¿Qué les puedo contar? Moría por comerme un buen guiso de mondongo. El compañero Julio, que me seguía en el gusto, está ausente, y a ninguna de las personas que conozco le interesa. Mi hermana Fer pasa todas las veces, a Moira le cae pésimo. Belén ya no come panza; el otro día vino a almorzar mi alumno Diego Barreda y me dijo que es lo único que no puede ni ver, porque era el plato que le daban los milicos en el Pozo de Banfield durante su secuestro. Sin salsa, sin aderezos, sin nada de nada, pero le agarró fobia igual y se entiende. Por eso impuse el experimento buseca obligada en el Galpón Estudio, y coseché elogios. Solo quedaron tres garbanzos. Va foto de una cazuela calentita, para anoche que hizo tanto frío. Yo la suelo comer más picante, pero bueh, puedo hacer concesiones. En el cierre también hubo ronda de chocolates varios, cubanitos y trufas. Un placer.
Leí un pequeñísimo relato que se pasa un poco del microrrelato pero hasta ahí nomás, del libro debut de Andrés Buchbinder que obtuvo la mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes en 2021. El libro lleva por título “Más lejos que nunca”. El cuento, “Carito”. Lo voy a publicar este lunes que viene en la Milanga, para que lo lean los que faltaron. Cuando el frío engripa aparecen los fantasmas…Por primera vez en el nuevo sistema de corrección pudimos
leer dos cuentos completos. El de Jonatan creó discusiones intensas en torno a
la trama, y a lo que se entendía o no. “En el castillo” llega a un gran final,
pero como Jonatan supuso que ciertas cosas no estaban claras, al cuento le
sobran explicaciones. Las explicaciones son lo peor de la ficción. El otro
error que trajo es el de la simplificación extrema de la primera persona,
ajustándola solamente a las acciones del protagonista. Cuando un cuento en
primera se llena de yo y de me, pasa a volverse cansador. La
primera persona es una trampa: parece fácil, porque todos contamos así nuestras
cuitas, pero en la página es dificilísima. Recordamos a Heker cuando nos retaba
lindo en el capítulo “Yo, ¿narrador o personaje?” de La trastienda de la
escritura:
“El paso del yo-mismo al yo-ficcional es un salto
cualitativo; aun cuando el movimiento primordial hacia la escritura pueda venir
del deseo de expresarse a sí mismo, la escritura de ficción no es una
consecuencia natural de ese deseo. Implica una discontinuidad: la elección,
asumida o no, de decir a través de. El yo-ficcional nunca es yo-mismo, aunque
en algunos casos, porque el texto lo pide, se le parezca. Construirlo supone al
menos tantas instancias de dificultad como narrar en tercera persona.
Es que, se lo haya pensado o no, narrar en primera
persona implica la resolución de unas cuantas cuestiones. A saber: ¿Cómo es la
voz del que narra? ¿Se trata de un chico, de un ama de casa, de un policía, de
un avatar del autor? ¿Es loco, perverso, inocente, intelectual, ignorante?
¿Cuál es su visión de los hechos? ¿De qué modo lo afectó -o todavía lo está
afectando- eso que cuenta? ¿Qué sabe, qué ignora, qué niega de lo que sabe?
¿Qué entendió mal o entendió demasiado bien? ¿Qué tergiversa y por qué? ¿Qué
motivo tiene para contar lo que cuenta? ¿Tiene realmente un motivo, o la
historia se le cuela a pesar de sí? ¿Cómo lo cuenta: lo escribe, lo confiesa, lo
piensa? Y por último, cómo me las voy a arreglar yo, autor, para que, detrás de
tantos ocultamientos y distorsiones del narrador, el lector termine entendiendo
lo que en verdad pasó.”
Para ilustrar la elegancia necesaria de un texto en primera persona (porque además de entenderse tiene que ser hermoso) elegí el comienzo de dos cuentos de Gabriel Payares, autor caraqueño. “El extranjero (casi una road movie)” y “Lugares comunes”.
“Me gusta mirar a través de la cámara, incluso si no hay
nada que fotografiar. Las cosas no siempre son tan interesantes como una
quisiera. Ese es mi escondite, el sitio a donde a todos los miro y nadie me ve;
un lugar común, lo admito, esto de la fotografía voyeur. Solía pensar que vine
a este mundo a servir de testigo y no a un papel principal, no sé si ahora
opine lo mismo.”
Ambos textos figuran en el libro de la foto, de la editorial
Corregidor.
Con los postres editamos un cuento de Fabiana titulado
“Felicidad total”, acerca de una chica que acepta lo que venga en una relación,
sin advertir si es bueno o es malo. Vista desde afuera no parece tan feliz, aunque
ella diga que su sentimiento es total. Hasta que la macana que se manda el tipo
es demasiado grande. Es un cuento que aprovecha la primera persona para lograr
la incomodidad del que lee, y nos toma de testigos y rehenes de la
circunstancia. Acá está bien clara la maniobra que pide Heker, y el detallito
del final, una pelusa en el pulóver del hombre, resuelve lo que pasará en el
futuro.
Muy bien Fabi. Creo que al final de esta jornada a la protagonista se le abrieron los ojos y la autora limpió cada impureza en su trabajo, para dejar el cuento publicable. Ese sería el objetivo del nuevo modo que adoptamos de ir cuestionando palabra por palabra; se tarda más pero, toda vez que el cuento se deje, se llega a mejor puerto. Tal vez sería bueno convocar a una editora profesional, ¿no? Idea para el futuro. Y que nos cuente de su trabajo y nos guíe un poco en la aventura que acabamos de adquirir.
El reloj cazuela, con sus agujas salvias, marca la hora exacta en que nos fuimos del Galpón. Tic tac.


























