"Frank Gehry ha fallecido a los 96 años y con él se va el rostro más visible de una forma de hacer mundo que, lejos de desaparecer, está mutando. Gehry no inventó la arquitectura como espectáculo, pero la elevó a un nivel de sofisticación plástica que nadie más pudo igualar. Si bien es tentador declarar el fin de la era de los “arquitectos estrella”, el horizonte de Dubái, los megaproyectos de Arabia Saudita o la verticalidad de China lo desmienten: la arquitectura como activo financiero y marca global sigue viva. Sin embargo, Gehry fue su profeta original, y quizás sus edificios de metal retorcido queden en la historia como las ruinas más bellas y elocuentes de esa ambición desmedida.
Para entender cómo Frank Gehry llegó a
diseñar los museos más caros del mundo como el Guggenheim Bilbao, hay que
volver al principio, cuando la precariedad era su estética personal. Su propia
casa en Santa Mónica sigue siendo una clave de lectura esencial: una vivienda
suburbana “envuelta” en cercas de alambre, madera contrachapada y chapa
ondulada.
Allí no había lujo, sino una celebración del material crudo, del desecho industrial. Gehry rompió la caja burguesa no con mármol, sino con lo que parecía basura de construcción. Esa estética de lo “inacabado” o lo “colapsado” se mantendría latente incluso cuando, décadas después, cambiaría la chapa barata por el titanio y el acero inoxidable.
El gran salto de Gehry no fue sólo formal,
fue tecnológico. Su estudio fue pionero en la adaptación de CATIA --un software
de Dassault Systèmes diseñado para la aeronáutica-- al mundo de la construcción.
Esto le permitió traducir sus bocetos gestuales --garabatos que parecían nubes
o explosiones-- en estructuras edificables.
Gracias a esta digitalización, Gehry pudo
desafiar la gravedad y la economía de materiales, permitiendo que la
arquitectura neoliberal de los ’90 --con su derroche de soberbia corporativa--
soñara con formas que antes eran imposibles. Él demostró que el simbolismo del
gran capital podía fluir en curvas complejas, y no sólo en líneas rectas como
en el World Trade Centra de Nueva York.
La inauguración del Museo Guggenheim Bilbao
en octubre de 1997 marcó un antes y un después. El edificio no solo reactivó
una economía local deprimida; validó un modelo global. Demostró que un objeto
arquitectónico singular podía posicionar a una ciudad en el mercado
internacional de turismo y prestigio.
Aunque hoy vemos este modelo replicado hasta
el paroxismo en Emiratos Árabes y Asia, fue Gehry quien le dio su legitimidad
cultural en Occidente. Sus edificios se convirtieron en logotipos tridimensionales.
Pero, a diferencia de los rascacielos anónimos de vidrio que pueblan las
capitales financieras, las obras de Gehry siempre mantuvieron una cualidad
artística, casi escultórica, que las hacía únicas.
Esa singularidad tuvo costos altos. La
fricción entre la forma escultural y la función habitable fue una constante en
su carrera, generando episodios que ya son parte de la historia de la
disciplina. El Walt Disney Concert Hall (2003) es una obra maestra acústica en
Los Ángeles, cuyo exterior de acero pulido generó tal reflexión solar que
calentó los departamentos vecinos hasta hacerlos inhabitables, obligando a un
tratamiento posterior de la fachada. Y en el Stata Center del MIT (2004) --un
edificio académico que visualmente parece estar derrumbándose-- la metáfora se
volvió literal cuando el MIT demandó a Gehry en 2007 citando “negligencia
profesional” por filtraciones persistentes, moho y grietas.
Estos incidentes no frenaron su carrera,
porque en la lógica de la starchitecture, el defecto funcional a menudo se
perdona si la ganancia simbólica es suficiente. Cuando en 2014, en Oviedo,
Gehry levantó el dedo medio ante un periodista que cuestionó si su arquitectura
era mero espectáculo, no estaba siendo solo grosero; estaba defendiendo la
supremacía del arte sobre la utilidad banal. Incluso en sus obras tardías, como
la Fundación Luma en Arlés (2021), Gehry insistió en su lenguaje de
fragmentación. La torre de Arlés, recubierta de 11.000 paneles de acero
inoxidable, brilla bajo el sol provenzal como una formación geológica
alienígena.
Al mirar el legado de Gehry hoy, tras su
muerte, surge una idea poderosa: sus edificios con sus metales retorcidos, sus
volúmenes que parecen chocar entre sí y sus estructuras que desafían la
verticalidad, siempre parecieron ruinas. No ruinas del pasado, sino ruinas del
futuro. Parecen capturar el momento exacto de una explosión o un colapso.
La arquitectura del espectáculo no ha muerto; sigue vigente en cada render futurista de una smart city en el desierto. Pero Frank Gehry fue quien mejor capturó el espíritu de esta época vertiginosa. Sus edificios son los fósiles perfectos del capitalismo tardío: brillantes, caóticos, carísimos y fascinantes en su propia descomposición formal. Quizás, dentro de siglos, cuando se estudie nuestra era, sus estructuras de titanio arrugado sean las que mejor expliquen la ambición y el desorden de nuestro tiempo."
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