
“El hombre con voz de Drácula”. Así llama Melvin “Deacon”
Jones, organista norteamericano, al Gran Pappo. Después lo imita un poco y
después se pone a lagrimear. Acabo de ver “Algo ha cambiado”, el documental de
Sergio “Chapete” Bonacci Lapalma en un lugarcito cultural llamado Lúcida, cerca
de Puente Saavedra. Esperaba escuchar muchas canciones de mis álbumes viejos de
Pappo´s Blues; los primeros, los que me gustaron siempre. No puedo evitar
que vengan hacia mí los sándwiches de miga: “Hombre suburbano”, “Ruta 66”,
“Sucio y desprolijo”, “Longchamps boogie”, “El viejo”, “Caras en el parque”. Pero
no, casi toda la película está en inglés, incluidas las canciones, porque el
documental va de otra cosa: es la inserción del rockero argento en el universo
blusero norteamericano, lo que B.B.King llamaba “la mafia del blues”. Empieza
con un reportaje a “Deacon” y a su pareja Pamela, que hablan del Carpo como de
un hermano. Los demás que hablan en la película lo tratan como a un hijo
adoptado. Y es así, justamente, porque tuvieron que aceptarlo: el blues es
negro, tocado por negros en ambientes pobres norteamericanos.
“Chapete” y sus socios comparan la película con una
road movie emocional, una travesía quijotesca que rastrea los orígenes del
blues en castellano y tiende un puente cultural entre el sur de los Estados
Unidos y La Paternal, entre el Mississippi y Buenos Aires. Eso es lo que
querías ver; en este viaje todo lo podrás hacer; andarás bien por la 66.

El documental es en blanco y negro. La fotografía de
Bernardo Heredia es maravillosa y la música, obvio, combina tristeza con
movimiento. Podríamos decir que es un documental con ritmo (no parás de mover
la patita durante casi todas las escenas). El único que sale en colores es
Pappo, apenas tres minutos en una video-selfie frente a un espejo, al final, y
el color lo vuelve el más vivo de todos los mortales que aparecen en la
pantalla. Además va cobrando definición a medida que el tiempo avanza: al
principio se ven videos de la TV estadounidense y ver es un decir, porque el
que parece estar tocando la viola podría ser cualquier gordo con peluca, de la
poca nitidez que la grabación presenta.
Los personajes son casi todos tipos: pasados de peso, melenudos,
poco pulcros, vestidos con remeras infantiles y aparentemente faltos de un buen
baño. Los únicos que son flacos son Moris y Pistochi, el de la Expreso
Imaginario. Las situaciones y las anécdotas que cuentan son triviales, casi sonsas.
Todos, absolutamente todos, son enfermos musicales que se curan con la
proximidad a sus instrumentos. Lo que a mí me pasa con los libros, que me
siento protegido cuando estoy rodeado por ellos, a estos tipos les pasa con sus
guitarras y bajos. Ninguno puede hablar sin rasguear o ejercitar un punteo. Y
uno cuenta de Pappo que era como un adicto a su guitarra, que un día se la
había olvidado y tuvieron que llevarlo de urgencia a un lugar para que se comprara
una Gibson. Otra cosa que comparten estos muchachones son cervezas y motos
Harley-Davidson. Pappo murió en su ley arriba de una de esas.
La historia de la estatua de Pappo es un atajo que toma el
documental. La llevan a una plaza en Buenos Aires donde van a realizar una
ceremonia por los diez años de su muerte. Hay un recital más o menos
improvisado, unas palabras, un pequeño monumento, gente fumada bendecida por un
cura rockero. Mucha emoción. Todo esto sucede después del viaje de la estatua
en un flete, rebotando en cada cuneta.
El documental es muy bueno, aunque un poco largo. Dura 130
minutos según la cartilla de prensa. Tiene un costado importante: aunque
aparezca gente muy específica para delinear un tema igualmente específico, es
para legos. Se entiende quién es el capanga y quiénes no lo son, sin conocer de
música. Para mi gusto faltan los carteles cuando salen los actores locales: me
pasé media hora pensando quién era ese tipo alto con pulóver en v, y era
Botafogo. Toda esa información aparece al final, como en las películas de
aventuras de cuando éramos chicos.
“Chapete” Bonacci dio un paso muy importante con esta
película estrenada en el Bafici 2025. Tengo el recuerdo del documental anterior
–“BJ: La vida y los tiempos de Bosco y Jojo”- como algo más desordenado. También
puede ser porque la vi en Popa, con todo el público borracho y Bosco a los
gritos comentando cada escena. O sea: me maté de la risa, pero no sé si la supe
juzgar como merecía. Debería darle una repasada. Mi recuerdo se centra en un
montón de sucesos pop pegados como en un gran collage. Son muchos
pensamientos para una sola cosa.
Me adjudico lo de haberla percibido un tanto larga. Puede
ser que ya no esté aguantando películas de más de hora y media (ahora parece
una costumbre, mi dió), y ande siempre reclamando por los noventa (minutos). Yo
soy un hombre bueno, lo que pasa es que me estoy viniendo viejo.
Racionalmente perdono lo del alargado porque “Chapete” tiene
que narrar muchas cosas, además de la idea de Pappo de insertarse en el mercado
yanqui. Tiene que explicar qué es el blues desde sus mismos protagonistas. Por
eso va con su micrófono a escarbar en definiciones que la mayoría de las veces
son poéticas. O sea: lo intenta, sin resultado. Aunque al mismo tiempo podemos
escuchar los arpegios que salen de los instrumentos y los estribillos que los maestros
entonan tan felizmente. Y ahí encontrar las respuestas sin mayor dilación. La
película es un modo argentino de entrarle al blues de raíz cantado por sus
protagonistas. “Eso termina entendiéndolo hasta mi mamá, que no sabe nada del
tema”, acota el director. Y es más: lo que a mí me cansó no va a cansar a los
que quieran empaparse del verdadero sonido del blues; ese por el que Pappo
estaba tan interesado.
Ojo: en un momento también se me hizo largo el documental “Nuestra
Tierra”, de la fabulosa Lucrecia Martel. Lo vi esta semana en Cacodelphia. Iba super
bien llevado con el juicio a esos tres horrendos sicarios y de golpe se
dispersa en una galería de fotos extensa, de parientes de aborígenes que
abandonaron la comunidad en que vivían para irse a trabajar a la ciudad. Tardé
en acomodarme a la bifurcación narrativa; por un momento llegué a preguntarme
¿qué estoy viendo; por qué es tan larga esta parte? Por suerte, en el encierro
oscuro de la sala opté por intentar entender qué se estaría preguntado la
directora ante todas esas imágenes del pasado, colecciones de fotos domésticas de
otros, ajadas por el tiempo. Qué tenían esas fotos para decirnos. Y la
respuesta la da la misma Martel cuando decide proyectar su película en un cine
improvisado, al aire libre, en terrenos de la propia Chuschagasta. Está
hablando, como en su libro “Un destino común” (Caja Negra, 2025), del hacer
cinematográfico, del cine, del respeto que hay que tener por todas y cada una
de las imágenes que conforman nuestra cultura. Es casi un método para conservar
la memoria. Va copia del fotograma clave de “Nuestra Tierra” y una acotación
crítica de Fernando Martín Peña en su Facebook:

"Esta señora entiende la importancia
de conservar las imágenes de su comunidad. Lo que esta señora entiende no lo ha
entendido la mayor parte de las autoridades que pasaron por el INCAA desde su
fundación, la inmensa mayoría de los responsables culturales y tampoco gran
parte de la comunidad audiovisual.”
A Martel le llevó 14 años reunir todo el material, editar el
documental, llegar a los cines. A “Chapete”, 10. El de Martel tiene importancia
política; el otro, musical. Ambos acaban de hacer cine nostálgico, mirando para
atrás y recolectando verdades, como Agnes Varda en “Las cosechadoras y la
cosechadora”.
Quiero ser como esa aborigen simpática con su caja de fotos
de vida, de la que no ha querido tirar ni una. O como “Chapete”, publicándolo
todo, aunque a algún espectador le pueda parecer excesivo. Cuando el ser humano
se olvida quién fue y de dónde viene, va a pasarle como dice Pappo en una de
sus mejores canciones: Un hombre sin historia, sin tiempo y sin memoria puede
reaccionar así, pero no se da cuenta: su personalidad en venta está.