26.6.26

DECIMOSEGUNDA JORNADA DEL TERCER CURSO DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / VINO EL GRAN BERNATEK



Carlos Bernatek habla de Santa Fe como si fuera su pueblo natal, pero es de Avellaneda. Cuenta que en Santa Fe casi todo sigue una doble lectura de falso verdadero, porque la ciudad original desapareció bajo el río y hubo que refundarla a unos kilómetros, que siempre sonaron a poco. Tardaron 20 años en esa tarea silenciosa, como si la estuvieran mudando en secreto. “Si se iban 30 más lejos resucitaban en Coronda, lo que hubiera facilitado el crecimiento y el buen clima. Tal vez tendríamos dos Rosarios”, dice, compungido.

- Pero Santa Fe es la ciudad de la historia y Rosario la del progreso.

“Sin la Santa Fe húmeda y calurosa como pueblo de Busqued no tendríamos lisos ni novelas de Bernatek”, pienso. Así que paso a adorarla mientras lo sigo leyendo. Hicimos una compra colectiva de “´Ta loco aquel que quiera tu corazón” y le dedicamos una lectura minuciosa. La novela vuela, como todas las de Carlitos. La prosa es vertiginosa. Cuando hay suspenso, porque hay suspenso. Cuando no lo hay, porque la cabeza de sus personajes se va imaginando algo peor de lo que va a pasar, y lo anticipa desde sus bordes borders broders. Y eso solito reemplaza al suspenso.

Le cambié mano a mano un “Auschwitz” por “La noche litoral” y cuando me fui a dormir después de la velada literaria, siendo las 00:30 del jueves, se me ocurrió relojear la primera frase y me quedé leyendo hasta las 4. Droga barata y de calidad:


Resignación, me dije, y fue decirlo y estar ya casi resignado. Las cosas siempre pasan, todo tiende a reacomodarse, a buscar un nuevo equilibrio, y así el mundo sigue andando. Hay que esperar la oportunidad, aprender a hacer tiempo; eso fue algo que me impuse, porque me parecía que en esa actitud había algún tipo de principio, de sabiduría, como la tolerancia que nos obliga a imaginar chinos, gente de un país milenario y mesurado como esos monjes mudos de la serie Kung Fu, templados en el sufrimiento, a los que ni siquiera uno se atrevería a elevarles una consulta, porque aunque pudiesen hablar, no les entendería un carajo, con sus miles de dialectos y su Confucio de mierda. Pero cuando el presente se enturbia, cuando todo se oscurece y se borran las perspectivas, aparece el reflejo instintivo, la tentación de volver la vista atrás. Bien, si yo miraba hacia atrás, solo podía evocar situaciones ominosas, dignas de olvido, como perder a Hilda.”

Cenamos, como siempre que hay visitas, empanadas de carne con tintos finos. Carlitos le hincó el diente a mis criollas, haciendo el honor. Aunque esta vez más que nunca se lucieron los postres: chocolates rellenos de La Pinocha y trufas Lacasa, al cacao puro. Gracias Lili y Fabián. Y gracias a los demás por las bebidas.

Berna también nos leyó un cuento inédito, “Un cuarto lleno de gente”, que nos dejó temblando. Recordamos a Luis Chitarroni y a Hebe Uhart. Al final me dijo que la pasó bárbaro: le gustaron lectores y lecturas. “Qué bueno, en estos tiempos, construir un refugio atómico como este que vos tenés”, agregó, refiriéndose a nuestra Clínica del Galpón. No pude menos que darle la razón. Refugio atómico. Eso. Sí. Clarísimo.

Gracias por visitarnos en nuestra buena cueva.



22.6.26

EL ARCO DE PEDRO / RUINAS DE SAN IGNACIO



 Esta es una rareza que descubrimos paseando con Mazal. Le digo: ¿Mirá qué loca esa pilastra? Parece puesta al revés. Las hojas de acanto del corintio simplificado abajo, la base arriba. Osvaldo puso en duda de que la extraña base de esta columna fuera un capitel invertido: nadie en su sano juicio fundaría todo el peso del arco en unas lechugas. Me hizo reír. En el paseo había un historiador del estilo Angelito Navarro. Nos escuchó y se acercó a felicitarnos. Realmente se trataba de un pilar puesto de cabeza. El arco que sostiene se llama ARCO DE SAN PEDRO. Los jesuitas le contaron a los indios que Pedro pidió morir colgado por los pies, porque le parecía indigno morir como Jesús después de haberlo negado tres veces. Los indios compusieron el cuerpo del santo con elementos de arquitectura, ordenándolos cabeza abajo para relatar la agonía del Padre de la Iglesia cristiana. Los jesuitas los dirigieron y los dejaron hacer controladamente. El mensaje nos llega intacto, quinientos años después.

19.6.26

REUNIÓN DÉCIMO PRIMERA EN LA VIGILIA DE BICHO URDANETA / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO

Preparándonos para la visita de Bernatek del miércoles que viene saboreamos y discutimos Turdera, Invasores, La señora Filstein, La carne, Larga noche con enanos, Animales sueltos en Roma, La banquina, El terraplén, Una mirada profana, Cielo de fin de año, El fin de la noche, Aves de paraíso, Fondo oscuro de río y Manuscrito de Eliseo Fulgin. Es un autor de doble corriente: Arlt y Borges al mismo tiempo. Más porteño no se puede, jajá. Por suerte en sus novelas se inclina siempre por el decano de las Aguafuertes, entendemos que Boedo le va mejor que Florida cuando yo recomiendo ´Ta loco aquel que quiera tu corazón, o Alberto agrega La noche litoral de la Trilogía de Santa Fe. Dos joyas; vamos a releer y/o leer por primera vez la que salió publicada por el FCE y lo sentirás positivamente en tus regalías, oh Gran Carlitos.

Santa Fe 10

Coronda 63

Rosario 162

Seguimos con Alberto, que no solo aportó una tarta integral de brócoli y queso exquisita, sino que además vino con un cuentazo y medio se ofendió cuando le dijimos que era teatral. Enseguida claudicó. Díganme si en estos diálogos no se parece a Puig (Manuel, no Arturo):

 

— Decime, Tita, ¿vos fuiste a mi velorio?

— No pude ir, estaba resfriada. Deme esas fotos, que las está rompiendo

— Dejame esta, la de la Nélida. Y está otra, de mi papá.

— ¿Ese era su papá? Qué buen mozo.

— ¿Mi papá ya se murió, Nélida?

— No soy Nélida, soy Tita. Tome ese té, que se le enfría.

— ¿A qué hora lo entierran? No quiero ir al velorio, quiero quedarme acá, comiendo bombones.

 

— (…) no le pegue a los perros cuando pasan, vamos. Deje quieto ese bastón.

— Vos me zarandeás la silla de ruedas a propósito. Querés que me caiga, así me internan y después, a mi edad, ya voy derechito a la tumba.

— No se haga la loca, que ya estamos llegando a la plaza.

—No me gusta esta plaza, está llena de fantasmas. Son todos negros y ordinarios, como vos.

— Déjeme acomodarle la bufanda y descanse un rato. Tiene que tomar sol.

— Hace mucho frío. Quiero volver a mi cajón. Mañana viene mi novio de visita. Tengo que prepararme.

— ¿Qué novio? ¿Desde cuándo tiene novio?

— El que cuida el cementerio. Noventa y siete tiene. Pero todavía come solo.

 

— Qué gente fea que hay en este lugar, Tita. Mirá esa gorda mal vestida.

— No hable así. Si no le gusta lo que ve, cierre los ojos.

— ¿Por qué hay gente tan fea en este mundo, me querés decir? Con lo poco que cuesta ponerse linda, es tener un poco de voluntad nomás. La gente fea es así porque es dejada. Si una se deja estar, termina hecha un espantapájaros.

— No señale con el dedo, queda feo.

— Si la señalo a la gorda, nada más. Para que veas qué horrible es la ropa que tiene puesta. Y está maquillada como un payaso. Igual que mi hermana.

 

El cuento se llama La prepotencia de las cosas vivas, y casi no tiene errores. Técnicamente entraría en la categoría Cuento Salchichón, de esos que pueden tener un largo infinito, y nos vemos obligados a cortarlos en cualquier rodaja. Sucede en el Diálogo de Choli con Mita, 1941, de La traición de Rita Hayworth, Puig (no Arturo, Manuel). La categoría habrá que agregarla a la lista de patrones que me publicó Pablo Por el camino de Puán. Puede leerse aquí.



Amo el descontrol, pero es cierto lo que opina Lili sobre que se desperdicie comida. El de anoche fue un picnic manejable: pudimos con los triángulos de Coca y los triangulitos de Fabiana, mis tortillas de papa, la tarta ya nominada al Oscar, las pepas de Jonatan, los ferreros de Fabián, los vinos de Pablo y los medallones mundialistas de Lili. 

Atracón, lobizón.