3.4.26

UN FIDEO LARGO



Primera anécdota, contada por Vicente Battista. Bernardo Jobson no tenía ni guita ni laburo, y Vicente lo invita a hacer, junto con otro amigo, unas encuestas en una provincia del norte argentino. El trabajo estaba bien pago, y les daban casa y comida durante esa semana. Bernardo dormía en cualquier pensión, de las que siempre lo echaban por no pagar. Aceptar el trabajo era casi como irse de vacaciones. La empresa que los contrataba decidió tomarles una prueba sencilla antes de salir, para no cometer errores durante el viaje. Así que le pidió a cada uno que fueran con tres parientes o vecinos y les hicieran la batería de preguntas, para estar seguros de que no habría dudas. Les dieron una semana. Vicente y su amigo entregaron los formularios a los dos días. Bernardo se tomó todo el tiempo disponible, y reaccionó en la última mañana porque Battista lo cagó a pedos. La empresa finalmente les avisó que solo irían dos, sin Jobson, que había completado él mismo las tres encuestas de prueba. Ni siquiera se había tomado el trabajo de cambiar de lapicera o de contestar respuestas variadas: hizo lo más fácil, en un minuto. Vicente dice que además se quejó de que no lo mandaran.

Segunda anécdota, contada por Liliana Heker. Un día lo vieron llegar a una reunión en “El escarabajo de oro” con un sobretodo de piel de camello que valía una fortuna. El caso es que había cambiado de novia por una señora más acaudalada que la anterior. Los mejores momentos de la vida de Bernardo Jobson, según Lili, fueron cuando estuvo en las casas de estas mujeres ricas, canjeando su baby face, su simpatía y seducción, por comida y vivienda gratuitas. Esta vez, además, había ligado alta prenda, que lo convertía en un figurín. Bueno, le duró poco. Un mes, según ella. Se había peleado a las puteadas con la doña, que lo había echado de su departamento. Mientras aún le contestaba, a los gritos, desde el pasillo del edificio, Bernardo metió ese sobretodo en el conducto del incinerador, provocando un taponamiento que llevó a que los bomberos tuvieran que intervenir desalojando a los vecinos durante los primeros humos.

Isidoro Blaisten lo recuerda en un texto de esta manera: “su forma natural de hablar con los amigos era al “vesre”, era como su lengua materna, y yo creo que todo Bernardo fue un tipo al revés. Si vos lo veías, medía casi dos metros, un hombrón: era al revés porque no se correspondía con su alma, tenía un alma de niño. Un día viene a la librería de San Juan y Boedo -venía casi todas las tardes a tomar café- contentísimo. “¿Sabés? La vieja me va a regalar una máquina de escribir”. A todo esto él ya tendría más o menos cincuenta años. Como un chico. Yo creo que él no aguantó la presión del mundo, como si le hubiera fallado el planeta. En realidad, lo que nos pasa a todos. Uno aguanta la estupidez humana, todo lo que le rodea, los fastidios de esta vida idiota, con una esperanza que diariamente tenés que renovar. Y bueno, a veces a Bernardo le fallaba la esperanza. Era una especie de alcázar con los puentes rotos.”

 

¿ES POSIBLE CONTAR A JOBSON?

Liliana se hace esa pregunta. Y agrega: “¿Se puede transmitir quién fue en esencia ese grandote, inútil para todo salvo para una genialidad a veces descarriada y para la amistad?”. Al parecer, Bernardo Jobson era un tipo que no servía prácticamente para nada, y andaba siempre con cara de “yo no fui”. Sin embargo escribió uno de los mejores libros de cuentos argentinos, publicado inicialmente en 1972 por el Centro Editor de América Latina en la colección “Narradores de hoy” y republicado el mes pasado por la editorial Hugo Benjamín, que incluye material adicional. Comentarios de sus amigos, pequeños textos recolectados de varios números de “El Ornitorrinco”, “La gallina degollada” y “El Molino de Pimienta”, revistas literarias de la época.

Hay algunas diferencias entre aquella edición y la nueva. La más llamativa es que cambiaron el orden de los dos primeros cuentos, y ahora empieza por una obra maestra. “Los caballos no saben que es domingo” va en lugar de “Despelote a la hora del balance”, un cuento de oficina más normalito. Los dos cuentos con caballos de carrera, ese que nombré y “Se viene el cinco” son absolutamente geniales. Destaca también el único cuento conocido de Jobson, por haber hecho descomponerse de risa a medio mundo.  “Te recuerdo como eras en el último otoño”, una gloria del humor argentino que hace recordar al mejor Fontanarrosa. Señala Heker que el día que contó la historia en pleno Tortoni de lo que le había pasado cuando le salió un grano en el culo, los mozos se tenían que detener porque se les caían los cafés, de lo tentados que estaban. “El fideo más largo del mundo”, el último de los relatos, es otra maravilla. Y “Frío”. Y “Una vez que caen”. Bernardo Jobson escribió diez cuentazos, en una colección pequeña pero inolvidable. Hugo Benjamín acaba de hacer un gran rescate, parecido al que hicieron Piglia y el Fondo de Cultura Económica con “Oldsmobile 1962” de Ana Basualdo u “Hombre en la orilla” de Miguel Briante, en la “serie del recienvenido”.

“La última pensión que le recuerdo se llamaba Robertito y Marcelito; “¿No conseguiste en el Plaza Hotel?”, le dijimos cuando nos contó”. En el recuerdo Liliana incluye a Abelardo Castillo y a Sylvia Iparraguirre. “Después, al fin, pudo alquilar un departamento modesto del que (supimos por el amigo que le salió de garante) nunca pagó el alquiler. Fue en ese departamento que, por una denuncia de los vecinos, lo encontró la policía. Había muerto veinte días atrás por un ataque al corazón. Dos meses antes nos había leído parte de una obra de teatro que estaba terminando: “El carnet de Dios”, se llamaba. Por lo que nos leyó y por lo que nos había ido contando, debía ser una obra extraordinaria. Se la habrá llevado la policía con otros inéditos suyos, perdidos para siempre.”

La pregunta que yo me hago: ¿es posible ser un gran escritor de un solo libro? La respuesta correcta es Bernando Jobson.

 

EL ESCRITOR QUE ME HIZO REÍR

Hugo Benjamín es un sello argentino muy joven que en el último año publicó más de diez títulos locales, de ayer y de hoy. “La felicidad” y “Voces en la noche”, de Isidoro Blaisten; “Amatista”, de Alicia Steimberg; “Capilla Ardiente”, de Álvaro Abós; “Una mujer de paso”, de Laura Labella; “El simulacro de los espejos”, de Vicente Battista; “Cartas a una vieja poeta”, de Miguel Gaya, entre muchas otras joyas.

En la famosa Encuesta a la literatura contemporánea que hizo el Centro Editor de América Latina en 1982 (y completó La Agenda Revista en un material impecable que puede verse en este mismo sitio), el periodista le preguntó a Bernardo Jobson si vivía de la literatura.

“¿Quién sugirió la pregunta?, ¿Bradbury?”, contestó el escritor. “En nuestro país de la literatura viven las editoriales, las imprentas, los talleres de fotocomposición, las distribuidoras, las librerías, los kiosqueros, la ley 11723, el corrector de pruebas, lo cual involucra a tanta gente que hasta parece ser justo que el autor, no.

Hice de todo, hago de todo: empleado bancario, de seguros, tío loco, redactor publicitario, periodista, marido incomprendido, faquir, traductor, pensionista en desgracia, pero nunca fui colectivero. Supongo que todo eso es (cómo me gustaría decir fue) aleatorio, ese tractor que nos engancha a la culata y nos lleva hacia la realidad, la cotidiana, del país más caro, más imprevisible, más conflictivo, más hermoso del mundo. Esa misma realidad que le hizo decir a Chesterton (quien se atreva imagínelo argentino) la siguiente sutileza: El humor debe llevarse a cabo antes de que la realidad llegue a ser tan ridícula que ya no sea posible satirizarla.”

¡Gracias Pablo Perantuono! 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario