“Dicen que el amor nos ciega. No nos impide ver cómo es el otro, sino cómo llegará a ser. El que ama ciegamente ve que el otro, al que le es indiferente, no se interesa por él, ve en el irresponsable a una persona que no es de fiar, ve en quien lo rechaza a alguien que no le presta atención. Pero cree que el interés, la formalidad, la atención y el cariño llegarán si se esfuerza por conquistar al otro y si le abre los ojos para que vea que él, que ama, es la persona idónea. ¡El ciego quiere enseñar a ver!
De ahí que piense que podría despertar al otro con un beso, como en La Bella Durmiente. La princesa lo es todo, y tiene todo lo que soñamos; pero permanece oculta, inalcanzable, debajo de unas gruesas zarzas. Los príncipes aspiran a llegar a la Bella Durmiente y lo intentan más de una vez, pero al final no pueden librarse del zarzal… no son los idóneos para ella. Y luego llega el que sí lo es y las zarzas lo dejan pasar; después encuentra la torre y la cámara en la que la Bella duerme, la ve, la besa, y ella abre los ojos y lo mira. La Bella Durmiente es suya, viven felices y comen perdices.
Durante mucho tiempo pensé que el cuento nos promete que, si no nos asustamos al ver las espinas, si estamos dispuestos a dejarnos desgreñar y arañar en el camino que lleva al corazón de la amada, tendremos nuestra recompensa. La encontraremos y, cuando la veamos y la besemos, despertará y será nuestra. Pero el cuento es más sabio. La Bella Durmiente no despierta por el beso: despierta porque ya han pasado cien años desde que el malvado mago la sumió en un profundo sueño. El príncipe tiene suerte: es el esperado porque llega, la ve y la besa en el momento oportuno.”










