29.4.11

SOBRE AGENTES Y PREMIOS LITERARIOS / IGNACIO ECHEVARRÍA

"Por el momento, se diría que, tanto en España como en Latinoamérica, los agentes literarios se contentan, por lo general, con captar autores ya perfilados, muchos de los cuales llaman a sus puertas. Su compromiso con ellos consiste en mejorar su caché, y para eso disponen de un recurso excepcional: los premios. Es sabido que los premios literarios convocados con fines comerciales son un rasgo característico del mundo editorial español, exportado luego a Latinoamérica. Su abundante número provee a los agentes de un menú de opciones a la hora de traficar con sus autores y conseguirles adelantos suculentos. Hasta tal punto es así, que cabe establecer cierta relación de causa-efecto entre la existencia de los premios comerciales y la bonanza de tantas agencias que les proveen de sus candidatos ganadores. No cabe dudar, en cualquier caso, de la estrecha connivencia entre las agencias literarias y el corrupto tinglado de los premios comerciales, que en buena medida se sostiene gracias a ellas."

En Perfil.

25.4.11

PURO CUENTO / MEMPO GIARDINELLI

Conocí a Mempo Giardinelli con 13 años, porque le escribí a la revista mandándole fotocopias de mis cuentos y dibujos. Los cuentos no le gustaron, los dibujos sí. Me llamó a la casa de mi mamá y combiné para ir un jueves. Era lejísimo. Fui con decenas de trabajos, una carpeta llena. Me abrió la puerta un tipo simpático, de unos treinta años, de barba y corpachón. Me dijo que me iba a pagar, y me dio dos encargos. Volví a mi casa feliz: nadie antes me había ofrecido dinero por lo que hacía. Tardé una semana en armar los originales, y se los mandé por correo. Uno le había gustado mucho; el otro, no tanto. Lo sacó en la revista al mes siguiente. Yo estaba chocho. Lo llamé para quedar para cobrar. Me dijo que el lunes. Llegué ansioso a su departamento de Coghland. El habia discutido fuertemente con su mujer; estaba contrariado. No era el mismo del otro jueves. Posiblemente había pasado todo el fin de semana discutiendo, mientras yo me había pasado todo el fin de semana pensado en mi pago. Dijo "ah", cuando me vio.Tenía la cara mal, me dio un poco de miedo. Igual me hizo pasar. Se metió para adentro y pude escuchar un portazo. Cuando volvió, estaba deprimido. Me explicó algo que me sonó muy sonso, y me pidió que volviera otro día. Me mostró lo vacías que estaban sus manos grandes. Entonces yo le expliqué lo lejos que quedaba Castelar, y que me había gastado la plata del micro y del tren. Que había tardado casi dos horas para llegar ahí. Problemas reales, concretos. Que me tenía que pagar porque lo que tenía en el bolsillo no me alcanzaba para volver. "Tengo trece", agregué, como si eso sirviera de algo (o como si mi edad fuera lo que llevaba ese día en el bolsillo). Y entonces lo vi cambiar su enojo por una sonrisa corta, chiquita, razonable.Dijo: "tenés razón, macho". Fue hasta la billetera, sacó dos billetes y me pagó lo que habíamos acordado. Salí de allí sintiéndome un millonario.

Qué gran tipo este Mempo. Mi amigo enorme del Chaco.

En Página 12.

22.4.11

EL HOMBRE QUE PODÍA RECORDAR SUS VIDAS PASADAS / APICHATPONG WEERASETHAKUL

"–Hace unos años, el abad de un monasterio que estaba cerca de mi casa me contó la historia de un hombre mayor, que un día llegó al templo para ayudar con las actividades cotidianas y, de paso, aprender meditación. Un día, este hombre, que se llamaba Boonmee, le contó al abad que cuando se hallaba en estado de meditación profunda, podía ver sus vidas pasadas desfilar frente a él, como una película. Se veía a sí mismo como un búfalo, una vaca, incluso como un espíritu que vagaba por las planicies del nordeste de mi país. Esta historia impresionó al abad pero no lo sorprendió, porque no era la primera de este tipo que escuchaba en su vida. El abad llegó a publicar un libro sobre este hombre, que se llamaba El hombre que puede recordar sus vidas pasadas. Lamentablemente, cuando el libro llegó a mis manos Boonmee ya había muerto.

–¿Cree en la reencarnación?–Creo en la transmigración de almas entre humanos, plantas, animales y espíritus. La historia del tío Boonmee muestra la relación entre el hombre y el animal, y al mismo tiempo rompe la línea divisoria entre ambos.

–¿Considera que el cine está en condiciones de conjurar esos espíritus o fantasmas?
–Creo que las historias que las películas cuentan se convierten en memorias compartidas entre quienes las filman, los actores y el público. Desde esta perspectiva, filmar una película no es muy distinto de crear vidas pasadas. Me interesa explorar el funcionamiento de esta máquina de tiempo que es el cine. Tiene que haber fuerzas misteriosas que esperan ser reveladas, en la medida en que muchos de los fenómenos que en otro tiempo se consideraron “magia negra” fueron confirmados científicamente. Para mí, una de las formas en que esas fuerzas pueden manifestarse es a través del cine."

Sigue en Página 12.

21.4.11

SOBRE LA LLAMADA “CENSURA” A JUAN TERRANOVA Y EL LLAMADO PURITANISMO / ELSA DRUCAROFF

(Los hechos pueden verse en Página 12. Coincido totalmente con Elsa. Si Terranova quiere denigrar a un personaje de ficción, que lo haga en sus novelas. Pero se ha metido con una chica real, con una mujer, y eso es de poco hombre. Y si hizo un chiste, como dicen algunos por ahí, se lo hizo justamente a alguien que no tiene por qué reírse con él. Que haga los chistes y sus provocaciones de gran jugador con sus amigos, no en la prensa, en un comentario guarango y de mal gusto.)

"El periodista y escritor Juan Terranova escribe en un medio público (revista El Guardián) una nota periodística (ejerciendo en ese momento su oficio de periodista y no de escritor de cuentos y novelas). Allí critica la campaña que promueve una feminista, Tidball-Binz, contra el acoso callejero y los piropos ofensivos. Su instrumento polémico contra Tidball-Binz es, primero, la burla y la ridiculización, y finalmente, es apenas su pene. A Tidball-Binz, dice Terranova, “me gustaría romperle el argumento a pijazos”. Según la nota de Mariana Carbajal en Página 12, la frase original hablaba del culo (así aparece en el blog de Terranova) pero fue modificada en El Guardián por sugerencia de Sergio Olguín, secretario de Cultura de la revista, quien leyó la nota y la aceptó.
Un ejercicio Supongamos que el periodista y escritor Fulano de Tal escribe en un medio público una nota periodística para criticar una campaña equis (no importa qué opinamos de ella) que promueve un activista de la comunidad judía. Supongamos que polemiza burlándose de él porque es judío, y luego Fulano de Tal escribe que a ese activista hebreo “me gustaría usarlo de jabón en mi ducha.” Supongamos que Mengano de Tal, secretario de redacción, acepta la nota. Y supongamos que le sugiere un cambio: en vez de escribir “usarlo de jabón en mi ducha”, le dice Mengano, es mejor que escriba “a Fulano de Tal le encantaría hacer jabón sus argumentos”.
¿Alguien estaría apoyando a Fulano de Tal, diciendo que ha sido víctima de un acto de censura? ¿Y qué se estaría diciendo de Mengano de Tal por haber aceptado esa nota?
Tal vez las Juventudes Hitlerianas de Curuzú Cuatiá se atreverían a expresar su adhesión. El resto guardaría discreto silencio.
Hoy, sin embargo, Terranova ha recibido cierta solidaridad, incluso de mujeres…
El argumento para ella es que hay que oponerse a toda censura y hay que luchar contra el puritanismo. Parece que si un judío dice algo que nos molesta (concedamos incluso que nos moleste por buenas razones), amenazarlo con hacerle lo que hicieron los nazis con sus abuelos no es algo que la sociedad esté dispuesta a tolerar ni permitir. Nadie hablaría de censura si el periodista que escribió eso sufre consecuencias y nadie consideraría una exageración, una susceptibilidad excesiva, enojarse porque la amenaza refiere al jabón.
En cambio no faltan hombres ¡y mujeres! dispuestos a tolerar, a permitir, a reírse y hasta defender al que amenaza a una mujer con una violación cuando no está de acuerdo con sus argumentos. No me extraña. La violación es un método milenario con que el patriarcado disciplina a las mujeres, pero no por antiguo ha perdido vigencia y efectividad.
Los judíos hoy no son masacrados por su condición pero muchísimo más de la mitad de las víctimas de violencia física que hay en este planeta son mujeres. Y mucho más de la mitad de los perpetradores de esa violencia son varones. Cuando hay un acto de antisemitismo todos reaccionan y son capaces de reconocerlo de inmediato: ¡antisemitismo!, gritan. Si un periódico publicara a un periodista que discute al presidente Obama enviándolo a servir las mesas o limpiar los baños de la Casa Blanca, nadie dejaría de gritar ¡racismo! y no se atreverían, quiero creer, a oponerse a que ese periodista sufra consecuencias concretas. ¿Hablarían de censura?
Pero el sexismo no se nombra en esta sociedad. La que nombra el sexismo es una ridícula, una mal cogida, una… Entonces, cuando las víctimas de asesinato en el mundo (mayoritariamente mujeres) tienen como victimarios a maridos y amantes, raramente alguien escribe: ¡sexismo! ¡feminicidio! Lo que se escriben casi siempre es “crimen pasional”. Y cuando una revista sufre sanciones y el periodista que provocó el asunto paga consecuencias en su trabajo, hay que escuchar a quienes gritan contra el puritanismo y la censura.
“Pero”, me dice un varón con el que discuto esto, “si ya todos estamos de acuerdo con que las mujeres tienen que tener los mismos derechos.”

¿La discriminación de género ya casi no existe? Estadísticas de Naciones Unidas (a comienzos de los ’90): Las mujeres (la mitad de la población mundial) realizan probablemente dos tercios del trabajo que efectivamente se ejecuta (un tercio del trabajo formal remunerado es cifra segura, el resto es trabajo doméstico, familiar, comunitario y gratuito). Pero reciben sólo el 10% de los ingresos del mundo y tienen el 1 por ciento de la propiedad de la tierra del planeta.
Estadísticas de la OIT, comienzos del noventa: en el planeta, en promedio, las mujeres perciben el 50% del salario respecto de los hombres por la realización del mismo trabajo.
La discriminación de género continúa más allá de los (grandes) cambios que las mujeres hemos logrado y atraviesa a todas las clases. Es cierto que la discriminación no se manifiesta del mismo modo contra una mujer pobre que contra una rica, pero no por eso no existe, y a veces es salvaje en ambos lados. En todas las clases sociales hay hombres feminicidas, o violadores, o golpeadores, o maridos, novios, padres y hasta hermanos déspotas, o maridos, novios, padres y hasta hermanos que humillan y ridiculizan (como Terranova) a mujeres de todas las clases sociales.
En todas las clases sociales hay hombres que gozan comprando el cuerpo de una mujer para tenerla por un rato a su disposición, para gozarla como una cosa y sentirse fuertes y sentirla cosa porque la pagaron y eso les calienta. Pagan porque les calienta no encarar un vínculo sexual de pares con una persona con la que (café de por medio, simpatía de por medio, mutuo interés de por medio) comparten un rato de sexo. En todas las clases sociales hay varones cómplices activos de un enorme y atroz negocio de explotación inhumana: la trata de personas. A lo mejor son de izquierda y están en contra del capitalismo, a lo mejor son de derecha, a lo mejor son cristianos, judíos, ateos, tienen madre y la aman, tienen hermanas e hijas y las aman, pero nada de eso les impide participar activamente, sosteniendo con su demanda solvente el tráfico de personas.

¿El repudio del INADI, la campaña de la organización feminista Atrévete/Hollaback, el retiro de publicidad de grandes empresas que deciden castigar a El Guardían, que publicó la nota, las represalias de la revista contra Terranova, son actos de censura? Son actos que castigan un discurso, en el intento de que no vuelva a pronunciarse. La Constitución habla de que no haya censura previa, no de que no exista punición por discursos públicos que violan la ley. No pide que no se cumpla la ley contra la discriminación. Esta “censura” que a algunos escandaliza es la misma que sufriría el medio que publicara la nota de Fulano de Tal contra el judío al que el periodista quisiera hacer jabón. La misma que recibiría hoy en Argentina un trabajador de prensa que escribiera “a los putos hay que matarlos a todos”. O la que mereció un obispo cuando expresó su deseo de tirar al Ministro de Salud González Ginés al agua, con piedras atadas a su cuello. ¿Ejercía este obispo su derecho democrático a la expresión política? En todo caso, no dio precisamente argumentos. No se puede escribir cualquier cosa en un medio público y está muy bien que así sea
No obstante tantos ejemplos que nadie discute, cuando se ejerce por escrito la violencia de género y la víctima es mujer, Juan Terranova recibe solidaridad. Si la violencia de género escrita hubiera sido contra un homosexual, ¿la solidaridad hubiera sido la misma?
Será entonces que la discriminación contra las mujeres no retrocedió tanto como dicen. Será que todas las batallas, hasta éstas, tan elementales, están apenas empezando. Porque estoy segura de que la mayoría de la gente que ahora se está solidarizando con Juan Terranova no pensó casi nada de todo esto. La discriminación a lasmujeres no retrocedió porque todavía parece natural, a casi nadie escandaliza.

¿Estoy en contra de toda censura? Estoy en contra de toda censura en el arte. Estoy en contra de que censuren un cuento de Terranova, no un artículo periodístico escrito contra una iniciativa política y donde no hay personajes ficcionales. Estoy en contra de que censuren a una película ficcional, una novela, cualquier género en el que la referencialidad directa de los signos se suspende porque estamos en el laboratorio de la imaginación. En la imaginación podemos tener cualquier ideología y jugar con las fantasías más atroces, para eso está, para que ahí una sociedad se piense a sí misma, observando conmocionada incluso su mierda más profunda.
Estoy en contra de toda censura de ideas, de argumentos. Si un nazi quiere escribir en términos civilizados por qué cree la raza aria es superior, lo escucharé y le discutiré argumento contra argumento, pero no aceptaré que me insulte ni que me amenace con hacerme jabón.
No me importa si la campaña que propone Tidball-Binz contra los piropos ofensivos es o no apropiada, me importa impedir, censurar sí, CENSURAR el derecho de un hombre a replicar los argumentos de una mujer diciendo que va a violarla. Ese es el modo de Terranova de callar los argumentos de Tidball-Binz, imaginando que la somete.
Me importa que nunca más nadie se atreva a escribir públicamente contra nosotras algo semejante. Que no se atreva porque entendió que no se debe, o simplemente porque fue disciplinado por el castigo social y conoce las consecuencias.

Hagamos un último ejercicio: En una polémica sobre la política de Derechos Humanos del kirchnerismo, un periodista de derecha (gracias a la democracia y a la libertad de prensa) escribe un artículo contra los argumentos, por ejemplo, de una Madre de Plaza de Mayo. Supongamos que en vez de razonar usa como arma no su pene sino la picana eléctrica. Nuestro periodista escribe: “me encantaría secuestrar a esta Madre, encapucharla, atarla a una camilla y picanearla”.
¿Habría un blog recolectando firmas para apoyarlo?
Tal vez Cecilia Pando haría uno, pero ninguno de los que ahora apoyan pondrían ahí su nombre.
La agredida es mujer pero no lo es por su militancia en tanto mujer, como Tidball-Binz, sino por su militancia contra la represión de la Dictadura. Pero claro, en el caso que nos ocupa no se trata de militantes, ni de guerrilleros o guerrilleras, ni de judíos o judías, ni de negr@s. Acá se trata de mujeres que encima son feministas. Y sobre las mujeres (ni qué decir sobre las feministas) hay quienes creen todavía que pueden escribir cualquier cosa.

¿Puede? ¡No! ¡Podía! ¡Ya no! Ahora el que lo hace, lo paga. Yo lo celebro y llamo a mis hermanas y a los hombres sensibles, pensantes, buena gente, a que lo celebremos juntos."

LECTOR DE ORSAI / SIN NADIE EN EL MEDIO



20.4.11

HERNÁN CASCIARI / SEGUNDO EDITORIAL

"No elegí por casualidad esta hora de la noche, ni este día, para escribir el editorial. Fue a propósito: es medianoche en Buenos Aires (y las cuatro de la madrugada aquí en Barcelona) del 16 de marzo de 2011. En este preciso momento cumplo cuarenta años. Pienso, sin opción a pensar en otra cosa, que todas mis primeras versiones (el gordito de diez años, el pajarón de veinte, el inmigrante de treinta) soñaron con que la madurez llegara de este modo: en medio de un proyecto loco y bueno, en el que estén los viejos amigos. Me acuerdo de muy antiguas charlas con Chiri en las que fantaseábamos con los cuarenta. ¿Nos dejaría la vida hacer lo que se nos antojara? ¿Se podrìa seguir conversando de discos, de libros, de pelìculas, cuando llegara por fin la madurez? ¿Nos estaría permitido divagar abajo de una parra, o disfrutar con ideas trasnochadas, cuando viniera el tren bala de los hijos y las deudas? La amistad masculina es una larguísima sobremesa que solamente se desactiva cuando hay fútbol. Nosotros, en esa charla interminable, siempre usamos el comodín de "los cuarenta" como metáfora de peaje. Los cuarenta siempre fueron la edad crítica, la muralla, el límite. Si a esa edad algo se ha roto, decíamos, se habrá roto para siempre. Pero acá estamos: nada se quebró. Hace un par de meses, cuando nos sentábamos a elegir los contenidos de este número de Orsai, nos resultó muy extraño que una idea tan absurda, tan poco seria, tan frágil y adolescente, haya tenido tantos y tan alegres lectores en todas partes. A mí, y eso que soy optimista, me parece una bendición que Orsai tenga un número dos. Quizás sea por eso que toda esta edición de la revista, sus 212 páginas, hablan de segundas veces, de nuevas oportunidades. Nietos que acaban el trabajo inconcluso de sus abuelos, ídolos de rock que se caen y se levantan, viejos amigos que van en busca de flamantes carnavales, presos que se convierten en presidentes, guerras que buscan nuevos tiempos, ciudades que duran una semana y resurgen. Todas son revanchas. En un viejo cuento que escribí hace mucho (y que ahora es la historieta y la portada de esta edición) conté que en 1995 estuve a punto de matar a mi sobrina haciendo marcha atrás con el auto. De haberlo hecho, me habría escondido en Finlandia, ya no habría podido escribir, ni estar nunca más con la gente querida. Bienvenidos entonces los cuarenta. Y las canas en la barba. Y los miedos nuevos. Bienvenida esta crisis que siempre quise vislumbrar sin amargura y que llegó esta noche, por fin, trayendo revanchas dulces y el segundo número de Orsai."

14.4.11

LA OTRA PLAYA EN LA RIOJA / LIBRERÍA RAYUELA

Invitado por Alfaguara, la librería Rayuela y Osde, la semana pasada presenté el libro en La Rioja de la mano de la organización del gran Fernando, capo máximo de la librería. El acto estuvo a cargo de la profesora María Eugenia Anticaglia (la morocha de la foto). Fue lleno total y se vendieron toooodos los libros. La charla duró una hora y media; la pasé genial. La gente parece que también, porque se quedaron hasta el final, en el que hubo preguntas y cafés. El ciclo se llama "Pueden llover mil grullas", y es altamente recomendable. Fernando y las chicas de la librería son unos anfitriones incomparables. Imposible pasarla mal. Para los próximos encuentros de este año están programados los escritores Mariana Enriquez (viernes 13 de mayo), Juan Sasturain (viernes 12 de agosto), Leopoldo Brizuela en junio, con fecha a confirmar y Sylvia Iparraguirre el día 9 de setiembre. ¡Gracias!

OLI EN GRANTA / UN HOMBRE LLAMADO LOBO


12.4.11

NOSOTROS, LOS URBAN SKETCHERS

Desde hace un tiempo nos estamos juntando arquitectos y estudiantes a dibujar en exteriores, afuera de las facultades y los gabinetes. Ya somos más de cien, e hicimos cuatro salidas: a La Boca, a Barracas, al barrio Santa Rita y a la Reserva ecológica. "Aramos, dijo el mosquito": yo participé solamente de la última, pero me siento emocionalmente parte del todo. Pienso seguir, porque me encanta dibujar. Cuando terminamos nos reunimos en un bar o hacemos un picnic donde nos mostramos los croquis. Al final todo se sube a este blog. Hay algunos que escriben textos, otros solamente dibujamos. Lo que se dice: una verdadera hermandad. De esas cosas gratis y lindas que sirven para sentirse mejor persona. Quiero más.

LUIS CAMPOS EN EL CLUB CE / ARTE X ARTE

11.4.11

RD2 / REVISTA DEL COLEGIO DE ARQUITECTOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, DISTRITO 2

Del CAPBA 2, pleno sur, me hicieron una larga entrevista de 10 páginas en las que cuento mis dos vidas ¡unidas por la motivación! Les quedó muy claro que todo el tiempo la estoy pasando bien: cuando me aburro de la arquitectura, me pongo a escribir; cuando me pudrí de escribir, vuelvo a la arquitectura. Esto lo aprendí de un tío abuelo danés al que el médico le dijo que no pasaría el invierno. ¿Qué hizo el viejo? Se compró una casita en Argentina y vivió solamente veranos: cuando en Dinamarca empezaba a hacer frío, se venía, y viceversa. Duró diez años más, siempre en malla y ojotas. Un genio. La revista del D2, además, es un lujo de diseño y contenidos. ¡Gracias, arquitecto Juan Sánchez!

8.4.11

COSA INSÓLITA / SEMANA COLOMBIANA

"Y es que hay de todo un poco. Cuando a Planeta se la ha tachado de dar premios demasiado flojos, sorprende al año siguiente premiando a un autor de peso. Ernesto Sábato y Miguel Delibes denunciaron que el Planeta les había sido ofrecido a ambos en 1994, y lo rechazaron. Otro caso más reciente es la demanda por fraude ante un tribunal argentino de Gustavo Nielsen, un escritor participante, en 2005, cuando el Planeta local fue dado a Ricardo Piglia. Y, cosa insólita, ganó la demanda."

Para los dormidos como yo, la mecánica de los premios.

4.4.11

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA / TRES OBSERVACIONES SOBRE “MAMAN”

LA ARAÑA DESARMADA; LA ARAÑA ARMADA. DÁ. Da-dá. La niña le habla a su mamá. Le pide la teta. A priori, es decir con los ojos cerrados, DADÁ sitúa antes de la acción y por encima de todo: a LA DUDA, escribe Tristán Tzara en uno de sus siete manifiestos. “El arte moderno trata sobre el dolor de no poder confiar en el mundo para expresarnos directamente”. Lo que Louise Bourgeois quiere expresar es lo que le pasa por adentro, “las relaciones íntimas”, “el inconsciente”. Dadá duda de todo. Bourgeois habla de confianza. Desconfíen de Dadá. La primera vez que vi “Maman”, la araña de Bourgeau, fue en una situación parecida a la que ahora nos muestra PROA. En un exterior, frente a un río oscuro, con un museo de fondo. Recuerdo que me pareció más chica y más sencilla, tal vez porque el Guguenheinm de Bilbao es enorme y retorcido, y la fachada de PROA es un telón blanco. La segunda vez que la vi, la araña estaba desarmada. El jueves, durante el almuerzo de prensa, la escultura se desparramaba sobre la vereda, con una grúa amarilla como centinela. Las patas todavía estaban envueltas en telas que parecían vendas azules y verdes. Más que la visión de las partes, lo que vi fue una catástrofe, un derrumbe. La araña no estaba para crecer; sino que había recibido un fuerte palmetazo. Sus restos eran unas eses gigantes diseminadas sobre los adoquines de madera. ¡La niña quiere la teta! “Maman” se niega a dársela. La niña la golpea fuertemente con su palma. ¡No puede negarle su alimento! Los pedazos de “Maman” se separan por el golpe. Louis escribe: “es de noche cuando ese deseo de matar a la madre me asalta”. Aplastarla y dejarla ahí, para que todos la vean. Para que nadie caiga en la trampa de la confianza ciega. Esa que sabe que la otra mujer la alimentará sí o sí, que está obligada por la especie, que lo hará siempre para que el género humano subsista y se propague. Ese día del almuerzo la mamá de Bourgeois apareció en la Vuelta de Rocha como un cadáver desmembrado, con fajas de peligro delimitando la zona del accidente. Des- cuar-ti-za… ¡DA-DÁ!

LA MAMÁ DE LA ARTISTA; MI MAMÁ En una sala de adentro del Museo hay otra araña: “Spider”. Es un poco más chica que la de afuera, y me hace acordar a un cuadro de Magritte de 1937, “The Therapeutist”. Es una jaula vestida de hombre. Adentro hay un pájaro. La puerta de la jaula está abierta, pero el pájaro no se escapa. “Spider” ha tendido una red con forma de cilindro. Es una trampera a escala humana. Adentro está el sillón favorito de la escultora. Cuelgan de delgados hilos de baba su perfume de siempre, un camafeo con la foto de una señora, unos broches para el pelo, unos collares, tres jarras de vidrio, un reloj, huesitos limpios de caracú. Hay adherida a las paredes de la trampa restos de tapices deshilachados. El reloj marca las doce, hora de comer. Los tejidos son parte de la infancia de Louise, nos dice Philip Larratt-Smith, el joven curador. Los objetos y las telas -Jaquard, Toile de Jouy, Piqué- son aquí una especie de carnada. La mamá de Bourgeois, la cazadora, tenía una tapicería y le hacía dibujar los motivos para las restauraciones. Vos que dibujás tan bien. Entonces es cuando, de muy pequeña, Louise comienza a trabajar. El pan hay que ganárselo, no puede ser gratis. En esta casa no alentamos la obligación de mantener a la especie. Bourgeois misma, madre de tres hijos, afirma que no tenía demasiado interés por ellos, y el padre, Robert, se hizo cargo de su cuidado. “En realidad no hace falta tener hijos”, dice Bourgeois en una entrevista que le hizo Donald Kuspit. “Dios sabe que el mundo no necesita más niños”. Suena el teléfono de casa. Es mi mamá. Tiene una amiga, Susana, que hace unos meses se quedó ciega. A Susana siempre le gustaron mis libros, por la enfermedad en sus ojos no alcanzó a leer el último. Mamá me anuncia, contenta, la noticia del día: descubrió que en Haedo hay una biblioteca parlante para ciegos. Me pide si me puedo hacer cargo de grabar el libro en un caset. Cuanto antes mejor, dice. Vos que leés tan lindo. Lo voy a hacer, claro, por la felicidad de ella y de Susana, aunque casi no tenga tiempo para nada, aunque leerme sea como un castigo, pudiendo leer el Ulises, o El Quijote. Para colmo, en voz alta. Para colmo, frente a un grabador. Mamá me promete una cena con sus canelones de verdura y ricota hechos con panqueques, que le salen riquísimos. “Cómo se repite el amor sin importar el recipiente”, escribe Bourgeois.

LA ARAÑA DE ADENTRO, LA ARAÑA DE AFUERA“Mamá adoraba tanto la limpieza las alfombras limpias los parqués brillantes. el servicio doméstico. la escultura me hizo consciente de esto y no debería olvidarlo.” Loose sheet of writing, c.1959 –Nota suelta, fragmento-. 27,9 x 21,6 cm. Archivo de Louise Bourgeois en Nueva York. Desde el primer piso de PROA veo cómo la gente se arremolina concéntricamente alrededor de la “Maman” ya armada. Rodeándola; a pesar del poco espacio que deja la muchedumbre que quiere entrar a ver la muestra. Es el día de la inauguración oficial. Pocos se ubican debajo de la araña. Si lo hacen, es por un tiempo reducido. No soy el único que lo nota. Alguien de prensa hace un rulo con el dedo índice, como indicando la rueda, el caminar alrededor. De repente unos niños valientes se ubican en la zona vacía. Señalan hacia arriba. Enseguida sus madres van a sacarlos de ahí. ¿Tendrán miedo a que el cuerpo de “Maman” pueda caerse y aplastarlos, o será la desconfianza Dadá, oscura e inconsciente? La red de “Spider” tiene la puerta abierta. Apenas entreabierta, digo. Como esperando a que alguien entre. Y una sola persona puede entrar ahí, lo sabemos: una Luisa dibujante, de ocho o nueve años, con trencitas en el pelo, aferrada a su lápiz 6 b. Por otro lado “Maman” sigue ahí afuera para cazar a todos los otros hijos del planeta, a los que pasean como turistas, a los desprevenidos que viven en la calles de La Boca, a los que se sueltan de las manos de sus madres y se arrojan a lo desconocido, al miedo, al arte. El objeto de la caza.

Publicado en Ñ

2.4.11

MALVINAS SIEMPRE ARGENTINAS

LOS SIETE LOCOS / CRISTINA MUCCI



Voy a estar en Los siete locos junto a Vicente Muleiro, autor de "1976, el golpe civil" y Lola Arias, directora de "Ciudades paralelas" y "Mi vida después". Hablaré de "La otra playa" y de los premios literarios. A las 8 de la mañana de hoy por Canal 7, con la conducción de Cristina Mucci.

1.4.11

LA OTRA PLAYA EN SAN CLEMENTE / QUINTÍN ANDA CERCA...

"No lo conozco, pero me cae bien Gustavo Nielsen. Creo que por algún intercambio que tuvimos en el blog (no me acuerdo exactamente) pero también porque le hizo juicio a Piglia y a la editorial por aquel concurso amañado de Planeta en 1998 (y lo ganó). ¡Cuánto hace de eso! Así que cuando Nielsen ganó el premio Clarín de novela 2010 con La otra playa, le escribí para pedirle que me mande el libro, cosa que hizo diligentemente. Hace unos años compré varios libros de Nielsen, pero hasta ahora no había leído ni siquiera un cuento suyo. Es peligroso pedir un libro en esas condiciones (y más si es un premio Clarín, categoría con la que no he tenido demasiada suerte), pero decidí arriesgarme porque el autor parece tener buena onda. Vamos a ver si la presunción se ratifica cuando lea esta reseña. La otra playa empieza con dos parejas de treinta o cuarentañeros (Antonio y Marta, Sara y Zopi) mirando diapositivas de las vacaciones, una costumbre que junto con detalles como los modelos de los autos y la tecnología fotográfica, ubica la narración en un momento impreciso que no debería pasar de los ochenta. (Cada vez que leo una novela me propongo subrayar cualquier referencia geográfica o temporal, pero después me olvido, por lo cual es posible que se me haya pasado algún dato más preciso). Las diapositivas no son de ellos, sino de una tercera pareja desconocida: Sara las compró por curiosidad. Aquí hay una primera situación que uno podría llamar geométrica: los personajes indagan en la vida de esos desconocidos, imaginan que en la sucesión de imágenes hay un relato, mientras que el autor hace lo mismo con ellos a lo largo de las páginas: trata de llenar los huecos de la historia y les atribuye una vida. Se podrá decir que esos personajes no existen y, sobre todo, que no tienen otras características que las que el narrador se digna atribuirles. Pero, sin embargo, la completitud de la pareja de las diapositivas —a pesar de ser tan ficticia como sus espectadores— no deja dudas en nuestro imaginario: tiene la existencia perfecta aunque misteriosa de las fotos viejas. Esas escenas de Cacho y la Tía Alicia (así han bautizado a la pareja) hacen indiscutible su estatuto de personajes, imposible de falsear o dejar inacabado aunque no vayamos a saber más de ellos (lo que de hecho sucede). Así, la pareja de las diapositivas cumple con la tarea de darle solidez a las otras dos parejas que la contemplan desde el living y, cumplida su tarea, se retiran. Pero no sin antes esbozar una paradoja y dejar sembrada la inquietud sobre el carácter fantasmal de toda existencia, incluso la ficcional. Después de este prólogo, la novela (que no deja de deparar sorpresas hasta el final, como dice el jurado Cozarinsky en la contratapa) transita por un rato en cierto territorio costumbrista. Así se ocupa de los padeceres domésticos de Antonio, un fotógrafo que no se lleva del todo bien con su mujer Marta y su hija Victoria. Precisemos. Se lleva muy bien en la cama con Marta, pero tiene una especie de bloqueo afectivo, como si estuviera ausente. Es un indicio de la sensación de fantasmalidad de Antonio, pero tiene un costado demasiado fácil: el lector se tranquiliza al saber que todo anda bien sexualmente y que los desajustes ocurren en un plano que no es ni siquiera psicológico sino, por así decirlo, metafísico. Es decir, nada inquietante. Pero Nielsen no está interesado en contar la intimidad de esa pareja —que como todas las relaciones del libro queda atrapada en lo convencional— sino que utiliza su estatuto de gente absolutamente ordinaria, de una clase media canónica de la literatura argentina, para habilitar el aspecto fantástico de la novela. Inquieto, apesadumbrado, Antonio sale a la calle con su cámara y descubre a una mujer joven por la que se siente irresistiblemente atraído. No queda claro si la atracción es sexual, algo que Marta y Victoria dan rencorosamente por descontado sin que Antonio haya intercambiado una palabra con la chica y sin que él mismo reconozca la naturaleza de su sentimiento. Por alguna razón, supone que se llama Lorena. Aparece entonces un segundo plano de la novela, una realidad paralela a la anterior. La relación exacta entre esos mundos es un secreto que se develará al final del libro. Ambas realidades se parecen pero se distinguen, ante todo, porque en la primera se toma Bidú y en la segunda Coca-Cola. En el mundo Coca-Cola, Lorena es una fotógrafa que sale con Gustavo, un escritor de novelas de fantasmas. El padre de Lorena —un hombre que podría ser el Antonio del mundo Bidú— le tomó unas fotos que podrían ser las que Antonio hizo de la chica. Antonio Bidú podría ser también el padre de la Lorena Coca-Cola. Nielsen pone así en juego su segunda batería de espejos, que incluyen los reflejos de sí mismo en el otro Gustavo y hasta la de los libros de ese Gustavo, en particular El espíritu del laboratorio que narra la misma historia de La otra playa, pero con un final gore. Ni La otra playa ni los libros de Gustavo tienen capítulo 13. Supongo que a esta altura de la reseña no he logrado generar en el lector demasiado entusiasmo. Es posible que eso se deba a mi propia falta de entusiasmo. Sin embargo, leí La otra playa con placer y sin que la ingeniosa intriga me llevara de las narices, con la consiguiente sensación de frustración al develarse. No, Nielsen juega en un territorio más ancho que el del argumento. La novela es más bien un juego formal de dobles y paralelismos acechados por toda suerte de fantasmas y anclado en la cuidada precisión de los detalles realistas, por ejemplo en las cuestiones técnicas de la fotografía. ¿Alcanza para darle vida al libro? Sí y no. Por el lado del no, en La otra playa termina habiendo hay algo de angelismo, de ese sentimiento esotérico y tranquilizador de que alguien vela por nosotros en alguna parte. El de los ángeles no es un género muy distinguido, acaso tan poco como las novelas de fantasmas que escribe el Gustavo de ficción. Pero hay algo más complicado y eso le da al libro un toque siniestro, inquietante: el único aspecto verdaderamente terrorífico en una trama en la que todos los personajes viven asustados. Volvamos al principio. Cuatro personajes miran las diapositivas que ha dejado una pareja desconocida y sobre ellos formulan conjeturas. El narrador hace lo mismo con sus personajes: los espía y acerca la lente para ver lo que descubre de ellos. Pero si se prolonga la analogía, se puede decir que el lector observa al narrador y trata de ver lo que el relato pasa por alto. Y así, nos termina llamando la atención la ambigüedad del amor filial que Nielsen describe, nos sorprenden las connotaciones sexuales de ese amor. Por un lado, en la extraña relación de Antonio con Lorena Bidú (que en el mundo Coca-Cola es la amante de Gustavo, el doble de Nielsen). Pero esa dualidad se hace más llamativa, más sintomática en un momento del libro en el que Victoria, la hija de Antonio con Marta, se enoja con él cuando este sale a buscar nuevamente a la misteriosa Lorena. Y se enoja en estos términos: —¿Y si es como yo, qué? Victoria se había quitado la remera y se estaba desprendiendo el corpiño. Soltó las manos en su espalda. El corpiño cayó. —¿Y si tiene unas tetitas así, qué, viejo cobarde? Marta irrumpió en el cuarto para cubrirla… Esta escena, en la que la relación sexual entre padre e hija se insinúa con más fuerza, es acaso el núcleo de La otra playa y el testimonio de que un libro lleno de reflejos, formas abstractas y buenas maneras tiene como orden subyacente al incesto, la exacta contracara del angelismo y de la protección filial que constituyen su superficie. Y ese tal vez sea el horror al que libro alude todo el tiempo sin atreverse a nombrar. Pero no puedo llegar más lejos con La otra playa: me resulta un objeto literario brumoso, inasible más allá de su corrección profesional y su estilo amable." (La lectora provisoria).