En los noventa tuve un almuerzo organizado por la revista literaria La mujer de mi vida del que participaron el director Ricardo Coler, la editora Mori Ponsowy y una escritora nikkei desconocida para mí. Hice un retrato de ella en el mantel, que era de papel. En aquella época yo dibujaba compulsivamente, sin pedirle permiso a nadie ni suponer que pudiera molestar a la gente con mi acto. Las dos chicas eran monísimas, pero Anna Kazumi Stahl estaba sentada enfrente de mí y sonrió cuando se encontró parecida a las líneas que yo había esbozado. Recorté el dibujo y se lo regalé. A Mori le regalé uno de un gato simpatiquísimo que paseaba entre las mesas. Salimos del restorán sin intuir el hermoso futuro que había inaugurado esa comida; terminé leyendo y admirando a la poeta de Enemigos afuera y a la cuentista de Catástrofes naturales durante los siguientes cuarenta años. Compartimos amistades, algunos compromisos literarios, mesas redondas en festivales y esas cosas; después le perdí el rastro a Anna. Mori dice que no, pero yo creo haberle hecho un asado a ambas en su casa de Garín, con la colaboración de Matías Solla, el protagonista de Okasan. Anticuchos de corazón y tofu tostado.
Anna es una profesora reconocida, que dio clases de literatura latinoamericana en la UBA y en varias universidades de USA. Actualmente trabaja para la NYU y para la UNA. Publicó el libro de cuentos por el cual la convocamos, más la novela Flores de un solo día y un libro de teoría. Y nada más. Cuando le preguntamos por qué tan poco, no le importó y siguió hablando de la historia de Japón y de su nuevo proyecto, una novela con capítulos redactados como si fueran cuentos. Su cadencia de lectura, hipnótica, me hizo acordar a la de César Aira. Nos mostró las libretas donde la está escribiendo y le saqué una foto: son más prolijas que mis cuadernos.
El marido de Anna, capo, mandó a hacer seiscientas botellas de un rosado Malbec de colección con el título de su primera novela y un fragmento del texto en la etiqueta. “Como si fuera un púrpura entre nubes; y las nubes disolvían lo oscuro y dejaban la sensación de un color como uno lo recordaría al despertar de un sueño". Puro amor. Nos mandó una de regalo. Beberemos ese Malbec cristal la clase que viene.
Adiviné que su padre, el autor de las fotos de tapa y contratapa, fue arquitecto. ¿Cómo lo hice? Por el tipo de fotos. Anverso para la tapa; dorso para la contratapa. Japonesitas con kimonos vistas de adelante y de atrás. Solo un arquitecto hace esas tomas. Frente y contrafrente. La de tapa ya la publiqué en otros posteos durante la semana (ayer, anteayer, etcétera). Va la de contratapa:




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