Descripción de un banquete perfecto: Coca trajo espuma de
morrón con Philadelphia, tostaditas de arroz y mermelada de tomate para untar
junto al queso roquefort que trajo Fabiana, que además aportó un rico jamón
crudo y tostadas de varios tipos. Liliana se despachó con unos triples de miga
exquisitos. Alberto trajo hummus, guacamole y Peronachos. Pablo se la jugó con
dátiles rellenos con crema de maní, bañados en chocolate, galletitas de limón tipo
Havanna y trufas Red Velvet. Había tanta comida que decidimos guardar para la
próxima las Danish Cookies que trajo Jonatan y el potpurrí de Ferrero Rochers
al que Fabián nos tiene acostumbrados. Los tintos fueron Tito, de Succardi y
Séptima Obra cabernet Sauvignon. Casi que podíamos no haber leído nada y tener,
igualmente, una fiesta. Las ventajas de la Clínica en el Galpón. Volvimos con
tutti.
Pero, de todas maneras, leímos (nunca hay que perder una
buena costumbre, sobre todo si es el objetivo hacia donde vamos). Largué con one
hit wonder de los 60, como lo llama el teórico Matías H. Raia: “Cabecita
negra”, de Germán Rozenmacher. Tanto Raia como Horacio González coinciden en
que este cuento se lee como la contracara de “Casa tomada” de Julio Cortázar,
afirmando que quien analice uno sin estudiar el otro estaría infringiendo una
suerte de regla general de la historia de la violencia y la representación
política en la literatura argentina. Lili se permitió discrepar y Mariano la
siguió en el razonamiento. Cuando llegué a casa volví a leer los textos
introductorios de la preciosa edición de las Obras completas del autor
publicadas por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, y el pensamiento de
González no le anda muy lejos. Horacio dice que en ese tiempo, el tiempo de
Rozenmacher, se leía “Cabecita negra” como el fotograma invertido de “Casa
tomada”. Pero agrega:
“Hoy no me parece así. En Cortázar se pone el énfasis en lo hermético de la situación, lo indescifrable de una amenaza. En Rozenmacher, la amenaza está situada, casi diríamos historizada. Pero si bien la conciencia del narrador cortazariano es inescrutable en su aceptación distante del miedo, del horror casi natural de las cosas, en el caso del señor Lanari solo después se presenta ese sentimiento, que primero es una cobardía social y luego se transforma en una de las tantas cosas impenetrables que definen una vida para siempre. De algún modo, en un juego que podría explicarse mejor, no como mera intuición de paso, “Cabecita negra” está a la vez dentro y fuera de “Casa tomada.”
Para contribuir a quitarle el aura de one hit wonder voy
a colaborar recomendando otros cuentos del mismo autor: “Tristezas de la pieza
de hotel” y “Los ojos del tigre”. Pequeños diamantes literarios.
Leímos también dos cuentos del taller: “Un bombón”, de
Fabián, y “La cola del gato”, de Alberto. Ambos, por suerte, con mucho humor
del bueno. Por lo que esta reunión sí fue un fotograma invertido de la
anterior, pudiéndose leer como la contracara del miércoles pasado.
Aprendemos rápido.








