30.6.22

FOGWILL EN LA AGENDA

 “Querido Fogwill: Maestro; muy buena su novela corta y, como le aseguré por teléfono, nada tiene que ver esta apreciación con el hecho de que mi vanidad se haya visto (obviamente) satisfecha al ser personaje de la obra. Te agradezco, sin que tenga que ver con los méritos del libro, que me hayas hecho ricachón, y juro devolverte en la misma moneda: a mí tenés que hacerme dictador o ricachón.” La carta de cuatro páginas, fechada el 18/9/83, está firmada por el escritor Alberto Laiseca, cuando todavía no era el Conde Láisek ni había publicado “El jardín de las máquinas parlantes”. Se está refiriendo renglón por renglón a “Help a él”, la primera versión libre de “El Aleph” escrita por Rodolfo Fogwill, en la que Beatriz Viterbo se llama Vera Ortiz Beti y Carlos Argentino Daneri es Laiseca Ortiz. Don Alberto se derrite de emoción en su misiva escrita a máquina, llena de elogios a la parodia fogwilliana, y se despide con un “Cuando termine mi novela de máquinas parlantes, te la presto. Por ahora conformate con mi obra seria”. Firmado: “Tecnocracia Monitor Triunfo”. Este y una pila de documentos extraordinarios podrán empezar a consultarse dentro de muy poco en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, área de archivos, “Archivo Fogwill”.

Ana Guerra, la encargada de alcanzarme el material, me pide prudencia. Aún falta para que los investigadores puedan acceder a todo en forma ordenada: ella calcula que los documentos se abrirán al público en la segunda mitad del año que viene. La clasificación es exhaustiva: son doce cajas de grabaciones, papeles, archivos físicos y digitales. Carlos Bernatek, mi contacto para poder hacer la nota, agrega: “La semana pasada recibimos la totalidad del material, un sueño que había tenido Leopoldo Brizuela en los cuatro últimos años de su vida, ahora destrabado gracias a una gestión de mecenazgo de la Ciudad y del Banco COMAFI, que pagaron a la familia Fogwill lo que el archivo valía”. En el momento de la foto estaba mi amigo Andrés, entre los hermanos, y Vera participó de modo virtual porque vive en Madrid. Le escribí un wasáp y logré este aporte:

“Llevamos todo adelante junto con Andy y Verónica Rossi, nuestra archivista particular. Fue una carga pesada de la que ocuparse, porque el archivo solo no hacía nada. A ver si me explico: había que lidiar con la obra de un padre muerto que pasa a exigir más que tu hijo vivo. Una pesadilla. ¿Qué más? No está la grabación tuya, Gustavo, ojalá puedas dejar una copia con la transcripción.”

Se refiere a “Adentro y afuera por los Fogwills”, del día en el que los conocí. Fogwill me había invitado a su departamento porque Gandolfo le había pasado un cuento mío. Lo leyó en voz alta, y entre Verita (adolescente) y él opinaban y me iban preguntando. Yo contesté cantidad de pavadas de joven (alguna vez tuve veinticinco años); él grabó la sesión y me regaló el caset cuando cumplí los cuarenta. La desgrabación de esa clase magistral, acá.

 

Sigo revolviendo entre las carpetas con mis guantes y barbijo y encuentro un papel con el membrete del Gran Hotel América Larre, de Constitución. Esta vez la carta, fechada el 3 de marzo de 1980, es manuscrita, desprolija, y está dividida en dos partes. Copio la primera carilla en forma completa:

“1) -a la puta madre que te parió te vas vos, Fogwill, imbécil de mierda, que desde el preciso instante en que pusiste manos (o pezuñas) sobre mi libro, perturbaste, postergaste y, finalmente, impediste mi salida.

Compasivo con los animales, te tuve hasta paciencia. En ningún momento me causó… “asombro”… el hecho de que no pudieras editar un libro mío sin actuar tu chaplinesco personaje: yo, perdoname, entiendo. (Sí, tenés que perdonarme que te entienda).

Que me odiás porque te… entiendo…, ya lo sé, o ya me lo resigno. Que te meás en los calzones para que yo te Hable y Hable, como en esta Carta, también te lo entiendo. Es lo habitual. La gente suele querer que yo le Hable. Y algún día, quién te dice, dejarás de ser gente: mantenete firme en esa esperanza.”

Firma Osvaldo Lamborghini, el de “La causa justa”.

 

Carlos me explica lo que cuesta llegar a obtener las donaciones. En las cajas leo Simón Feldman, Lía Jelín, Hermes Villordo, Abelardo Arias, Enrique Banchs, Macedonio Fernández. Ana me cuenta que el área de archivos existe como proyecto desde el año 2006. Los hay de escritores, periodistas, políticos (Frondizi), gente de teatro, cine, teóricos del psicoanálisis (Baranger), filósofos. Le pido a Carlos que me cuente cuál fue el botín más difícil de conseguir y me nombra a Bioy.  

“Estuve siete años detrás de esos archivos. Los parientes de Bioy no querían pagar ganancias por la cesión de una biblioteca, querían que la venta se hiciera en negro… ¡con el Estado! Algo imposible. La herencia fue cambiando de mano a medida que los herederos se iban muriendo. Así pasé de la negociación con su hijo, a otra con la amante de Bioy. Finalmente el tema quedó en manos de sus nietos: los libros estaban en un depósito olvidado del Banco Nación, en el microcentro. Por suerte un amigo de Bioy, el anticuario Alberto Casares, advirtió a tiempo que esa biblioteca, que el escritor había ido adquiriendo en librerías y editoriales de Londres y París, se estaba deteriorando (muchos ejemplares dormían directamente al aire libre), y decidió darle un primer orden adentro de cuatrocientas cajas. Gracias a su colaboración es que hoy podemos compartir estos archivos importantísimos. Muchos de los libros de Bioy eran usados por Borges para trabajar, y allí consta una abundante marginalia de puño y letra de Don Jorge Luis, que es el placer de los investigadores.”

Para más información sobre todos los archivos que ya se pueden consultar en la BNMM, seguir este link.

 

Le pido a Ana si no tiene algún intercambio postal con una mujer y me dice que sí; nombra a Eva Giberti. Miro las respuestas para citarlas y no las encuentro tan interesantes (son más respetuosas, no tienen el estilo de las otras). Fogwill parecía tener un personaje para los hombres, otro para las mujeres. Ana se entusiasma y me acerca un papel fechado en Pereira, el 1 de noviembre de 1983: firma Leonardo Favio. La pila sigue siendo jugosísima.

“Querido Quique: ¿Cómo estás? ¿Y tu vieja? Espero que bien, y arremetiendo contra la literatura y nuestra hermosa lengua. Yo te escribo en un día triste, muy triste. Tal vez en el momento más doloroso de nuestra gloriosa historia peronista. Claro que esto todavía no lo podés entender vos. ¡Cuánto lo siento! Si supieras lo hermosa que es esta vibración de ser peronista.” Se debe estar refiriendo a la derrota de Luder por Alfonsín. Concluye: “Nunca les perdonaré esta tristeza mía que es la tristeza de la gente buena. No descansaré hasta que el último “traidor experto en rosca” sea extirpado del Movimiento. Yo te dejo un abrazo con todo mi corazón, un beso a tu mamá y mi cariño de humilde analfabeto peronista.”

 

El “archivo Fogwill” está integrado por cartas de Eva Giberti, Jorge Barón Biza, Arturo Carrera, Juan Martini, Andrés Rivera, Juan José Saer, Héctor Viel Temperley, Alan Pauls; sus primeros contratos con De la Flor y Sudamericana, su premio Coca Cola; libros, revistas culturales, folletos y programas de mano; grabaciones, audios, videos; su intercambio con los Mondongo; los borradores de “Nuestro modo de vida”; documentos personales, administrativos y familiares; los originales del “Cuaderno de los sueños” (que ilustran esta nota); entrevistas, transcripciones, apuntes sueltos, colaboraciones, diapositivas, fotos, etcétera. Un mejunje para sumergirse y nadar durante meses: crawl. En una nota Enrique Pezzoni lo reta por una información falsa que Fogwill escribió en los diarios sobre su padre, y termina aconsejándolo “¡Portate bien!”.

“Alguna vez me moriré por estas cosas, por fumar, por respirar sin método… pero se obstina, uno, en vivir así” (Rodolfo Fogwill, 1941, 2010).

29.6.22

NUESTRO MODO DE VIDA / ARCHIVO FOGWILL

 Nos sumergimos en el fascinante y flamante Archivo Fogwill, confeccionado con el aporte de sus cinco hijos, y armado con cartas y material que el gran escritor fue acumulando a lo largo de su vida.

¡Gracias a todos en la BNMM y en La Agenda!

22.6.22

SI ESTO ES UN HOMBRE / PRIMO LEVY

 "Aquí es así. ¿Sabés cómo se dice nunca en la jerga del campo? Morgen früh, mañana temprano."

9.6.22

GENTE COPIADA PARA LA AGENDA

"Aunque por lo general se queda en la fantasía, de vez en cuando la ficción viaja en el tiempo y afronta con sustento científico las paradojas causales. Repasamos el cine de Christopher Nolan, Shane Carruth y un antiguo cuento de Robert Heinlein."

¡Gracias Pablo Perantuono! 

7.6.22

LA COHERENCIA

“- Aprieta el gatillo. Apunta y aprieta -ordena la investigadora.

- La pistola está descargada -replica el tirador.

Ella insiste, por lo que él apunta al blanco que hay a cinco metros de su arma. Dispara.

- Ahora revisa el cargador -agrega ella.

Él mira, hay una bala intacta. La saca y se la entrega. Ella la ubica en una mesa, al lado de otra.

- Una de estas balas va como nosotros -dice-, viajando en el tiempo hacia delante. La otra va al revés, porque su entropía es inversa. ¿Puedes distinguir cuál es cuál?

El tirador niega con la cabeza. La investigadora ubica su mano abierta sobre el proyectil de la derecha, a unos treinta centímetros de altura, hace un leve movimiento con los dedos y lo agarra en el aire.

- Desde mi punto de vista atrapé una bala que saltó desde la mesa; desde el punto de vista de la bala, se cayó de mi mano.”

Esta es una hermosa escena de “Tenet”, la más incomprensible de todas las películas de Christopher Nolan, y una de las más festejadas por los científicos que estudian física cuántica, como Rovelli, del que hablamos en la nota pasada. La otra película es “Primer”, filmada en 2004 por un ingeniero y matemático llamado Shane Carruth, y lo demás son un par de cuentos de Robert A. Heinlein, el autor de la novela “Starship Troopers”, también comentada alguna vez en nuestra Agenda. Y pará de contar. Casi todos los otros intentos de la ficción por dar sustento científico a la posibilidad de los viajes en el tiempo se quedan en la fantasía. Hablo de la saga “Back to the future”, por ejemplo. Y “Terminator”. O se gastan tantas paradojas que las vuelven imposibles para los que escriben los libros de la buena memoria.

“El tirador dispara otra vez, apuntando a los agujeros en la diana, con la pistola vacía. Las balas se recomponen, salen de sus boquetes, entran en reversa por el caño de la pistola y se alojan, quietas, en el cargador.

- ¿La causa no debería venir antes del efecto?

- No siempre -responde la mujer.

- ¿Y qué hay del libre albedrío?

- La bala no se hubiera desprendido de la diana si tú no hubieras apuntado y gatillado. Lo hiciste posible. -Y agrega: - No trates de entenderlo. Simplemente, siéntelo.”

La escena vale la película. Aunque tiene muchas otras, tan buenas como aisladas: un comienzo con un atentado en un teatro durante una convención, una persecución de dos coches yendo a la misma velocidad en inversión (uno va para el sur, el otro para el norte, pero en el episodio comparten la misma fracción de espacio-tiempo), una guerra donde algunas bombas explotan y otras des-explotan, simultáneamente en un mismo paisaje caótico.

Intentaré explicar algo de esto sin enloquecer.

 

TODOS LOS TIEMPOS, EL TIEMPO

Hay algunas reglas básicas en la que todos los físicos parecen estar de acuerdo:

1 – En un viaje en el tiempo, la separación temporal entre partida y llegada no es igual a la duración de la jornada del viajante. Observa el investigador Daniel Lewis que el asunto implica dos lapsos diferentes: el del tipo que viaja, subjetivo y acomodado a su propio reloj de pulsera, y el que le ocurre como historia. El viajante vive una historia en otra época que puede durar meses y para su reloj tal vez hayan pasado unos pocos minutos.

2 – Esta es de Hawking: el principio de “autocoherencia”, formulado por Ígor Nóvikov y Kip Thorne, nos impide viajar al pasado. O sea, solamente podrían existir los viajes al futuro, donde no habría paradojas. Obvias leyes de protección cronológica impiden que lleguemos a un tiempo anterior y nos mandemos un cagadón de esos que transforman todo el futuro en otra cosa, por efecto mariposa.

3 – Los universos se están multiplicando. Esta es una explicación del físico Bryce deWitt: “cada transición cuántica que ocurre en cada estrella, galaxia o rincón del cosmos, está dividiendo nuestro mundo local en millares de copias de sí mismo, y los universos multiplicados son inconexos entre sí”. Es la explicación macro de los “muchos mundos” de la que se asombra Carlo Rovelli. Por el momento, es la única propuesta que resuelve las paradojas.

 

 ¿QUÉ SON LAS PARADOJAS?

Hay solo dos modelos de paradojas causales en el caso de que se quiera ir a veranear al tiempo de nuestros abuelos. Para explicarlo voy a recurrir a la película de Cameron, un ejemplo de ficción que no tiene asidero en la física. Desde el futuro mandan a Terminator al presente para matar a Sarah Connor, y que ella nunca pueda engendrar al líder de la revolución contra Skynet. Supongamos que la mata: el líder no nace, por lo tanto nadie puede en el futuro mandar a matarlo. La ciencia habla de “paradoja de incoherencia”.

Como no la mata y Sarah, que era una simple secretaria, se convierte en una feroz guerrillera, va a engendrar y educar un hijo héroe que liderará a la humanidad contra Skynet: en este caso será el Terminator enviado el que haya producido una historieta sin principio ni fin, que en física se llama “bucle causal”, o “paradoja de bucle causal”. En una nota muy interesante del sitio argentino El Cedazo, que recomiendo leer atentamente, avisan que el principio de la causalidad, que parecía ser hasta hace poquito una de las cosas básicas de la existencia, no deriva de las leyes de la física. Cito: “En las ecuaciones de la física no hay nada que nos explique la naturaleza de la causalidad; si bien todo efecto debe tener una causa, ¿por qué esta tiene que existir antes y no luego? ¿Cuál es exactamente el lazo que une una causa con su efecto? Cuando se trata de cuestiones como el tiempo y la causalidad, la ciencia no nos dice cosas claras.”

La esencia de las paradojas siempre es la causalidad. Si el espacio-tiempo permitiera las bifurcaciones que intuye la física cuántica, el problema de las paradojas quedaría resuelto.

En la teoría de los “muchos mundos” (que El Cedazo titula de “universos paralelos”), podría existir un tiempo en el que Skynet reine sin resistencia, otro donde Sarah Connor vence a Terminator y entrega al mundo un líder, otro donde los humanos vencen a Skynet sin ayuda de nadie, hasta uno donde Terminator y Sarah se casen y coman perdices en una isla en el Tigre.

 

VEO GENTE REPETIDA

Hay un acertijo de Hawking que dice que si los viajes al pasado existieran estaríamos conviviendo con viajantes. Planea hacer una fiesta con un pasacalle que diga BIENVENIDOS, y sentarse a esperar. Si nadie viene, se suspende la fiesta. Es una manera barata de probar que no existen los viajes al pasado; frizás los sanguchitos de miga y los guardás para tu próximo cumple. Pero agreguemos esta idea: suponete que me voy al futuro… ¿nunca voy a querer regresar para contarlo? El regreso del futuro, según los físicos, es lo que embarra la cancha del determinismo de la relatividad creado por Einstein.

Cité a Heinlein al principio de la nota, pero no especifiqué por qué. Tiene un cuento titulado “By his boostraps” (“Por sus propios medios”), en el que hay un hombre escribiendo una tesis en un cuarto. Está muy concentrado, tanto que no ve que se abre una puerta circular a un costado, como un ojo de buey de luz, por la que entra otro hombre igual a él, que viene del futuro. La permanencia de los calcos en una misma habitación se vuelve imposible de sostener. Provoca sorpresa, miedo, diálogos extraños. Al final el original, llamémosle hombre 1, pasa la puerta y aparece en el futuro. Allí es convencido por un investigador para cumplir con un plan. Entonces regresa al presente y ya no se encuentra a uno solo igual a él, porque llegó a la escena posterior, unos minutos después, y queda anonadado ante la presencia de hombre 1 más hombre 2. O sea: pasa a ser el hombre 3, idéntico a los anteriores. El cuento es de 1941. Fue destacado por los físicos cuánticos como un primer atisbo de los “muchos mundos”, en donde los visitantes empezarían a verse repetidos.

Dos jóvenes brokers de la Bolsa arman una máquina del tiempo en una baulera y se deciden a viajar un día al futuro para ver qué acciones subieron, y no fracasar en sus apuestas de negocios. La película es “Primer”. Cuando vuelven, distribuyen sus ganancias en muchas ofertas, para transgredir en lo mínimo las disposiciones temporales y no caer en paradojas. Pero se aterrorizan en el segundo de los viajes, al que llegan al futuro unos minutos después del viaje anterior y se ven a sí mismos en el recinto. También en “Tenet” hay gente copiada, que se encuentra realizando una acción que ya pasó o pasará. ¿Qué es esto de las repeticiones por todos lados? Otra vez la teoría de los “muchos mundos” que describe Rovelli en “Helgoland”.

Las películas de Nolan y de Carruth nos llevarían a pensar que la cuántica es aburridísima cuando se la aplica con severidad en la ficción. Los directores, que en algunos momentos nos dan segmentos narrativos maravillosos (los que mencioné de “Tenet”, el episodio de la biblioteca en “Interstellar” y el segundo viaje de los “Primer” al futuro), fracasan en mantenerles la atención a los legos (que, por otra parte, constituimos casi todo su público). Son películas muy difíciles de seguir, con explicaciones que aburren y episodios que hacen parecer que el director se mareó o se olvidó de que hay alguien mirando. ¿Será que no se puede hacer algo serio, que satisfaga a los científicos y que además sea divertido? Bueno, miren “Coherence” (2013), de James Ward Byrkit, guionista y director. Contra todas las ganas que tengo, no la voy a espoilear. Búsquenla y prepárense para una inquietante seguidilla de cajas de Schrödinger en la que no hay gatos, sino personas cenando.

Pánico cuántico al alcance de todos. 

2.6.22

PATRICIA SUÁREZ EN "MUNDOS ÍNTIMOS"

 “Hace poco más de un año, un director de teatro me preguntó:

-¿Te animás a hacer de Tita Merello?
​-No -contesté, rotunda. Pero al segundo me arrepentí: -Sí, me animo.

Y ese “sí” cambió mi vida.

Si hago memoria pienso que las únicas veces que había actuado antes fue siendo “negrita mazamorrera” en los actos del Día de la Patria en mi escuela. Yo quería ser de las “damas antiguas” que bailaban el minuet, pero era muy alta y robusta y nunca pude ser dama antigua. Entraba al salón de actos pisando segura y gritando: “¡Mazamorra, mazamorra!”. Tampoco pude ser la Virgen María en el pesebre, ni Santa Clara de Asís para los 12 de agosto, que celebraba la escuela católica franciscana a la que concurría. A lo sumo, en algún fin de año, hacía de “pastorcito de Belén”.

Mi mamá y Elena, la señora que trabajaba en la casa y había criado a mi mamá y a mí, solían conseguirme los disfraces, los cosían o los compraban, y la recuerdo a mi mamá pasándome un corcho quemado por la cara para hacer de “negrita” -algo de la época y que hoy podría ser discutible-, pero en general mis padres no asistían a mis actos escolares. Ellos tenían un negocio, una zapatería en el centro de la ciudad de Rosario, y el negocio era sagrado. Por supuesto, yo apenas salía a escena buscaba con la vista a mi mamá, y no la encontraba. Me preguntaba: “Mami, ¿estás? Mami, ¿viniste?”. Porque, estoy segura, yo actuaba para mi mamá, y creo que lo sigo haciendo para ella, de alguna manera. Tampoco voy a decir que el hecho de que mi mamá y mi papá no fueran a los actos escolares me traumatizó ni mucho menos, porque lo que yo aprendí con esos faltazos parentales, era lo importante que es trabajar y cuidar el trabajo. No obstante, supongo también que esos faltazos oficiaron como falta de estímulo para seguir con la actuación, y puse mi energía de niña en otras actividades.

A los dieciocho años tomé un curso de actuación que me duró dos clases. Era en “Discepolín”, un estudio de teatro en Rosario que estaba apadrinado por Norman Briski. El estudio quedaba a dos cuadras de la Facultad de Psicología y yo hacía tiempo con el teatro antes de entrar a las clases de la noche de la carrera. La primera clase de actuación fue la exposición acerca de cómo íbamos a trabajar, y en la segunda el profesor me sugirió que tal vez debería ir con menos ropa así me hacía a la idea de quitármela en el escenario. Por ese entonces yo era muy tímida, y abandoné el teatro creo que nada más pronunciar él esas palabras.

Fuera de esa ocasión, jamás tomé un curso de actuación, pero observaba con atención cómo mis parejas -todos fueron actores – se preparaban para actuar, y hasta cómo mi hija lo hacía hasta que se decidió a dejar -por el momento, porque nunca se sabe - la actuación por otra vocación. Creo, en gran parte, que estaba enamorada no sólo de ellos sino de su oficio, de esa magia que yo no poseía. Decenas de actores tomaron clases de dramaturgia conmigo, porque querían escribir sus obras. Aprendí, también de ellos, cómo hacían para que un personaje se levantara del papel para meterse en su carne.

Un dia, entonces, ocurrió. En medio de la pandemia, el director del Gala Theatre de Washington DC , Hugo Medrano, amigo por sobre todo, iba a poner en escena un espectáculo musical de tango argentino. El espectáculo tenía una duración de dos horas, con bloques de música, canto y baile, y yo había escrito un puñadito de sketchs sobre las mujeres del tango: Azucena Maizani, Libertad Lamarque y Tita Merello.

El director contrató a mi marido, Claudio Aprile, para la dirección de actores: Medrano quería que todos los artistas, sobre todo actores, fueran argentinos, por ese singular acento que cargamos los argentinos y que nos hacen únicos en el habla castellana. Yo viajé a Washington en mayo del 2021 en calidad de autora y acompañante, pero una vez allí se dieron cuenta de que les faltaba una actriz y me hicieron el ofrecimiento con que empecé esta nota. Acepté hacer de Tita Merello, nada más y nada menos, y a ella dediqué en mi corazón cada una de las funciones. Se trataba de un monólogo en verso blanco que duraba unos seis minutos. Aunque estaba aterrorizada sabía que seis minutos de desastre actoral no podían arruinar un bello espectáculo de dos horas. En el fondo pensaba que si algo salía mal, ¿quién lo iba a saber en Argentina? Entonces sucedió un fenómeno extraño, los amigos periodistas que me conocían en Argentina, contentos por mi debut, lo replicaron en los medios en que trabajaban. Me compré un amuleto extra, del miedo.

Una extraordinaria e inolvidable bailarina que trabajaba con nosotros, Rosalía Gallo, y lamentablemente falleció poco tiempo después, me enseñó a maquillarme: “Todo suma en el escenario”, me dijo. Después, me plantó unas pestañas postizas que además de ser un emblema de Tita Merello, me llenaron de pánico de que se me salieran mientras hacía mi monólogo.

Tita, por otra parte, era muy delgada, yo no. ¡La gente se burlaría de mí! Trataba de darme fuerzas pensando que yo había visto la serie “El método Kominsky” y “Diez por ciento” y había sacado en claro la vieja premisa “un actor sólo debe saber pararse en la luz, decir sus líneas y mantenerse delgado”. No me ayudaba aquella máxima, seguro. No recuerdo cómo hice para salir a escena la primera función: supongo que la emoción la borró de mi memoria. Realicé dieciséis funciones; pasaba mis días repasando la letra, encontrándole la vuelta a las palabras porque una cosa es escribirlas y otra sentirlas. Iba al teatro repasando la letra en voz baja; como llevaba barbijo, nadie se daba cuenta de que yo hablaba sola.

Como sea, puedo contar entre los días más felices de mi vida, de esos que se cuentan con una sola mano, aquel en que un espectador hispano, al verme actuar (yo bajaba del proscenio a la altura del público) lanzó “¡Qué grande actriz!” en medio de la función. Esa alegría plena que sentí en el escenario, no la había sentido nunca antes en ninguna otra actividad, y sólo puedo compararla con el estar enamorado o con el sexo.

Meses después, del Centro Cultural España de Rosario, me invitaron a poner en escena una obra de mi autoría. Pensé que la ideal era “El escorpión”, una obra que hablaba de mi abuela paterna y de una anécdota que ella una vez me había contado. El director era mi marido que ya había montado esa obra años atrás con una actriz excelente que hizo la protagonista, Marisa Costas. Pero faltaban dos actores: el que hacía de mi tío abuelo -lo hizo luego Alejandro Viola – y mi abuela. No sé cómo se me ocurrió proponerme -creo que este flamante oficio de actriz trae consigo la insolencia– para hacer de mi propia abuela. Suponía que iba a hacer fácil componerla, ¡yo conocía bien a mi abuela!, pero resultó que no sólo no la conocía tanto -esta historia era de mi abuela a sus 35 años y yo, como todo nieto, tenía memoria de ella de los sesenta en adelante, cuando ya era otra persona– y que además debía interactuar con dos actores profesionales. Eso quiere decir, tenía que mantener el ritmo de la escena, no taparlos con mi cuerpo arriba del escenario, no olvidar “los pies” de los textos para que ellos pudieran decir el suyo, pararme en la luz, decir mi texto perfecto y como si fuera poco, ¡sentirlo!, y todo en dos meses de ensayo. Realmente sufrí y los actores, con toda nobleza, trataron de enseñarme algo de sus propias técnicas, lo que me hizo confundirme más y estar más nerviosa antes del estreno. ¿Cómo se me ocurrió ser actriz a los 52 años, por amor de Dios? Qué vergüenza, me iba a convertir en un chiste en mi ciudad natal. Tenía todos estos miedos, sí, pero a la hora de salir al escenario, otra vez me colmó esa alegría de pensar que mi mamá estaba en la platea, y cero nervios. También está en la bolsita de mis mejores recuerdos entrar a escena pisándole los talones al actor, el magnífico Viola, y gimiendo mi parlamento. Nunca voy a saber si a mi abuela le hubiera gustado la ella que era yo.

¿Cómo lo tomaron mis padres cuando se enteraron de que ahora, de “vieja”, era también actriz? Mi papá siempre me había dicho que la televisión era lo mío, y mi mamá lo tomó con mucha naturalidad. Creo que hasta la entusiasmó más que actúe que tener una escritora con muchos libros publicados. Cuando les confesé que mi vocación era ser escritora, hace veinticinco años, no les hizo ni medio de gracia, todo lo contrario: de aquí mi sorpresa actual. Tal vez yo esperaba algo como: “Patri, a tu edad, dejate de jorobar”. No esperaba el apoyo y la alegría de ellos, como si yo hubiera vuelto a ser la nena que todavía buscaba actuar en la escuela. Me pregunté si mi mamá no habría querido también que yo fuera una dama antigua o la Virgen María o Santa Clara de Asís, y tanto ella como yo nos conformamos con un rol menor cada vez. Ahora, en cambio, se sentía escuchada, vengada, por así decir, por las vueltas de la vida. Mi hija, por otra parte, me enfrentó muy seriamente: “¿Vos qué buscás al ser actriz?”. Mi hija tiene 18 años y para ella, claramente, yo soy una señora con edad. “Busco”, le respondí tras mucho dudar, “saber cómo se construye un personaje desde el otro lado, desde la carnalidad”. Pero después de un tiempo, viendo que estaba lista para montarme en otro proyecto (“Monsieur Proust”, los domingos en Patio de Actores), y que me invitaban a participar de unos cuantos más, le hice esta pregunta esta vez yo a mi hija: “¿Y si resulta que soy buena actriz, y si resulta que me convierto en una actriz famosa y termino, yo qué sé, hasta en Hollywood?” Mi hija largó una risotada, claro, pero contestó: “¿Y por qué no, ma?”.

Después de todo, tantas veces uno se muere en la propia vida que por qué no habrá de renacer de una forma diferente. Así que pienso ¿quién sabe qué me pasará con esta nueva carrera de actriz? A lo mejor me lleve más lejos y a lo mejor no, pero de todos modos, ya lo recibido es pura ganancia y estoy agradecida a quienes me dieron el empujoncito y el apoyo para hacerlo. A los que me dieron consejos cuando yo preguntaba desesperada: ¿Qué hago si me tropiezo, si me caigo, si se me pegan las pestañas, si rompo la cafeterita de utilería, si equivoco el texto, si cometo un furcio, si me atraganto, si me dan ganas de hacer pis, si suena un celular? Y todos los amigos, compañeros, y especialmente mi marido tuvieron la paciencia para tranquilizarme y recordarme que yo no era yo, sino tal o cual personaje, y que siempre el otro actor en escena, como en la canción de María Elena Walsh en la canción de “La cigarra”, te rescatará para seguir con la función, para seguir cantando.

Padezco el “síndrome del impostor” en la actuación: cada vez que salgo al escenario creo que un espectador se dará cuenta de que no soy actriz de carrera y se levantará ofuscado, acusándome con el dedo: “¡Ella no es…!”. Por eso, y mientras espero al espectador con el dedo acusador, salgo a escena pisando fuerte. Y hay algo raro, no siento nervios. Un actor, cuando se lo conté, me respondió: “Es porque no sos actriz”. La respuesta fue demoledora, pero ¿cómo hace uno para ponerse nervioso si no está nervioso? Es imposible; y además yo sé por qué no estoy nerviosa: porque cada vez que salgo al escenario, doy un vistazo a la platea y me pregunto: “Mami, ¿estás? Mami, ¿viniste?” Porque a veces creo que mi mamá está al final de la platea, y que yo soy esa nena que era, y que esta vez sí, ella me abrazará y dirá: “Eras ‘la negrita’ más linda de todo el acto”.