
14.5.26
CUARTA MARCHA UNIVERSITARIA
13.5.26
LA NIÑA SOBRE UN ALTAR / TGSM
“La niña sobre un altar” es una obra escrita por Marina Carr,
autora irlandesa de unos cincuenta años. Lo que se escucha es absolutamente
moderno, aunque suceda en la Grecia de los troyanos. La experiencia logra
hacernos entender las razones y el impulso para que Clitemnestra mate a
hachazos a Agamenón al volver de la guerra, como cuenta la historia. Todos los
que estamos mirando sabemos que eso va a pasar, no hay un gran spoiler en lo
que escribo, lo que quizás nos falte es terminar de entender el por qué, y los
personajes de la obra de Carr lo van a expresar con creces. La razón psicológica o moral vamos a verla ahí, enérgicamente expuesta, en
el teatro de voces de la sala Casacuberta del San Martín, actuada por un equipo
impecable dirigido por Oscar Barney Finn.
Son brillantes los papeles principales, el de Analía Couceyro y Paulo Brunetti, pero maravillosos también los secundarios: el de Ligüen Pires, Mercedes Fraile, Lula Guttfleisch, Pablo Mariuzzi y Carlos Kasper. Es una obra equilibrada: todo encuentra el punto justo; la escenografía de Vanesa Abramovich es hermosa y sencilla, el vestuario diseñado por Camila Ferrin es minimalista y funcional, la iluminación de Claudio Del Blanco y la música original de Shino Ohnaga se ajustan a lo que está ocurriendo. Los personajes comunican didascalia y parlamentos con naturalidad, y lo que logra Barney Finn en la dirección supera lo que uno podría esperar de su profuso oficio y saber. Es mucho más que eso: es imaginación despierta, búsqueda joven. Hace que los personajes se arrastren, se doblen y adopten posturas inesperadas, logrando escenas muy creativas.
Cito dos, nomás. Agamenón levanta a Clitemnestra desde atrás
y la sostiene en el aire, ella patalea pero también se entrega; hacen el amor
cuando pelean, entonces se ve que hacen el odio, o podrían estar haciendo un
amor odio, lo que la obra necesita en ese instante exacto. La segunda
maravilla: hay una batalla, al final, que es coreográfica. Todos están hincados
en el piso y coralmente narran el horror con sus cuerpos y palabras, sin
necesidad de ningún efecto especial más que su parca danza en medio de las
luces desbocadas. Y el horror se transmite como una inyección en la cabeza del
espectador.
Último detalle, ya del texto. Me impresionó muchísimo la
indicación del “harén” como lugar adonde van a morir las amantes viejas. Las mujeres
de todos los tiempos conviven ahí con sus hijas y nietas, que serán las
próximas sirvientas a mano. Hay algunas que se comen a las que se mueren: son
las mujeres lobo. No hay entierros en ese harén, hay huesos arrinconados y una
pared de calaveras. Cuando llega de la guerra, el rey abre el reducto femenino
a los soldados para que sacien su hambre sexual. Es un detalle perverso que nos
regala Carr.
Gran obra para disfrutar en el San Martín. Felicitaciones a los que la hicieron posible. Son, verdaderamente, un equipazo. Gracias.
12.5.26
11.5.26
8.5.26
QUINTA CLASE EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO 2026 / TERCER CURSO
Hermoso libro el de Liliana Paolinelli. Sencillo, con un poco
de toc de guionista, pero con historias claras y precisas. Me hizo
acordar a Rejman. Los dos cuentos que me gustaron más: el primero, “Aire
comprimido” y el último (que le da nombre al libro), “Sin noticias de los
jíbaros”. Los leímos y discutimos mientras comíamos la tarta de jamón
y queso de Blanca Cotta y la Olga de la Scardale. Quedaron mejores que nunca
porque les rallé un provolone de Santa Rosa, en lugar de salarlas. Tuve miedo
de haberme pasado de rosca, pero no. Duraron quince minutos. Bebimos los vinazos
que trajeron Fabiana, Pablo y Alberto, y comimos rafaelos que proveyó, como siempre,
Fabián. Jonatan aportó su segunda latita de Danish cookies; regalo impecable
para el Cookie Monster Nil (referencia a Los Muppets).
Mensaje para Liliana: cuando puedas mandanos el link al
corto o directamente tu corto/mediometraje “El baldío”, que acá tenemos a
varios amantes de los gatos que quedaron muy intrigados.
La próxima invitada va a ser Sonia Budassi, con esta antología que sale en la foto. “Animales de compañía” ganó el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 2021, una de las veces que fui jurado. Sus cuentos estaban muy por encima de la media; fue un premio con veredicto indiscutible. No tuvimos diferencias entre jurados: tanto Agustina Bazterrica como Mariana Travacio opinaban lo mismo que yo. Va a ser un lujo recibir a Sonia en la Clínica del Galpón Estudio el miércoles 27, contándonos cómo lo hizo y mostrándonos algún inédito nuevo.
En la interna leyeron Mariano y Coca. Mariano está haciendo
una colección, de a poquito, con textos enigmáticos que orillan las profecías y
lo sagrado. Estuvimos un rato largo hablando sobre cuáles deberían ser los
límites modernos, si cabe la propuesta, para una escritura con tintes de
parábola. Mariano logra climas normales en los paisajes exteriores de sus
textos (campos, ríos, desiertos o patios nevados) y toda la locura (animales
que hablan, gente que desaparece, carneadas alucinatorias, ollas humeando con sopas
incomibles) para los interiores. Sus nuevas historias
me recuerdan a la trilogía de Mario Levrero: “La ciudad”, “El lugar” y “París”.
Así de extrañas.
Coca trajo un cuento muy interesante con una personificación
de un colchón. La primera carilla es maravillosa, pero un enigma de este tipo es
bien difícil de mantener cuando el lector está atento y quiere descubrir quién es
el narrador. Hebe Uhart lo hace de maravillas en “Mi nuevo amor” (yo caí como
un chorlito), pero no pasa de una carilla. En la continuidad de “Ahora”, el
relato de Coca, se perciben otras historias ocultas, que afloran como puntas de
un iceberg utilizando una puteadita o un nombre. Apretamos sobre esas palabras
como si fueran links dispuestos a llevarnos a alguna parte. Creo que eso es lo
que nos hace dudar como lectores y lectoras: hay historias por atrás que podrían
ampliarse o parecen complicarse, pero nos faltan datos. ¿Coca querrá agregar
esos datos o preferiría simplificar la cuestión borrando los carteles que nos
puedan desviar por otros caminos? Ella, como escritora, tiene que decidirlo.
Llevé dos ejemplos de animaciones literarias de objetos
aparentemente inanimados. Las gotas de lluvia en “Viaje a la semilla”, el
extraordinario cuento al revés de Alejo Carpentier. El agua sube hacia el
cielo, modificando su acción por la reversión temporal. Y “Una gota”, de Dino
Buzzati, donde el agua también sube, como un hilo, por una escalera, peldaño a
peldaño. La razón acá no es el tiempo sino una dislocación de la gravedad. Horrorizando
a los personajes humanos, fabricándoles preguntas existencialistas en plena
noche. Dos joyas.
Y hablando de enigmas… uno, muy intrigante, que viene
sucediendo desde la clase anterior. Las galletitas de manteca de Jonatan vienen
en unas latas preciosas, casi alhajeros de metal. En algún momento de las
jornadas se vacían de contenido: son riquísimas esas galletitas danesas. Y en
otro momento que no alcanzo a comprender, la lata vacía desaparece. Se esfuma.
Se retira de la visión de todos; de la mía. La miro, la miro, me pregunto si me
servirá de costurero, me digo que me vendría bien para los lapicitos cortos o
los cartuchos de las lapiceras y… nada. Repentinamente se desdibujan sus contornos
en el aire.
¡Qué grandioso es tener un misterio sin revelar en la Clínica de cuentos del Galpón Estudio! ¿Literatura negra a full o latas fantasmales? Como decía el gran Hitchcock: "¡no revele el final a la salida del cine!".



















