“Así fueron siempre, desde que empezaron. Les gustaba el mismo vino, les gustaba el mismo barrio, les gustaba la misma estación, les gustaba la misma ciudad. Tenían el mismo músico favorito, y de ese músico, el mismo disco, y de ese disco, la misma canción. El mismo pintor, el mismo director, el mismo ídolo del deporte, el mismo sueño. Estaban unidos por el Álamos Malbec, por Almagro, por el verano, por Lisboa (adonde nunca habían ido); por Spinetta, por Kamikaze, por “Casas marcadas”, por Magritte, por Antonioni, por Federer. Y por el proyecto de dejarlo todo e irse a vivir a un pueblito del interior. Al votar, votaban lo mismo, y por las mismas razones. Se habían ido asentando los dos en ese hábito de coincidencia total, espontáneo y no convenido, sintiéndolo como una ventaja evidente. No había casi que negociar por nada; sencillamente, se acompasaban. Una parte vino dada, como una predestinación de amor, y una parte se resolvió en fusión por un hacerse el uno al otro a lo largo de los años.
Así vivían; siempre de acuerdo. Vas a tratar de concebir, por
lo tanto, lo que ha de ser, para tu hermano, tener que afrontar, como afronta,
esta discrepancia lacerante, esta insoportable disidencia. Un desacuerdo (uno
solo), puede que el primero (el primero, sí: el primero), pero definitivo; él
la quiere, la sigue queriendo; ella no, no lo quiere más.”
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