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1.2.12

PRÓXIMO DESTINO: LA MEMORIA / HERNÁN CASCIARI

"Creo que vuelvo al amanecer con gripe, que no hay escuela, y entonces me quedo en la cama a descubrir la televisión matutina, que es muy rara: primero Telescuela Técnica, después las Manos Mágicas y a las once Patolandia el programa feliz. A dejarme poner la bolsa de agua caliente en los pies. A eso creo que vuelvo cuando voy. Pero también a otras cosas.
Al olor del negocio de trueque de historietas de Mar del Plata, por ejemplo. A la textura áspera de las revistas de Disney y a la emoción de encontrar una nunca leída. O a hundir el tenedor en la clara batida y gratinada del pastel de papas, con precisión de cirujano, para oír ese ruidito leve, zsab, que deja escapar un aroma único a carne y pasadeuvas. O a morder la empanada desde las puntas y soplar una esquina para que salga el humo de la locomotora. Y reírnos.
Creo que vuelvo a saltar de la bolsa de dormir antes que nadie, y que salgo de la carpa iglú a las siete de la mañana, a esa hora en que hace frío y calor al mismo tiempo. Que camino hasta el río con paso de experto en la soledad. Que encarno, que tiro la caña, que espero. Y entonces me siento el chico de diez años más grande del mundo. Luego, cuatro o cinco mojarras después, siento los pasos del abuelo Salvador que llega con las líneas para dorados y taruchas. Al humo de sus Particulares 30, creo que vuelvo. A sus consejos de pescador de tiburones.
O a tener dieciséis años y estar sentados en en banco de la 40 con Chiri y el Ruso, hablando de don Miguel de Unamuno y del culo de las chicas de cuarto año. Los tres sabemos (y sabemos también que es un milagro saberlo) que en ese momento estamos siendo felices. La nostalgia del presente la descubrimos entonces, antes aún de descubrir el poema.
Me imagino que vuelvo a casa desde el centro (por primera vez en años, caminando) después de haberme dejado robar en las narices la bicicross. Hago esas seis cuadras muy serio, enojadísimo con el mundo, pensando cómo será mi vida desde ahora, sin bicicleta. Sin esa bicicleta, a la que sólo le faltaba volar. Y vuelvo sin llantos. No debo entrar llorando a casa, no soy un gordito maricón. Tengo que aceptar la tragedia como un hombre de a pie, que es en lo que me he convertido.
También sospecho que vuelvo a sobresaltarme en la cama sin saber si está amaneciendo o cayendo el sol. Sin terminar de entender si todavía es temprano para la escuela o si estoy en medio de la siesta. Alargo esa duda y trato de pensar en otra cosa, para que se llene de misterio la pieza y se estire la incertidumbre, que es hermosa e intensa: como la sensación de despertar en un país que aún no ha sido fundado por el tiempo.
Y sospecho que voy a Buenos Aires, por primera vez solo, y lo miro todo como si viera una pantalla de cine sin bordes. Pienso, fascinado: "acá voy a vivir en unos años; acá voy a coger". Y me pierdo queriendo por Corrientes, la que no duerme nunca. Y entro a un bar y me pido un wisky. Y soporto estoico la media sonrisa del camarero, su cuchicheo irónico con el pelado de la caja. Pelotudos, los dos. Y descubro enseguida que un wisky es algo muy amargo que no me gusta. Vuelvo a todo eso.
Y a orejear la baraja despacio. A ver la panza redondeada de algo que que pueden ser 3 damas, o 3 nueves, o 3 ochos. Esa excitación de tener un proyecto de pierna con dos cartas aún cubiertas. Y rompo el suspenso con un envión del pulgar para destapar el full servido. Y sin fumar. Sobre todo sin fumar (ellos saben, Jorge, que cuando fumás después de orejear es porque ligaste). Y entonces pongo cara de póker, paso a la primera y después me juego el resto, para que me crean mentiroso.
O a caminar por el pasillo de casa en invierno sabiendo que hay cáscaras de naranja quemándose en la estufa. A oler el aire como lo olería un perro. A saberme, por alguna razón inexplicable, protegido y a salvo del futuro. O a ver pasar un sulky por la vereda de la 35 y pensar que los chicos de la Capital no van a tener nunca esa suerte. Vuelvo a estar orgulloso de haber nacido en un pueblo, a pesar de que ellos, los porteños, agarren Tevedós sin antena.
Y a patalear en el Cine Argentino cuando se empiezan a apagar las luces. O a tirarle piedras al farol del Solbaid, borracho como un chancho, y acertarle siempre. Y a vomitar hasta el pulmón jurando que nunca más, pero nunca más, vino tinto en cajita. Creo que vuelvo a marcar cuatro números en el teléfono, con el corazón hecho mierda, para hablar con alguien que amo y no me ama. También a eso.
Y seguramente a más cosas. Pero a ésas, sobre todo, creo que vuelvo cada vez que me bajo en Ezeiza, cada vez que miro mi cielo del sur, una vez al año. Durante las doce horas de avión tengo siempre la ilusión pavota de que estoy volviendo a aquéllo, a mi patria memorizada.
Pero cuando respiro y veo, cuando el taxista guarda mi valija negra en el baúl, entonces me cae la ficha. Entiendo de golpe que solamente he vuelto a la Argentina, a un país cualquiera entre mil países, a un envoltorio para regalos que ya no tiene mi juguete adentro."

29.7.11

EDITORIAL ORSAI N° 3 / HERNÁN CASCIARI

"Cuando hay cuatro oportunidades, la tercera es siempre la más relajada y melancólica. ¿Cuatro días en la playa? Solo se disfruta el tercero. El primero es llegar, el segundo instalarse y el cuarto volver. Únicamente el tercer día nos sentimos cómodos, nos metemos al agua sin pensar en nada y ganamos en el casino. Un matrimonio tiene cuatro hijos: el tercero es el que logra hacer lo que se le antoja; los demás cargan con sus traumas.

Dice la experiencia que la primera ocasión es inexperta, la segunda es caos y la cuarta es definitiva y, por tanto, crucial. En cambio la tercera oportunidad es la más rica en distensión, la menos controlada. Digo esto porque la edición que ustedes tienen en sus manos es la tercera revista Orsai. La tres de cuatro. La penúltima.

Y durante su concepción nos pasó lo que indica el tópico: por una parte notamos que ya aprendimos a hacerla, y por otra parte sabemos que estamos llegando al final. Serenidad y melancolía. Así estuvimos estos dos meses, entre la educación y lo efímero. Y por eso los textos de este número transitan ambos caminos. Nos dio por conversar sobre la enseñanza, los cambios, la vejez y la muerte.

Nos pareció muy conveniente enfocar los sucesos que están ocurriendo en España (y en otros países europeos) al cierre de esta edición. Escribo estas líneas el 19 de junio de 2011, domingo; miles y miles de jóvenes han tomado las calles para pedir la muerte de una democracia caduca y el inicio de una revolución limpia, en donde cada cual haga lo que mejor sabe hacer, sin molestar a nadie.

En este número, un profesor universitario intenta explicar por qué se suicidan sus alumnos y, en la búsqueda, siente deseos suicidas. Una periodista encuentra, en su interior, la fuerza necesaria para asumirse efímera. Un titiritero cuenta nueve historias de su vejez optimista. Un humorista italiano explica la dignidad democrática de los campos de exterminio. Un profesor de química descubre que tiene cáncer y, recién entonces, se decide a vivir una aventura. Una escritora desempleada, durante un viaje en tren, imagina la saga de siete libros que la convertirán en un clásico. Un grupo de músicos, sin estar de acuerdo, le pone ritmo a una época. Un joven lector de blogonovelas muere de un ataque al corazón para que el autor escriba su historia. Un dibujante se sienta cada mañana e ilustra la política de un país envuelto en el caos.

Y detrás de esas historias, unos cuarentones sueñan con una revista, aprenden a hacerla, se relajan, y descubren que están llegando al final. Mientras componíamos esta edición, la número tres, mucha gente en las calles pedía, con las manos en alto, que de una vez por todas cada quien haga lo que más le gusta y lo que mejor sabe hacer.

Nosotros sabemos hacer esto, ojalá lo disfruten."

18.7.11

DIEZ PACTOS PARA FUNDAR UNA EDITORIAL IMPOSIBLE / HERNÁN CASCIARI

"1.Publicaremos únicamente autores que admiremos muchísimo Chiri y yo, y jamás a los que únicamente son mediáticos.

2.La firma del contrato con el autor prescindirá de escribanos, abogados, buitres carroñeros y representantes de cualquier calaña (el supervisor será Comequechu, el pizzero de al lado).

3.La obra tendrá precios razonables en todos los países de habla hispana, sobre todo en aquellos llamados ‘emergentes’.

4.El autor percibirá no el nueve ni el diez, sino el cincuenta por ciento del precio de venta al público.

5.El otro cincuenta por ciento se utilizará para pagar imprenta, logística de envíos y sueldos de diseño, edición y corrección.

6.Los contratos no serán esclavos; después de doce meses, el autor podrá irse a donde quiera sin dar explicaciones ni sentirse atado.

7.Brindaremos al autor herramientas tecnológicas para que pueda revisar las ventas de su obra de manera directa, y cobrar sus royalties semana a semana.

8.Los derechos de la obra pertenecen al autor hasta la eternidad; y si el autor se muere de golpe, o se suicida, o desaparece en un pozo, los derechos pasan a su familia.

9.Cualquier malentendido se resolverá en sobremesa entre el autor y nosotros, y si eso falla, la culpa será siempre nuestra.

10.Si el sistema funciona, la industria editorial deberá explicar por qué sigue pensando que los autores somos imbéciles y los lectores somos piratas."

La nota completa, en ORSAi.

La opinión de Horacio Altuna, en Ñ.

20.4.11

HERNÁN CASCIARI / SEGUNDO EDITORIAL

"No elegí por casualidad esta hora de la noche, ni este día, para escribir el editorial. Fue a propósito: es medianoche en Buenos Aires (y las cuatro de la madrugada aquí en Barcelona) del 16 de marzo de 2011. En este preciso momento cumplo cuarenta años. Pienso, sin opción a pensar en otra cosa, que todas mis primeras versiones (el gordito de diez años, el pajarón de veinte, el inmigrante de treinta) soñaron con que la madurez llegara de este modo: en medio de un proyecto loco y bueno, en el que estén los viejos amigos. Me acuerdo de muy antiguas charlas con Chiri en las que fantaseábamos con los cuarenta. ¿Nos dejaría la vida hacer lo que se nos antojara? ¿Se podrìa seguir conversando de discos, de libros, de pelìculas, cuando llegara por fin la madurez? ¿Nos estaría permitido divagar abajo de una parra, o disfrutar con ideas trasnochadas, cuando viniera el tren bala de los hijos y las deudas? La amistad masculina es una larguísima sobremesa que solamente se desactiva cuando hay fútbol. Nosotros, en esa charla interminable, siempre usamos el comodín de "los cuarenta" como metáfora de peaje. Los cuarenta siempre fueron la edad crítica, la muralla, el límite. Si a esa edad algo se ha roto, decíamos, se habrá roto para siempre. Pero acá estamos: nada se quebró. Hace un par de meses, cuando nos sentábamos a elegir los contenidos de este número de Orsai, nos resultó muy extraño que una idea tan absurda, tan poco seria, tan frágil y adolescente, haya tenido tantos y tan alegres lectores en todas partes. A mí, y eso que soy optimista, me parece una bendición que Orsai tenga un número dos. Quizás sea por eso que toda esta edición de la revista, sus 212 páginas, hablan de segundas veces, de nuevas oportunidades. Nietos que acaban el trabajo inconcluso de sus abuelos, ídolos de rock que se caen y se levantan, viejos amigos que van en busca de flamantes carnavales, presos que se convierten en presidentes, guerras que buscan nuevos tiempos, ciudades que duran una semana y resurgen. Todas son revanchas. En un viejo cuento que escribí hace mucho (y que ahora es la historieta y la portada de esta edición) conté que en 1995 estuve a punto de matar a mi sobrina haciendo marcha atrás con el auto. De haberlo hecho, me habría escondido en Finlandia, ya no habría podido escribir, ni estar nunca más con la gente querida. Bienvenidos entonces los cuarenta. Y las canas en la barba. Y los miedos nuevos. Bienvenida esta crisis que siempre quise vislumbrar sin amargura y que llegó esta noche, por fin, trayendo revanchas dulces y el segundo número de Orsai."

25.2.11

ORSAI / HERNÁN CASCIARI


“Ya nadie necesita una revista de papel. Hay Internet y hay Youtube; además los libros no se venden y las revistas literarias no son rentables. Pero acá tenés una y está en tus manos. Mirala bien: es un objeto de papel encuadernado, tiene un lomo y pesa un poco más de medio kilo. Te costó quince periódicos del sábado. Ahora el objeto es tuyo. Lo compraste sin saber qué habría dentro. Lo compraste sin necesidad, porque sabías que hay un PDF gratis dando vueltas por la Red. En el fondo, y con la mano en el corazón, no tiene sentido que hayas comprado esta revista. Pero ya que hiciste el esfuerzo, que te sirva para algo: acercá la nariz y pasá el pulgar por sus páginas. Si el aire te devuelve un olor, mezcla de celulosa y de tinta, prestá atención a ese olor. La primera o segunda vez que huelas la revista no vas a sentir nada, ninguna emoción. No te preocupes, dejá que pase un tiempo. En tres, en cinco, en diez años, el aroma será más concentrado y reconocible. Este olor, que ahora no te dice nada, un día te va a hacer acordar la cara del tipo al que se la compraste, lo contentos que estaban los dos cuando llegó el pack y lo que te pasó por la cabeza cuando la tuviste en las manos. Ese olor te recordará este tiempo. Es muy improbable que te hayas topado con la revista en un kiosco, o que la hayas comprado por impulso en un Carrefour, o que hayas sabido de ella por una publicidad. Tu relación con esta revista es íntima. Se imprimieron diez mil ochenta ejemplares en el mundo, y uno es tuyo. El olor te hará acordar de una tarde en la que le diste plata a un desconocido, confiando a ciegas, y que te gustó. Hay una historia entre el objeto y vos. Una historia que ahora conocés al detalle, pero que un día será este olor. Esto no es nuevo ni está pasando por primera vez. Tus abuelos olían sus libros y sus revistas antes de leerlos; era lo primero que hacían cuando un objeto encuadernado llegaba a sus casas. Hace muchos años, cuando no había Internet ni bombardeos de publicidad, cuando no existía el intermediario de la industria del ocio, los objetos de papel se esperaban con ganas. Se esperaban en serio. Y los lectores buscaban el olor, primero que nada, porque en el aroma de las cosas que se desean estará, más tarde, el ADN de una sensación placentera. Ojalá que cuando pase el tiempo y huelas estas páginas –que estarán ajadas y viejas- el olor te recuerde que había una cierta honestidad en el aire , y que se podía soñar con una revista. Que te recuerde una época, muy intensa y rara, en la que diez mil ochenta lectores y veinticuatro autores se comunicaron con alegría. Sin nadie en el medio.”