"Carito era mi
amiga de la infancia. Tenía el cuello tan largo que a veces le decía jirafa.
Tenía pecas también. Jugábamos a casarnos, y a derretir pitufos en el balcón de
mi casa de la calle Reconquista. Hacía frio cuando me dijo que estaba enferma,
que por eso tenía que pegarle curitas por todo el cuerpo. Yo la veía bien.
Pensó mucho dónde debía pegarle la última curita. En la planta del pie, dijo al
fin con una sonrisa invernal mientras se sacaba la media.
A su madre le
decían Tuti. Trabajaba en una fábrica de heladeras. Cuando pasaba a buscar a
Carito se quedaba hablando con mi papá en la puerta del edificio. Carito y yo
sostenidos de las manos de nuestros padres.
Un día Tuti lloró. Carito se había muerto. No pasó de los nueve años. Yo me mudé, me recibí, me fui del país, me casé, me separé, me volví a casar, tuve dos hijos. Y ahora que volví a vivir a Buenos Aires después de tanto tiempo, al departamento del microcentro donde pasé la infancia, el fantasma de Carito me viene a visitar. Aparece cuando estoy solo. No se queda más de unos minutos. A veces dice algo, pero no la entiendo, como si hablara para adentro. La mayoría de las veces solo mira. No le digo nada porque todavía no me acostumbro a la idea de hablar con el fantasma de una nena que murió hace más de cuarenta años. Qué le puedo decir.
Ayer me visitó por última vez. Yo había vuelto a casa después de trabajar hasta tarde. Mi mujer dormía. Carito apareció en la cocina, mientras calentaba mi cena. Se sentó arriba de la mesada; movía las piernas, se balanceaban como hamacas. Me miró un rato sin decir nada. Parecía molesta. Antes de esfumarse me dijo bien claro: cómo puede ser que sigas vivo."

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