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8.7.11

SECCIÓN PERDER UN AMIGO VISITA Ñ / LA GUERRILLA INVISIBLE, HISTORIA DE LAS FUERZAS ARGENTINAS DE LIBERACIÓN



Juan Carlos Cibelli, el primer militante que Ariel Hendler cita en su libro, dice que en el nacimiento de la célula revolucionaria FAL (Fuerzas Argentinas de Liberación) eran “cinco pibes de veinte años promedio, no teníamos ni la menor idea de nada y decidimos que íbamos a hacer la Revolución”. Esto pasaba en 1960. Las FAL nacieron antiperonistas, ingenuas, ágrafas. Estaban pegadas a “Los Demonios”, la novela panfleto de Dostoievsky, y se creyeron los demonios de la Argentina. No tenían ni media moneda, y fueron partidarios del concepto de violencia como un problema retórico, que no debía pasar de la teatralidad. Ni un tiro, por decirlo así. El tiempo, la organización y el progreso los “cuaquerizaron”, los llenaron de paranoias, y sufrieron el paso de la política y de los militares en una progresión que casi no tuvo descanso. Con algunos absurdos, por ejemplo seguir conspirando contra el Estado durante el gobierno de Illia.
“Ni nos enteramos de que gobernaba Illia, porque teníamos como norte la Revolución”, admite Cibelli. “Mucho más tarde tomé conciencia de lo progresiva que había sido la distribución de la riqueza en esa época; pero en ese momento no nos planteamos dejar de operar. Primero, porque nuestras acciones eran sin sangre; y segundo, porque nuestro objetivo era la acumulación, no hacer política coyuntural, así que no nos importaba mucho quien fuera el presidente”. ¿Qué acumulaban? Recursos: dinero, armamento, libros y volantes. Lo hacían en operativos bien planeados, a los que le llamaban “recuperaciones”. El cuento de la recuperación de armas en Campo de Mayo de 1969, ingresando mediante vehículos camuflados, no tiene desperdicio. Parece Cine de Súper Acción.
O el del secuestro del cónsul paraguayo Waldemar Sánchez en la Semana Santa de 1970, mientras Stroessner pescaba truchas en el Nahuel Huapi, episodio con el que Graham Greene escribiría su novela más vendida. No es casual que haya pasado esto, porque a la distancia, relatado por sus participantes o reinventado por la prosa inteligente de Hendler, parecen operaciones de ficción. Hasta Onganía nadie se imaginaba muy bien cómo iba a complicarse todo, y la ola de asesinatos que diseminó el Proceso de Reorganización Nacional, que aún seguimos recordando en los juicios vigentes.
Hoy leemos en el correo de la revista “Barcelona”, de vez en cuando, que un lector se queja de una suba en los precios y les increpa: “me imagino que será para hacer la Revolución”. A lo que ellos contestan “Por supuesto, por eso hacemos todo esto”. Y la cosa no pasa del chiste: las subas son por la inflación, no para hacer una revolución.
Los años 70 son una enciclopedia que nos enseña exactamente lo que somos ahora. El libro de Ariel Hendler, preocupado por retratar veinte años de lucha armada a través de la menos conocida de sus organizaciones, viene a llenar un vacío en el relato histórico de modo riguroso y a la vez atrapante.
Un gran libro para los que quieran comprender el tiempo presente de la Argentina.

27.1.11

SECCIÓN PERDER UN AMIGO / NOREP


“Norep” es la ópera prima editada de Omar. A Genovese se lo conoce por los blogs, por los posts urticantes y desaforados de la Witzky, en su Phantom Circus. El título alude a Perón dado vuelta, como hubiera marcado Luca Prodan en el cieguito volador, y además es una especie de anagrama de “no descansa en paz” (NO-RESQUIESCAT-EN-PACE). La idea, furiosa, es tener un infierno adonde los personajes más diabólicos arman una cofradía de ultratumba, una jefatura de abajo. Donde lo único que aspiran es a volver a subir, como cualquier villano de comic, desde el Pingüino hasta Plancton o Duhalde, y tener el poder otra vez. Los personajes son Hitler, Pol Pot, Koba, Apold, Göring, Goebbels, Mengele, Lopecito, Eva y el Pocho (no estoy de acuerdo en que Eva y el Pocho se queden tan pegados a esos monstruos, los considero mucho mejores que todo ellos, ¿no es una exageración? – Massera podría entrar en la lista sin problemas). El infierno está manejado a distancia, como por control remoto, por un Maligno al que nunca se ve (un acierto). Mengele es el que diseña y prueba el ejército de norepistas, unos bichos horribles que tocan el bombo y sacuden pancartas, destinados a poblar la plaza. El Pocho lo único que quiere es volver a estar en el balcón, levantando unas manos transparentes. Pero los monchos no pueden subir. Primero, porque en el infierno no hay escaleras, y tienen que andar haciendo la molesta pirámide humana. Nadie resiste ni quiere estar demasiado tiempo abajo. Segundo, porque hay una especie de Contac, una membrana irrompible que separa lo de abajo de lo de arriba. Tercero, porque hay una filtración de info que siempre llega a quien no tiene que llegar. Cuarto, por la traición.

Omar nos tiene acostumbrado a posts deslumbrantes, adonde el discurso y la verborragia son muy eficientes, ya que son textos cortos que deben dar –y dan- en el clavo. Este mismo esquema es utilizado para mover los hilos de su novela, y si bien son muy efectivos por momentos, cuando se repiten frenan la lectura. Lo mejor de la novela son los raptos delirantes entre los personajes, lo que hacen o dejan de hacer. El momento en que el General forra su gorro pochito con papel metalizado para que no le lean la mente, sus diálogos persecutorios con Eva y El Brujo, la pirámide humana, la presentación del Súper Bowl norepista con una maqueta hecha en base a una palangana, etcétera. En el lugar de Omar yo habría explotado más este encierro berreta con esas personas, la comunicación entre ellos, los proyectos frustrados, las esperanzas que se traen de arriba. Me quedé con ganas de más miseria y más acción. Y le hubiera quitado un poco de discurso, de esa máquina que tal vez esté gastada por la misma política, y de la que acá se vuelve a hablar constantemente como joda. Rescato la desfachatez y el descaro para tratar a los horrendos “próceres”; siempre es bienvenido. El resultado final es una novela hilarante que podía haber dado más. Igual me gustó, es un primer libro, en los primeros libros los escritores ponemos toda la nerca. Y acá hay asado de Perón, lo más jevi del Coto.

Sale y vale con fritas.