"Visitamos Kioto con mi primo y nuestras familias. Comenta que le da alegría que sus hijas y la mía puedan conocer juntas por primera vez un lugar tan importante en la historia de Japón. Es un momento clave de aprendizaje con respecto a sus orígenes, su herencia, su identidad. Él las mira a las tres: las dos suyas quietas con sus parasoles, la mía con gorra de beisbol boquiabierta ante el portón gigantesco decorado con oro brilloso y esmaltes, pájaros y flores en blanco, verde-azul y rojo. Tan diferentes entre sí, pero vinculadas por el lazo de sangre que nos une como parientes. Observo el rostro de mi primo y sé que lo dice con sinceridad. Me acerco a las dos hijas suyas. “¿Conocen este lugar?”. Niegan con la cabeza. La menor habla primero, como es habitual, y dice: “Lo hemos estudiado en el colegio. El castillo del Shogun. Pero nunca vinimos…” Los guías nos hacen pasar; ha llegado la hora de nuestro grupo de visitantes. Las tres niñas van adelante, absorbiendo los estímulos de diferentes maneras –las hijas de mi primo en relación a lo que han leído en manuales escolares sobre el período feudal de su nación, mientras mi hija ignora todo eso. Acaso solo piensa en las viejas fotos de Japón en la caja de madera que le encanta explorar cuando visitamos a mis padres –fotos de templos, de castillos y jardines, de aleros, vigas, paneles corredizos, paneles pintados, con láminas de oro, con escenas pastorales, aberturas hacia estanques, un detalle de fibras trenzadas, un nudo decorativo, una estera con borde de tela, el piso de madera de siglos de pisadas y acaso de batallas– tal vez piense en esas imágenes acumuladas y transportadas y recuerde la pasión de mi padre como también los silencios de mi madre, los pájaros en la galería de su casa y el murmullo de los vientos que cruzan continentes y océanos.
Mi padre reiteró aquellas pautas estéticas en la casa que construyó, un homenaje para la convivencia con mi madre que nunca soltó el Japón que dejó (y que no existe más, en rigor). Pero esa convivencia lo convirtió en algo que perdura, lo convirtió en un lenguaje de identidad, uno lo suficientemente claro para que hasta mi hija nacida en Argentina lo comprenda.
Sé que puede ser problemático proponer que la identidad pueda ser tan plástica, tan transportable, transmisible, desmontable, reensamblable. Pero si no es así, ¿cómo se explica la claridad con la que algo de lo japonés se expresa en mi hija, o en mí?"

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