6.11.26

VIGESIMOQUINTA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / BIENVENIDA ANNA KAZUMI STAHL



 En los noventa tuve un almuerzo organizado por la revista literaria La mujer de mi vida del que participaron el director Ricardo Coler, la editora Mori Ponsowy y una escritora nikkei desconocida para mí. Hice un retrato de ella en el mantel, que era de papel. En aquella época yo dibujaba compulsivamente, sin pedirle permiso a nadie ni suponer que pudiera molestar a la gente con mi acto. Las dos chicas eran monísimas, pero Anna Kazumi Stahl estaba sentada enfrente de mí y sonrió cuando se encontró parecida a las líneas que yo había esbozado. Recorté el dibujo y se lo regalé. A Mori le regalé uno de un gato simpatiquísimo que paseaba entre las mesas. Salimos del restorán sin intuir el hermoso futuro que había inaugurado esa comida; terminé leyendo y admirando a la poeta de Enemigos afuera y a la cuentista de Catástrofes naturales durante los siguientes cuarenta años. Compartimos amistades, algunos compromisos literarios, mesas redondas en festivales y esas cosas; después le perdí el rastro a Anna. Mori dice que no, pero yo creo haberle hecho un asado a ambas en su casa de Garín, con la colaboración de Matías Solla, el protagonista de Okasan. Anticuchos de corazón y tofu tostado. 

El miércoles a la tardecita pude recomponer parcialmente ese almuerzo memorable: invitamos para la Clínica a Anna y a Mori a tomar el té en una ceremonia dirigida por Pablo, con vajilla aportada por Moira Sanjurjo. Lili dice que son tazas y teteras de la Dinastía Moi (jajá). Ya verán las fotos correspondientes posteadas la semana que viene en la Milanga.

Anna es una profesora reconocida, que dio clases de literatura latinoamericana en la UBA y en varias universidades de USA. Actualmente trabaja para la NYU y para la UNA. Publicó el libro de cuentos por el cual la convocamos, más la novela Flores de un solo día y un libro de teoría. Y nada más. Cuando le preguntamos por qué tan poco, no le importó y siguió hablando de la historia de Japón y de su nuevo proyecto, una novela con capítulos redactados como si fueran cuentos. Su cadencia de lectura, hipnótica, me hizo acordar a la de César Aira. Nos mostró las libretas donde la está escribiendo y le saqué una foto: son más prolijas que mis cuadernos. 



El marido de Anna, capo, mandó a hacer seiscientas botellas de un rosado Malbec de colección con el título de su primera novela y un fragmento del texto en la etiqueta. “Como si fuera un púrpura entre nubes; y las nubes disolvían lo oscuro y dejaban la sensación de un color como uno lo recordaría al despertar de un sueño". Puro amor. Nos mandó una de regalo. Beberemos ese Malbec cristal la clase que viene.

 Anna habló de su madre y de su padre. En sus cuentos ya habíamos encontrado algo de lo que nos dijo. “Mi padre era un hombre muy alto, tan alto que me daba la sensación de que era imposible tratarlo de cerca” (Conejos de Pascua). “Mamá es de Japón y ella habla de la muerte como algo lleno de alivio, una cosa linda que te da una nueva vida” (Ejercicio del oído). También habló muy afectivamente de su primer editor, Luis Chitarroni, que ofició de descubridor: alguien le pasó La ruta J17, que había ganado un segundo premio en un concurso, y él se las rebuscó para reunir el resto de los cuentos y armar el librazo publicado por Sudamericana en 1997. Mis preferidos son Exótica, Hiroko; Dennis, Walter, Ryan, Will, Buddy, Henry, Trevor; Hola, ¿este es el funeral de mi hermano?; Un error inocente, Rigor, Manjar, La chica de al lado y el que le da título al libro.

Adiviné que su padre, el autor de las fotos de tapa y contratapa, fue arquitecto. ¿Cómo lo hice? Por el tipo de fotos. Anverso para la tapa; dorso para la contratapa. Japonesitas con kimonos vistas de adelante y de atrás. Solo un arquitecto hace esas tomas. Frente y contrafrente. La de tapa ya la publiqué en otros posteos durante la semana (ayer, anteayer, etcétera). Va la de contratapa:


Adiviné también el posible disgusto de su padre al observar que ambas fotos no tienen la misma escala: la de atrás es más chica. A mí o a Moira (que supo sacar fotos en planta, perfiles derecho e izquierdo, frente y espalda a sus nueras embarazadas de nueve meses) nos hubiera molestado. Igual no se lo dije. Anna nombró a un arquitecto que su padre conoció cuando trabajaba en el estudio de Frank Lloyd Wright: Sacriste. Por esos encargos viajaron a Tokyo (me imagino que en tiempos de la construcción del Hotel Imperial) y su padre conoció a su madre y se la llevó a tierra norteamericana. Los fragmentos que Anna leyó de su novela nueva, en la que una retratista llamada Dolores entra a habitaciones vacías en una casa de La Boca, me hicieron recordar a un libro que ya no se consulta ni en arquitectura ni en psicología pero que me parece fundamental citar: La dimensión oculta, de Edward T. Hall. Me imagino que te puede servir, Anna. Hall escribe acerca de espacios vacíos o llenos; o sobre la memoria de los espacios. Aquí dejo dos links a fragmentos que publiqué hace unos años: ETH1 y ETH2. Gracias por tu visita.

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