Me imaginaba todos los días
hembra o macho si pardo o negro
con o sin crías manso
me imaginaba muerta.
Salí siempre a las horas avisadas
de luz pálida y sombra larga
sola en silencio de abeja y arándano
lleno el bolsillo con las entrañas frescas de los peces.
Hablaban todo el tiempo de la manada de lobos
que en el pueblo había cazado un alce
ahí sobre el puente, la carne que tembló
hasta quedarse quieta y los autos que pasaban.
Alguien lo había filmado y después lo vieron,
se oía claro el grito, clara la súplica.
En el bosque después del incendio
seguía latiendo un tronco blanco
de espasmo en la madera ardida
y en el glaciar
me llené los pies de barro buscando.
Cuando era chica si preguntaban por el miedo
yo respondía: oso.
Pero quedaba lejos, estaba a salvo, se reían.
Todas las noches desde casa interrogaban
si había cruzado al fin al oso,
preparé el espíritu para encontrarlo, dije,
pero él no quiso verme.















