29.5.26

OCTAVA CLASE DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN 2026 / VINO SONIA BUDASSI

 

"Nadie está seguro cuando escribe”, dijo nuestra invitada del último miércoles, resumiendo en una sola frase el libro en el que Heker revisita toda su obra y vida: “Intimidad de un oficio”. Sintética, nuestra chica bahiense. De la misma manera adhiere a la segunda conclusión que a Liliana le toma ochenta páginas e igual cantidad de años: escribir es lo que más la hace feliz. A Sonia Budassi se le nota en la sonrisa y en sus ojos color lago Lácar.

Nos concentramos en la colección de cuentos “Animales de compañía”, el libro con el que obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en 2021. Fui uno de los jurados de ese certamen, junto a Agustina Bazterrica y Mariana Travacio. En ningún momento tuvimos que discutir nada: un premio merecido en un año repleto de excelentes opciones. Reconozco que siempre había querido conversar con Sonia después de ese momento y nunca pude, salvo algunas palabras cortitas intercambiadas en ágapes ruidosos de esos que de vez en vez nos regala la escritura local. Siempre con gusto a poco.

Bueno, el miércoles la convocamos a la Clínica y pudimos conversar a fondo, con gusto a empanadas de carne, vinos ricos, chocolates y hasta un turrón turco (cuando yo era chico se llamaba nugatón) que preparó Alberto. Hablamos tres horas seguidas de monjas y beguinajes, periodismo, crónica y ficción y nos terminamos concentrando en dos de sus historias: “Salvar el mundo” y “La gran muralla”. La literatura de Sonia está llena de datos emocionales, simbólicos, modernos y técnicos que se van sucediendo mientras flotan entre vocablos extranjeros o compiten contra edificios notables, entornos rebuscados o parcos estacionamientos. Sus escenarios son mega lugares o no lugares; las casas siempre quedan chicas e incomodan a sus habitantes, a quienes no les alcanza el campo, les seducen los viajes, se instalan en la duda del amor. Pablo Katchadjian los describe así desde la contratapa:

Las voces que narran los distintos cuentos de este libro no son simpáticas. ¿Desde dónde hablan los personajes? ¿Por qué ven el mundo así? En el primer cuento, por ejemplo, la narradora dice: “Envidio que todo sea colorido, rico y fértil, no como cerca de mi ciudad: marrón seco e improductivo”. En el último parece haber una redención: “Algo pasa, esta mañana, por primera vez, una chispa de bienestar”. Pero esa chispa enseguida se apaga. Y, sin embargo, las voces no son antipáticas, porque también hablan de sí mismas igual que del resto de las cosas y porque esa forma de hablar les permite decir algo -sobre sí mismas, sobre lo que las rodea- que de otro modo se escaparía.

Sonia leyó un inédito que vino a completar la trilogía de los dos cuentos anteriores. Se titula “Morirse más que yo”, y aunque aún está en trabajo, se mete de nuevo con la construcción de un paraíso sin advertir que los paraísos no existen. La protagonista comienza siendo ingenua, en este caso la voz es infantil, el paraíso que quiere construir es un paisaje de juguete porque parece que nunca va a concretarse su deseo de delfines y exotismo dentro de su familia problemática. La narradora no advierte que el paraíso es inhallable hasta cuando se define como tal mediante un cartel, o tal vez por eso mismo. Ni cuando los que lo etiquetan son gente que uno cree amar, ni cuando es uno el que se pone manos a la obra para levantarlo. Finalmente será el lugar al cual, ni bien se llega, deja de ser paradisíaco. Y te hace ver.

Eso es lo que ocurrió este miércoles. A partir de hablar y hablar con Sonia, vimos un poco más.



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