19.3.26

Y PARECE MENTIRA QUE HOY ESTUVE AQUÍ, ESPERÁNDOTE... / PAPPO EN LA AGENDA

“El hombre con voz de Drácula”. Así llama Melvin “Deacon” Jones, organista norteamericano, al Gran Pappo. Después lo imita un poco y después se pone a lagrimear. Acabo de ver “Algo ha cambiado”, el documental de Sergio “Chapete” Bonacci Lapalma en un lugarcito cultural llamado Lúcida, cerca de Puente Saavedra. Esperaba escuchar muchas canciones de mis álbumes viejos de Pappo´s Blues; los primeros, los que me gustaron siempre. No puedo evitar que vengan hacia mí los sándwiches de miga: “Hombre suburbano”, “Ruta 66”, “Sucio y desprolijo”, “Longchamps boogie”, “El viejo”, “Caras en el parque”. Pero no, casi toda la película está en inglés, incluidas las canciones, porque el documental va de otra cosa: es la inserción del rockero argento en el universo blusero norteamericano, lo que B.B.King llamaba “la mafia del blues”. Empieza con un reportaje a “Deacon” y a su pareja Pamela, que hablan del Carpo como de un hermano. Los demás que hablan en la película lo tratan como a un hijo adoptado. Y es así, justamente, porque tuvieron que aceptarlo: el blues es negro, tocado por negros en ambientes pobres norteamericanos.

“Chapete” y sus socios comparan la película con una road movie emocional, una travesía quijotesca que rastrea los orígenes del blues en castellano y tiende un puente cultural entre el sur de los Estados Unidos y La Paternal, entre el Mississippi y Buenos Aires. Eso es lo que querías ver; en este viaje todo lo podrás hacer; andarás bien por la 66.


El documental es en blanco y negro. La fotografía de Bernardo Heredia es maravillosa y la música, obvio, combina tristeza con movimiento. Podríamos decir que es un documental con ritmo (no parás de mover la patita durante casi todas las escenas). El único que sale en colores es Pappo, apenas tres minutos en una video-selfie frente a un espejo, al final, y el color lo vuelve el más vivo de todos los mortales que aparecen en la pantalla. Además va cobrando definición a medida que el tiempo avanza: al principio se ven videos de la TV estadounidense y ver es un decir, porque el que parece estar tocando la viola podría ser cualquier gordo con peluca, de la poca nitidez que la grabación presenta.

Los personajes son casi todos tipos: pasados de peso, melenudos, poco pulcros, vestidos con remeras infantiles y aparentemente faltos de un buen baño. Los únicos que son flacos son Moris y Pistochi, el de la Expreso Imaginario. Las situaciones y las anécdotas que cuentan son triviales, casi sonsas. Todos, absolutamente todos, son enfermos musicales que se curan con la proximidad a sus instrumentos. Lo que a mí me pasa con los libros, que me siento protegido cuando estoy rodeado por ellos, a estos tipos les pasa con sus guitarras y bajos. Ninguno puede hablar sin rasguear o ejercitar un punteo. Y uno cuenta de Pappo que era como un adicto a su guitarra, que un día se la había olvidado y tuvieron que llevarlo de urgencia a un lugar para que se comprara una Gibson. Otra cosa que comparten estos muchachones son cervezas y motos Harley-Davidson. Pappo murió en su ley arriba de una de esas.

La historia de la estatua de Pappo es un atajo que toma el documental. La llevan a una plaza en Buenos Aires donde van a realizar una ceremonia por los diez años de su muerte. Hay un recital más o menos improvisado, unas palabras, un pequeño monumento, gente fumada bendecida por un cura rockero. Mucha emoción. Todo esto sucede después del viaje de la estatua en un flete, rebotando en cada cuneta.

El documental es muy bueno, aunque un poco largo. Dura 130 minutos según la cartilla de prensa. Tiene un costado importante: aunque aparezca gente muy específica para delinear un tema igualmente específico, es para legos. Se entiende quién es el capanga y quiénes no lo son, sin conocer de música. Para mi gusto faltan los carteles cuando salen los actores locales: me pasé media hora pensando quién era ese tipo alto con pulóver en v, y era Botafogo. Toda esa información aparece al final, como en las películas de aventuras de cuando éramos chicos.


Chapete” Bonacci dio un paso muy importante con esta película estrenada en el Bafici 2025. Tengo el recuerdo del documental anterior –“BJ: La vida y los tiempos de Bosco y Jojo”- como algo más desordenado. También puede ser porque la vi en Popa, con todo el público borracho y Bosco a los gritos comentando cada escena. O sea: me maté de la risa, pero no sé si la supe juzgar como merecía. Debería darle una repasada. Mi recuerdo se centra en un montón de sucesos pop pegados como en un gran collage. Son muchos pensamientos para una sola cosa.

Me adjudico lo de haberla percibido un tanto larga. Puede ser que ya no esté aguantando películas de más de hora y media (ahora parece una costumbre, mi dió), y ande siempre reclamando por los noventa (minutos). Yo soy un hombre bueno, lo que pasa es que me estoy viniendo viejo.

Racionalmente perdono lo del alargado porque “Chapete” tiene que narrar muchas cosas, además de la idea de Pappo de insertarse en el mercado yanqui. Tiene que explicar qué es el blues desde sus mismos protagonistas. Por eso va con su micrófono a escarbar en definiciones que la mayoría de las veces son poéticas. O sea: lo intenta, sin resultado. Aunque al mismo tiempo podemos escuchar los arpegios que salen de los instrumentos y los estribillos que los maestros entonan tan felizmente. Y ahí encontrar las respuestas sin mayor dilación. La película es un modo argentino de entrarle al blues de raíz cantado por sus protagonistas. “Eso termina entendiéndolo hasta mi mamá, que no sabe nada del tema”, acota el director. Y es más: lo que a mí me cansó no va a cansar a los que quieran empaparse del verdadero sonido del blues; ese por el que Pappo estaba tan interesado.

Ojo: en un momento también se me hizo largo el documental “Nuestra Tierra”, de la fabulosa Lucrecia Martel. Lo vi esta semana en Cacodelphia. Iba super bien llevado con el juicio a esos tres horrendos sicarios y de golpe se dispersa en una galería de fotos extensa, de parientes de aborígenes que abandonaron la comunidad en que vivían para irse a trabajar a la ciudad. Tardé en acomodarme a la bifurcación narrativa; por un momento llegué a preguntarme ¿qué estoy viendo; por qué es tan larga esta parte? Por suerte, en el encierro oscuro de la sala opté por intentar entender qué se estaría preguntado la directora ante todas esas imágenes del pasado, colecciones de fotos domésticas de otros, ajadas por el tiempo. Qué tenían esas fotos para decirnos. Y la respuesta la da la misma Martel cuando decide proyectar su película en un cine improvisado, al aire libre, en terrenos de la propia Chuschagasta. Está hablando, como en su libro “Un destino común” (Caja Negra, 2025), del hacer cinematográfico, del cine, del respeto que hay que tener por todas y cada una de las imágenes que conforman nuestra cultura. Es casi un método para conservar la memoria. Va copia del fotograma clave de “Nuestra Tierra” y una acotación crítica de Fernando Martín Peña en su Facebook:

"Esta señora entiende la importancia de conservar las imágenes de su comunidad. Lo que esta señora entiende no lo ha entendido la mayor parte de las autoridades que pasaron por el INCAA desde su fundación, la inmensa mayoría de los responsables culturales y tampoco gran parte de la comunidad audiovisual.”

A Martel le llevó 14 años reunir todo el material, editar el documental, llegar a los cines. A “Chapete”, 10. El de Martel tiene importancia política; el otro, musical. Ambos acaban de hacer cine nostálgico, mirando para atrás y recolectando verdades, como Agnes Varda en “Las cosechadoras y la cosechadora”.

Quiero ser como esa aborigen simpática con su caja de fotos de vida, de la que no ha querido tirar ni una. O como “Chapete”, publicándolo todo, aunque a algún espectador le pueda parecer excesivo. Cuando el ser humano se olvida quién fue y de dónde viene, va a pasarle como dice Pappo en una de sus mejores canciones: Un hombre sin historia, sin tiempo y sin memoria puede reaccionar así, pero no se da cuenta: su personalidad en venta está.

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