26.11.21

EL SENTIDO OLVIDADO / PABLO MAURETTE

 “Que el tacto completa la experiencia estética de una estatua es una obviedad y que existe una cierta vida de las estatuas es una sospecha que muchos hemos tenido alguna vez. La estatua evoca el acto de existir e imita la vida misma porque impone su existencia y habita un espacio efectivamente tridimensional. Así como la escultura es la más táctil de las artes, la pintura y la fotografía parecieran ser patrimonio de la vista. La música, del oído. El cine, de ambos. Con la literatura, sin embargo, sucede algo especial. El filtro obligado de la vista o del oído (o de las yemas de los dedos) por el que entra el lenguaje literario pareciera ser nomás que esto: un vehículo, un medio, y no el espacio mismo donde se produce el goce estético. A simple vista pareciera que el lenguaje literario, para poder lograr el efecto estético, debería trascender los sentidos y desembocar en esa especie de sistema lacustre que forman, en nuestra interioridad, la fantasía, la imaginación, la memoria, la razón, el intelecto y demás facultades sinápticas. Si así fuese, la literatura sería la menos sensorial de las artes y, sin embargo, no es así. De hecho, es tan sensorial como aquellas más estrechamente ligadas al mecanismo de los distintos sentidos, pues la apreciación estética es, al fin y al cabo, un fenómeno afectivo que se manifiesta de manera háptica. Así como hay imágenes que ingresan por la vista y melodías que entran por el oído y nos afectan profundamente, algunas páginas, algunos versos, algunas palabras producen en nosotros algo que sería absurdo no reconocer como háptico. El súmmum del efecto artístico es la sensación de ser tocado, afectado, conmovido por la obra de arte. Todos los sentidos de la exterocepción funcionan como vehículos para que se produzca el efecto estético, y la aspiración máxima de toda obra de arte es cobrar vida como la estatua de Pigmalión en un momento inefable de conexión afectiva con otro: cobrar vida es imponerse como forma de existencia que es capaz de tocar y de ser tocada, que reclama para sí un espacio tangible, que tiene capacidad de contundencia.

Del mismo modo que la cámara de Sokurov acaricia la estatua sin manos, nos toca un verso de Homero o uno de Lucrecio, una frase de Borges, un párrafo de Flaubert. Se trata de un tocar a la distancia, de una tocar afectivo, de un tocar háptico. Y si la literatura logra esto es porque en el lenguaje mismo, en la madeja de forma y contenido que constituye cada pieza literaria, se manifiesta lo háptico.”

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