22.5.26

SÉPTIMO ENCUENTRO EN LA CLÍNICA ASIÁTICA DEL GALPÓN / CURSO 2026

 

Pablo trajo la propuesta: hacer la ensalada de papaya que sale en el cuento “Randy Travis” de la laosiano-canadiense Souvankham Thammavongsa. Amoroso su libro “Cómo pronunciar cuchillo”. Le ofrecí resolver el arroz glutinoso y agregarle bocados de pollo teriyaki. Entonces él fue al barrio chino a conseguir sus ingredientes especiales: habas sakanashi, salsa de pescado thai, repollo encurtido. Lo mío fue más fácil, porque en la heladera tenía salsa de soja espesa, mirin y vinagre de arroz; utilizo esos líquidos habitualmente en mis woks. Sembré mi acompañamiento con semillas de sésamo tostadas y adorné con hojas de menta.

La ensalada de Souvan se llama padaeck. Se la prepara el padre a la autora en ese cuento. Es increíblemente fresca, y lleva un potente picante que el frescor atenúa. Me pareció extraordinaria: va mi agradecimiento con esta foto, Pablet:

La otra foto, la que inaugura el posteo, es del altarcito oriental que Lili y Coca armaron para la ocasión. Terminamos la jornada degustando chocolates Choi y Vong con forma de ferreros y rafaelos, traídos por Fabián, y galletitas Jay especialmente horneadas por un Jonatan de ojos rasgados. Hubo además unas monedas de chocolate Dang, riquísimas tostadas Keth y vinos de Nong Khai que fueron bendecidos en el altar. Gracias Fabiana, Alberto y Mariano. ¡Dulcetuco!

Hubo hasta una rifa: Coca regaló un ejemplar de su libro nuevo para disfrute cliniquero. Al parecer era un hábito de Hebe Uhart cada vez que publicaba algo. Va el flyer porque se presenta hoy en el Centro de la Cooperación. Seguramente estaremos acompañando el evento. El diseño del libro es exquisito.   

Aplicamos el nuevo sistema de corrección para el cuento de Jonatan y salió muy bien. Este tipo de ejercicio solamente se podrá realizar cuando los cuentos vengan bastante logrados; es el caso de “La persona que te enseñó a andar en bici”. Aprovecho la ocasión para repetirles que la Clínica de cuentos del Galpón Estudio, como su nombre lo indica, es una clínica y no un taller. En un taller suelen hacerse ejercicios, no quiero ir por ahí. Prefiero enseñar a corregir, y para eso deben traer cuentos. Digo, nomás.

También leímos el que les debía de Sonia Budassi, escritora que tendremos de visita en la próxima jornada. “Perfecta”. Lili cree que es el título de una canción de Miranda que Sonia comenta, sin nombrar, en el texto. Sonia es una gran rematadora: sus finales son extraordinarios. A la vieja escuela y sin ambages. El miércoles que viene habrá empanadas de carne, expectativas varias y ganas de conocerte, querida Budassi. Beso.                                               

21.5.26

SONIA BUDASSI / "SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO)

“A los doce, You y yo, después de prepararnos durante dos años, rendimos —junto a otros mil aspirantes— el examen de ingreso para una secundaria. Antes de buscar los resultados, compartimos un algodón de azúcar celeste para calmar los nervios de la incertidumbre, haciendo fila en la puerta del colegio.

Sobre los monitores del salón, la lista dividía el fracaso del triunfo; nos dimos la mano en silencio. No se incomodó por la transpiración de la mía.

Encontré mi nombre: puesto trece de ciento cincuenta. Di un salto de alegría, “estoy, mirá, entré”, dije y se me escapó una risita que debió verse simple, radiante, plena espontaneidad; así se descalabran los estudiados gestos de buena educación que mi madre se empeñó en enseñarme: con un estallido descontrolado de euforia. You sonrió, “¡entraste!”, dijo y me abrazó un instante. Y otra vez se enfocó en la lista.

Sentí el vértigo del vacío, temor a que se cortara el cable sostén del ascensor de mi vida justo cuando subía a ritmo armónico.

Llegamos al final: nada. Quise abrazarla; me apartó. Culpa, pero en aquel entonces no sabía cómo llamar a ese tipo de angustia. Le dije: “repasemos, quizás no vimos bien”. Ella dijo: “Dejá, ya está, déjame, te dije”.

La seguí después de encontrar su nombre: puesto sesenta y dos.

Agitado mi corazón de palmera ante un huracán, corrí dos o tres cuadras para contarle: ¡entramos juntas! No la vi. Le mandé una foto. Tardó en responder y vino hacia un abrazo; al encuentro maravilla con la realidad física de dos corazones apretados: laten juntos. Lo físico puede ser cursi.

Expulsada hacía pocos meses del pelotero, le propuse festejar en el café de los peluches, mi casita de los recuerdos; las dos ahí, por primera vez sin la compañía de un adulto. La ilusión recién estrenada de sentirnos independientes.

Al tiempo, empecé a percibir una desconfianza esfumada de su parte, la sutileza de quien sabe evadir las muestras de afecto, ciertas miradas e invitaciones denegadas con los modos de una doncella oriental ante mis acciones de avidez latina como denominaba mi madre, de forma peyorativa, a mis expresiones emocionales. La calidez de You nunca volvió. Yo insistía. Hasta aquella vez: en el patio de la escuela se tomaba fotos con varias chicas, de a una. Me acerqué y le pedí la mía. Frente al resto de sus amigas, respondió: “Disculpá, justo quería volver al aula”. Y se alejó. La desolación me quitó el habla.

Nunca supe qué pasó. Quizá, también, la amistad se diluyó en la distancia exasperante de los celos, siempre inútiles, por las amistades nuevas. Aunque los celos de todo tipo son siempre así, inútiles, ¿a alguien le dio algún resultado satisfactorio?”

15.5.26

SEXTA CLASE DEL TERCER CURSO / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN, AÑO 2026



Estoy con poquísimo tiempo, pero no quiero dejarlos sin informe. Sobre todo por la comilona extraordinaria que degustamos el último miércoles, en estado de picnic y gracias a la buena onda de ustedes, cliniqueros. La foto describe mejor lo que podría decirles, así que paso al tema siguiente. Riquísimo menú.

Leímos “El perro te mide pero vos tenés que mostrarle quién es la autoridad”, del libro “Animales de compañía” de Sonia Budassi. Si bien no es el mejor de sus cuentos, es muy bueno y tiene una longitud pasable para leer en vivo. Los mejores para mi gusto son “Salvar el mundo” y “La gran muralla” (un diez a ese último). También se suben al podio “Capacidad de adaptación” y “Perfecta”, que leeremos en nuestra próxima sesión. Consigan el libro que está fenomenal.

Hicimos por primera vez un ejercicio completo de edición de un cuento en vivo, como aprendí de tres correctoras maravillosas que por diferentes razones estuvieron algún tiempo cerca de mí o de mis textos: Laura Cardona, María Fasce y Florencia Verlatsky. Fuimos con “Vino lunar”, de Pablo, un brillante relato al que pusimos en duda en todas sus palabras. Salió tan bien el asunto que considero que deberíamos tomar la excepción como regla, si les parece. Corregir menos cuentos pero aprender más sería la consigna.

Para terminar investigamos releyendo por qué el libro “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann fue prohibido por la dictadura, nos pusimos en la onda de aquellos tiempos (no costó mucho dado la censura constante de los tiempos actuales) y le metimos garra a Comesol. Garra de gato, estimulada además por el mediometraje documental que nos mandó Liliana Paolinelli, que insiste en regalarnos cosas lindas para usar en la Clínica. La película se titula “El baldío”; la vimos en Vimeo. 

Va la tapa del libro de Bornemann bien grande para que ocupe mucho espacio.