“José María Poirier: Los tiempos han cambiado, pero muchas preguntas perduran, y otras nuevas se suman. ¿Hay una literatura argentina, en el sentido de un corpus? Y en este caso, ¿dónde está y hacia dónde va? ¿Se puede hablar de nuevas tendencias?
Guillermo Martínez: Quisiera tomar una idea que
planteó aquí Pablo De Santis sobre qué es lo que ocurre cuando uno se propone
hablar de nuevas tendencias en la narrativa argentina, o quiere trazar un
panorama de nuestra literatura. En general el primer impulso -y esto lo vemos
en suplementos culturales y en muchas charlas- es señalar cuáles son los
escritores que están, y tratar de tender líneas entre ellos, pensar en
recurrencias, en elementos que se repiten, en afinidades generacionales; es
decir, tratar de encontrar lo que es común, cuando en realidad, bien mirado, me
parece que lo que más enorgullece a cada escritor es su (posible)
excepcionalidad. Creo que los escritores se sentirían mucho más honrados si la
búsqueda fuera en la dirección de lo excepcional en cada uno.
De todas maneras, quiero proponer otro tipo de mirada: en lugar
de pensar en el conjunto de los escritores que están y tratar de armar la
figura de los que se nos aparezcan como más obvios en los últimos años,
preguntarnos por qué están los que están y cómo llegaron los que llegaron. Es
decir, rememorar algunos de los procedimientos por los que se fueron instalando
nuevos nombres; por qué unos y no otros, en definitiva. Es el tipo de
razonamiento “arqueológico” que me interesaría hacer. Y aquí, obviamente,
pierdo toda posible objetividad -si es que algo así existiera en algún momento-
y voy a contar algunas de las experiencias que tuve en mi propia incursión,
cuando estos grupos estaban en formación, o se estaban desarrollando, y todos
de algún modo estábamos emergiendo en los mismos años, finales de los 80,
principios de los 90. Para mí “nuevas tendencias” tiene que ver en esta charla
con ese período.
Yo diría que una de las características principales de estos
últimos veinte años es que se quebró el modo típico de aparición de un escritor
en el mundo de la literatura a través de la relación con un editor, que era la
norma en épocas anteriores. Un escritor terminaba un libro, una novela, y la
presentaba a una editorial. Había lectores en la editorial que por supuesto
leían y filtraban los materiales, pero los catálogos se armaban de acuerdo al
gusto y criterio de ciertos editores. Hay editores legendarios justamente por
la manera en que fueron armando sus catálogos: Porrúa, Barral. Creo que ese
procedimiento se quebró en los años en que empezó la democracia, y diría que el
modo más habitual -por supuesto, con todas las excepciones del caso- para que
un escritor llegara a la publicación de su libro fue desde entonces o bien una
relación laboral (o de amistad) directa con la editorial, o bien, y éste fue el
camino más frecuente, una incursión preliminar en el periodismo cultural. La
idea era “hacerse un nombre” desde un suplemento para concitar luego cierta
atención del público en el momento de la publicación, una especie de garantía
mínima para el editor de que ese nombre sería reconocido.
Ahora bien, ¿qué le quedaba al escritor que no estaba
“adentro” del mundillo, que no era amigo de editores ni tampoco periodista,
sino sólo escritor, escritor a secas? Le quedaban los concursos literarios.
Éste fue el tercer camino, mucho más indirecto: premios literarios que llevaran
a la publicación del libro. Gracias al premio del Fondo Nacional de las Artes
yo pude publicar mi primer libro. También Leopoldo Brizuela, Esther Cross,
Carlos Chernov, Gustavo Nielsen y otros escritores de ese período se dieron a
conocer “desde afuera” a través de distintos premios.
Esta es una primera observación que marca una diferencia en
cuanto al modo de instalación de los escritores. Y quiero mencionar algunos de
los factores del periodismo cultural que tenían un peso fuerte en aquella
época. Por un lado la revista Babel,–donde se conformó el grupo de Martín
Caparrós, Daniel Guebel, Jorge Dorio, Matilde Sánchez, Luis Chitarroni, Alan
Pauls…
En algún momento Chitarroni fue contratado como editor de
Sudamericana, y a partir de entonces publicaron allí uno tras otro a todos los
escritores cercanos a Babel. Estos escritores tenían una cierta estética,
a veces más claramente definida por oposiciones que por la producción propia de
cada uno, que fue finalmente muy dispar. Pero, por ejemplo, predominaba o
circulaba la idea del rechazo al realismo –el realismo entendido como un
bloque indiferenciado-, cierta idea de que no había margen para la
originalidad, que toda escritura era reescritura; algunos rasgos que asociamos
luego con el pensamiento posmoderno. Las novelas muchas veces eran parodias, o
había una búsqueda, que se tornó rutinaria, del cruce de la cultura alta con la
baja, como marca de prestigio. Los referentes literarios importantes de ese
grupo eran Manuel Puig, César Aira, Néstor Perlongher, Osvaldo Lamborghini. Ese
era uno de los polos, diría yo, de generación de estéticas. Y también algunas
otras ideas en relación con lo que tenía que ser la figura del escritor, la
idea de que el escritor no era solamente su obra, sino también la construcción
de una imagen, lo que se llamaba el gesto, la famosa teoría del gesto, que por
primera vez conocí a través de estos escritores. Yo siempre había pensado
-quizás con ingenuidad provinciana- que lo importante era escribir buenos
libros.
En contraposición con esta corriente, había otros que
defendían la idea de la narrativa, digamos, en primer grado. Se dio una de las
discusiones típicas y un poco bizantinas de los años 90: narración vs.
forma, lo que importa es narrar o narrar es lo que menos importa, importan los
experimentos formales… Esta discusión fue parte también del tipo de novelas que
se estaban defendiendo o poniendo en juego en esa época.
Hubo luego una tercera manera de escribir, una tercera
estética por decirlo de algún modo, que fue la que llegó más claramente de la
mano de Juan Forn y Rodrigo Fresán, y que tenía que ver con lo que yo llamé en
algún lado el costumbrismo de los años 90. Es decir, registrar lo que era la
vida juvenil de esa época, hacer de algún modo un club de pertenencia: los
discos que nos gustan, las drogas que usamos, el tipo de fiesta a la que vamos.
Una identificación muy fuerte de elementos para concitar de una manera antes
que nada sociológica la atención de un público con ese mismo tipo de
afinidades. Una literatura que apelaba fuertemente a la identidad juvenil.
Yo no me sentía cómodo con ninguna de estas opciones. Los
temas que a mí me interesaban, y mi manera de pensar la literatura, estaba
equidistante y lejísimo de cualquiera de estas posibilidades. Participé de un
encuentro en España de escritores jóvenes, en el año 92. Allí encontré a
algunos a los que pude considerar mis pares, y que estaban en otro tipo de
búsqueda. Entre ellos, por supuesto, a Pablo De Santis, a quien leo desde su
primera novela. Una búsqueda que está más ligada a la idea de la narrativa como
aventura de la imaginación.
En definitiva, hay pocas fuentes de generación de ideas. Una
tiene que ver quizá con la representación o el intento de representación de una
realidad político-social. La gente de Babel le daba la espalda a esas
posibilidades que habían sido en algún sentido exprimidas, agotadas en las
décadas anteriores, en aproximaciones a lo David Viñas. Yo también sentía esa
distancia, y cierto rechazo por la “facilidad” en la utilización de la historia
y de lo político social, pero de un modo, creo, bastante diferente. Mi idea, y
lo que es para mí la magia de la literatura, tiene que ver con los desafíos de
la imaginación antes que por lo que ya fue escrito en primera versión por la
historia. En ese sentido creo que los mundos literarios deben ser relativamente
autónomos. Es decir, tiene que haber una preponderancia de la imaginación, una
construcción en donde de algún modo lo literario compite con la vida tal como
la conocemos, y no puede reducirse a las leyes y la lógica de lo político-social-histórico-cotidiano.
Tiene que haber otra lógica distinta de lo prosaico que dé una nueva
ordenación; que revele algo que no hubiéramos podido predecir con las leyes de
lo conocido. Esa es la literatura que me interesa. Y que no estaba en los programas
de quienes eran mis contemporáneos.”
Extracto de una entrevista pública junto con Pablo de Santis, publicada en la Revista Criterio, N 2322, julio, 2007.

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