27.5.26

ESO ERA ESTAR CONTENTA / COCA TRILLINI


 “Durante la niñez escuchaba un simple de vinilo. Cuando no había moros en la costa lo ponía en el Winco que estaba en el comedor, cuidando de que la púa no lo rayara, como repetía mi mamá. Una voz dulce cantaba: Amapoooola, lindísima amapoooola. Será siempre mi aaaaalma tuuuuya sola… Escuchando la canción se me ocurrió ir al fondo de casa y armar un ramo de amapolas para la maestra. Corté tres porque dos eran muy pocas. Si sacaba más de tres se iban a dar cuenta de que alguien había estado cortando flores y la abuela, a veces, las tenía contadas. Cuando subí al micro escolar, Ester, la cuidadora, dijo: ¡Qué lindas flores! ¿Para quién es el ramo de culo de vieja?”

25.5.26

"SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO) / SONIA BUDASSI

 

“Amo a mis perros Bello y Mortal y a mis gatas Bela y Atenea; aún así, cuando llegaban adhesiones de quienes decían llevarse mejor con sus mascotas que con los seres humanos (a veces decían, también: “Los animales no hacen la guerra”) pensaba: no es el mismo grado de complejidad, la relación es asimétrica, el animal no te discute, no se conflictúa, no tiene demandas extrañas. Explicarlo me pareció banal; luego, un argumento teñido de nazismo. ¿Acaso me estaba volviendo una defensora de la raza superior? ¿Cuál es el límite de la igualdad?"

22.5.26

SÉPTIMO ENCUENTRO EN LA CLÍNICA ASIÁTICA DEL GALPÓN / CURSO 2026

 

Pablo trajo la propuesta: hacer la ensalada de papaya que sale en el cuento “Randy Travis” de la laosiano-canadiense Souvankham Thammavongsa. Amoroso su libro “Cómo pronunciar cuchillo”. Le ofrecí resolver el arroz glutinoso y agregarle bocados de pollo teriyaki. Entonces él fue al barrio chino a conseguir sus ingredientes especiales: habas sakanashi, salsa de pescado thai, repollo encurtido. Lo mío fue más fácil, porque en la heladera tenía salsa de soja espesa, mirin y vinagre de arroz; utilizo esos líquidos habitualmente en mis woks. Sembré mi acompañamiento con semillas de sésamo tostadas y adorné con hojas de menta.

La ensalada de Souvan se llama padaeck. Se la prepara el padre a la autora en ese cuento. Es increíblemente fresca, y lleva un potente picante que el frescor atenúa. Me pareció extraordinaria: va mi agradecimiento con esta foto, Pablet:

La otra foto, la que inaugura el posteo, es del altarcito oriental que Lili y Coca armaron para la ocasión. Terminamos la jornada degustando chocolates Choi y Vong con forma de ferreros y rafaelos, traídos por Fabián, y galletitas Jay especialmente horneadas por un Jonatan de ojos rasgados. Hubo además unas monedas de chocolate Dang, riquísimas tostadas Keth y vinos de Nong Khai que fueron bendecidos en el altar. Gracias Fabiana, Alberto y Mariano. ¡Dulcetuco!

Hubo hasta una rifa: Coca regaló un ejemplar de su libro nuevo para disfrute cliniquero. Al parecer era un hábito de Hebe Uhart cada vez que publicaba algo. Va el flyer porque se presenta hoy en el Centro de la Cooperación. Seguramente estaremos acompañando el evento. El diseño del libro es exquisito.   

Aplicamos el nuevo sistema de corrección para el cuento de Jonatan y salió muy bien. Este tipo de ejercicio solamente se podrá realizar cuando los cuentos vengan bastante logrados; es el caso de “La persona que te enseñó a andar en bici”. Aprovecho la ocasión para repetirles que la Clínica de cuentos del Galpón Estudio, como su nombre lo indica, es una clínica y no un taller. En un taller suelen hacerse ejercicios, no quiero ir por ahí. Prefiero enseñar a corregir, y para eso deben traer cuentos. Digo, nomás.

También leímos el que les debía de Sonia Budassi, escritora que tendremos de visita en la próxima jornada. “Perfecta”. Lili cree que es el título de una canción de Miranda que Sonia comenta, sin nombrar, en el texto. Sonia es una gran rematadora: sus finales son extraordinarios. A la vieja escuela y sin ambages. El miércoles que viene habrá empanadas de carne, expectativas varias y ganas de conocerte, querida Budassi. Beso.                                               

21.5.26

SONIA BUDASSI / "SALVAR EL MUNDO" (FRAGMENTO)

“A los doce, You y yo, después de prepararnos durante dos años, rendimos —junto a otros mil aspirantes— el examen de ingreso para una secundaria. Antes de buscar los resultados, compartimos un algodón de azúcar celeste para calmar los nervios de la incertidumbre, haciendo fila en la puerta del colegio.

Sobre los monitores del salón, la lista dividía el fracaso del triunfo; nos dimos la mano en silencio. No se incomodó por la transpiración de la mía.

Encontré mi nombre: puesto trece de ciento cincuenta. Di un salto de alegría, “estoy, mirá, entré”, dije y se me escapó una risita que debió verse simple, radiante, plena espontaneidad; así se descalabran los estudiados gestos de buena educación que mi madre se empeñó en enseñarme: con un estallido descontrolado de euforia. You sonrió, “¡entraste!”, dijo y me abrazó un instante. Y otra vez se enfocó en la lista.

Sentí el vértigo del vacío, temor a que se cortara el cable sostén del ascensor de mi vida justo cuando subía a ritmo armónico.

Llegamos al final: nada. Quise abrazarla; me apartó. Culpa, pero en aquel entonces no sabía cómo llamar a ese tipo de angustia. Le dije: “repasemos, quizás no vimos bien”. Ella dijo: “Dejá, ya está, déjame, te dije”.

La seguí después de encontrar su nombre: puesto sesenta y dos.

Agitado mi corazón de palmera ante un huracán, corrí dos o tres cuadras para contarle: ¡entramos juntas! No la vi. Le mandé una foto. Tardó en responder y vino hacia un abrazo; al encuentro maravilla con la realidad física de dos corazones apretados: laten juntos. Lo físico puede ser cursi.

Expulsada hacía pocos meses del pelotero, le propuse festejar en el café de los peluches, mi casita de los recuerdos; las dos ahí, por primera vez sin la compañía de un adulto. La ilusión recién estrenada de sentirnos independientes.

Al tiempo, empecé a percibir una desconfianza esfumada de su parte, la sutileza de quien sabe evadir las muestras de afecto, ciertas miradas e invitaciones denegadas con los modos de una doncella oriental ante mis acciones de avidez latina como denominaba mi madre, de forma peyorativa, a mis expresiones emocionales. La calidez de You nunca volvió. Yo insistía. Hasta aquella vez: en el patio de la escuela se tomaba fotos con varias chicas, de a una. Me acerqué y le pedí la mía. Frente al resto de sus amigas, respondió: “Disculpá, justo quería volver al aula”. Y se alejó. La desolación me quitó el habla.

Nunca supe qué pasó. Quizá, también, la amistad se diluyó en la distancia exasperante de los celos, siempre inútiles, por las amistades nuevas. Aunque los celos de todo tipo son siempre así, inútiles, ¿a alguien le dio algún resultado satisfactorio?”

15.5.26

SEXTA CLASE DEL TERCER CURSO / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN, AÑO 2026



Estoy con poquísimo tiempo, pero no quiero dejarlos sin informe. Sobre todo por la comilona extraordinaria que degustamos el último miércoles, en estado de picnic y gracias a la buena onda de ustedes, cliniqueros. La foto describe mejor lo que podría decirles, así que paso al tema siguiente. Riquísimo menú.

Leímos “El perro te mide pero vos tenés que mostrarle quién es la autoridad”, del libro “Animales de compañía” de Sonia Budassi. Si bien no es el mejor de sus cuentos, es muy bueno y tiene una longitud pasable para leer en vivo. Los mejores para mi gusto son “Salvar el mundo” y “La gran muralla” (un diez a ese último). También se suben al podio “Capacidad de adaptación” y “Perfecta”, que leeremos en nuestra próxima sesión. Consigan el libro que está fenomenal.

Hicimos por primera vez un ejercicio completo de edición de un cuento en vivo, como aprendí de tres correctoras maravillosas que por diferentes razones estuvieron algún tiempo cerca de mí o de mis textos: Laura Cardona, María Fasce y Florencia Verlatsky. Fuimos con “Vino lunar”, de Pablo, un brillante relato al que pusimos en duda en todas sus palabras. Salió tan bien el asunto que considero que deberíamos tomar la excepción como regla, si les parece. Corregir menos cuentos pero aprender más sería la consigna.

Para terminar investigamos releyendo por qué el libro “Un elefante ocupa mucho espacio” de Elsa Bornemann fue prohibido por la dictadura, nos pusimos en la onda de aquellos tiempos (no costó mucho dado la censura constante de los tiempos actuales) y le metimos garra a Comesol. Garra de gato, estimulada además por el mediometraje documental que nos mandó Liliana Paolinelli, que insiste en regalarnos cosas lindas para usar en la Clínica. La película se titula “El baldío”; la vimos en Vimeo. 

Va la tapa del libro de Bornemann bien grande para que ocupe mucho espacio.



13.5.26

LA NIÑA SOBRE UN ALTAR / TGSM


“La niña sobre un altar” es una obra escrita por Marina Carr, autora irlandesa de unos cincuenta años. Lo que se escucha es absolutamente moderno, aunque suceda en la Grecia de los troyanos. La experiencia logra hacernos entender las razones y el impulso para que Clitemnestra mate a hachazos a Agamenón al volver de la guerra, como cuenta la historia. Todos los que estamos mirando sabemos que eso va a pasar, no hay un gran spoiler en lo que escribo, lo que quizás nos falte es terminar de entender el por qué, y los personajes de la obra de Carr lo van a expresar con creces. La razón psicológica o moral vamos a verla ahí, enérgicamente expuesta, en el teatro de voces de la sala Casacuberta del San Martín, actuada por un equipo impecable dirigido por Oscar Barney Finn.


Son brillantes los papeles principales, el de Analía Couceyro y Paulo Brunetti, pero maravillosos también los secundarios: el de Ligüen Pires, Mercedes Fraile, Lula Guttfleisch, Pablo Mariuzzi y Carlos Kasper. Es una obra equilibrada: todo encuentra el punto justo; la escenografía de Vanesa Abramovich es hermosa y sencilla, el vestuario diseñado por Camila Ferrin es minimalista y funcional, la iluminación de Claudio Del Blanco y la música original de Shino Ohnaga se ajustan a lo que está ocurriendo. Los personajes comunican didascalia y parlamentos con naturalidad, y lo que logra Barney Finn en la dirección supera lo que uno podría esperar de su profuso oficio y saber. Es mucho más que eso: es imaginación despierta, búsqueda joven. Hace que los personajes se arrastren, se doblen y adopten posturas inesperadas, logrando escenas muy creativas.

Cito dos, nomás. Agamenón levanta a Clitemnestra desde atrás y la sostiene en el aire, ella patalea pero también se entrega; hacen el amor cuando pelean, entonces se ve que hacen el odio, o podrían estar haciendo un amor odio, lo que la obra necesita en ese instante exacto. La segunda maravilla: hay una batalla, al final, que es coreográfica. Todos están hincados en el piso y coralmente narran el horror con sus cuerpos y palabras, sin necesidad de ningún efecto especial más que su parca danza en medio de las luces desbocadas. Y el horror se transmite como una inyección en la cabeza del espectador.

Último detalle, ya del texto. Me impresionó muchísimo la indicación del “harén” como lugar adonde van a morir las amantes viejas. Las mujeres de todos los tiempos conviven ahí con sus hijas y nietas, que serán las próximas sirvientas a mano. Hay algunas que se comen a las que se mueren: son las mujeres lobo. No hay entierros en ese harén, hay huesos arrinconados y una pared de calaveras. Cuando llega de la guerra, el rey abre el reducto femenino a los soldados para que sacien su hambre sexual. Es un detalle perverso que nos regala Carr.

Gran obra para disfrutar en el San Martín. Felicitaciones a los que la hicieron posible. Son, verdaderamente, un equipazo. Gracias. 

8.5.26

QUINTA CLASE EN LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO 2026 / TERCER CURSO

Hermoso libro el de Liliana Paolinelli. Sencillo, con un poco de toc de guionista, pero con historias claras y precisas. Me hizo acordar a Rejman. Los dos cuentos que me gustaron más: el primero, “Aire comprimido” y el último (que le da nombre al libro), “Sin noticias de los jíbaros”. Los leímos y discutimos mientras comíamos la tarta de jamón y queso de Blanca Cotta y la Olga de la Scardale. Quedaron mejores que nunca porque les rallé un provolone de Santa Rosa, en lugar de salarlas. Tuve miedo de haberme pasado de rosca, pero no. Duraron quince minutos. Bebimos los vinazos que trajeron Fabiana, Pablo y Alberto, y comimos rafaelos que proveyó, como siempre, Fabián. Jonatan aportó su segunda latita de Danish cookies; regalo impecable para el Cookie Monster Nil (referencia a Los Muppets).

Mensaje para Liliana: cuando puedas mandanos el link al corto o directamente tu corto/mediometraje “El baldío”, que acá tenemos a varios amantes de los gatos que quedaron muy intrigados.


La próxima invitada va a ser Sonia Budassi, con esta antología que sale en la foto. “Animales de compañía” ganó el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 2021, una de las veces que fui jurado. Sus cuentos estaban muy por encima de la media; fue un premio con veredicto indiscutible. No tuvimos diferencias entre jurados: tanto Agustina Bazterrica como Mariana Travacio opinaban lo mismo que yo. Va a ser un lujo recibir a Sonia en la Clínica del Galpón Estudio el miércoles 27, contándonos cómo lo hizo y mostrándonos algún inédito nuevo.

En la interna leyeron Mariano y Coca. Mariano está haciendo una colección, de a poquito, con textos enigmáticos que orillan las profecías y lo sagrado. Estuvimos un rato largo hablando sobre cuáles deberían ser los límites modernos, si cabe la propuesta, para una escritura con tintes de parábola. Mariano logra climas normales en los paisajes exteriores de sus textos (campos, ríos, desiertos o patios nevados) y toda la locura (animales que hablan, gente que desaparece, carneadas alucinatorias, ollas humeando con sopas incomibles) para los interiores. Sus nuevas historias me recuerdan a la trilogía de Mario Levrero: “La ciudad”, “El lugar” y “París”. Así de extrañas.

Coca trajo un cuento muy interesante con una personificación de un colchón. La primera carilla es maravillosa, pero un enigma de este tipo es bien difícil de mantener cuando el lector está atento y quiere descubrir quién es el narrador. Hebe Uhart lo hace de maravillas en “Mi nuevo amor” (yo caí como un chorlito), pero no pasa de una carilla. En la continuidad de “Ahora”, el relato de Coca, se perciben otras historias ocultas, que afloran como puntas de un iceberg utilizando una puteadita o un nombre. Apretamos sobre esas palabras como si fueran links dispuestos a llevarnos a alguna parte. Creo que eso es lo que nos hace dudar como lectores y lectoras: hay historias por atrás que podrían ampliarse o parecen complicarse, pero nos faltan datos. ¿Coca querrá agregar esos datos o preferiría simplificar la cuestión borrando los carteles que nos puedan desviar por otros caminos? Ella, como escritora, tiene que decidirlo.

Llevé dos ejemplos de animaciones literarias de objetos aparentemente inanimados. Las gotas de lluvia en “Viaje a la semilla”, el extraordinario cuento al revés de Alejo Carpentier. El agua sube hacia el cielo, modificando su acción por la reversión temporal. Y “Una gota”, de Dino Buzzati, donde el agua también sube, como un hilo, por una escalera, peldaño a peldaño. La razón acá no es el tiempo sino una dislocación de la gravedad. Horrorizando a los personajes humanos, fabricándoles preguntas existencialistas en plena noche. Dos joyas.



Y hablando de enigmas… uno, muy intrigante, que viene sucediendo desde la clase anterior. Las galletitas de manteca de Jonatan vienen en unas latas preciosas, casi alhajeros de metal. En algún momento de las jornadas se vacían de contenido: son riquísimas esas galletitas danesas. Y en otro momento que no alcanzo a comprender, la lata vacía desaparece. Se esfuma. Se retira de la visión de todos; de la mía. La miro, la miro, me pregunto si me servirá de costurero, me digo que me vendría bien para los lapicitos cortos o los cartuchos de las lapiceras y… nada. Repentinamente se desdibujan sus contornos en el aire. 

¡Qué grandioso es tener un misterio sin revelar en la Clínica de cuentos del Galpón Estudio! ¿Literatura negra a full o latas fantasmales? Como decía el gran Hitchcock: "¡no revele el final a la salida del cine!".

1.5.26

CUARTA JORNADA DE LA TERCERA TEMPORADA / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO 2026

¨¡Estrenamos cine en el Galpón! Hicimos sala grande porque vino una gran directora cordobesa a pasarnos su documental literario “Un hombre que escribe”, con Abelardo Castillo contestando y María Moreno haciéndole las preguntas. Liliana Paolinelli es escritora y directora de cine. Este año hubo una retrospectiva de una docena de sus primeros cortos y mediometrajes en el Bafici, más una charla de lujo en el Teatro General San Martín. Pude ver varios: “Verdad o consecuencia”, “Ella”, el desopilante “Ateneo”, el maravilloso “La cadena” (variación divertida, digo yo, de “Extraños en un tren” de Highsmith y Hitchcock), “Tener o no tener” y “Los días de la regla”. “Un hombre que escribe” es un largometraje minimalista de una hora de duración, con un Abelardo de lengua suelta y separadores de papel entre tema y tema. Liliana dice que todavía puede encontrarse “Margen de error” en Cine.ar, mientras dure la aplicación, que anda medio fundibiela como todo en este país gobernado por el príncipe idiota. Los films de Liliana Paolinelli tienen un humor exquisito que espero volver a encontrar en los cuentos del libro que me regaló.

Antes y después, comimos. Hice mis empanadas que cada vez me salen mejores -ya no tengo abuelas, así que puedo jactarme a mis anchas- y liquidamos los ferreros, rafaelos y danish cookies que sobraron del otro miércoles, más una colección de chocolatines Havanna que aportó la directora. Fabiana, Mariano, Pablo y Belén (que desde anoche quedó internada en la Clínica de cuentos del Galpón con pronóstico reservado) trajeron los vinos. 

Para terminar, van tres perlitas soltadas por Castillo en el documental:

“Yo no veo imágenes como ve un cineasta, sino como ve un escritor, que es de otra manera. Lorca dice en su “Romancero gitano” Thamar estaba soñando pájaros en la garganta. Cuando leí ese verso me retiré de la poesía; sentí que Lorca era un poeta y yo no. Soñar pájaros en la garganta por cantar es una imagen poderosa y mágica. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien semejante cosa? En mí produjo una especie de catástrofe interior. Es una metáfora que no remite a las imágenes reales: tener un chorlito o un pinzón en la garganta, algo muy incómodo y antipoético. ¿Por qué lo sentimos bello? Porque la frase no está basada en imágenes reales, sino verbales.

En cambio, el cineasta ve en imágenes reales. En la pantalla, una mano que toca a otra es mucho más importante que una docena de palabras en las que uno le dice a otro que lo quiere."

“Hay dos clases de escritores. Los que pueden explicar aquello que hacen y los que no. Edgar Poe sería el ejemplo eminente de los primeros. Fue un gran cuentista, un gran poeta y pudo hacer una teoría del cuento y del poema, fundando la crítica contemporánea. Yo pertenezco también a ese gremio, porque soy consciente en la parte formal de lo que hago. No en el sentido, tal vez. Ningún escritor es totalmente consciente de su hacer.”

“En la enseñanza no hay que saber qué es la literatura, sino adónde va la literatura que el alumno quiere hacer. Eso es todo lo que creo acerca del arte de enseñar. A veces me sale, a veces no. No creo en la enseñanza, sino en el aprendizaje. Enseño a leer. Cuáles son los libros que un escritor debe leer, y cuáles son los que ese escritor en particular debe leer. En eso consiste el secreto de mi taller desde hace treinta años.”

29.4.26

LA FANTASÍA / DIEGO TATIÁN

 


Quisiera estar desnuda sobre tu cuerpo desnudo y sin dejar que te muevas sentirte todo entero dentro de mí -dice Laura con los ojos cerrados mientras, desnuda sobre mi cuerpo desnudo, sujetándome por las muñecas, arrasa primitiva mi existencia incierta, usurpada por su imaginación.”