"¿Para qué se
construyen o conforman los espacios públicos? Las respuestas seguramente serán
de diversa índole; sin embargo, por más variadas que sean casi todas
coincidirán en que el espacio público se construye para brindar algún tipo de
beneficio a la sociedad. Ahora bien ¿cuánto de verdad hay en esto? ¿Es ésa su
principal función o en realidad es su aparente función?
En términos
culturales, los pueblos originarios de América han sufrido un colonialismo
aplastante; operación
llevada a cabo con un múltiples herramientas, que van desde la religión hasta
el sistema jurídico, el sistema político, el económico, la educación y, claro,
también de la arquitectura. En ese sentido, se la ha utilizado para ejercer
violencia simbólica, para emitir un discurso de dominación: los espacios
públicos son la expresión más permanente y más visible de esta embestida
cultural que perdura hasta el presente. Estos espacios expresan las relaciones
de dominación, la estructuración social de una época, de una ideología, de un
horizonte cultural; los espacios públicos se conforman para efectuar ofensivas
culturales en las que no hay derramamiento de sangre, pero que sin embargo sus
efectos pueden ser de igual manera letales para las culturas sometidas.
Para ilustrar esta
hipótesis vamos a describir un espacio público, como los hay en cualquier
ciudad latinoamericana: en la ciudad de La Paz , Bolivia, hay una plaza llamada El Montículo,
probablemente la plaza más conocida de esa ciudad. A simple vista, la plaza se
presenta como un lugar idílico, “mágico”: las características topográficas del
lugar, la vegetación, las vistas panorámicas, la calma y la quietud de este
espacio parecen ofrecer regocijo y bienestar al espíritu; y sin embargo, un
análisis en profundidad revela la perversidad discursiva. Como sabemos en la
antigua Grecia las acrópolis eran lugares destinados a la ubicación de
edificios y símbolos más emblemáticos; estos lugares representaban la divinidad
y la supremacía del lugar sobre la ciudad, eran el símbolo de dominación, y la
más conocida era la de Atenas. En ese sentido la disposición espacial del
Montículo paceño sugiere que fue pensado con el mismo propósito, la ubicación
especialmente elevada le confiere un aire de control sobre la ciudad y en este
lugar tan privilegiado se han emplazado los íconos de la cultura occidental,
ignorando la cultura originaria. En él se emplazan una serie de monumentos y
símbolos que claramente tienen un discurso colonial; en el ingreso está
emplazado un arco de “triunfo” afrancesado, otro elemento es el templete
central con elementos clásicos, también se sitúa una iglesia católica que
confiere al lugar un ambiente religioso, pero también hay una estatua en mármol
de Neptuno, dios romano del mar, el mármol, representa la inmortalidad, lo
perenne, y Roma el orden y la civilización, monoteístas y politeístas en un
espacio compartido... ¿tiene alguna lógica esto? la única lógica es la del
objetivo antes expuesto, demostrar la grandeza occidental irrefutable. Esta
pequeña plaza constantemente retroalimenta su discurso. Otro ícono occidental
más reciente es una especie de monumento en honor a Ludwig van Beethoven que
poco o nada tienen que ver con la cultura nativa: otra vez, ícono de grandeza
de la cultura europea, todos estos elementos del discurso no parecen haber sido
elegidos al azar sino que tienen que ver con una constante construcción
discursiva por parte de una élite que define los términos en los que esta
sociedad debe regirse, y además de construir una simbología marginando la
culturas preexistentes, negando lo que una sociedad “es” para priorizar lo que
el grupo dominante quiere “ser”.
Toda esta puesta en
escena es una especie de “vitrina urbana”, un sector donde se exponen los símbolos
de una sociedad. En términos de Armando Silva: “La vitrina se dota de altos
contenidos simbólicos... Los objetos hablan a quien quiera escucharlos y los
escuchantes los verbalizan, los hacen digeribles, estomacales; los consumen”.
En definitiva la espacialidad
urbana no siempre refleja la democracia e igualdad que el
imaginario popular
inocentemente cree, sino que está cargada de intencionalidad, de
subjetividad que
moldea, conforma y manipula, junto a otros instrumentos, las relaciones
sociales. En este
sentido el arquitecto corre el riesgo de convertirse en un instrumento más
destinado a plasmar, a materializar el discurso de la cultura dominante, mas
allá de las aspectos superficiales, su obra es exégesis hecha materia, materia
perdurable, portadora de la interpretación parcializada del mundo y su esquema
de valores. En términos de Pierre Bordiou es “estructura estructurante”
destinada a reproducir el sistema de dominación imperante."
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