5.6.26

NOVENO BANQUETAZO EN LA CLÍNICA / COLLAGE ENTRE LA RAZÓN Y LA IMAGINACIÓN, CON ÚRSULA K. LE GUIN Y ANI


“Los niños saben perfectamente que los unicornios no son reales. Pero también saben que los libros sobre unicornios, si son buenos, son reales.

Hace mucho escribí el ensayo Why are American Afraid of Dragons? (¿Por qué los americanos temen a los dragones?), debido a la tendencia a los estadounidenses a rechazar todo tipo de fantasía o de ficción muy imaginativa, a tacharlas de obras para niños o pensar que son poco importantes porque no tratan de lo que pasa hoy en el mercado bursátil. Esa actitud de beneficio inmediato. Dickens lo aborda en su novela Tiempos difíciles, en la que se burla de un empresario completamente realista que no es capaz de pensar en otra cosa que no sea el uso y beneficio inmediato de las cosas y, por tanto, pierde la noción de futuro. Ese mareo mental que nos impone la educación que recibimos (Dickens ahí lo deja muy claro) coarta el desarrollo de los niños, porque nuestra mente, en gran parte, funciona con el mecanismo de la imaginación. Privarse de ella, atrofiarla o tratarla con desdén es terrible, sobre todo en una mente en desarrollo que tiene que ser capaz de poder pensar en cualquier cosa, es decir, imaginar lo que sea y aprender la diferencia entre lo real y lo imaginario. Creo que a los niños se les da mucho mejor hacer esa diferenciación de lo que pensamos los adultos. Saben distinguir cuando algo es un cuento de hadas. Y muchas veces saben que algo es mentira. Aun así, tanto la razón como la imaginación se tienen que entrenar, igual que se ejercita el cuerpo. Entrenamos algunas de nuestras facultades racionales, pero en el sistema educativo estadounidense cada vez se da menos espacio a la imaginación. De hecho, la gente que niega la existencia de los dragones suele acabar devorada por uno. Desde dentro.”


“Mucha gente considera que el arte es una cuestión de control. Yo lo veo más bien como una cuestión de autocontrol. Es algo así: llevo dentro una historia que quiere ser contada. Es mi fin. Yo soy sus medios. Si puedo controlarme, a mi ego, mis deseos y opiniones, mi basura mental y encuentro el enfoque de la historia y la sigo, se contará a sí misma. Me parece una manera de abordar la narración muy diferente a la de la voluntad de plasmar algo sobre el papel.”





2.6.26

THE ARISTON IS HERE

 

Designed by Marcel Breuer on Argentina's Atlantic coast, The Ariston was once a symbol of architectural optimism and innovation.
THE 
Today, this modernist landmark faces an uncertain future.

This compelling documentary follows the people working to preserve one of Argentina's most significant architectural treasures and asks what happens when cultural heritage is allowed to disappear.

🎬 Watch now:
https://watch.shelter.stream/the-ariston

29.5.26

OCTAVA CLASE DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN 2026 / VINO SONIA BUDASSI

 

"Nadie está seguro cuando escribe”, dijo nuestra invitada del último miércoles, resumiendo en una sola frase el libro en el que Heker revisita toda su obra y vida: “Intimidad de un oficio”. Sintética, nuestra chica bahiense. De la misma manera adhiere a la segunda conclusión que a Liliana le toma ochenta páginas e igual cantidad de años: escribir es lo que más la hace feliz. A Sonia Budassi se le nota en la sonrisa y en sus ojos color lago Lácar.

Nos concentramos en la colección de cuentos “Animales de compañía”, el libro con el que obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2021. Fui uno de los jurados de ese certamen, junto a Agustina Bazterrica y Mariana Travacio. En ningún momento tuvimos que discutir nada: un premio merecido en un año repleto de excelentes opciones. Reconozco que siempre había querido conversar con Sonia después de ese momento y nunca pude, salvo algunas palabras cortitas intercambiadas en ágapes ruidosos de esos que de vez en vez nos regala la escritura local. Siempre con gusto a poco.

Bueno, el miércoles la convocamos a la Clínica y pudimos conversar a fondo, con gusto a empanadas de carne, vinos ricos, chocolates y hasta un turrón turco (cuando yo era chico se llamaba nugatón) que preparó Alberto. Hablamos tres horas seguidas de monjas y beguinajes, periodismo, crónica y ficción y nos terminamos concentrando en dos de sus historias: “Salvar el mundo” y “La gran muralla”. La literatura de Sonia está llena de datos emocionales, simbólicos, modernos y técnicos que se van sucediendo mientras flotan entre vocablos extranjeros o compiten contra edificios notables, entornos rebuscados o parcos estacionamientos. Sus escenarios son mega lugares o no lugares; las casas siempre quedan chicas e incomodan a sus habitantes, a quienes no les alcanza el campo, les seducen los viajes, se instalan en la duda del amor. Pablo Katchadjian los describe así desde la contratapa:

Las voces que narran los distintos cuentos de este libro no son simpáticas. ¿Desde dónde hablan los personajes? ¿Por qué ven el mundo así? En el primer cuento, por ejemplo, la narradora dice: “Envidio que todo sea colorido, rico y fértil, no como cerca de mi ciudad: marrón seco e improductivo”. En el último parece haber una redención: “Algo pasa, esta mañana, por primera vez, una chispa de bienestar”. Pero esa chispa enseguida se apaga. Y, sin embargo, las voces no son antipáticas, porque también hablan de sí mismas igual que del resto de las cosas y porque esa forma de hablar les permite decir algo -sobre sí mismas, sobre lo que las rodea- que de otro modo se escaparía.

Sonia leyó un inédito que vino a completar la trilogía de los dos cuentos anteriores. Se titula “Morirse más que yo”, y aunque aún está en trabajo, se mete de nuevo con la construcción de un paraíso sin advertir que los paraísos no existen. La protagonista comienza siendo ingenua, en este caso la voz es infantil, el paraíso que quiere construir es un paisaje de juguete porque parece que nunca va a concretarse su deseo de delfines y exotismo dentro de su familia problemática. La narradora no advierte que el paraíso es inhallable hasta cuando se define como tal mediante un cartel, o tal vez por eso mismo. Ni cuando los que lo etiquetan son gente que uno cree amar, ni cuando es uno el que se pone manos a la obra para levantarlo. Finalmente será el lugar al cual, ni bien se llega, deja de ser paradisíaco. Y te hace ver.

Eso es lo que ocurrió este miércoles. A partir de hablar y hablar con Sonia, vimos un poco más.



28.5.26

JUGANDO AL HUEVO PODRIDO / COCA TRILLINI

 

“Fui misionera para África durante toda la primaria. Juntaba monedas, que no tenían que ser robadas de ningún monedero, debían ser de algún regalo que te habían hecho, por ejemplo, para tu cumpleaños o para tu santo y en última instancia podías pedir en tu casa. Pero no era lo más recomendable, pedir no incluía tu sacrificio para comprar un paganito. Paganito se llamaba a un recién nacido que no había sido bautizado, porque los padres se oponían, salvo que fuera “comprado”. El cura que vivía allá salvando almas, recibía mis monedas, se las daba a los padres de un niño o niña muy negro para que le permitieran bautizarlo y así, si se moría, su alma no iba al limbo. Cada compra me convertía en madrina de un paganito, podía ponerle el nombre que me gustara y me entregaban un diploma que certificaba la transacción.”