Me estoy yendo al Festival Mulita, en Chaco, por invitación de mi amigo Mariano Quirós, que alguna vez ha pasado por nuestra Clínica de cuentos. Así que el informe será publicado en sábado, un día después de lo habitual en la Milanga. O sea, lo haré desde el hotel (aunque lo escribo en casa, a minutos de salir para la marcha federal de la Universidad por el tema del presupuesto bloqueado por los hijos de puta que en este momento manejan el Estado). Va flyer necesario. Ojalá caiga pronto toda esta mierda libertaria de Milei y compañía, que lo único que hacen es socavar los cimientos de nuestro hermoso país. Toda la info del Mulita la podrán ver en el posteo de ayer.
Leí un cuentazo del noruego Kjell Askildsen titulado El
rostro de mi hermana, de tinte incestuosa. Ese es el descubrimiento que
hice en su libro. Hay varios cuentos así; la clase que viene tal vez leamos
otro todavía más intrigante sobre el mismo tema: Los invisibles. Son
cuentos maravillosos; el chico Kjell es un gran aporte que no dejo de
agradecerle a Fogwill y a Facu, librero de los de antes en el local del Fondo
de Cultura Económica. La traducción de Nórdika libros es de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.
Después Pablo leyó El carnicero, que está muy bueno
pero se puede mejorar. Todos le tiramos ideítas, va a quedar cuentazo. Casi
casi que esta vez no llega nada para corregir; el cuento de Pablo entró en los
últimos quince minutos de mi espera, y con la lengua afuera. A pesar de que hay
un plan B para cuando la catástrofe de la Clínica nos invada (que no llegue
ningún cuento para corregir, digo), preferiría mil veces seguir con el plan
original: en una Clínica se corrigen y arreglan cuentos. Un taller literario puede
ser más para crear. Pero el primero que no cree en esos ejercicios lúdicos de
los talleres literarios soy yo. Es la verdad. Me parecen muy de operador facilongo:
se consume el tiempo de la cursada con ejercicios mudos. Y lo que nosotros hacemos
en la Clínica es aprovechar todo el tiempo posible para la crítica y la
reflexión acerca del texto literario. Es lo más difícil; me sirve a mí, con eso
les digo todo. Nos entrena. Por eso sigo insistiendo: manden cuentos para leer
y llenar las noches de los miércoles con justo adiestramiento. La edición como
gimnasia mental.
Para ilustrar cómo un cuento se puede escapar por las ramas del videojuego (lo que le pasa un poco a Pablo) improvisé leer Ruta, de Eduardo Carletti, que obtuvo un premio Más Allá del Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía. Hace poquito Ani Shua presentó la antología editada por Mompracem. Reúne los relatos completos de Carletti, que son desparejos pero cuando mete un gol lo hace con calidad. Escribe Shua en el prólogo:
“Ruta comienza con una escena reconocible -un hombre
manejando de noche por la costa atlántica- y lentamente va deformando la
realidad hasta convertir el viaje en una pesadilla metafísica. La transformación
es gradual, hipnótica. Lo extraordinario irrumpe sin estridencias, como si
hubiese estado siempre allí, esperando apenas una grieta perceptiva para
revelarse. Ese procedimiento, que recuerda por momentos a los grandes maestros
del horror cósmico y de la literatura fantástica rioplatense, aparece una y
otra vez en el libro: el lector entra en relatos aparentemente racionales y
descubre, demasiado tarde, que ha cruzado una frontera invisible.”


















