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13.5.26

LA NIÑA SOBRE UN ALTAR / TGSM


“La niña sobre un altar” es una obra escrita por Marina Carr, autora irlandesa de unos cincuenta años. Lo que se escucha es absolutamente moderno, aunque suceda en la Grecia de los troyanos. La experiencia logra hacernos entender las razones y el impulso para que Clitemnestra mate a hachazos a Agamenón al volver de la guerra, como cuenta la historia. Todos los que estamos mirando sabemos que eso va a pasar, no hay un gran spoiler en lo que escribo, lo que quizás nos falte es terminar de entender el por qué, y los personajes de la obra de Carr lo van a expresar con creces. La razón psicológica o moral vamos a verla ahí, enérgicamente expuesta, en el teatro de voces de la sala Casacuberta del San Martín, actuada por un equipo impecable dirigido por Oscar Barney Finn.


Son brillantes los papeles principales, el de Analía Couceyro y Paulo Brunetti, pero maravillosos también los secundarios: el de Ligüen Pires, Mercedes Fraile, Lula Guttfleisch, Pablo Mariuzzi y Carlos Kasper. Es una obra equilibrada: todo encuentra el punto justo; la escenografía de Vanesa Abramovich es hermosa y sencilla, el vestuario diseñado por Camila Ferrin es minimalista y funcional, la iluminación de Claudio Del Blanco y la música original de Shino Ohnaga se ajustan a lo que está ocurriendo. Los personajes comunican didascalia y parlamentos con naturalidad, y lo que logra Barney Finn en la dirección supera lo que uno podría esperar de su profuso oficio y saber. Es mucho más que eso: es imaginación despierta, búsqueda joven. Hace que los personajes se arrastren, se doblen y adopten posturas inesperadas, logrando escenas muy creativas.

Cito dos, nomás. Agamenón levanta a Clitemnestra desde atrás y la sostiene en el aire, ella patalea pero también se entrega; hacen el amor cuando pelean, entonces se ve que hacen el odio, o podrían estar haciendo un amor odio, lo que la obra necesita en ese instante exacto. La segunda maravilla: hay una batalla, al final, que es coreográfica. Todos están hincados en el piso y coralmente narran el horror con sus cuerpos y palabras, sin necesidad de ningún efecto especial más que su parca danza en medio de las luces desbocadas. Y el horror se transmite como una inyección en la cabeza del espectador.

Último detalle, ya del texto. Me impresionó muchísimo la indicación del “harén” como lugar adonde van a morir las amantes viejas. Las mujeres de todos los tiempos conviven ahí con sus hijas y nietas, que serán las próximas sirvientas a mano. Hay algunas que se comen a las que se mueren: son las mujeres lobo. No hay entierros en ese harén, hay huesos arrinconados y una pared de calaveras. Cuando llega de la guerra, el rey abre el reducto femenino a los soldados para que sacien su hambre sexual. Es un detalle perverso que nos regala Carr.

Gran obra para disfrutar en el San Martín. Felicitaciones a los que la hicieron posible. Son, verdaderamente, un equipazo. Gracias. 

2.2.26

ROD MARTIN OPINA SOBRE FRANK GEHRY / PÁGINA 12

"Frank Gehry ha fallecido a los 96 años y con él se va el rostro más visible de una forma de hacer mundo que, lejos de desaparecer, está mutando. Gehry no inventó la arquitectura como espectáculo, pero la elevó a un nivel de sofisticación plástica que nadie más pudo igualar. Si bien es tentador declarar el fin de la era de los “arquitectos estrella”, el horizonte de Dubái, los megaproyectos de Arabia Saudita o la verticalidad de China lo desmienten: la arquitectura como activo financiero y marca global sigue viva. Sin embargo, Gehry fue su profeta original, y quizás sus edificios de metal retorcido queden en la historia como las ruinas más bellas y elocuentes de esa ambición desmedida.

Para entender cómo Frank Gehry llegó a diseñar los museos más caros del mundo como el Guggenheim Bilbao, hay que volver al principio, cuando la precariedad era su estética personal. Su propia casa en Santa Mónica sigue siendo una clave de lectura esencial: una vivienda suburbana “envuelta” en cercas de alambre, madera contrachapada y chapa ondulada.

Allí no había lujo, sino una celebración del material crudo, del desecho industrial. Gehry rompió la caja burguesa no con mármol, sino con lo que parecía basura de construcción. Esa estética de lo “inacabado” o lo “colapsado” se mantendría latente incluso cuando, décadas después, cambiaría la chapa barata por el titanio y el acero inoxidable.

El gran salto de Gehry no fue sólo formal, fue tecnológico. Su estudio fue pionero en la adaptación de CATIA --un software de Dassault Systèmes diseñado para la aeronáutica-- al mundo de la construcción. Esto le permitió traducir sus bocetos gestuales --garabatos que parecían nubes o explosiones-- en estructuras edificables.

Gracias a esta digitalización, Gehry pudo desafiar la gravedad y la economía de materiales, permitiendo que la arquitectura neoliberal de los ’90 --con su derroche de soberbia corporativa-- soñara con formas que antes eran imposibles. Él demostró que el simbolismo del gran capital podía fluir en curvas complejas, y no sólo en líneas rectas como en el World Trade Centra de Nueva York.

La inauguración del Museo Guggenheim Bilbao en octubre de 1997 marcó un antes y un después. El edificio no solo reactivó una economía local deprimida; validó un modelo global. Demostró que un objeto arquitectónico singular podía posicionar a una ciudad en el mercado internacional de turismo y prestigio.

Aunque hoy vemos este modelo replicado hasta el paroxismo en Emiratos Árabes y Asia, fue Gehry quien le dio su legitimidad cultural en Occidente. Sus edificios se convirtieron en logotipos tridimensionales. Pero, a diferencia de los rascacielos anónimos de vidrio que pueblan las capitales financieras, las obras de Gehry siempre mantuvieron una cualidad artística, casi escultórica, que las hacía únicas.

Esa singularidad tuvo costos altos. La fricción entre la forma escultural y la función habitable fue una constante en su carrera, generando episodios que ya son parte de la historia de la disciplina. El Walt Disney Concert Hall (2003) es una obra maestra acústica en Los Ángeles, cuyo exterior de acero pulido generó tal reflexión solar que calentó los departamentos vecinos hasta hacerlos inhabitables, obligando a un tratamiento posterior de la fachada. Y en el Stata Center del MIT (2004) --un edificio académico que visualmente parece estar derrumbándose-- la metáfora se volvió literal cuando el MIT demandó a Gehry en 2007 citando “negligencia profesional” por filtraciones persistentes, moho y grietas.

Estos incidentes no frenaron su carrera, porque en la lógica de la starchitecture, el defecto funcional a menudo se perdona si la ganancia simbólica es suficiente. Cuando en 2014, en Oviedo, Gehry levantó el dedo medio ante un periodista que cuestionó si su arquitectura era mero espectáculo, no estaba siendo solo grosero; estaba defendiendo la supremacía del arte sobre la utilidad banal. Incluso en sus obras tardías, como la Fundación Luma en Arlés (2021), Gehry insistió en su lenguaje de fragmentación. La torre de Arlés, recubierta de 11.000 paneles de acero inoxidable, brilla bajo el sol provenzal como una formación geológica alienígena.

Al mirar el legado de Gehry hoy, tras su muerte, surge una idea poderosa: sus edificios con sus metales retorcidos, sus volúmenes que parecen chocar entre sí y sus estructuras que desafían la verticalidad, siempre parecieron ruinas. No ruinas del pasado, sino ruinas del futuro. Parecen capturar el momento exacto de una explosión o un colapso.

La arquitectura del espectáculo no ha muerto; sigue vigente en cada render futurista de una smart city en el desierto. Pero Frank Gehry fue quien mejor capturó el espíritu de esta época vertiginosa. Sus edificios son los fósiles perfectos del capitalismo tardío: brillantes, caóticos, carísimos y fascinantes en su propia descomposición formal. Quizás, dentro de siglos, cuando se estudie nuestra era, sus estructuras de titanio arrugado sean las que mejor expliquen la ambición y el desorden de nuestro tiempo."

29.1.26

EL TRABAJO DE UN LECTOR


Mi nota sobre leer todo, aparecida hace veinte años en Radar, diez en Milanesa y ahora en el precioso blog de la querida amiga Angelina Bonnin. Que les guste.

En rdb (Ratita de Biblioteca Libros).

13.8.25

CIRCO / ANA MARÍA SHUA


 "Tal como la poesía utiliza la palabra para acercarse a lo que no se puede decir, estas imágenes intentan ser retratos de lo que no se puede ver.

Con su cámara y, sobre todo, con su mirada, Silvio Fabrykant salió a la caza de lo invisible, ese misterio capaz de explicar el universo.

Y así consiguió fotografiar el ritmo, la energía, la intensidad. Hizo poesía de la imagen."

11.8.25

EL CIRCO FABRYKANT

Silvio Fabrykant me invitó a ver su última muestra al estudio de la calle Juncal. Esperaba contemplar una colección de sus magníficos retratos en blanco y negro, lo que hizo durante toda su vida profesional y convirtió en marca de autor. Pasaron por su lente Bioy Casares, Natu Poblet, Leonardo Favio y cantidad de hombres pelados. Los sentó sobre el telón infinito, los iluminó, los peinó (con los pelados se salteó este paso) y les sacó una foto, quietos y mudos. Pero acá fue distinto, lo noto en cuanto entro a la sala. Acá se traicionó, para bien. Silvio decidió fotografiar la velocidad, porque lo que tenía que sacar era imposible de detener. “Los jóvenes somos así”, me dice, cuando le marco mi sorpresa ante su innovación.

Se trata de los fenómenos de circo de Ana María Shua interpretados por los actores del trapecio de Gerardo Hochman. Pueden leer la reseña que hice en su momento para La Agenda Revista. Si estas dos obras concatenadas ya producían un efecto de doble maravilla, la tercera reflota el esplendor. Silvio montó su trípode frente al escenario y apretó su obturador ante esos chicos sudorosos que subían y bajaban por un mástil, giraban en una rueda de hamacas locas, corrían en ronda barajando clavijas y aros de fuego, se colgaban del pelo para rotar, saltaban voladores desde andamios y despegaban impulsados hacia arriba por trampolines sube y baja. Incansables pero, sobre todo, imposibles de aquietar.

En las nuevas fotos de Silvio hay un solo retrato señalable: el adolescente de la camisa roja que, cansado, se toma un momento para él. Parece que mirara a sus amigos con la serenidad del que ya ha hecho todos los esfuerzos. El resto son personas esfumadas, apenas reconocibles por un puño sólido prendiéndose a un manillar para poder enfrentar la gravedad haciendo que no les importa demasiado, o por un zapato enganchado de un nudo, único punto posible de equilibrio. O por el color difuminado de las remeras. Silvio hace fotografía de los desplazamientos; del ascenso, del arrojo, de la levitación. Los artistas salen deformados, alargados; se vaporizan como manchas, se pegotean unos a otros en una misma nube. Son acaso un cilindro, una bandera, un pájaro. Sus cuerpos se duplican y triplican bajo la mirada del fotógrafo. Desaparecen los rasgos de los chicos, solamente ha quedado el movimiento. Con olor a tiza borroneada sobre un pizarrón negro.

No hay trucos en la exhibición escénica que hace Hochman de los cuentos de Shua, y tampoco en la exposición de Fabrikant. Ves película, ves grano, ves papel revelado por él. En un montaje que el arquitecto enmarcó y colgó de las paredes blancas. Es una muestra doméstica, para poder invitar de a uno y conversar con sus amigos en la intimidad del taller. Esa privacidad recuperó, para mí, la felicidad de la lectura del libro en soledad, después del barullo lindo -pero estresante- de la puesta. Hablo de la suavidad inicial, la que me había regalado Ana María. Ese silencio claro. ¡Qué pareja de creativos estos dos!

La muestra de Silvio es tan emocionante como el mundo que inventó su esposa escritora.

30.10.24

LO QUE QUISIMOS SER / DEBRET VIANA


 “El jueves se estrenó la nueva película de Alejandro Agresti, “Lo que quisimos ser”. Es de esas historias de amor que tienen la delicadeza de arrasar al espectador sin que los personajes ni siquiera se toquen las manos, sino evocando emociones más profundas, sutiles, casi existenciales que tenemos enterradas muy adentro y que muchas veces ni sabíamos que tenemos pero que al aflorar nos desarman. Quizás por eso, en el cine, escuché, entre las risas que provocaban los diálogos ingeniosos, el llanto contenido que sobrevenía por todo lo que empezaba a desbordarse de las escenas sin estar dicho ni explicitado.

Un librero, interpretado por un Luis Rubio atípico y extraordinario que ya deben estar considerando para Marvel, conoce a una editora en un cine: son los únicos que fueron a ver una de Howard Hawks. Corren los 90 y terminan tomando algo, para charlar de la película, y terminan comprometiéndose a jugar un juego: no decirse quienes son, ni siquiera el nombre, sino adoptar la personalidad de lo que quisieron ser, y serlo, cada vez que se junten, los jueves, a tomar algo y conversar.

Con esta premisa, tan mínima como gloriosa, los veremos encontrarse y charlar mientras se conocen y se desconocen a la vez, mientras se crean a sí mismos, mientras alejan la realidad de sus vidas y mientras se acercan un poco a lo quisieron haber sido y nunca fueron.

Y así las bellas piruetas que cada uno ejecuta para sostener el espejismo va a ir aproximándose a fibras más íntimas, humanas y terribles: yo no sé cómo se hace para salir de esta película sin llorar.

Quizás soy un poco parcial, porque pude ver cómo se filmaron algunas escenas, porque vi de cerca la maestría de Agresti detrás de cámara, porque hay una escena desopilante y antológica protagonizada por el crack de Gustavo Nielsen y porque haber atestiguado la disciplina y obnubilante cima de la gracia de la actuación frente a cámara encarnada en Eleonora Wexler, tan sublime como hipnótica, me inclinaron hacia un encantamiento sin reparos, pero, con todo, qué bello es el cine argentino, y qué buen momento este para ir al cine a ver una argentina; quizás pagar una entrada no fue nunca como hoy un acto tan político.


PS: También puede tener que ver con que me dejaron asomarme en una escena, pero más allá de tener que disculparme infinitamente por mi labor paupérrima, no deja de parecerme una película bellísima, hechizante desde el primer momento, llena de esas pequeñas delicadezas que llenan el alma y que las narrativas suelen dejar de lado, como si Agresti lograse ver y capturar un haiku por cada gesto mínimo que se nos pasa sin darnos cuenta de que es ahí donde se juega el corazón de nuestra humanidad.”

29.10.24

LAS REDES ANTES DE LAS REDES / DECÁLOGO PARA VER “LO QUE QUISIMOS SER” EN EL CINE










      1)  Es la nueva película de Alejandro Agresti en la que actúa Eleonora Wexler, la chica que mira más lindo de todo el cine argentino.

2)    La historia es mínima: hay dos protagonistas de unos cincuenta años. Irene, Yuri. La película es de amor, y la recorre un aire nostálgico, casi literario, lleno de diálogos sencillos, divertidos o tristes, de gente grande que viene golpeada por relaciones y problemas. Y país: en algún momento del 2001 se tienen que cambiar de bar cheto a pizzería de barrio. La crisis de Argentina que salpica todo, se mete en las casas de las personas, les quita sus trabajos, sus ahorros, sus pocos, pobres, éxitos. Se entiende perfectamente: está pasando ahora de nuevo. Y estos dos tratan de resistirse y se van enamorando. Se cuidan. No se juzgan. Arman una amistad en base a algo nuevo: van a vestirse de otros, van a ejercer un personaje y a relacionarse desde ahí. Es un juego que ella planea y dispone, y él acepta. Al principio los avatares suenan falsos; ellos mismos se van a ir encargando de darles solidez. La historia de una relación de día jueves es toda la historia, pero no es toda la película.

3)    En nuestros perfiles de Facebook, Instagram y demás, todos nosotros somos un poco otras personas. Ni qué hablar en los buscadores de trabajo tipo Linkedin, o los tinderosos. Somos más sabios o más lindos -retoques de Photoshop mediante-, o más musculosos, o campeones en algo. Siempre mejores. A veces la jugamos de super héroes, a veces de anti. Subimos la foto de un budín recién horneado creyéndonos altos cocineros; vamos a un restorán caro durante un viaje y mediante el posteo en Buena Morfa ya somos sibaritas. Con diez dibujos publicados, nuestros amigos nos piden una muestra en alguna galería de arte, porque nos acabamos de convertir en artistas. Somos influencers de la nada, a sabiendas y con mínimo esfuerzo. Un clic, muchos clics. Me gusta. Chau. Los disfraces de uno para ser feliz en esta novedad.

4)    ¿Intentamos jugar a ser otras personas para gustarles a los otros, o para gustarnos a nosotros mismos?

5)    Aunque quieras escapar, la realidad te va a encontrar. La ficción dura noventa minutos, la realidad el resto del tiempo.

6)    Todo el mundo puede ser un narrador cuando se anima a contar lo que le pasa. Y todo el mundo es un actor cuando decide fotografiarse o grabarse en su cotidianeidad, o mostrar cómo entrena, cómo mete un penal, cómo bajó de peso. Cada uno exagera sus razones; casi nadie se atiene a la verdad. Y si lo hace, nadie, pero nadie, ya, le creerá. Uno será su propio director cuando decida qué muestra y qué no; las reglas de su propia vida. El discurso es planteado por los mismos personajes en los diálogos, cuando se ponen a observar la gente a su alrededor. En el berretín por contar una ficción de ellos mismos como un espejo validado, se muestran actores, lo que son en la realidad.

7)    Agresti trabaja con la memoria. A veces, como en “El amor es una mujer gorda” o en “Buenos Aires viceversa”, con la memoria de un pueblo. En otras ocasiones con la memoria individual, como en “Valentín” o en la película que nos congrega. “Lo que quisimos ser” está fabricada con pedazos de recuerdo, como si fueran fotos viejas de un álbum en movimiento que van pasando para describir un diálogo político, un chiste, un whisky con un tostado, una mirada, una escapada al baño para llorar un rato. La edición se ajusta deliberadamente a este propósito: todas las escenas funden a negro y vuelven a abrirse después de sus separadores. El efecto final es el de una colección, el compendio de una relación contada a partir de sus detalles ínfimos, casi olvidables. Adonde una porción de pizza cuenta lo mismo que una internación.

8)    No importa que Irene Singer, el personaje de Eleonora, publique o no su novela: bastará con haberla escrito, con el manuscrito. Porque lo que le sirve al mundo es la participación; que todos se animen a contar, a actuar. Lo poquito que ella o él puedan concretar, gracias a la ayuda inmensa del amor.

9)    Ir al cine a ver una película argentina es, hoy, un acto político. “Lo que quisimos ser es aparentemente simple pero tiene una profundidad inteligente, y los personajes de Wexler y Rubio la sacan adelante con su interpretación suelta y creíble. ¿Cómo decía la propaganda del INCAA hace unos años? ¿Te vas a emocionar más? Bueno, eso.

10)  Dije decálogo, pero debería haber terminado en el renglón anterior, que tenía pinta de final. ¿Qué más puedo agregar? Los segundos actores, el hijo de Agresti haciendo del hijo de Irene, o uno de los productores haciendo de mozo, están maravillosos. Desde aquí -y desde la emotiva nota de mi amigo Debret Viana- recomendamos también mirar especialmente a dos capos que solamente tienen un bolo sonso, pero la rompen. Uno es el cliente ansioso; el otro sale con libros de regalo. ¡Ah, mierda, qué dos maestros de la interpretación se ha perdido Don Jólivu! 



16.10.24

SYLVIA IPARRAGUIRRE EN RADAR LIBROS / VERÓNICA ABDALA

¿Es importante divertirse al escribir?

-Por momentos diría que es fundamental divertirse, pero yo cambiaría la palabra por regocijarse. Hay algo de difícil explicación: dar justo con la frase que estás buscando; descubrir como en un flash hacia dónde va un cuento; conseguir darle la vuelta a un párrafo difícil, te procura un placer, parcial, pero enorme, un regocijo de la escritura. Son momentos de felicidades chicas, pero que justifican las largas horas y días y meses que pasás tratando de contar, lo mejor posible, una historia. Y otras veces, sí, me divierto y mucho inventándole sucedidos a algunos personajes.

Los cuentos reunidos.

30.5.24

LOS ENTENADOS / TEATRO REGIO



 

La prosa de Saer me gusta más que la de Borges: lo dije. Y “El entenado” está en la tríada de mis libros de Saer preferidos, junto a “El limonero real” y a “Glosa”. Era raro que me interesara la obra de teatro, pero tenía muchas ganas de verla porque no me podía imaginar cómo se vería ese libro pasado a representación visual, por la dificultad para volverlo guion. Bueno, también podía hacerse lo que Lucrecia Martel hizo con “Zama”, una adaptación digna y muy respetuosa de la historia hallada en las páginas, pero que bajoneó a todos los amigos de Antonio Di Benedetto, entre los que me cuento. Y, de paso, nos bajoneó a los seguidores de la propia cineasta, sentándonos a ver su película más floja. Conste que soy fan absoluto de toda la gente que estoy nombrando. Y conste también que ahora tengo una figura más para idolatrar: Irina Alonso, la directora de la versión libre de “El entenado”. Que por suerte es libre. Y genial.

Reconozco que caí como un chorlito. Porque, digamos la verdad, el Solís de Saer, y muy probablemente el Solís real, estaba picado por los mosquitos, con fiebre, con cansancio por el viaje tan largo y tan incómodo cuando los indios le tendieron la trampa en nuestras playas. Pero yo entré al Teatro Regio descansado, merendado, y con todo mi escepticismo a cuestas, suponiendo ingenuamente que no me iba a gustar nada lo que estaba por ver porque me gusta demasiado la novela, o nouvelle, del maestro de Serodino. Y caí en la trampa de Irina. La Irina india me mató, me cortó en pedacitos y le dio de comer mi carne a sus perros.

“¿Este vodevil va a ser toda la obra?” Parece, sí. “¿Los actores van a tocar instrumentos medievales cada dos o tres parlamentos?” Son capaces. “¿Esos barquitos de Telgopor pintados con témpera marrón son la escenografía?” Se ve. “¿Esa indumentaria de Billiken, con indios con tres plumas en la cabeza, el vestuario?” Claramente. La obra es una reunión de todas estas berretadas que estamos viendo. Y, de repente, y sin saber cómo ni por dónde, aparece el libro. Y vemos y escuchamos a Saer en su máximo esplendor.

Irina Alonso, junto al coreógrafo Damián Malvacio, el músico y actor Aníbal Gulluni y los otros tres actores Claudio Martínez Bel, Iride Mockert y Pablo Finamore, nos meten en tema desde el amateurismo de una obra con personajes de carromato como los de “La Vis Cómica”, que a veces han actuado para príncipes y reyes, pero vienen de lugares oscuros en los que pueden volver a caer en cualquier momento. Una compañía ambulante de “Cómicos de la Legua”, que durante el Renacimiento hacía sus representaciones en circuitos rurales, viajando de aquí para allá. Los llamaban así porque los obligaban a acampar a una legua de los primeros pobladores de la ciudad, de lo jipis que aparentaban ser.

En la obra de Saer los salvajes saben que van a perdurar en la palabra de un testigo; hay toda una simbología del valor de la narración. Los supuestamente bárbaros son los que conocen el peso de la palabra. Por eso al entenado lo devuelven sólo cuando ven venir, por segunda vez, a los de su clan, en la siguiente expedición. Los hombres existen cuando son relatados: hay ahí una forma de pervivencia. Los indios eligen al adolescente por esa causa, y lo conservan entero para que cuente. El relato está formulado en primera persona por el protagonista, es casi una declaración. La obra que la compañía ambulante representa se apropia de la primera persona literaria separando los libretos, en una puesta armada para que la historia siga corriendo por los pueblos de la Europa del 1500.

El final de Irina funciona perfecto cuando tiene el mismo efecto propiciado por Saer: hacer que nosotros nos sintamos los únicos espectadores de su discurso, los elegidos para heredar aquellos sucesos de Indias. Desde el final de Irina hacia delante es posible que el cuento ya no funcione tan bien. Los que estuvimos anoche presenciando la obra fuimos -quizás- los últimos privilegiados. El efecto del entenado de Saer queda intacto después de todo el manoseo: es un hombre que ya no pertenece a su cultura. El ahora definitivamente outsider, nos ha relatado el cuento por última vez.

La adaptación de Irina honra cada página de “El entenado”. Es una animalada teatral, dicha como un elogio bárbaro. La puesta juega a mostrarnos una representación de colegio, y cuando estamos a punto de decepcionarnos preguntándonos qué estamos viendo, irrumpe Saer en una zambullida feroz, salvaje, extraordinaria, y ya quedamos definitivamente pegados a la noche. El entenado hace como el protagonista de “El limonero real”: se tira de cabeza al río.

Al principio cuesta dar con el registro: parece comedia. “El entenado” no puede ser comedia, ufa. Bueno, Irina nos enseña que sí, que puede parecer cómica ante la falta de presupuesto. La escena de la parrillada caníbal hubiera sido pan comido para Hollywood: una multitud de indios, una montaña de pedazos de cuerpos puestos a asarse entre los leños. Filmable gore por donde se lo vea, con presupuesto de Dino de Laurentis. Acá no hay más que dos indios, un hombre y una mujer. Juntos son multitud y orgía. Irina basa la comicidad de la pieza representada, la obra adentro de la obra, con la ingenuidad de gusto involuntario de que a los actores les está saliendo así y no hay tu tía con el chaucha y palito. Acá no hay efectos especiales, ni cientos de extras desequilibrados. Lo que se ve es lo que es, si te da risa espérate un poco, que ahora te vas a conmover.

Tanto en la obra como en el libro están bien pintados los mundos contrapuestos: la codicia del español, la nobleza del indio. La representación aumenta la dicotomía, extendiendo la codicia española al director de la compañía de teatro.

La historia también cuenta la lucha de la civilización versus la naturaleza. “Los salvajes son los verdaderos hombres”, suelta el entenado en uno de sus párrafos finales. Encontramos el mismo estupor del europeo frente a la realidad natural que lo supera en “Zama”, y también en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, del español Ramón J. Sender, con el que Herzog realizó “Aguirre, la ira de Dios”. La diferencia grande entre los libros que escogieron Martel o Alonso del elegido por Herzog es que son obras cumbres de la literatura mundial, y el de Sender apenas si es pasable. Entre las recomendaciones sabias de Herzog está la de nunca meterse a filmar una novela demasiado buena.

Irina Alonso logró una adaptación que parecía imposible. Hoy soy, de nuevo, el mismo que fui cuando leí el libro por vez primera a mis veintidós, y cada vez que lo releí. Pero, ahora, por verlo en el teatro. Déjense acertar por esta flecha venenosa. Contágiense.

 

El Entenado va de jueves a domingo a las 20 horas en el Teatro Regio, Avenida Córdoba 6056, hasta el 11 de agosto de 2024. 

22.5.24

SLT / AHIRA

 El primer lanzamiento de SLT, el Suplemento Literario Télam fue el 21 de noviembre de 2011 en versión digital, y desde el 8 de diciembre, en papel, cada jueves, junto al Reporte Nacional, el periódico de la Agencia de Noticias, por decisión del por entonces presidente de Télam, Carlos Martín García. Se publicaron 336 números dirigidos por Carlos Aletto quien, como relata en el texto que se adjunta a esta página, tenía como labor “conocer novedades, contactar y tratar con los autores, seleccionar contenidos actuales y, al mismo tiempo, revisar la tradición, administrar los materiales según las pautas graficas del diseño, crear las secciones, estudiar el mercado periodístico y literario para aportar originalidad”, cumpliendo con los tiempos apresurados de una publicación semanal.

Una de las premisas fundamentales de SLT fue incorporar nuevas voces al circuito literario junto con las ya consagradas, acompañando así la conocida sección de Cultura de la Agencia que cubría el mercado literario, tarea que realizaba en ese momento Mora Cordeu. El título, SLT, fue elegido como homenaje al TLS The Times Literary Supplement—, el prestigioso suplemento literario surgido en 1914 del diario inglés The Times, que se convirtió en una publicación independiente y de renombre en el ámbito literario internacional. La composición general de SLT estuvo en manos del escritor y diseñador gráfico Rodolfo Luna, con la colaboración de José de Luca.

Desde su inicio, SLT contó con la colaboración de destacados escritores, poetas, columnistas: Vicente Battista, Claudia Piñeiro, Guillermo Saccomanno, María José Sánchez, Juan Martini, Mario Goloboff, Juan Pablo Bertazza, Leonardo Oyola, Gustavo Nielsen, Dolores Pruneda Paz, Sebastián Basualdo, Daniel Freidemberg, Jorge Boccanera, Lucila Carzoglio, Leonardo Huebe, entre otros nombres.

Algunas de las secciones más conocidas fueron: “La poética”, a cargo de Guillermo Saccomanno; “Los Jueves de Claudia Piñeiro”; “El Punto de Vista” de Vicente Battista; “El Cronista accidental”, por Juan Martini; “Milanesa napolitana”, por Gustavo Nielsen; “Todos bailan”, por Daniel Freidemberg; “Relecturas”, de Mario Goloboff; “Diálogos”, con entrevistas y conversaciones de Jorge Boccanera; “Tiempo recuperado”, por Luis Soto.

En julio de 2018, durante el gobierno de Mauricio Macri, Hernán Lombardi, Titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, ordenó el cierre del suplemento, poniendo fin a esta etapa creativa de promoción de la literatura desde Télam.

¡Gracias Ahira!

6.12.23

HOGAR Y HOTEL / PATRICIO PRON


 "¿Por qué alguien preferiría un hotel a un hogar?, se pregunta en una ocasión, si en el primero la banalidad de los objetos y la intercambiabilidad de habitaciones y empleados hace al huésped vivir en un presente perpetuo que no deja nada tras de sí. Dentro de algunos años, sin embargo, lo que se preguntará es otra cosa: cómo es posible que alguien prefiera un hogar a un hotel, y la carga de imágenes y asociaciones -algunas muy dolorosas- con la que se ve revestido cada uno de los objetos del hogar después de haber sido habitado durante algún tiempo y por varias personas, al explícito anonimato y a la novedad sin peso de las cosas de un cuarto de hotel; cómo alguien se atrevería a pensar que las habitaciones y los pasillos de los hoteles, con sus planos de evacuación y sus luces de emergencia, podrían no ser superiores a los hogares, que carecen de ellos y, por lo tanto, no ofrecen escapatoria alguna."

29.11.23

PULP DEL SUR SALVAJE


“Salvaje Sur” es un revista pulp de historias de género que edita Matías Castro Sahilices desde San Martín de los Andes. Las ilustraciones son de Javier Mattano, Diego Fiorruci y Omar Hirsig (Diego suele dibujar las tapas y Omar es el ilustrador de casi todo el ejemplar recién aparecido). Lleva siete números, entre los que encontramos el 2 dedicado al western, el 3 a gauchos y bandoleros, el 6 al Japón feudal. El último, curado por el escritor Pablo Martínez Burkett, está dedicado al terror. Aunque también se podría haber subtitulado “campos y batallas”, dada la repetición de temas bélicos y/o rurales en relatos de género.  El 7 acaba de ganar una mención especial en el concurso de diseño editorial del Fondo Nacional de las Artes. Sus editores están chochos. Castro te lo explica así: 

Salvaje Sur es una revista para lectores particularmente exigentes que buscan una experien­cia ligada a la nostalgia. Por ello, se ha cuidado con esmero la edición de este número, con la clara intención de imitar aquellas revistas pulp dedicadas al horror. Sin embargo, ciertos relatos no sólo tuercen las leyes propias del terror, sino que se han entreverado con otros géneros como el gauchesco, el relato de aventuras, o el weird.”


Vamos con los cuentos, uno a uno:

El primer relato basa su horror en la leyenda de El familiar, difundida en la última dictadura por la familia Ledesma en el norte argentino, para mandar a desaparecer personas en su Ingenio. Se trató de hacer creer a los parientes de desaparecidos que un monstruo se apoderaba de los empleados y se los comía, o llevaba para comer después. El cuento está entre los mejores del libro. El autor se llama Juan Esteban Bassagaisteguy. Para mi gusto sólo le falta incluir el apellido azucarero del maligno.

 El segundo describe la historia de una emboscada en el río Paraná; soldados de López contra los indios en la guerra del Paraguay. El clima se pone místico en la cabeza de los personajes, debido al calor, los bichos y la humedad. Lo firma Jorge Lacuadra. El más lisérgico del conjunto.

El tercer relato corresponde a María Eugenia Alcatena, que junto con José María Marcos y Burkett, autores del cuarto y sexto cuento respectivamente, son los únicos escritores que yo había leído antes. El de Alcatena tiene una buena idea: un chancho negro se arma una familia humana raptando una mujer que le hará de esclava y compañera, y un pequeño que ocupará el lugar del hijo. Todo pasa en un campo al que nadie quiere acercarse. Buenísimo y extraño, bien extraño.

Marcos arma una historia de maleantes que va directo al grano. Se juntan para robar una iglesia de pueblo, lo planean un poco en base a un dato que consiguieron y se mandan. Uno de los tipos tiene un cagazo místico. Adentro los espera primero el cura armado, y luego… No se lo van a imaginar. También entra en mi top.

El quinto cuento sucede en un cementerio. Es una historia de sesgo kafkiano. La burocracia de la muerte que expulsa a sus clientes. Marcelo Rubio es el autor.

Burkett ataca con una leyenda de una guerra entre gnomos del diablo y conquistadores. Nadie es bueno en este cuento, que tal vez no sea el mejor texto de Pablo, pero acompaña la homogeneidad de la colección. Un poco fantasy para mi gusto.

El final es un broche de oro que sucede durante la batalla de Pavón. La autora se llama Luján Gutiérrez; el cuento, “La sombra de Zacarías Pérez”. Aparecidos en la noche.

 

Transcribo parte del conciso y excelente prólogo de Burkett a Salvaje Horror Sur:

“La narrativa de terror tiene por ob­jeto generar miedo, conmoción o in­quietud. Escribimos para asustar y en este caso, lo hacemos desde estas pam­pas australes, lo que nos inserta dentro del llamado fantástico rioplatense, con toda su impronta idiosincrática, donde en los intersticios del costumbrismo y personajes locales se va enredando una cuerda que provoca una anomalía.

En este número de Salvaje Sur, los cuentos aplican una torsión fantás­tica hasta lograr que los contornos se vuelvan indistinguibles. Ese extravío de lo familiar provoca una ansiedad que altera la resonancia afectiva. Y para provocar ese extrañamiento de lo coti­diano nuestros autores, algunos de los más caracterizados cultores del género a nivel local, alternan atmósfera con sorpresa.

Y en esta ocasión, bajo la premisa: ¿qué pasaría si en un pueblito del inte­rior profundo pasara esto? Y entonces han creado un carnaval de monstruos como antagonistas extraordinarios en nuestro mundo ordinario. Como mano diestra, suscitan un quiebre en la estabilidad de un mundo donde las leyes eran tenidas por rigurosas e in­mutables.

No puedo dejar de mencionar que últimamente, el terror argentino in­corporó una nueva forma de contar, donde lo ominoso rescata viejos temas que se desarrollan en espacios que re­miten al imaginario cultural del siglo XIX: la llanura, el desierto, la indivisa frontera con la indiada. Algunos lo lla­man weird gaucho.

Para más allá de las etiquetas, todas las selectas historias que aquí les ofre­cemos apelan al asombro primordial del universo. Reclaman una mirada de niño. Ese niño que, tapándose los ojos con la mano, abre los deditos y nos pide: «¿otra vez?».


El número 7 cumple ampliamente con lo que promete. En CABA se consigue en Fanschoice y Ultramán libros. Y van todos estos lugares de la Argentina -¡Salvaje Sur es un proyecto federal, aplausos!-: Milenario cómics, de Rosario; Bifrost, de Maipú, Mendoza; Ranma, cómics y manga y Malapalabra, las dos de la ciudad de Neuquén; Librería de la grieta y Sintagma Libros, de San Martín de los Andes y Laberinto Libros, de Zapala, provincia de Neuquén. En Río Negro los podés comprar en La Barca Libros, de Bariloche; Excalibur, de General Roca y El viejo almacén del Foyel, de El Foyel. En Santa Cruz, Calafate, se los consigue en El Calafateño Libros. ¡Gracias Matías!

7.11.23

CUANDO ACECHA LA INFANCIA


Los encarnados son espíritus diabólicos que se meten en los cuerpos de la gente o de las mascotas buscando, justamente, hacerse carne. Se cansaron de ser demonios de aire, quieren mezclarse entre los humanos. Añoran crear, un día, una especie de redentor.

Para lidiar con encarnados no hay que dejarse estar, conviene reaccionar a los primeros síntomas. Y hay una serie de reglas clave a la hora de encararlos. Son siete, me acuerdo apenas de tres, porque esta parte de las películas de terror que explican cómo manejar a los entes, es la que más me molesta. Enumero: no se puede ir al encuentro de un encarnado con un perro; no se puede usar la electricidad delante de ellos (por lo que siempre estaremos a oscuras); no se los puede matar a los tiros, con un arma de fuego, porque el espíritu se pasa inmediatamente al justiciero.

Otra de las cosas que me revienta de las películas de terror son los aparatos medievales, los libros de la -mala- memoria, siempre llenos de tierra, los astrolabios con péndulos que examinan las vibras diabólicas, los grabadores que llevan miles de años de humedades, pero cuando los sacan del baúl la cinta corre y dice “Astaroth, Vehuel, Scheva”. Todos estos aparatos suelen necesitar de expertos que sepan manejarlos, o improvisados actores cuya curiosidad supere la experiencia que les falte.

Bueno, las películas de Rugna tienen todo eso. Más personas en estado de putrefacción, seres que llegan de otras dimensiones, cuerpos serruchados con las tripas al aire, muertos que resucitan, bubones goteantes, sangre y zombis de cementerio. Y son GENIALES.

Él hizo varios cortos  y dos largometrajes: “Aterrados” (2018) y “Cuando acecha la maldad” (2023). Hay un par que hizo antes, que son casi ejercicios (hablados en inglés, para el mercado estadounidense). Con “Aterrados” había conseguido éxito de público y cantidad de premios: Mejor Película de Fantasía en Fantastic Fest, otro premio en el BARS, etcétera (la pueden buscar en Amazon Prime Video). “Cuando acecha la maldad” acaba de ganar como Mejor Película en la Selección Oficial del Festival de Sitges, el encuentro más importante de cine fantástico y de terror del mundo. Es el primer film latinoamericano que recibe este galardón, en los 56 años que el festival catalán lleva en pie. Además, logró la distinción Blow Window, que es de las mejores cosas que te pueden pasar si sos un anfitrión que quiere asustar de verdad a sus invitados. El estreno en Argentina está programado para el 9 de noviembre. Aquí pueden ver el teaser. 

Rugna logra asustar. Sus películas son desesperantes, van a toda velocidad, están llenas de suspenso y auténtico gore: salpican. Sobre todo esta última, un pequeño parque de diversiones del horror. Rugna graba con vértigo, no da respiro. Después de ver por primera vez al encarnado gordo del rancho, ese grano humano, sentimos que nada podrá salir bien. Y, efectivamente, nada sale bien.

El director larga con ventaja en este tipo de películas, porque se llama Demián. Si le afeitáramos la cabeza o la barba a lo mejor le encontraríamos los tres seis. No lo hacemos porque, a pesar de todos esos ingredientes de género que nombré antes (opinando que me molestaban por conservadores), hay que reconocerle que inventa cosas increíbles. Sus niños no se ven en otros terrores cinematográficos. Son de él, originales. Si Rugna no ha venido con sus pelis a este mundo a reinar para el mal, al menos podría fundar un jardín de infantes satánico.

 

LOS NIÑOS DE DEMIÁN

La verdad es que vi tanto cine de miedo que también estoy medio cansado de esos niños cancheros, que salen siempre poniendo ojitos a lo Kubrick para decir “mirá lo malo que soy”. Desde los engendros de Village of the Damned (El pueblo de los malditos, 1960), los pibines siempre son presentados como una especie de mejores alumnos, dignos del cuadro de honor. Tienen un adulto individualista “a mí nadie me regaló nada” clavados en su ser, que se les escapa en miradas y gestos.

Los niños de Demián, no. Y acá viene la novedad. El chiquito de “Aterrados”, da pena, no miedo. Se banca que lo entierren, lo desentierren, lo metan en un frízer, lo metan en un coche, y él solamente quería tomarse un Vascolet mientras hacía la tarea. Es cierto que en la nueva película, sus niños son más activos. Además de bancarse las del hermanito, se dejan apalear, estropear, morder, siempre con una sonrisa. Algunos hacen que sufren, pero en el fondo se divierten. Nosotros, los espectadores, lo sabemos. Vuelven para decirle a su mamá que va a morir aplastada en el próximo cuadro, o para comerse a la abuela. Lo hacen con alegría. Dan ganas de adoptarlos, si no fuera porque sabés que te van a mellar la cabeza a martillazos.

Cuando se quedan quietos, los nuevos niños de Demián son aún peores que el de “Aterrados”. Hay una escena que pasa en el aula de una escuela rural. El protagonista y la limpiadora van a la noche a exorcizar el edificio. Los niños están ahí, como si alguien se los hubiera olvidado en mitad de una clase. Con sus guardapolvos y cuadernos. En silencio. Cada uno sentado en su banco, a oscuras. Y el protagonista y la limpiadora tienen que pasar de ida y vuelta entre esos pupitres ocupados. Si les digo que me hizo acordar a la escena final de “Los pájaros” de Hitchcock, no les estoy mintiendo ni un poquito.

 

MONSTERS, INC

“A los niños les gusta el mal, y el mal gusta de los niños”, dice la experta, en un parlamento. Yo agregaría: al mal le gusta lo doméstico. Los niños adentro de sus casas, de sus colegios. Los placares, las alacenas, el interior de las paredes. Eso: los interiores de las cosas. El “debajo de la cama”. Lo oculto.

Estas dos películas alientan miedos infantiles, los que nos asustaban por las noches en nuestras habitaciones apagadas. “Aterrados” lo hace en modo urbano: las alteraciones paranormales suceden en dos casas pegadas y la vecina de enfrente, en un barrio del Conurbano que podría ser Castelar. “Cuando acecha la maldad” lo hace sin medianeras, en modo campo. Los ranchos próximos quedan a grandes distancias, hay que ir en camioneta.

En ambos casos, los peores sustos se debaten en camas, entre las patas de una mesa, con sillas que se mueven y a veces hasta vuelan. Con vecinos mirándolo todo, testigos de algo que nadie entiende, ni entenderá. La domesticidad vuelve las historias muy aprehensibles, porque están acá nomás, a la vuelta de los recuerdos.

En mi próxima vida quiero reencarnar en niño de película de Rugna. Son los vencedores del mañana, porque no trabajan individualmente, como el pendejo liberal de La Profecía, sino que van en grupo. Peronistas, carajo.

 

SPOILEAR PERJUDICA LA SALUD: ¡VADE RETRO, SATÁN!

Me quedo un rato después de la función privada en Metrovisión, para poder hablar con el director. Pero es imposible llegar hasta él, y la espera que me anticipan es de una hora como mínimo. Clarín y La Nación tienen prioridad (ufa). Entonces me quedo comiendo sanguchitos con Fernando Díaz, de Machaco Films, que fue el productor de los dos éxitos. “Cuando acecha la maldad”, además, tiene otros dos productores asociados: Aramos Cine y Shudder.

Le pregunto a Fernando por el muñeco de Luis Ziembrowski, por la escena del Dogo de Burdeos y otros detalles macabros, así como en su momento le había preguntado por la excelente escena de la bañadera de la película anterior. Me empieza a explicar y Roxana Ramos, la chica de Aramos, le para el carro. Todo lo que me está contando no se puede decir, porque Demián se puede enojar y si se enoja capaz que llueve sangre de cerdo del cielo, y quedamos todos pegoteados y rojos.

¡A quién se le ocurre revelar los trucos! Una cosa es el entusiasmo por la “cocina” del cine, otra es publicar las “recetas”. El interés, me dicen ellos, está en preservar la ilusión, por lo que no me dejan repetir nada de lo que escuché (y grabé). Los maestros del terror son como prestidigitadores, mucho más que en otros tipos de cine. Y Demián Rugna es un maestrazo. Los dobles de los actores acá suelen ser de látex, e inmunes al golpe de hacha. Marcos Berta se llama el campeón dueño de los efectos especiales.

Así que voy a tener que escribir otra nota en paralelo, con esa data misteriosa. La pienso a subir a La Necronomicón Revista, La Agenda Revista de la Dark Web. Allí podrán leerla completa, muertos vivientes.

“Muejeje”, como diría el Profesor Neurus.

16.10.23

CULTURA fff / MAXI KRONENBERG PARA CLARÍN

Su pasión es escribir, la misma que siente cada vez que juega al ping-pong con sus amigos y escritores desde su “bunker”, el estudio de arquitectura que tiene en Chacarita.

Prefiere escribir más cuentos que novelas, pero no le gusta tanto publicar sus obras. Después de 13 años, acaba de lanzar fff (Aurelia Rivera), un título cuya difícil pronunciación parece un soplido.

fff (o bien frágil fantasma fabuloso) es el reciente libro de Gustavo Nielsen: a veces arquitecto y otras veces escritor, ganador de numerosos premios, entre ellos, el Clarín Novela 2010 por La otra playa.

La nota completa en la web del diario. ¡Gracias Maxi! 

10.10.23

PARA QUE HAYA FANTASMAS, ANTES TIENE QUE HABER MUERTOS

Su pasión es escribir, la misma que siente cada vez que juega al ping-pong con sus amigos y escritores desde su “bunker”, el estudio de arquitectura que tiene en Chacarita.

Prefiere escribir más cuentos que novelas, pero no le gusta tanto publicar sus obras. Después de 13 años, acaba de lanzar fff (Aurelia Rivera), un título cuya difícil pronunciación parece un soplido.

fff (o bien frágil fantasma fabuloso) es el reciente libro de Gustavo Nielsen: a veces arquitecto y otras veces escritor, ganador de numerosos premios, entre ellos, el Clarín Novela 2010 por La otra playa.

¡Gracias, Maxi pimponero!