1.5.24

SOBRE "LA TESIS ONCE" DE DIEGO BARREDA / NARRATIVAS DE AMÉRICA, EDITORIAL COLIHUE


Un chimento de la historia del mundo dice que Carl Marx guardó durante cuarenta años un borrador escrito a mano debajo del vidrio de su escritorio. O sea: lo vio, lo leyó y releyó, pensándolo, rumiándolo, dándole vueltas en su cabeza durante cuarenta años seguidos, mientras escribía los tratados económico-filosóficos que le dieron chapa. Se trata de la tesis de Feuerbach que vio la luz en 1845. El propósito del texto fue construir una filosofía materialista centrada en una praxis transformadora, en un “hacer”. El punto décimo primero de ese trabajo, madurado como un vino exquisito, es conocido como La tesis once, y dice lo siguiente: “Los filósofos no han hecho más que interpretar al mundo de diversas maneras, pero lo que se trata es de transformarlo”. Cuando Marx habla de filósofos se refiere a todos los intelectuales. La única manera de hacer filosofía es superándola. La única manera de superarla es haciéndola. El fin de la filosofía está fuera de su propio cuerpo, está en la transformación del mundo.

Acá aparece, por primera vez la noción de conocimiento aplicado versus conocimiento abstracto, una pelea de fondo que compromete tanto al humanismo como a la ciencia. Hoy esta separación nos parece absurda, pero en su momento el capitalismo la apoyó y festejó para poder madurar los horribles principios que tanto le han servido hasta estos días: explotación, apropiación y patriarcado. Estos tres monstruos que hoy lamentablemente padecemos no dejan CASI resquicios aparentes para otras formas de sentir, registrar y vivir en el mundo. En ese “casi” radica la potencia del libro que hoy estamos celebrando, del escritor Diego Barreda. Un “casi” del tamaño de un granito de arroz, pero con más decencia que toda la derecha planetaria junta.

Es cierto que combatimos y seguiremos combatiendo los males que el marxismo nos señaló con su dedo progre: basta ver los avances del feminismo, de los derechos humanos, de las minorías, de la educación. Avances que en ocasiones como la que vivimos se ven hostigadas por lo que parecen retrocesos, o intentos de volver a un pasado salvaje en el que sólo existan las obligaciones, y nada más. Pero estamos ahí, sosteniendo las paredes de una casa más justa y nuestra, con toda la fuerza que tenemos. Aunque a veces nos parezca una causa perdida, seguimos en pie. Nosotros tenemos memoria, y la usamos.

Diego Barreda arremete contra el colonialismo con militancia, lo hizo siempre. Su vida es un ejemplo, él es un referente aunque no lo busque. Diego milita declarando en un juicio de lesa humanidad o escribiendo una ficción. Hoy han regresado objetivos que creíamos perdidos: la destrucción del ascenso social por medio de la eliminación de la educación pública, por ejemplo. Diego nos cuenta en su novela, “La tesis once”, la historia de dos hermanos separados por la dictadura, dos personajes que tienen varios nombres -ella se puede llamar La Polaquita de chica, pero cuando crece adopta el de su mamá del amor, Matilde; él viene de ser Raúl para resguardarse en los apodos: Ringuelet, Ladrillo bombón-, que pueden tener varios nombres, digo, pero una sola ética. Las novelas y los cuentos de Diego son la parte simpática y creativa de su militancia.

En “La tesis once” y “En el pantano”, su novela anterior, hay locura, hay dictadura. Los dos son libros corales, donde la imaginación busca sortear las torturas como puede, en un país sometido muy parecido a la Argentina de hace cincuenta años.

La maduración de un libro a otro se nota en el tratamiento de los personajes. No sólo La Polaquita y Ringuelet son hermosos y queribles, también lo es esa caterva del hospital con apodos arltianos: el Doctor Froi, Posipol, el Libidinoso, Maguiver, el Enfermero Enfermo, el Exultante Surrealista. Ni hablar de los maravillosos Don Carlos y Doña Matilde: él le hablará a la nena del Paraná, y ella de la guerra del Paraguay. Hasta la Agüela, con su crueldad analfabética, será tratada con piedad por su autor, que sólo se demostrará distante con Dosveinte, el milico asesino.

Simplemente porque todos odiamos a Dosveinte.

Ringuelet, pobrecito, está dañado debido a las sesiones de picana. A Ringuelet lo volvió loco la electricidad. Le das la mano y te da corriente. No puede tomar agua porque el estómago le entra en cortocircuito.

 “- ¿Cómo anda la mar? " -le preguntan.

 - Muy picado, el animal" -responde él, lo que tal vez quiera decir muy picaneado. “Por acá, muy picaneado.” Una pequeña muestra de toda nuestra lógica trágica. La Agüela se lo había adelantado a La Polaquita en la primera página:

 –Menos las piedras, todo se muere. Vos no te preocupes. La Agüela se está muriendo, pero no se muere. Al Gauchito Gil lo degollaron hace cien años, pero está vivo. Hace ya más de mucho tiempo que fuimos a verlo a Ciudad Mercedes. Al santuario, fuimos. Te llevé lo más de pequeña que se podía, a caballo fuimos, no lo olvides. Él me prometió en persona que te va proteger cuando yo no esté. Se mueren los buenos, pero por suerte también los malos.

Así es como trata Diego a sus personajes santos y también a los que son un poco diablitos: con clemencia, con compasión. Y así es como los describe, a lo Gombrowitz:

 “Froi es el más grande de los froidianos. A cada uno de nosotros nos fue despejando las obsesiones: la predilecta, las derivadas y las secundarias. Una madre sobreprotectora nos hubiese acomplejado. Froi es infi­nito en paciencia y en agrimensura.”

 Cuando leí las descripciones de Diego por primera vez, pensé “este tipo tiene la literatura adentro”. Su modo poético de entrarle a los personajes es, como mínimo, original. Hoy en día cuesta encontrar gente que lo intente, que intente la originalidad. Los escritores están deprimidos, vienen con eso de que ya está dicho todo. Cito acá a otro tesista, uno literario, Guillermo Martínez, que también acaba de sacar sus “Once tesis (y antítesis)”, esta vez “sobre la escritura de ficción”, con un título que quizás juegue con su pasado marxista:

“Originalidad: entendida no como mera novedad, sino como aquello que lucha por abrirse paso entre la marea de lugares comunes, de lo ya suficientemente dicho, de la música de época, de lo que alguna vez fue expresivo y ahora es retórica. La originalidad, en este sentido, debe tener en cuenta necesariamente a la tradición como medida y desafío. A la frase de Joseph Conrad: “Por el poder de la palabra escrita, hacerte oír, hacerte sentir, hacerte ver”, agregaríamos: de otro modo.”

 “Originalidad, resolución, escritura”, se llama ese capítulo. Y seguramente va a ser el menos citado en los talleres literarios, y el más encantador para mí, que me la paso tratando de encontrar originalidad en las posturas de los nuevas escrituras.

A nivel resolución, el libro de Diego, también resulta interesante. Está dividido en tres partes, una primera de crecimiento, una segunda de manicomio y una tercera de exilio. Los tiempos dan saltos y, cuando menos lo esperamos, hacen enroques sabios: es un buen recurso para una novela de desencuentros. El hermano Raúl ya no se dejará reconocer porque lo cambiaron, porque lo deterioraron, porque lo convirtieron en una cosa: no es más un tigre de verdad, sino un tigre de papel.

Ese tigre fácil de arrugar o de romper -papelito-, viene con ideas poderosas, de revolución tierna, de lo que le queda a alguien que parece vencido, pero ¡nunca! Va un diálogo clave entre el prisionero y el doctor: 

“–No se olvide jamás del viejo tonto, se lo recomiendo. Mi­les de viejos tontos caminarán con sus bastones, tomarán el microcentro porteño con sus sillitas al atardecer, cubriendo las avenidas y las calles. Llevarán sus termos, el mate y los bizcochitos. Un sencillo cartel, colocado al pie del horrible Obelisco dirá que “Los cuarenta y tres mil quinientos quin­ce venerables aquí presentes no nos retiraremos hasta que el gobierno nos dé el aumento que pedimos”. Es la táctica del distraído feliz: la contundencia y el silencio. ¿Quién se les va a animar? Por si acaso los liberales no cedan, a la mañana si­guiente una nutrida columna de nietos se hará presente, inter­pretando un coro de llantos destemplados cada media hora.

–¿Y si no ceden?

–Ya me dije yo que los sicólogos son policías... Si no ceden les cagaremos la Avenida de Mayo, y así de seguido. Usted quiere desestabilizarme por considerar a los pobladores más antiguos del planeta como a los futuros actores de la Tesis Once. Los miembros ancianos de nuestro partido serán de la vanguardia, y aportarán su experiencia social acumulada más temprano que tarde, encabezando la larga marcha de los hu­manos que, raquíticos de posibilidades ante la parca, apuestan a no morir, reencarnando los ideales del panal, el hormiguero y del mismísimo Matusalén. Una convocatoria a los viejos para no morir nunca producirá una catarata; una avalancha de porfiados imparables, un aluvión de tal magnitud que re­basará sin misericordia ni piedad a los ejércitos de policías.”

Llegamos al final. En el momento más emotivo del libro, Diego irrumpe con un poema en mayúsculas que, de entrada, me pareció raro, como forzado. Es una colección de sustantivos; algunos positivos, lindos, SOL, TIERRA, PENSAMIENTO, AMOR, AGUA, DESEO, JUSTICIA. Otros fuleros: HAMBRE, TERROR, ENFERMEDAD, SOLEDAD, DOLOR. La conexión entre todos ellos es que tienen el género cambiado; lo que debería llevar el artículo masculino, lleva el femenino, y viceversa. Acá la NOCHE es EL NOCHE, y el CIELO es LA CIELO. EL SALUD. LA PAÍS.

¿Por qué se empeñará Diego en cambiar los artículos por otros? Debe ser porque él, además de ser Ringuelet, ese hombre aturdido pero no acabado, lleno de teorías maravillosas y explosivas, también es Matilde. La Polaquita. La valiente nena que fue vendida, maltratada, expulsada de su país, pero que sigue viva y acá. Y este libro, aún más que la novela anterior, tal vez sea un rompecabezas de la vida de Diego, y cada personaje lleve un poco de él. Del hombre que, con su testimonio, ayudó a meter en cana a Etchecolatz.

LA PATRIA ES EL MATRIA.

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