24.1.13

TERCER SELECCIONADO CONCURSO CPAU / ARQ. MARIO ADOLFO MALLON

Acrópolis de dominación cultural

"¿Para qué se construyen o conforman los espacios públicos? Las respuestas seguramente serán de diversa índole; sin embargo, por más variadas que sean casi todas coincidirán en que el espacio público se construye para brindar algún tipo de beneficio a la sociedad. Ahora bien ¿cuánto de verdad hay en esto? ¿Es ésa su principal función o en realidad es su aparente función?

En términos culturales, los pueblos originarios de América han sufrido un colonialismo
aplastante; operación llevada a cabo con un múltiples herramientas, que van desde la religión hasta el sistema jurídico, el sistema político, el económico, la educación y, claro, también de la arquitectura. En ese sentido, se la ha utilizado para ejercer violencia simbólica, para emitir un discurso de dominación: los espacios públicos son la expresión más permanente y más visible de esta embestida cultural que perdura hasta el presente. Estos espacios expresan las relaciones de dominación, la estructuración social de una época, de una ideología, de un horizonte cultural; los espacios públicos se conforman para efectuar ofensivas culturales en las que no hay derramamiento de sangre, pero que sin embargo sus efectos pueden ser de igual manera letales para las culturas sometidas.

Para ilustrar esta hipótesis vamos a describir un espacio público, como los hay en cualquier ciudad latinoamericana: en la ciudad de La Paz, Bolivia, hay una plaza llamada El Montículo, probablemente la plaza más conocida de esa ciudad. A simple vista, la plaza se presenta como un lugar idílico, “mágico”: las características topográficas del lugar, la vegetación, las vistas panorámicas, la calma y la quietud de este espacio parecen ofrecer regocijo y bienestar al espíritu; y sin embargo, un análisis en profundidad revela la perversidad discursiva. Como sabemos en la antigua Grecia las acrópolis eran lugares destinados a la ubicación de edificios y símbolos más emblemáticos; estos lugares representaban la divinidad y la supremacía del lugar sobre la ciudad, eran el símbolo de dominación, y la más conocida era la de Atenas. En ese sentido la disposición espacial del Montículo paceño sugiere que fue pensado con el mismo propósito, la ubicación especialmente elevada le confiere un aire de control sobre la ciudad y en este lugar tan privilegiado se han emplazado los íconos de la cultura occidental, ignorando la cultura originaria. En él se emplazan una serie de monumentos y símbolos que claramente tienen un discurso colonial; en el ingreso está emplazado un arco de “triunfo” afrancesado, otro elemento es el templete central con elementos clásicos, también se sitúa una iglesia católica que confiere al lugar un ambiente religioso, pero también hay una estatua en mármol de Neptuno, dios romano del mar, el mármol, representa la inmortalidad, lo perenne, y Roma el orden y la civilización, monoteístas y politeístas en un espacio compartido... ¿tiene alguna lógica esto? la única lógica es la del objetivo antes expuesto, demostrar la grandeza occidental irrefutable. Esta pequeña plaza constantemente retroalimenta su discurso. Otro ícono occidental más reciente es una especie de monumento en honor a Ludwig van Beethoven que poco o nada tienen que ver con la cultura nativa: otra vez, ícono de grandeza de la cultura europea, todos estos elementos del discurso no parecen haber sido elegidos al azar sino que tienen que ver con una constante construcción discursiva por parte de una élite que define los términos en los que esta sociedad debe regirse, y además de construir una simbología marginando la culturas preexistentes, negando lo que una sociedad “es” para priorizar lo que el grupo dominante quiere “ser”.
Toda esta puesta en escena es una especie de “vitrina urbana”, un sector donde se exponen los símbolos de una sociedad. En términos de Armando Silva: “La vitrina se dota de altos contenidos simbólicos... Los objetos hablan a quien quiera escucharlos y los escuchantes los verbalizan, los hacen digeribles, estomacales; los consumen”.

En definitiva la espacialidad urbana no siempre refleja la democracia e igualdad que el
imaginario popular inocentemente cree, sino que está cargada de intencionalidad, de
subjetividad que moldea, conforma y manipula, junto a otros instrumentos, las relaciones
sociales. En este sentido el arquitecto corre el riesgo de convertirse en un instrumento más destinado a plasmar, a materializar el discurso de la cultura dominante, mas allá de las aspectos superficiales, su obra es exégesis hecha materia, materia perdurable, portadora de la interpretación parcializada del mundo y su esquema de valores. En términos de Pierre Bordiou es “estructura estructurante” destinada a reproducir el sistema de dominación imperante."

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