“— No haga caso a lo que le digan. Acá el único problema es el petróleo. El trabajo en el petróleo lo hace bruto a uno. Uno estuvo todo el día a la intemperie con lluvia, con nieve, con viento, con frío, rodeado de tipos que están igual que usted, todos embrutecidos. Llega a su casa y quiere dormir, comer y chau. Si su hijo no fue a la escuela o si su esposa tiene problemas, no le interesa. Todo lo que pasa acá es por eso. Es culpa del petróleo.
La maldición de la belleza, pensé, y subí a mi cuarto.
Había escuchado tantas teorías para explicarlo todo.
Porque sí, porque no había nada para hacer, porque estaban
aburridos, porque no se llevaban bien
con sus padres, porque no tenían padres o porque tenían demasiados, porque les
pegaban, porque los hacían abortar, porque tomaban tanto alcohol y tantas drogas,
porque les habían hecho un daño, porque salían de noche, porque robaban, porque
salían con mujeres, porque salían con mujeres de la noche, porque tenían
traumas de infancia, traumas de adolescencia, traumas de primera juventud,
porque hubieran querido nacer en otro lado, porque no los dejaban ver al padre,
porque la madre los había abandonado, porque hubieran preferido que la madre
los hubiera abandonado, porque los habían violado, porque eran solteros, porque
tenían amores pero desgraciados, porque habían dejado de ir a misa, porque eran
católicos, satánicos, evangelistas, aficionados al dibujo, punks,
sentimentales, raros, estudiosos, coquetos, vagos, petroleros, porque tenían
problemas, porque no los tenían en absoluto.
Teorías. Y las cosas que se empeñaban en no tener respuesta.”




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