3.8.26

LA PELÍCULA DEL VOLCÁN / FUNDACIÓN PROA


Esta es la segunda parte de una nota que comenzó acá, cuando Penumbra era una recién llegada a la Fundación PROA. Me propuse hablar de la obra de James Turrell porque soy un seguidor, y porque los porteños, por primera vez en la historia, tuvimos la oportunidad de ver una de sus obras en vivo y en directo sin tomarnos un avión a Salta o a Los Ángeles o a cualquiera de las otras 44 ciudades en las que se pueden visitar. Y visitarlas es la única manera de verlas, ya que las fotos no tienen utilidad en el autor fundacional del movimiento Light & Space de los sesenta en California. Las obras de Turrell utilizan la luz como un material para influir o afectar el medio con el cual se produce la percepción: tus ojos y lo que están mirando. La nota precisa de una segunda parte porque la muestra tuvo su segundo tiempo: acaban de editar un completísimo catálogo y la Dia Art Foundation pasó un ciclo de cine con dos documentales por domingo, en el que los artistas exhibidos, contemporáneos nuestros, dicen cómo lo hacen. Asistí a la función de Roden Crater, de 1977, que no había visto, y al documental adicional sobre la artista plástica Agnes Martin, que me interesaba menos pero compartía cartelera. ¿Nunca segundas partes fueron buenas? Para mí fue un placer estar ahí y aprender un poco más sobre la obra de este genio de la luz.

 

TURRELL RESUMIDO

PROA tiene algo buenísimo: no solamente trae artistas para que hagamos contacto directo con sus obras, también se las rebusca para enseñarnos a mirar. PROA educa. Adriana Rosenberg se preocupa porque todo el mundo acceda y entienda lo que se ve, y para eso tiene o consigue curadores interesantes, como Humberto Moro (Dia Art), Rodrigo Alonso o Nur Nazur, del departamento de Educación. Ellos están para acompañarte, contestar a tus preguntas, ayudarte en la comprensión. Y saben. Esa es la buena noticia.

Podríamos separar las obras de Turrell en tres grupos. Los Ganzfeld, los Cross Corner y los Skyspaces. Los Ganzfeld son salas de luz de un solo color, en las que no se distinguen los límites ni los diedros. Son una especie de nubes homogéneas; cuando entramos perdemos la sensación del cerca lejos. Como si no estuviéramos en ninguna parte, en un vacío sin objetos ni límites. Un espacio más ambiguo, incluso, que el de una nube en vuelo, donde de vez en cuando se puede colar un pedacito de horizonte. Acá no hay nada más que el color que inunda el aire: amarillo, rojo, azul. A veces tanto minimalismo te hace perder el equilibrio.

La obra que describí en la nota anterior, titulada Catso Blue (1967) es un Cross Corner. La proyección de un cubo sobre uno de los diedros verticales de un cuarto. Nosotros ingresamos al cuarto y nos movemos por él. Cuando lo vemos de más lejos, el cubo es sólido, y el artefacto Turrell lo muestra en perspectiva, como a nuestros ojos le agradan ver. Ni bien nos acercamos el efecto tridimensional desaparece revelando que es una proyección sin espesor. Turrell se niega a decir que compuso una ilusión o un trampantojo, porque si miramos hacia el cielorraso del cuarto podemos descubrir rápidamente el truco. Nos dice: no los estoy engañando, tus propios ojos lo hacen. Tanto los Ganzfeld como los Cross Corner necesitan del movimiento del observador para su funcionamiento. En los Skyspaces se pide quietud.

¿Qué son los Skyspaces? Ventanas en el techo. Te dan unas camitas y vos te acostás a la hora del atardecer o amanecer, donde los cielos cambian. Te quedás quieto y ves, en el recorte, ahí enmarcadito, el paso de tiempo y del color. Las funciones duran entre media hora y cincuenta minutos. En el Unseen Blue de Colomé hay un agregado del autor: un bombardeo sutil de colores sobre el cielorraso que rodea al vano. Algo así como una mezcla de Ganzfeld y ventana. Salís de ahí relajado como si hubieras meditado una eternidad.

El Roden Crater es un volcán que está armado como un Skyspaces especial, porque el espectador deberá moverse. Caminar un trecho por un túnel negro hasta llegar a la ventana. Y, cuando la vista se acomode, subir una escalera. Trepás hasta el suelo del cráter y salís a la luna. La ventana se convierte en puerta y vos en una nada dentro de un círculo de tierra enorme y el infinito cielo del desierto. Justo cuando los planetas y las estrellas comienzan a dibujarse.

 

EDUCANDO A ARIZONA

Turrell dice que pasó por arriba de ese volcán con su Piper y quiso tener ahí sus oficinas. Para los estándares volcánicos es un pequeño accidente geográfico de Arizona. Tiene unos 150 metros de altura, el diámetro de su base es de aproximadamente 900 metros y la boca mide unos 300. En Colomé pude ver los planos y en la película que vi el domingo lo que hay construido a la actualidad: un salón de oficina circular, el pasillo con salidas a la noche y, me imagino, algunos cuartos para los que se quedan a dormir. Desde el borde del cráter da la impresión de las obras enterradas del arquitecto argentino Emilio Ambasz, diseminadas por el mundo posmoderno.

Turrell afirma que llegar al Roden Crater es más fácil que ir a su Museo en Argentina. Te tomás un avión y chau. El periodista Michael Govan, que le hace la entrevista para Interview en 2011, afirma que esta vez no hubo que construir el volumen para albergar la ilusión: el cráter ya estaba ahí. Le dice: tu solo encontraste la pirámide y construiste las cámaras en su interior. A lo que él responde: Debería haber nacido faraón. Eso hubiera ayudado. La película del volcán es una especie de propaganda sobre las instalaciones de Turrell para conseguir fondos y terminar el proyecto.

Hasta hoy sigue inacabado.

 

LO QUE HAY QUE VER

Si se escribieran cuentos sobre los diferentes momentos del día, habría miles sobre el amanecer y el atardecer, y poquísimos sobre los otros momentos, porque en los amaneceres y atardeceres sucede algo potente, hay un conflicto entre la luz y la sombra, hay fuerzas ocultas que terminan venciendo, casi te diría que el fondo de esos relatos ya está escrito y solo hay que ponerles nombres diferentes a los protagonistas, agregarles alguna peripecia que los diferencie de las otras narraciones, y ya está. En cambio, si un relato quisiera describir los avatares de un mediodía, habría que inventar todo, partir de cero, porque ahí en el mediodía no hay nada, no hay ningún conflicto, ninguna fricción, ninguna fuerza oculta que pugne por manifestarse, nada transcurre por debajo de la superficie, es claramente la luz la que domina y dominará por un buen rato y listo, eso es todo. Al mediodía no sucede nada, por eso hay que condimentarlo, llenarlo de comidas y bebidas, y después irse a dormir una buena siesta en paz.

La descripción la hace el escritor posadeño Osvaldo Mazal en su premiadísimo libro Darwin poeta. Un poco de humor no viene mal, pero es lo que debe haber sentido James Turrell con respecto a la limpieza del cielo en Arizona o en Colomé, y el paisaje que la bóveda celeste en esos sitios genera. Dice Turrell, para explicar lo que quiere lograr con estos Skyspaces: Hay gente que va al Gran Cañón y se siente empequeñecida por la experiencia, pero creo que hay formas de vivir esa experiencia que pueden lograr todo lo contrario. Puedes percibir realmente el cosmos y sentirte parte de él, de manera que no te empequeñece ni a ti ni a tu posición en ese mismo cosmos, sino que te sientes parte de él de una manera poderosa o empoderadora.

El dispositivo del Skyspaces, esa ventana ahí arriba, está armado para entender lo que se ve, para cortar un pedacito de cielo y llevarlo a nuestro microscopio de la memoria. El volcán Roden, además, te deja salir.

 

UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA

JAMES TURRELL: Siempre he querido crear una luz que parezca la luz que te envuelve cuando sueñas. El modo en que esta luz baña el sueño, el modo en que está coloreada su atmósfera, el modo en que la luz emana de las personas con aura y cosas por el estilo. No solemos ver luces como esas en la vida real. Pero todos las conocemos. Así que no es una luz desconocida. Me gusta tener ese tipo de luz que nos recuerda a ese otro lugar que todos conocemos. Hay un profundo sentimiento de luz en la base del cuaquerismo. Lo sé por mi propia educación en un instituto cuáquero. Los cuáqueros se denominan “hijos de la luz”, ese era su nombre originalmente.

MICHAEL GOVAN: ¿Dices que los cuáqueros encuentran la luz en su interior?

J.T.: Sí, me lo decía siempre mi abuela. Te metes adentro tuyo para saludar a la luz.


¡Gracias, Pablo Perantuono!

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