"Nadie está seguro cuando escribe”, dijo nuestra invitada del último miércoles, resumiendo en una sola frase el libro en
el que Heker revisita toda su obra y vida: “Intimidad de un oficio”. Sintética,
nuestra chica bahiense. De la misma manera adhiere a la segunda conclusión que a Liliana le toma ochenta páginas e igual cantidad de años:
escribir es lo que más la hace feliz. A Sonia Budassi se le nota en la sonrisa y en
sus ojos color lago Lácar.
Nos concentramos en la colección de cuentos “Animales de
compañía”, el libro con el que obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de
las Artes en 2021. Fui uno de los jurados de ese certamen, junto a Agustina
Bazterrica y Mariana Travacio. En ningún momento tuvimos que discutir nada: un
premio merecido en un año repleto de excelentes opciones. Reconozco que siempre
había querido conversar con Sonia después de ese momento y nunca pude, salvo
algunas palabras cortitas intercambiadas en ágapes ruidosos de esos que de vez
en vez nos regala la escritura local. Siempre con gusto a poco.
Bueno, el miércoles la convocamos a la Clínica y pudimos
conversar a fondo, con gusto a empanadas de carne, vinos ricos, chocolates y
hasta un turrón turco (cuando yo era chico se llamaba nugatón) que
preparó Alberto. Hablamos tres horas seguidas de monjas y beguinajes, periodismo,
crónica y ficción y nos terminamos concentrando en dos de sus historias:
“Salvar el mundo” y “La gran muralla”. La literatura de Sonia está llena de
datos emocionales, simbólicos, modernos y técnicos que se van sucediendo
mientras flotan entre vocablos extranjeros o compiten contra edificios notables, entornos
rebuscados o parcos estacionamientos. Sus escenarios son mega lugares o no lugares;
las casas siempre quedan chicas e incomodan a sus habitantes, a quienes no les
alcanza el campo, les seducen los viajes, se instalan en la duda del amor.
Pablo Katchadjian los describe así desde la contratapa:
Las voces que narran los distintos cuentos de este libro
no son simpáticas. ¿Desde dónde hablan los personajes? ¿Por qué ven el mundo
así? En el primer cuento, por ejemplo, la narradora dice: “Envidio que todo sea
colorido, rico y fértil, no como cerca de mi ciudad: marrón seco e
improductivo”. En el último parece haber una redención: “Algo pasa, esta
mañana, por primera vez, una chispa de bienestar”. Pero esa chispa enseguida se
apaga. Y, sin embargo, las voces no son antipáticas, porque también hablan de
sí mismas igual que del resto de las cosas y porque esa forma de hablar les
permite decir algo -sobre sí mismas, sobre lo que las rodea- que de otro modo
se escaparía.
Sonia leyó un inédito que vino a completar la trilogía de los dos cuentos anteriores. Se titula “Morirse más que yo”, y
aunque aún está en trabajo, se mete de nuevo con la construcción de un paraíso
sin advertir que los paraísos no existen. La protagonista comienza siendo
ingenua, en este caso la voz es infantil, el paraíso que quiere construir es un
paisaje de juguete porque parece que nunca va a concretarse su deseo de
delfines y exotismo dentro de su familia problemática. La narradora no
advierte que el paraíso es inhallable hasta cuando se define como tal mediante un
cartel, o tal vez por eso mismo. Ni cuando los que lo etiquetan son gente que uno
cree amar, ni cuando es uno el que se pone manos a la obra para levantarlo. Finalmente
será el lugar al cual, ni bien se llega, deja de ser paradisíaco. Y te hace ver.
Eso es lo que ocurrió este miércoles. A partir de hablar y hablar con Sonia, vimos un poco más.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario