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11.7.16

LA NOTA COMPLETA / ESA MÁQUINA ROJA

 ESA MÁQUINA ROJA

Llegué a Diamante, Entre Ríos, con el corazón roto por una separación. Fue este último verano, me sentía morir y decidí publicar en el Facebook un pedido de auxilio a mis amigos para tomarme un descanso. Todo el mundo me recomendó sitios lindos adónde ir. Sólo Patrick, un conocido de los veinte años, me facilitó tanto las cosas que decidí viajar al día siguiente. El residencial adonde vive tiene varios departamentos de alquiler, pileta, quincho y un pequeño museo. Lo del museo me interesó cuando escuché que allí estaba exhibido el primer corazón artificial del mundo.
- ¿El de Jarvik?
- El de Jarvik es del 82 -dijo él-. Estoy hablando de quince años antes, del que inventó mi padre.
Para escribir la novela “El corazón de Doli” yo había hecho una investigación bastante severa acerca de la clonación, pero muy superficial en relación a órganos y trasplantes. El dato que tenía sobre corazones artificiales era el nombre de ese gringo, al que asocié imaginariamente con Tupperware y un Alfredo Coto ficticio para la producción en la Argentina. En la literatura se permiten estos juegos. Lo que no puedo permitirme, a esta altura, es pasar por alto que el primer médico que inventó un corazón artificial es compatriota. Y lo hizo, como dijo Patrick, un década y pico antes del que tuvo más prensa.
El suceso ocurrió en un Hospital de Texas. La operación exitosa data del año 1969. Fue realizada por el doctor Domingo Liotta, oriundo de Entre Ríos, junto a su socio americano Denton Cooley, unos años mayor que él.
El doctor Liotta tiene hoy 91 años. Se acuerda de los nombres de todos los colaboradores que tuvo en su vida. Egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, ha dirigido clínicas, creó el servicio cardiológico de muchos hospitales argentinos y la carrera de Medicina en la Universidad de Morón, de la que fue rector y vice. También fue el creador del Sistema Nacional de Salud durante el último mandato de Perón. Escribió un libro titulado “Las aventuras de un cirujano de corazón”. Está completando sus memorias. Me espera impecablemente vestido de traje y corbata. Me hace arrepentir de no haberme puesto un saco. Da la impresión de que la gente que trabaja con él, que entran y salen de su oficina, lo aman.

EL HOMBRE DEL CORAZÓN ARTIFICIAL
Domingo Liotta, un cirujano argentino de 44 años y ojos tristes, inventó un corazón artificial completo, luego ayudó en la implantación de su invento en un ser humano. De este modo, un hombre cuyo nombre se mantiene a la sombra de Denton Cooley y de Michael DeBakey ha cambiado el curso de la historia médica y quizás de toda la historia. (Will Mc Nutt, 1969, World Book Science Service).
- ¿Qué hay de cierto de todo eso? –le digo.
- ¡Lo hicimos! – se agita él- Fuimos los primeros que instalamos un corazón mecánico ortotópico (que va a adentro del saco pericárdico), previa remoción del corazón nativo. Con Cooley desarrollamos la investigación completa en el Baylor University College of Medicine, en Houston. El Dr Michael DeBakey era el chairman del departamento de cirugía. El receptor fue un imprentero de Illinois llamado Haskell Karp, de 47 años. La intención era que nuestro invento se utilizara hasta hallar un donante humano compatible para poder realizar el trasplante. La operación duró tres horas.
 - ¿Cómo se llega a ese momento?
- Nosotros trabajábamos en asistencia circulatoria, sin sacar el corazón, desde 1961. El primer caso clínico lo logramos el 19 de julio de 1963, con el doctor Stanley Crawford. Le implantamos a un paciente la primera bomba sanguínea, a la que nombramos “Liotta-Crawford”.  Era del tipo pulsátil; trabajaba copiando los movimientos del corazón, sístole y diástole. Las bombas actuales son de flujo continuo, en donde la sangre fluye todo el tiempo. Los pacientes, en cuanto son conectados, mejoran inmediatamente porque reciben grandes flujos.
- Más que los de la bomba Liotta-Crawford.
- Claro. El enfermo que necesita un trasplante está levantado. Camina con dificultad, sufre disnea, pero habla. Quiere decir que tiene un resto funcional válido en el miocardio. Es parte de una lista de espera para una operación. A este paciente le ponen un dispositivo que fluye sangre constantemente y se lo ve recuperado. Toda esta evolución ha resurgido con el doctor Alain Carpentier, de París. Parece -digo parece porque la información viene de Internet y no de una revista científica- que Carpentier ya mandó a la casa a su primer paciente con una bomba permanente, y está feliz. Fuera de eso, y mientras no se aclaren bien las cosas con respecto a los materiales y al mantenimiento de estas máquinas, no se ha conseguido todavía un corazón artificial permanente. Puede que ese caso que digo sea el primero.
- ¿Cómo se instalan estas bombas?
- Con una incisión chiquita que se hace del lado izquierdo del tórax del paciente, de costado, entre las costillas. Piense que en 1966, para lograr el mismo efecto, hacíamos esternotomía mediana, o sea que le abríamos el pecho como si la operación fuera una cirugía coronaria. Esta bomba de ahora se coloca en un tratamiento inocuo. La aurícula izquierda está apenas a cinco centímetros de la parrilla costal. Si la tiene dilatada, estará más cerca todavía. Se le pone un conector y se entra muy fácil a la arteria axilar izquierda. Las arterias subclavia izquierda –se señala la clavícula- y la axilar –se señala la axila- van casi superficiales.
- ¿Y el corazón que usted inventó, cómo era?
- El sistema circulatorio sigue las leyes de la hidráulica. Las válvulas cardíacas funcionan en forma mecánica y un gradiente de presión las abre y las cierra. Lo que hicimos con el “Liotta-Cooley” fue replicar las condiciones de los corazones verdaderos. No hay diseño de la acción contráctil, hay imitación. El corazón es el único órgano que salta en el organismo. La parte contráctil es una función que no tiene descanso en 80, 100 años. Día y noche trabajando sin parar. Es una maravilla de la naturaleza. Nosotros no hicimos más que imitar eso utilizando los materiales que había en ese entonces. Hacíamos las cámaras ventriculares con Silastic. Ahora evolucionó, hay plásticos muy buenos. El Biospan, por ejemplo. Es un plástico para ser implantado sin rechazos. El corazón artificial “Liotta-Cooley” tenía un aspecto transparente.

EL SEÑOR KARP
- ¿Cuánto vivió el imprentero Karp con el primer corazón artificial de la historia?
- Más de lo que le tenía previsto el destino –contesta Liotta-. El paciente llegó sin función cardíaca. No lo podíamos desfibrilar. Le dimos golpes eléctricos, el anestesista le dio todas las drogas necesarias, y nada. Le habíamos abierto el pecho y le mejoramos la “arquitectura” del ventrículo izquierdo, removiéndole parte de la pared fibrática. No lo podíamos sacar ni con una función cardíaca mínima, con lo que le hubiéramos podido dar asistencia circulatoria. Cooley salió de la sala de cirugía para avisarle a la señora Karp lo que íbamos a hacer, y a las autoridades del hospital para que fueran solicitando un donante. Ingresamos la consola de control del corazón artificial que habíamos creado. Removimos el corazón de Karp y separamos los ventrículos con una incisión transversal. Para poder sacarlo seccionamos la aorta y la arteria pulmonar. Era la primera vez, fuera de una autopsia, que se hacía algo así. Ya había periodistas observando detrás de la galería vidriada: la noticia se había esparcido rápidamente.
- ¿Y?
El tiempo para la circulación extracorpórea se estaba agotando. El resto de la pared de la aurícula izquierda de Karp fue suturado a la correspondiente pared artificial. Tuvimos un pequeño inconveniente con el conector aórtico de salida de la bomba, que no estaba correctamente alineado con la aorta del paciente, pero lo resolvimos e implantamos el ventrículo derecho a la brevedad. Y le volvimos el corazón a su sitio. En el driver vimos que funcionaba. Cooley tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo no canté victoria hasta que visité a Karp en el posoperatorio. Él todavía estaba entubado, no podía hablar. Le dije: “abra los ojos”. Los abrió. Le dije “apriéteme la mano”; lo hizo. “¡Mas fuerte!” ¡Y lo hizo! Le sacamos los tubos al otro día.
- No me diga que murió de viejo.
- Lamentablemente no resistió el trasplante. Esta operación que le conté se realizó el 4 de abril del 69, y el trasplante el día 7. La donante fue una señora de Massachussetts.  Su corazón funcionó bien al principio, pero el paciente ya había formado una pleuresía y neumonía fúngica (con hongos). De ese lugar no lo salvaban ni los antibióticos de ahora.
Respiro un poco. Tomamos los cafés que Gisella, su asistente, nos trae.
- ¿Cuándo hizo su última operación? –le digo.
- Le parecerá mentira, como a Cooley, pero yo operé hasta los 82 años.
- Wow.
- Cooley hasta los 80. Por eso no quiere creerme. Le gané.
  
PERÓN
- ¿Qué tuvo que ver Perón con su historia?
- En el 68 mi hermano mayor, Salvador, atendía al General Perón en Madrid. El Texas Heart Institute, para ese período, había firmado con España un convenio para entrenar a sus médicos en cardiología y cirugía vascular, que estaban muy flojitos. Con Cooley empezamos a ir tres o cuatro veces al año a dar conferencias o a operar. Mi nombre empezó a salir en los diarios. El General le pidió a Salvador que hiciera de puente para encontrarnos. Salvador  me esperó en Barajas y fuimos hasta la residencia de Puerta de Hierro. Perón era cardíaco, pero la llevaba bien. Tomamos el té, que nos sirvió su señora Estela. Ella era muy cortés. Conversamos de muchas cosas. Las reuniones se repitieron en varios viajes. Hasta que en las elecciones del 73 ganó Cámpora y Perón me llamó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Yo cubría dos servicios de cirugía cardiovascular, el del Italiano y el del Durán. Le contesté que era un honor, pero que estaba muy ocupado. Entonces Perón dijo que al menos me hiciera cargo por tres meses. Mi hermano me sacó el teléfono de la mano: “Métale para adelante, General”, dijo.
- ¿Y qué tenía que hacer?
. Perón reunió a toda la oposición para crear el Sistema Nacional de Salud, que después fue ley. Lo trabajamos prácticamente fuera del gobierno de Cámpora. El SNS fue importante: estaba destinado a ordenar la Salud Pública. Lástima que lo bajaron los milicos... Todavía hoy no se ha podido ordenar eso, y mire los años que han pasado. ¡Más de cuarenta!
- Tengo entendido que por entonces usted ya era el médico personal del General.
- Lo atendía todos los días. Los enfermos cardíacos quieren tener al médico cerca. Todo el tiempo me hacía preguntas, que el pulso esto, que una taquicardia… Yo iba a Gaspar Campos a última hora de la noche. Hablábamos más de lo que le recetaba. Me esperaba sentado, o recostado. Nos saludábamos, lo controlaba, nos llevábamos bien. A los políticos les gusta la gente que no se mete a competir con ellos, que hace el trabajo que sabe hacer y listo. Así soy yo, y él me tenía muy bien conceptuado. El problema, más que su salud, era ese López Rega, que tenía mucha incultura y le estaba al lado como una sombra.
- ¿Miraba mientras usted lo atendía?
- No. Pero podía abrir la puerta de repente, sin golpear, y el General no le decía nada. Nadie se explica, ningún argentino, cómo un hombre con la experiencia e inteligencia de Perón podía tener a un tipo así a su lado. ¿De dónde salió esa influencia? En nuestros encuentros en España nunca había aparecido… Le  voy a contar una anécdota.
- Bueno.
- Perón venía orinando poco, y a nosotros, los doctores del corazón, siempre nos interesa la parte diurética. Que los pacientes orinen bien. Con el cardiólogo Pedro Cossio le dimos unos remedios, con los que Perón empezó a orinar de nuevo. Él me estaba hablando, con la puerta del baño entornada, cuando intempestivamente entró Lopecito a la habitación. No pidió disculpas. Se puso a caminar adentro del cuarto moviendo mucho las manos y me dijo, casi sin mirarme: “Ha visto, doctor Liotta, tal astro se ha alineado con tal otro y por eso el General está meando”. Perón, que estaba de espaldas, abrió un poco más la puerta, giró su cabeza y me guiñó un ojo como diciéndome “no le haga caso a este loco”.
- ¿Cómo era Perón?
- Un hombre medido. Muy sencillo. A las personas que apreciaba las hacía sentir bien. Era un consolidador de ideas. Tomaba ideas de todos. Para hacer el SNS llamó a casi toda la oposición. Va a ver por qué digo “casi”. Yo tenía un anestesista maravilloso, Alfredo Dradman, un hombre que era secretario general del PC. Para el SNS nosotros habíamos convocado gente de cualquier partido, menos del PC. Estaba la UCR, con Balbín. Perón siempre ponderaba lo bien que andaban los radicales. Y entonces yo le dije: “Usted sabe, General, que quiero llamar a uno de mis mejores anestesistas: un profesional ejemplar”.
- Y llameló, doctor –dijo Perón.
- Pero es secretario del PC.
Entonces se quedó pensando la respuesta.
- Hay un problema –dijo, por fin-. De ellos, no mío. Cada vez que me acerco a un comunista, se esfuma en el aire. Hablan desde lejos, pero si uno se acerca desaparecen…
Cuando se lo conté a Alfredo empezó a maldecirlo. Se enojó muchísimo, y su enojo era el de todo el Partido. Perón les había ido robando sus banderas sociales, las cuestiones de trabajo, las de salud. Se metió prácticamente con todas las consignas del comunismo: eso no se lo perdonaban.
- Me acerco para conversar, vamos a sentarnos, se enojan y se van…


LOS CHINOS Y EL EPISODIO CON TÚNEZ
- Perón tenía intereses comerciales con Oriente, especialmente con China –cuenta Liotta-. Los quería impresionar un poco y les mandó una comisión científica. Fue en el año 1973. Me comprometí con Chu En-lai, el premier, para ir a darles entrenamiento a los médicos de allá.
- Vi la foto –le digo.
- Un gran tipo, Chu. Muy formal, pero siempre decidido a romper el hielo con un toque simpático. Eso aprendí de él. Habíamos tenido una charla seria y de golpe me agarró del brazo y me pidió que le presentara a mis colaboradores del Hospital Italiano. Su equipo era inmensamente pulcro, se los veía perfectos: delgados, uniformados, sonrientes, afeitados. Hice pasar primero a mi jefe de cardiología, el doctor Oliveri, que tenía una barba espesa y tupida, a lo Horacio Guaraní. Después presenté al doctor Pujadas, que era extremadamente obeso. El doctor Pichel también estaba barbudo y desalineado. Entonces detuve al traductor y le aclaré: “dígale al premier que la próxima vez no le voy a traer ni barbudos, ni gordos”. El equipo de él estaba formado por gente que, simplemente viéndolos, podías decir estos son cirujanos. Aunque los nuestros fueran mejores. El traductor dudó, pero Chu En-lai exigió sus palabras.  Sin reírse, me contestó:
- Los barbudos y los gordos adelante. Los chinitos, que se suban a banquitos.
Con Chu En-lai aprendí que el peor protocolo se rompe con un chiste.
- No siempre resulta –le digo.
Mueve la cabeza. “Una vez salió mal”, dice.
- Estábamos visitando oficialmente al presidente de Túnez. Fui con mi hijo Patrick y con mi esposa Olga. El presidente era el colmo de la seriedad. En un momento dijo: “Doctor, tiene que tener en cuenta que en este país, bajo la acción de mi gobierno, se terminaron todos los casamientos múltiples. Hoy en día es un hombre con una mujer, con felicidad. Todo lo demás está prohibido.” Lo decía con energía. Yo, acordándome de Chu En-lai, le retruqué:
- Tampoco hay que ser tan exagerado, señor presidente: dos o tres lindas chicas hacen falta de vez en cuando para mantener bien el corazón…
Le tuve que guiñar el ojo para que entendiera que le estaba haciendo una broma. A la noche me tocó cenar con su ministro de Salud Pública y me dijo que por suerte el episodio había salido en los diarios. Me mostró la nota y pasó a explicar: “Lo que pasa es que él ha tomado el monopolio de las chicas… Además de su señora, que es muy linda, tiene dos amantes. Con la nueva ley es el único que las puede tener sin caer en problemas…”
-  El sexo hace bien para el corazón, ¿no, Don Liotta? –le pregunto.
Se ríe, pícaro.
- ¿Qué le parece? –me contesta.
Y pasa a describir la lista de consejos para llegar con un corazón sano a su edad.           

FINAL
A la salida de la reunión me decido a escribirle a mi ex. Son las once de la mañana y estoy por tomarme el tren de vuelta a casa, parado en el andén de la estación Morón. Le mando dos mensajes.
El primero dice: “Acabo de entrevistar al inventor del corazón artificial. Sus tips para nunca tener que ponerse uno fueron “alimentación correcta, andar diariamente en bicicleta y ser feliz”. Es un hombre mayor que hace las tres cosas: come pescado y verduras, pedalea en su bici fija y reparte el tiempo entre su matrimonio, su trabajo y sus hijos grandes.”
El segundo dice: “Los dos primeros consejos los cumplís sola, o con tu Aurorita. Para el tercero te puedo ayudar. Si me dejás, te cuido el corazón”.

Todavía no me contestó, pero no pierdo la esperanza.

7.7.16

EL CORAZÓN DEL DOCTOR LIOTTA

Pasaron tantos meses desde que escribí esta nota hasta que salió, que todo lo que dice y era cierto sobre mi condición en el mes de febrero se convirtió en ficción y fantasía para julio, como sucede con los grandes triunfos y los peores fracasos.
Eso es lo increíble del tiempo. A la larga es malo; te enferma, te envejece, te mata. Pero en pequeñas dosis –en dosis cortas- es una maravilla: nos regala el olvido.

5.7.13

MONUMENTOS / MI QUINTA MEMORIA, QUE NO SALIÓ EN LA REVISTA

En el año 2007 conformé un grupo de trabajo junto al arquitecto Sebastián Marsiglia para estudiar los monumentos erigidos en el mundo en memoria del Holocausto Judío, o Shoá. Nos interesó entre todos los genocidios de la historia por ser el que  tiene más bibliografía editada, y por estar representado en cantidad de memoriales y museos, muchos de los cuales  habíamos visitado alguna vez en nuestros viajes.
Los museos y monumentos de la Shoá mantienen siempre una especie de contradicción de tamaño entre el espacio representativo, metafórico, generalmente enorme, y los objetos a exhibir, casi siempre de pequeño formato. Peter Eisemann enuncia la falta de diálogo entre ambos elementos en el discurso escrito para su memorial urbano en Berlín. La ampliación del Museo Judío de Libedskin es genial, pero no resuelve el conflicto: tiene gigantescos vacíos irregulares que relatan plásticamente y con efectividad la angustia de la existencia y el tema de la muerte, pero cuando esos espacios son ocupados por objetos domésticos rescatados de los campos de concentración, el arquitecto se ve obligado a recurrir a vitrinitas.
El caso es que la presencia de estos sencillos objetos (valijas, cartas, fotos, zapatos, utensilios, ropas, libros) es fundamental porque decanta la memoria social en memoria individual; nos habla de personas como nosotros, pero que dejaron de existir en medio de atroces castigos: persecución, tortura, vejaciones, cárcel, fusilamientos. La actualidad de la presencia de estos objetos, parecidos a las que todos nosotros utilizamos diariamente, es una indicación del peligro de que la catástrofe pueda ocurrir de nuevo, en cualquier momento, en cualquier sociedad. La visualización de estos objetos tristes es fundamental para entender el Holocausto u otro genocidio de la humanidad.
Nuestra investigación derivó en algunas ideas que nos sirvieron para ganar, en agosto de 2009, el Primer Premio del concurso internacional para la realización de un monumento conmemorativo de la Shoá, a construirse en la Ciudad de Buenos Aires. En el año 2011 el Gobierno de la Ciudad inauguró una cuidada plaza de la Shoá, en terrenos del ex paseo Marcela Iglesias, frente a los arcos de la Infanta. A fines del 2012  el Ministerio de Cultura de la Nación a través de la Secretaría de Industrias Culturales,  junto a la DAIA, representada por el señor Aldo Donzis, pusieron allí la piedra fundamental. Las obras están a punto de comenzar, y esta noticia es la primicia que quiero contarles.
Diseñamos con Marsiglia un muro de treinta y nueve metros de largo, incrustado sobre el terraplén del ferrocarril. La idea es que no tome una posición central en el paisaje, queríamos que simplemente acompañara el recorrido de la plaza. El muro está formado por una serie de piedras de hormigón que contienen  una colección de objetos de la vida cotidiana de una persona. Los objetos están vaciados en el material, y a la vista se muestran como ausencias que han dejado sus huellas en la piedra.
Cada piedra contendrá la marca de un solo tipo de objeto. Si se trata de utensilios, el hormigón será colado sobre cucharas, cuchillos, tenedores, platos, jarras, budineras. Si son elementos de aseo, la colada se realizará sobre peines, peinetas, cepillos, broches, afeitadoras. En el caso de ropa se considerarán calzados, almohadones, cinturones, camisas, vestidos, carteras, anteojos. Habrá computadoras, celulares, libros, electrodomésticos, herramientas. El negativo de los objetos cotidianos sobre la piedra conforma una especie de fósil urbano de alta sugerencia. Delata la vida humana a través de las cosas de uso, pero dejándolas a un lado.  
         La colección de ausencias realiza una transferencia de memoria. El paseante será quien recuerde la memoria de una ciudad, de cientos de existencias. Una operación de deshielo para la petrificación de los recuerdos. Aprendiendo de Jochen Gerz, hemos intentado producir un monumento que recuerde el olvido.
Como artistas nos interesan las relaciones entre nuestra existencia y la existencia total, las conexiones entre el ahora y lo que pasó. Por eso este monumento no sólo se refiere a la Shoá, sino que intenta crear un alerta para que nunca más haya un genocidio en el planeta.
Recordar es una actividad vital que da identidad a nuestro pasado y define nuestro presente. La memoria es selectiva: un complejo sistema dialéctico entre el olvido y el recuerdo. Las memorias personales y las memorias sociales están siempre sujetas a construcción, a negaciones, a represión. Son borrosas e imperfectas; no permanentes. En las sociedades modernas, la memoria colectiva se negocia en los valores, las creencias, los rituales e instituciones del cuerpo social.

La metáfora es la de la memoria impresa en la piedra. Cientos de memorias individuales que arman el avatar colectivo de un pueblo, que es a la vez todos los pueblos. 

4.7.13

EL OBJETO LEGIBLE

-  ¿Cómo la hiciste? –preguntó mi mamá, al ver la foto.
El papel estaba colgado de un broche, secándose en el patio. La imagen mostraba la casa desde arriba, y parte de las casas vecinas. La escena pasa en Castelar en el año 1973. No hay ninguna torre a la vista, ni un árbol, ni un poste cerca para subirse y fotografiar todos esos techos en planta.
- Con la Lupín –contesté.
Le mostré la revista. De historietas, apaisada como un Patoruzú. Pero con una diferencia: algunas de sus páginas son planos para construir cosas. Radios,  periscopios, globos aerostáticos, proyectores, hectógrafos, intercomunicadores electrónicos, telescopios. Cualquier cosa. Todas las cosas interesantes de este mundo, en mi visión de los once años.
- Con un doblevé y una cámara aérea –agregué.
El doblevé es un barrilete con forma de W. El esqueleto se hace con varillas, el forrado con papel de seda. Tiene la particularidad de que sube casi en vertical, como un globo. Yo lo elevaba unos diez metros. Era anaranjado. Sigo amando ese hermoso color.
La cámara se construía con un pote de helado tipo cassata, y se aseguraba al barrilete. Había que pintarla de negro y hacerle un agujero en un costado, adonde iba el lente fijo. El gatillo era un simpático mecanismo realizado en hojalata, accionado por una goma elástica y un pedazo de espiral para mosquitos. El espiral era el timer. Lo encendías abajo, izabas la cámara “alta en el cielo” y, cuando el espiral llegaba a su fin, obturaba. Entonces sacaba la foto.
Recuerdo que subí y bajé el doblevé durante seis días, hasta llegar a la foto buena. Cada copia era revelada en un baño que nadie usaba y era fácil de oscurecer. El mismo lugar donde cargaba el pedacito de película para las tomas. Me había hecho las cubetas y embudos de revelado con botellas grandes de lavandina, cortadas por la mitad. Cada botella te daba una cubeta y un embudo. Lo había aprendido en la sección fotografía. Y a revelar, también. Y a pesar las sales para hacer los líquidos, también. Una sola foto salió nítida (era muy difícil que no se moviera). Con esa hice la copia que vio mi mamá, en el patio de la casa de mi infancia.
Coleccioné la revista Lúpin desde el número 73 hasta el 190. Mi alma de niño se extendía y se ampliaba con cada nuevo número adquirido.
Con la Lúpin fabriqué un episcopio utilizando una caja de cartón corrugado, un catalejo con tubos para enrollar telas, un motor eléctrico con el metal de una lata de tomates. La esperaba con ansiedad. La hacían dos dibujantes: Sídoli y Guerrero. A veces usaban apodos para aparentar staff. Sídoli se hacía llamar Tito Sol, o DOL. Mi preferencia en las historietas iba de su mano: Saltapones o Resorte, el ayudante del Profe. Los dos personajes eran constructores, y el Profe un inventor de barrio.
Con cuarenta años me enteré de que habían mandado a escanear la historia completa, y vendían los DVDs. Moría por ver la tapa de la número 1, inconseguible, de febrero del 66. Vamos hacia el objeto faltante de la infancia. Las Lupines más importantes eran las que me faltaban. El que escaneó todos esos números me había otorgado la libertad.
Fui a visitarlos a la redacción. Me encontré con dos viejos encorvados sobre sus escritorios. Los discos eran caros. Les conté que todavía acostumbraba comprar la Lúpin, cada vez que la veía en un kiosco. La hermosa Lupín, dije. No logré conmoverlos ni lograr una rebaja: irse sin la colección era algo inútil, ya lo habían visto en otros de cuarenta o cincuenta. Casi todos ingenieros, pilotos, arquitectos o técnicos en electrónica: volvían. Guerrero me mostró la foto del lector que había llegado más arriba. El astronauta aparecía con el número nuevo, el 394, y desde la escotilla redonda se alcanzaba a ver el planeta Tierra.
- Pusimos uno en la Nasa –dijo.
¿Yo había elegido la Lúpin o esos viejitos me habían elegido a mí, a través de unos personajes dibujados, para convertirme en el arquitecto que traía en mis genes? Coleccionar Lúpin fue coleccionar el secreto de cómo son las cosas. Y de vez en cuando hacerlas, para corroborar el hecho mágico del funcionamiento.
Los del Museo de la caricatura les organizaron una fiesta de agradecimiento por el milagro de haber subsistido 40 años ininterrumpidos en los kioscos. Hay un video. En el estrado están los dos dibujantes de 82 años, discutiendo quién es dueño de cada parte de la historia. Blanca Cotta hizo la torta con el biplano arriba del chocolate cobertura. Y al final de los discursos se ve a los cien presentes arrojar avioncitos de papel, tipo flechita, al aire del salón.
Todos tipos, todos grandes.

Gordos, pelados, satisfechos.
Coleccionistas. 

28.5.13

RARA BARAJA LEGIBLE


La semana pasada conté un recuerdo bueno de un amor que tuve en una cripta. La próxima voy a contarles sobre una revista que leía de niño, y por la que soy arquitecto. Son mis recuerdos constructivos. Nadie quiere borrar nunca un recuerdo bueno, ¿no? Los buenos recuerdos nos hacen felices. Pero ¿cómo borrar aquellos que nos atormentan? En una de las películas de la trilogía de Gus Van Sant, Paranoid Park, hay un adolescente que cometió una muerte involuntaria, y el recuerdo y la culpa le minan la personalidad. El chico deambula con su tabla de skate por su ciudad buscando una respuesta. No le puede contar a nadie lo que hizo: los adultos que vemos no parecen estar dispuestos a perdonarlo. Tampoco puede guardarse la historia adentro, es demasiado para él. Una amiga del colegio le indicará qué hacer. “Tenés que escribirlo”, le dice. “Escribilo y después quemálo”.
Los escritores hacemos eso todo el tiempo: sacamos el miedo de adentro en páginas que a veces vendemos, a veces regalamos y en ocasiones, también, quemamos. Ponerle una ficha a la rara baraja de la memoria, según Julio Cortázar. La que se mezcla para dar de nuevo, la que tiene siempre las mismas cartas dispuestas en un orden diferente.
Todo se hace más difícil cuando el recuerdo que hay que barajar es colectivo, y tiene la marca indeleble del trauma. La sociedad se ve dispuesta o forzada a recordarlo, para mantener viva la memoria. Me refiero a los recuerdos de una guerra o un genocidio, esos que no hay que olvidar para que no se repitan. Las ciudades, los ministerios, suelen darle un punto y aparte al asunto haciendo un monumento. A los caídos, a los desaparecidos, al horror de una batalla. Esos monumentos nos duelen y sirven al principio. Pero parece que con el tiempo producen lo contrario, suelen hacer que la gente se olvide del asunto. La estatua de la madre sosteniendo el cadáver de su hijo en brazos o el soldado con el pecho abierto parecen decirnos “no te atormentes más, ciudadano. De ahora en adelante, tu recuerdo será nuestro trabajo”.
Hay un artista plástico alemán que asegura que los Estados hacen monumentos para que las sociedades se olviden del asunto. Se llama Jochen Gerz.
Lo vi cuando vino al Malba, en el año 2004. Contó que le habían hecho un encargo para la ciudad de Hamburgo, un monumento contra el fascismo, para el que diseñó una torre  prismática de doce metros de altura, por un metro cuadrado de base. Estaba recubierta por una lámina de plomo adonde se había invitado a la gente a escribir lo que quisiera. El día de la inauguración, munida de punzones, la vecindad de Hamburgo dejó sus mensajes de paz. Algunos se fueron con escaleras. No todos los pensamientos fueron en contra de la guerra: un militar, en la noche, le estampó nueve tiros.
Lo cierto es que después la gente se olvidó, metida en sus asuntos cotidianos. Y un día notaron que los mensajes iban desapareciendo bajo la tierra. El monumento de Gerz se los había tragado. La Municipalidad salió a dar la explicación: el destino del obelisco era desaparecer. Con las frases escritas, y el impacto de los nueve tiros. El monumento tenía un mecanismo para hundirse un metro por año.
Un viejito al que le habían matado a toda su familia prometió reescribir su frase antibélica todas las veces que hiciera falta. Pero también preguntó: “¿qué pasará después de 12 años?”. “Habrá una tapa en el suelo”, contestó Gerz. “¿Y los mensajes?”. “Habrá que decirlos”. El monumento de Gerz nos habla con las mismas palabras que los recuerdos, con el cuento.
Las imágenes son tautológicas, la palabra es analítica. La misma torre sola, alta, el obelisco como monumento, puede significar la condena a la guerra o su glorificación. Una imagen vale más que mil palabras, pero también vale las mil palabras. Y mil palabras dichas juntas es una confusión.
Recuperamos el recuerdo del olvido siempre mediante la palabra. Para mantener vivo el recuerdo de un genocidio o de una guerra no hay ni habrá como el relato trasmitido de generación en generación, con nietos escuchando sentados en las rodillas de sus abuelos. Contar sirve para olvidarse, pero también y fundamentalmente para recordar.
Siempre y siempre: contar para vivir.

14.5.13

NOTA EN VIVA DEL ÚLTIMO DOMINGO / ERA MEJOR PERSONA CUANDO ESTABA POSEÍDO


Íbamos a La Cripta, con Lorena, a morirnos un poco.
Vuelvo a empezar. Con Lore íbamos a La Cripta a morirnos de miedo.
Otro error. Lo y yo íbamos a La Cripta a morirnos de la risa.
Lo exacto debería haber sido: bajábamos a La Cripta. A las criptas del horror se baja. Y nunca nos morimos ahí. Bajábamos a La Cripta, con Loli, a mirar las peores películas de horror de la historia del cine. La Cripta fue un cineclub. La entrada valía un peso.
Quedaba en un sótano de Bulnes y Guardia Vieja. Dos personajes elegían las películas y redactaban las gacetillas: Peter Punk y Caligari. El operador se llamaba Julio, y era marino mercante. La proyección se hacía en 16 mm, con cambio de rollo a la mitad. El material lo aportaba la Filmoteca Buenos Aires. El público era un tercio gay, otro tercio moderno y el último tercio de drogones y comerciantes. Hasta había un cartonero que apestaba en verano. Quince o veinte personas. Los más raros, de todas maneras, creo que éramos nosotros. Ella con sus labios carnívoros y su mirada destellante. Yo, profesional independiente. Dos frikeados.
Las películas se vinculaban por ciclos: “Llegaron del espacio”, “Totalmente bizarro”, “La tumba de Poe”.  Entre los actores nunca faltaban Boris Karloff, Christopher Lee y Vincent Price. Los nombres de las películas iban desde “Dr. Death” hasta “Zontar, el monstruo de Venus”. La más disparatada que vimos fue proyectada más o menos a la mitad de la vida del cine. “Psychomanía”, de Don Sharp. Una de motoqueros zombis.
Recuerdo el primer día que fuimos: pedí si no podían dejar de fumar marihuana durante la función, y Caligari dijo que a él también le parecía que había que dejar. Uno preguntó por qué un recién llegado ponía reglas. Era una especie de mohicano vestido de negro. Interfiere con la proyección, dije. Las sombras del humo salían en la pantalla. Peter encendió la luz para darme la razón.  Al final siempre hacían un sorteo; ese día lo gané con el número 63. La moto de He-man, en escala. Lore y yo nos prometimos regresar al sótano todos los martes a las 22. De la mano, para asegurarnos la eternidad de nuestro amor.
A ella se le ocurrió lo de las tortas. Para el cumple de 100 espectadores llevamos la primera: un ataúd de bebé. Fabriqué el molde en hojalata, modificando uno rectangular para que diera la forma del doble trapecio. Le pusimos dulce de leche por adentro y cobertura blanca por afuera. Las manijas eran aros de chocolate. La cruz, cubanitos. Encendimos velas para que pareciera el velorio de un ángel. La torta duró dos minutos y medio, lo cronometré.
La segunda la hice yo solo, y no salió tan bien. Fue una cabeza humana servida en una bandeja. Tenía nariz y orejas de bizcochuelo, ojos de pelotas de pimpón. Pelo de cobertura negra. Sangre de mermelada en la bandeja. Ya no nos veíamos tanto con Lore, y las películas que pasaban empezaban a tener buenos actores. Por ejemplo: “Anniversary”, con Bette Davis. ¿Quién quería ver semejante bodrio? No nos convencía Peter Sellers en el “Quinteto de la Muerte”. Queríamos los vampiros de la Hammer y los fantasmas de cartulina de Corman. Ligeia sonriente, inmaterial pero putrefacta. O la torta era grande, o había menos público. Nos costó terminarla. Lore ya se sentaba sola, por atrás. La distinguí por el tentáculo enrollado en la pata de su butaca (¿o era una pierna encogida hacia  dentro?).
Una noche de enero en lugar de juguetes o libros de Stephen King sortearon un champú, jabón, desodorante, crema de afeitar, maquinita y colonia. El cartonero ganó el kit. Estaba chocho. A la función siguiente vino limpio, lo más que pudo.
Los  monstruos empezaron a fallar cuando se fue el operador. Le habían dado un viaje de ultramar, iba a faltar seis meses. Cambiamos el fílmico por DVD. Porque uno siempre confía en los monstruos. Porque los monstruos, al final, son la familia de uno. Nada fue igual.
Mi yo fetichista quiso tener el ticket del último día. Lo compré para eso, aunque ya me dejaban pasar gratis porque me habían adoptado para la orga. Lorena no estuvo en la despedida. Nunca más la vi. En la oscuridad de la emisión final, lloré.
Cuando me abracé para siempre con Peter y Caligari, les dije que me sentía mejor persona desde que estaba poseído por la Clase B. Que había aprendido algo con el fraguado del sorteo para el cartonero. Humanidad, dije. O: humildad (no me acuerdo bien). Peter subió los hombros. Siempre los fraguamos, dijo. ¿O te creíste que tenés mi motito de He-Man porque sos un tipo de suerte?