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14.7.22

PURA PROXIMIDAD / LA AGENDA

Las manos sucias, escrita por Juan Paul Sartre en 1948, se presenta en la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín, con dirección de Eva Halac.

¡Gracias Pablo Perantuono! 

12.7.22

LAS MANOS SUCIAS / GACETILLA TGSM

 EL ESPECTÁCULO

En un país imaginario se abre una grieta ideológica dentro de un mismo partido. Un joven se presenta como secretario del líder político. Ha sido enviado por una facción contraria con la secreta misión de eliminarlo. 

Son tiempos de la Segunda Guerra Mundial, de objetivos claros y precisos. Pero las certezas que conducen a la acción se revelan inestables. La realidad parece impostada como en el teatro, y el joven que debe cumplir la misión siente al caminar, los pasos falsos. 

Borges escribió que nuestro destino no es espantoso por irreal, sino por irreversible. La posibilidad de estar representando un rol, de ser otro, nos concede la ilusión de haberlo inventado. Para Sartre, es la ilusión de ser libres. 

Las manos sucias se estrenó en París en 1948. Dios ya se había muerto en el siglo anterior, pero a la luz de los crímenes de la guerra, del nazismo, y de los gulags soviéticos, también se desmoronaba la Cultura como garante de humanidad. 

En ese desierto ético, y a pocos años del asesinato de Trotsky, Las manos sucias se interpretó como una denuncia del stalinismo. El autor dijo que había sido un gran malentendido, a partir del cual sometió las representaciones de su texto a la aprobación del Partido Comunista para su estreno en cada país. 

Más allá de la anécdota, lo cierto es que la obra encendió el debate con relación al dilema de si el fin justifica los medios, de la responsabilidad individual, de las diferencias entre las ideas y la praxis, de las fantasías heroicas y de las verdades de la real politik. 


EL AUTOR

Filósofo, novelista y dramaturgo, Jean-Paul Sartre (París, 1905-1980) es uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. En El ser y la nada, publicada en 1943 en una Europa arrasada por la guerra, se encuentra la base de su pensamiento filosófico, el existencialismo, según el cual todo ser humano se enfrenta a la necesidad de elegir y es el único responsable de las consecuencias de sus actos. A sus ideas filosóficas, Sartre las puso en tensión con la experiencia a través de la literatura: en las novelas La náusea, Los caminos de la libertad o La suerte está echada, y en las piezas teatrales Las moscas, A puerta cerrada, Muertos sin sepultura, La puta respetuosa, El diablo y Dios. Las manos sucias, estrenada en 1948 en el Teatro Antoine de París, plantea la disyuntiva entre la moral y la praxis: ¿debemos defender nuestros principios o hacer lo que en cada circunstancia resulta políticamente más útil? Cada uno debe responder según su propia conciencia.


LA DIRECTORA

Eva Halac estudió actuación en la escuela de Agustín Alezzo y dramaturgia con Ricardo Monti. Estrenó de su autoría J. Timerman (2018), Sánchez Bulevar (2015), Café irlandés (2014), La voluntad, teatro a distancia (2014), Español para extranjeros (2007), Los pianistas (2000), La divina pintura (1999) y El deforme (1997). Entre los espectáculos que montó figuran La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares (1995), La Pintura, sobre textos de Leonardo da Vinci (1996), Morse, Punto y Línea sobre el plano, sobre textos de Kandinsky (1998), Un guapo del 900 de Samuel Eichelbaum (2008), Las de Barranco de Gregorio de Laferrere (2016), Julio César de Shakespeare (2015), La Señora Klein de Nicholas Wright (2014), Ceremonia de hombres solos de Humberto Rivas (2013) y En familia de Florencio Sánchez (2012), entre otros. En las salas del CTBA dirigió Las descentradas de Salvadora Medina Onrubia (2012, Teatro Regio), 1810 de Martín Coronado (2010, Teatro de la Ribera), El reñidero de Sergio De Cecco (2009, Teatro Regio), Los pianistas (2001, Teatro Sarmiento) y Sonata de Otoño de Ramón del Valle-Inclán (1993, Sala Cunill Cabanellas)  


11.7.22

LAS MANOS SUCIAS / SARTRE EN LA AGENDA

 El jueves pasado fui a ver “Las manos sucias” a la Sala Casacuberta del Teatro General San Martín, en el estreno para la prensa. Me indicaron que llegara media hora antes, porque había un cóctel en el hall que queda dos niveles más abajo del de entrada. El que tiene el mural de Luis Seoane, sí. Servían únicamente un vermú del tipo rosso, con una aceituna o con cascaritas de naranja. Probé, pero era demasiado dulce. Había muchísima gente de la tele y del teatro. Servilletas y vasos vacíos sobre las mesas; sacos y carteras en los sillones. Me comí la aceituna. Me senté a esperar hasta que dieron sala.

Cuando entré, lo que vi me sorprendió. La escenografía era la misma que habíamos dejado en el hall. Los mismos sillones, las mismas mesitas con botellas y vasos. Las mismas columnas (aquí pintadas); el tramo de escalera, el fondo del mural. Todo lo que estaba a nuestras espaldas, detrás de la cortina de entrada, pero espejado, enfrente de nuestros ojos. Allá podíamos utilizarlo, acá no. Acá era falso y para otros. No supe por qué, pero me dio miedito.

La acción sucede en Iliria, un país imaginario, aproximadamente en 1944. Fue escrita por Jean Paul Sartre en 1948, un año antes de que Albert Camus escribiera “Los justos”, una de sus obras más conocidas. No tenía leído el texto de “Las manos sucias”, pero los temas de las dos llevan un mismo eje oscuro, que fue discusión pública en su momento: los dilemas morales sobre matar y morir de los revolucionarios. Cuando la revolución llegó a nuestro continente se repitieron en forma idéntica los cuestionamientos éticos europeos, pero en Latinoamérica y en castellano.

El tema de fondo es “idealistas” contra “pragmáticos”. Los personajes son arquetipos políticos; ambos tienen un poco de razón, y el sentimiento que los mueve es el que se plantearía aquel que quisiera cambiar el estado de cosas en la política para poder conseguir un mundo socialmente inclusivo. Para todos, por decirlo así, y no para un puñado de oligarcas y que los demás se mueran de hambre, como quieren los falsamente denominados “libertarios” y la derecha mundial. Pienso que la obra le hubiera encantado a Abelardo Castillo, que estaba tan ligado al existencialismo y había tomado partido sobre estos tópicos, en tiempos de la revolución cubana.

Tanto idealistas como pragmáticos tienen apetencia de poder, quieren llegar al poder para algo. El primero sin traicionarse, blanco. El otro, negociando. La política, desde Maquiavelo, es el arte del rosqueo. Las dos posiciones, la del intransigente y la del que tiene que aliarse para decidir, son inherentes a la condición humana, y conforman la remanida discusión de la izquierda “pura” y del peronismo “embarrado”.

En la obra, el idealista es Hugo Barine, apodado Raskolnikov en su nombre de guerra. El pragmático es Hoederer, el capo del comunismo europeo (Daniel Hendler, excepcional). El conflicto superficial tiene que ver con las traiciones y el uso de la suspicacia para llegar y mantenerse en el poder. El conflicto profundo, pesado, es el de la muerte. El Che Guevara, idealista, murió asesinado en la selva. Castro murió de viejo gobernando Cuba, administrando y bancándose los pedidos de libertad, o haciendo oídos sordos. Mientras que para Hoederer la muerte es un diálogo, para Barine/Raskolnikov es la salida.

“Los justos” es parecida hasta en la estructura. Comienza con un terrorista que abandona la cárcel y vuelve a la célula revolucionaria, para reinsertarse en la lucha armada. Hay un grupo de jóvenes rebeldes reunidos en la sala de una casa, planeando el asesinato del gran duque, para asegurar la liberación del pueblo ruso del despotismo. Deben tirar una bomba. “Estamos decididos a ejercer el terror hasta que la tierra sea restituida al pueblo”. Aquí los personajes se llaman Stefan (el que no claudica) y Kaliayev (el que cede). Stefan no confía en Kaliayev porque a K le gusta la poesía, está enamorado, cree en Dios y en el suicidio como una solución posible. Stefan le reprocha: “para suicidarse hay que quererse mucho; un verdadero revolucionario no puede quererse a sí mismo”. Kaliayev le responde:

 

“K: - Entré a la revolución porque me gusta la vida.

S: - Yo no amo la vida, sino la justicia, que está por encima de la vida.

K (con visible esfuerzo): - Cada uno sirve a la justicia como puede. Hay que aceptar que somos diferentes. Tenemos que querernos, si podemos.

S: - No podemos.”

 

En el discurso de Camus en la Universidad de Upsala de 1957 hay una línea de texto centrada en el uso de la barbarie de manera transitoria para conseguir fines de libertad. “La barbarie nunca es provisional”, dice Camus. Y esa misma línea está en “Las manos sucias”; la recita Barine. El título de la obra de Sartre se debe al parlamento de Hoederer reprochándole a Barine que es un terrorista de escritorio, mientras a él le toca meter las manos en el barro. Es lo que los directivos de la revolución cubana le decían a Cortázar cuando salía a defender al poeta Heberto Padilla, a quien Castro había metido en cana por contrarrevolucionario. “Venite acá a cortar cañas, Julio”. Que era como decirle “si querés opinar, ensuciate las manos”.

La discusión Sartre y Camus empezó tironeada, pero culminó en estas dos obras teatrales, que tienen todo en común. En “Las manos sucias” aparecen Trotski y Marx, en unos retratos enmarcados. No Stalin. A Sartre la intelectualidad lo acusó de haber rechazado demasiado tarde las matanzas stalinistas. “Las manos sucias” se interpretó, en su estreno, como una denuncia al stalinismo, pero Sartre salió a aclararle al Partido Comunista que era un malentendido, para que no la bajaran de cartel.

 

LA DIRECCIÓN

El texto de “Las manos sucias” fue traducido por Ricardo Halac, y la adaptación y dirección es de Eva Halac. Eva es, además de dramaturga, titiritera del San Martín. O lo fue; recuerdo haber visto obras de ella. Junto a la diseñadora de escenografía Micaela Sleigh son las responsables de que esa copia del hall de entrada, con telones corriéndose lateralmente como los de un retablo victoriano, parezca un teatro de títeres enorme (el Gran Teatro de la Revolución). Y que esos actores que son manipulados espacialmente desde pisos que giran, se hunden o se levantan, parezcan marionetas. Sólo Hendler es humano. Los demás están perfectos en sus vestimentas de arquetipos, moviéndose como si alguien les moviera los hilos.

La titiritera experta también hace magia con los objetos: hay un revólver que esconde o exhibe cuando necesita marcar suspenso. Casi no es necesario que pueda dispararse para ser considerado peligroso. Para los personajes secundarios elige el humor (sinceramente, habiendo leído algunos libros de Sartre, no creo que provoquen risa en el original; aquí sí), como si fueran secundarios a lo Shakespeare.

Una nota más sobre el brillante montaje escenográfico. La obra habla de nazis, socialistas y comunistas europeos de posguerra, pero también habla del conflicto en Ucrania de hoy. Y de la grieta. ¿Qué más presente que la fachada del Teatro General San Martín grabada y exhibida en tiempo real como uno de los fondos pantalla? Vemos proyectada, en un momento, la avenida Corrientes que acabamos de dejar al entrar, con gente caminando en sus veredas. ¿Qué más actual para nosotros que el instante anterior de estar esperando en un hall similar al que ahora vemos actuar a nuestros personajes? Todo trasunta proximidad, inmediatez. Lo que está pasando en “Las manos sucias” está pasando en el mundo, ahora. Con nuestros gobernantes, en nuestro país. Con nosotros, en nuestras dudas y debilidades políticas.

Puesta, escenografía, obra, nos implican. Vayan y vean.

 

Hasta el 4 de septiembre, miércoles a domingos, 20 hs, en la Sala Casacuberta del TGSM, Avenida Corrientes1530.

30.5.20

IR AL SAN MARTÍN

Teníamos quince años y vivíamos en el Oeste, Castelar y Morón. Nos sentábamos juntos en el colegio y nos cambiamos juntos del San José -marista y fascista, un colegio de mierda- al Manuel Dorrego, que era del Estado, mixto, laico, porque además su mamá Noemí era la celadora. De mi amigo Quico Figueredo estoy hablando. Ya éramos filatelistas, cinéfilos y lectores, por lo que en esa época -1977- había solamente tres salidas rutinarias que nos interesaban. Las tres quedaban en el Centro. Una pasaba los sábados a la mañana, en el Correo Central, al que todavía nadie sospechaba que sería un Centro Cultural. Era una salida puntual, a un edificio. Íbamos a buscar los “día de emisión” de las estampillas, que venían con un sello especial y en un librito. Las conservo todavía.


La otra salida era de domingo, al Parque Rivadavia, para canjear sellos, monedas y marquillas dándole la vuelta al ombú. Era un paseo un poco más territorial, porque terminaba en la feria de revistas, discos y demás. Volvíamos cargados de libros usados, que conseguíamos por moneditas. De ese tiempo tengo un tomo del Tesoro de la Juventud que, de tan viejo, trae un reportaje a Edison, como si fuera la revista Caras.

La tercera salida es lineal, y corresponde a la avenida Corrientes. El paseo incluía los kioscos, preguntando por las revistas literarias (El Ornitorrinco, Ashesa), todas las librerías de viejo y terminaba al mediodía en la Goethe o en la Lugones. En una de las visitas a la Sala Lugones me acuerdo de que me tenté con una obra de teatro de Chejov, del que con Quico habíamos leído “La dama del perrito”. A Quico le gustaba solamente el cine; el teatro le daba un poco de vergüencita, por eso de tener trabajando a toda esa gente para vos, y era como una dispersión, con tantas cosas que había para hacer. Con las películas, nomás, ya teníamos para una eternidad. Cuando lo dije en casa mi padre fue y compró entradas: "El jardín de los cerezos" le gustó a mis hermanas, le encantó a mi mamá y todos chochos. Yo había inaugurado una nueva costumbre: ir al teatro, en esa época, fue ir al San Martín.

28.5.20

FELIZ CUMPLEAÑOS AL TEATRO GENERAL SAN MARTÍN / LA AGENDA

EL SANMA Y LA LUGONES

Este lunes 25 de mayo cumplió sesenta años el Teatro General San Martín. Hablo del original de la avenida Corrientes, sin el Centro Cultural que da a la calle Sarmiento ni el complejo de salas subterráneas al que se entra por la carpa vidriada. Con sesenta ya es un hombre mayor, sin ser todavía población de riesgo. Recibió un lifting con viaraza en 2017 porque había sido tomado y lo habían hecho pedazos. Llega a este cumpleaños con perfecta salud, dirigido hoy por Jorge Telerman. La pareja del Sanma y la Lugones siguen siendo los pibes de siempre. ¡Feliz aniversario!

El maravilloso edificio moderno al que visito regularmente desde mis trece años (la primera obra que vi fue “El jardín de los cerezos” de Antón Chéjov; la última “La vis cómica” de Mauricio Kartun, antes de que empezara la cuarentena) fue diseñado por los arquitectos Mario Roberto Álvarez y Macedonio Oscar Ruiz, con colaboración de Leonardo Kopiloff y estudios estructurales del ingeniero Carlos Laucher (el mismo que calculó la estructura del Planetario). Los profesionales fueron elegidos por antecedentes entre veinte oficinas en 1953, por el entonces intendente Sabaté, que también era arquitecto, para el Plan de Obras Municipales a desarrollarse en la ciudad. El complejo costó 98.000.000 de pesos moneda nacional e incluía inicialmente un teatro de cámara, un teatro de comedia, un microcine, talleres, depósitos, camarines, halles, salas de exposición, oficinas, servicios generales, una escuela de arte dramático y una confitería.

El anterior Teatro Municipal General San Martín (que se llamaba Teatro Argentino) ocupaba una propiedad particular que quedaba en el mismo predio del centro actual, y la Municipalidad compró para demolerla y construir el nuevo. Esa zona de Corrientes era llamada “de los teatros”: había uno por cuadra, entre la avenida 9 de Julio y Callao. Diez en total.

Al San Martín se entra por un hall distribuidor desde el que se va a todas las salas y al “Gran Hall”, como se lee en el programa original del complejo. Este espacio hoy está rebautizado como “Alfredo Alcón” en homenaje al actor. Inicialmente estuvo pensado para exposiciones. Su techo viene a ser el piso de la sala Martín Coronado, que se alza como una especie de ovni parado en sus propias patitas y totalmente separado de las medianeras del edificio, como una muñeca rusa. Caja adentro de otra caja. En el “Gran Hall” se exhibieron distintas muestras escultóricas hasta que nació la compañía de Ballet Contemporáneo que lo tomó casi con exclusividad para sus realizaciones.

El Teatro de Comedia, actual Sala Martín Coronado, cumple con las normas del Congreso Técnico de la Escena realizado en Berlín en 1950, que establecía que el teatro moderno tenía que poder unificar representaciones de “cámara oscura” y “teatro especial” o de visibilidad total. Qué quiere decir esto: los teatros de comedia modernos debían superar la forma del teatro a la italiana, con un foso separando espectadores de actores, y poder realizar dos tipos de obras. Las más tradicionales y las que se salen de la boca de escenario para incorporar al espectador. El proyecto de sala de comedia de Don Mario Roberto es tan inteligente que sigue siendo moderno para el teatro actual. Desde el vamos estuvo dotado de máquinas escénicas móviles, donde cualquier punto del escenario puede subir hasta el techo con un mecanismo de pistones que nace en el cuarto subsuelo. Así vimos aparecer en la luna a Ulises Dumont, protagonista de “Periferia” de mi admirado Oscar Viale, en un segundo de oscuridad y antes de decidirse a asesinar a su propio hijo. Y vimos salir de un profundo foso a los clase media sabedores de todo de “El hipervínculo (prueba 7)”, de Matías Feldman.
    
El Teatro de Cámara o Sala Casacuberta ocupa los primeros subsuelos como un hemiciclo escalonado. También se lo llama teatro circular, porque rodea al escenario en forma de circo a la manera griega. La plataforma escénica es rectangular, pero avanza con un proscenio en semicírculo que se mete entre los espectadores. Ese proscenio también es levadizo y se le puede graduar la altura hasta nivelarlo con el piso de la primera fila de platea, porque en los cincuenta la manera de representar una obra en vivo estaba cambiando a toda velocidad, pero todos los teatros debían seguir permitiendo unas funciones bien normalitas.

La idea de separar la estructura de ambas salas de la del edificio sirve para poder aislarlas acústicamente de la ruidosa avenida Corrientes. Pensemos que pasa el subte por ahí, y en ninguno de los dos teatros se lo percibe. Sí -tiembla y hace un leve ruido- en la sala de abajo, la de teatro informal, denominada  Cunil Cabanellas, donde vimos desde “El príncipe idiota”, para el cual habían armado un velorio en un espacio totalmente forrado de negro y con un ataúd en el medio –muy deprimente-, pasando por “Las horas inútiles” donde te hacían sacar número y a algunos mandaban por el ascensor y a otros por la escalera a gusto del burócrata que te tocaba en suerte, hasta “Salomé de chacra”. Lo que pasa es que esta sala no fue pensada como tal, sino improvisada por las normas teatrales de los sesentas, que empezaron a exigir un “teatro total” en donde se pudieran mezclar espectadores y actores. Y en ese tercer subsuelo había un restorán, donde los temblores del subte no importaban tanto. Laucher  y el ingeniero Malvarez, de acústica, tuvieron que sugerir una pieza especial muraria en hormigón para colaborar en el aislamiento de ese ruido imposible de detener (el convoy llegando a la estación). El mural de Luis Seoane de doble altura –casi- cumple con ese propósito. La confitería se planeó pero nunca funcionó: hoy hay un bar improvisado, muy concurrido, en planta baja, como tiene que ser.

El Microcine o Sala Leopoldo Lugones está en el piso 10 del bloque de ascensores y es la perla del emperador, por lo pequeño y hermoso. Ahí adentro vi “Volaron las grullas” a mis quince años y la película muda de Mel Brooks, esa en la que el único que no puede parar de hablar es Marcel Marceau, un mes antes de la pandemia en función vintage. El ejercicio acústico y estético pergeñado por los arquitectos e ingenieros es genial: un sistema de planos que no se cortan, individuales, tanto en los revestimientos de las paredes, como la pantalla o el cielorraso tronco cónico. En las tres salas se encuentra el mismo exquisito detalle: el revestimiento de madera para las paredes que arma una colección de pequeños canales verticales que toman el sonido que ya se escuchó y lo hacen desaparecer para evitar rebotes. Todo parece flotar en los interiores del Teatro General San Martín.
Un detalle de color: las perspectivas originales presentadas por el estudio Álvarez-Ruiz a la Municipalidad, estas que ilustran mi nota, fueron dibujadas por el artista plástico Jorge de la Vega en las épocas en que era estudiante de arquitectura y necesitaba unos mangos para subsistir.

Un lujo tener este complejo en Buenos Aires. Para la fiesta de cumple sus autoridades programaron una serie de actividades a través de www.complejoteatral.gob.ar (la web del Complejo Teatral de Buenos Aires) y Cultura en Casa, la iniciativa del Ministerio de Cultura de la Ciudad. Se podrán volver a ver “Copenhague”, de Michael Frayn dirigida por Carlos Gandolfo, “Mein Kampf”, de George Tabori con dirección de Jorge Lavelli y actuación del querido Alejandro Urdapilleta y “Enrique IV”, de Luigi Pirandello y puesta de Rubén Szuchmacher. Por streaming, obvio.

Gracias Pablo Perantuono, de La Agenda!!!