“La niña sobre un altar” es una obra escrita por Marina Carr,
autora irlandesa de unos cincuenta años. Lo que se escucha es absolutamente
moderno, aunque suceda en la Grecia de los troyanos. La experiencia logra
hacernos entender las razones y el impulso para que Clitemnestra mate a
hachazos a Agamenón al volver de la guerra, como cuenta la historia. Todos los
que estamos mirando sabemos que eso va a pasar, no hay un gran spoiler en lo
que escribo, lo que quizás nos falte es terminar de entender el por qué, y los
personajes de la obra de Carr lo van a expresar con creces. La razón psicológica o moral vamos a verla ahí, enérgicamente expuesta, en
el teatro de voces de la sala Casacuberta del San Martín, actuada por un equipo
impecable dirigido por Oscar Barney Finn.
Son brillantes los papeles principales, el de Analía Couceyro y Paulo Brunetti, pero maravillosos también los secundarios: el de Ligüen Pires, Mercedes Fraile, Lula Guttfleisch, Pablo Mariuzzi y Carlos Kasper. Es una obra equilibrada: todo encuentra el punto justo; la escenografía de Vanesa Abramovich es hermosa y sencilla, el vestuario diseñado por Camila Ferrin es minimalista y funcional, la iluminación de Claudio Del Blanco y la música original de Shino Ohnaga se ajustan a lo que está ocurriendo. Los personajes comunican didascalia y parlamentos con naturalidad, y lo que logra Barney Finn en la dirección supera lo que uno podría esperar de su profuso oficio y saber. Es mucho más que eso: es imaginación despierta, búsqueda joven. Hace que los personajes se arrastren, se doblen y adopten posturas inesperadas, logrando escenas muy creativas.
Cito dos, nomás. Agamenón levanta a Clitemnestra desde atrás
y la sostiene en el aire, ella patalea pero también se entrega; hacen el amor
cuando pelean, entonces se ve que hacen el odio, o podrían estar haciendo un
amor odio, lo que la obra necesita en ese instante exacto. La segunda
maravilla: hay una batalla, al final, que es coreográfica. Todos están hincados
en el piso y coralmente narran el horror con sus cuerpos y palabras, sin
necesidad de ningún efecto especial más que su parca danza en medio de las
luces desbocadas. Y el horror se transmite como una inyección en la cabeza del
espectador.
Último detalle, ya del texto. Me impresionó muchísimo la
indicación del “harén” como lugar adonde van a morir las amantes viejas. Las mujeres
de todos los tiempos conviven ahí con sus hijas y nietas, que serán las
próximas sirvientas a mano. Hay algunas que se comen a las que se mueren: son
las mujeres lobo. No hay entierros en ese harén, hay huesos arrinconados y una
pared de calaveras. Cuando llega de la guerra, el rey abre el reducto femenino
a los soldados para que sacien su hambre sexual. Es un detalle perverso que nos
regala Carr.
Gran obra para disfrutar en el San Martín. Felicitaciones a los que la hicieron posible. Son, verdaderamente, un equipazo. Gracias.
















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