Hermoso libro el de Liliana Paolinelli. Sencillo, con un poco
de toc de guionista, pero con historias claras y precisas. Me hizo
acordar a Rejman. Los dos cuentos que me gustaron más: el primero, “Aire
comprimido” y el último (que le da nombre al libro), “Sin noticias de los
jíbaros”. Los leímos y discutimos mientras comíamos la tarta de jamón
y queso de Blanca Cotta y la Olga de la Scardale. Quedaron mejores que nunca
porque les rallé un provolone de Santa Rosa, en lugar de salarlas. Tuve miedo
de haberme pasado de rosca, pero no. Duraron quince minutos. Bebimos los vinazos
que trajeron Fabiana, Pablo y Alberto, y comimos rafaelos que proveyó, como siempre,
Fabián. Jonatan aportó su segunda latita de Danish cookies; regalo impecable
para el Cookie Monster Nil (referencia a Los Muppets).
Mensaje para Liliana: cuando puedas mandanos el link al
corto o directamente tu corto/mediometraje “El baldío”, que acá tenemos a
varios amantes de los gatos que quedaron muy intrigados.
La próxima invitada va a ser Sonia Budassi, con esta
antología que sale en la foto. “Animales de compañía” ganó el Premio del Fondo
Nacional de las Artes en 2021, una de las veces que fui jurado. Sus cuentos
estaban muy por encima de la media; fue un premio con veredicto indiscutible. No
tuvimos diferencias entre jurados: tanto Agustina Bazterrica como Mariana
Travacio opinaban lo mismo que yo. Va a ser un lujo recibir a Sonia en la Clínica
del Galpón Estudio el miércoles 27, contándonos cómo lo hizo y mostrándonos
algún inédito nuevo.
En la interna leyeron Mariano y Coca. Mariano está haciendo
una colección, de a poquito, con textos enigmáticos que orillan las profecías y
lo sagrado. Estuvimos un rato largo hablando sobre cuáles deberían ser los
límites modernos, si cabe la propuesta, para una escritura con tintes de
parábola. Mariano logra climas normales en los paisajes exteriores de sus
textos (campos, ríos, desiertos o patios nevados) y toda la locura (animales
que hablan, gente que desaparece, carneadas alucinatorias, ollas humeando con sopas
incomibles) para los interiores. Sus nuevas historias
me recuerdan a la trilogía de Mario Levrero: “La ciudad”, “El lugar” y “París”.
Así de extrañas.
Coca trajo un cuento muy interesante con una personificación
de un colchón. La primera carilla es maravillosa, pero un enigma de este tipo es
bien difícil de mantener cuando el lector está atento y quiere descubrir quién es
el narrador. Hebe Uhart lo hace de maravillas en “Mi nuevo amor” (yo caí como
un chorlito), pero no pasa de una carilla. En la continuidad de “Ahora”, el
relato de Coca, se perciben otras historias ocultas, que afloran como puntas de
un iceberg utilizando una puteadita o un nombre. Apretamos sobre esas palabras
como si fueran links dispuestos a llevarnos a alguna parte. Creo que eso es lo
que nos hace dudar como lectores y lectoras: hay historias por atrás que podrían
ampliarse o parecen complicarse, pero nos faltan datos. ¿Coca querrá agregar
esos datos o preferiría simplificar la cuestión borrando los carteles que nos
puedan desviar por otros caminos? Ella, como escritora, tiene que decidirlo.
Llevé dos ejemplos de animaciones literarias de objetos
aparentemente inanimados. Las gotas de lluvia en “Viaje a la semilla”, el
extraordinario cuento al revés de Alejo Carpentier. El agua sube hacia el
cielo, modificando su acción por la reversión temporal. Y “Una gota”, de Dino
Buzzati, donde el agua también sube, como un hilo, por una escalera, peldaño a
peldaño. La razón acá no es el tiempo sino una dislocación de la gravedad. Horrorizando
a los personajes humanos, fabricándoles preguntas existencialistas en plena
noche. Dos joyas.

Y hablando de enigmas… uno, muy intrigante, que viene
sucediendo desde la clase anterior. Las galletitas de manteca de Jonatan vienen
en unas latas preciosas, casi alhajeros de metal. En algún momento de las
jornadas se vacían de contenido: son riquísimas esas galletitas danesas. Y en
otro momento que no alcanzo a comprender, la lata vacía desaparece. Se esfuma.
Se retira de la visión de todos; de la mía. La miro, la miro, me pregunto si me
servirá de costurero, me digo que me vendría bien para los lapicitos cortos o
los cartuchos de las lapiceras y… nada. Repentinamente se desdibujan sus contornos
en el aire.
¡Qué grandioso es tener un misterio sin revelar en la
Clínica de cuentos del Galpón Estudio! ¿Literatura negra a full o latas
fantasmales? Como decía el gran Hitchcock: "¡no revele el final a la salida del cine!".