21.9.18

JESÚS MARÍA

El Museo Jesuítico Nacional de la Estancia Jesús María publicaron dibujos que yo hice en el 2010.
En el feis.En Instagram.
Gracias!

20.9.18

SEXTA TEMPORADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / CLASE TRES


El martes estuve en una clase pública con el pizarrón en la vereda. Fue en Moreno, con el objetivo de apoyar la protesta de los maestros, allí donde la educación se cocina en ollas populares. Leí “Marvin” y dibujé. La semana que viene van las fotos. Estoy muy orgulloso de haber hecho eso, en un lugar del Conurbano en el que ya no sólo se derrumbaron las clases, también se están derrumbando los edificios escolares. Murieron una directora y un bedel. Secuestraron a una maestra y le escribieron en el cuerpo, con una navaja, “OLLAS NO”. Otros docentes están recibiendo amenazas. Este es el país que tenemos ahora, parecido al que tuve de chico. Un país de miedo. Por eso las clases se empezaron a dar en la calle, para que todo el mundo vea y sepa qué pasa.

Hicimos una versión chica del taller, porque faltó la mitad. Eleonora, que es poeta, daba un recital en alguna parte, y en la Clínica no nos dieron los reflejos para levantar campamento e ir todos a verla. Sé que salió bien, porque vi los comentarios en Internet. Muchas felicidades. Ojalá Eleonora nos lea lo que leyó, en el Galpón, algún miércoles de estos en función privada. Ojalá quiera.

De nuestra reunión participaron Lili –con un cuento muy bueno- y Fernando, que acaba de ganar un premio en el 26ª Concurso Literario Rotary Club La Falda con su cuento social “Parque Chacabuco”. Desde la Clínica le mandamos unas merengadas felicitaciones: el gordo es un campeón. Comimos una picada que envió Lucas y una tarta de choclo y cebolla, con vino blanco, que trajo el propio Fer, para festejar.

Como cuento de honor leí “Recorre los campos azules”, de la escritora galesa Claire Keegan. Es emocionante. Muy triste. Todos sus cuentos son así de melancólicos. Cada vez me gusta más este tipo de escritura femenina, suave y sutil, aunque también me siguen gustando las bestias mayores como Liliana Heker o Flannery O`Connor. ¡Qué cantidad de hermosas mujeres escritoras! Hace poquito la séptima pasajera, Laura, envió un texto delicioso de Úrsula K. Le Guin titulado “La hija de la pescadora”, que juega con otros dos textos anteriores de Virginia Wolf, el de la casa propia y el del río de la imaginación. Y refuta la indicación que le dio un famoso escritor machirulo cuando ella todavía era joven, para que aprendiera a escribir. Ni bien sepa cómo subir el PDF, tendremos el texto completo en Milanesa. Por el momento, bien vale este fragmento:

-       “- Dime, tiíta, ¿qué es lo que una escritora debe tener?
-       - Te lo diré. Lo que necesita una escritora es no tener huevos. No necesita un espacio inmune a los niños. Tampoco necesita, si nos atenemos estrictamente a las evidencias, una habitación propia, aunque ese sea un apoyo sorprendente, tanto como lo son la buena voluntad y la cooperación del sexo opuesto o, cuando menos, las del representante local, doméstico, del mismo. Pero eso no es imprescindible. Lo único que una escritora necesita es un lápiz y un poco de papel. Eso le basta, siempre y cuando esté consciente de que ella y sólo ella es responsable de ese lápiz y de lo que ese lápiz escriba en el papel. Dicho de otra manera, siempre y cuando sepa que es libre. Bueno, no completamente libre. Nunca absolutamente libre. Quizá libre sólo en cierta medida. Quizá sólo en este acto particular, en el acto de sentarse durante un momento arrebatado de sus obligaciones y de ser una mujer que escribe, que pesca en el lago de la mente. Pero en esto, responsable; en esto, autónoma; en esto, libre.
-       -Tiíta –dice la pequeña-, ¿puedo ir ahora a pescar contigo?”

19.9.18

ESTUVE EN ON / ON, VILLA CABANA, CÓRDOBA


Me pasó esto: una obra en construcción al lado de mi edificio, en el corazón de manzana, simultánea con otra arriba de mi departamento. Palermo 2018; fin de junio. Más toda la mierda de cómo va el país con los entreguistas que tenemos por gobernantes, más un poco de falta de trabajo, más mucho desgano, hicieron que me sulfurara. Si no me iba de Buenos Aires corría grandes riesgos de enloquecer o enfermarme. Como siempre, tenía material para escribir: dos novelas, una con las notas bastante adelantadas y otra en veremos: apenas un par de grabaciones y una idea, fuerte, pero poco desarrollada. También tres cuentos en notas y un nuevo libro de historias para corregir. Cantidad. Lo que no conseguía era la tranquilidad para resolver esa cantidad.
Hace doce años que no escribía una novela que me gustara. Cuentos sí, eso no lo perdí. Cuando lean el libro que saldrá próximamente en Interzona podrán verificarlo. Pero llegué a pensar que  podía haber extraviado la capacidad de escribir novelas, esa concentración maravillosa, larga, exacta, que hay que tener. Sobre todo para el tipo de novelas que escribo: con mecánica de ciencia por detrás y panoramas complejos. Y muchos personajes, realidades paralelas, viajes en el tiempo, gravedad cuántica, duplicaciones. Suelo complicarla, además, con problemas sociales. ¡Nunca una novela del yo! ¡Nunca una de puro lenguaje! La verdad es que odio las novelas que te cuentan lo que el escritor sufrió cuando su mujercita lo dejó. Odio las que son pura paja, con argumentos minimalistas o sin argumento, por el propio placer de combinar palabras. Sigo pensando, como Julio Verne o Conrad, que la ficción debe proveer aventura.
Durante años le saqué el jugo a una casa en la playa que me prestaba Hebe del Puerto, en la que construí las historias que más me gustan de las que hice: El corazón de Doli, El amor enfermo y Auschwitz. Esas tres me modificaron. Las disfruté por igual. Recuerdo esos encierros como a unas buenas vacaciones; farra.
Comprobado: después de doce años de planear novelas sin escribirlas, apareció otro lugar. Así que, si Graciela me sigue bancando en ON/ON –Demolición/Construcción- los voy a atosigar con novelas de las buenas, las mejores que puedo dar. Chau, me fui de vacaciones a mi interior.
Acabo de escribir una, la que menos fe le tenía porque estaba muy verde, y me salió de un tirón. Hice el manuscrito y la primera pasada en la compu. Hice dibujos, cuadros, croquis. Estoy chocho. Tengo un novelón destinado a atraparlos, hacerlos sufrir, llorar y reírse a carcajadas. Sé que funciona porque soy el primero al que entretuvo. En un año, cuando la corrija, saldrá con fritas.
Terminé sucio, oscuro, con la barba crecida. Duro: estuve casi un mes y medio sin salir, durmiendo a medias y sin moverme de la silla. Por ese lado fui piedra. Por otro, cactus.
-          Pinchás  -me dijo un día Graciela, para evitar el beso.
Me toqué la barba. Eran alfileres: que nadie se me acerque mientras me concentro. Mi cuerpo lo sabe y pela sus defensas.

13.9.18

ESCRITURA EN VILLA CABANA / RESIDENCIA BAT´Z / ON ON






SEXTA TEMPORADA DE LA CLÍNICA DEL GALPÓN ESTUDIO / CLASE DOS


“Llevo años trabajando en hospitales, y si algo he aprendido es que cuanto más enfermo está un paciente, menos ruido hace. Por eso los ignoro cuando llaman por el interfono.”

La frase es de un cuento de Lucia Berlin, del libro “Manual para mujeres de la limpieza”. Lydia Davis, la prologuista, dice: “Me recuerda a las historias de William  Carlos Williams cuando escribía como el médico de la familia que era: sin rodeos, con franqueza, exponiendo en detalle las patologías y el tratamiento, la objetividad de sus explicaciones. Más aun que en Williams, Lucía veía en Chejov (otro médico) un modelo y un maestro. De hecho, en  una carta a Stephen Emerson afirma que lo que da vida al trabajo de ambos es ese desapego clínico, combinado con la compasión. Luego destaca también el uso que ambos hacen del detalle específico y su economía: “No escriben palabras de más”. Desapego, compasión, detalle específico, economía: parece que estamos en camino de identificar algunos de los rasgos más importantes de la buena escritura. Y aun así, siempre  hay un poco más que decir.”

Más cerca del final, Davis agrega: “Lucia decía que la historia debía ser real, sea cual fuera el sentido que eso tuviera para ella. Creo que se refería a que no fuera artificiosa, ni trivial, ni superflua: debía salir de dentro, tener peso emocional. A un alumno suyo le comentó que la historia que había escrito era demasiado ingeniosa: no trates de ser ingenioso, le dijo. En una ocasión Lucia compuso en una linotipia uno de sus propios relatos y después de tres días de trabajo volvió los moldes a la caja. La historia, dijo, era falsa.

¿Y qué hay de la dificultad del material real?

“Silencio” es un relato en el que Lucia habla de algunos de los mismos sucesos reales que también le menciona brevemente a Kleinzahler, en una especie de taquigrafía torturada: “Lucha con esperanza devastadora”. En el relato, el tío de la narradora, John, que es alcohólico, conduce borracho con su sobrina en la camioneta. Arrolla a un niño y a un perro, y el perro queda malherido, pero no se detiene a socorrerlos. Lucia Berlin le dice a Kleinzahler, a propósito del incidente: “La desilusión cuando arrolló al niño y al perro para mí fue Espantosa”. En el relato, al trasladar esa vivencia a la ficción, el incidente y el dolor son los mismos, pero sesgados por cierta intención subyacente. La narradora conoce a John en otro momento de la vida, cuando está felizmente casado y es un hombre afable, cordial, que ya no bebe. Sus últimas palabras en el relato son: “Por supuesto a esas alturas yo ya había comprendido todas las razones por las que no pudo parar la camioneta, porque para entonces era alcohólica”.

Sobre cómo abordar el material difícil, Lucia comenta: “De algún modo debe producirse una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene verdad, no solo para quien escribe, también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad”.

Una transformación, no una distorsión de la verdad. 

El ejercicio inicial de la clínica de hoy lo basé en exponer dos distorsiones: una de Berlin, la que le da título al libro. Otra, de la argentina Alejandra Kamiya: “Fragmentos de una conversación”. Ambos cuentan el mismo tema desde puntos de vista similares: cada personaje es una chica que limpia casas, y están escritos en primera persona. Cuentos sociales para este miércoles primaveral.

Después leyó Pablo, que se ganó un premio de la editorial Eufyl y saldrá en la antología "Por los caminos de Puan" -¡felicitaciones!-, con su cuento “Sin sal”. También leyeron Lili y Fabián y se armó la primera y jugosa discusión sobre el punto de vista de un narrador. Comimos Gyta Rösti relleno de jamón y queso y tomamos un malbec. 

Todo iba bien, salvo que mi celular hacía ruiditos vibradores en mi mochila. A Elenora le pasó lo mismo, pero ella miró sus mensajes. Mientras nosotros estábamos en clase, en Moreno secuestraron y torturaron a una maestra del acampe. Le escribieron "OLLAS NO", con una navaja en la panza. La violencia en nuestro país está creciendo y tiene por culpable al gobierno, con sus políticas implacables de recesión y castigo popular. Si le sacan presupuesto a educación y salud pública para dárselo a las fuerzas de seguridad, no esperen que no haya paros, quejas, ollas. 

Hay otro culpable más: la prensa cómplice, que tapa la represión y el espanto. Parece que el silencio se ha vuelto a apoderar de la Argentina. Todos sabemos que no es Salud. 

Volvimos a 1978, sin Mundial.

12.9.18

TEORÍA INCORPORADA



“El sentido de un final”, Frank Kermode
“El mudo y otros textos”, Carson McCullers
“¡Vuelve Sherlock Holmes!”, Rodolfo Walsh
 “El taller”, Alejandra Laurencich
“Cómo escribir. Consejos sobre escritura”, China Editora
“Para ser un novelista”, John Gardner
“Ficciones”, María Teresa Andruetto
“Cómo se escribe”, María Teresa Serafini
“Cómo escribir un microrrelato”, Ana María Shua
“Cómo se escribe una novela”, Leopoldo Brizuela y otros
"La hija de la pescadora", Úrsula K. Le Guin