9.4.26

PENUMBRA EN LA BOCA / DIA EN PROA

 


Hay una obra de James Turrell en Buenos Aires, más específicamente en la Fundación PROA, avenida Pedro de Mendoza 1929, hasta el 2 de agosto. Y eso es una oportunidad a tiro de colectivo, porque las obras de James Turrell no se exhiben en presentaciones temporales. Para exhibir una atmósfera Turrell debemos construir habitaciones especiales que sean parte del truco de prestidigitación, o trompe-l'œil o trampantojo que el efecto a dar necesite. Las obras de James Turrell son tan especiales y tan complejas (a pesar de que lo que se vea parezca simple o sencillo) que solamente son armadas en sitios permanentes, en los Museos Turrell del mundo. Y en nuestro país hay uno muy especial en Salta, bastante completo, que exhibe desde los dibujos y pinturas originales de sus instalaciones hasta cabinas de luz de distintas dimensiones y sorpresas.

La Día Art Foundation de NY tuvo a su cargo una delicada negociación con el estudio del artista, según nos cuenta el curador de la muestra “Penumbra”, doctor Humberto Moro, y del estudio mandaron a un contratista alemán para armar el espacio de contención de Catso Blue (1967) según planos de arquitectura provistos por el autor. El efecto visual logrado es el de una caja de luz proyectada desde el techo de una cabina de oscuridad azul, sobre uno de los diedros que forman las paredes. Este paralelepípedo celeste está dispuesto como un contra diedro. Algo muy simple, casi imposible de fotografiar (aunque el departamento de prensa de PROA lo haya casi logrado en la imagen que ilustra esta nota), y de extrema sencillez. Sin embargo, sin embargo… Si nos quedamos un par de minutos mirando el artefacto y después nos movemos de izquierda a derecha, acercándonos a las paredes, la caja se despega totalmente de la construcción. Casi como que le podríamos meter la mano, o agarrarla. Y físicamente no ha ocurrido otra cosa que el engaño a tus ojos, un juego de la percepción. Cuando finalmente tocamos el muro o descubrimos la proyección, volvemos a entender que lo que vimos y supusimos al entrar en la habitación era lo único verdadero que había. Pero, en el medio del proceso, nuestro cerebro nos hizo cambiar de idea. Le bastaron dos o tres minutos de concentración. Tienen que verlo.

La de Turrell no es la única obra exhibida, también hay un fragmento de una serie monumental de Andy Warhol que nunca había estado en Argentina, una obra del canadiense Robert Irwin que tal vez sea la que mejor dialoga con la que acabo de describir, una cantidad interesante de maquetas de Richard Serra y algunas otras pinturas, esculturas o grabaciones de Agnes Martin, Félix González-Torres, John Chamberlain, Tehching Hsieh y Walter de María que no me llamaron tanto la atención.

La muestra se llama “Penumbra” porque examina los límites de la realidades en un espacio de incertidumbre perceptiva, de vacilación entre la luz y la sombra. Como bien dice la asistente curatorial y presentadora Ella Den Elzen: “en la penumbra la forma se distiende, los contornos se desdibujan y el sentido se resiste a cerrarse”.

 

COLOMÉ

En la bodega Colomé hay un museo permanente de Turrell, uno de los pocos que hay en todo el mundo (en Japón y en USA hay otros). Es realmente muy bueno para visitar, aunque un poco caro. Cuesta llegar desde Salta capital, y solamente se puede hacer en auto. La bodega es maravillosa. Lo mejor es quedarse: almorzar ahí, meterse en la pileta al aire libre rodeada de paisaje calchaquí, degustar vinos de altura, visitar el museo, cenar y pernoctar. La última de las acciones es fundamental para poder participar de una obra de Turrell dispuesta sobre el techo del patio central de las instalaciones, mirando hacia arriba, a la gran claraboya abierta. La obra se titula Unseen Blue y corresponde a la serie de los Skyspaces. La mitad de la magia la aporta el atardecer natural en el cielo despejado de La Linda que se ve por el vano cuadrado. La otra mitad proviene de un bombardeo lumínico y sonoro muy sutil producido desde adentro, desde múltiples rincones durante los cuarenta minutos que dura la observación. Te acostás sobre una colchoneta en el piso y te entregás al placer… Es algo hipnótico, toda una experiencia de alucinación lisérgica sin recurrir a ninguna droga.

Antes habíamos visto varios gabinetes lumínicos especiales: uno rojo, otro verde, otro amarillo. La luz en Turrell no es un recurso, sino la materia misma de sus obras. El artista construyó sus gabinetes en base a las visiones que tenía cuando comandaba aviones durante la guerra, introduciéndose en las nubes o en columnas de humo provenientes de incendios o bombardeos. Tengo entendido que esa es la experiencia. La de atravesar humaredas. Todas sus obras están construidas en espacios que a veces duplican lo que se ve. El truco oculto se lleva la diferencia entre los metros cuadrados visitables y los invisibles. Por ejemplo, en Spread, tenemos una antesala donde vemos un cuarto de grandes dimensiones, vacío, enfrentado a un espejo. Para entrar al cuarto hay que subir una escalera. Te piden que lo hagas ni bien la vista comience a adaptarse a la extraña luz que parece emanar de la pared más alejada del cuarto. Esperamos ese ratito y subimos. Entonces te invitan a tocar las paredes. Las de los costados son normales, sólidas, en la última se te entierra la mano como a Alicia a punto de ingresar al País de las Maravillas. Tu mano desaparece, tu pie desaparece cuando penetrás ese muro de luz. La niebla es tan densa que el efecto parece real. Da miedo lo que pueda haber detrás. Turrell denomina Ganzfeld a estas obras, una palabra alemana que significa algo así como pérdida de percepción de la profundidad cuando el ojo humano deja de enfocar. El efecto es rarísimo. Imposible sacarle fotos ni filmarlo ni nada de eso: más que nunca es arte para ver in situ.

A la salida hay una serie de planos que exhiben en parte la mecánica de estos sitios experimentales, y el diseño de un estudio muy extraño que Turrell estuvo pergeñando adentro de un volcán en el desierto de Arizona. Título del proyecto: Roden Crater. Parece que Don James dedicó varios años de su vida a trabajar ahí, pero le retiraron el presupuesto y cuando quiso juntar lo que le faltaba realizando una película del caso, tampoco llegó a cubrir lo necesario, por lo que el evento está suspendido. La idea era buenísima: bajar al espectador al interior del volcán y hacerlo mirar hacia arriba en un skyspace natural donde la ventana es la propia boca del volcán.

Tomé la otra foto que ilustra esta nota. Son las maquetas de Serra, que están hechas en plomo y apoyadas sobre mesas de madera, como si fuera el taller del artista. Corpóreas, sólidas, desarrollan ideas que él después fabricará en acero a gran tamaño y pueden verse de vez en cuando en el Pompidou o en la sala grande del Guggenheim de Bilbao. Para lograr ese juego de escalas que encontré interesante me tuve que agachar un poco y esperar a que los otros prenseros se acumularan en un costado. Digo esto porque entendí que la muestra sirve para jugar; hay mucho de op art en las posibilidades que brindan varias de las obras expuestas. En Untitled (1965-67) de Robert Irwin vemos un círculo, por ejemplo, que es blanco y está expuesto sobre un fondo de telón fotográfico también blanco. Y está iluminado de tal forma que lo percibimos como un gran wok vacío, en toda su concavidad. Pero, cuando vamos por el costado, descubrimos que es un planchón levemente convexo. Otra vez nuestros ojos nos engañaron: ¡los preciosos años sesenta siguen sorprendiéndonos! Las obras de arte expuestas nos llaman a movernos por los pisos de PROA para satisfacer nuestra curiosidad.

Debe ser muy lindo ir con niños.

 

LOS DATOS

El curador mexicano explica que la palabra penumbra se dice igual o casi igual en un montón de idiomas, y por eso la eligieron como título. Además representa la parte de un espacio que no se ve, como el servant del prestidigitador. Humberto Moro propone afinar el ojo ante la indeterminación y el asombro.

La muestra que abre el 2026 en la Fundación PROA es una muy digna llave para entrarle a estos nueve capos de renombre mundial. Vayan a verla y me cuentan. De paso, a la salida pueden darse un paseo por el Riachuelo, viajar en Transbordador, ir a ver una obra al Teatro de la Ribera o tomarse un vino por Caminito. La Boca es multitasking.

¡Gracias, Pablo Perantuono!

3.4.26

UN FIDEO LARGO



Primera anécdota, contada por Vicente Battista. Bernardo Jobson no tenía ni guita ni laburo, y Vicente lo invita a hacer, junto con otro amigo, unas encuestas en una provincia del norte argentino. El trabajo estaba bien pago, y les daban casa y comida durante esa semana. Bernardo dormía en cualquier pensión, de las que siempre lo echaban por no pagar. Aceptar el trabajo era casi como irse de vacaciones. La empresa que los contrataba decidió tomarles una prueba sencilla antes de salir, para no cometer errores durante el viaje. Así que le pidió a cada uno que fueran con tres parientes o vecinos y les hicieran la batería de preguntas, para estar seguros de que no habría dudas. Les dieron una semana. Vicente y su amigo entregaron los formularios a los dos días. Bernardo se tomó todo el tiempo disponible, y reaccionó en la última mañana porque Battista lo cagó a pedos. La empresa finalmente les avisó que solo irían dos, sin Jobson, que había completado él mismo las tres encuestas de prueba. Ni siquiera se había tomado el trabajo de cambiar de lapicera o de contestar respuestas variadas: hizo lo más fácil, en un minuto. Vicente dice que además se quejó de que no lo mandaran.

Segunda anécdota, contada por Liliana Heker. Un día lo vieron llegar a una reunión en “El escarabajo de oro” con un sobretodo de piel de camello que valía una fortuna. El caso es que había cambiado de novia por una señora más acaudalada que la anterior. Los mejores momentos de la vida de Bernardo Jobson, según Lili, fueron cuando estuvo en las casas de estas mujeres ricas, canjeando su baby face, su simpatía y seducción, por comida y vivienda gratuitas. Esta vez, además, había ligado alta prenda, que lo convertía en un figurín. Bueno, le duró poco. Un mes, según ella. Se había peleado a las puteadas con la doña, que lo había echado de su departamento. Mientras aún le contestaba, a los gritos, desde el pasillo del edificio, Bernardo metió ese sobretodo en el conducto del incinerador, provocando un taponamiento que llevó a que los bomberos tuvieran que intervenir desalojando a los vecinos durante los primeros humos.

Isidoro Blaisten lo recuerda en un texto de esta manera: “su forma natural de hablar con los amigos era al “vesre”, era como su lengua materna, y yo creo que todo Bernardo fue un tipo al revés. Si vos lo veías, medía casi dos metros, un hombrón: era al revés porque no se correspondía con su alma, tenía un alma de niño. Un día viene a la librería de San Juan y Boedo -venía casi todas las tardes a tomar café- contentísimo. “¿Sabés? La vieja me va a regalar una máquina de escribir”. A todo esto él ya tendría más o menos cincuenta años. Como un chico. Yo creo que él no aguantó la presión del mundo, como si le hubiera fallado el planeta. En realidad, lo que nos pasa a todos. Uno aguanta la estupidez humana, todo lo que le rodea, los fastidios de esta vida idiota, con una esperanza que diariamente tenés que renovar. Y bueno, a veces a Bernardo le fallaba la esperanza. Era una especie de alcázar con los puentes rotos.”

 

¿ES POSIBLE CONTAR A JOBSON?

Liliana se hace esa pregunta. Y agrega: “¿Se puede transmitir quién fue en esencia ese grandote, inútil para todo salvo para una genialidad a veces descarriada y para la amistad?”. Al parecer, Bernardo Jobson era un tipo que no servía prácticamente para nada, y andaba siempre con cara de “yo no fui”. Sin embargo escribió uno de los mejores libros de cuentos argentinos, publicado inicialmente en 1972 por el Centro Editor de América Latina en la colección “Narradores de hoy” y republicado el mes pasado por la editorial Hugo Benjamín, que incluye material adicional. Comentarios de sus amigos, pequeños textos recolectados de varios números de “El Ornitorrinco”, “La gallina degollada” y “El Molino de Pimienta”, revistas literarias de la época.

Hay algunas diferencias entre aquella edición y la nueva. La más llamativa es que cambiaron el orden de los dos primeros cuentos, y ahora empieza por una obra maestra. “Los caballos no saben que es domingo” va en lugar de “Despelote a la hora del balance”, un cuento de oficina más normalito. Los dos cuentos con caballos de carrera, ese que nombré y “Se viene el cinco” son absolutamente geniales. Destaca también el único cuento conocido de Jobson, por haber hecho descomponerse de risa a medio mundo.  “Te recuerdo como eras en el último otoño”, una gloria del humor argentino que hace recordar al mejor Fontanarrosa. Señala Heker que el día que contó la historia en pleno Tortoni de lo que le había pasado cuando le salió un grano en el culo, los mozos se tenían que detener porque se les caían los cafés, de lo tentados que estaban. “El fideo más largo del mundo”, el último de los relatos, es otra maravilla. Y “Frío”. Y “Una vez que caen”. Bernardo Jobson escribió diez cuentazos, en una colección pequeña pero inolvidable. Hugo Benjamín acaba de hacer un gran rescate, parecido al que hicieron Piglia y el Fondo de Cultura Económica con “Oldsmobile 1962” de Ana Basualdo u “Hombre en la orilla” de Miguel Briante, en la “serie del recienvenido”.

“La última pensión que le recuerdo se llamaba Robertito y Marcelito; “¿No conseguiste en el Plaza Hotel?”, le dijimos cuando nos contó”. En el recuerdo Liliana incluye a Abelardo Castillo y a Sylvia Iparraguirre. “Después, al fin, pudo alquilar un departamento modesto del que (supimos por el amigo que le salió de garante) nunca pagó el alquiler. Fue en ese departamento que, por una denuncia de los vecinos, lo encontró la policía. Había muerto veinte días atrás por un ataque al corazón. Dos meses antes nos había leído parte de una obra de teatro que estaba terminando: “El carnet de Dios”, se llamaba. Por lo que nos leyó y por lo que nos había ido contando, debía ser una obra extraordinaria. Se la habrá llevado la policía con otros inéditos suyos, perdidos para siempre.”

La pregunta que yo me hago: ¿es posible ser un gran escritor de un solo libro? La respuesta correcta es Bernando Jobson.

 

EL ESCRITOR QUE ME HIZO REÍR

Hugo Benjamín es un sello argentino muy joven que en el último año publicó más de diez títulos locales, de ayer y de hoy. “La felicidad” y “Voces en la noche”, de Isidoro Blaisten; “Amatista”, de Alicia Steimberg; “Capilla Ardiente”, de Álvaro Abós; “Una mujer de paso”, de Laura Labella; “El simulacro de los espejos”, de Vicente Battista; “Cartas a una vieja poeta”, de Miguel Gaya, entre muchas otras joyas.

En la famosa Encuesta a la literatura contemporánea que hizo el Centro Editor de América Latina en 1982 (y completó La Agenda Revista en un material impecable que puede verse en este mismo sitio), el periodista le preguntó a Bernardo Jobson si vivía de la literatura.

“¿Quién sugirió la pregunta?, ¿Bradbury?”, contestó el escritor. “En nuestro país de la literatura viven las editoriales, las imprentas, los talleres de fotocomposición, las distribuidoras, las librerías, los kiosqueros, la ley 11723, el corrector de pruebas, lo cual involucra a tanta gente que hasta parece ser justo que el autor, no.

Hice de todo, hago de todo: empleado bancario, de seguros, tío loco, redactor publicitario, periodista, marido incomprendido, faquir, traductor, pensionista en desgracia, pero nunca fui colectivero. Supongo que todo eso es (cómo me gustaría decir fue) aleatorio, ese tractor que nos engancha a la culata y nos lleva hacia la realidad, la cotidiana, del país más caro, más imprevisible, más conflictivo, más hermoso del mundo. Esa misma realidad que le hizo decir a Chesterton (quien se atreva imagínelo argentino) la siguiente sutileza: El humor debe llevarse a cabo antes de que la realidad llegue a ser tan ridícula que ya no sea posible satirizarla.”

¡Gracias Pablo Perantuono! 

2.4.26

VALIENTE MUCHACHADA

















Mi amigo carpintero de Ramos Mejía acaba de cumplir 64 años.  Lo saludo, como cada 2 de abril. Hagan lo mismo, por favor, para mantener viva la memoria. Gracias.