16.4.26

LA MÚSICA DE LOS IDIOTAS / DIEGO TATIÁN

 


“Ha pasado ya, decía con voz pausada y estertórea, la hora de los pueblos. Lo que llega, lo que está a punto de llegar, es una internacional de idiotas: mogólicos, autistas, deficientes, locos, tarados de toda Latinoamérica. Niños locos y viejos mogólicos, incluso, aunque quisiéramos pensar que es al revés. Esa nación hoy aún desperdigada, como por una ley física, como en un movimiento de atracción gravitacional de los espíritus, sale de sus casas ricas, de sus viviendas pobres, de los puentes, gana las calles para caminar, los Andes, las costas, calles peregrinadas por dementes y cuerpos de motricidad extraña que se desplazan hasta un lugar común y ahí rehacen un pueblo, el pueblo de los idiotas, e inician los trabajos: la cocina, la vivienda, la curación, los entierros, la higiene, la música, una música insensata, la fraterna música de los idiotas.”

13.4.26

EN LA PELUQUERÍA / HEBE UHART


 "La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo  ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae  cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que  me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:

–Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.

Eran seis.

Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la  cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”. Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales   que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando  mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto.
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora).

Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy  despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay posters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.

La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo  de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al  peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:

–Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.

No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acosrumbrada a cualquier cosa y corta. 

Yo salgo contenta."

10.4.26

PRIMERA CLASE DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / TERCERA TEMPORADA

 

Emotivo comienzo del tercer módulo de la Clínica de cuentos del Galpón Estudio. Me dio muchísima alegría volver a abrazarlos este miércoles, y compartir la charla inicial con empanadas, vinos y bombones de avellana. El planeta se ha vuelto loco; la última vez que nos reunimos solo podíamos putear al presidente libertario, ese idiota que nos compramos que apalea jubilados en la calle. Ahora hay guerras que anticipan colapsos económicos brutales. Ahora hay miles de muertos y una amenaza mundial de bombardeo atómico; todo se convirtió en una taradez que parece ser la última. Ojalá no, pero puede que sí. Resistir leyendo parece una salida moderada y amable. Creo que necesitábamos este mimo. No es ninguna solución, pero tal vez sea nuestro modo de hacer las cosas. Humildito y simpático.


Leí un cuento de Souvankham Thammavongsa, la laosiana que vive en Canadá, de su libro “Cómo pronunciar cuchillo”. Esta chica de menos de cincuenta años tiene unos cuentos increíbles; destaco como geniales ese que le da título al libro, uno con tarjetitas titulado “El universo sería tan cruel”, “Algo lejano y remoto”, “Recolección de lombrices” y mi preferido (el que leímos): “Randy Travis”. Son relatos piadosos, de inmigrantes forzados en territorios nuevos, obligados a trabajar en los peores servicios, intentando la dignidad en los pocos resquicios que la realidad les deja. Una maravilla, esta escritora de nombre impronunciable; un hallazgo.

Después pasamos a las lecturas nuestras, mientras seguíamos armando recreítos de “cómo encararemos este año, a ver qué les parece invitar a este o a ella, que elijamos ejercicio, que intercambiamos figuritas”. El top sería traerla a Samanta Sweblin, ahora que es millonaria (felicitaciones merengadas desde nuestro espacio). El problema es que vive en Berlín. Lo que se dice: la programación democrática del curso. Así ligué de la mano de Alberto los tomos 9 y 10 de Berta E Vidal de Battini, que ni sabía que existían, y colaboré con el 7 y 8 bajados en PDF del Centro Cervantino. 

Fabián se despachó con un cuento que él jura que es sobre los silencios (se titula justamente “Silencios”), pero más bien parece sobre la eutanasia. Le faltan pequeños ajustes conectivos entre fragmentos muy logrados. Fabián, estás escribiendo cada vez mejor. Aprovecho este momento para decírtelo, querido.

Coca, la nueva, leyó también el suyo, en la que se comunica con una piedra. Es descriptivo y un poco enumerativo; me parece que le falta hacer que su piedra sea protagonista, y no solamente ser nombrada como protagonista. Con Alberto le actuamos un brainstorming en vivo y en directo de posibles cambios a desarrollar. Coca anotó. Sin saber que ella era una de las huérfanas de Hebe Uhart, seleccioné un texto de Hebe en el que convierte una peluquería en un territorio existencialista. Alguna vez publiqué una parte en este blog; el lunes voy a postear el texto completo, que no tiene desperdicio.

Cuando volvía a casa me acordé que yo también escribí, a mis cuarenta, un cuento con una piedra. Es humorístico y tiene dos rarezas: utilicé un discurso de Onganía disfrazado de arenga a la piedra, que llega al lector de modo disimulado, aunque contiene todas las palabras del texto escrito por el militar. La percepción del discurso fascista es subliminal. Segunda rareza: hay unos chinos petisos que aprendieron a hablar castellano escuchando tangos, por eso utilizan el lenguaje canyengue de las milongas.

Este cuento no figura en ningún libro. Fue un ejercicio que hice para una antología sobre Tamagotchis y Sea Monkies que jamás salió porque a los otros convocados no se les ocurrió nada (pagaban muy poco, también hay que decirlo). Me quedó ese laburo en gateras, que no pega con lo que hago. Lo subí en Mandarina en 2008. Va, por si lo quieren mirar: "Banderitas y globos". Sin corregir y sin soplar. Me gustaría saber qué piensan, a lo mejor un día lo puedo retocar. Para la antología hubiera venido bien un Kentucky, ya que hablamos de Samanta.

La Clínica está armada para siete meses, de acá a diciembre, con agosto de descanso en el medio. Esperemos que el mundo nos deje llegar (estoy mirando demasiadas noticias, lo sé). Y que la luz del Galpón nos ilumine.

9.4.26

PENUMBRA EN LA BOCA / DIA EN PROA

 


Hay una obra de James Turrell en Buenos Aires, más específicamente en la Fundación PROA, avenida Pedro de Mendoza 1929, hasta el 2 de agosto. Y eso es una oportunidad a tiro de colectivo, porque las obras de James Turrell no se exhiben en presentaciones temporales. Para exhibir una atmósfera Turrell debemos construir habitaciones especiales que sean parte del truco de prestidigitación, o trompe-l'œil o trampantojo que el efecto a dar necesite. Las obras de James Turrell son tan especiales y tan complejas (a pesar de que lo que se vea parezca simple o sencillo) que solamente son armadas en sitios permanentes, en los Museos Turrell del mundo. Y en nuestro país hay uno muy especial en Salta, bastante completo, que exhibe desde los dibujos y pinturas originales de sus instalaciones hasta cabinas de luz de distintas dimensiones y sorpresas.

La Día Art Foundation de NY tuvo a su cargo una delicada negociación con el estudio del artista, según nos cuenta el curador de la muestra “Penumbra”, doctor Humberto Moro, y del estudio mandaron a un contratista alemán para armar el espacio de contención de Catso Blue (1967) según planos de arquitectura provistos por el autor. El efecto visual logrado es el de una caja de luz proyectada desde el techo de una cabina de oscuridad azul, sobre uno de los diedros que forman las paredes. Este paralelepípedo celeste está dispuesto como un contra diedro. Algo muy simple, casi imposible de fotografiar (aunque el departamento de prensa de PROA lo haya casi logrado en la imagen que ilustra esta nota), y de extrema sencillez. Sin embargo, sin embargo… Si nos quedamos un par de minutos mirando el artefacto y después nos movemos de izquierda a derecha, acercándonos a las paredes, la caja se despega totalmente de la construcción. Casi como que le podríamos meter la mano, o agarrarla. Y físicamente no ha ocurrido otra cosa que el engaño a tus ojos, un juego de la percepción. Cuando finalmente tocamos el muro o descubrimos la proyección, volvemos a entender que lo que vimos y supusimos al entrar en la habitación era lo único verdadero que había. Pero, en el medio del proceso, nuestro cerebro nos hizo cambiar de idea. Le bastaron dos o tres minutos de concentración. Tienen que verlo.

La de Turrell no es la única obra exhibida, también hay un fragmento de una serie monumental de Andy Warhol que nunca había estado en Argentina, una obra del canadiense Robert Irwin que tal vez sea la que mejor dialoga con la que acabo de describir, una cantidad interesante de maquetas de Richard Serra y algunas otras pinturas, esculturas o grabaciones de Agnes Martin, Félix González-Torres, John Chamberlain, Tehching Hsieh y Walter de María que no me llamaron tanto la atención.

La muestra se llama “Penumbra” porque examina los límites de la realidades en un espacio de incertidumbre perceptiva, de vacilación entre la luz y la sombra. Como bien dice la asistente curatorial y presentadora Ella Den Elzen: “en la penumbra la forma se distiende, los contornos se desdibujan y el sentido se resiste a cerrarse”.

 

COLOMÉ

En la bodega Colomé hay un museo permanente de Turrell, uno de los pocos que hay en todo el mundo (en Japón y en USA hay otros). Es realmente muy bueno para visitar, aunque un poco caro. Cuesta llegar desde Salta capital, y solamente se puede hacer en auto. La bodega es maravillosa. Lo mejor es quedarse: almorzar ahí, meterse en la pileta al aire libre rodeada de paisaje calchaquí, degustar vinos de altura, visitar el museo, cenar y pernoctar. La última de las acciones es fundamental para poder participar de una obra de Turrell dispuesta sobre el techo del patio central de las instalaciones, mirando hacia arriba, a la gran claraboya abierta. La obra se titula Unseen Blue y corresponde a la serie de los Skyspaces. La mitad de la magia la aporta el atardecer natural en el cielo despejado de La Linda que se ve por el vano cuadrado. La otra mitad proviene de un bombardeo lumínico y sonoro muy sutil producido desde adentro, desde múltiples rincones durante los cuarenta minutos que dura la observación. Te acostás sobre una colchoneta en el piso y te entregás al placer… Es algo hipnótico, toda una experiencia de alucinación lisérgica sin recurrir a ninguna droga.

Antes habíamos visto varios gabinetes lumínicos especiales: uno rojo, otro verde, otro amarillo. La luz en Turrell no es un recurso, sino la materia misma de sus obras. El artista construyó sus gabinetes en base a las visiones que tenía cuando comandaba aviones durante la guerra, introduciéndose en las nubes o en columnas de humo provenientes de incendios o bombardeos. Tengo entendido que esa es la experiencia. La de atravesar humaredas. Todas sus obras están construidas en espacios que a veces duplican lo que se ve. El truco oculto se lleva la diferencia entre los metros cuadrados visitables y los invisibles. Por ejemplo, en Spread, tenemos una antesala donde vemos un cuarto de grandes dimensiones, vacío, enfrentado a un espejo. Para entrar al cuarto hay que subir una escalera. Te piden que lo hagas ni bien la vista comience a adaptarse a la extraña luz que parece emanar de la pared más alejada del cuarto. Esperamos ese ratito y subimos. Entonces te invitan a tocar las paredes. Las de los costados son normales, sólidas, en la última se te entierra la mano como a Alicia a punto de ingresar al País de las Maravillas. Tu mano desaparece, tu pie desaparece cuando penetrás ese muro de luz. La niebla es tan densa que el efecto parece real. Da miedo lo que pueda haber detrás. Turrell denomina Ganzfeld a estas obras, una palabra alemana que significa algo así como pérdida de percepción de la profundidad cuando el ojo humano deja de enfocar. El efecto es rarísimo. Imposible sacarle fotos ni filmarlo ni nada de eso: más que nunca es arte para ver in situ.

A la salida hay una serie de planos que exhiben en parte la mecánica de estos sitios experimentales, y el diseño de un estudio muy extraño que Turrell estuvo pergeñando adentro de un volcán en el desierto de Arizona. Título del proyecto: Roden Crater. Parece que Don James dedicó varios años de su vida a trabajar ahí, pero le retiraron el presupuesto y cuando quiso juntar lo que le faltaba realizando una película del caso, tampoco llegó a cubrir lo necesario, por lo que el evento está suspendido. La idea era buenísima: bajar al espectador al interior del volcán y hacerlo mirar hacia arriba en un skyspace natural donde la ventana es la propia boca del volcán.

Tomé la otra foto que ilustra esta nota. Son las maquetas de Serra, que están hechas en plomo y apoyadas sobre mesas de madera, como si fuera el taller del artista. Corpóreas, sólidas, desarrollan ideas que él después fabricará en acero a gran tamaño y pueden verse de vez en cuando en el Pompidou o en la sala grande del Guggenheim de Bilbao. Para lograr ese juego de escalas que encontré interesante me tuve que agachar un poco y esperar a que los otros prenseros se acumularan en un costado. Digo esto porque entendí que la muestra sirve para jugar; hay mucho de op art en las posibilidades que brindan varias de las obras expuestas. En Untitled (1965-67) de Robert Irwin vemos un círculo, por ejemplo, que es blanco y está expuesto sobre un fondo de telón fotográfico también blanco. Y está iluminado de tal forma que lo percibimos como un gran wok vacío, en toda su concavidad. Pero, cuando vamos por el costado, descubrimos que es un planchón levemente convexo. Otra vez nuestros ojos nos engañaron: ¡los preciosos años sesenta siguen sorprendiéndonos! Las obras de arte expuestas nos llaman a movernos por los pisos de PROA para satisfacer nuestra curiosidad.

Debe ser muy lindo ir con niños.

 

LOS DATOS

El curador mexicano explica que la palabra penumbra se dice igual o casi igual en un montón de idiomas, y por eso la eligieron como título. Además representa la parte de un espacio que no se ve, como el servant del prestidigitador. Humberto Moro propone afinar el ojo ante la indeterminación y el asombro.

La muestra que abre el 2026 en la Fundación PROA es una muy digna llave para entrarle a estos nueve capos de renombre mundial. Vayan a verla y me cuentan. De paso, a la salida pueden darse un paseo por el Riachuelo, viajar en Transbordador, ir a ver una obra al Teatro de la Ribera o tomarse un vino por Caminito. La Boca es multitasking.

¡Gracias, Pablo Perantuono!