“Un hombre de negocios compró la propiedad contigua a la mía. Demolió la casa y taló los árboles, algunos centenarios. Después niveló el terreno, lo roturó y enterró cosas a igual distancia unas de otras, como si las estuviera sembrando. Un juguete, un cuadro, una pluma estilográfica, una copa, un libro, un par de zapatos, una lámpara, un sombrero, un reloj, una carpeta con dibujos, un martillo, una antigua máquina de escribir y así hasta ocupar todo el espacio con objetos semejantes. Después se fue y ya nadie lo vería jamás volver a su propiedad.
Al cabo de muchos años llegaron tres hombres aún jóvenes, y comenzaron a cavar. Su padre los había reunido antes de morir para decirles que allí encontrarían un tesoro. Pero el trabajo fue en vano. Nada hallaron a no ser inservibles objetos estropeados por el tiempo, que fueron acumulando en un rincón.”

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