Preparándonos para la visita de Bernatek del miércoles que viene saboreamos y discutimos Turdera, Invasores, La señora Filstein, La carne, Larga noche con enanos, Animales sueltos en Roma, La banquina, El terraplén, Una mirada profana, Cielo de fin de año, El fin de la noche, Aves de paraíso, Fondo oscuro de río y Manuscrito de Eliseo Fulgin. Es un autor de doble corriente: Arlt y Borges al mismo tiempo. Más porteño no se puede, jajá. Por suerte en sus novelas se inclina siempre por el decano de las Aguafuertes, entendemos que Boedo le va mejor que Florida cuando yo recomiendo ´Ta loco aquel que quiera tu corazón, o Alberto agrega La noche litoral de la Trilogía de Santa Fe. Dos joyas, vamos a releer y/o leer por primera vez la que salió publicada por el FCE y lo sentirás positivamente en tus regalías, oh Gran Carlitos.
Santa Fe 10
Coronda 63
Rosario 162
Seguimos con Alberto, que no solo aportó una tarta integral
de bróccoli y queso exquisita, sino que además vino con un cuentazo y medio se
ofendió cuando le dijimos que era teatral. Enseguida claudicó. Díganme si en
estos diálogos no se parece a Puig (Manuel, no Arturo):
— Decime,
Tita, ¿vos fuiste a mi velorio?
— No
pude ir, estaba resfriada. Deme esas fotos, que las está rompiendo
— Dejame
esta, la de la Nélida. Y está otra, de mi papá.
— ¿Ese
era su papá? Qué buen mozo.
—
¿Mi papá ya se murió, Nélida?
— No
soy Nélida, soy Tita. Tome ese té, que se le enfría.
— ¿A
qué hora lo entierran? No quiero ir al velorio, quiero quedarme acá, comiendo
bombones.
— (…)
no le pegue a los perros cuando pasan, vamos. Deje quieto ese bastón.
— Vos
me zarandeás la silla de ruedas a propósito. Querés que me caiga, así me internan
y después, a mi edad, ya voy derechito a la tumba.
— No
se haga la loca, que ya estamos llegando a la plaza.
—No
me gusta esta plaza, está llena de fantasmas. Son todos negros y ordinarios,
como vos.
—
Déjeme acomodarle la bufanda y descanse un rato. Tiene que tomar sol.
— Hace
mucho frío. Quiero volver a mi cajón. Mañana viene mi novio de visita. Tengo
que prepararme.
— ¿Qué
novio? ¿Desde cuándo tiene novio?
— El
que cuida el cementerio. Noventa y siete tiene. Pero todavía come solo.
—
Qué gente fea que hay en este lugar, Tita. Mirá esa gorda mal vestida.
— No
hable así. Si no le gusta lo que ve, cierre los ojos.
—
¿Por qué hay gente tan fea en este mundo, me querés decir? Con lo poco que
cuesta ponerse linda, es tener un poco de voluntad nomás. La gente fea es así
porque es dejada. Si una se deja estar, termina hecha un espantapájaros.
— No
señale con el dedo, queda feo.
— Si
la señalo a la gorda, nada más. Para que veas qué horrible es la ropa que tiene
puesta. Y está maquillada como un payaso. Igual que mi hermana.
El
cuento se llama La prepotencia de las cosas vivas, y casi no tiene
errores. Técnicamente entraría en la categoría Cuento Salchichón, de
esos que pueden tener un largo infinito, y nos vemos obligados a cortarlos en
cualquier rodaja. Sucede en el Diálogo de Choli con Mita, 1941, de La
traición de Rita Hayworth (Manuel Puig, no Arturo). La categoría habrá que agregarla a la lista de
patrones que me publicó Pablo Por el camino de Puán. Puede leerse aquí.
Amo el descontrol, pero es cierto lo que opina Lili sobre que se desperdicie comida. El de anoche fue un picnic manejable: pudimos con los triángulos de Coca y los triangulitos de Fabiana, mis tortillas de papa, la tarta ya nominada al Oscar, las pepas de Jonatan, los ferreros de Fabián, los vinos de Pablo y los medallones mundialistas de Lili.
Atracón, lobizón.




















