23.10.26

VIGESIMOTERCERA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / TCyC

Amamos a Roald por los libros que escribió para niños: Matilda, Las brujas, Charly y la fábrica de chocolate. Pero también por los cuentos que escribió para grandes: El gran cambiazo, El autoestopista, La pata de cordero, El chico que hablaba con los animales, El último acto. A todos esos les agregamos una reciente recomendación del escritor y tallerista Marcelo Di Marco: La casera, que en alguna otra traducción también puede aparecer como La patrona. Me pareció prima hermana de Siete tipos de ambigüedad, el cuento de Shirley Jackson que trabajamos el año pasado. Lo leí el miércoles a la noche, mientras saboreábamos este picnic tan extraordinario como las historias del gran Dahl.

Marcelo Di Marco lo analiza en su Taller de Corte y Corrección, y nosotros le agradecemos por la síntesis:

«La casera», de Roald Dahl, es una lección de terror en voz baja. Un muchacho busca alojamiento barato en Bath; una dueña de pensión amabilísima le sirve té; un perro y un loro disecados lo esperan en la sala; el libro de huéspedes guarda apenas dos nombres, y el té tiene un leve gusto a almendras amargas. Dahl no muestra ningún crimen. Tampoco le hace falta. Y acá está la trampa en la que caen muchos autores, y no pocos lectores: confundir lo sutil con lo ambiguo. La sutileza administra la información; la ambigüedad la escamotea. Cuando «La casera» termina, nadie duda: la señora envenenó al pibe y lo va a disecar, como al perrito. Lo descubrimos nosotros, y por eso nos hiela la sangre.

A Don Marce pueden seguirlo por Instagram en marcelo.dimarco.


Hablando de helar la sangre, Lili trajo un cuento de nuestra invitada prometida para noviembre: Agustina Bazterrica. Además de empezar a leer el librito teórico que le editaron los Godots, tuvimos un segundo sacudón escuchando Roberto. Va a ser un honor tener a esta chica genial en nuestra Clínica el miércoles 18 del mes que viene. Lujos que nos damos. Para ir perfilando, cuelgo un fragmento de La poeta trágica:

¿Siempre fui así? Sí. Incluso cuando era una niña y no sabía lo que implicaba ser un escritor, ni la carrera de un escritor, ni todo lo que rodea a un libro. Siempre escribí, incluso cuando no sabía hacerlo; cuando todavía no había empezado la escuela le contaba cuentos inventados a mi hermano o le cambiaba los finales a los cuentos que me leía mi madre. Nos leían “Artemito y la princesa”, de Marjorie Torrey, publicado en la colección amarilla Robin Hood y yo imaginaba historias paralelas donde el dragoncito hacía otras cosas.

Cuando te tengamos a mano te vamos a preguntar por esas otras cosas, Agus.

Cerramos la noche de corte y corrección con un cuento de Alberto: El acompañante. No exagero si digo que tuvimos una jornada intensa. Lecturas bravas en la Clínica.

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