14.4.26
FABIANA GRINBERG / MATERIA OBSTINADA
13.4.26
EN LA PELUQUERÍA / HEBE UHART
"La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:
–Mire, yo no tengo
tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.
Eran seis.
Con la cabeza llena
de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor.
Me atiende en un cubículo oculto porque la cabeza se muestra en público,
los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre
los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca
la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”. Yo no sé si encierra
algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se
percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo;
no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina,
prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los
animales que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la
yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y
frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque.
Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de
las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando
cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando mientras
me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me
hagan nada, porque me parece que el mundo está en acción, como cuando hiervo
verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando
juega Argentina, hago todo junto.
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit
lenam” (tejió, era trabajadora).
Me llama entonces
la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos
distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son
transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan
cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy
despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la
tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto
corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir
con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo,
poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí.
Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay posters con
mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las
extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo
corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda
las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma.
Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la
esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me
sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.
La que se empleaba
a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo
blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la
planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo
de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un
tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó
las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y
con el pelo lavado me voy a buscar al peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo?
Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le
pido:
–Corte todo para
arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.
No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acosrumbrada a cualquier cosa y corta.
Yo salgo contenta."
10.4.26
PRIMERA CLASE DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / TERCERA TEMPORADA
Emotivo comienzo del tercer módulo de la Clínica de cuentos
del Galpón Estudio. Me dio muchísima alegría volver a abrazarlos este miércoles,
y compartir la charla inicial con empanadas, vinos y bombones de avellana. El planeta
se ha vuelto loco; la última vez que nos reunimos solo podíamos putear al
presidente libertario, ese idiota que nos compramos que apalea jubilados en la
calle. Ahora hay guerras que anticipan colapsos económicos brutales. Ahora hay
miles de muertos y una amenaza mundial de bombardeo atómico; todo se convirtió
en una taradez que parece ser la última. Ojalá no, pero puede que sí. Resistir
leyendo parece una salida moderada y amable. Creo que necesitábamos este
mimo. No es ninguna solución, pero tal vez sea nuestro modo de hacer las cosas.
Humildito y simpático.
Leí un cuento de Souvankham Thammavongsa, la laosiana que vive en Canadá, de su libro “Cómo pronunciar cuchillo”. Esta chica de menos de cincuenta años tiene unos cuentos increíbles; destaco como geniales ese que le da título al libro, uno con tarjetitas titulado “El universo sería tan cruel”, “Algo lejano y remoto”, “Recolección de lombrices” y mi preferido (el que leímos): “Randy Travis”. Son relatos piadosos, de inmigrantes forzados en territorios nuevos, obligados a trabajar en los peores servicios, intentando la dignidad en los pocos resquicios que la realidad les deja. Una maravilla, esta escritora de nombre impronunciable; un hallazgo.
Después pasamos a las lecturas nuestras, mientras seguíamos armando recreítos de “cómo encararemos este año, a ver qué les parece invitar a este o a ella, que elijamos ejercicio, que intercambiamos figuritas”. El top sería traerla a Samanta Sweblin, ahora que es millonaria (felicitaciones merengadas desde nuestro espacio). El problema es que vive en Berlín. Lo que se dice: la programación democrática del curso. Así ligué de la mano de Alberto los tomos 9 y 10 de Berta E Vidal de Battini, que ni sabía que existían, y colaboré con el 7 y 8 bajados en PDF del Centro Cervantino.
Fabián se despachó con un cuento
que él jura que es sobre los silencios (se titula justamente “Silencios”), pero
más bien parece sobre la eutanasia. Le faltan pequeños ajustes conectivos entre
fragmentos muy logrados. Fabián, estás escribiendo cada vez mejor. Aprovecho
este momento para decírtelo, querido.
Coca, la nueva, leyó también el suyo, en la que se comunica
con una piedra. Es descriptivo y un poco enumerativo; me parece que le falta hacer
que su piedra sea protagonista, y no solamente ser nombrada como protagonista.
Con Alberto le actuamos un brainstorming en vivo y en directo de posibles
cambios a desarrollar. Coca anotó. Sin saber que ella era una de las huérfanas
de Hebe Uhart, seleccioné un texto de Hebe en el que convierte una peluquería
en un territorio existencialista. Alguna vez publiqué una parte en este blog;
el lunes voy a postear el texto completo, que no tiene desperdicio.
Cuando volvía a casa me acordé que yo también escribí, a mis
cuarenta, un cuento con una piedra. Es humorístico y tiene dos rarezas: utilicé
un discurso de Onganía disfrazado de arenga a la piedra, que llega al lector de
modo disimulado, aunque contiene todas las palabras del texto escrito por el militar.
La percepción del discurso fascista es subliminal. Segunda rareza: hay unos
chinos petisos que aprendieron a hablar castellano escuchando tangos, por eso
utilizan el lenguaje canyengue de las milongas.
Este cuento no figura en ningún libro. Fue un ejercicio que hice para una antología sobre Tamagotchis y Sea Monkies que jamás salió porque a los otros convocados no se les ocurrió nada (pagaban muy poco, también hay que decirlo). Me quedó ese laburo en gateras, que no pega con lo que hago. Lo subí en Mandarina en 2008. Va, por si lo quieren mirar: "Banderitas y globos". Sin corregir y sin soplar. Me gustaría saber qué piensan, a lo mejor un día lo puedo retocar. Para la antología hubiera venido bien un Kentucky, ya que hablamos de Samanta.
La Clínica está armada para siete meses, de acá a diciembre, con agosto de descanso en el medio. Esperemos que el mundo nos deje llegar (estoy mirando demasiadas noticias, lo sé). Y que la luz del Galpón nos ilumine.
9.4.26
PENUMBRA EN LA BOCA / DIA EN PROA
Hay una obra de
James Turrell en Buenos Aires, más específicamente en la Fundación PROA, avenida
Pedro de Mendoza 1929, hasta el 2 de agosto. Y eso es una oportunidad a tiro de
colectivo, porque las obras de James Turrell no se exhiben en presentaciones
temporales. Para exhibir una atmósfera Turrell debemos construir
habitaciones especiales que sean parte del truco de prestidigitación, o trompe-l'œil
o trampantojo que el efecto a dar necesite. Las obras de James Turrell son tan
especiales y tan complejas (a pesar de que lo que se vea parezca simple o
sencillo) que solamente son armadas en sitios permanentes, en los Museos
Turrell del mundo. Y en nuestro país hay uno muy especial en Salta, bastante
completo, que exhibe desde los dibujos y pinturas originales de sus instalaciones
hasta cabinas de luz de distintas dimensiones y sorpresas.
La Día Art
Foundation de NY tuvo a su cargo una delicada negociación con el estudio del
artista, según nos cuenta el curador de la muestra “Penumbra”, doctor Humberto
Moro, y del estudio mandaron a un contratista alemán para armar el espacio de contención
de Catso Blue (1967) según planos de arquitectura provistos por el
autor. El efecto visual logrado es el de una caja de luz proyectada desde el
techo de una cabina de oscuridad azul, sobre uno de los diedros que forman las
paredes. Este paralelepípedo celeste está dispuesto como un contra diedro. Algo
muy simple, casi imposible de fotografiar (aunque el departamento de prensa de
PROA lo haya casi logrado en la imagen que ilustra esta nota), y de extrema
sencillez. Sin embargo, sin embargo… Si nos quedamos un par de minutos mirando
el artefacto y después nos movemos de izquierda a derecha, acercándonos a las
paredes, la caja se despega totalmente de la construcción. Casi como que le
podríamos meter la mano, o agarrarla. Y físicamente no ha ocurrido otra cosa
que el engaño a tus ojos, un juego de la percepción. Cuando finalmente tocamos
el muro o descubrimos la proyección, volvemos a entender que lo que vimos y
supusimos al entrar en la habitación era lo único verdadero que había. Pero, en
el medio del proceso, nuestro cerebro nos hizo cambiar de idea. Le bastaron dos
o tres minutos de concentración. Tienen que verlo.
La de Turrell
no es la única obra exhibida, también hay un fragmento de una serie monumental
de Andy Warhol que nunca había estado en Argentina, una obra del canadiense
Robert Irwin que tal vez sea la que mejor dialoga con la que acabo de
describir, una cantidad interesante de maquetas de Richard Serra y algunas
otras pinturas, esculturas o grabaciones de Agnes Martin, Félix
González-Torres, John Chamberlain, Tehching Hsieh y Walter de María que no me
llamaron tanto la atención.
La muestra se
llama “Penumbra” porque examina los límites de la realidades en un espacio de
incertidumbre perceptiva, de vacilación entre la luz y la sombra. Como bien
dice la asistente curatorial y presentadora Ella Den Elzen: “en la penumbra la
forma se distiende, los contornos se desdibujan y el sentido se resiste a
cerrarse”.
COLOMÉ
En la bodega
Colomé hay un museo permanente de Turrell, uno de los pocos que hay en todo el
mundo (en Japón y en USA hay otros). Es realmente muy bueno para visitar,
aunque un poco caro. Cuesta llegar desde Salta capital, y solamente se puede
hacer en auto. La bodega es maravillosa. Lo mejor es quedarse: almorzar ahí,
meterse en la pileta al aire libre rodeada de paisaje calchaquí, degustar vinos
de altura, visitar el museo, cenar y pernoctar. La última de las acciones es
fundamental para poder participar de una obra de Turrell dispuesta sobre el
techo del patio central de las instalaciones, mirando hacia arriba, a la gran
claraboya abierta. La obra se titula Unseen Blue y corresponde a la
serie de los Skyspaces. La mitad de la magia la aporta el atardecer
natural en el cielo despejado de La Linda que se ve por el vano cuadrado. La
otra mitad proviene de un bombardeo lumínico y sonoro muy sutil producido desde
adentro, desde múltiples rincones durante los cuarenta minutos que dura la
observación. Te acostás sobre una colchoneta en el piso y te entregás al placer…
Es algo hipnótico, toda una experiencia de alucinación lisérgica sin recurrir a
ninguna droga.
Antes habíamos
visto varios gabinetes lumínicos especiales: uno rojo, otro verde, otro amarillo.
La luz en Turrell no es un recurso, sino la materia misma de sus obras. El
artista construyó sus gabinetes en base a las visiones que tenía cuando
comandaba aviones durante la guerra, introduciéndose en las nubes o en columnas
de humo provenientes de incendios o bombardeos. Tengo entendido que esa es la
experiencia. La de atravesar humaredas. Todas sus obras están construidas en
espacios que a veces duplican lo que se ve. El truco oculto se lleva la
diferencia entre los metros cuadrados visitables y los invisibles. Por ejemplo,
en Spread, tenemos una antesala donde vemos un cuarto de grandes dimensiones,
vacío, enfrentado a un espejo. Para entrar al cuarto hay que subir una
escalera. Te piden que lo hagas ni bien la vista comience a adaptarse a la
extraña luz que parece emanar de la pared más alejada del cuarto. Esperamos ese
ratito y subimos. Entonces te invitan a tocar las paredes. Las de los costados
son normales, sólidas, en la última se te entierra la mano como a Alicia a
punto de ingresar al País de las Maravillas. Tu mano desaparece, tu pie
desaparece cuando penetrás ese muro de luz. La niebla es tan densa que el
efecto parece real. Da miedo lo que pueda haber detrás. Turrell denomina Ganzfeld
a estas obras, una palabra alemana que significa algo así como pérdida de
percepción de la profundidad cuando el ojo humano deja de enfocar. El efecto es
rarísimo. Imposible sacarle fotos ni filmarlo ni nada de eso: más que nunca es
arte para ver in situ.
A la salida hay
una serie de planos que exhiben en parte la mecánica de estos sitios
experimentales, y el diseño de un estudio muy extraño que Turrell estuvo pergeñando
adentro de un volcán en el desierto de Arizona. Título del proyecto: Roden
Crater. Parece que Don James dedicó varios años de su vida a trabajar ahí,
pero le retiraron el presupuesto y cuando quiso juntar lo que le faltaba
realizando una película del caso, tampoco llegó a cubrir lo necesario, por lo
que el evento está suspendido. La idea era buenísima: bajar al espectador al
interior del volcán y hacerlo mirar hacia arriba en un skyspace natural
donde la ventana es la propia boca del volcán.
Tomé la otra foto
que ilustra esta nota. Son las maquetas de Serra, que están hechas en plomo y
apoyadas sobre mesas de madera, como si fuera el taller del artista. Corpóreas,
sólidas, desarrollan ideas que él después fabricará en acero a gran tamaño y
pueden verse de vez en cuando en el Pompidou o en la sala grande del Guggenheim
de Bilbao. Para lograr ese juego de escalas que encontré interesante me tuve
que agachar un poco y esperar a que los otros prenseros se acumularan en un
costado. Digo esto porque entendí que la muestra sirve para jugar; hay mucho de
op art en las posibilidades que brindan varias de las obras expuestas.
En Untitled (1965-67) de Robert Irwin vemos un círculo, por ejemplo, que
es blanco y está expuesto sobre un fondo de telón fotográfico también blanco. Y
está iluminado de tal forma que lo percibimos como un gran wok vacío, en toda
su concavidad. Pero, cuando vamos por el costado, descubrimos que es un
planchón levemente convexo. Otra vez nuestros ojos nos engañaron: ¡los
preciosos años sesenta siguen sorprendiéndonos! Las obras de arte expuestas nos
llaman a movernos por los pisos de PROA para satisfacer nuestra curiosidad.
Debe ser muy
lindo ir con niños.
LOS DATOS
El curador mexicano explica que la palabra penumbra
se dice igual o casi igual en un montón de idiomas, y por eso la eligieron como
título. Además representa la parte de un espacio que no se ve, como el servant
del prestidigitador. Humberto Moro propone afinar el ojo ante la
indeterminación y el asombro.
La muestra que abre el 2026 en la Fundación PROA es una muy
digna llave para entrarle a estos nueve capos de renombre mundial. Vayan a
verla y me cuentan. De paso, a la salida pueden darse un paseo por el Riachuelo,
viajar en Transbordador, ir a ver una obra al Teatro de la Ribera o tomarse un vino
por Caminito. La Boca es multitasking.
8.4.26
7.4.26
3.4.26
UN FIDEO LARGO
Primera anécdota, contada por Vicente Battista. Bernardo
Jobson no tenía ni guita ni laburo, y Vicente lo invita a hacer, junto con otro
amigo, unas encuestas en una provincia del norte argentino. El trabajo estaba
bien pago, y les daban casa y comida durante esa semana. Bernardo dormía en
cualquier pensión, de las que siempre lo echaban por no pagar. Aceptar el
trabajo era casi como irse de vacaciones. La empresa que los contrataba decidió
tomarles una prueba sencilla antes de salir, para no cometer errores durante el
viaje. Así que le pidió a cada uno que fueran con tres parientes o vecinos y
les hicieran la batería de preguntas, para estar seguros de que no habría
dudas. Les dieron una semana. Vicente y su amigo entregaron los formularios a
los dos días. Bernardo se tomó todo el tiempo disponible, y reaccionó en la
última mañana porque Battista lo cagó a pedos. La empresa finalmente les avisó
que solo irían dos, sin Jobson, que había completado él mismo las tres
encuestas de prueba. Ni siquiera se había tomado el trabajo de cambiar de
lapicera o de contestar respuestas variadas: hizo lo más fácil, en un minuto.
Vicente dice que además se quejó de que no lo mandaran.
Segunda anécdota, contada por Liliana Heker. Un día lo
vieron llegar a una reunión en “El escarabajo de oro” con un sobretodo de piel
de camello que valía una fortuna. El caso es que había cambiado de novia por
una señora más acaudalada que la anterior. Los mejores momentos de la vida de
Bernardo Jobson, según Lili, fueron cuando estuvo en las casas de estas mujeres
ricas, canjeando su baby face, su simpatía y seducción, por comida y vivienda
gratuitas. Esta vez, además, había ligado alta prenda, que lo convertía en un
figurín. Bueno, le duró poco. Un mes, según ella. Se había peleado a las
puteadas con la doña, que lo había echado de su departamento. Mientras aún le
contestaba, a los gritos, desde el pasillo del edificio, Bernardo metió ese
sobretodo en el conducto del incinerador, provocando un taponamiento que llevó
a que los bomberos tuvieran que intervenir desalojando a los vecinos durante
los primeros humos.
Isidoro Blaisten lo recuerda en un texto de esta manera: “su
forma natural de hablar con los amigos era al “vesre”, era como su lengua
materna, y yo creo que todo Bernardo fue un tipo al revés. Si vos lo veías,
medía casi dos metros, un hombrón: era al revés porque no se correspondía con
su alma, tenía un alma de niño. Un día viene a la librería de San Juan y Boedo
-venía casi todas las tardes a tomar café- contentísimo. “¿Sabés? La vieja me
va a regalar una máquina de escribir”. A todo esto él ya tendría más o menos
cincuenta años. Como un chico. Yo creo que él no aguantó la presión del mundo, como
si le hubiera fallado el planeta. En realidad, lo que nos pasa a todos. Uno
aguanta la estupidez humana, todo lo que le rodea, los fastidios de esta vida
idiota, con una esperanza que diariamente tenés que renovar. Y bueno, a veces a
Bernardo le fallaba la esperanza. Era una especie de alcázar con los puentes
rotos.”
¿ES POSIBLE CONTAR A JOBSON?
Liliana se hace esa pregunta. Y agrega: “¿Se puede
transmitir quién fue en esencia ese grandote, inútil para todo salvo para una
genialidad a veces descarriada y para la amistad?”. Al parecer, Bernardo Jobson
era un tipo que no servía prácticamente para nada, y andaba siempre con cara de
“yo no fui”. Sin embargo escribió uno de los mejores libros de cuentos
argentinos, publicado inicialmente en 1972 por el Centro Editor de América
Latina en la colección “Narradores de hoy” y republicado el mes pasado por la
editorial Hugo Benjamín, que incluye material adicional. Comentarios de sus
amigos, pequeños textos recolectados de varios números de “El Ornitorrinco”,
“La gallina degollada” y “El Molino de Pimienta”, revistas literarias de la
época.
Hay algunas diferencias entre aquella edición y la nueva. La
más llamativa es que cambiaron el orden de los dos primeros cuentos, y ahora
empieza por una obra maestra. “Los caballos no saben que es domingo” va en
lugar de “Despelote a la hora del balance”, un cuento de oficina más normalito.
Los dos cuentos con caballos de carrera, ese que nombré y “Se viene el cinco”
son absolutamente geniales. Destaca también el único cuento conocido de Jobson,
por haber hecho descomponerse de risa a medio mundo. “Te recuerdo como eras en el último otoño”, una
gloria del humor argentino que hace recordar al mejor Fontanarrosa. Señala
Heker que el día que contó la historia en pleno Tortoni de lo que le había
pasado cuando le salió un grano en el culo, los mozos se tenían que detener
porque se les caían los cafés, de lo tentados que estaban. “El fideo más largo
del mundo”, el último de los relatos, es otra maravilla. Y “Frío”. Y “Una vez
que caen”. Bernardo Jobson escribió diez cuentazos, en una colección pequeña
pero inolvidable. Hugo Benjamín acaba de hacer un gran rescate, parecido al que
hicieron Piglia y el Fondo de Cultura Económica con “Oldsmobile 1962” de Ana
Basualdo u “Hombre en la orilla” de Miguel Briante, en la “serie del
recienvenido”.
“La última pensión que le recuerdo se llamaba Robertito y
Marcelito; “¿No conseguiste en el Plaza Hotel?”, le dijimos cuando nos contó”.
En el recuerdo Liliana incluye a Abelardo Castillo y a Sylvia Iparraguirre.
“Después, al fin, pudo alquilar un departamento modesto del que (supimos por el
amigo que le salió de garante) nunca pagó el alquiler. Fue en ese departamento
que, por una denuncia de los vecinos, lo encontró la policía. Había muerto veinte
días atrás por un ataque al corazón. Dos meses antes nos había leído parte de
una obra de teatro que estaba terminando: “El carnet de Dios”, se llamaba. Por
lo que nos leyó y por lo que nos había ido contando, debía ser una obra
extraordinaria. Se la habrá llevado la policía con otros inéditos suyos,
perdidos para siempre.”
La pregunta que yo me hago: ¿es posible ser un gran escritor
de un solo libro? La respuesta correcta es Bernando Jobson.
EL ESCRITOR QUE ME HIZO REÍR
Hugo Benjamín es un sello argentino muy joven que en el
último año publicó más de diez títulos locales, de ayer y de hoy. “La
felicidad” y “Voces en la noche”, de Isidoro Blaisten; “Amatista”, de Alicia
Steimberg; “Capilla Ardiente”, de Álvaro Abós; “Una mujer de paso”, de Laura
Labella; “El simulacro de los espejos”, de Vicente Battista; “Cartas a una
vieja poeta”, de Miguel Gaya, entre muchas otras joyas.
En la famosa Encuesta a la literatura contemporánea que hizo
el Centro Editor de América Latina en 1982 (y completó La Agenda Revista en un
material impecable que puede verse en este mismo sitio), el periodista le
preguntó a Bernardo Jobson si vivía de la literatura.
“¿Quién sugirió la pregunta?, ¿Bradbury?”, contestó el
escritor. “En nuestro país de la literatura viven las editoriales, las
imprentas, los talleres de fotocomposición, las distribuidoras, las librerías,
los kiosqueros, la ley 11723, el corrector de pruebas, lo cual involucra a
tanta gente que hasta parece ser justo que el autor, no.
Hice de todo, hago de todo: empleado bancario, de seguros,
tío loco, redactor publicitario, periodista, marido incomprendido, faquir,
traductor, pensionista en desgracia, pero nunca fui colectivero. Supongo que
todo eso es (cómo me gustaría decir fue) aleatorio, ese tractor que nos engancha
a la culata y nos lleva hacia la realidad, la cotidiana, del país más caro, más
imprevisible, más conflictivo, más hermoso del mundo. Esa misma realidad que le
hizo decir a Chesterton (quien se atreva imagínelo argentino) la siguiente
sutileza: El humor debe llevarse a cabo antes de que la realidad llegue a
ser tan ridícula que ya no sea posible satirizarla.”



















