. Un síntoma de época ya en curso: la abundancia de las pantallas, los encuentros desencontrados. Y sin embargo, esos dos que no se miran, se quieren. Tanto que P –para salvar a Nane del hanta que la está matando– quiere mandarla al año 1919, a un suburbio neoyorquino adonde su novia llegaría, incluso, con un cuerpo sano y más joven.
“Villa Tesla” es el punto de partida: suerte de barrio cerrado-elevado por sobre la vieja Buenos Aires. Campea en las alturas un confort de ricos hendido por contrastes apocalípticos que remiten a la película El quinto elemento de Luc Besson. Arriba, modernidad y lujo extremo: abajo, sin voz ni papel aparente, la periferia sucia, ajena a cualquier privilegio evolutivo.
Algo disparatado y a la vez poético del relato ofrece
resonancias del País de las maravillas; de hecho, Alicia tiene por allí su
mención puntual. Frondoso, satírico, el texto de Nielsen coquetea con lo
científicamente plausible: “Vengo a comunicarles esta nueva: en los puntos que
más se alejan de la gravedad concentrada, el tiempo pasa más rápido” entre
artefactos que hablan y surreales espacios que se materializan a pedido del
deseante.
Muchas de las referencias nominales en este relato provienen, se
ha dicho, del espectro literario, pero un nombre se impone: Morel. Tal como en La
invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, así se llama aquí
el artífice de otra invención: precisamente, la que lleva a Los
mundos anteriores.
Si el libro de Bioy Casares involucra un confinamiento en
aquella isla intemporal cuyos habitantes repetían eternamente lo mismo, el
Morel de Nielsen descubre cómo viajar al pasado histórico. Más prosaico que el
de la fantasía de Casares, este Morel de 2053, o mejor dicho, sus herederos,
cobran bastante caro el servicio “Viajes que curan”, según el lema comercial
del paquete que, al fin de cuentas, salva la vida y suma la opción de retoques
(etarios, fisionómicos) a gusto del cliente.
En 1940, lo de Bioy era tecnológicamente premonitorio respecto
de la realidad virtual inmersiva. Quizá Nielsen, autor del siglo XXI, también
se esté adelantando a algo cuando espía atajos espaciotemporales, avatares,
migración de almas, pandemia crónica.
Siguiendo el contrapunto, si el escenario de la isla de Bioy
Casares roza lo siniestro, Nielsen se despacha con un despliegue de lo absurdo,
apenas interrumpido por la melancolía de sus criaturas. En ese tono suyo se
funden lo sagrado de la tristeza y lo profano de un humor extremadamente
argentino. Por ejemplo, en cierto diálogo entre el profesional a cargo y el
potencial viajero: “¿Usted sabe qué es un horizonte de eventos? –preguntó el
doctor.
—No.
—¿Una línea de vida? ¿Los marcos inerciales?
—No.
—¿La materia exótica, las cuerdas cósmicas, el universo
rotatorio, el anillo de Román?
—No-
—¡Entonces para qué mierrrda pregunta! Si no sabe lo elemental,
no se puede hablar!”.
Los mundos anteriores es
gloriosamente coloquial y paródica, pero a la vez sobrevuela el relato una
búsqueda de redención; hay un narrador que tantea entre el amor del universo
poco amoroso y la incomunicación de tiempos hiper comunicados.
Un dibujo de Villa Tesla en blanco y negro ilustra las últimas
dos páginas del volumen. A mano alzada, en blanco y negro, Nielsen, escritor y
arquitecto, firma así, epiloga, planta –ya lo hizo en otros libros– el paisaje
babélico de su historia.
Finalmente, este viaje en el tiempo tiene, como la mayoría de
las ficciones que lo precedieron –salvo la seductora Volver al futuro o alguna
otra rareza–, un sabor amargo: quizá por verificar que ni el futuro ni el
pasado son ni serán lo que eran. Las distopías, ya casi como regla creativa,
marcan el pulso de una época desolada y la literatura viaja en esa máquina gris
que es un presente áspero para todos los vivos.
18.8.25
UN POEMA DE ENRIQUE FISCHER (PIPO PESCADOR) EN "LOS MUNDOS ANTERIORES" / 1972
15.8.25
LOS MUNDOS ANTERIORES EN IDEAS, LA NACIÓN / VIAJAR AL PASADO PARA CURARSE DEL FUTURO
"El futuro que describo en la novela Los mundos anteriores (Fondo de Cultura Económica) es de enfermedad y desolación, a pesar de las comodidades reinantes. Ya no hay sanación posible, pero uno se puede escapar a otros lugares de la historia donde no haya habido mayores riesgos de morir por enfermedades terminales. Por ejemplo, a una ciudad del pasado que registra la menor incidencia de cáncer de la historia. Se viaja al pasado para curarse del futuro."










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