Aprovechamos que la pebeta de la foto, Fabi Fabiana, cumplía redondo, y decidimos agasajarla con una torta de queso que trajo Lili. En el picnic hubo torrejas, buñuelos, picada de fiambres, bizcochitos de grasa y bohios calientes con Luiyis Boscas. Un placer.
Después leímos “El idioma de los gatos”, de Spencer Holst, y
algunas críticas me tocaron el cuore. El cuento es bastante imperfecto, pero
también es divertido si le sacamos una parte que está de más. “Vos le hubieras
tachado”, me increpó la que trajo la torta, y tiene razón. Páginas enteras, le
hubiera tachado. No obstante, el tono del cuento me gusta mucho, así como el
tono de muchos de los cuentos del neyorquino. Rodrigo Fresán, que firma el
prólogo del libro en la edición editada por Daniel Divinsky para De la flor,
dice que tanto “en Nueva York como en Buenos Aires o en Praga, los escritores y
las personas que quieren ser escritores cuando sean grandes se preguntan unos a
otros si han leído un libro llamado “El idioma de los gatos”. Continúa con su
exageración fanática:
“No creo -no puedo recordar ahora-
que haya libros más claros y didácticos a la hora de señalar los resortes que
mueven una historia, explicar los diferentes bloques que construyen una trama,
ofrecer las instrucciones precisas para ordenar el ritmo cardíaco y cerebral
del cuento.
Está todo aquí -trucos, astucias,
consejos- en frases como “Tal es la función del cuentista” o “La pornografía no
tiene ningún lugar de ninguna clase en la literatura”; o “Pero, como autor,
tengo ciertos poderes” o en los perfectos y emocionantes finales de “El asesino
de Papá Noel” y de “El copista de música”; o, sobre todo, en la oración que
cierra la magistral “Historia de confesiones verdaderas” donde puede leerse
aquello de “¡Ah! ¡Qué gran cosa es ser artista!”.
Rorri agrega, finalmente, que sabe por qué sonríen la Mona Lisa y Buda cuando se encuentran en el cielo: ambos acaban de leer el libro “El idioma de los gatos” de Spencer Holst, y no pueden disimular sus alegrías.
En la semana voy a subir los dos relatos que nos marcaron
Mariano y Fresán: “La cebra cuentista” y “Mona Lisa encuentra a Buda”. Y tal
vez en algún momento leamos en vivo y en directo “El asesino de Papá Noel”, el
del copista y la historia de las confesiones de Spencer para entender, de una vez,
las alegrías de ellos dos como lectores.
Mariano arrancó el que tal vez sea el primer cuento de su
próximo libro; tiene unos diecinueve en proyecto, muchos ya corregidos. La
verdad es que no me gustaría vivir en Piedra Negra, pero quiero conocer qué
pasará. Vamos a ver cuando nos traiga el último.
Terminamos repitiendo (cof cof) microcuentos de Brasca, a quien esperamos en la próxima jornada con los libros abiertos. Para que explique y firme, digo.


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