Emotivo comienzo del tercer módulo de la Clínica de cuentos
del Galpón Estudio. Me dio muchísima alegría volver a abrazarlos este miércoles,
y compartir la charla inicial con empanadas, vinos y bombones de avellana. El planeta
se ha vuelto loco; la última vez que nos reunimos solo podíamos putear al
presidente libertario, ese idiota que nos compramos que apalea jubilados en la
calle. Ahora hay guerras que anticipan colapsos económicos brutales. Ahora hay
miles de muertos y una amenaza mundial de bombardeo atómico; todo se convirtió
en una taradez que parece ser la última. Ojalá no, pero puede que sí. Resistir
leyendo parece una salida moderada y amable. Creo que todos necesitábamos este
mimo. No es ninguna solución, pero tal vez sea nuestro modo de hacer las cosas.
Humildito y simpático.
Leí un cuento de Souvankham Thammavongsa, la laosiana que vive en Canadá, de su libro “Cómo pronunciar cuchillo”. Esta chica de menos de cincuenta años tiene unos cuentos increíbles; destaco como geniales ese que le da título al libro, uno con tarjetitas titulado “El universo sería tan cruel”, “Algo lejano y remoto”, “Recolección de lombrices” y mi preferido (el que leímos): “Randy Travis”. Son relatos piadosos, de inmigrantes forzados en territorios nuevos, obligados a trabajar en los peores servicios, intentando la dignidad en los pocos resquicios que la realidad les deja. Una maravilla, esta escritora de nombre impronunciable; un hallazgo.
Después pasamos a las lecturas nuestras, mientras seguíamos armando recreítos de “cómo encararemos este año, a ver qué les parece invitar a este o a ella, que elijamos ejercicio, que intercambiamos figuritas”. El top sería traerla a Samantha Sweblin, ahora que es millonaria (felicitaciones merengadas desde nuestro espacio). El problema es que vive en Berlín. Lo que se dice: la programación democrática del curso. Así ligué de la mano de Alberto los tomos 9 y 10 de Berta E Vidal de Battini, que ni sabía que existían, y colaboré con el 7 y 8 bajados en PDF del Centro Cervantino.
Fabián se despachó con un cuento
que él jura que es sobre los silencios (se titula justamente “Silencios”), pero
más bien parece sobre la eutanasia. Le faltan pequeños ajustes conectivos entre
fragmentos muy logrados. Fabián, estás escribiendo cada vez mejor. Aprovecho
este momento para decírtelo, querido.
Coca, la nueva, leyó también el suyo, en la que se comunica
con una piedra. Es descriptivo y un poco enumerativo; me parece que le falta hacer
que su piedra sea protagonista, y no solamente ser nombrada como protagonista.
Con Alberto le actuamos un brainstorming en vivo y en directo de posibles
cambios a desarrollar. Coca anotó. Sin saber que ella era una de las huérfanas
de Hebe Uhart, seleccioné un texto de Hebe en el que convierte una peluquería
en un territorio existencialista. Alguna vez publiqué una parte en este blog;
el lunes voy a postear el texto completo, que no tiene desperdicio.
Cuando volvía a casa me acordé que yo también escribí, a mis
cuarenta, un cuento con una piedra. Es humorístico y tiene dos rarezas: utilicé
un discurso de Onganía disfrazado de arenga a la piedra, que llega al lector de
modo disimulado, aunque contiene todas las palabras del texto escrito por el militar.
La percepción del discurso fascista es subliminal. Segunda rareza: hay unos
chinos petisos que aprendieron a hablar castellano escuchando tangos, por eso
utilizan el lenguaje canyengue de las milongas.
Este cuento no figura en ningún libro. Fue un ejercicio que hice para una antología sobre Tamagotchis y Sea Monkies que jamás salió porque a los otros convocados no se les ocurrió nada (pagaban muy poco, también hay que decirlo). Me quedó ese laburo en gateras, que no pega con lo que hago. Lo subí en Mandarina en 2008. Va, por si lo quieren mirar: "Banderitas y globos". Sin corregir y sin soplar. Me gustaría saber qué piensan, a lo mejor un día lo puedo retocar. Para la antología hubiera venido bien un Kentucky, ya que hablamos de Samantha.
La Clínica está armada para siete meses, de acá a diciembre, con agosto de descanso en el medio. Esperemos que el mundo nos deje llegar (estoy mirando demasiadas noticias, lo sé). Y que la luz del Galpón nos ilumine.



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