19.8.19

DOS JAPONES / LA AGENDA

Tanto Mori como Julián se encuentran con un individuo retraído, solitario, bien vestido y con portafolios. El salary man. Y los dos tienen un pensamiento sobre él. Ambos lo ven como un hombre que parece vigilado, con costumbres extrañas. Mori relata un almuerzo en un izakaya, un bar informal. Piden yakitori y yakimiru, unas brochetas con gusto “a jengibre, a miel, a bienvenida”, escribe ella. Mati le hace unas preguntas al mozo y, los presentes de las demás mesas, todos estos hombres de traje y portafolios, de repente reaccionan rompiendo sus silencios para comunicarse con los dos occidentales. Los comedidos solitarios les terminan pagando el almuerzo, como si Mori y Mati fueran sus invitados. A lo largo del libro les vuelven a suceder varios episodios de sociabilidad rara, desconocidos que les hacen regalos o muestran amabilidades excesivas, desproporcionadas: Mori les agradece y adjunta esos sucesos poéticamente con el hecho de que el universo se ha vuelto amistoso por el adorable imán que la une con su hijo, y que tiene un efecto contagioso. Pero no deja de sorprenderse: esa gente que va encontrando está muy sola, necesitada de cualquier tipo de mirada piadosa que alguien les pueda ofrecer como una dádiva.
El viaje que hace Julián es al mañana. Cuando se hacen viajes en el tiempo se cortan, inevitablemente, los lazos con el presente. Mori no corta lazos porque su misión es afectiva: habla diariamente por teléfono con su mamá, extraña y recuerda a sus mascotas. Cuando no está con su hijo busca algún amigo de Buenos Aires o de Venezuela que esté viviendo por ahí cerca, para ir a visitar. La experiencia de Mori es vinculante.
Julián se mueve en modo anacoreta, aunque en vez de rezar, lee. Está concentrado en su experimento. Por eso se aísla, decide aislarse; se encapsula o va a hoteles atendidos por androides Está buscando con su microscopio. Y si bien la robótica lo decepciona un poco –relata un torpe partido de fútbol entre máquinas que dista mucho del Skynet-, percibe y reacciona con los cambios sociales que ve. Empieza a entender que los adolescentes están más vivos y eufóricos, con ganas de vivir, solamente cuando se disfrazan de sus personajes de manga en los eventos de cosplay: el resto del tiempo son suicidas en potencia, y algunos pasan años guardados en sus cuartos en un tipo de enfermedad depresiva llamada “hikikomori”. No son todos, digamos la verdad, pero Julián les canta piedra libre a un montón.
Katie LedeckyMori también nota la cantidad de chicos disfrazados, que apelan a personajes de la tradición o a sus favoritos de historietas. Los habitantes que ambos destacan en sus libros necesitan continuamente de muletas afectivas. Mientras Mori los disfruta con piedad y melancolía; Julián hace observaciones cuasi científicas que lo llevan a hallar fenómenos populares como el de los maids cafés o cafés de compañía, que no llegan a ser de “levante”, sino simples sitios para encontrar a alguien con quien hablar, pagando. O a descubrir multitudes que tienen por líder a una cantante virtual –un holograma-, y a preocuparse por los mega fenómenos del porno y el pop que están aniquilando el sexo como relación entre humanos.
Varsavsky, en sus cuarenta días en Japón, llega a acariciar a un perro Sony, metálico, como novedad. Y a entender a los ancianos que lo cuidan como a la mascota artificial que los sobrevivirá. Ponsowy extraña a su perro que ya murió, Babones, y ansía volver para reencontrarse con su perrita Corbi en su casa de La Lucila. Los dos libros son extraordinarios. Con uno te asustás: la verdad es que no quiero un mundo en el que me dé lo mismo acostarme con un humano o un androide, porque ya no habrá diferencia. Con el otro te emocionás: el relato de Mori es bello y vívido, precioso.

Tanto Mori como Julián toman baños en un onsen. Ella entra con humildad, avergonzada por exhibir su desnudez en público y termina sintiéndose parte de la femineidad toda, junto a las otras mujeres que se bañan. Cito: “Amo a estas mujeres. Imagino que en los albores de la humanidad también habremos hecho lo mismo. Nos habremos bañado desnudas, juntas, bajo las estrellas. Habremos extrañado a nuestros niños que, ya adultos, se han ido de caza. Habremos llorado, sin estar del todo seguras si esto es la felicidad”. Julián entra decidido al onsen de su hotel, pero tarda cuatro o cinco baños en sentirse relajado en ese mundo de hombres que no lo representan.
Los dos expresan su miedo cuando acceden al transporte de alta velocidad. Julián se equivoca de tren; el guarda está más preocupado que él. Mori toma muchos recaudos, porque tiene horror a perderse. Su hijo la increpa: “¿dónde está tu espíritu de aventura?” Es la única vez que la hace enojar. Mori es una mujer aventurera, aunque en este viaje se mueva con fragilidad, coma pollo frito en Kentucky y tome café en Starbucks. Admite por primera vez en la vida que viajar no le gusta.
Sigue en La Agenda.

16.8.19

MUTANTE / MEMORIA


“Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos”. Esta es una frase de Octavio Paz que se refiere a la inmigración que nuestro país recibió entre 1870 y la Primera Guerra Mundial. Y puede ser que Buenos Aires haya negado históricamente su río en lo que se refiere a paisaje y recreación; pero nunca negó su puerto. La imagen de Buenos Aires es la imagen de un puerto. Antiguamente con silos, rampas, mangas. Actualmente con containers y grúas.
La antena de Tecnópolis es una obra portuaria en construcción que incluye los medios que se utilizaron para alzarla.
La antena está formada por una pluma central de base triangu­lar y celdas de containers acondicionados como recintos hab­itables. Las celdas se irán incorporando a la torre progresi­vamente, logrando un espectáculo con su propia construcción.
La tecnología expresa el mismo crecimiento del edificio, que contendrá un interesante programa de aprendizaje y recreación.

La tecnología de la antena es su propio lenguaje.

La pluma ha elevado doce, quince, diecisiete containers habitables hasta una altura que los convierte en miradores. Adentro se desarrollan actividades de taller, performances, exposiciones, eventos, danza y descanso. Le hemos devuelto al puerto lo que históricamente le quitamos a nuestro río: el paisaje y la recreación.
Los volúmenes y las actividades son intercambiables: la pluma permanente permitirá las modificaciones entre espacios y el crecimiento a futuro.
La antena es un edificio de piezas ensambladas.

El ingreso a la torre es una experiencia singular. La pisada se hace sobre una plataforma enterrada que la aísla del entorno, incrementando la idea de entrada a un lugar especial. Los visitantes deben descender un nivel para tomar los ascensores. El techo de ese hall tiene lucarnas transitables basadas en un diseño paramétrico. Una confitería, un gift shop y servicios acompañarán la experiencia.
Ingresar a la antena es un evento sensorial.

Los diferentes programas se agrupan por niveles. En los niveles 1, 2 y 3 funcionan una radio y una isla de televisión cerrada, talleres de robótica, clínicas de artes electrónicas y nuevas tecnologías. Algunas cajas serán transparentes, otras opacas. Si el programa requiere más espacio, a cualquier container se le acopla otro en paralelo. Si los programas cambian pueden variar las opciones de apilado.
El nivel 4 es un patio de food tracks en altura, que también abastece a la terraza mirador. Hasta dicha terraza se llega con la batería de ascensores y escaleras. Desde allí en más, personal de mantenimiento podrá seguir ascendiendo por la antena mediante una escalera vertical, que irá arribando  a pequeñas plataformas técnicas hasta completar la altura total.
Un programa moderno requiere de espacios mutantes.

A medida que Tecnópolis se vaya completando, la torre irá creciendo. Es un cuerpo orgánico, evolutivo, y su expresión está ligada al montaje continuo. Funciona como ícono: para identificar la feria tecnológica desde la ciudad de Buenos Aires y para ver la ciudad de Buenos Aires desde la feria tecnológica.

La antena crece cuandoTecnópolis crece.

15.8.19

SEGUNDA JORNADA DE LA SÉPTIMA TEMPORADA / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO

El chocolate se compra en Fénix, la carne en Piaf, el pescado en El Delfín y las salchichas alemanas en Bratwurst. Si vivís en CABA esas son las mejores opciones. Perdonen la tilinguería, pero es lo que aprendí con el tiempo. En cualquiera de los otros lugares que existen pueden atenderte bien y venderte buena merca; estos cuatro no fallan jamás. Ayer comimos dos tipos de salchichas a la parrilla, una especialidad al curry y otra con queso, exquisitas ambas. Provenientes del Bratwurst Central, barrio de Consti. En sanguchitos y con pan casero. Tomamos una botella de Álamos y otra de un vino salteño delicioso, tintos. La séptima emisión de la Clínica de cuentos del Galpón Estudio marca la diferencia: encendí carbón antes del asado final. Como dicen en Brat: ¡Guten apetit!

Aprovechando que en la próxima sesión viene Jorge Accame, hicimos un teatro semi montado indoor con su obra “Quería taparla con algo”, escrita a partir de su cuento homónimo. Se me ocurrió que podía ser una buena idea leer los dos registros, el cuento y la obra. Lo fue. Para recitar los parlamentos distribuí fotocopias del librito y cada uno hizo un personaje. A mí me tocó, como no podía ser de otra manera, el Pescado. Así que enterate, Jorge: representamos tu obra antes de que tu hijo Marcelo la presente en el teatro comercial. Cuando la prensa te pregunte dónde se dio por primera vez, en primicia mundial, desde ayer a la noche vas a tener que contestar “en la Clínica de cuentos del Galpón Estudio”.

La idea se me ocurrió porque yo mismo pasé por esa experiencia con “Marvin”: escribí el cuento y realicé el cortometraje junto a Adolfo Cabanchik. Y la cabeza se me iluminó en el proceso: pasar el cuento a guión fue un ejercicio sublime. Cada vez que doy el mini show de “Marvin x 2”, donde leo Marvin y proyecto Marvin, la gente se llena de preguntas. Eso mismo nos pasó a nosotros ayer cuando terminamos de leer el texto teatral de Accame. Tenemos cantidad de preguntas para hacerte, Jorgito, listas para el miércoles que viene. No nos podés fallar, ¿eh? Te cocino mis empanadas de carne y harissa, mirá. Todo para que vengas.

Principalmente queremos saber por qué le cambiaste el final. Nosotros, con Marvin, casi se lo cambiamos también y desconocemos la razón.

Leyeron Lidia, Fabián y Lili. Todos cuentos con niños. Dos que se mueren y uno que casi, y se salva de milagro. Para ilustrar el de Fabián recurrí a una microficción de Gilda Manso titulada “Mitología”. La tenía guardada por si se armaba una discusión sobre el dueño de las palabras en el cuento milagrero, y pasó, porque Leo también se lo había cuestionado.

Para los de chicos muertos hablamos de finales. Empezamos por los de Salinger en “Un día perfecto para el pez banana”, “El hombre que ríe” y, sobre todo, “Teddy”, en el que efectivamente muere un niño. Después seguimos con Carver y nos metimos en los finales de “Gordo” y “Catedral”, de tinte existencialista. Hablamos también del paso de la obra del autor a largometraje de la mano de Robert Alman, en 1993. “Short cuts”. La edición de Anagrama de esos cuentos originales –cuando digo originales digo los no retocados y recortados por su editor- trae una versión del cuento del panadero titulada “Parece una tontería”, que es demasiado diferente a “El baño”, la que habíamos leído originalmente en “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Otro buen ejercicio para hacer en esta Clínica podría ser la lectura de esas dos versiones para contrastarlas y aprender un poco del maestro Raymond. La edición de la película, titulada en español “Vidas cruzadas”, trae un prólogo de Altman que es imperdible, donde habla de personajes, acciones, cortes. Cito un fragmento:

“Los personajes narran muchas cosas a lo largo de la película, cuentan pequeñas historias acerca de sus vidas. Muchas de ellas son de Carver, o paráfrasis de las de Carver, o están inspiradas en ellas, pues siempre procuramos ser lo más fieles posible a su mundo, teniendo en cuenta el imperativo de colaboración de la película.

Por su parte, los actores se percataron también de que los detalles de los que hablan esas gentes de Carver no son lo principal. Los elementos parecían flexibles. Podían estar hablando de cualquier cosa. Sin embargo, ello no significa que el lenguaje no fuera importante, sino más bien que el tema no tenía por qué ser X, Y o Z: podía ser Q, P o H.

La cuestión que determina cómo responde la gente a lo que se está diciendo es quién es. No es lo que están diciendo lo que provoca que la escena tenga lugar, sino el hecho de que esos personajes estén interpretando la escena en cuestión. De modo que, estén hablando de cómo preparar un emparedado de mantequilla de maní o de cómo asesinar a un vecino, el contenido no es tan importante como lo que sienten y hacen los personajes dentro de esa situación, el cómo se van desarrollando.”

Es pertinente, para una jornada en la que estudiamos el tema del pasaje de un texto literario a otro estado artístico, ya sea teatro o cine, dejar hablar un poco a un capo como Robert Alman. Aunque nos vayamos temporalmente del mundo de la literatura.