9.4.24

GUILLERMO MARTÍNEZ / RESOLUCIÓN DE UN TEXTO LITERARIO

“Es interesante preguntarse por qué a nadie se le ocurriría discutir la necesidad del aprendizaje paulatino de diversas destrezas técnicas para tocar un instrumento, para aprender un deporte, o para bailar diferentes danzas, y sí pudo sostenerse durante mucho tiempo -y todavía, cada tanto- que en literatura el auténtico artista no necesitaría de ningún tipo de enseñanza, más allá de la lectura, y que -para usar una de las metáforas favoritas del marxismo- el escritor podría emerger como Atenea, ya adulta y totalmente armada, de la cabeza de Zeus. Es posible que tenga que ver con la idea errónea de considerar que el lenguaje es algo ya adquirido desde la infancia, que está ahí enteramente, del que todos disponemos y en el que estamos lo bastante adiestrados -sobre todo si hemos leído algunos libros- como para hacer con él lo que fuera que intentemos. Pero del mismo modo que tener los brazos “enteramente”, y aún con ciertas habilidades potenciales, no nos ayuda demasiado a conectar el primer intento de saque en el complicado jeroglífico del tenis, tampoco tener el lenguaje “enteramente” e incluso alguna facilidad para escribir basta para poner en marcha el complejo artificio hecho, sí, de lenguaje, pero también de ideas, estrategias, ingenio, atmósferas, sensaciones, personajes, sutilezas, tensiones, procedimientos indirectos, “divinos detalles”. En otras artes y disciplinas es claro que debe aprenderse un lenguaje nuevo, un lenguaje hecho de relaciones y afinidades sonoras y rítmicas en la música, un lenguaje hecho de movimientos precisamente encadenados en cada deporte, un lenguaje de fórmulas para escribir y pensar en la matemática. Parte de la confusión proviene de que a veces se cree que en la literatura el lenguaje, “al menos”, ya está dado. Pero la primera operación de la literatura es justamente crear otro lenguaje dentro del lenguaje, una selección artística y una serie de procedimientos de “extrañamiento” que son parte del artificio de lo literario. Aún la supuesta “naturalidad”, la “autenticidad” o la “visceralidad” tienen que ser cuidadosamente preparadas y puestas en escena; aún el registro coloquial precisa de elaboración literaria. Tal como dice Pessoa para los poetas, también el escritor de ficción “hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”. Este “fingimiento”, por supuesto, no tiene nada que ver con la insinceridad; por el contrario, aunque pueda sonar paradójico, sólo a través del artificio y de estos procedimientos indirectos puede horadarse la retórica endurecida y ya convertida en lugar común en la representación de los sentimientos o en cualquier otro aspecto de lo humano.”

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