24.9.26

KARTUN TIENE OTRO KARTING


 “Si puedo instalar en un personaje la convivencia entre el miedo a ser odiado y la necesidad compulsiva de ser querido, el resultado va a ser dialéctico y voy a ver un ser vivo”. Esto es un Kartun legítimo. Nos está hablando de un personaje de sus ficciones teatrales expresándose en un escenario. Don Mauricio nos está diciendo cómo hace para que ese engendro que salió de su fantástica cabeza tenga posibles rasgos similares con la persona que te acompaña. “No sabemos cuáles son las fuerzas que se oponen en su interior, pero en su comportamiento percibimos sus luchas internas”. Tomá mate. Y enseña cómo lo hace.

La editorial Godot viene publicando unos libritos teóricos sobre la creación literaria que son pequeñas joyas. Hace un tiempo comenté uno aquí en La Agenda, el de Liliana Heker, titulado “Intimidad de un oficio”, donde habla de su infancia y de sus primeros cuentos (pueden leer la nota en Transmitir un oficio - La Agenda Revista). También hay un libro de Juan Forn que no pude hojear todavía, pero por el título debe tener que ver con sus tremendas contratapas en Página 12 (esta es una deducción que saco a partir del título: “Cómo me hice viernes”). Este de Kartun del que extraje la cita, uno de Agustina Bazterrica, “Literatura o muerte” y, el último en aparecer, de Diego Muzzio: “Fiel a mi demonio”.

Consulté con el señor Godot sobre las próximas publicaciones y me adelantó que ya tienen contratados dos libros más: uno de Francisco Mouat, de Chile, y otro del Gran Pescetti.

Así vale la pena seguir esperando.

 

¿Me repite la pregunta?

Uno de los riesgos que podían darse en este pequeñísimo pero fundamental libro de Kartun era la repetición. Kartun es un tipo con un ejército de fans (me declaro uno de ellos) que asisten varias veces a cada una de sus obras, después o en el medio leen los textos de dramaturgia hasta casi sabérselos de memoria, y me gustan sus talleres. No es un aprendizaje textual como lo haría un actor, sino que te van quedando frases pegadas y las repetís. Fui a uno de sus seminarios y dejé también una crónica por acá, Kartun tiene un karting - La Agenda Revista. Y cada vez que voy al Tigre a pasear voy al Tigris, a un recreo del Tigris, para darle espesor místico (la ocurrencia corresponde al Abelito de “Terrenal, pequeño misterio ácrata”). O, cuando nostálgicamente hablamos de la clase media, a veces se nos cuela (a mí se me cuela siempre) el “quincho, Pelopincho”. La mejor definición de la clase media está en los límites de sus placeres alcanzados, en el que quincho y Pelopincho parece ser el más simpático lugar de llegada de su -nuestra- sencilla felicidad. Esas palabras están en mis citas orales, las digo muchas veces, como dice Kartun… Supongo que es un modo de entrar en la memoria colectiva de una ciudad, como pasó con mil frases que recuerdo y digo de la tira de Quino (la taradita de Muriel de Susa, por ejemplo, destinada a desacreditar a la vecina nueva de la que Felipe está enamorado, o el ¿Nozotroz piolaz? que Guille le dice a la mamá cuando se entera de que Mafalda se pasa medio día en el colegio y el papá tiene que ir a trabajar hasta la noche). O de Les Luthiers -esos sí que tienen miles. Y esos miles de frases ya están definitivamente instaladas en el habla de los porteños. Si ponen “frases célebres de Les Luthiers” en el buscador se van a reír un rato largo. Y a sorprender: las genialidades “todo tiempo pasado fue anterior”, “el amor eterno dura aproximadamente tres meses” y “de cada diez personas que miran la televisión, cinco son la mitad” son miniaturas de los espectáculos que alguna vez vimos. Y si no son, se las atribuyen a ellos. No extrañaría que más frases de Mauricio Kartun terminen resultando, en menor medida, tal vez como sucede con el caso Quino, parte del habla cotidiana.

Volviendo a lo que quería decirles sobre este libro del maestro, titulado “Crear”: casi no se repite. No repite cosas dichas en sus seminarios y reportajes, intenta cuidar al lector de todo lo escuchado por ahí. Y se pone un poco académico. Pero poco. Veamos.

 

A Crear, creadores

El libro se compone de tres partes: una primera aclaración o nota editorial en donde los editores explican cómo llegaron a publicarlo. La colección se llama Íntima y desde el comienzo lo querían sumar en su condición de educador popular. La trayectoria de Mauricio les interesaba por su multiplicidad: es cuentista, dramaturgo, director y montador de sus obras en todos los aspectos, desde cómo organizar la inteligencia para desarrollarlas (vive con nosotros en Argentina, nadie le regala nada) hasta su proceso de seguimiento al pie del escenario durante los ¡años! que sus maravillas permanecen en cartel. Parece que les contó en cuatro encuentros cómo funcionaba su modelo para escribirlas y ellos quedaron encantados con el nivel de detalle y claridad. Lo grabaron, lo pasaron en limpio, el texto fue y vino varias veces hasta que estuvo limpio. ¿Con la tecnología de hoy se puede escribir un librazo sin tener tiempo? A mí no me sale. A Kartun, sí.

Los cuatro momentos que describe en los capítulos siguientes son Semilla, Acopio, Improvisación imaginaria y, el más profuso, Corrección. Con esto cubrimos la segunda parte. Sus recomendaciones o simples exposiciones de sus experiencias sirven tanto a un novelista como a un escritor de obras de teatro. La tercera parte del libro, La creación de los personajes, está especialmente dirigida a los dramaturgos.

El libro va alternando comparaciones con definiciones etimológicas y procesos personales. Todas las comparaciones funcionan cuando se autodefinen amorosas. Por ejemplo:

“El nacimiento de un nuevo proyecto tiene siempre algo erótico, algo del deseo amoroso, una atracción súbita desde lugares impensados. De pronto, alguien a quien no esperaba conocer me ocupa la cabeza. Me entusiasmo con la aparición de una percepción, que siempre es una imagen, algo incompleto, algo para completar. Y para comprender. Justamente eso que falta es lo que atrae y lo que crea el flujo de nuevas imágenes. Imaginar no es otra cosa que transformar imágenes en un flujo constante.”

Y funcionan peor cuando comparan la creación con una obra de albañilería y pintura, o de arquitectura. No puedo decir solamente obra porque la palabra designa también a las puestas teatrales; no puedo llamarlas construcción de una obra por el mismo motivo. Y, sí, a lo mejor soy yo como arquitecto que lo estoy leyendo más flojito en estos instantes comparativos; el lector que no lo sea es probable que ni advierta la diferencia. Mala mía.

Otro problema personal que traigo incorporado. Las definiciones tipo diccionario siempre me hacen recordar a Mariano Grondona, un periodista abogado que trabajaba en la época de los milicos junto al oprobioso Neustad. Tal vez de ahí venga mi rechazo automático a este modo de explicar algo. “La palabra relato no es otra cosa que el desarrollo de aquella raíz relatio, relación, una cosa que se relaciona con otra y con otra y con otra”. O: “La palabra figura tiene un origen muy pertinente y muy perturbador, que es fingere, fingir”. Hay cantidad de estas explicaciones en el libro. Acá Mauricio se pone serio y el académico de fuste le queda un poco incómodo. Pero por suerte la profusión de búsqueda de raíces ni dificulta la lectura, ni la apaga. Al final gana por afano la espontaneidad y el modo directo, casi oral, de sus exposiciones públicas. Y el libro termina redondito. Satisface, enseña y divierte. Perfecto para su uso en talleres literarios y búsquedas analógicas para saber por qué uno escribe y seguirá escribiendo. 

Bien lejos de la IA y de tiktokes.

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