22.9.21

LA VIDA ES DOLOROSA Y DECEPCIONANTE / LOVECRAFT EN LA AGENDA

Lo primero que se agradece en este libro es su tapa roja: si hubiera aparecido antes de 2019 habría traído una de las grises o negras, tan feas de la vieja colección Argumentos de los libros de Anagrama. Por suerte se dieron cuenta y la rediseñaron: no sé si este libro se banca más oscuridad de la que su texto trae. “Contra el mundo, contra la vida”.

La introducción de Stephen King también ayuda; es luminosa. Tampoco sé si Lovecraft hubiera podido prologar tan estupendamente un libro sobre su admirado Poe: su propio éxtasis le hubiera jugado una mala pasada literaria. King esquiva todo inconveniente con habilidad, se dedica a contar una anécdota y a ensalsar a ambos monstruos -HPL y MH- parcamente pero con gracia, cuidando las adjetivaciones como si cobraran por elogiar.

La anécdota que cuenta es un ejercicio posible para un taller de creatividad literaria. En 1979 el prologuista es invitado a una Convención Mundial de Fantasía y Terror en Providence, ciudad natal de Lovecraft. En un recreo entre mesas redondas decide salir a recorrer las cercanías. El barrio está atiborrado de anticuarios. En muchas vidrieras se ven objetos que pertenecieron al héroe de las letras local (o llevan cartelitos donde se afirma eso). Plumas, tinteros, extraños secreters. A veces la inscripción HPL grabada a navaja sobre la madera de un mueble “garantiza” la autenticidad de los objetos. Y Stephen piensa: si llego a encontrar la almohada de Lovecraft, la compro. Qué jugador.

“Lector, soy incapaz de recordar -ni siquiera ahora, un cuarto de siglo después- haber tenido jamás otra idea que me diese un escalofrío semejante. ¡La almohada de Lovecraft! ¡La que acunó su cabeza alargada cuando abandonó la conciencia!”

Stephen regresa al hotel apurado por escribir. Pero enseguida lo llaman a participar de un evento y termina morfando y chupando birra con otros expositores. Cuando se va a dormir tiene un sueño en el que escucha los “chillidos sordos atrapados dentro de la almohada”, en la que cree estar apoyando su propia cabeza. “El chirrido de las pesadillas de H. P. Lovecraft”. King agrega al final de la introducción:

“No escribí La almohada de Lovecraft aquel fin de semana en Providence, ni entonces ni nunca. Si quieres probar suerte, lector, yo te lo entrego… como también las pesadillas que sin duda traerá consigo cualquier intento serio de hacerle justicia a una cosa así. Por lo que a mí respecta, ya no quiero meterme en la almohada de Lovecraft, ni visitar los sueños que puedan seguir atrapados ahí, y tengo la sensación de que en eso Michel Houellebecq podría comprenderme.”

Algún día voy a proponer el ejercicio con mis alumnos de la Clínica de cuentos del Galpón Estudio. Tal vez cambie a Lovecraft por Horacio Quiroga. Y haga que el almohadón sea de plumas.

“Lovecraft conoce bien los sueños; son en cierto modo su coto de caza”, escribe Houellebecq en el libro. “De hecho, pocos escritores han utilizado sus sueños de manera tan sistemática como él; clasifica el material, lo trabaja; a veces se entusiasma y escribe la historia sobre la marcha, sin siquiera despertarse del todo; en otras ocasiones solo conserva algunos elementos para insertarlos en una nueva trama; pero, sea como fuere, se toma los sueños muy en serio.”

¿Cómo sabe todo esto el francés? Porque leyó las cartas de Lovecraft. Parece que escribió más de cien mil, de las que Arkham editores publicó mil en una colección de cinco tomos. La mayoría de las cartas son con sus fans. Robert Bloch, capo del terror a lo Lovecraft (su cuento Las bestias de Barsac lo revela fan desde el mismo título), le escribirá con tan solo quince años. Y el maestro de Providence le va a contestar sin que la edad importe.

Esta correspondencia es una cosa de locos: hay misivas de cuarenta, cincuenta carillas. Casi tesis. Y todas aquellas que salen de la literatura -o sea, que hablan de otras cosas-, suelen ser patéticas. Hay una dirigida al director de una revista para que le publique un cuento. La revista se llama Weird Tales, la carta que HPL envía no podría ser más ridícula. Al mismo tiempo que se presenta diciendo, tal vez por pudor, que sus amigos son los que lo impulsan a enviar esos cinco cuentos que adjunta, escribe que el único lector que él tiene en cuenta es “a sí mismo”, dando a entender que no le importa si lo publican o no. Y después agrega que los textos “ya han sido rechazados por Black Mask” (otra revista de su tiempo). Peor publicista no puede haber.

Otra carta increíble es una de las que le escribe a su novia durante el cortejo, respondiendo a invitaciones procaces de la mujer para que abandone su castidad victoriana, ya que ella no tiene ningún problema con el sexo antes del matrimonio (está divorciada y tiene una hija de su pareja anterior). Nuestro amigo le contesta párrafos como el siguiente: “La juventud conlleva estímulos erógenos e imaginarios vinculados a los fenómenos táctiles de los cuerpos esbeltos en actitudes virginales y a la memoria visual de las formas estéticas clásicas, que simbolizan una especie de frescor y de inmadurez primaveral muy hermosas, pero que nada tienen que ver con el amor conyugal”. Un incogible de verdad.

Miss Sonia Greene igual insiste durante dos años hasta casarse. El premio que se lleva no es muy alentador: casi sin plata y a regañadientes él se anima a dejar a sus tías viejas de Providence por única vez en su vida. Sonia lo lleva a Nueva York, a un departamentito en Brooklyn. Durante el año 1924 Lovecraft la pasa bien: está enamorado y mantenido, puede escribir. Es feliz por primera y tal vez única vez en su vida. Sonia es linda, cariñosa, le deja libertad, lo admira y provee de todo lo necesario. Él solamente es culto, está munido de una inteligencia sin practicidad. Entonces ella pierde su trabajo. Rápidamente se quedan en la ruina. Venden los muebles. Él intenta conseguir algo que les de plata, pero se da cuenta de que es un inútil absoluto, que no cuadra con nada. La realidad no está hecha para Lovecraft. Cualquier inmigrante de morondanga se maneja en la ciudad mejor que él, que se siente un lord en el exilio. Un mal día se enoja y vuelve a Providence a vivir con su tía Lilian. Lo que para cualquiera podría haber sido una frustración, para Lovecraft es un alivio.

Y todo lo negativo que había sido en su vida anterior al casorio recrudece y explota. Si antes era clasista, ahora es racista a más no poder. Si antes la humanidad le molestaba, ahora la odia sin límites. Si antes era reaccionario y monárquico, ahora es un soldado contra la democracia y los derechos de la gente. Se volvió de ultraderecha, podría cuajar muy bien con los Bolsonaros y los Mileis de ahora. Según Houellebecq “pone las nociones de orden y tradición por encima de las de libertad y progreso en todos los terrenos”. No llega a ser un fan de Hitler porque, como escribe en una carta a Robert Barlow, a los negros “los ocultamos o los matamos”, y entre las dos opciones se queda con la primera. Agrega: “En las estaciones balnearias del Sur no permiten a los negros ir a la playa. ¿Se imagina a personas sensibles bañándose al lado de una horda de chimpancés?”.

La itálica de “en todos los terrenos” es mía, no está en el libro. Y está destinada a remarcar que no hay terreno posible para el odio, que puede servir provisoriamente para azuzar a las masas pero que al fin y al cabo se vuelve sobre sí mismo, produciendo una desgracia que cubre a todo el cuerpo social. Lo conocemos por lo que ha pasado numerosas veces en nuestro país, solamente que ahora los chimpancés crecieron y son gorilas, y no por tener pelaje o la piel de otro color. Mi itálica está puesta ahí para afirmar que el racismo no sirve en ningún terreno. ¿Será cierta mi indicación? Desde el punto de vista de Lovecraft, no. Como escritor nuestro personaje era un masomenos antes de irse a Nueva York con su amada Sonia, y fue un maestro al regresar sin ella. Ver triunfar socialmente (o al menos trabajar) a inmigrantes y saber que no había lugar posible para un clásico de la cultura como él, lo hizo volver más radical, un perfecto odiador de clase. Francis Lacassin, en el prefacio a las “cartas”, consideró el asunto con honestidad:

“La fuerza fría de los mitos de Cthulhu surge de la delectación sádica con la que entrega a la persecución de criaturas llegadas de las estrellas a unos seres humanos castigados por su semejanza con la chusma neyorquina que lo había humillado”.

La vida, para Lovecraft, fue el mal. De alguna manera logró transformar su asco de existir, esa repulsión, en una “hostilidad activa”. Los siete libros que conforman la obra magna del maestro de Providence– “El color surgido del cielo”, “El horror de Dunwich”, “El que susurra en la oscuridad”, “La llamada de Cthulhu”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth”, “En la noche de los tiempos”- fueron escritos después de su regreso al barrio. La primera línea a todo este período está en una carta a Alfred Galpin: “La vida adulta es el infierno”.

Por momentos el libro de Anagrama confunde: no se sabe si Houellebecq está hablando del misántropo Lovecraft o de él mismo. En la foto en la que el gran Michel sale en solapa está imitando al Nosferatu de Murnau.

20.9.21

TENGO UNA IDEA PARA UN RELATO / STEPHEN KING

 “El momento de “tengo una idea para un relato” llega cuando uno percibe algunas cosas cotidianas de una forma completamente nueva, o con una nueva configuración. Eso suele hacer callar a la gente porque suena plausible. Y en efecto es plausible, y en efecto forma parte del momento “tengo una idea”, pero hay algo más: solo que no puedo explicar qué es ese algo más, ni siquiera después de todos estos años. Lo que sí puedo decir es que a veces es como si te dispararan en el cerebro.”

17.9.21

INTRODUCCIÓN A "H. P. LOVECRAFT" DE MICHEL HOUELLEBECQ (FRAGMENTO) / STEPHEN KING

 “Preguntémosle a un grupo de escritores especializados en relatos sobrenaturales y de terror si alguna vez han tenido una idea demasiado escalofriante como para escribir sobre ella y veremos que se le iluminan los ojos. Porque ahí ya no estamos hablando de riesgos laborales, que es un aburrimiento: hablamos del oficio, que nunca es aburrido.

Yo he tenido, al menos una vez, una idea así. Se me ocurrió en la primera Convención Mundial de la Fantasía a la que asistí, en el lejano y borroso año 1979. Resultó que esa Convención Mundial se celebraba en Providence, ciudad natal de H.P.L. Mientras paseaba sin rumbo un sábado por la tarde (preguntándome, por supuesto, si Lovecraft habría paseado sin rumbo por esas mismas calles), pasé por delante de una casa de empeños. El escaparate estaba repleto del habitual surtido de objetos relucientes: guitarras eléctricas, radiodespertadores, navajas de afeitar, saxofones, anillos, pendientes y pistolas, pistolas, pistolas.

Mientras contemplaba todo aquel revoltijo de cosas, el Señor de las Ideas me habló desde su sillón reclinable al fondo de mi cabeza, como a veces hace, por razones que ningún escritor parece entender del todo. El Señor de las Ideas me dijo: “¿Qué pasaría si hubiera una almohada en esa ventana? Una simple almohada vieja, normal y corriente, con una funda de algodón un poco sucia. Imagina que a alguien (un escritor como tú, quizá) le picara la curiosidad que un objeto así estuviera en exposición, y entrase a preguntar por él, y que el tipo que lleva la casa de empeños le dijera que es la almohada de H. P. Lovecraft, en la que dormía cada noche, en la que soñaba sus sueños fantásticos, en la que quizá incluso murió.”

Lector, soy incapaz de recordar -ni siquiera ahora, un cuarto de siglo después- haber tenido jamás otra idea que me diese un escalofrío semejante. ¡La almohada de Lovecraft! ¡La que acunó su cabeza alargada cuando abandonó la conciencia! Volví a toda prisa al hotel completamente decidido a saltarme todos mis compromisos – dos mesas redondas y una cena- para escribirlo. Para cuando llegué, ya me imaginaba la almohada con todo lujo de detalles. Veía el tono ligeramente amarillento de la tela; veía un cerco fantasmal y parduzco que quizá fuera un poco de baba derramada de esa boca dormida de labios finos; veía una manchita de un marrón más oscuro que sin duda sería sangre que le había salido de la nariz.

Y oía el chillido sordo de los sueños atrapados dentro de ella. Sí, señor. El chirrido de las pesadillas de H. P. Lovecraft.

Si me hubiese puesto con el relato en ese mismo momento, como pretendía, estoy casi seguro de que lo habría escrito, pero mientras recorría el pasillo del piso doce camino a mi habitación, un alma festiva salió de otro cuarto, me plantó una cerveza en la mano y me arrastró con un grupo de escritores muy contentos que hablaban todos con todos. Después vinieron las mesas redondas y la cena, tras la que se siguió bebiendo (por supuesto) y se siguió hablando (sin duda) mucho más. A H.P.L. ni se lo mencionó, y yo participé en la conversación encantado.

Esa misma noche, más tarde, en la cama, me vino a la cabeza de nuevo, y lo que a la luz de la tarde me había parecido maravilloso, a oscuras se volvió un pensamiento horrible. Porque me puse a pensar en sus relatos, esto es: en los que había contenido esa cabeza alargada, horrores que solo un delgadísimo escudo de hueso separaba de la almohada. Los mejores -esos que Michael Houellebecq denomina los “grandes textos”- son lo más terrorífico que ha dado la literatura norteamericana, y conservan intacto todo su poder. Irónicamente, es posible que el único rival estilístico de Lovecraft a mediados del siglo XX fuese el escritor noir David Goodis, cuyo lenguaje era muy distinto pero que, como Lovecraft, era incapaz de parar, de decir basta, por esa necesidad neurótica que tenía de seguir perforando sin remedio la columna de la realidad. Goodis, sin embargo, ha caído en el olvido. Lovecraft no. ¿Y por qué no? Creo que es porque, a diferencia de Goodis, al tono chirriante de su compulsión lo compensaba una suerte de poética pesadez y un campo de visión imaginativo de un alcance que no es de este mundo. Sus gritos de terror son lúcidos.

¿Iba yo a intentar meter todo eso en un relato?, me preguntaba mientras yacía insomne sobre mi propia almohada. Era absurdo. Intentarlo y fracasar sería muy triste. Intentarlo y conseguirlo exigiría un dispendio de energía mental (por no hablar de coraje) más allá del que merecía ningún relato, salvo, quizá, uno de Gógol… o del propio Lovecraft. Y la perspectiva de tratar de sostener un punto de partida tan horripilante a lo largo de toda una novela, aunque fuese una corta, resultaba demasiado abrumadora como para plantearla en serio. Me sentía como un aprendiz de clavadista en los acantilados de Acapulco, al que probablemente le hubiera salido todo bien si se hubiese lanzado sin más tras asegurarse con un vistazo rápido de que estaba en el lado correcto de las rocas. En vez de eso, me había parado demasiado a pensar en la caída y las posibles consecuencias, y ahora estaba perdido.

No escribí “La almohada de Lovecraft” aquel fin de semana en Providence, ni entonces ni nunca. Si quieres probar suerte, lector, yo te lo entrego…, como también las pesadillas que sin duda traerá consigo cualquier intento serio de hacerle justicia a una cosa así. Por lo que a mí respecta, ya no quiero meterme en la almohada de Lovecraft, ni visitar los sueños que puedan seguir atrapados ahí.”

14.9.21

VIMOS A MORIS / EL CCK EN LA AGENDA

 Son familieros. Se les nota a la legua. El living donde arrancan es como el de una casa, con dos sillones y una mesita ratona, aunque estemos en el Auditorio del CCK. Padre e hijo se miran y sonríen. Da un poco de envidia verlos, sentir la dignidad con la que Antonio Birabent declara que este es un homenaje a su padre en vida, como son los mejores homenajes. Moris es una leyenda del rock en castellano. Está enterísimo: larga la conversación cantando a capella una canzonetta napolitana, para después afirmar que todas las canciones del mundo provienen de ahí. Su hijo se ríe.

La relación que tienen, atada por años de música y viajes, parece beatífica y verdadera. El padre está orgulloso de su hijo y el hijo está orgulloso de su padre. Baberos para los dos. Antonio habla todas las mañanas con él por teléfono -aclara “de línea”, por las dudas de que entendamos otra cosa- y componen a través de Telecom. Moris pone las letras, Antonio las notas. Así fueron haciendo “La última montaña”, trabajo que publicaron en pandemia.

Además, son un calco. Moris tiene el pelo blanco y se peina el jopo hacia un costado; Antonio es joven, por lo que conserva el color, y apunta con el jopo hacia el otro lado. Ojalá yo pudiera tener una relación tan buena con mi padre, de ahí la envidia. Y ojalá llegue a tener el pelo de Moris, que a sus setenta y largos puede hacerse un jopo y sostenerlo con gomina.

No se trata solamente de una experiencia musical. Vinimos con Ceci, mi amiga del pimpón, a ver qué pasa, cómo resulta un recital masivo en la época de la pandemia. Y elegimos este concierto porque somos fans de “Treinta minutos de vida”, que yo compré en disco, en caset y en cd. Ella quiere escribir algo para la Facultad sobre “salir” en esta época del orto, verbo que  ninguno de nosotros conjuga desde hace un año y medio. El plan es: si nos sentimos con miedo o vemos que puede haber una aglomeración, rajamos. Las entradas gratuitas se agotaron en siete minutos.

El aforo es el correcto, de un tercio de la sala. Le gente está distribuida en una platea con muchos agujeros, como dentadura de pobre. También hay ubicaciones en los palcos laterales. Al respecto el covid nos realiza, sin querer, dos fantasías positivas: la mía de tener un asiento libre al lado para dejar la campera (en esto extraño el auditorio del Malba y el de algún otro museo que viene con guardarropas) y la de ella, petisa, de no tener una cabeza adelante tapándole. Observamos juntos el panorama: salvo una pareja gay que no para de besarse y  una chica tres asientos adelante que tiene la nariz al aire, todos parecen respetar el paradigma barbijero. Salir de la hibernación de tortuga y oso nos ubica en el registro de la precaución. Por suerte en la fila de atrás -que está más alta que la nuestra, el peraltado de la sala es extraordinario- los espectadores parecen saludables. Tener las dos dosis puestas es una condición a cumplir, aunque nadie me pidió el certificado de vacunación. Ceci dice que a ella sí.

Aclaremos que fue más peligroso salir que entrar, porque el orden de llegada y las colas con dos metros de distancia entre personas, más la suba pausada en las escaleras mecánicas y la posterior ubicación en las butacas con prohibición de mudarse durante el evento estaban muy pensadas. Aparte de los hits de tomarte la fiebre y darte alcohol. Pero a la salida todos se relajaron más, y hasta tuvimos un ofrecimiento de una pareja que iba bajando adelante en la escalera mecánica, que nos dio unos volantitos “para seguir viendo boogie-woogie en otro lugar”. En el show no tuvimos programa, por lo que ahora voy a tener que consultar el nombre de los músicos, a fin de escribirlos correctamente.

Son cuatro, además de Birabent hijo que toca guitarra. Hay otra guitarra, un bajo, un pianista maravilloso, todos amigos de la casa de Moris. El baterista está detrás de un vidrio, no sabemos si por un tema sanitario o de sonido. Nombres: Víctor Volpi, Horacio Salerno, José Luis Micucci y Cristian Faiad. Todos ellos sin barbijos, pero tienen que cantar, qué tanto. El único que saluda correctamente, con el puño, es Mollo. El otro invitado, Litto Nebbia, se pega un abrazón con Moris y al final otro con Antonio. Vino a participar en coros y en solo de melódica. Está muy emocionado. Y probablemente muy hisopado.

Yo pensaba encontrar más canas entre el público, y no. Hay de todo. Parejas jóvenes, gente de mediana edad (por el momento pertenezco a este grupo) y gente mayor (estoy a punto de entrar a este otro). Recordé en un momento la vuelta de Manal, año 1980 en Obras Sanitarias, a la que fui con mi amigo Cato: a mis 18 años Manal era vintage. Qué quiero decir con esto: Manal es unos años posterior al primer Moris, el de Los Beatniks, que sacó su simple en el 66. O sea: Moris es más vintage todavía, una celebridad histórica. Como dato gracioso se me ocurrió buscar la reseña de ese recital de mi juventud en el archivo digital de la revista Pelo 129, año X. En la nota sin firma titulada “Una rapsodia porteña”, el cronista (podía ser Ripoll o Cibeira, el director o el secretario de redacción respectivamente) escribe sobre el grupo de Javier Martínez:

“Ellos le dieron identidad y esencia a una movida que nacía por reflejo de un movimiento mundial. No solo hicieron una música netamente localista, sino que también la dotaron de un lirismo profundamente enraizado en la problemática de este país.”

Y agrega este final: “En ese aspecto hubo un personaje que supo describir Buenos Aires, sus calles, sus gentes, sus conflictos como nadie lo había hecho antes”. Habla de Martínez pero bien podría referirse a Moris, a Pajarito Zaguri, a Miguel Abuelo. Todos ellos son nombrados en el discurso de living que nuestro Boss tiene con su hijo Antonio, y va mechando con distintos temas.

Comienza describiendo sus primeras audiciones en TNT y CBS con una guitarra que le prestó Sandro para tocar delante de los administradores del sello. En 1966 no se llevaban demos, los músicos interpretaban sus temas en vivo y en directo. Hizo “Soldado” y “Rebelde”. Cuando presentaron ese disco se sacaron fotos desnudos en una fuente, fueron tapa de la revista “Así” y los metieron presos porque -“oh, no nos dimos cuenta”- era la época de Onganía. Se comieron tres días adentro. Al salir de prisión el sello les había dado de baja el contrato. Así de mal empieza todo para Moris.

Dos años más tarde llega el salvavidas de su amigo Litto, que graba un simple con “La balsa” de Tanguito en el lado A y el tema “Ayer nomás” en el B. El éxito del “estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado” lo devolvió al camino comercial de un empujón. Y terminó en 1970 grabando esa maravilla que es “Treinta minutos de vida” para Mandioca, el sello de Jorge Álvarez, la media hora que más duró de la historia musical argentina. Duró tanto que se convirtió en eternidad. De ese disco maravilloso cantó “Pato trabaja en una carnicería” a dúo con Ricardo Mollo, y algunos otros temas que hoy suenan un poco ingenuos como “Esto va para atrás” o “El oso”, esa especie de fábula naive. El público, de todas formas, lagrimeó los barbijos.

La carrera de Moris y su familia sigue el derrotero de los artistas argentinos de la época. Un tipo que hacía canciones de protesta no tenía lugar en la Argentina militarizada. Entonces viene el exilio a España, donde vuelve a empezar y se larga a los pubs exprimiendo al máximo la postura, los gestos de frontman que le vemos hoy, con temas menos problemáticos como “Zapatos de gamuza azul” o “Sábado a la noche”. Y en esa onda se volvió a construir. La vida de una familia que se tuvo que ir para no desaparecer.

“Madrid” es una gran composición de Antonio que relata ese momento de estar entre dos ciudades. Es parte del disco “Azar”. La canta durante un instante de calma en el show. Moris pone tirante la escena cada vez que entra, como si desbordara todo el espacio con su presencia y movimiento; Antonio es más apocado y racional: el recital baja un cambio cuando se queda solo con su grupo. El padre le gana en adolescencia al hijo. Moris es un hombre que tiene un mensaje para dar desde sus veinte años, y no lo ha cambiado, nadie le torció el brazo, no se vendió. Lo queremos aún cuando eso signifique ayudarlo a subir la colina con su mochila pesada de protestas, pero también de felicidades.

De las canciones más lindas de “Treinta” hay una que podría ser un himno a las temáticas de género actuales. Se titula “Escúchame entre el ruido”. No entiendo por qué la ha eliminado de su memoria y no la canta más. La última vez que lo vi, hace unos cinco años en la Usina del Arte, tampoco la hizo. Y es muy positiva. Dice así:

“El hombre tiene miedo de ver la verdad / de ver que él era algo que no podía definir. / De ver que al fin su sexo pudo ser o no ser / que no era absoluto, que podía ser la flor. / El hombre tiene miedo de su sexo también / y niega la mujer que lleva dentro de él. / ¿Qué flor le daré a aquel que vive sin amor? / ¿La flor de mil y un sexos, la flor de un creador?”

La letra es de las más hermosas que conozco del rock nacional. “Aunque bien bien lo sabía la bendita sociedad / eras algo más que un sexo y tu cédula de identidad…” Una idea para reflotarla: que la interprete una voz joven, de alguna chica, como hizo alguna vez Fabiana Cantilo con “Sin documentos” de Calamaro, llevándola a las nubes. Si ya pasó no me enteré. Aquí la letra entera; aquí interpretada en la voz de su creador.

Moris, además de un gran compositor, es un caballero que respetó todos y cada uno de los pasos de la coreografía teatral propensa en seguridades que tan amorosamente le preparó Antonio. El único momento en que lo sentimos descontrolar fue cuando arengó al público para que cantara el estribillo de “Sábado a la noche”, y los dos, con Ceci, saltamos: ¡no! Todos esos aerosoles libres hubieran sido el acabose. Igual la gente lo cantó bajito adentro de sus barbijos, sin enloquecer. Muy bien por el público cuidadoso. Moris habrá sentido, en el fragor de la batalla, que por fin volvían los buenos tiempos. Del lado de allá del escenario se debe extrañar la devolución eufórica al esfuerzo físico del rocanrol. Yo ya cobré, como dice la canción.