“La primera vez que fuimos a Japón con mi hija (en 2015), la pregunta que más me desvelaba era: ¿Cómo se va a sentir; se identificará, le gustará? Al final del viaje, resultó haber sido una preocupación en vano. Mientras yo pasaba el día en un simposio, mi hija y su padre se movían como peces en el agua, en el subte mi hija cantaba bajito las paradas que había aprendido no del mapa, sino de la dulce voz femenina que las anunciaba por altoparlante en los vagones. Cada día, durante la cena, me describía las aventuras que había tenido con su padre argentino (ítalo-siciliano, andaluz-vasco francés-criollo argentino) en la ciudad de Tokio.
“Fuimos a Harajuku y
vi personas vestidas de muñecos y de animé”.
“Fuimos a Asakusa y conseguí mi primera valija propia (una diminuta en negro con ruedas giratorias y un ribete en estridente fucsia), y la tienda estaba llena de tanques de agua con peces, peces de verdad”.
“Fuimos a un lugar que
alquilaba perros por hora”.
“Subimos al SkyTree y
pudimos ver todo, toda la ciudad y todo de todo”.
—¿Ah, y había mucha gente,
muchos turistas?
—Cuando fuimos había solo
japoneses. Japoneses y nosotros. Y fue gracioso porque el guía decía primero
todo en japonés, nos miraba a todos incluso a mí, hablaba en japonés y me miraba
a mí y yo hacía que entendía, asintiendo con la cabeza. Luego el guía
hablaba en inglés, pero solo miraba a papa, y yo hacía como que esa parte no me
interesaba, miraba por la ventana y así. ¡Jajá! Cuando hablaba en inglés no me
miraba, porque yo parezco japonesa. —(Esto lo dice con cara de orgullo y risas).
No sé bien qué habrá pensado el guía. Obviamente tendría que haber interpretado que aquella niña de nueve años pertenecía a aquel señor occidental que la llevaba de la mano y le indicaba detalles a considerar en esa asombrosa vista tan amplia.
Pero por eso, no me importa qué habrá pensado el guía. Sí, que a mi hija le surgió sentirse japonesa, sentirse parte, y que eso le dio placer.”





