13.5.26

LA NIÑA SOBRE UN ALTAR / TGSM


“La niña sobre un altar” es una obra escrita por Marina Carr, autora irlandesa de unos cincuenta años. Lo que se escucha es absolutamente moderno, aunque suceda en la Grecia de los troyanos. La experiencia logra hacernos entender las razones y el impulso para que Clitemnestra mate a hachazos a Agamenón al volver de la guerra, como cuenta la historia. Todos los que estamos mirando sabemos que eso va a pasar, no hay un gran spoiler en lo que escribo, lo que quizás nos falte es terminar de entender el por qué, y los personajes de la obra de Carr lo van a expresar con creces. La razón psicológica o moral vamos a verla ahí, enérgicamente expuesta, en el teatro de voces de la sala Casacuberta del San Martín, actuada por un equipo impecable dirigido por Oscar Barney Finn.


Son brillantes los papeles principales, el de Analía Couceyro y Paulo Brunetti, pero maravillosos también los secundarios: el de Ligüen Pires, Mercedes Fraile, Lula Guttfleisch, Pablo Mariuzzi y Carlos Kasper. Es una obra equilibrada: todo encuentra el punto justo; la escenografía de Vanesa Abramovich es hermosa y sencilla, el vestuario diseñado por Camila Ferrin es minimalista y funcional, la iluminación de Claudio Del Blanco y la música original de Shino Ohnaga se ajustan a lo que está ocurriendo. Los personajes comunican didascalia y parlamentos con naturalidad, y lo que logra Barney Finn en la dirección supera lo que uno podría esperar de su profuso oficio y saber. Es mucho más que eso: es imaginación despierta, búsqueda joven. Hace que los personajes se arrastren, se doblen y adopten posturas inesperadas, logrando escenas muy creativas.

Cito dos, nomás. Agamenón levanta a Clitemnestra desde atrás y la sostiene en el aire, ella patalea pero también se entrega; hacen el amor cuando pelean, entonces se ve que hacen el odio, o podrían estar haciendo un amor odio, lo que la obra necesita en ese instante exacto. La segunda maravilla: hay una batalla, al final, que es coreográfica. Todos están hincados en el piso y coralmente narran el horror con sus cuerpos y palabras, sin necesidad de ningún efecto especial más que su parca danza en medio de las luces desbocadas. Y el horror se transmite como una inyección en la cabeza del espectador.

Último detalle, ya del texto. Me impresionó muchísimo la indicación del “harén” como lugar adonde van a morir las amantes viejas. Las mujeres de todos los tiempos conviven ahí con sus hijas y nietas, que serán las próximas sirvientas a mano. Hay algunas que se comen a las que se mueren: son las mujeres lobo. No hay entierros en ese harén, hay huesos arrinconados y una pared de calaveras. Cuando llega de la guerra, el rey abre el reducto femenino a los soldados para que sacien su hambre sexual. Es un detalle perverso que nos regala Carr.

Gran obra para disfrutar en el San Martín. Felicitaciones a los que la hicieron posible. Son, verdaderamente, un equipazo. Gracias. 

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