- ¿Es una especie de amenaza?
- Sí. Una amenaza del tiempo.
Aclaró que su hija, hasta la semana pasada, había trabajado
en el Servicio Meteorológico Nacional, hasta que Milei decidió echar a una
buena parte del plantel. Me imaginé a su hija junto a los miles de despedidos
de este gobierno, recostados en el horizonte esperando nuevos vientos que favorezcan
su vuelta a la normalidad.
Así arranqué la noche, que levantó cuando vinieron todos (menos Coca, ausente con aviso). Comimos
una tarta de brócoli y pollo que hizo Alberto y una de jamón y queso que yo
convidé. Tomamos vinos y Levité, disfrutamos de los Ferreros y Rafaelos regalo de
Fabián. Como se ve, levantó en serio. Aunque en un momento el país nos inundó
de nuevo y estuvimos hablando de la adolescencia libertaria, para la cual ya no
estaría alcanzando Francoise Dolto. Una pena, la Argentina no estaba bien, pero
no era para romperla tanto. El dolor siempre sale.
Chris Offutt es un escritor yanqui de 67 años que escribió el libro que sale en la foto. De ahí leímos “La ascensión de la casa”, un cuento áspero, dueño de un racismo naturalizado, sin concesiones en el daño que provoca o puede provocar. Es un cuento que no transa. Muy masculino. Me resultó difícil de leer, ya sea porque la traducción es tan dura como lo que va diciendo o porque necesito anteojos nuevos. Había algo entre el color del papel y la intensidad de la luz que me molestó, e hizo que mi lectura acompañara la dificultad del izado de esa casilla en la ladera barrosa de Kentucky. Otro cuento del libro que me gusta es “Serrín”, el primero. A Mariano “La ascensión…” le hizo recordar en sus rasgos religiosos a “Preciada puerta”, de William Goyen.
Los cuentos del taller, el de Lili, el de Alberto y el de
Fabián, venían con personajes agonizando en hospitales. No alcanzamos a leer el
de Fabi, pero créanme que es igual de intenso (o intensivo; por la terapia, digo). Bacterias intrahospitalarias y asepsias desprolijas. Muchos medicamentos
que no parecen ser remedios, y solamente a nosotros se nos ocurre pasarlos con
vino. Tres botellas, para ser exactos.
- ¡Aquí vive la verosimilitud! -gritó Pablo.
La cueva de la Clínica está funcionando.



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