2.10.26

VIGÉSIMA JORNADA DE LA CLÍNICA / ¡MISIÓN FOCACCIA!


La mano que llena la copa. El fiambre que completa la focaccia. Las pastitas que empapan la miga. Había practicado, lo juro, para tener la mejor focaccia de Buenos Aires en Roseti y Dorrego. Pero las dos veces anteriores había hidratado al cincuenta por ciento, lo que significa medio litro de agua para medio kilo de harina de fuerza (y es casi amasable). Entonces salió perfectuá. Y esta vez me dieron ganas de hacerlo al cien por ciento. Miré varios tutoriales y lo vi muy difícil, una especie de acrobacia de espátulas para intentar manejar una masa inmanejable. Opté por agregarle unos chorros adicionales al medio litro, con lo que perdí la noción de los pesajes exactos y me fui al pasto en el aireado. Volantazos a último momento no deberías hacer, Nil (siempre lo mismo). Pero la dejé levando en la heladera unas 28 horas y cuando la metí al horno llena de burbujas quedó crocante por afuera, mullida por adentro. Tengo suerte para la improvisación. Tuvimos suerte todos, graciadió. Hubo alioli, muhammara, hummus, pasta de aceitunas, guacamole y crema de verdeo. Pastrón, jamón cocido, salame de Milán, leverwurst y Tybo en fetas. Luiyi Bosca en la copa que llenó la mano. Continuará…

Leímos el cuento de Spencer Holst que les debía, uno que podría lo más bien integrar aquella antología de terror que Elvio Gandolfo y Samuel Wolpin reunieron para De la Flor en 1974: “45 cuentos siniestros”. “El copista de música” podría fácilmente ser el número 46. Tiene algo de “Los gemelos”, de Luis Couperus, o de “El espectáculo comienza cuando usted llega” de Roland Topor. Todos los demás cuentos del libro de Holst se van un poco por las ramas y Holst es el que más lo disfruta. Soy partidario de la búsqueda y del azar, pero también soy un fundamentalista de la corrección. Me gusta este textito de Mauricio Kartun para descifrar el momento alegre del escribir:

“La escritura es una búsqueda. El escritor nunca sabe con exactitud lo que quiere, lo encuentra escribiendo. Esa es la paradoja. Si yo tuviera la certeza absoluta de qué es lo que quiero, lo escribiría tal cual, y el resultado, sin sorpresas, sería puro trámite, burocracia. No sería escribir, sería escriturar. No puedo saber qué quiero porque la gran virtud de una escritura, al menos como yo la concibo, está en su originalidad, en su condición de descubrimiento. Por lo tanto, no sé qué es lo que voy a escribir, pero sí sé lo que no.”

La cita aparece porque estuvimos picoteando teoría del libro “Crear”, recientemente editado por Ediciones Godot. Aquí hice una reseña para La Agenda Revista, pasen y lean.

Tuvimos algunas microficciones de Fabiana, casi todas exactas y cerraditas. Hubo solamente discusión con tres, a la que a mi gusto le sobraban palabras. Pero las que son buenas, son buenísimas. Va un botón de muestra:

 Humillación

 Era la primera vez que estaba en esa casa. No conocía a nadie. Festejaban alguna cosa. Él tenía cuatro años. Había ido con su papá, que ya estaba borracho y hablaba a los gritos como tantas otras veces. Se acercó y empezó a tironearle del buzo, una vez y otra vez. Su papá reía a carcajadas sin notar su urgencia. De pronto, el silencio: todos miraban el charquito bajo sus pies.

Para terminar leyó Alberto, en tono de comedia de Mark Twain: “Y el viento los amontona”. Lili y Pablo desplegaron la mesa de dulces y nos lanzamos a la gula.





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