8.2.24
4.1.22
ENAMORADO DE NANÁ / MOIRA SANJURJO
De Página 12 me pidieron una foto nueva para Verano 12. Les mandé esta. Parece que no les gustó. La sacó mi amor humano, Moira Sanjurjo, sin celarse de mi amor perro, la querida Nanita. A lo mejor no la publicaron porque la gente podía confundir los perfiles, y no saber quién era el escritor. Naná también escribe, por eso.
3.1.22
LA FANTOSMIA HUMANA / PÁGINA 12
La fantosmia es la percepción
de un olor, generalmente desagradable, que no existe y nadie más que uno percibe.
Huele a quemado pero no hay fuego. Ni humo. Es un tipo de alucinación de esas
que estudia el neurólogo Oliver Sacks en sus textos. Durante la pandemia tuve
miedo a la anosmia y a la disgeusia (falta de olfato y trastorno en el gusto, síntomas
del Covid-19), pero más aún a la fantosmia. Empecé a pensar que el aire iba a
oler, en algún momento, a cadáver pudriéndose, a tierra rancia de cementerio.
Entonces empezó a morirse gente.
Creo que me senté a escribir
cuentos de fantasmas para poder mirar de frente a la desgracia, que tocó muy de
cerca a parientes y amigos. Yo no me enfermé porque tomé recaudos de obsesivo
compulsivo (los sigo conservando todavía). El miedo es un territorio en el que
me muevo con bastante eficiencia. O, al menos, adonde escapo cuando escribo. El
libro en el que sigo trabajando tiene historias cortas y largas, horrorosas y simpáticas;
fantasmas de género o de cartulina. Van tres muestras en este Verano 12,
hiladas como las cuentas de un collar.
Gracias por leer.
2.1.22
EN VERANO 12, TRES CUENTOS DE FANTASMAS
El último día de 2021 me sorprendió con este regalazo, que hago extensivo a ustedes. Tres de mis cuentos cortos de fantasmas en Verano 12, ilustrados por el gran Rep. Que los disfruten. Besos.
12.1.21
RETIRO / VERANO 12
Aprendí la palabra prosopagnosia leyendo a Oliver Sacks en “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. Es una enfermedad psicofísica en la que el paciente no puede reconocer rostros, construirlos. Supuse que también debía existir la enfermedad contraria, alguien que viera en todos los rostros el mismo rostro. Como en el momento en que John Malkovich entra a su máquina y se ve en un mundo de pesadilla: aparece en un restorán y todos los personajes, la señora y el señor que cenan, el mozo, un perrito, un bebé y los jóvenes de aquella mesa tienen su cara, y lo único que alcanza a escuchar es su apellido repetido como parlamento para comunicar cualquier cosa. Estoy refiriéndome a la primera película de Spike Jonze con guión del gran Charlie Kaufman. El caso es excepcional: John Malkovich aterrizando en su mismísimo interior a través de un artefacto con regusto a la invención de Morel. Quise averiguar si esa agnosia inversa existía sin la máquina, y le pedí ayuda a mi amiga la doctora Silvia Horowitz.
Esta fue la pregunta que le hice: ¿Hay una enfermedad que confunda los rostros de gente desconocida con uno en particular? Me imaginé un enigma de reconocimiento en lugar de uno de negación, como la prosopagnosia que describe Sacks. Tal vez relacionado al extrañar. Por ejemplo, alguien a quien se le ha muerto un ser amado y empieza a verlo en la calle, los rasgos del ausente proyectados sobre los rasgos de la totalidad de los paseantes. Sin llegar a la muerte, corregí el planteo para un abandono. Ella cedió a relacionarlo con una forma de histeria o estrés postraumático, aceptando mi juego literario. Y agregó: “Las agnosias son enfermedades neurológicas con base orgánica. Hay interrupción de vías nerviosas que impiden conectar la imagen con el concepto. En cambio, en la histeria todo es posible. ¿Qué tipo de verosimilitud científica querés alcanzar en tu narración?”
- Ninguna.
Me respondió con el meme de Travolta perdido, caminando en círculos.
- Es para un libro de cuentos de fantasmas –completé.
9.1.20
8.1.19
4.1.19
EL FANTASMA INVISIBLE / VERANO 12
"El fantasma invisible" en Página 12, ¡gracias Ángel Berlanga!
15.2.13
CINTA DE MOEBIUS / VERANO 12
11.1.12
ABELARDO ROJO DE FURIA / VERANO 12
Con veinte años gané la Primera Bienal de Arte Joven en el rubro cuento, junto a varios desconocidos que ahora son figuras en la literatura local. Todos iban a algún taller literario. Yo era el único que no había ido nunca. Parecía lógico que para ser escritor tuvieras que ir a lo de otros escritores.
Castillo era el jurado del Premio. Vivía en un tercer piso por escalera, al final de un pasillo. Como me vio tan preocupado me invitó a su taller para que supiera cómo trabajaban sus alumnos. Al mismo tiempo me recomendó no asistir jamás a ningún taller. Parecía que, con lo que yo sabía, bastaba. No le creí.
Recuerdo que sus alumnos le tenían muchísimo respeto, casi como quienes escuchan a un Santo. Yo dije un par de barrabasadas de joven mal llevado, y en un momento Castillo se salió de la clase y nos dejó. Esperamos. Nada. Una de las chicas adujo que yo lo había ofendido. Otro, que mi ansiedad lo había agotado. Otro, el que más lo conocía, que simplemente se había ido a jugar al ajedrez. La chica también indicó que yo era el único que no había pasado el examen, que consistía en la escritura de un cuento generado por un rompecabezas.
Uno a uno, los aspirantes a escritores se fueron yendo. Cuando me quedé solo, pasé a la otra habitación por la puerta que había utilizado Castillo. Me lo encontré fumando en pipa frente a los trebejos. Entonces le dije que me parecía una falta de respeto, yo había viajado desde el lejanísimo Oeste por dos horas enteras de su sabiduría, y no había recibido ni una. Le mostré los minutos que faltaban en mi reloj pulsera. Ni me miró. Entonces le dije “chau, nunca voy a venir a su taller”. Él levantó su ceja rota y, serenamente, pronunció algo bastante despectivo que con el tiempo fui relacionando con el “rajá, turrito, rajá” de Arlt. Me fui pegando un portazo de su casa de la avenida Pueyrredón, prometiéndome que jamás volvería a verlo en la vida.
Al pasar la cancel me di cuenta de que me había olvidado la campera. “Estaba muy rota”, llegué a mentirme, para dejarla y poder cumplir con mi promesa. Mi cuerpo impedía que la puerta se cerrara sobre el barrio de Once. En el bolsillo de mi campera estaba mi Carandache preferido, uno negro con el sacapuntas rojo. El lápiz mecánico que me había regalado mi novia Poli. Cerré la cancel del lado de adentro y regresé hacia el fondo por el pasillo.
Subí sigilosamente la escalera de piedra. Antes de llegar a su piso empecé a escuchar las risas de los dos. Abelardo y Sylvia estaban a las carcajadas, como en una fiesta. Acerqué una oreja indignada a la puerta de madera. Sí, claro: se reían de mí.
Toqué timbre. Le dije quién era a la voz alegre que me preguntó. Cuando Abelardo abrió, tenía otra vez cara de enojado. “¿Ahora qué querés?”, gritó, con su vozarrón. “¡Me olvidé la campera!”, grité, para no quedarme corto. Igual grité menos que él, que fue boxeador (uno es valiente, pero no come vidrio). “Buscala y andate para siempre”, me dijo. Al pasar con la campera puesta la pude ver a Sylvia secándose las lágrimas con un pañuelito celeste.
Los odié. Volví a Castelar en el tren. Era de noche. Una a otra, se me fueron ocurriendo las ideas de un cuento con un rompecabezas. Las mantuve en mi cabeza en Flores, en Liners, en Morón y mientras caminaba hacia la casa de mi madre. Escribí el cuento de un tirón, hasta las cinco de la mañana. “Jamás te lo voy a dar a leer, Abelardo”, pensé. Y: “qué mierda esto de conocer a un escritor”.
Le puse de título “Rojo”, por la furia, aunque cuando salió en Playa quemada se lo cambié por el más literario “Tatuaje de cartón”.
Sigo viendo a Abelardo, es un genio lindo, lo quiero mucho. Aunque no pueda decir, como otros escritores que conozco, que todo lo que sé lo aprendí de él.
(El cuento, en el suple de Verano de Página 12)
19.2.10
EL DÍA QUE ME SENTÍ EN EL MATADERO / VERANO 12

Ambas películas fueron filmadas después de 1974, año en que terminé la primaria. Es obvio que las vi de grande. Pero podría afirmar que esas escenas ya las tenía en mi mente a los doce años, idénticas en su locura bizarra, solamente por haber leído a Echeverría. Si yo hubiera sido niño durante la Colonia habría estado sentado en ese poste, mirando manear al toro.
(Lo que entró de "El Matadero" en Página 12.)
1.2.10
VERANO 12 / TRES PREGUNTAS SOBRE FACUNDO

¿Quién viene si nos vamos?
Civilización y barbarie, dice Sarmiento. Suena desordenado, al menos para mi oído. Si fuera alfabético, el orden sería barbarie y civilización. Si fuera un orden basado en el progreso, o siguiendo una lógica temporal, también. Primero la barbarie, luego la civilización. Primero la prehistoria, luego la historia.
En el "Facundo" es al revés. Sarmiento lo escribe en ese orden para aclarar. Para indicarnos que la inversión de los términos lógicos es volver definitivamente hacia atrás. Ni siquiera habría servido: Civilización – barbarie, nivelados en una misma importancia por un humilde guioncito. Si las cosas son primero civilización, luego barbarie, algo anda mal. Siempre. Sarmiento lo sabe y nos lo hace saber desde Santiago de Chile.
O a lo mejor las puso en ese orden para no poner barbarie con B mayúscula.
¿Sarmiento tendría el Síndrome de Estocolmo?
O una enfermedad parecida, de esas por las que terminamos amando a nuestros verdugos. Mucho Dr. House, Nielsen.
Sarmiento odia a los bárbaros (por culpa de ellos está exiliado) y escribe un libro sobre la vida de uno: Facundo Quiroga. Algo que no haría ni el más ingenuo de los bloggers. Y si bien es un libro propaganda para NO COMPRAR FACUNDOS, a su prosa se le escapan notables gestos de admiración. Te odio, pero te quiero.
Don Facundo es un ser repugnante, la crueldad misma, pero con una inteligencia que Sarmiento admira secretamente. No es una inteligencia de universidades, ni de libros. Es una inteligencia que no admite protocolos. La agudeza espontánea del peleador urbano. El filoso razonar de los burreros. Una mezcla de calle e ingenio a la hora de no saber qué hacer para comer.
Tal vez Sarmiento haya pasado un poco por eso, cuando era chico y se le acababan las velas para leer, y debía ingeniárselas para mantenerlas encendidas más tiempo. Digo: capaz que no es una admiración encubierta, la que tiene Sarmiento, sino una melancolía con respecto a su propia infancia, un pobrecito. Sarmiento también viene del interior y de la misma pobreza: el rancho de “Recuerdos de provincia” no era precisamente un palacio.
El que lee Facundo entiende que Sarmiento odia a esos personajes que cagan al país. Lo que no se entiende es que también los admire. O me perdí algo.
Lo que sí creo es que el libro es genial justamente debido a esa contradicción.
¿Todos los críticos diciendo lo mismo?
Desde que Ezequiel Martínez Estrada escribió que el “Facundo es una biografía y asimismo una autobiografía, y una obra literaria y un fragmento de historia, una acusación de defensor de pobres y un capítulo de antropología cultural”, todos los estudiosos de Sarmiento repiten lo mismo. Zanetti, Pontieri, Jitrik. Ya sabemos que es muchas cosas, y eso lo hace un libro súper moderno. Particularmente prefiero los microrelatos que Sarmiento regala como confites. El encuentro de Facundo a lo Salgari con un tigre come hombres en la selva. Sus trucos a lo Sherlock Holmes para enderezar a la tropa. Su cinismo elevado a la Lovecraft en una macabra reunión de señoritas.
Son pequeños cuentos de acción aptos para la reposera de la dama y la sombrilla del caballero. Ahí van.
Tres fragmentos de "Facundo", de Domingo Faustino Sarmiento, en Página 12 de ayer.
28.1.10
VERANO 12 / EL APEGO POLACO POR LA HISTORIA IMPOSIBLE

No sé inglés. Aprendí un montón de veces muy fácilmente; igual de fácil me lo olvido. Me pasa lo mismo con los nuevos programas de computación o con manejar un auto. Me entra por una oreja, me sale por la otra. Mi memoria está, como el Riachuelo, repleta de cosas inservibles, pura basura flotante que no deja que nada nuevo pueda vivir ahí. Siempre fue así, no es algo que ahora sufro por haber crecido. Nunca pude saber inglés.
Hay un montón de cosas que me pierdo por esta deficiencia. El placer de leer a Shakespeare en su idioma original y la conversación con alguna gente especial que conocí una vez, y ya nunca volveré a ver. Exactamente: Bradbury cuando yo tenía 23 años y Susan Sontag en 1994, durante la presentación en Madrid de “La amante del volcán”. Yo estaba visitando la casa matriz de Alfaguara de la mano de Juan Cruz, que a media tarde colgó el laburo y salimos de copas y tapas. Me contó que a la noche tenía una cena importante. Como las copas fueron sucediéndose más que las tapas, para las siete de la tarde ya me había invitado a cenar con ellos. Fuimos cuatro: el tercer lugar lo ocupaba Amaya Elezcano. El cuarto, Susan.
La admiraba y la admiro en “Contra la interpretación”, y en ese libro maravilloso titulado “Sobre la fotografía”. La admiraba y admiro por su parada política en la vida. La admiraba y admiro por esa filmacioncita que le hizo Warhol cuando ella no tendría más que dieciocho años, en la que la hizo quedarse quieta delante de la cámara como a muchos actores y modelos, y Susan fue la única que se hastió y le hizo saber que lo que estaba haciendo era una gran pavada con apenas un gesto desafiante de sus anteojos. Y la admiraba por su pelo negro con una mata blanca, tan fino y tan jevi al mismo tiempo. Y yo iba a estar sentado con ella en un restorán de lujo de Madriz, con su libro al costado, sobre la servilleta, sin entender palabra. Un desperdicio.
Creo que le di un poco de lástima, con mis sonrisas de no cazar ni media coma. Algo me tradujeron, de vez en cuando, y alguna cosa intenté preguntar. Por suerte los postres llegaron, dulces y coloridos. Entonces Juan le pasó mi ejemplar de “La mujer del volcán” junto a su Montblanc, para que me lo firmara. Y yo le conté mi plan.
Le dije que tenía un amigo en la Argentina llamado Elvio Gandolfo, que era un gran escritor y le había dedicado un cuento, “La yanqui y el polaco”. Hizo un gesto de halago pero sin mucha gracia. Juan empezó a traducir, confiando en que iba a decir algo a la altura de un intelectual. En el cuento Gandolfo se levantaba una minita, la pasaba bomba en la costanera, iban a comer a un carrito y a un telo y, al final de la noche, le preguntaba el nombre. La mina decía Susan Sontag. Observé que no le gustó. Dejó de revolver el café para mirarme directo a los ojos. Le expliqué con gestos y algunos neologismos americanos –Juan acababa de abandonar la traducción con ojos espantados- que quería que le dedicara el libro a Elvio, con una frase simpática que hablara de esa noche en Buenos Aires. La miró a Amaya esperando encontrar apoyo femenino. Le dijo algo como que era una mentira, y que escribir esa dedicatoria para ella era imposible, dada su condición. Amaya quiso ser efectiva cuando tradujo “condición”. Yo entendí que se trataba de la condición de escritor, y le repetí que Elvio también lo era. Anoté el nombre de él en una servilleta, para que ella lo pudiera copiar. Sonreí ampliamente. Sontag no. “It´s a joke!”, dije. Para ella no lo era. Juan me dijo rápidamente que me dejara de joder, me devolvió el libro y siguió con su whisky. El pelo de Sontag, con su mancha blanca, dejó de parecerme inquietante. A esa altura era la cola de zorrino de Pepe L´amour.
Al otro día me llamaron de Alfaguara para que fuera a recoger un paquete. Sontag había autografiado un ejemplar. Lo hizo al fin de esa noche, muerta de risa. Me tradujeron la dedicatoria, era más de lo que le había pedido. Hablaba del amor que había sentido frente al Río de la Plata, algo así como “para Elvio, por la noche de amor que me hizo vivir en Buenos Aires”. El regalo perfecto.
Dos semanas después dejé el libro empaquetado en el domicilio de Elvio de la calle Serrano. Me atendió el portero. Elvio pasó más de de tres meses sin venir a Buenos Aires. Cuando llegó tenía un montón de paquetes y cartas, me dijo. Que a lo mejor el portero lo extravió. Que nunca llegó a recibirlo. Que iba a ver.
El cuento "La yanqui y el polaco", de "Ferrocarriles Argentinos", en Página 12.
27.1.10
VERANO 12 / EL ESPECTRO DE LA FATALIDAD

Un árbol se enciende en una tormenta, las ramas caen, ruedan con sus hojas quemadas en el viento del campo hasta quedar atrapadas en las redes tirantes de los alambrados. Las reses enfermas se acercan a morir a los alambres como si ese tendido fuera una última cama. El caballo enloquece si lo dejan demasiado tiempo atado a uno de sus postes: dicen que el silbido constante del viento pasando por ese pentagrama metálico es una música del diablo, que le tuerce las fauces y le desequilibra la razón.
Cuando era chico cazaba liebres a tiros de escopeta. Hay que arrinconarla contra el alambrado; la liebre duda antes de pasar, y es en esa duda donde se queda quieta para que le apuntemos.
También cazábamos perdices con el método de la soguita. Se arma una horca con un piolín y se la deja extendida y abierta, atada al alambre de más abajo y pegada al poste en el que descubrimos que pasa la perdiz. El descubrimiento lo hicimos por las huellas; la perdiz volverá a transitar el mismo camino cada noche. Llegará al poste, bajará la cabeza para no toparse con el alambre –como si fuera alta, como si tuviera un cuello a lo Modigliani– y morirá ahorcada en la trampa, de tanto tirar, después, para escaparse. Las más inteligentes no mueren; se echan a esperar a que alguien se apiade y las desate. Si yo llegaba antes de las diez de la mañana y el animal estaba vivo, le ponía un nombre y la dejaba ir. No sé si para sentirme bueno o para imaginar lo que ella terminaría contándoles a los suyos, en adelante. Si llegábamos después de las diez, lo más probable era que encontráramos apenas cabeza y cogotito, como un regalo de la muerte. Desayuno de gato.
En los tabacales de la Mesopotamia dejan redes en los campos para cazar arañas. Las redes son alambrados entrecruzados, ilógicos, para el campo, en su madeja. A veces agarran cosas que no parecen arañas, e inauguran leyendas.
Quiroga cazaba fantasmas en la selva asfixiante de Misiones. Usaba la espesura como alambrado, e iba hacia ella sin machete, para no perturbarla. En ocasiones se quedaba quieto por horas, mirando fijamente esa espesura. Las víboras le pasaban por sobre sus sandalias, las avispas salvajes se juntaban a ennegrecer su cara. Y entonces un fantasma chiquito se confundía y se le enganchaba adentro de la barba, que de tan cerrada era como la misma selva. Por la presencia del fantasma, los demás bichos rajaban. Quiroga se volvía caminando a su casa de madera y, cuidadosamente, lo buscaba en su barba. Hasta que finalmente lograba arrancarlo. Lo miraba un cachito; tal vez le ponía nombre. Por qué no. Pero siempre lo dejaba volar, para que otros lo vieran. Para que los demás aprendieran a asustarse.
Por eso quiero a Quiroga. Es nuestro Poe.
El cuento "El hijo", del libro "Anaconda", en Verano 12.

