2.2.26

ROD MARTIN OPINA SOBRE FRANK GHERY / PÁGINA 12

"Frank Gehry ha fallecido a los 96 años y con él se va el rostro más visible de una forma de hacer mundo que, lejos de desaparecer, está mutando. Gehry no inventó la arquitectura como espectáculo, pero la elevó a un nivel de sofisticación plástica que nadie más pudo igualar. Si bien es tentador declarar el fin de la era de los “arquitectos estrella”, el horizonte de Dubái, los megaproyectos de Arabia Saudita o la verticalidad de China lo desmienten: la arquitectura como activo financiero y marca global sigue viva. Sin embargo, Gehry fue su profeta original, y quizás sus edificios de metal retorcido queden en la historia como las ruinas más bellas y elocuentes de esa ambición desmedida.

Para entender cómo Frank Gehry llegó a diseñar los museos más caros del mundo como el Guggenheim Bilbao, hay que volver al principio, cuando la precariedad era su estética personal. Su propia casa en Santa Mónica sigue siendo una clave de lectura esencial: una vivienda suburbana “envuelta” en cercas de alambre, madera contrachapada y chapa ondulada.

Allí no había lujo, sino una celebración del material crudo, del desecho industrial. Gehry rompió la caja burguesa no con mármol, sino con lo que parecía basura de construcción. Esa estética de lo “inacabado” o lo “colapsado” se mantendría latente incluso cuando, décadas después, cambiaría la chapa barata por el titanio y el acero inoxidable.

El gran salto de Gehry no fue sólo formal, fue tecnológico. Su estudio fue pionero en la adaptación de CATIA --un software de Dassault Systèmes diseñado para la aeronáutica-- al mundo de la construcción. Esto le permitió traducir sus bocetos gestuales --garabatos que parecían nubes o explosiones-- en estructuras edificables.

Gracias a esta digitalización, Gehry pudo desafiar la gravedad y la economía de materiales, permitiendo que la arquitectura neoliberal de los ’90 --con su derroche de soberbia corporativa-- soñara con formas que antes eran imposibles. Él demostró que el simbolismo del gran capital podía fluir en curvas complejas, y no sólo en líneas rectas como en el World Trade Centra de Nueva York.

La inauguración del Museo Guggenheim Bilbao en octubre de 1997 marcó un antes y un después. El edificio no solo reactivó una economía local deprimida; validó un modelo global. Demostró que un objeto arquitectónico singular podía posicionar a una ciudad en el mercado internacional de turismo y prestigio.

Aunque hoy vemos este modelo replicado hasta el paroxismo en Emiratos Árabes y Asia, fue Gehry quien le dio su legitimidad cultural en Occidente. Sus edificios se convirtieron en logotipos tridimensionales. Pero, a diferencia de los rascacielos anónimos de vidrio que pueblan las capitales financieras, las obras de Gehry siempre mantuvieron una cualidad artística, casi escultórica, que las hacía únicas.

Esa singularidad tuvo costos altos. La fricción entre la forma escultural y la función habitable fue una constante en su carrera, generando episodios que ya son parte de la historia de la disciplina. El Walt Disney Concert Hall (2003) es una obra maestra acústica en Los Ángeles, cuyo exterior de acero pulido generó tal reflexión solar que calentó los departamentos vecinos hasta hacerlos inhabitables, obligando a un tratamiento posterior de la fachada. Y en el Stata Center del MIT (2004) --un edificio académico que visualmente parece estar derrumbándose-- la metáfora se volvió literal cuando el MIT demandó a Gehry en 2007 citando “negligencia profesional” por filtraciones persistentes, moho y grietas.

Estos incidentes no frenaron su carrera, porque en la lógica de la starchitecture, el defecto funcional a menudo se perdona si la ganancia simbólica es suficiente. Cuando en 2014, en Oviedo, Gehry levantó el dedo medio ante un periodista que cuestionó si su arquitectura era mero espectáculo, no estaba siendo solo grosero; estaba defendiendo la supremacía del arte sobre la utilidad banal. Incluso en sus obras tardías, como la Fundación Luma en Arlés (2021), Gehry insistió en su lenguaje de fragmentación. La torre de Arlés, recubierta de 11.000 paneles de acero inoxidable, brilla bajo el sol provenzal como una formación geológica alienígena.

Al mirar el legado de Gehry hoy, tras su muerte, surge una idea poderosa: sus edificios con sus metales retorcidos, sus volúmenes que parecen chocar entre sí y sus estructuras que desafían la verticalidad, siempre parecieron ruinas. No ruinas del pasado, sino ruinas del futuro. Parecen capturar el momento exacto de una explosión o un colapso.

La arquitectura del espectáculo no ha muerto; sigue vigente en cada render futurista de una smart city en el desierto. Pero Frank Gehry fue quien mejor capturó el espíritu de esta época vertiginosa. Sus edificios son los fósiles perfectos del capitalismo tardío: brillantes, caóticos, carísimos y fascinantes en su propia descomposición formal. Quizás, dentro de siglos, cuando se estudie nuestra era, sus estructuras de titanio arrugado sean las que mejor expliquen la ambición y el desorden de nuestro tiempo."

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