3.7.26

DECIMOTERCERA REUNIÓN EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / THE BUSECA EXPERIENCE

 ¿Qué les puedo contar? Moría por comerme un buen guiso de mondongo. El compañero Julio, que me seguía en el gusto, está ausente, y a ninguna de las personas que conozco le interesa. Mi hermana Fer pasa todas las veces, a Moira le cae pésimo. Belén ya no come panza; el otro día vino a almorzar mi alumno Diego Barreda y me dijo que es lo único que no puede ni ver, porque era el plato que le daban los milicos en el Pozo de Banfield durante su secuestro. Sin salsa, sin aderezos, sin nada de nada, pero le agarró fobia igual y se entiende. Por eso impuse el experimento buseca obligada en el Galpón Estudio, y coseché elogios. Solo quedaron tres garbanzos. Va foto de una cazuela calentita, para anoche que hizo tanto frío. Yo la suelo comer más picante, pero bueh, puedo hacer concesiones. En el cierre también hubo ronda de chocolates varios, cubanitos y trufas. Un placer.

Leí un pequeñísimo relato que se pasa un poco del microrrelato pero hasta ahí nomás, del libro debut de Andrés Buchbinder que obtuvo la mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes en 2021. El libro lleva por título “Más lejos que nunca”. El cuento, “Carito”. Lo voy a publicar este lunes que viene en la Milanga, para que lo lean los que faltaron. Cuando el frío engripa aparecen los fantasmas…

Por primera vez en el nuevo sistema de corrección pudimos leer dos cuentos completos. El de Jonatan creó discusiones intensas en torno a la trama, y a lo que se entendía o no. “En el castillo” llega a un gran final, pero como Jonatan supuso que ciertas cosas no estaban claras, al cuento le sobran explicaciones. Las explicaciones son lo peor de la ficción. El otro error que trajo es el de la simplificación extrema de la primera persona, ajustándola solamente a las acciones del protagonista. Cuando un cuento en primera se llena de yo y de me, pasa a volverse cansador. La primera persona es una trampa: parece fácil, porque todos contamos así nuestras cuitas, pero en la página es dificilísima. Recordamos a Heker cuando nos retaba lindo en el capítulo “Yo, ¿narrador o personaje?” de La trastienda de la escritura:

“El paso del yo-mismo al yo-ficcional es un salto cualitativo; aun cuando el movimiento primordial hacia la escritura pueda venir del deseo de expresarse a sí mismo, la escritura de ficción no es una consecuencia natural de ese deseo. Implica una discontinuidad: la elección, asumida o no, de decir a través de. El yo-ficcional nunca es yo-mismo, aunque en algunos casos, porque el texto lo pide, se le parezca. Construirlo supone al menos tantas instancias de dificultad como narrar en tercera persona.

Es que, se lo haya pensado o no, narrar en primera persona implica la resolución de unas cuantas cuestiones. A saber: ¿Cómo es la voz del que narra? ¿Se trata de un chico, de un ama de casa, de un policía, de un avatar del autor? ¿Es loco, perverso, inocente, intelectual, ignorante? ¿Cuál es su visión de los hechos? ¿De qué modo lo afectó -o todavía lo está afectando- eso que cuenta? ¿Qué sabe, qué ignora, qué niega de lo que sabe? ¿Qué entendió mal o entendió demasiado bien? ¿Qué tergiversa y por qué? ¿Qué motivo tiene para contar lo que cuenta? ¿Tiene realmente un motivo, o la historia se le cuela a pesar de sí? ¿Cómo lo cuenta: lo escribe, lo confiesa, lo piensa? Y por último, cómo me las voy a arreglar yo, autor, para que, detrás de tantos ocultamientos y distorsiones del narrador, el lector termine entendiendo lo que en verdad pasó.”


Para ilustrar la elegancia necesaria de un texto en primera persona (porque además de entenderse tiene que ser hermoso) elegí el comienzo de dos cuentos de Gabriel Payares, autor caraqueño. “El extranjero (casi una road movie)” y “Lugares comunes”.

“Me gusta mirar a través de la cámara, incluso si no hay nada que fotografiar. Las cosas no siempre son tan interesantes como una quisiera. Ese es mi escondite, el sitio a donde a todos los miro y nadie me ve; un lugar común, lo admito, esto de la fotografía voyeur. Solía pensar que vine a este mundo a servir de testigo y no a un papel principal, no sé si ahora opine lo mismo.”

Ambos textos figuran en el libro de la foto, de la editorial Corregidor.

Con los postres editamos un cuento de Fabiana titulado “Felicidad total”, acerca de una chica que acepta lo que venga en una relación, sin advertir si es bueno o es malo. Vista desde afuera no parece tan feliz, aunque ella diga que su sentimiento es total. Hasta que la macana que se manda el tipo es demasiado grande. Es un cuento que aprovecha la primera persona para lograr la incomodidad del que lee, y nos toma de testigos y rehenes de la circunstancia. Acá está bien clara la maniobra que pide Heker, y el detallito del final, una pelusa en el pulóver del hombre, resuelve lo que pasará en el futuro.

Muy bien Fabi. Creo que al final de esta jornada a la protagonista se le abrieron los ojos y la autora limpió cada impureza en su trabajo, para dejar el cuento publicable. Ese sería el objetivo del nuevo modo que adoptamos de ir cuestionando palabra por palabra; se tarda más pero, toda vez que el cuento se deje, se llega a mejor puerto. Tal vez sería bueno convocar a una editora profesional, ¿no? Idea para el futuro. Y que nos cuente de su trabajo y nos guíe un poco en la aventura que acabamos de adquirir.

El reloj cazuela, con sus agujas salvias, marca la hora exacta en que nos fuimos del Galpón. Tic tac.

26.6.26

DECIMOSEGUNDA JORNADA DEL TERCER CURSO DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / VINO EL GRAN BERNATEK



Carlos Bernatek habla de Santa Fe como si fuera su pueblo natal, pero es de Avellaneda. Cuenta que en Santa Fe casi todo sigue una doble lectura de falso verdadero, porque la ciudad original desapareció bajo el río y hubo que refundarla a unos kilómetros, que siempre sonaron a poco. Tardaron 20 años en esa tarea silenciosa, como si la estuvieran mudando en secreto. “Si se iban 30 más lejos resucitaban en Coronda, lo que hubiera facilitado el crecimiento y el buen clima. Tal vez tendríamos dos Rosarios”, dice, compungido.

- Pero Santa Fe es la ciudad de la historia y Rosario la del progreso.

“Sin la Santa Fe húmeda y calurosa como pueblo de Busqued no tendríamos lisos ni novelas de Bernatek”, pienso. Así que paso a adorarla mientras lo sigo leyendo. Hicimos una compra colectiva de “´Ta loco aquel que quiera tu corazón” y le dedicamos una lectura minuciosa. La novela vuela, como todas las de Carlitos. La prosa es vertiginosa. Cuando hay suspenso, porque hay suspenso. Cuando no lo hay, porque la cabeza de sus personajes se va imaginando algo peor de lo que va a pasar, y lo anticipa desde sus bordes borders broders. Y eso solito reemplaza al suspenso.

Le cambié mano a mano un “Auschwitz” por “La noche litoral” y cuando me fui a dormir después de la velada literaria, siendo las 00:30 del jueves, se me ocurrió relojear la primera frase y me quedé leyendo hasta las 4. Droga barata y de calidad:


Resignación, me dije, y fue decirlo y estar ya casi resignado. Las cosas siempre pasan, todo tiende a reacomodarse, a buscar un nuevo equilibrio, y así el mundo sigue andando. Hay que esperar la oportunidad, aprender a hacer tiempo; eso fue algo que me impuse, porque me parecía que en esa actitud había algún tipo de principio, de sabiduría, como la tolerancia que nos obliga a imaginar chinos, gente de un país milenario y mesurado como esos monjes mudos de la serie Kung Fu, templados en el sufrimiento, a los que ni siquiera uno se atrevería a elevarles una consulta, porque aunque pudiesen hablar, no les entendería un carajo, con sus miles de dialectos y su Confucio de mierda. Pero cuando el presente se enturbia, cuando todo se oscurece y se borran las perspectivas, aparece el reflejo instintivo, la tentación de volver la vista atrás. Bien, si yo miraba hacia atrás, solo podía evocar situaciones ominosas, dignas de olvido, como perder a Hilda.”

Cenamos, como siempre que hay visitas, empanadas de carne con tintos finos. Carlitos le hincó el diente a mis criollas, haciendo el honor. Aunque esta vez más que nunca se lucieron los postres: chocolates rellenos de La Pinocha y trufas Lacasa, al cacao puro. Gracias Lili y Fabián. Y gracias a los demás por las bebidas.

Berna también nos leyó un cuento inédito, “Un cuarto lleno de gente”, que nos dejó temblando. Recordamos a Luis Chitarroni y a Hebe Uhart. Al final me dijo que la pasó bárbaro: le gustaron lectores y lecturas. “Qué bueno, en estos tiempos, construir un refugio atómico como este que vos tenés”, agregó, refiriéndose a nuestra Clínica del Galpón. No pude menos que darle la razón. Refugio atómico. Eso. Sí. Clarísimo.

Gracias por visitarnos en nuestra buena cueva.