2.11.26

CASTILLO NIJŌ / ANNA KAZUMI STAHL


"Visitamos Kioto con mi primo y nuestras familias. Comenta que le da alegría que sus hijas y la mía puedan conocer juntas por primera vez un lugar tan importante en la historia de Japón. Es un momento clave de aprendizaje con respecto a sus orígenes, su herencia, su identidad. Él las mira a las tres: las dos suyas quietas con sus parasoles, la mía con gorra de beisbol boquiabierta ante el portón gigantesco decorado con oro brilloso y esmaltes, pájaros y flores en blanco, verde-azul y rojo. Tan diferentes entre sí, pero vinculadas por el lazo de sangre que nos une como parientes. Observo el rostro de mi primo y sé que lo dice con sinceridad. Me acerco a las dos hijas suyas. “¿Conocen este lugar?”. Niegan con la cabeza. La menor habla primero, como es habitual, y dice: “Lo hemos estudiado en el colegio. El castillo del Shogun. Pero nunca vinimos…” Los guías nos hacen pasar; ha llegado la hora de nuestro grupo de visitantes. Las tres niñas van adelante, absorbiendo los estímulos de diferentes maneras –las hijas de mi primo en relación a lo que han leído en manuales escolares sobre el período feudal de su nación, mientras mi hija ignora todo eso. Acaso solo piensa en las viejas fotos de Japón en la caja de madera que le encanta explorar cuando visitamos a mis padres –fotos de templos, de castillos y jardines, de aleros, vigas, paneles corredizos, paneles pintados, con láminas de oro, con escenas pastorales, aberturas hacia estanques, un detalle de fibras trenzadas, un nudo decorativo, una estera con borde de tela, el piso de madera de siglos de pisadas y acaso de batallas– tal vez piense en esas imágenes acumuladas y transportadas y recuerde la pasión de mi padre como también los silencios de mi madre, los pájaros en la galería de su casa y el murmullo de los vientos que cruzan continentes y océanos. 

Mi padre reiteró aquellas pautas estéticas en la casa que construyó, un homenaje para la convivencia con mi madre que nunca soltó el Japón que dejó (y que no existe más, en rigor). Pero esa convivencia lo convirtió en algo que perdura, lo convirtió en un lenguaje de identidad, uno lo suficientemente claro para que hasta mi hija nacida en Argentina lo comprenda. 

Sé que puede ser problemático proponer que la identidad pueda ser tan plástica, tan transportable, transmisible, desmontable, reensamblable. Pero si no es así, ¿cómo se explica la claridad con la que algo de lo japonés se expresa en mi hija, o en mí?"

1.11.26

TEO HIRSIG / fff


LA SOLEDAD DE LA INEXISTENCIA
- ¿Hay alguien ahí? -dijo el fantasma.

"De fff, de Gustavo Nielsen. El mejor libro sobre fantasmas que leí en mi vida." 

30.10.26

VIGESIMOCUARTA JORNADA NUESTRA NUESTRA: SE VIENE UN NOVIEMBRE MOVIDITO / EL ÚLTIMO MES DEL TERCER CURSO

 


Ya. La semana que viene. El miércoles a las 20:30 vamos a tener en la Clínica de cuentos del Galpón Estudio una visita ejemplar, alguien a quien siempre quise escuchar porque tiene uno de los primeros libros de cuentos más atractivos y mejor escritos de la literatura. Iba a poner argentina, pero la verdad es que la siento mundial. Con algo de la laosiana Souvankham Thammavongsa y mucho de la mejor narrativa norteamericana (pienso en Flannery O´Connor o en Salinger). Y es un secreto muy bien guardado, parece, porque no se ha reeditado a lo largo de estos años (¡tomen nota, editores!). La escritora en cuestión se llama Anna Kazumi Stahl y el libro, que figura entre los preferidos de mi estante especial, se titula Catástrofes naturales. El relato homónimo es precioso. Y vertiginoso. Y violento. Y de una ternura inusual. Todo eso junto. También rescato Exótica, que leímos en clase. Alberto es fan de Hola, ¿este es el funeral de mi hermano? Fabiana, de Hiroko.

Anna nos mandó un cuento inédito, De hombres, ciervos y cangrejos y una crónica publicada en la antología Más allá del haiku, compilada en 2024 por Koichi Hagimoto e Ignacio López Calvo para la Asociación peruano japonesa. Glosario madre-hija de la identidad nikkei. Va un fragmento de Palabras japonesas. Otras perlas del mismo texto serán subidas durante la semana que viene:

 

“Shikata ga nai, pero a la vez gambare, y no dejes de lado las cosas giri, no seas ni pachapacha ni urusai, acordate que deru kugi wa utarero, si no podés estar quieta sentate sobre las manos, shōganai ne, esforzate, lo debés a quienes vinieron antes y te dejaron el camino preparado.

Una delicada (¿frágil?) cuna se mete y va abriendo una puerta nueva entre los contramuros de mi identidad: ser nikkei no es ser japonés (pero sí lo es, en parte y en combinación con otras cosas). La diáspora lleva, transporta, conserva –pero en la travesía las cosas, expuestas a elementos foráneos, se transforman.

“‘Shikata ga nai’, no me jodas” dice mi amigo Raul Gerardo Nakamura, nacido y criado en San Miguel, provincia de Buenos Aires, diseñador gráfico talentoso e independiente, hijo de tintoreros issei. “Siempre hay algo que se puede hacer.”

 

Te seguimos leyendo, Anna. Y el miércoles que viene estaremos tomando un té verde juntos, con tu amiga Mori Ponsowy que prometió venir a saludarte y los participantes del taller. Va a ser una gran jornada.

Completamos la noche atacando un picnic de lujo con un kalinti bajo estricta receta de Nat Kiako, chorizos de campo y sanguchitos de miga. Para los dulces hubo una caja grande de chocolates Mamushka que trajo Fabiana y quedó postulada a la pole position… ¿desplazando, tal vez, a Ferreros y Rafaelos? ¡Qué gran final se está gestando para los postres de la Clínica! Lili maneja las apuestas. ¿Tendremos otra vez en pista a Moira Sanjurjo y su torta de ciruelas Presidente? Veremos.

Fabián acelera después de la curva: mandó un cuento policial que sucede en el sector de limpieza de Coto. Blem, Harpic, Poett y Ballerina son sus personajes. Trama matemática y engañosa, al estilo El móvil, de Julio Cortázar. Tuvimos que releerlo para acordarnos y nos quedamos hablando del Taxi Driver de Paul Schroeder, de los móviles que cambian al paso o directamente no existen. 

Cosas que suceden en los laberintos o en nuestra casa cuando tomamos vino.

26.10.26

ROBERTO / AGUSTINA BAZTERRICA


"Tengo un conejo entre las piernas. Es negro. Yo le digo Roberto, pero se podría llamar Ignacio o inclusive Carla, pero le digo Roberto porque tiene forma de Roberto. Es lindo porque es peludo y duerme mucho. Le conté a mi amiga Isabel. Le dije: ¨Isa, hace poco me creció un conejo entre las piernas. ¿Vos también tenés uno?¨ Fuimos al baño de la escuela y se sacó la bombacha. Pero no tenía nada. Ella me pidió que le muestre a Roberto, pero me dio vergüenza y le dije que no. Se enojó y me dijo que ella ya me había mostrado y que yo era  una tonta y que no me creía nada de nada. Ella también es una tonta. 

Ayer Isabel le contó al profesor de matemáticas lo que yo le había dicho de Roberto. El profesor se rió y me llamó para que habláramos. ¿Es verdad lo que me dice tu amiga Isabel? No. ¡Sí es verdad, yo sé lo vi! gritó la tonta. ¡Mamá me dijo que nadie puede tener un conejo entre las piernas! ¡Pero ella tiene un conejo negro! ¡Yo sé lo vi profesor! Le dije que era una mentirosa porque yo no le mostré nada. Le grité que era una tonta y una mentirosa y que ya no quería ser su amiga. Isabel se puso a llorar. No me dio lástima porque ya no es más mi amiga.  El profesor García se rió y le dijo a Isabel que se fuera a su casa que después él le iba a explicar algunas cosas. El Señor García se sentó al lado mío y me dijo: ¨Sos muy linda. Isabel no sabe nada, vos no le hagas caso.¨ Me dio un beso y después me dio otro beso más. Me dijo que mañana después de clases quería ver mi conejito. Me dijo que lo quería ver para enseñarle a portarse bien.

Lo esperé. Me dijo que lo acompañe al baño porque nadie tenía que enterarse de nuestro secreto. ¿Cómo se llama tu conejo? Roberto. ¡Qué nombre más raro para un conejo! ¿Lo puedo ver? Me da vergüenza. Se sentó al lado mío y me dio muchos besos y me dijo que yo era su alumna preferida y que era la más linda. Mostramelo, sé buenita. Yo no le voy a contar a nadie. Me hablaba mucho y  me miraba, y no hablaba como cuando está en clase porque me miraba mucho  y me agarró las manos y me dijo que me levante la pollera. “Mostrame tu conejito Roberto”, me dijo pero yo le dije que no le gusta que le digan conejito porque ya creció y es grande. El Señor García me sacó la bombacha mientras me daba besos en la cara y en el pelo y en la boca y me decía portate bien nenita que tu profesor te va a enseñar muchas cosas. El Señor García se quedó quieto, con la boca abierta mirando a Roberto. El Señor García se quedó tan quieto que pensé que estaba jugando a las estatuas. Roberto movió las orejas y le mostró los dientes. El Señor García gritó y se fue corriendo. Roberto se volvió a dormir."

23.10.26

VIGESIMOTERCERA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / TCyC

Amamos a Roald por los libros que escribió para niños: Matilda, Las brujas, Charly y la fábrica de chocolate. Pero también por los cuentos que escribió para grandes: El gran cambiazo, El autoestopista, La pata de cordero, El chico que hablaba con los animales, El último acto. A todos esos les agregamos una reciente recomendación del escritor y tallerista Marcelo Di Marco: La casera, que en alguna otra traducción también puede aparecer como La patrona. Me pareció prima hermana de Siete tipos de ambigüedad, el cuento de Shirley Jackson que trabajamos el año pasado. Lo leí el miércoles a la noche, mientras saboreábamos este picnic tan extraordinario como las historias del gran Dahl.

Marcelo Di Marco lo analiza en su Taller de Corte y Corrección, y nosotros le agradecemos por la síntesis:

«La casera», de Roald Dahl, es una lección de terror en voz baja. Un muchacho busca alojamiento barato en Bath; una dueña de pensión amabilísima le sirve té; un perro y un loro disecados lo esperan en la sala; el libro de huéspedes guarda apenas dos nombres, y el té tiene un leve gusto a almendras amargas. Dahl no muestra ningún crimen. Tampoco le hace falta. Y acá está la trampa en la que caen muchos autores, y no pocos lectores: confundir lo sutil con lo ambiguo. La sutileza administra la información; la ambigüedad la escamotea. Cuando «La casera» termina, nadie duda: la señora envenenó al pibe y lo va a disecar, como al perrito. Lo descubrimos nosotros, y por eso nos hiela la sangre.

A Don Marce pueden seguirlo por Instagram en marcelo.dimarco.


Hablando de helar la sangre, Lili trajo un cuento de nuestra invitada prometida para noviembre: Agustina Bazterrica. Además de empezar a leer el librito teórico que le editaron los Godots, tuvimos un segundo sacudón escuchando Roberto. Va a ser un honor tener a esta chica genial en nuestra Clínica el miércoles 18 del mes que viene. Lujos que nos damos. Para ir perfilando, cuelgo un fragmento de La poeta trágica:

¿Siempre fui así? Sí. Incluso cuando era una niña y no sabía lo que implicaba ser un escritor, ni la carrera de un escritor, ni todo lo que rodea a un libro. Siempre escribí, incluso cuando no sabía hacerlo; cuando todavía no había empezado la escuela le contaba cuentos inventados a mi hermano o le cambiaba los finales a los cuentos que me leía mi madre. Nos leían “Artemito y la princesa”, de Marjorie Torrey, publicado en la colección amarilla Robin Hood y yo imaginaba historias paralelas donde el dragoncito hacía otras cosas.

Cuando te tengamos a mano te vamos a preguntar por esas otras cosas, Agus.

Cerramos la noche de corte y corrección con un cuento de Alberto: El acompañante. No exagero si digo que tuvimos una jornada intensa. Lecturas bravas en la Clínica.