26.1.24

ALGUNAS MANERAS DE LEER... / RICARDO MARIÑO

Se lee como turista o como viajero. El turista tiene todo programado: una combi lo recogerá en el aeropuerto y lo dejará en el hotel, las excursiones están contratadas y si hay momentos libres están previstos juegos colectivos y torneos. En contraposición, el viajero: no tiene un itinerario preestablecido, está obligado a relacionarse con la gente del lugar, continuamente recibe sorpresas que afectan a su viaje, come la comida del lugar y en todo momento tiene que decidir, probar, arriesgar. Ante la lectura se puede ser turista transitando zonas seguras para encontrar confirmaciones, o se puede ser viajero y experimentar cómo es uno cuando no es uno mismo.

Se lee como novio celoso. “No hay mejor lector que un novio celoso”, dice Deleuze en su libro sobre Proust. El novio celoso se esfuerza por interpretar cada acto de su novia: si habla mucho por teléfono, si cambió de peinado, si ríe demasiado, si no ríe, si menciona reiteradamente a alguien, si cambia de peinado, o si un inédito, alarmante brillo de su mirada, indica vitalidad, deseo, ganas de vivir. De pronto, la chica es un potente emisor de signos a descifrar. Quien lee como el novio celoso lo hace por necesidad. Es alguien que no puede dejar de interpretar, que busca respuestas, que quiere entender. Que todo lo hace pasar por una hipótesis: la de sus cuernos. Todo lo que no abone esa idea, no sirve.

Se lee como geólogo. Donde los demás ven la montaña, la imponente, oscura y eterna masa recortada sobre el cielo transparente, el geólogo ve fallas, líneas, colores, formas, texturas, y quiebres. En ese material que está a la vista de todos pero sólo él sabe leer, están la historia de la región, los períodos, las marcas de remotas inundaciones, el devenir biológico, el registro de cada desplazamiento tectónico, la composición mineral, las mezclas de elementos, el inventario y la memoria de la tierra, los signos superficiales de lo que hay en las profundidades. ¿Por qué donde hay una montaña, el geólogo ve una enciclopedia? Porque una imagen no vale mil palabras. Salvo que, como ocurre con el geólogo, se tenga posesión previa de esas mil nociones. El geólogo ya tenía las mil palabras que la imagen de la montaña convocó. De modo que no hay lecturas si antes no hubo lectura. No hay imágenes si no hay lenguaje.

Se lee como ciruja. Igual que el ciruja que busca en la calle la madera que completará una pared de su vivienda o el pedazo de caño que servirá como eje para el carro que está fabricando, el lector ciruja, hábil, buscón, curioso, necesitado, lee buscando acá y allá, en diarios, revistas, internet, libros, ensayos, novelas, textos legales, confesiones, biografías. Todo puede servir para la tesis que debe entregar, la nota periodística que debe terminar, la carta de amor que le urge inventar, el par de versos que lo ayudará a remontar la noche interminable, el dato que le permitirá entender qué hace y qué otra cosa podría hacer en este mundo. Aquí y allá hay pedazos de cosas que se necesitan para vivir, restos de lenguajes, cachos indescifrables de materia viviente puestos en palabras para ser extraídos del embrollo general de la vida para el lector que sepa reconocerlos.

Se lee como cocinero, como escritor. Mientras saborea la comida del restaurant inevitablemente el cocinero intenta captar los trucos de quien cocinó, los ingredientes invisibles, los tiempos de cocción, el agregado de algún componente inesperado a la receta tradicional. Igual lee el escritor, entregado a la forma, sí, tomado por el argumento, sí, pero sensible a los trucos del colega, captando el ritmo de la frase, alerta a las repeticiones y rodeos que hacen al estilo, consciente de cierta economía al adjetivar o de alguna destreza con la que de un sólo trazo el autor pintó a un personaje. Se lee considerando la receta, la obediencia al género, lo que ya se sabe o se espera, pero se celebran las rupturas inteligentes, las salidas ilegales por atajos no advertidos por quienes cuidan las fronteras de lo conocido. Así, interesado en los procedimientos del que escribió, lee el lector cocinero.

Se lee como bombero o como incendiario. “En tiempos de incendios no se puede ser abombero”, dijo alguien. Se lee metido en una época, cruzado por las ideas, pasiones y formas de una época, con los instrumentos de análisis, la sensibilidad y las fronteras subjetivas de la época, de espalda o de cara a las cuestiones de la época. Se lee a favor o en contra de cómo está el mundo. Se lee en estado de beligerencia, marcado por lo que se rechaza y por lo que se quiere, con la idea de avivar el incendio o de apagarlo. Siempre Guernica es bombardeada, siempre la malinche está por traicionar, siempre es mayo del 68, marzo del 76, diciembre del 2001.

Se lee como joven. Dijo Jean Jacques Rosseau: “un joven tiende a leer acostado, mientras sostiene el libro con una sola mano”. Entonces, también se lee para experimentar lo privadísimo, lo inconfesable, lo placentero. Se lee, en este caso, para aportar puestas en escena y personajes al placer que pide representaciones.

Se lee explorando esas fronteras que ni siquiera se está seguro de querer atravesar, como un experimento donde el material cuyas propiedades se quiere averiguar, fuera uno mismo.

Se lee como abeja o como sujeto. Las abejas pueden comunicarse. La abeja reina hace una danza y con esos movimientos le comunica al resto del panal, la novedad de que van a emigrar o el comienzo de un nuevo ciclo de reproducción. Pero ¿qué pasa con la abeja que se distrajo o llegó tarde a la reunión y se perdió una parte de la danza? ¿Puede pedir una aclaración, puede preguntarle a la de al lado cómo fue la parte que se perdió, puede criticar, burlarse, proponer una modificación? ¿Puede una obrera proponer que le corten la cabeza a la reina, el fin de la Apicultura, todo el poder a los soviets de obreras y zánganos, Patria o muerte venceremos? No, porque el de la abejas no es un lenguaje sino un sistema de signos, un código, un sistema de señales. El de las abejas no es un lenguaje en el sentido de nuestro Lenguaje, que sí incluye las condiciones de enunciación, y permite la ironía, la falla, el tartamudeo, la equivocación, la cita, el lapsus, la diferencia. Los lenguajes técnicos, aquellos que permiten hacer funcionar cantidad de instrumentos, computadoras y máquinas, son sistemas unívocos como el de las abejas. El lenguaje humano, el que nos crea como sujetos es diametralmente opuesto. Pero a veces, sobre el lenguaje humano hay avances del lenguaje técnico. Por ejemplo, el emoticón. El emoticón, uno solo entre tantísimos ejemplos, sirve para que alguien que está chateando se ahorre el acto de pensar una respuesta. Es una especie de criterio de eficacia capitalista puesto en el medio de un diálogo. La mujer le dijo algo referido a la existencia, a cómo fue su día, a cómo extraña sus caricias, o a que esta historia secreta y prohibida la está desquiciando y que en cualquier momento se va a dar cuenta su marido, y el tipo, en el renglón de abajo le contesta con un loguito imbécil, una carita automática que si la boca está dibujada hacia arriba indicará alegría, y si está para abajo, pesar. Para setecientos millones de posibilidades, para infinitas alternativas de lo que puede comunicar un ser humano, las respuestas están en media docena de caritas convocadas por una sola tecla. Lo humano, lo que constituye al sujeto, es la diferencia, la expresión de lo propio, esa orfebrería puesta en hacer que las palabritas traduzcan bien eso singularísimo que uno sintió. Se puede expresar lo que uno siente repitiendo los lugares comunes de la televisión, usando emoticones o utilizando quince palabras y sin armar la oración completa. Pero cuidado, no es mucho lo que se siente de esa manera.

Se lee como andinista, intentando acceder a las alturas inexploradas, a los bordes y a lo ilegible; se lee como inversor, por pura conciencia de la cantidad de capital que supone un nombre o un título, intercambiable por prestigio en el mercado de capitales simbólicos; se lee como buscador de perlas, para coleccionar frases; se lee como actor, para ser otro y descansar de uno mismo; se lee como torero o domador, para ponerse en peligro y probarse; se lee como Colón, y se llega sin saberlo a un lugar que no existe. Se lee para domesticar fantasmas; se lee para encontrar lo propio impronunciable en palabras de otro; se lee por pura conciencia de la cantidad de capital que suponen un título o un concepto en el mercado de intercambios simbólicos; se lee para adornarse, confiado en que la cita equivaldrá a anillo, collar o perfume exquisito; se lee para ponerse en peligro, para medirse, con la garantía de salir casi indemne; se lee para escapar, para volver, para seguir, para encontrar fuerzas o encontrar consuelo; se lee para sentir intensidad, muerte, abismo, locura, felicidad, risa mientras afuera hay silencio, trámite, aburrimiento, repetición; se lee para confirmase, discutirse o ilustrarse.

19.1.24

HEINE, CITADO POR FREUD EN "EL MALESTAR EN LA CULTURA"

 “Un gran poeta puede permitirse expresar, al menos en broma, verdades psicológicas muy mal vistas. Así, Heine confiesa: «Yo tengo las intenciones más pacíficas. Mis deseos son: una modesta choza con techo de paja, pero un buen lecho, buena comida, leche y pan muy frescos; frente a la ventana, flores, y algunos hermosos árboles a mi puerta; y si el buen Dios quiere hacerme completamente dichoso, que me dé la alegría de que de esos árboles cuelguen seis o siete de mis enemigos. De todo corazón les perdonaré, muertos, todas las iniquidades que me hicieron en vida... Sí: uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de que sean ahorcados». (Gedanken und einfálle").

18.1.24

EL MALESTAR EN LA CULTURA (FRAGMENTO) / SIGMUND FREUD

“Uno de los reclamos ideales de la sociedad culta dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Es de difusión universal, y es por cierto más antiguo que el cristianismo, que lo presenta como su mayor título de orgullo; pero seguramente no es muy viejo: los seres humanos lo desconocían aun en épocas históricas. Adoptemos frente a él una actitud ingenua, como si lo escuchásemos por primera vez. En tal caso, no podremos sofocar un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por qué deberíamos hacer eso? ¿De qué nos valdría? Pero, sobre todo, ¿cómo llevarlo a cabo? ¿Cómo sería posible? Mi amor es algo valioso para mí, no puedo desperdiciarlo sin pedir cuentas. Me impone deberes que tengo que disponerme a cumplir con sacrificios. Si amo a otro, él debe merecerlo de alguna manera. (Prescindo de los beneficios que pueda brindarme, así como de su posible valor como objeto sexual para mí; estas dos clases de vínculo no cuentan para el precepto del amor al prójimo.) Y lo merece si en aspectos importantes se me parece tanto que puedo amarme a mí mismo en él; lo merece si sus perfecciones son tanto mayores que las mías que puedo amarlo como al ideal de mi propia persona; tengo que amarlo si es el hijo de mi amigo, pues el dolor del amigo, si a aquel le ocurriese una desgracia, sería también mi dolor, forzosamente participaría de él. Pero si es un extraño para mí, y no puede atraerme por algún valor suyo o alguna significación que haya adquirido para mi vida afectiva, me será difícil amarlo. Y hasta cometería una injusticia haciéndolo, pues mi amor se aquilata en la predilección por los míos, a quienes infiero una injusticia si pongo al extraño en un pie de igualdad con ellos. Pero si debo amarlo con ese amor universal de que hablábamos, meramente porque también él es un ser de esta Tierra, como el insecto, como la lombriz, como la víbora, entonces me temo que le corresponderá un pequeño monto de amor, un monto que no puede ser tan grande como el que el juicio de la razón me autoriza a reservarme a mí mismo. ¿Por qué, pues, se rodea de tanta solemnidad un precepto cuyo cumplimiento no puede recomendarse como racional?

Y si considero mejor las cosas, hallo todavía otras dificultades. No es sólo que ese extraño es, en general, indigno de amor; tengo que confesar honradamente que se hace más acreedor a mi hostilidad, y aun a mi odio. No parece albergar el mínimo amor hacia mí, no me tiene el menor miramiento. Si puede extraer una ventaja, no tiene reparo alguno en perjudicarme, y ni siquiera se pregunta si la magnitud de su beneficio guarda proporción con el daño que me infiere. Más todavía: ni hace falta que ello le reporte utilidad; con que sólo satisfaga su placer, no se priva de burlarse de mí, de ultrajarme, calumniarme, exhibirme su poder; y mientras más seguro se siente él y más desvalido me encuentre yo, con certeza tanto mayor puedo esperar ese comportamiento suyo hacia mí. Y si se comporta de otro modo; si, siendo un extraño, me demuestra consideración y respeto, yo estoy dispuesto sin más, sin necesidad de precepto alguno, a retribuirle con la misma moneda. En efecto; yo no contradiría aquel grandioso mandamiento si rezara: «Ama a tu prójimo como tu prójimo te ama a ti». Hay un segundo mandamiento que me parece todavía menos entendible y desata en mí una revuelta mayor. Dice: «Ama a tus enemigos». Pero si lo pienso bien, no tengo razón para rechazarlo como si fuera una exigencia más grave. En el fondo, es lo mismo. (...)

Ahora bien, es muy probable que el prójimo, si se lo exhortara a amarme como se ama a sí mismo, diera idéntica respuesta que yo y me rechazara con iguales fundamentos. No con idéntico derecho objetivo, según creo yo; pero lo mismo opinará él. Es verdad que entre las conductas de los seres humanos hay diferencias; la ética las califica de «buenas» y «malas» con prescindencia de las condiciones en que se produjeron. Hasta tanto no se supriman esas innegables diferencias, obedecer a los elevados reclamos de la ética importará un perjuicio a los propósitos de la cultura, puesto que lisa y llanamente discierne premios a la maldad. Uno no puede apartar de sí, en este punto, el recuerdo de lo acontecido en el Parlamento francés cuando se trataba la pena de muerte; un orador acababa de abogar apasionadamente en favor de su abolición: una tormenta de aplausos apoyó su discurso, hasta que desde la sala una voz prorrumpió en estas palabras: «Que messieurs les assassins commencent!»

11.1.24

ESTUVIMOS EN USHUAIA

 Como llegó el apocalipsis (al menos a nuestro país), con Moi nos fuimos a pasar fin de año al Fin del Mundo. Viajamos en avión a Ushuaia, en auto por Ushuaia y en catamarán por el Beagle. El auto se llamó Eyras EO, el barco Elizabetha y creemos que el avión todavía es de Aerolíneas Argentinas, empresa nacional.

Subimos al glaciar Martial, al cerro del Medio y al Pampa Alta, hicimos senderismo por la costa del Parque Nacional, Lapataia, laguna Negra, laguna del Turbal, vimos el lago Acigami, llegamos hasta el límite con Chile en la senda Hito XXIV. Caminamos por la ruta Ensenada, pasamos un día en la cascada del río Pipo, hicimos senderismo por Estancia Túnel. Fuimos en auto hasta Puerto Almanza y al valle de Andorra.

Comimos con el biólogo Gustavo Lovrich y con Fernanda Confortino, más sus respectivas parejas Mirta y Fernando. También almorzamos o cenamos en El Mercado, Augusto, Altos Ushuaia en Nochebuena, Tía Elvira, Volver, La Estancia, La Unión, el Bar de Pizzas para Fin de Año y en Kaupé para el primero. Comimos centollas frescas, centollón, cordero patagónico, vacío, róbalo, abadejo, merluza negra, hongos y verduras grilladas, goulash, risotto, mariscos; diversas ensaladas y frutas, pizzas y lomitos completos. Helados, tortas, frutos rojos, cupcakes. Bebimos Rutini Malbec, Trumpeter Cabernet Sauvignon, Luiyi Bosca Cabernet Malbec y un vino patagónico muy rico llamado Wapisi.

Paramos en el hotel Las Lengas. 

Visitamos la cárcel, donde Horacio nos dio una clase magistral de historia, geografía y sociología de la Tierra del Fuego. Fuimos al centro comercial, al cementerio de primeros pobladores y al cementerio de mascotas con “shopping santo”, en las afueras de la ciudad.

Viajamos un día a Tolhuin. Hicimos el trekking de laguna Esmeralda, laguna Turquesa, cascada de la Novia, el camino de los presos, laguna de los Témpanos, playa Susana y bahía Cucharita. Visitamos el Cadic.

Dibujé. Compré tres libros y Moi dos camperas. Ella leyó a Iparraguirre y yo a Varsavsky. Paseamos todo lo que nos dejó el mal tiempo y los días de veinte horas de frío y luz. Sacamos cantidad de fotos, volvimos con mejores piernas y bastante agotados. Parecía que Ushuaia no iba a cumplir con lo que nos habían asegurado -que íbamos a vivir las cuatro estaciones en el mismo día-, porque al final todo era otoño o invierno. Hasta llegó a nevar. Pero a último momento la ciudad desplegó un calorcito que nos hizo recordar al verano o a la primavera.

Un diez: descansamos del país, superamos las fiestas y caminamos una bocha. Tomamos aire. Descubrimos la parte más austral del mundo. Nos hicimos mimos. Lo que se dice: un buen viaje.

Felicitaciones a nosotros dos.