Alquilé una cabaña sobre el camino de los artesanos –“Casa
de Campo, de Mónica Ponce” – por un mes. Hice veintidós fuegos, caminé unos setenta
kilómetros, gané en el Casino, estuve para el cumple de Bura, anduvimos en auto
por Cura Brochero y Villa Dolores, vi partecitas del eclipse y al otro día salir
la luna llena. Junté cuarzo, feldespato y mica. En las veces que me vi con el pelado nos tomamos tres
botellas de whisky y una de coñac bien falopa, más doce de vino tirando a
bueno, seis de cerveza IPA de distintas marcas y comimos unos diez kilos de
carnes rojas, otros diez choris, tres pollos, dos pizzas y dos milangas. Engordé dos kilos (maldito seas duende Scardale). Dibujé
un cuaderno entero, saqué doscientas cincuenta fotos, dormí como un lirón.
Los pueblos no me gustaron mucho, los alfajores menos (son
muy dulces), pero las sierritas y los arroyos estuvieron espectaculares. La cabaña me sirvió
bastante. Da para repetir para un próximo escrito de largo aliento. Me pude
salir un rato de la Capi; me compré un santito en brochelandia, cuatro aceites
de oliva virgen extra en Olium y dos vasijas individuales de cerámica negra en
un puesto local. Leí tres libros: “La separación”, “Los suicidas del fin del
mundo” y “La vida al final”. Releí, para la escritura, la “Botánica” de Do
Santos Lara, “La poética del espacio” de Bachelard y la “Historia del Jardín
Botánico” de Diego del Pino.

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