
La mano que llena la copa. El fiambre que completa la focaccia. Las pastitas que empapan la miga. Había practicado, lo juro, para tener la
mejor focaccia de Buenos Aires en Roseti y Dorrego. Pero las dos veces
anteriores había hidratado al cincuenta por ciento, lo que significa medio
litro de agua para medio kilo de harina de fuerza (y es casi amasable). Entonces
salió perfectuá. Y esta vez me dieron ganas de hacerlo al cien por ciento. Miré
varios tutoriales y lo vi muy difícil, una especie de acrobacia de espátulas
para intentar manejar una masa inmanejable. Opté por agregarle unos chorros adicionales
al medio litro, con lo que perdí la noción de los pesajes exactos y me fui al
pasto en el aireado. Volantazos a último momento no deberías hacer, Nil
(siempre lo mismo). Pero la dejé levando en la heladera unas 28 horas y cuando
la metí al horno llena de burbujas quedó crocante por afuera, mullida por
adentro. Tengo suerte para la improvisación. Tuvimos suerte todos, graciadió.
Hubo alioli, muhammara, hummus, pasta de aceitunas, guacamole y crema de
verdeo. Pastrón, jamón cocido, salame de Milán, leverwurst y Tybo en fetas. Luiyi
Bosca en la copa que llenó la mano. Continuará…Leímos el cuento de Spencer Holst que les debía, uno que
podría lo más bien integrar aquella antología de terror que Elvio Gandolfo y
Samuel Wolpin reunieron para De la Flor en 1974: “45 cuentos siniestros”. “El
copista de música” podría fácilmente ser el número 46. Tiene algo de “Los
gemelos”, de Luis Couperus, o de “El espectáculo comienza cuando usted llega”
de Roland Topor. Todos los demás cuentos del libro de Holst se van un poco por
las ramas y Holst es el que más lo disfruta. Soy partidario de la búsqueda y
del azar, pero también soy un fundamentalista de la corrección. Me gusta este
textito de Mauricio Kartun para descifrar el momento alegre del escribir:
“La escritura es una búsqueda. El escritor nunca sabe con
exactitud lo que quiere, lo encuentra escribiendo. Esa es la paradoja. Si yo
tuviera la certeza absoluta de qué es lo que quiero, lo escribiría tal cual, y
el resultado, sin sorpresas, sería puro trámite, burocracia. No sería escribir,
sería escriturar. No puedo saber qué quiero porque la gran virtud de una
escritura, al menos como yo la concibo, está en su originalidad, en su
condición de descubrimiento. Por lo tanto, no sé qué es lo que voy a escribir,
pero sí sé lo que no.”
La cita aparece porque estuvimos picoteando teoría del libro “Crear”,
recientemente editado por Ediciones Godot. Aquí hice una reseña para La Agenda
Revista, pasen y lean.
Tuvimos algunas microficciones de Fabiana, casi todas
exactas y cerraditas. Hubo solamente discusión con tres, a la que a mi gusto le
sobraban palabras. Pero las que son buenas, son buenísimas. Va un botón de
muestra:
Humillación
Era la primera vez que estaba en esa casa. No conocía a
nadie. Festejaban alguna cosa. Él tenía cuatro años. Había ido con su papá, que
ya estaba borracho y hablaba a los gritos como tantas otras veces. Se acercó y
empezó a tironearle del buzo, una vez y otra vez. Su papá reía a carcajadas sin
notar su urgencia. De pronto, el silencio: todos miraban el charquito bajo sus
pies.
Para terminar leyó
Alberto, en tono de comedia de Mark Twain: “Y el viento los amontona”. Lili y Pablo desplegaron la mesa de dulces y nos lanzamos a la gula.