24.4.26

TERCERA REUNIÓN DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / CURSO 2026



Descripción de un banquete perfecto: Coca trajo espuma de morrón con Philadelphia, tostaditas de arroz y mermelada de tomate para untar junto al queso roquefort que trajo Fabiana, que además aportó un rico jamón crudo y tostadas de varios tipos. Liliana se despachó con unos triples de miga exquisitos. Alberto trajo hummus, guacamole y Peronachos. Pablo se la jugó con dátiles rellenos con crema de maní, bañados en chocolate, galletitas de limón tipo Havanna y trufas Red Velvet. Había tanta comida que decidimos guardar para la próxima las Danish Cookies que trajo Jonatan y el potpurrí de Ferrero Rochers al que Fabián nos tiene acostumbrados. Los tintos fueron Tito, de Succardi y Séptima Obra cabernet Sauvignon. Casi que podíamos no haber leído nada y tener, igualmente, una fiesta. Las ventajas de la Clínica en el Galpón. Volvimos con tutti.

Pero, de todas maneras, leímos (nunca hay que perder una buena costumbre, sobre todo si es el objetivo hacia donde vamos). Largué con one hit wonder de los 60, como lo llama el teórico Matías H. Raia: “Cabecita negra”, de Germán Rozenmacher. Tanto Raia como Horacio González coinciden en que este cuento se lee como la contracara de “Casa tomada” de Julio Cortázar, afirmando que quien analice uno sin estudiar el otro estaría infringiendo una suerte de regla general de la historia de la violencia y la representación política en la literatura argentina. Lili se permitió discrepar y Mariano la siguió en el razonamiento. Cuando llegué a casa volví a leer los textos introductorios de la preciosa edición de las Obras completas del autor publicadas por la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, y el pensamiento de González no le anda muy lejos. Horacio dice que en ese tiempo, el tiempo de Rozenmacher, se leía “Cabecita negra” como el fotograma invertido de “Casa tomada”. Pero agrega:

“Hoy no me parece así. En Cortázar se pone el énfasis en lo hermético de la situación, lo indescifrable de una amenaza. En Rozenmacher, la amenaza está situada, casi diríamos historizada. Pero si bien la conciencia del narrador cortazariano es inescrutable en su aceptación distante del miedo, del horror casi natural de las cosas, en el caso del señor Lanari solo después se presenta ese sentimiento, que primero es una cobardía social y luego se transforma en una de las tantas cosas impenetrables que definen una vida para siempre. De algún modo, en un juego que podría explicarse mejor, no como mera intuición de paso, “Cabecita negra” está a la vez dentro y fuera de “Casa tomada.”

Para contribuir a quitarle el aura de one hit wonder voy a colaborar recomendando otros cuentos del mismo autor: “Tristezas de la pieza de hotel” y “Los ojos del tigre”. Pequeños diamantes literarios.

Leímos también dos cuentos del taller: “Un bombón”, de Fabián, y “La cola del gato”, de Alberto. Ambos, por suerte, con mucho humor del bueno. Por lo que esta reunión sí fue un fotograma invertido de la anterior, pudiéndose leer como la contracara del miércoles pasado. Aprendemos rápido.


23.4.26

PADRES E HIJOS / DIEGO TATIÁN


“Un hombre de negocios compró la propiedad contigua a la mía. Demolió la casa y taló los árboles, algunos centenarios. Después niveló el terreno, lo roturó y enterró cosas a igual distancia unas de otras, como si las estuviera sembrando. Un juguete, un cuadro, una pluma estilográfica, una copa, un libro, un par de zapatos, una lámpara, un sombrero, un reloj, una carpeta con dibujos, un martillo, una antigua máquina de escribir y así hasta ocupar todo el espacio con objetos semejantes. Después se fue y ya nadie lo vería jamás volver a su propiedad.

Al cabo de muchos años llegaron tres hombres aún jóvenes, y comenzaron a cavar. Su padre los había reunido antes de morir para decirles que allí encontrarían un tesoro. Pero el trabajo fue en vano. Nada hallaron a no ser inservibles objetos estropeados por el tiempo, que fueron acumulando en un rincón.”

22.4.26

III BAJO LA METRALLA / CRISTINA PIÑA

                   

"caen bombas sobre la ciudad, la metralla enemiga ha convertido las plazas en agujeros de noche, los pájaros del balcón, en siluetas oscuras que atraviesan el aire como signos del desastre.

 

caen bombas sobre la ciudad y el rumor de pies en desbandada carcome los costados del silencio, ni siquiera un instante se ha escuchado una débil voz humana en el fragor de la batalla.

 

caen bombas sobre la ciudad y desde las alcantarillas -que hasta ayer transportaban el pesado cargamento de los sueños- granadas ocultas, minas traicioneras han hecho saltar en pedazos el mundo familiar.

 

caen bombas sobre la ciudad y ella, en medio del derrumbe, ha tomado su maleta, la jaula del gato y un par de plantas para unirse a la caravana que parte en desorden de la tierra devastada.


Pero al llegar a la glorieta donde nació el amor, a los árboles gemelos que las balas enemigas perdonaron, ha levantado -con la maleta y el gato y las dos plantas- una tienda de campaña donde lo espera, invencible, con una rosa entre los labios y la canción que cantaba y cantará en sus brazos."

21.4.26

POEMA DE HUMBERTO COSTANTINI / INFORME PARA SANTO DOMINGO (APLICA PARA LA GUERRA DE TRUMP CONTRA IRÁN, A PESAR DE HABER SIDO ESCRITO HACE MÁS DE SESENTA AÑOS)

 "Yanquis hijos de puta.


En realidad
solo quería decir
eso.
En realidad, la vida
es,
pongamos por ejemplo,
una manzana.
Entonces,
uno la mira, la toca,
le hace fiestas,
la besa, le habla,
tal vez
hasta dibuja manzanitas
imitándola.
La quiere así, manzana,
rica, pulposa, viva,
indescifrable,
sabia.
Si la quieren romper,
si viene
un bicho, por ejemplo,
un yanqui hijo de puta,
para ser más precisos,
a matarla,
ya no se puede hablar
así nomás de la manzana.
Hay que matar al bicho,
es necesario
odiarlo,
destruirlo.
Es casi obligatorio
decirle hijo de puta,
decirle yanqui hijo de puta
todos los días, religiosamente
y encontrar la manera
de acabarlo.
Por amor a la vida,
simplemente.
En realidad
tal vez
no me he explicado bien.
Si uno tiene,
pongamos por ejemplo,
un amor, una cosa
que le anda por la piel
por todas partes.
Digamos
Buenos Aires.
Digamos
un octubre, un poema, una muchacha.
O digamos la esquina
de Nazca y Tequendama
los domingos, a las seis de la tarde.
(Estoy casi seguro
que había una esquina así en Santo Domingo
que había un viejo,
una silla,
un cielo inverosímil,
muchachos que volvían del fútbol,
señoras apuradas,
bocinas, qué sé yo
y tal vez
hasta un tipo solitario
como yo
me miraba)
Si uno tiene un amor entonces,
eso que le camina por la piel,
decíamos,
y pasa algo,
ocurre
que viene el mal, la peste, una desgracia,
o para no ir más lejos
vienen
los marines
idiotas,
los cretinos mascadores de chicle,
odiadores de todo lo que crece,
y desembarcan.
Entonces
ya no se puede hablar así nomás,
hay que matar la muerte de algún modo,
hay que pelear con rabia,
destruirlos,
salirles al encuentro como sea
y además
decir, decir hijos de puta,
decir marine yanqui hijo de puta,
decirlo y masticarlo
y enseñarlo a los chicos
como a un rezo.
Por amor a la vida,
simplemente,
me parece."

17.4.26

SEGUNDA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / TERCER CURSO



“La tormenta está abajo”, dijo el cabifero que me acercó al Galpón porque llovía. Le pregunté qué quería decir. “La tormenta está agazapada en el horizonte; si cambia el viento, la trae inmediatamente”.

- ¿Es una especie de amenaza?

- Sí. Una amenaza del tiempo.

Aclaró que su hija, hasta la semana pasada, había trabajado en el Servicio Meteorológico Nacional, hasta que Milei decidió echar a una buena parte del plantel. Me imaginé a su hija junto a los miles de despedidos de este gobierno, recostados en el horizonte esperando nuevos vientos que favorezcan su vuelta a la normalidad.

Así arranqué la noche, que levantó cuando vinieron todos (menos Coca, ausente con aviso). Comimos una tarta de brócoli y pollo que hizo Alberto y una de jamón y queso que yo convidé. Tomamos vinos y Levité, disfrutamos de los Ferreros y Rafaelos regalo de Fabián. Como se ve, levantó en serio. Aunque en un momento el país nos inundó de nuevo y estuvimos hablando de la adolescencia libertaria, para la cual ya no estaría alcanzando Francoise Dolto. Una pena, la Argentina no estaba bien, pero no era para romperla tanto. El dolor siempre sale.


Chris Offutt es un escritor yanqui de 67 años que escribió el libro que sale en la foto. De ahí leímos “La ascensión de la casa”, un cuento áspero, dueño de un racismo naturalizado, sin concesiones en el daño que provoca o puede provocar. Es un cuento que no transa. Muy masculino. Me resultó difícil de leer, ya sea porque la traducción es tan dura como lo que va diciendo o porque necesito anteojos nuevos. Había algo entre el color del papel y la intensidad de la luz que me molestó, e hizo que mi lectura acompañara la dificultad del izado de esa casilla en la ladera barrosa de Kentucky. Otro cuento del libro que me gusta es “Serrín”, el primero. A Mariano “La ascensión…” le hizo recordar en sus rasgos religiosos a “Preciada puerta”, de William Goyen.

Los cuentos del taller, el de Lili, el de Alberto y el de Fabián, venían con personajes agonizando en hospitales. No alcanzamos a leer el de Fabi, pero créanme que es igual de intenso (o intensivo; por la terapia, digo). Bacterias intrahospitalarias y asepsias desprolijas. Muchos medicamentos que no parecen ser remedios, y solamente a nosotros se nos ocurre pasarlos con vino. Tres botellas, para ser exactos.

- ¡Aquí vive la verosimilitud! -gritó Pablo.

La cueva de la Clínica está funcionando.


16.4.26

LA MÚSICA DE LOS IDIOTAS / DIEGO TATIÁN

 


“Ha pasado ya, decía con voz pausada y estertórea, la hora de los pueblos. Lo que llega, lo que está a punto de llegar, es una internacional de idiotas: mogólicos, autistas, deficientes, locos, tarados de toda Latinoamérica. Niños locos y viejos mogólicos, incluso, aunque quisiéramos pensar que es al revés. Esa nación hoy aún desperdigada, como por una ley física, como en un movimiento de atracción gravitacional de los espíritus, sale de sus casas ricas, de sus viviendas pobres, de los puentes, gana las calles para caminar, los Andes, las costas, calles peregrinadas por dementes y cuerpos de motricidad extraña que se desplazan hasta un lugar común y ahí rehacen un pueblo, el pueblo de los idiotas, e inician los trabajos: la cocina, la vivienda, la curación, los entierros, la higiene, la música, una música insensata, la fraterna música de los idiotas.”