Carlos Bernatek habla de Santa Fe como si fuera su pueblo natal, pero es de Avellaneda. Cuenta que en Santa Fe casi todo sigue una doble lectura de falso verdadero, porque la ciudad original desapareció bajo el río y hubo que refundarla a unos kilómetros, que siempre sonaron a poco. Tardaron 20 años en esa tarea silenciosa, como si la estuvieran mudando en secreto. “Si se iban 30 más lejos resucitaban en Coronda, lo que hubiera facilitado el crecimiento y el buen clima. Tal vez tendríamos dos Rosarios”, dice, compungido.
- Pero Santa Fe es la ciudad de la historia y Rosario la del
progreso.
“Sin la Santa Fe húmeda y calurosa como pueblo de Busqued
no tendríamos lisos ni novelas de Bernatek”, pienso. Así que paso a adorarla
mientras lo sigo leyendo. Hicimos una compra colectiva de “´Ta loco aquel que
quiera tu corazón” y le dedicamos una lectura minuciosa. La novela vuela, como
todas las de Carlitos. La prosa es vertiginosa. Cuando hay suspenso, porque hay
suspenso. Cuando no lo hay, porque la cabeza de sus personajes se va imaginando
algo peor de lo que va a pasar, y lo anticipa desde sus bordes borders broders.
Y eso solito reemplaza al suspenso.
Le cambié mano a mano un “Auschwitz” por “La noche litoral” y
cuando me fui a dormir después de la velada literaria, siendo las 00:30 del
jueves, se me ocurrió relojear la primera frase y me quedé leyendo hasta las 4. Droga barata y de calidad:
“Resignación, me dije, y fue decirlo y estar ya casi resignado. Las cosas siempre pasan, todo tiende a reacomodarse, a buscar un nuevo equilibrio, y así el mundo sigue andando. Hay que esperar la oportunidad, aprender a hacer tiempo; eso fue algo que me impuse, porque me parecía que en esa actitud había algún tipo de principio, de sabiduría, como la tolerancia que nos obliga a imaginar chinos, gente de un país milenario y mesurado como esos monjes mudos de la serie Kung Fu, templados en el sufrimiento, a los que ni siquiera uno se atrevería a elevarles una consulta, porque aunque pudiesen hablar, no les entendería un carajo, con sus miles de dialectos y su Confucio de mierda. Pero cuando el presente se enturbia, cuando todo se oscurece y se borran las perspectivas, aparece el reflejo instintivo, la tentación de volver la vista atrás. Bien, si yo miraba hacia atrás, solo podía evocar situaciones ominosas, dignas de olvido, como perder a Hilda.”
Cenamos, como siempre que hay visitas, empanadas de carne
con tintos finos. Carlitos le hincó el diente a mis criollas, haciendo el honor.
Aunque esta vez más que nunca se lucieron los postres: chocolates rellenos de
La Pinocha y trufas Lacasa, al cacao puro. Gracias Lili y Fabián. Y gracias a
los demás por las bebidas.
Berna también nos leyó un cuento inédito, “Un cuarto lleno
de gente”, que nos dejó temblando. Recordamos a Luis Chitarroni y a Hebe Uhart. Al final me dijo que la pasó bárbaro: le
gustaron lectores y lecturas. “Qué bueno, en estos tiempos, construir un
refugio atómico como este que vos tenés”, agregó, refiriéndose a nuestra Clínica
del Galpón. No pude menos que darle la razón. Refugio atómico. Eso. Sí.
Clarísimo.

























