"Ocurre
que aquí encuentran propicio quedarse todas las noches
encallados en sus propias casas. Los habitantes de Monserrat, en sus momentos de ocio siempre se inclinan por no salir.
Cuando ven que se avecina una noche limpia, comienzan desde temprano a enredar
todo tipo de planes familiares y sociales. Los más jóvenes que todavía deben
dar excusas, se empecinan en demostrar todas las posibilidades para que las
propuestas concluyan en fracasos. Emiten juicios duros, coartadas innovadoras,
historias inverosímiles y finalmente logran su cometido: permanecer en
Monserrat.
Este
barrio conserva todavía el espacio abierto de los interiores de las manzanas. Los moradores comparten los pulmones como
en un gran fogón de campamento. Todos miran hacia el centro. Y si bien no se
ven directamente las caras, suponen sus ventanas, adivinan sus luces y sus
colores, oyen sus ruidos de loza y metal al terminar las cenas, se acompañan en
los atardeceres, miran desde los balcones hacia los patios ajenos y se imaginan
el cielo enmarcado a través de las paredes de sus vecinos.
Los
habitantes de Monserrat son personajes disímiles y dispares: el falso Robert de Niro con musculosa de morley blanca y
pelos sobresalientes, el capataz de los dos restaurantes de la esquina, la
señora que se cree la encargada de La Madrileña , el del garage que siempre sonríe, la
vieja de orejas muy caídas, el portero de overol azul, el new hippie de las
bicis lindas, el de la
Vespa
plateada y ropa militar, los del Petit Hotel con lámparas cálidas y sillones mullidos. Los del bar y los que silban llegando al
bar cuando sienten olor a tango. Todos ellos se reconocen por las calles, se
observan sin saludarse demasiado pero se tienen vistos todos, como en una
pequeña aldea. Se conocen de cuando hacen la cola en el chino y se hipnotizan
mirando al gato dorado que mueve su mano pendularmente o de cuando se descubren
espiando al diariero raro con ojotas, medias y pelo sucio. Pero hay entre ellos
una cosa clara. Los habitantes reales son sólo los que se ven por las noches.
Durante el día una invasión de oficinistas, cobradores, políticos, gestores y
turistas caminan por las calles, almuerzan en los restoranes o pasean lentos
mirando impávidamente las fachadas de Avenida de Mayo. Estos invasores usan
Monserrat, lo conocen, lo caminan y hasta quizás crean que lo quieren, pero no
entienden para nada su esencia.
Los
verdaderos habitantes son los que han presenciado dignos espectáculos desde sus
balcones. Los que han bajado el volumen de su televisor para escuchar la música
del vecino. Son los que saben qué días se prende el faro del Barolo. Y los que
cuando se prende, dejan de cocinar, de
ordenar
sus papeles o de sacudir sus manteles y permanecen petrificados, mirando cómo la luz parpadeante y fogosa ilumina
cilíndricamente sus tanques, sus terrazas y sus cúpulas perdidas.
Los
moradores autóctonos son los que descubren exactamente en el primer golpe de bombo, cuándo está comenzando una
marcha política. Son los que ya no se sobresaltan con las sirenas de la Estación Central
de Bomberos. Son los que durante el día saben cómo esquivar la invasión
bárbara. Y son los que tácitamente saben compartir una inminente tormenta:
miran cómo el
hombre
bruto y en cuero rasca la rejilla de su terraza quitando montones de hojas secas y pelusas. Observan a la ama de casa
empedernida del edificio blanco que está apurada y mete los broches de plástico
en un balde mientras amontona ropa húmeda en un gran bollo. Escuchan cómo los
atrevidos del conventillo tomado gritan, aúllan hacia el cielo, dándole paso
libre al trueno.
Todos,
desde las alturas y desde los patios, apoyados en sus barandas, parados en los marcos de sus ventanas o espiando
desde sus cocinas esperan congregados la lluvia. Se asoma el estallido.
Quietud. Ansiedad. Estruendo y sinfonía.
Mañana
será lunes, una nueva hueste llenará estas calles y las usará como si fueran propias, escupirán en estas veredas,
machacarán todos estos tachos de basura, se apoyarán en estos muros, se
sentarán en estos umbrales, fotografiarán estos edificios, caminarán apurados,
gritarán y después se irán. Sin sospechar nunca que la noche y que las lluvias
también caen en Monserrat."
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