10.7.26

CLASE DÉCIMO CUARTA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / VINO OSVALDO MAZAL

 Ni una foto saqué. Podría decir que fue porque en Posadas la luz natural es mucho mejor que la artificial del Galpón, y ya tenía buenas fotos de Osvaldo dando sus charlas y recibiendo premios en la Feria del Libro de su ciudad. Sin ir más lejos, hace dos posteos posábamos junto al cacique Andresito Guacurarí con el Paraná de fondo, armados y felices con las lanzas de la tribu del patriota misionero. ¡Lo que pesan esas lanzas, amigo! Acero inoxidable del mejor. Y las izamos sin chistar (el documento lo explicita convenientemente).






 La verdad es que me olvidé de sacar fotos, actividad que no se lleva bien con la reunión. A veces Pablo me avisa ¡sacá, sacá!, antes de atacar los platillos humeantes, y tengo que regresar el contenido del tenedor al plato. Esta vez me parece que nos dormimos en grupo: de todas maneras las empanadas son parecidas a las de otras reuniones, y los chocolates también. Los vinos fueron mejores. Nos vamos perfeccionando gracias a las ofertas mundialistas, dijo Fabiana. Que no son para cualquiera.

Mazal y Carolina viajaron a Buenos Aires a ver a sus hijos; entonces se me ocurrió improvisar el evento. Escaneé y pedeefiqué (acabo de inventar el verbo, nótese la i elegante) los mejores cinco capítulos de “Darwin poeta”, editado por Aurelia Rivera. ¿Cómo me acordaba cuáles eran los que me habían gustado más? Lo tenía escrito en los márgenes. Seguidamente les paso título y, entre paréntesis, mi comentario:

PRIMERA PARTE, CAPÍTULO 8. De la naturaleza de las elipses (maravilloso)

SEGUNDA PARTE, CAPÍTULO 3. Ringo y el piano bien temperado (muy bueno)

CAPÍTULO 4. ¿Y Ofelia… dónde anda? (encuentro Darwin/Ofelia, interesante texto erótico)

CAPÍTULO 7. La felicidad de los caballitos (otra maravilla)

CAPÍTULO 9. Tinianov: extrañas teorías, amores nuevos (genial/universal)

Mientras el grupo picaba estas delicias adelanté su segundo volumen literario, “Andrés vuelve o la risa bárbara”. Las novelas de Mazal son extrañísimas, porque los argumentos son mínimos y lo que termina contando se va por las ramas de una manera enloquecedora, a lo Macedonio Fernández. En un momento lo apunté al pecho con un marcador y le pedí que nos dibujara en el pizarrón lo que creía era el esqueleto de “Darwin poeta”. "El mapa conceptual", insistí. Hizo el siguiente croquis:


A partir de su explicación, Lili afirma que se trata de un escritor brújula sin medias tintas. Para mí que a Mazal le brotó el ingeniero.

Las flechitas son los capítulos y cómo le iban saliendo; los puntos verticales son las conexiones entre hechos aparentemente inconexos que van dando indicaciones de lectura; los puntos rojos son los grupos de confabulación o sociedades que van opinando acerca de los sucesos que atañen al argumento. 

En “Andrés vuelve” hay una asociación A.C.M.E (Artistas Conceptuales Misioneros Enfervorizados) que todo el mundo nombra como Marca ACME por el Correcaminos; otra que se llama A.M.O.R (Artistas Misioneros Orientados al Ridículo), un FLH (Frente de Liberación Homeopático) y hasta una ONG anarquista rebelde de un solo miembro (Horacio Quiroga). Este modo de encarar un texto por decenas de discursos externos me hace acordar a los poetas real visceralistas de “Los detectives salvajes”, con sus panfletos revolucionarios intrigantes. En Mazal predomina la contienda partidaria infantilizada hasta las piñas y la barricada traída desde todos los confines de la historia (la Rusia comunista, la dictadura de Stroessner o la siesta misionera), y desde múltiples paisajes (Paraguay, Siberia o la selva hiperbólica). Sus personajes son una especie de tiernas caricaturas actuando en escenarios populares inmensos, coloquios internacionales, velorios multitudinarios, viajes infinitos. Mazal es un maximalista capaz de meterle cinco epílogos al mismo libro. En “Darwin poeta” elegí el que más me gusta como final, el número 4: Del destino de los objetos. Ahí termina mi lectura, aunque Mazal me lleve a una conclusión ulterior. Copio:

“Lo de los objetos que se vuelven libros, a veces me inquieta. Casi tanto como lo de las personas que lo hacen. Viktor y Elsa, por ejemplo, eran unos monstruos, cada uno a su manera se devoraba a las personas como si fueran libros, o viceversa. Y como ambos sentían de diferentes maneras que la vida no estaba fuera de los libros sino todo lo contrario, al final había en ellos una mezcla tan confusa de vida y literatura que vivían mirando el mundo a través de los libros. Y, sin ir más lejos, aquí tenemos el caso del libro colgado junto a la ventana del estudio de Charles, igual que en el escritorio de mi viejo. En el museo aseguran que ya estaba ahí en vida de Darwin, y que cuando se abre la ventana, la brisa agita sus páginas y las va pasando una a una. “Para que los visitantes puedan aprender, cada vez que miran hacia fuera, algunas cositas más de la vida”, dice un cartel junto a la ventana. Yo tengo otra teoría: es Darwin el que pasa las páginas. Y no es para que nadie aprenda nada. Se está divirtiendo, nomás.”

9.7.26

EL HIJO DE PUTA DE NUESTRO PRESIDENTE SE QUIERE AHORRAR LOS PREMIOS NACIONALES / PETITORIO

Milei se llama el payaso. Nunca pensé que iba a odiar tanto a un presidente. Ahora va contra los Premios Nacionales. Como no los puede destruir, porque son Ley, los rebaja a la nada misma. Decidió quitarle las pensiones vitalicias a los primeros premios. Desde SEA y SADE lucharemos por revertir esta decisión, que lo único que busca es molestar a la Cultura. La secretaría de la Nación no sirve para nada, está comandada por el imbécil  de Cifelli y dirigida como se está dirigiendo todo en el país de hoy. Es una vergüenza que nos tengamos que poner a luchar por un derecho adquirido sin interrupciones desde 1913.

Ni la dictadura se atrevió a tanto. Por favor, firmen el petitorio. Es el primer paso para recobrar el honor.

 https://forms.gle/ZTU8SscNCpY7d4hA9

6.7.26

CARITO / ANDRÉS BUCHBINDER

 

"Carito era mi amiga de la infancia. Tenía el cuello tan largo que a veces le decía jirafa. Tenía pecas también. Jugábamos a casarnos, y a derretir pitufos en el balcón de mi casa de la calle Reconquista. Hacía frio cuando me dijo que estaba enferma, que por eso tenía que pegarle curitas por todo el cuerpo. Yo la veía bien. Pensó mucho dónde debía pegarle la última curita. En la planta del pie, dijo al fin con una sonrisa invernal mientras se sacaba la media.

A su madre le decían Tuti. Trabajaba en una fábrica de heladeras. Cuando pasaba a buscar a Carito se quedaba hablando con mi papá en la puerta del edificio. Carito y yo sostenidos de las manos de nuestros padres.

Un día Tuti lloró. Carito se había muerto. No pasó de los nueve años. Yo me mudé, me recibí, me fui del país, me casé, me separé, me volví a casar, tuve dos hijos. Y ahora que volví a vivir a Buenos Aires después de tanto tiempo, al departamento del microcentro donde pasé la infancia, el fantasma de Carito me viene a visitar. Aparece cuando estoy solo. No se queda más de unos minutos. A veces dice algo, pero no la entiendo, como si hablara para adentro. La mayoría de las veces solo mira. No le digo nada porque todavía no me acostumbro a la idea de hablar con el fantasma de una nena que murió hace más de cuarenta años. Qué le puedo decir. 

Ayer me visitó por última vez. Yo había vuelto a casa después de trabajar hasta tarde. Mi mujer dormía. Carito apareció en la cocina, mientras calentaba mi cena. Se sentó arriba de la mesada; movía las piernas, se balanceaban como hamacas. Me miró un rato sin decir nada. Parecía molesta. Antes de esfumarse me dijo bien claro: cómo puede ser que sigas vivo."

3.7.26

DECIMOTERCERA REUNIÓN EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / THE BUSECA EXPERIENCE

 ¿Qué les puedo contar? Moría por comerme un buen guiso de mondongo. El compañero Julio, que me seguía en el gusto, está ausente, y a ninguna de las personas que conozco le interesa. Mi hermana Fer pasa todas las veces, a Moira le cae pésimo. Belén ya no come panza; el otro día vino a almorzar mi alumno Diego Barreda y me dijo que es lo único que no puede ni ver, porque era el plato que le daban los milicos en el Pozo de Banfield durante su secuestro. Sin salsa, sin aderezos, sin nada de nada, pero le agarró fobia igual y se entiende. Por eso impuse el experimento buseca obligada en el Galpón Estudio, y coseché elogios. Solo quedaron tres garbanzos. Va foto de una cazuela calentita, para anoche que hizo tanto frío. Yo la suelo comer más picante, pero bueh, puedo hacer concesiones. En el cierre también hubo ronda de chocolates varios, cubanitos y trufas. Un placer.

Leí un pequeñísimo relato que se pasa un poco del microrrelato pero hasta ahí nomás, del libro debut de Andrés Buchbinder que obtuvo la mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes en 2021. El libro lleva por título “Más lejos que nunca”. El cuento, “Carito”. Lo voy a publicar este lunes que viene en la Milanga, para que lo lean los que faltaron. Cuando el frío engripa aparecen los fantasmas…

Por primera vez en el nuevo sistema de corrección pudimos leer dos cuentos completos. El de Jonatan creó discusiones intensas en torno a la trama, y a lo que se entendía o no. “En el castillo” llega a un gran final, pero como Jonatan supuso que ciertas cosas no estaban claras, al cuento le sobran explicaciones. Las explicaciones son lo peor de la ficción. El otro error que notamos es el de la simplificación extrema de la primera persona, ajustándola solamente a las acciones del protagonista. Cuando un cuento se llena de yo y de me, pasa a volverse cansador. La primera persona es una trampa: parece fácil, porque todos contamos así nuestras cuitas, pero en la página es dificilísima. Recordamos a Heker cuando nos retaba lindo en el capítulo “Yo, ¿narrador o personaje?” de La trastienda de la escritura:

“El paso del yo-mismo al yo-ficcional es un salto cualitativo; aun cuando el movimiento primordial hacia la escritura pueda venir del deseo de expresarse a sí mismo, la escritura de ficción no es una consecuencia natural de ese deseo. Implica una discontinuidad: la elección, asumida o no, de decir a través de. El yo-ficcional nunca es yo-mismo, aunque en algunos casos, porque el texto lo pide, se le parezca. Construirlo supone al menos tantas instancias de dificultad como narrar en tercera persona.

Es que, se lo haya pensado o no, narrar en primera persona implica la resolución de unas cuantas cuestiones. A saber: ¿Cómo es la voz del que narra? ¿Se trata de un chico, de un ama de casa, de un policía, de un avatar del autor? ¿Es loco, perverso, inocente, intelectual, ignorante? ¿Cuál es su visión de los hechos? ¿De qué modo lo afectó -o todavía lo está afectando- eso que cuenta? ¿Qué sabe, qué ignora, qué niega de lo que sabe? ¿Qué entendió mal o entendió demasiado bien? ¿Qué tergiversa y por qué? ¿Qué motivo tiene para contar lo que cuenta? ¿Tiene realmente un motivo, o la historia se le cuela a pesar de sí? ¿Cómo lo cuenta: lo escribe, lo confiesa, lo piensa? Y por último, cómo me las voy a arreglar yo, autor, para que, detrás de tantos ocultamientos y distorsiones del narrador, el lector termine entendiendo lo que en verdad pasó.”


Para ilustrar la elegancia necesaria de un texto en primera persona (porque además de entenderse tiene que ser hermoso) elegí el comienzo de dos cuentos de Gabriel Payares, autor caraqueño. “El extranjero (casi una road movie)” y “Lugares comunes”.

“Me gusta mirar a través de la cámara, incluso si no hay nada que fotografiar. Las cosas no siempre son tan interesantes como una quisiera. Ese es mi escondite, el sitio a donde a todos los miro y nadie me ve; un lugar común, lo admito, esto de la fotografía voyeur. Solía pensar que vine a este mundo a servir de testigo y no a un papel principal, no sé si ahora opine lo mismo.”

Ambos textos figuran en el libro de la foto, de la editorial Corregidor.

Con los postres editamos un cuento de Fabiana titulado “Felicidad total”, acerca de una chica que acepta lo que venga en una relación, sin advertir si es bueno o es malo. Vista desde afuera no parece tan feliz, aunque ella diga que su sentimiento es total. Hasta que la macana que se manda el tipo es demasiado grande. Es un cuento que aprovecha la primera persona para lograr la incomodidad del que lee, y nos toma de testigos y rehenes de la circunstancia. Acá está bien clara la maniobra que pide Heker, y el detallito del final, una pelusa en el pulóver del hombre, resuelve lo que pasará en el futuro.

Muy bien Fabi. Creo que al final de esta jornada a la protagonista se le abrieron los ojos y la autora limpió cada impureza en su trabajo, para dejar el cuento publicable. Ese sería el objetivo del nuevo modo que adoptamos de ir cuestionando palabra por palabra; se tarda más pero, toda vez que el cuento se deje, se llega a mejor puerto. Tal vez sería bueno convocar a una editora profesional, ¿no? Idea para el futuro. Y que nos cuente de su trabajo y nos guíe un poco en la aventura que acabamos de adquirir.

El reloj cazuela, con sus agujas salvias, marca la hora exacta en que nos fuimos del Galpón. Tic tac.