28.4.26
LA MANO / DIEGO TATIÁN
“Caminó durante un tiempo largo por la playa hasta llegar a un lugar solitario, en ese momento el más solitario del orbe; allí nada tenía nombre, ni ella se llamaba Laura. Se desnudó, se sentó donde las olas apenas lamen la arena y comenzó a pensar en lo que el mar lleva y en lo que el mar trae. Cerró los ojos, sintió el agua inmemorial arrimarse cansada a la piel por un momento breve, como si quisiera revelar un secreto. El mundo eran esos pájaros, esa bruma lejos y sonidos muy pequeños de incierto origen animal o mineral, una música mínima que sube desde todas partes cuando no hay brisa. Sintió la intensidad del sol en los hombros, abrió las piernas y esperó el agua, que llegaba y se iba dejando una espuma fugaz. Comenzó a tocarse el vientre con suavidad, después se penetró, y después probó el sabor que había en sus dedos; era dulce, sin mar. Tuvo una experiencia de inmensidad y no se sobresaltó al sentir que una mano le tocaba la espalda.”
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