26.10.26

ROBERTO / AGUSTINA BAZTERRICA


"Tengo un conejo entre las piernas. Es negro. Yo le digo Roberto, pero se podría llamar Ignacio o inclusive Carla, pero le digo Roberto porque tiene forma de Roberto. Es lindo porque es peludo y duerme mucho. Le conté a mi amiga Isabel. Le dije: ¨Isa, hace poco me creció un conejo entre las piernas. ¿Vos también tenés uno?¨ Fuimos al baño de la escuela y se sacó la bombacha. Pero no tenía nada. Ella me pidió que le muestre a Roberto, pero me dio vergüenza y le dije que no. Se enojó y me dijo que ella ya me había mostrado y que yo era  una tonta y que no me creía nada de nada. Ella también es una tonta. 

Ayer Isabel le contó al profesor de matemáticas lo que yo le había dicho de Roberto. El profesor se rió y me llamó para que habláramos. ¿Es verdad lo que me dice tu amiga Isabel? No. ¡Sí es verdad, yo sé lo vi! gritó la tonta. ¡Mamá me dijo que nadie puede tener un conejo entre las piernas! ¡Pero ella tiene un conejo negro! ¡Yo sé lo vi profesor! Le dije que era una mentirosa porque yo no le mostré nada. Le grité que era una tonta y una mentirosa y que ya no quería ser su amiga. Isabel se puso a llorar. No me dio lástima porque ya no es más mi amiga.  El profesor García se rió y le dijo a Isabel que se fuera a su casa que después él le iba a explicar algunas cosas. El Señor García se sentó al lado mío y me dijo: ¨Sos muy linda. Isabel no sabe nada, vos no le hagas caso.¨ Me dio un beso y después me dio otro beso más. Me dijo que mañana después de clases quería ver mi conejito. Me dijo que lo quería ver para enseñarle a portarse bien.

Lo esperé. Me dijo que lo acompañe al baño porque nadie tenía que enterarse de nuestro secreto. ¿Cómo se llama tu conejo? Roberto. ¡Qué nombre más raro para un conejo! ¿Lo puedo ver? Me da vergüenza. Se sentó al lado mío y me dio muchos besos y me dijo que yo era su alumna preferida y que era la más linda. Mostramelo, sé buenita. Yo no le voy a contar a nadie. Me hablaba mucho y  me miraba, y no hablaba como cuando está en clase porque me miraba mucho  y me agarró las manos y me dijo que me levante la pollera. “Mostrame tu conejito Roberto”, me dijo pero yo le dije que no le gusta que le digan conejito porque ya creció y es grande. El Señor García me sacó la bombacha mientras me daba besos en la cara y en el pelo y en la boca y me decía portate bien nenita que tu profesor te va a enseñar muchas cosas. El Señor García se quedó quieto, con la boca abierta mirando a Roberto. El Señor García se quedó tan quieto que pensé que estaba jugando a las estatuas. Roberto movió las orejas y le mostró los dientes. El Señor García gritó y se fue corriendo. Roberto se volvió a dormir."

23.10.26

VIGESIMOTERCERA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / TCyC

Amamos a Roald por los libros que escribió para niños: Matilda, Las brujas, Charly y la fábrica de chocolate. Pero también por los cuentos que escribió para grandes: El gran cambiazo, El autoestopista, La pata de cordero, El chico que hablaba con los animales, El último acto. A todos esos les agregamos una reciente recomendación del escritor y tallerista Marcelo Di Marco: La casera, que en alguna otra traducción también puede aparecer como La patrona. Me pareció prima hermana de Siete tipos de ambigüedad, el cuento de Shirley Jackson que trabajamos el año pasado. Lo leí el miércoles a la noche, mientras saboreábamos este picnic tan extraordinario como las historias del gran Dahl.

Marcelo Di Marco lo analiza en su Taller de Corte y Corrección, y nosotros le agradecemos por la síntesis:

«La casera», de Roald Dahl, es una lección de terror en voz baja. Un muchacho busca alojamiento barato en Bath; una dueña de pensión amabilísima le sirve té; un perro y un loro disecados lo esperan en la sala; el libro de huéspedes guarda apenas dos nombres, y el té tiene un leve gusto a almendras amargas. Dahl no muestra ningún crimen. Tampoco le hace falta. Y acá está la trampa en la que caen muchos autores, y no pocos lectores: confundir lo sutil con lo ambiguo. La sutileza administra la información; la ambigüedad la escamotea. Cuando «La casera» termina, nadie duda: la señora envenenó al pibe y lo va a disecar, como al perrito. Lo descubrimos nosotros, y por eso nos hiela la sangre.

A Don Marce pueden seguirlo por Instagram en marcelo.dimarco.


Hablando de helar la sangre, Lili trajo un cuento de nuestra invitada prometida para noviembre: Agustina Bazterrica. Además de empezar a leer el librito teórico que le editaron los Godots, tuvimos un segundo sacudón escuchando Roberto. Va a ser un honor tener a esta chica genial en nuestra Clínica el miércoles 18 del mes que viene. Lujos que nos damos. Para ir perfilando, cuelgo un fragmento de La poeta trágica:

¿Siempre fui así? Sí. Incluso cuando era una niña y no sabía lo que implicaba ser un escritor, ni la carrera de un escritor, ni todo lo que rodea a un libro. Siempre escribí, incluso cuando no sabía hacerlo; cuando todavía no había empezado la escuela le contaba cuentos inventados a mi hermano o le cambiaba los finales a los cuentos que me leía mi madre. Nos leían “Artemito y la princesa”, de Marjorie Torrey, publicado en la colección amarilla Robin Hood y yo imaginaba historias paralelas donde el dragoncito hacía otras cosas.

Cuando te tengamos a mano te vamos a preguntar por esas otras cosas, Agus.

Cerramos la noche de corte y corrección con un cuento de Alberto: El acompañante. No exagero si digo que tuvimos una jornada intensa. Lecturas bravas en la Clínica.

21.10.26

ESTUVE EN EL MULITA



Mariano Quirós me invitó al Festival Mulita en Chaco. Va por su novena edición y es el primero al que voy. La verdad: me ha resultado maravilloso.

Mulita tiene una escala encantadora, amorosa, casi familiar. Las comidas no son en restoranes multitudinarios sino en casas, en patios con perros y chicos. Los encuentros no se superponen nunca, pasan siempre en un mismo edificio -llámese Cecual, llámese Club Social- en un ambiente manso y amistoso. Estuve con Molfi Molfino, Alicia Genovese, Pablo Black, Carmen Cáceres, Julia Coria, Denise León; con el propio Mariano y su amable familia. Me hice amigo de Flavia Pitella, la entrevistadora, con la que fuimos a almorzar focaccias rellenas de mortadela y pistachos y ganamos (miseria, pero siempre hay que irse ganando algo) en el Casino de Resistencia, que aún conserva sus croupiers buena onda. Vi y participé de varias mesas, me traje un botín de libros hermosos y la obra de arte mulitense del gran Luciano. Escuché en vivo un trío tropical jazzero que la rompe: Río río, con Pochi Fernández, Manu Pérez y Pablo Poblado. Tomé cervezas artesanales de El Perro y comí decenas de chipás: grandes, pequeños, rellenos, mojados en salsas o así como venían, acabados de hornear y calentitos. Conocí la librería El árbol amarillo, asistí a una reversión feminista de La Cenicienta titulada Gineceo, actuada por Quimey Castillo y Dulce Álvarez, y caminé de día y de noche por la ciudad de las esculturas. ¡Hasta me pagaron honorarios!

El Niyat Urban de Yrigoyen 83 (frente a la plaza) fue otra delicia: un hotel boutique con cantidad de comodidades al alcance de la mano. Mulita es algo genial. Volvimos hablando con Alicia en el avión: estos chicos hacen todo tan bien que es imposible encontrarles un pero. El público contribuye con inteligencia: cálido, tranquilo, interesado. Mulita tiene el tamaño perfecto y está manejado por la gente adecuada. Una merengada felicitación para Noe, Maia, Pablo, Mariano y en secreto a Capitanich que pagó mis pasajes. Y al chofer Orlando, de la Universidad, que me fue a buscar a Corrientes. Gracias por este fin de semana de alegría.


20.10.26

TEMA DE CONVERSACIÓN / ELEONORA GONZÁLEZ CAPRIA

Esa piedra, vos me decís, vino con la corriente

era la roca inaugural resto de monte suelto

cosa de siempre de tu infancia.

 

Estás mintiendo. Esa palabra, cuando vivía,

salió de conejeras, de una noche

sin luz artificial, yo me acuerdo.

Quedaba blanco allá adelante

una mancha entre dos árboles

y cambié de camino.

A oscuras, te expliqué, no me persigue mi cara.

Después hubo viento y después

hablamos. Eso era antes, un cuerpo de sonidos.

 

Vos insistís: oíme si siempre fue una piedra,

la guardo para dispararles

a los camiones por la ruta si me aburro

o algún día levantar una casa.