Algo parecido a lo de ARQA también sucedió con mi vieja columna "Milanesa napolitana" para el Télam de la época de Cristina. Amé hacerla, lo disfruté mucho. Iba en el Suplemento Literario que se imprimía para todo el país. Todavía no logré abrir ninguna para leer completa otra vez, como antes (por el momento aparecen solo títulos, encabezados e ilustraciones). Pero al menos tengo el índice, para poder buscarlas en mi compu, en los impresos, o aquí mismo en el blog. Paciencia.
Mostrando las entradas con la etiqueta TÉLAM. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta TÉLAM. Mostrar todas las entradas
29.7.21
5.4.20
RECOMENDANDO EN CUARENTENA / TÉLAM
Gustavo Nielsen recomienda diez libros de ficción argentina contemporánea
El autor de "Playa quemada" recomienda 10 libros de ficción argentina contemporánea: cuentos y novelas de autores vivos para leer acá y ahora. De la casa de los autores a la casa de los lectores.
En Télam.
22.6.12
22.5.12
NIL EN TÉLAM / FERIA DEL LIBRO 2012
La literatura en blogs y otros espacios virtuales y la relación de esta con la arquitectura, fueron los temas abordados por el escritor y arquitecto Gustavo Nielsen, en el stand de Presidencia de la Nación en la Feria del Libro.
“Siempre me gustó dibujar y escribir, todo tiene que ver con contar historias”, señaló el escritor ante la gente reunida en el stand, en el marco de las charlas organizadas por la Agencia Nacional de Noticias Télam.
Y adelantó que está trabajando en un nuevo libro titulado “El diseño como narración”.
¡Va!
“Siempre me gustó dibujar y escribir, todo tiene que ver con contar historias”, señaló el escritor ante la gente reunida en el stand, en el marco de las charlas organizadas por la Agencia Nacional de Noticias Télam.
Y adelantó que está trabajando en un nuevo libro titulado “El diseño como narración”.
¡Va!
16.5.12
EL GENOCIDIO COMO PRÁCTICA SOCIAL / SLT
Ojalá estos libros no existieran, no tuvieran razón de ser. Pero mientras haya genocidios en el mundo, deberán publicarse. Es nuestra obligación leerlos, escribirlos, difundirlos. Ojalá —digo, quise decir— no existieran los genocidios en el mundo.
Mariano Saravia es licenciado en Comunicación porla UNCy periodista especializado en derechos humanos. Escribió “El grito armenio” sobre la masacre perpetrada a ese pueblo y su lucha por el reconocimiento, “La sombra azul”, un relato sobre la represión en Córdoba durante la dictadura, y “Genocidios argentinos del siglo XX”, que publicó el año pasado la editorial Raíz de dos. Este último empieza con una malograda cita de Luciano Benjamín Menéndez: “Por suerte las Fuerzas Armadas sanmartinianas habían exterminado a la población indígena y de esta manera se crea una Argentina blanca y culta”.
Mariano Saravia es licenciado en Comunicación porla UNCy periodista especializado en derechos humanos. Escribió “El grito armenio” sobre la masacre perpetrada a ese pueblo y su lucha por el reconocimiento, “La sombra azul”, un relato sobre la represión en Córdoba durante la dictadura, y “Genocidios argentinos del siglo XX”, que publicó el año pasado la editorial Raíz de dos. Este último empieza con una malograda cita de Luciano Benjamín Menéndez: “Por suerte las Fuerzas Armadas sanmartinianas habían exterminado a la población indígena y de esta manera se crea una Argentina blanca y culta”.
También dijo, en la misma conferencia, que aplaudía su histórico accionar por “no permitir que a nuestro país entraran inmigrantes de raza negra, lo cual evitó que se reprodujeran, de lo contrariola Argentinasería como Brasil o Uruguay”. Mierda de tipo que se llena la boca con San Martín, un verdadero respetuoso de los pueblos originarios y afroamericanos, que le ayudaron a liberar patrias. Genocidio es el intento de eliminar a un grupo humano por cualquier motivo, desde un Estado que apela para ello al terror.
Más en el suple.
27.4.12
HUNDIRSE / ABRIL, MES DE MALVINAS
Escribo acerca de lo que me da miedo.
Mi memoria trabaja de un modo particular que nunca termino de entender. Puede estar obsesionada con algunos detalles y recordarlos como a amigos muertos, y de repente olvidarlos como si jamás hubieran existido. Eso me pasa con el recuerdo de mi Servicio Militar. Hay detalles puntuales que concentran la memoria de toda la guerra, de esos días oscurecidos por los nervios, y cosas importantes que no sé por qué olvidé.
Cuando estábamos por salir del Distrito hasta Punta Alta, para hacer la instrucción, le pedí un favor a un chico que no conocía. Él se estaba despidiendo de su abuela. La señora lloraba. Yo había supuesto que no íbamos a salir esa misma tarde, sino un día o dos después. Ni siquiera había dejado un mensaje en casa. Escribí el número de teléfono en un papel, para que la señora pudiera avisarle a mis padres. A las dos horas viajábamos con el chico en el mismo tren militar. Era carpintero y vivía en Ramos Mejía. Anoté su número de teléfono y lo guardé.
En el suple.
Mi memoria trabaja de un modo particular que nunca termino de entender. Puede estar obsesionada con algunos detalles y recordarlos como a amigos muertos, y de repente olvidarlos como si jamás hubieran existido. Eso me pasa con el recuerdo de mi Servicio Militar. Hay detalles puntuales que concentran la memoria de toda la guerra, de esos días oscurecidos por los nervios, y cosas importantes que no sé por qué olvidé.
Cuando estábamos por salir del Distrito hasta Punta Alta, para hacer la instrucción, le pedí un favor a un chico que no conocía. Él se estaba despidiendo de su abuela. La señora lloraba. Yo había supuesto que no íbamos a salir esa misma tarde, sino un día o dos después. Ni siquiera había dejado un mensaje en casa. Escribí el número de teléfono en un papel, para que la señora pudiera avisarle a mis padres. A las dos horas viajábamos con el chico en el mismo tren militar. Era carpintero y vivía en Ramos Mejía. Anoté su número de teléfono y lo guardé.
En el suple.
6.4.12
EL FUTURO DEL PASADO POR MARGARITA GUTMAN
El futuro medido mediante el deshojado de las flores es
tan azaroso como las chances en la ruleta: si te toca par, no te quiere, si te
toca impar, sí. Es como el futuro que encuentra Margarita en sus hallazgos;
algo de “me quiere”, algo de “no me quiere”: una hipótesis caprichosa que tal
vez nunca se convierta en mañana, pero que es lindo practicarla para mantener
alerta la fe. Tengo una pila de libros en mi biblioteca sobre el año 2000
escritos en los sesenta y setenta; casi ningún autor acertó nada. Pero quién
les quita lo bailado de haber imaginado lo que vendría relajada y
despreocupadamente, por así decirlo: a pata suelta. Y de vez en cuando aparece
algo que se cumple, entonces, ¡chapeau!.
Gutman es una investigadora de la UBA, pero también es
una Margarita que predice el futuro. Los libros de Gutman nos tienen
acostumbrados a una incertidumbre divertida y son volúmenes de muchos pétalos.
Tengo dos arriba de mi escritorio “Buenos Aires 1910: Memoria del porvenir” y
el reciente “Buenos Aires, el poder de la anticipación”. El primero es el
catálogo de una hermosa muestra que Gutman hizo en el Abasto. Está auspiciado
por la universidad pública, el Fondo Nacional de las Artes y el IIED (Instituto
Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo de América Latina). Casi todos los
temas allí tratados en textos, fotos y grabados son acerca de la vida de
porteños e inmigrantes en 1910. Los títulos son: “Puertas del río y puertas de
la tierra”, “Vivir en los barrios”, “Construir la gran capital”, “La euforia
del centenario”. Es en este último capítulo que al libro se le cuelan veinte
páginas describiendo la idea que esos porteños tenían del 2010. Son extractos
de notas y dibujos de Caras y Caretas, La vida moderna, P.B.T. y páginas del
almanaque Peuser. Hay gente volando, puentes inmensos, tráfico desquiciado,
dirigibles, veredas móviles, máquinas imposibles y autopistas en las alturas.
Hay chistes, pero también hay dibujos de arquitectos. Como dispuesta a cumplir
el presagio de lo que vendría, Margarita Gutman editó una ilustración de Arturo
Eusevi fechada el 25 de mayo de 1910 para la tapa: rascacielos, calles aéreas y
varios niveles de ciudad en altura. Esas 20 páginas en 600 le comieron el
libro.
Sigue en Télam.
Sigue en Télam.
15.3.12
LA FILIGRANA EFÍMERA
Por un lado está Mel Krieger, un famoso
pescador norteamericano, de esos que hacen de la pesca con mosca un arte
cercano a la meditación zen. Fundó escuelas en España, Islandia, Chile y
Argentina. Un tipo enamorado de Esquel, de Zapala y Junín de los Andes, que se
pasaba los años en el sur, con sus cañas y su silencio. Por otro lado, Diego
Ortiz Mugica, el otro personaje de esta historia: un fotógrafo argentino que
trabaja en la Patagonia. Sus fotos forman parte de la colección permanente del
MNBA. Es mosquero como Mel, y
comparte sus amores locales: los paisajes, la paz de los lagos. Bueno, decir
que es igual de mosquero que Mel tal
vez sea una exageración: Diego es, ante nada y como tantos otros pescadores del
mundo, un admirador de la técnica del americano.
Un día Diego estaba en su estudio de
Bariloche y recibió una llamada. “Hola, soy Mel Krieger”. No le creyó. “Y mi
abuelita es un salmón”, contestó, antes de cortar. Por suerte era un día de
buen humor para Mel, que volvió a marcar el número del fotógrafo. Creo que
entre ambos llamados hubo un mail de un amigo de Diego para avisarle que lo
estaba buscando el idealizado pescador. Casi se muere por el bluff.
Mel quería que Diego le hiciera el
testamento fotográfico. Le habían diagnosticado un tumor cerebral. Así le dijo.
Diego aceptó, sin saber todavía que los próximos dos años de su carrera los iba
a tener que emplear en el trabajo diario de seguirlo como una sombra. Como la
sombra de una trucha plateada sobre el fondo límpido de un lago. El producto es
un hermoso libro de grandes fotos en blanco y negro titulado “Fly Fishing
Moments”.
12.3.12
LA DESAPARICIÓN DEL LIBRO
“Para un loco de la literatura como yo, la pantalla no se
siente como un medio lo suficientemente permanente”, dijo Jonhatan Franzen en
el Hay Festival de Cartagena. Se
refería a ese prurito de que todo lo que está en una pantalla puede ser motivo
de cambio con sólo apretar un par de teclas. Y cuando sale en papel, fuíste: para reparar un error en papel
será necesario esperar a la siguiente edición. Fabián Casas también escribió,
hace dos años, su defensa del papel sobre el mundo virtual. Ponderaba su gusto
por el peso, el olor, las sensaciones táctiles de un libro. Dice, por ejemplo: Me gusta saber que voy caminando por la
calle con cierto ejemplar en mi bolso. La escritora Mercedes Giuffré se
lamenta en su blog ante la perspectiva de que desaparezcan las bibliotecas: ese
refugio lleno de estanterías. Casi
siempre que se habla de la próxima desaparición del libro, los que amamos el
papel impreso recurrimos a frases emotivas que no tienen nada de modernas, en
tiernos discursos románticos que son para las lágrimas.
A los que dicen que el libro no va a desaparecer les voy a
dar esta primicia: el libro ya desapareció. No todos, pero muchos de los libros
que había. El tema del libro versus el e-book
es de actualidad, pero se está poniendo viejo solo, como esos vecinos que salen
a la vereda con el mate en la mano desde siempre, pero no recuerdan bien el primer
día en el que para salir no se cambiaron el piyama.
Ya desaparecieron las enciclopedias, por ejemplo. Los Atlas.
Los diccionarios. Los diccionarios de traducción. ¿Hace cuánto que no usan uno
de esos? Los diccionarios de sinónimos y antónimos. Los volúmenes de nombres o
números, de códigos, de teléfonos. Las tablas, los libros de cálculo, los
libros de mantisas. Los directorios.
Los libros contables en papel. Los epítomes, los compendios. Y un tipo de libro
lleno de cifras y datos que me compraba mi abuelo Vicente, y salía a librería
con la periodicidad y la euforia de los de Horóscopos: el Almanaque Universal.
22.2.12
EL DÍA QUE CONOCÍ A SPINETTA / ALMA DE DIAMANTE
A los veinte años hacía una revista de historietas que se llamaba Squonk, con un grupo de amigos. Habíamos hecho otras antes, que nunca pasaban del número uno. “El cerdo Pancho”, por ejemplo, porque uno de los socios se llamaba Pancho. Otros eran Gardel Machi, el Tano Taliano, Biko (que ahora se hace llamar David Paleo), Charli Masci, Cármen, Palimieri, Liliana, Hebe. Squonk empezó por el número cuatro para poder superar ese mito iniciático, y llegamos al cinco. En el camino nos agarró la primera hiperinflación radical de Alfonsín, y nos dejó de cama, como a todo el mundo. O peor, porque ser under es como ser pobre: te pega más.
Digo: la revista era muy muy under. En la publicidad que repartíamos en los cócteles de otros había unos tipitos que decían ¿Squonk? ¿Qué es Squonk? Un proyecto editorial más INTERESANTE que la concha de la lora. Casi nadie nos prestaba atención. En uno de esos encuentros se me acercó un señor a preguntarme si habíamos tomado el nombre del pájaro de Borges, el que se deshace en lágrimas cada vez que lo cazan. Le dije que sí, que lo levantamos de El libro de los seres imaginarios, porque nos sentíamos un poco así. No era que la realidad nos matara todas las veces. En ocasiones éramos nosotros mismos, los que, por nuestra implícita fragilidad, moríamos ahogados en nuestras lágrimas. Le gustó y me invitó a hablar a su programa “El submarino amarillo”. Pero no vengan todos: vos solo, dijo. Era Tom Lupo.
Sigue en Télam.
7.2.12
EL MURAL SUBACUÁTICO / SLT
En la década del 30 el poeta Oliverio Girondo acompañó al muralista mexicano David Siqueiros a buscar un lugar en Buenos Aires para pintar. Siqueiros le había hablado a la intelectualidad argentina con palabras de futurista italiano. Lo trajo la inefable Victoria Ocampo justamente para que se explayara a voluntad. Irritó a muchos. No a Girondo, autor de "Espantapájaros".
¿Cuál era el mensaje de los italianos? Sant´Elía, Marinetti, Carrá hablaban de sepultar el arte antiguo. Las consignas de estos tipos tenían la insolencia de los graffitis: “hagamos volar los monumentos, ocupemos las calles y las plazas, destruyamos los museos, las bibliotecas, las academias…”
A Siqueiros le gustaron los silos del puerto, pero la verdad era que Buenos Aires no estaba preparada para que la pintara un “comunista”...
La nota completa en el SLT
27.1.12
LA FIESTA DEL OVILLEJO / TÉLAM
Con 13 años escribí una versión de "Caupolicán", de Rubén Darío, dirigida a un cura maricón que nos daba clases de música en el colegio. El nombre del tipo era Neri. Era una persona estúpidamente exigente. Se sentaba de espaldas a la clase y tocaba una seguidilla de notas en una flauta dulce. Nosotros debíamos documentar la melodía en el cuaderno pentagramado. No acertaban ni los que sabían tocar un instrumento.
Mi poema se titulaba "Cauchoripán". El mismo Neri me lo quitó de las manos durante una lectura en un recreo, y después me llevaron a la Dirección. Pidió que me echaran (el poema denunciaba especialmente sus modales amanerados, con esa violencia que solo pueden tener los alumnos varones de un secundario de Buenos Aires), y los demás profesores me defendieron (yo solía ser un buen alumno, aunque de pésima conducta). Por lo que terminé quedándome con 24 amonestaciones, una menos de las necesarias para la expulsión. La frase final del director fue: “Nielsen, estas cosas no hacen reír a nadie”. Una mentira que ya había verificado en el recreo: todos se habían reído. Era el año 1975.
Me hubiera encantado haber conocido los Ovillejos de Don Alejandro Nores Martínez en ese tiempo. Me hubiera encantado saber que existía Quevedo, que la Martín Fierro publicaba epitafios a escritores, haberme cruzado con la Humor Registrado que estaba por venir o la Barcelona de estos días. Pero yo tenía solamente 13 años y ni mis padres me pudieron defender: la culpa era mía porque la Satírica no existía en ninguna parte de nuestras memorias. Ahora, después de todos estos años, sé que es uno de los pilares que sostienen a la democracia.
Más en el SLT
Más en el SLT
13.1.12
ATALAYA / CARLOS ALETTO
"Los soldados anotan en un cuaderno lo que va ocurriendo, me contó mi papá que estuvo en la guerra. Escriben para no tener que hablar nunca más de eso. Al general le pareció interesante que lleváramos anotaciones de nuestra guerra. Decidió que fuera yo el encargado. El general Durante siempre decide todo, incluso él resolvió ser general; nadie se opuso. Él es dos años más grande que nosotros.
Eso sí, todos nos pusimos de acuerdo en hacerle la guerra al Ruso; fue cuando descubrimos que robó a Tanga de atrás del arco. El nombre Tanga también lo decidió el general; él dice que todo tiene que tener nombre. La bautizó antes de darle la primera patada. Tanga también se llamó su tortuga que se le murió cuando le pintó los gajos blancos y negros. Él todavía no sabía que las tortugas respiran por el caparazón."
Sigue en SLT
Eso sí, todos nos pusimos de acuerdo en hacerle la guerra al Ruso; fue cuando descubrimos que robó a Tanga de atrás del arco. El nombre Tanga también lo decidió el general; él dice que todo tiene que tener nombre. La bautizó antes de darle la primera patada. Tanga también se llamó su tortuga que se le murió cuando le pintó los gajos blancos y negros. Él todavía no sabía que las tortugas respiran por el caparazón."
Sigue en SLT
4.1.12
LOS REYES DEL RITMO / TÉLAM
La prohibición de escupir en el suelo del colectivo era obsoleta a mis ocho años. Sin embargo, la leyenda siguió pintada durante muchos años más. Ya nadie escupía en el suelo, a lo sumo los tipos abrían las ventanillas y escupían para afuera.
Había otras prohibiciones, me acuerdo. Una estaba dirigida a las madres y a los hermanos mayores. “Prohibido sacar los brazos por las ventanillas”. Los niños que hacen eso no saben leer. En el rubro aberturas también había un recordatorio climático de que en el micro viajaba mucha gente. “Prohibido abrir las ventanillas en época invernal o de baja temperatura”. Y si usted tiene calor, doña, jodasé porque hace frío. Estas vedas vidriadas han sido bajadas de los letreros, tal vez porque ahora en el 37 se viaja con aire acondicionado, y el objetivo es que dentro de muy poco en todos los bondis se viaje con la misma comodidad.
La prohibición de no fumar, extensible al chofer -“cúmplala y hágala cumplir”- es la más pasada de moda, porque ya no se puede fumar prácticamente en ninguna parte de la ciudad. La sugerencia de ceder el asiento a mujeres embarazadas, con bebés o personas de edad, continúa convertida en obligación. Antes era si querías. Ahora, si te sentaste en los asientos reservados, te tenés que levantar. Y te estoy hablando a vos, que te hacés el dormido.
Hay una prohibición que desapareció y estaría muy bien que la pusieran de nuevo, afianzándola en ley. No sé quién habilita estas normas, si la CNRT o la Secretaría de Transporte. La veda que nombro está referida al control de ruido durante el trayecto.
Las radios a válvula eran difíciles de trasladar. Por lo pesadas, por lo grandes, por lo frágiles. Eran muebles alrededor de los que se reunía toda la familia a escuchar la radionovela de las cuatro o el partido de los domingos. No había que mover estos muebles estando encendidos, porque los mecanismos tenían que enfriarse antes. Cuando las válvulas se cambiaron por los transistores, las radios disminuyeron aparatosamente de volumen y se hicieron transportables. La gente podía caminar y escuchar. Estaba el audífono, pero… ¿cómo ibas a “darte corte” escuchando bajito? Que todo el mundo se entere de la música que te gusta, del partido por el que hinchás, del equipo electrónico que te compraste. Al final hubo que prohibir el uso de radios a transistores a volumen abierto durante los viajes.
No cuesta mucho imaginarse ese panorama de ruido y confusión, porque hoy pasa lo mismo con los teléfonos móviles. La gente no utiliza auriculares, y a veces los utiliza pero con la música tan alta, que igual se escucha. Y nunca es Mozart. Siempre chingui chingui del peor. Digo: que cada uno escuche lo que quiera, pero que lo haga en privado.
La sala de lectura de la Biblioteca Laurenciana de Florencia, diseñada por Michelangelo Buonarroti, tuvo (y tiene) apenas unos pocos libros. Cada libro es un mueble, porque antes los libros eran enormes, pesadísimos, y había un sólo ejemplar por original. Son, simplemente, manuscritos de tapa dura realizados en los conventos, fijados con tornillos sobre atriles de madera maciza. A nadie en su sano juicio se le ocurriría llevarse uno de esos socotrocos a su casa.
Con Gutemberg los libros se multiplicaron por miles y se pudieron llevar en el bolsillo, en el colectivo. En el viaje de hoy hasta mi estudio empecé la última novela de Bernhard Schlink. Sin embargo, no la leí en voz alta.
El uso de auriculares es un problema cultural. Así como en los sesenta había que enseñarle a la gente a que no escupieran en el suelo o escucharan con audífono sus Spikas, hoy deberíamos volver a sugerir que se pongan auriculares o apaguen para siempre la música de los telefonitos. Bastante hay que aguantar conversaciones a los gritos, porque “no tengo buena señal, ahí te oigo un poco mejor, ¡hablá fuerte!”. Uf .
2.1.12
EL SABOR DEL ARROZ EN JAPÓN / MI PRIMERA NOTA EN TÉLAM
¡Hola
Napolitana! Hoy arranco con mi columna de Télam, en el
sidecar oficial de mis weblogs Milanesa
con papas y Mandarinas dulces. Y
como estoy escribiendo en estos días anteriores a las fiestas, adonde todo
tiene olorcito a comida, la columna tendrá sabor rico. Con mis socios Max y
Ramiro acabamos de comernos un asado con abundante vino tinto findeañero, para
brindar por el 2011 que se nos pasó volando. La experiencia de escribir en curda
es un ejercicio más de la literatura, y un buen augurio para las columnas que
vendrán.
Max lleva adelante en el estudio el programa Supersudaca, de pasantías universitarias
no rentadas con sucursales en todo el globo terráqueo. Es así que en los
últimos años estuvimos trabajando con jóvenes arquitectos de Rusia, Suiza,
Bélgica, Venezuela, Chile, Bulgaria, Perú, Francia, Uruguay, Alemania,
Lituania, Costa Rica, España y Japón. El trato es triangular entre el estudio,
el pasante y la Universidad de donde proviene. Tiene que trabajar como mínimo
tres meses, nosotros les damos los viáticos locales y las Universidades el
sueldo básico. El otro requisito es que hagan la comida típica de su país.
Así comimos exquisitos crepés en manos de los franceses, arepas venezolanas, tiraditos
peruanos, anticuchos chilenos y comidas de extraños nombres de la búlgara y de
la lituana. No conseguimos que Rubén, el valenciano, nos hiciera una tortilla.
A cambio hizo Sushi. Había aprendido en Madrid, y decidió probarlo con
nosotros. Salió temprano con cuatrocientos pesos al barrio chino y regresó
cargado de paquetes. No le había alcanzado la plata, porque tuvo que agregar al
gasto las esterillas para lograr la cilindrada perfecta de las algas.
Cuando llamó a comer, a media tarde, bajamos la escalera
a los empujones, dispuestos a devorarnos el esperado almuerzo. En la repartija,
nos tocaron seis rolls a cada uno. Estaban ricos, pero eran pocos. Touch Palermo, el chico de Valencia. Ni
usamos las servilletas.
Daiki llegó a la semana siguiente desde Hiroshima. Quiso
hacer Sushi; le tocaba hacer Sushi. Esta vez lo acompañé, para controlar un
poco el gasto. Daiki seleccionó una merluza en la pescadería. Ninguno de los
salmones que le mostraron le pareció amigable. Desechó la idea de conseguir un
arroz especial en Chinataun, le
bastaba con el Doble Gallo. Tampoco se preocupó porque no hubiera vinagre
japonés: agarró vinagre común y lo condimentó con azúcar y tomillo. Pasó
bastante la cocción del arroz, lo volcó en caliente sobre la mesa y nos puso un
bol con agua fría a cada uno. Daiki se ubicó en la cabecera, para cortar el
pescado en lonjas. Nosotros teníamos que mojarnos las manos y hacer los canapés;
él los iba coronando con la merluza. Así lo comía cada domingo en su casa de
Hiroshima, con su padre de sushiman.
No sólo habíamos comido diez veces más niguiris que rolls valencianos, sino que además gastamos únicamente sesenta
pesos y el almuerzo estuvo listo en media hora.
Al domingo siguiente se iba Rubén. Le hicimos el asado de
despedida. Flor, de Siberia, la cadista ocupada de las ensaladas exóticas,
faltó a la cita, por lo que nos quedamos sin acompañamiento. Daiki nos sacó del
apuro: volvió a cocinar la montaña de arroz, y yo corté la carne en lonjas
sangrantes. Las fui poniendo arriba de los canapés.
- Niguilis de calne
-dijo él.
Los regionalismos nos coronan, nos individualizan, nos
distinguen, pero también nos sirven para mezclarnos en esta globalización confusa
y divertida. Riquísimas milangas para
todos en el año que empieza y… ¡salud!
29.12.11
EL PERRO QUE TUVIMOS
Un cuento inédito como regalo de fin de año. En Mandarina, y en Télam.
26.12.11
AHORA ESCRIBO EN TÉLAM
Estoy orgulloso de pertenecer a esta gran Agencia de Noticias. Empezamos con un cuento de "La fe ciega" y seguimos con una columna quincenal titulada MILANESA NAPOLITANA.
Nil en alza, justo a fin de año.
Nil en alza, justo a fin de año.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








