25.9.26

GRAN VISITA EN LA CLÍNICA DEL GALPÓN ESTUDIO / DECIMONOVENA JORNADA


 

Entre un simposio sobre microrrelatos en Chile y el próximo congreso mundial de microficción en Grecia, donde cierra el evento con un discurso hecho a medida, mi amigo Raúl Brasca se hizo un tiempito para venir a la Clínica de cuentos del Galpón, y brilló. A Brasca lo conozco desde que hacíamos “Maniático Textual” junto a la escritora Cristina Fernández Barragán. Y aquí paro un minuto la crónica para dar una noticia maravillosa: esta semana presenté la colección completa de “Maniático” a Ahira, y me la aceptaron para su escaneo y publicación. Fue una gran revista, que se vendió durante la misma época de “V de Vian” (la de Sergio Olguín, que ya puede leerse en los archivos).  No vamos a salir de pobres, pero sí de la cueva. Brasca tendrá que hacer el epígrafe de la colección de diez números, del cero al nueve. La publicación dejó de existir porque Cristina falleció, no porque nos fuera mal ni porque nos hubiéramos quedado sin ideas. Ella manejaba los avisos, ponía la guita que faltaba, contrataba todos los servicios y la redacción era su departamento en Recoleta. Snif, quise mucho a esa señora hermosa. Cuando los de Ahira hayan terminado su trabajo publicaré el link en la Milanga y seguramente haremos algún acto con champán-choripán junto a Raúl y las ahiras.

Brasca se ha dedicado a las microficciones. Si Ani Shua es la reina, según los españoles, después de lo que vimos este miércoles declaramos a Brasca nuestro rey indiscutido en el tema. Sus cuentos son divertidos, ingeniosos y, sobre todo, didácticos. Y a los cuentos hay que sumarle la teoría: todas las charlas que posteé estas últimas dos semanas más dos libros: “Cuando el silencio toma la palabra”, de la editorial peruana Micrópolis y “Leamos el silencio”, que trae cien ficciones analizadas con el microscopio extraordinario que Brasca tiene. Como el primero no se consigue, tuvo la amabilidad de dejarlo de regalo. El otro es de editorial Luvina, está ahora en librerías. Recomiendo su compra, lo hojeamos anoche y es buenísimo. Van las tapas:




Así que esta vez, además de invitar a un capo, pude volver a hablar con un amigo -y a reírme, fue todo muy amable y relajado- mientras tomábamos ricos vinos y comíamos mis empanadas primero, turrón turco de Alberto después. Y algunas otras delicias con dulce de leche y cobertura de chocolate que administró Lili.

Alto gol el que pegamos este miércoles. Brasca estuvo genial.

Gracias, querido, y que tengas un memorable viaje a Atenas.


24.9.26

KARTUN TIENE OTRO KARTING


 “Si puedo instalar en un personaje la convivencia entre el miedo a ser odiado y la necesidad compulsiva de ser querido, el resultado va a ser dialéctico y voy a ver un ser vivo”. Esto es un Kartun legítimo. Nos está hablando de un personaje de sus ficciones teatrales expresándose en un escenario. Don Mauricio nos está diciendo cómo hace para que ese engendro que salió de su fantástica cabeza tenga posibles rasgos similares con la persona que te acompaña. “No sabemos cuáles son las fuerzas que se oponen en su interior, pero en su comportamiento percibimos sus luchas internas”. Tomá mate. Y enseña cómo lo hace.

La editorial Godot viene publicando unos libritos teóricos sobre la creación literaria que son pequeñas joyas. Hace un tiempo comenté uno aquí en La Agenda, el de Liliana Heker, titulado “Intimidad de un oficio”, donde habla de su infancia y de sus primeros cuentos (pueden leer la nota en Transmitir un oficio - La Agenda Revista). También hay un libro de Juan Forn que no pude hojear todavía, pero por el título debe tener que ver con sus tremendas contratapas en Página 12 (esta es una deducción que saco a partir del título: “Cómo me hice viernes”). Este de Kartun del que extraje la cita, uno de Agustina Bazterrica, “Literatura o muerte” y, el último en aparecer, de Diego Muzzio: “Fiel a mi demonio”.

Consulté con el señor Godot sobre las próximas publicaciones y me adelantó que ya tienen contratados dos libros más: uno de Francisco Mouat, de Chile, y otro del Gran Pescetti.

Así vale la pena seguir esperando.

 

¿Me repite la pregunta?

Uno de los riesgos que podían darse en este pequeñísimo pero fundamental libro de Kartun era la repetición. Kartun es un tipo con un ejército de fans (me declaro uno de ellos) que asisten varias veces a cada una de sus obras, después o en el medio leen los textos de dramaturgia hasta casi sabérselos de memoria, y me gustan sus talleres. No es un aprendizaje textual como lo haría un actor, sino que te van quedando frases pegadas y las repetís. Fui a uno de sus seminarios y dejé también una crónica por acá, Kartun tiene un karting - La Agenda Revista. Y cada vez que voy al Tigre a pasear voy al Tigris, a un recreo del Tigris, para darle espesor místico (la ocurrencia corresponde al Abelito de “Terrenal, pequeño misterio ácrata”). O, cuando nostálgicamente hablamos de la clase media, a veces se nos cuela (a mí se me cuela siempre) el “quincho, Pelopincho”. La mejor definición de la clase media está en los límites de sus placeres alcanzados, en el que quincho y Pelopincho parece ser el más simpático lugar de llegada de su -nuestra- sencilla felicidad. Esas palabras están en mis citas orales, las digo muchas veces, como dice Kartun… Supongo que es un modo de entrar en la memoria colectiva de una ciudad, como pasó con mil frases que recuerdo y digo de la tira de Quino (la taradita de Muriel de Susa, por ejemplo, destinada a desacreditar a la vecina nueva de la que Felipe está enamorado, o el ¿Nozotroz piolaz? que Guille le dice a la mamá cuando se entera de que Mafalda se pasa medio día en el colegio y el papá tiene que ir a trabajar hasta la noche). O de Les Luthiers -esos sí que tienen miles. Y esos miles de frases ya están definitivamente instaladas en el habla de los porteños. Si ponen “frases célebres de Les Luthiers” en el buscador se van a reír un rato largo. Y a sorprender: las genialidades “todo tiempo pasado fue anterior”, “el amor eterno dura aproximadamente tres meses” y “de cada diez personas que miran la televisión, cinco son la mitad” son miniaturas de los espectáculos que alguna vez vimos. Y si no son, se las atribuyen a ellos. No extrañaría que más frases de Mauricio Kartun terminen resultando, en menor medida, tal vez como sucede con el caso Quino, parte del habla cotidiana.

Volviendo a lo que quería decirles sobre este libro del maestro, titulado “Crear”: casi no se repite. No repite cosas dichas en sus seminarios y reportajes, intenta cuidar al lector de todo lo escuchado por ahí. Y se pone un poco académico. Pero poco. Veamos.

 

A Crear, creadores

El libro se compone de tres partes: una primera aclaración o nota editorial en donde los editores explican cómo llegaron a publicarlo. La colección se llama Íntima y desde el comienzo lo querían sumar en su condición de educador popular. La trayectoria de Mauricio les interesaba por su multiplicidad: es cuentista, dramaturgo, director y montador de sus obras en todos los aspectos, desde cómo organizar la inteligencia para desarrollarlas (vive con nosotros en Argentina, nadie le regala nada) hasta su proceso de seguimiento al pie del escenario durante los ¡años! que sus maravillas permanecen en cartel. Parece que les contó en cuatro encuentros cómo funcionaba su modelo para escribirlas y ellos quedaron encantados con el nivel de detalle y claridad. Lo grabaron, lo pasaron en limpio, el texto fue y vino varias veces hasta que estuvo limpio. ¿Con la tecnología de hoy se puede escribir un librazo sin tener tiempo? A mí no me sale. A Kartun, sí.

Los cuatro momentos que describe en los capítulos siguientes son Semilla, Acopio, Improvisación imaginaria y, el más profuso, Corrección. Con esto cubrimos la segunda parte. Sus recomendaciones o simples exposiciones de sus experiencias sirven tanto a un novelista como a un escritor de obras de teatro. La tercera parte del libro, La creación de los personajes, está especialmente dirigida a los dramaturgos.

El libro va alternando comparaciones con definiciones etimológicas y procesos personales. Todas las comparaciones funcionan cuando se autodefinen amorosas. Por ejemplo:

“El nacimiento de un nuevo proyecto tiene siempre algo erótico, algo del deseo amoroso, una atracción súbita desde lugares impensados. De pronto, alguien a quien no esperaba conocer me ocupa la cabeza. Me entusiasmo con la aparición de una percepción, que siempre es una imagen, algo incompleto, algo para completar. Y para comprender. Justamente eso que falta es lo que atrae y lo que crea el flujo de nuevas imágenes. Imaginar no es otra cosa que transformar imágenes en un flujo constante.”

Y funcionan peor cuando comparan la creación con una obra de albañilería y pintura, o de arquitectura. No puedo decir solamente obra porque la palabra designa también a las puestas teatrales; no puedo llamarlas construcción de una obra por el mismo motivo. Y, sí, a lo mejor soy yo como arquitecto que lo estoy leyendo más flojito en estos instantes comparativos; el lector que no lo sea es probable que ni advierta la diferencia. Mala mía.

Otro problema personal que traigo incorporado. Las definiciones tipo diccionario siempre me hacen recordar a Mariano Grondona, un periodista abogado que trabajaba en la época de los milicos junto al oprobioso Neustad. Tal vez de ahí venga mi rechazo automático a este modo de explicar algo. “La palabra relato no es otra cosa que el desarrollo de aquella raíz relatio, relación, una cosa que se relaciona con otra y con otra y con otra”. O: “La palabra figura tiene un origen muy pertinente y muy perturbador, que es fingere, fingir”. Hay cantidad de estas explicaciones en el libro. Acá Mauricio se pone serio y el académico de fuste le queda un poco incómodo. Pero por suerte la profusión de búsqueda de raíces ni dificulta la lectura, ni la apaga. Al final gana por afano la espontaneidad y el modo directo, casi oral, de sus exposiciones públicas. Y el libro termina redondito. Satisface, enseña y divierte. Perfecto para su uso en talleres literarios y búsquedas analógicas para saber por qué uno escribe y seguirá escribiendo. 

Bien lejos de la IA y de tiktokes.

23.9.26

RAÚL BRASCA / DECÁLOGO DEL BUEN MICROFICCIONISTA


1) No te ajustes a definición alguna, la microficción no ha sido aun domesticada, pero lee mucho y bueno para vislumbrar de qué se trata.

2) Dispones solo de dos materiales: las palabras y el silencio, y debes lograr que ambos sean igualmente significativos.

3) Esfuérzate por escribir con la menor cantidad de palabras y la mayor cantidad de silencio, pero asegúrate de que tu microficción contiene las claves imprescindibles para ser comprendida. Si has logrado eso, detente: considera al lector tan inteligente como tú.

4) Cuida la calidad de tus palabras, la arquitectura y la música de tu microficción. Mucho más que la novela y el cuento, y casi tanto como el poema, la microficción alcanza su potencia por medio de la forma.

5) Cuida la calidad de tu silencio, si es elemental y falto de sustancia, tu microficción será una pieza menor que decepcionará a los buenos lectores.

6) Si has cumplido con los puntos anteriores, despreocúpate del final pero preocúpate por la última línea. El final es el sentido y lo produce el lector, pero tu última línea debe habilitarlo para que lo haga.

7) Si tu microficción contiene una historia, cuídate del resumen. Ninguna buena microficción es el esquema de una historia, ni siquiera lo esencial de ella. Un detalle objetivamente trivial pero cargado de significado por el autor, dice más y mejor que la prolija enumeración de los hechos.

8) Si tu microficción es humorística, cuídate de la simpleza del chiste. El silencio del chiste es elemental: se agota en permitir el equívoco y tiene como única finalidad esconder un sentido de efecto risible. El silencio de la microficción humorística no tiene por qué ser menos sustancioso y complejo que el de las que no lo son.

9) Confía en tu impulso creador. Todas las microficciones hijas de un mismo impulso creador, por heterogéneas que parezcan, pertenecerán a una misma familia. No dejes que te las impugnen, porque en la variedad está su riqueza.

10) Desconfía de los sabihondos que escriben decálogos. En general, los decálogos sirven solamente para publicitar la poética de quienes los escribieron.

22.9.26

MONA LISA ENCUENTRA A BUDA / SPENCER HOLST

“Ahí arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon, las cortinas ondularon y Mona Lisa entró por un extremo de una pequeña sala en la que colgaban muchas cortinas.

Allá arriba, en el cielo, las cortinas ondularon, ondularon, ondularon, y el Buda entró en la sala por el otro extremo.

Se sonrieron.”

 

21.9.26

LA CEBRA CUENTISTA / SPENCER HOLST

 

“Hubo una vez un gato de Siam que pretendía ser un león y que chapurreaba el cebraico.

Este idioma es relinchado por la raza de caballos africanos a rayas.

He aquí lo que sucede: una cebra inocente está caminando por la jungla y por el otro lado se aproxima el gatito; ambos se encuentran.

“¡Hola! -dice el gato siamés en cebraico pronunciado a la perfección-. Realmente es un lindo día, ¿no? ¡El sol brilla, los pájaros cantan, el mundo es hoy un hermoso lugar para vivir!”

La cebra se asombra tanto de escuchar a un gato siamés que habla como una cebra, que queda en condiciones de ser maniatado.

De modo que el gatito rápidamente la ata, la asesina y arrastra los despojos mejores a su guarida.

El gato cazó cabras con éxito durante muchos meses de esta manera, saboreando filet mignon de cebra cada noche, y con los mejores cueros se hizo corbatas de moño y cinturones anchos, a la moda de los decadentes príncipes de la Antigua Corte de Siam.

Empezó a vanagloriarse ante sus amigos de ser un león y como prueba les ofrecía el hecho de que cazaba cebras.

Los delicados hocicos de las cebras les advirtieron que en realidad no había león alguno en las cercanías. Las muertes de cebras provocaron que muchas de estas soslayaran la región, Supersticiosas, resolvieron que la selva estaba hechizada por el espíritu de un león.

Un día, la cebra cuentista deambulaba por ahí, y en su mente se cruzaban argumentos de historias para divertir a las otras cebras, cuando repentinamente sus ojos se iluminaron y exclamó: “¡Eso es! ¡Contaré la historia de un gato siamés que aprende a hablar en nuestro idioma! ¡Qué historia! ¡Esto las hará reír!”

En ese preciso momento apareció ante ella el gato siamés y le dijo: “¡Hola! ¡Qué lindo día es hoy! ¿No es cierto?”

La cebra cuentista no quedó en condiciones de ser atrapada al escuchar un gato que hablaba su idioma, porque había estado pensando justamente en eso.

Miró fijamente al gato y, sin saber por qué, hubo algo en su aspecto que no le gustó, de modo que le dio una coz y lo mató.

Tal es la función del cuentista.”


18.9.26

CUMPLE EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / DECIMOCTAVA FIESTA LITERARIA

 















Aprovechamos que la pebeta de la foto, Fabi Fabiana, cumplía redondo, y decidimos agasajarla con una torta de queso que trajo Lili. En el picnic hubo torrejas, buñuelos, picada de fiambres, bizcochitos de grasa y bohios calientes con Luiyis Boscas. Un placer.

Después leímos “El idioma de los gatos”, de Spencer Holst, y algunas críticas me tocaron el cuore. El cuento es bastante imperfecto, pero también es divertido si le sacamos una parte que está de más. “Vos le hubieras tachado”, me increpó la que trajo la torta, y tiene razón. Páginas enteras, le hubiera tachado. No obstante, el tono del cuento me gusta mucho, así como el tono de muchos de los cuentos del neyorquino. Rodrigo Fresán, que firma el prólogo del libro en la publicación editada por Daniel Divinsky para De la flor, dice que tanto “en Nueva York como en Buenos Aires o en Praga, los escritores y las personas que quieren ser escritores cuando sean grandes se preguntan unos a otros si han leído un libro llamado “El idioma de los gatos”. Continúa con su exageración fanática:

“No creo -no puedo recordar ahora- que haya libros más claros y didácticos a la hora de señalar los resortes que mueven una historia, explicar los diferentes bloques que construyen una trama, ofrecer las instrucciones precisas para ordenar el ritmo cardíaco y cerebral del cuento.

Está todo aquí -trucos, astucias, consejos- en frases como “Tal es la función del cuentista” o “La pornografía no tiene ningún lugar de ninguna clase en la literatura”; o “Pero, como autor, tengo ciertos poderes” o en los perfectos y emocionantes finales de “El asesino de Papá Noel” y de “El copista de música”; o, sobre todo, en la oración que cierra la magistral “Historia de confesiones verdaderas” donde puede leerse aquello de “¡Ah! ¡Qué gran cosa es ser artista!”.


Rorri agrega, finalmente, que sabe por qué sonríen la Mona Lisa y Buda cuando se encuentran en el cielo: ambos acaban de leer el libro “El idioma de los gatos” de Spencer Holst, y no pueden disimular sus alegrías.

En la semana voy a subir los dos relatos que nos marcaron Mariano y Fresán: “La cebra cuentista” y “Mona Lisa encuentra a Buda”. Y tal vez en algún momento leamos en vivo y en directo “El asesino de Papá Noel”, el del copista y la historia de las confesiones de Spencer para entender las alegrías de ellos dos como lectores.

Mariano arrancó el que tal vez sea el primer cuento de su próximo libro; tiene unos diecinueve en proyecto, muchos ya corregidos. La verdad es que no me gustaría vivir en Piedra Negra, pero quiero conocer qué pasará. Vamos a ver cuando nos traiga el último.

Terminamos repitiendo (cof cof) microcuentos de Brasca, a quien esperamos en la próxima jornada con los libros abiertos. Para que explique y firme, digo.