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25.2.14

ADIÓS A BRANDO

Bueno, terminó mi relación con Brando antes de que los pasajes terminaran. Tenía una bocha de ideas y de pasajes para sacar, pero se me cansó Xavier, el fotógrafo, y remontar todo con fotógrafo nuevo no daba: le tengo que explicar, nos tenemos que entender, es empezar todo de cero. El último pasajito que hice no les gustó demasiado porque era muy chiste, una remake de Casablanca berreta (el Obelisco Sur que publiqué ayer). Les pareció pretenciosa, tal vez, o demasiado de verano. Y esas fueron las intenciones.
La plata, como ustedes se imaginarán, era poquísima para tanto laburo: pensar un texto a aplicar en un pasaje, ir a verlo y sacarle mis propias fotos, seleccionarlas en la máquina, escribir la nota, mandar la idea dibujada, corregir la nota. Todo eso lo hacía yo. Xavier sacaba las fotos profesionalmente y las pegaba, otro laburazo adicional. Estimo que también le pagaban muy poco; las cosas aumentaron un disparate en los últimos años de la Argentina y los sueldos de los free-lance están en el free-zer. Por suerte hubo gente divina: Nico Cassese, Fernanda Niccolini, Romina la diseñadora. Fue un placer trabajar con ustedes. Y con Xavi, obvio, gran fotógrafo. Pero se terminó. Gracias, Brando.

21.2.14

MI ÚLTIMO PASAJE EN BRANDO / OBELISCO SUR

Le digo si quiere bajar a un lugar piola, pleno de sombra y frescor. No le digo que me gusta su carita de sueca, y que hace rato la estoy relojeando desde mi puesto de observación de Ugi´s, mientras me como media de muzza. Ella se llama Ilsa, como Elsa, pero con I. Está parada en el kiosco de Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña, vestida de blanco y negro, con una pollerita. Me gusta que no se decida por la Para Ti ni por la Cosmo, y que mire más la Muchogusto, seguro para encontrar mejores recetas. Le cae una gota de traspiración desde la frente. Bajamos.
Como tiene acento de extranjera le explico que si a un porteño le preguntan dónde queda “el pasaje” de Buenos Aires, le indica éste, el que pasa por debajo del obelisco, salida a Cerrito. No hay tutía. Te hacés el regalón con la pendeja, Ricky; qué plato, qué hombre fresco. Ella da pasitos de Barbi, en puntas de pie, y va directo al ventilador, para secarse. Yo me quedo al lado de la maceta, mirándola jugar con su pelo. También me peino en la flechita de la entrada al pasaje, que es espejo. Karina, de Obelico Camping, riega las tres únicas plantas y se queja de la gente que tira los puchos a la tierra. El tango que pasan es “As time goes by”. Se mezcla con la tonada del subte que, más lejana, canta “disculpe las molestias…”
Me le acerco y la agarro por la cintura, bien campeón. Elsita: podés comprarte todo lo que quieras, un portafolio mochila, un Spirithardwear. Soy un tipo de billetera llena. Pero a ella no le gusta ninguno de estos objetos, prefiere la tecnología o las joyas y le indico que hay más adelante, en Antares o en Rey Midas.
Vos elegime un póster y yo te elijo otro. Es un juego, para saber si nos gustamos de verdad. Ella sonríe y pide Casablanca, romántica - ay- pero no hay. Yo le elijo uno de Conan el bárbaro, para clavar con chinches en tu pieza de hotel. El pelado que atiende me explica que la Muni les alquila los locales, y los contratos se renuevan cada cuatro años. ¿Y si no los renuevan? Van a licitación, afirma, con voz cierta. Envidio la certeza de ese hombre y le compro una postal de Batman y Robin, por diez pesos. Pienso mandársela a mi ex para que crea que estoy en el Caribe y se muera de envidia. “Desde estas hermosas playas”, le escribo tapando con la mano para que Elsita no me vea. Pero ella habla por el celu con un tipo, el Ruso, y le dice Ruso me parece que no me voy nada con vos.
Despacho la postal en el Correo Argentino. Por cuatro pesos y diez minutos de cola, soy feliz.  Elsi se queda mirando la Virgen de Luján y, con igual devoción, un teléfono público que no anda, una heladera repleta de gaseosas y un matafuegos rojo.
La invito a que nos peguemos una lustrada de timbos, pero ella está en ojotas. A Carlos, del Salón Inmortal, no le importa: la sienta y le embadurna los pies en pomada negra. Dice “después se hace un baño caliente y la tirita le queda brillantina”. Le pregunto por el enano, para disimular. Andrés se fue a San Juan. Andaba mal de las piernas, pobre. A mí me hace el arolado de mocasín por el precio de una lustrada común, para compensar la inusitada ira de Elsi. Las zapas me quedan espejadas.
No importa, acá abajo sobran locales de calzado, le digo a ella, canchero. De marroquinería y afines a las legítimas Rueda: en esta galería somos adoradores del pie. Nos elegimos dos pantuflas peludas en el 22, que vende “chinelas de cuero”. Los calzados están expuestos adentro de bolsas: parecen panes dulces o pebetes. Se atiende al lado, en el bar.
Allá vamos, con ragú. Pido por los dos, porque conozco a Tati, la cocinera. Para mí el hiperpancho, para Elsi la hamburguesa gigante. Hago un corazón de mayonesa sobre su Paty y le pongo nuestras iniciales con kétchup. La flecha la hago de mostaza. Elsi le mete el mordiscón. La la la, todo este hermoso caos la hace acordar a París. ¿Estuviste en Francia? No, nunca. Los pies negros. En el local de enfrente venden quitamanchas de birome y de sangre (el que compra Tony Soprano), pero ningún quita Washington.
La peluquería se llama Pelos y Barbas, en cuarenta minutos me encargo un corte Príncipe Valiente y ella se hace un carré del tipo Uma en Pulp Fiction. Quedamos hermanados. La vida nos ha cambiado en este pasaje (cuando uno cambia de look, cambia de vida, es mi filosofía más profunda).
En la vidriera de Joyerías Regalos, cerca del Servi Ropa de la señora Elena, ella duda entre el Microtoise higroscópico o un soldador de 120 watts. Yo elijo rápido lo que quiero para mostrarle seguridad, y me llevo la raqueta matamoscas a pila que es alucinante, las moscas hacen fish en el aire y dejan esa mufa… Después de mucho pensar,  se decide por una colección de destornilladores Philips, una microfibra violeta y una lámpara pecera giratoria de 69 pesos. Le digo qué lindo número el 69, pero a ella no le importa, o capaz que en Suecia hacen el 52 y entonces no alcanza a captar el doble sentido. Para disimular le pregunto al vendedor si es de las que reflejan los pescaditos en las paredes, a lo que me responde “queseyó”.
El local 40 es soñado. Elsa se queda un rato, no es para menos. Hay mallas enterizas y una columnata imitación Baywatch con dos salvavidas naranjas. También hay pescados redondos. Le pregunto qué son a la chica que vende. Me contesta “gorras de baño”. ¿Y vienen con cierre abajo? Lo que está viendo es el estuche, señor. Elsa no quiere gorras, quiere una bikini de Los Simpson, pero como no hay lugar para probarse se da media vuelta sin saludar. Yo me llevo un par de patas de rana para usar en la Pelopincho de casa.
“Uno va y vuelve y aparecen  nuevos comercios, ¿no?”, me dice con su voz edulcorada y yo la admiro tanto, es tan inteligente mi suequita… Le digo: “justo lo que estaba pensando, en un pasaje refundante uno vuelve sobre sus pasos y ve un local de Durlock cerrado con maderas y el local de la ASDRA de los dauns  adonde me pareció que antes estaba el de Seiko o el de los Clasificados La Nación.” Creced y multiplicaos, jaja, vayamos a un sitio con más sombra y frescor. Hay que festejar.
Sellos en dos horas, Grabocentro. Le digo de hacernos uno juntos, para sellar esta promenade inolvidable. Me dice que nos unamos por los apellidos (el de ella es Lund), pero a mí no me parece, quería poner Elsita; ella se enoja y tenemos nuestra primera discusión. Al final no hacemos ningún sello, que ninguna burocracia opaque nuestro amor. Además tardan dos horas: dos, ¿entendés?. Un turno. Pero ella no entiende porque es sueca, a lo mejor en Suecia los turnos duran más tiempo. Primer mundo y subdesarrollo,  choque de culturas.
El local de Citizen tiene cientos de relojes que nunca están en hora. Anotamos en un papel, para después poder jugarle a la quiniela, y la hora más repetida es las diez menos diez. Faltan diez para las diez, digo, pero ella no entiende porque en Suecia no pasan a Balá.
Llegamos a Artemundo y Catalina nos va a dar un sorpresón. Vende posters de cine como en La Baticueva, pero mucho mejores. Consigo el de Bogart que ella ansiaba, y me da un deja vú tan francés que le digo a Cata ¿acá antes no vendían revistas usadas? Niega con la cabeza mientras me cobra. Agrega que a lo mejor es en el otro pasaje, el Obelisco Norte, en el que también venden muñequitos. No se puede ir de uno a otro por abajo, salvo que pagues el subte. “Toda la gente se los confunde, pero el Sur es mucho mejor. El otro es más caluroso, y en estos días…”
La dejamos hablando sola cuando enfilamos para el Subte. Tengo que cargar la Sube, le digo a Elsi, con un guiño capcioso que ella no ve porque está meta maniobrar su celular, para contestar unos mensajes urgentes que parecen perturbarla. Su carita se aperra. No la suelto del brazo cuando le doy los 20 pesos a la señora línea D combinación con B o C. Miro a mi espalda. Hay un hombre ahí, sentado sobre el primer molinete, después del cartel de Duracell. Es un gordazo. Habla y me cuesta entender que le hable a Elsi. Dice:
- Te mandé dos inboxes por el feis.
- En el aipod solamente  puedo recibir esemeenes y wasáps -contesta ella.
- Suerte que me guié por tu gepeese -sigue él-: indica obelisco y un emoticón de cebolla, lo que significa que estás bajo la tierra. ¿El señor…?
A ella se le caen los regalos cuando hace las presentaciones. El Ruso Csilebo, piquetero. A mí me presenta como a su tío Ricardo. Duracell siempre dura más, mucho más que cualquier pila de carbón. Me pregunto si durará más que una alcalina, ganarle a una de carbón tiene que ser una pavada. Veo irse a Elsita de la mano del PO. Una que gana la izquierda, y me amargo. “PUEDO SUPERARME”, leo en el otro cartel. Stamateas, amigo.

Siempre tendremos París.

17.1.14

REFERENCIAS PASAJE LOS ANDES

1- Se ve para adentro. Espíen,  vayan hasta allá y espíen. O pidan que los dejen entrar, alegando el  Reglamento de la Primera Casa Colectiva Municipal,  del 10 de marzo de 1927: “Los patios y jardines son para uso común y su permanencia en ellos es libre tanto para los inquilinos como para los extraños, recomendándose a los inquilinos su vigilancia, conservación e higiene para beneficio comunal”.

2- ¡Ah, que belleza poder  entrar por este porche!  Un techito a escala del peatón que está con su llave para abrir la puerta cancel. Si llueve, no se moja. Así debería ser siempre.  Venimos con las bolsas de la compra, con la bici, queremos un cariño antes de entrar.  Bereterbide se murió pero sigue dando clase desde sus construcciones.

3- A cada terraza le corresponde una pérgola de hormigón. Sobre la pérgola, glicinas y parras. Bajo la pérgola:  la Pelopincho, la parrilla tambor, la hamaca paraguaya.


4- Si yo digo que estas fachadas son pintoresquistas, algunos historiadores me van a tirar con un zapato. Pero son los mismos que, a la hora de curar la exposición de Mueck en PROA nunca dicen que el tipo es hiperrealista, porque Mueck les pidió que no se lo dijeran a nadie. Por suerte tengo ojos y veo,  y esto es pintoresquismo argentino. Tan nuestro como un choripán, voto a los techos de tejas, los artesonados de madera, las persianas verticales y el ladrillo a la vista.

15.1.14

PASAJE BRANDO DE ENERO / COMPLEJO LOS ANDES

Martín Huberman tiene un Monoambiente en el conjunto Los Andes de Fermín Bereterbide, a pesar de que el conjunto tenga solamente departamentos de tres, cuatro o cinco dormitorios, y nunca uno de un solo ambiente para habitar. Monoambiente se llama su proyecto, y está abierto en uno de los veintitrés locales que dan al exterior. Medio en serio, medio en broma, el diseñador argentino se siente como su santo (San Martín) y cruza Los Andes diariamente para llegar hasta allí. Con menos esfuerzo que el patriota de a caballo, pero con las mismas ganas. Por eso traigo al complejo Los Andes a una página dedicada a los pasajes: si Huberman pasa, es un pasaje. Empiezo otra vez. Esto no es un pasaje. Lo debería poner como título, pero corro el riesgo de que mi editor de Brando me lo cambie por otro que le venga mejor al tutti fruti del índice. “Magritte da un nombre a sus cuadros (algo así como la mano anónima que ha designado la pipa mediante el enunciado “esto no es una pipa”) para mantener a raya a la denominación. Y, sin embargo, en este espacio quebrado y a la deriva se anudan extrañas relaciones, se producen intrusiones, bruscas invasiones destructivas, caída de imágenes en medio de las palabras, relámpagos verbales que surcan los dibujos y los hacen saltar en pedazos” (Miguel Foucault). Desde afuera el conjunto Los Andes, situado entre las calles Concepción Arenal, Leiva, Rodney y Guzmán, parece una manzana de Buenos Aires. De hecho, lo es. Por adentro parece un pasaje. No es una pipa. Fermín Bereterbide fue un gran arquitecto, egresado de la UBA en 1918. A los dos años de recibido ganó su primer concurso de vivienda colectiva, organizado por la Unión Popular Católica Argentina para el barrio de Flores. El conjunto Los Andes también fue resultado de un concurso impulsado por la Ley Cafferata y la Comisión Nacional de Casas Baratas en 1926. ¿Qué habrá tenido de extraordinaria para obtener el primer premio? Respuesta: su innovador interior de manzana. Adentro hay patios, terrazas, pérgolas, placitas, una fuente, una cancha de fútbol, árboles, calles, veredas, asientos. La miniaturización del parque de un pueblo de provincia, pero ubicado en Chacarita, a metros de las avenidas Corrientes y Dorrego. Y todos esos lugares son para compartir con cada una de las personas que lo habitan. El proyecto de Bereterbide tiene la misma densidad que dos torres de 15 pisos con basamento para autos y salones de usos múltiples. Pero la diferencia la hace el diseño. Con las torres hubiéramos conseguido un descampado con una muralla perimetral hacia la ciudad. La muralla puede ser muy segura para sus habitantes, como pasa en los barrios cerrados, pero no le sirve al paseante, al peatón. Es la nada misma, una pared con alambres de púa por arriba. Hay un montón de lugares en Palermo, producto de la especulación inmobiliaria, que prometen seguridad para las seiscientas personas que viven ahí , al tiempo que se cagan en la seguridad de los miles que pasan caminando diariamente por su puerta. Y no se trata solamente de seguridad: caminar al lado de un murallón es feo. Y del otro lado estás preso, por más pileta climatizada que tengas. Bereterbide recompone el borde de la manzana disponiendo doce bloques de vivienda de 4 pisos, con plantas en forma de “L”, “T” o “I”. Y con estos juguetes arma los patios y plazoletas, mucho aire y sol para ventilar cada casa y cada una de las terrazas. En su momento las viviendas y locales fueron alquilados por la Dirección de Rentas a obreros que ganaban menos de 400 pesos moneda nacional por mes. Con la ley de Propiedad Horizontal de 1948 fueron vendidos a sus inquilinos. Hoy el target cambió: cotizan como palacetes, y todo es debido a su hermoso diseño urbano. Las inmobiliarias deberían aprender que se puede conseguir buena densidad y renta con mejor calidad de vida, hoy que estamos tan estupidizados por la inseguridad. Este ejemplo de vivienda colectiva con servicios comunitarios fue vanguardia progresista de justicia e igualdad social. El mismo Bereterbide era socialista. Hoy Los Andes es simplemente un ejemplo de ciudad jardín enclavado en CABA: verde, bien ventilado y mejor asoleado. Son ciento treinta viviendas grandes, con servicios comunes, baños públicos, lavaderos, jardín de infantes, oficina de correo, teatro, biblioteca y locales comerciales. Monoambiente queda sobre Concepción Arenal, una de las calles laterales del conjunto. Es una galería de Diseño y Arquitectura Experimental. Más que galería, ya es un Medio. La experimentación le ganó a la exhibición. A Martín lo deben conocer por su esfera de cestos plásticos de basura que recorrió el planeta. Se llama Canasto Zombie. Él ahora quiere que lo reconozcan como curador: en su galería podemos ver un panel divisorio modular de ambientes denominado Triombo, de los capos Adamo-Faiden. También algunas obras de José Maserazzo, un ingeniero argentino que hace finos artefactos lumínicos con acrílico e imanes. Martín dice por fin que está cansado de su Canasto Zombie, que lo desarmó en su última versión, la dorada, para regalárselo a los amigos. Dice que cada parte es un talismán. ‘Aunque no lo puedas creer’. Le pido a Martín que me diga por qué se mudó a Los Andes y sin dudar contesta: “Cuando conocí el complejo entendí que la modernidad de los PHs modernos y los fideicomisos de zona norte son zaraza. Los Andes es el lugar que defiende verdaderamente los preceptos de la excelencia del habitar. Los Andes es la declaración más feliz de la habitabilidad mínima. Y en su tiempo fue tan experimental como ahora es Monoambiente, mi sitio”. Me voy contento con uno de los canastos dorados bajo el brazo. Si hasta ahora tuve suerte en la vida, en adelante la pienso romper. La composición del Complejo Los Andes es clásica: hay un eje de simetría que pasa por el medio de la planta, a lo largo del conjunto. Pero también hay crítica al clasicismo: no se accede por ese eje. Esto a veces puede no ser una pipa, como pensó Magritte. La cuadra corta que da al parque parece abierta al transeúnte, pero está cerrada y tiene una especie de mirador bajo una pérgola repleta de rosales, para que los de adentro del complejo se sienten a conversar. En sus bancos se enamoraban las empleadas de Harrod¨s con los electricistas de la Empresa Velazco y Justo, los que hicieron la obra. Fue en el ‘30. Ahora se enamora la gerenta del Coto de un programador del Centro Metropolitano de Diseño. Con las manos entrelazadas de la misma manera y el mismo olor a rosas en el aire.

20.12.13

REFERENCIAS PASAJE ANCÓN

1- Quetrén, quetrén. 2- El edificio circular de los milicos. Es un rulero gigantesco, con un absurdo patio adentro, imposible de usar. Vive mucha gente del ejército argentino. Ellos están orgullosos. Es construcción industrializada. Aparece por detrás del paredón. Horrendo bodoque. 3- Este arbolazo se llama “ligustrum lucidum”, o ligustro disciplinado. Al lado hay un tilo. Ninguno de los dos árboles es el responsable del espléndido perfume que se huele aquí, por más disciplinados que se vean. 4- Los jazmines de leche cubren esta casa de estilo pintoresquista. Sus flores son las dueñas del delicado aroma. En primavera suelen estar siempre blancas, bañadas y peinadas. 5- La gente estaciona sus autos de una manera no común. Están puestos como los libros en una estantería, de punta. 6- Cartel de obra: alguien construye un reciclaje en este edificio academicista. El estudio de arquitectura se llama zzarq. Descubro que están entre mis amigos del feis. Les mando un mensaje para saber cómo quedará. Me aseguran que las obras competen solamente a los espacios interiores: la fachada seguirá intacta. “Es un APH*, por lo que está protegido”, me dice Claudio, uno de los arquitectos con quien logro hablar. “Eso hoy ya no es garantía de nada”, le digo. “En el último tiempo, en Buenos Aires, he visto caer edificios más protegidos”. Estoy harto de las demoliciones impropias: muy pocas cosas son mejores que el academicismo para un pasaje. O el art decó, o el nouveau. Ya lo vimos en notas anteriores y lo seguiremos disfrutando aquí. Me alegro de que esta esquina vaya a seguir en pie, albergando nuevas actividades. Felicitaciones a los zz. 7- El nuevo edificio llevará este breve título: “Fundación euro argentina para la escuela de orientación lacaniana del grupo freudiano”. Sin repetir y sin soplar. Antes era una clínica, me cuenta Claudio, a la que parece que venía el Che a atenderse del asma. 8- Ravignani, la que baja. Mantiene los tres niveles, posee un par de buenos ejemplos de funcionalismo y decó, con las ventanas tapiadas desde que los conozco. La luz no entró por décadas a sus interiores. Me da escalofríos. 9- Los edificios altos aparecen por atrás. Son objetos lejanos, propios de otra ciudad. Nuestro “oscuro cuarto cerrado” los mira como a posters de otros planetas. Para ver pasar el teatro de la vida preferimos los rincones, ancones. 10- Cruzo. Ancón sigue por una cuadra más de este lado de las vías. ¿Agregué en alguna parte que las obras del movimiento moderno dignifican nuestra porteñidad? ¿Aunque sean medio berretas, o estén inapropiadamente revestidas y enrejadas, o las hayan ampliado mal? *Area de Protección Histórica

19.12.13

TEXTO PASAJE ANCÓN / LA VOCACIÓN TEATRAL

Estamos ante un pasaje con ambas calzadas construidas, en el barrio de Palermo. Se llama Ancón. En geografía hay un montón de lugares denominados así: en Ecuador, Panamá, Colombia e, incluso, la Provincia de Buenos Aires. Parece que es el primer pueblo por el que pasó Manuelita al salir para París desde Pehuajó. Si buscamos una denominación en el diccionario, la palabra ancón tiene dos significados. Por un lado es una pequeña ensenada para ir a fondear, por otro -y en México- el rincón oscuro de un cuarto. No sé por qué le habrán puesto ese nombre a nuestro pasaje, pero la acepción mexicana le va fenómeno: es una calle doblemente cerrada en las puntas, como una habitación alargada que no tuviera techo. En la punta sur hay un portón de chapa. Espiando vemos el descampado de un depósito, con un estacionamiento por debajo del nivel de vereda. De la punta opuesta sale, tangencialmente, el paredón del Ferrocarril Mitre. La calle que atraviesa Ancón es Ravignani, que en este tramo va desde el Viaducto hasta Luis María Campos. Ravignani también parece un pasaje, aunque después del viaducto se extienda hacia Chacarita. Ancón, del otro lado de las vías, sigue una cuadra y media. Ya vimos con Gorostiaga que muchas calles de Buenos Aires a veces se convierten en inesperados pasajitos, cambiando sus características mundanas por otras más secretas. Ravignani en este tramo dura dos cuadras, se curva y se vuelve en pendiente. Una calle curva en Buenos Aires se nota en las bocacalles de las manzanas rectas como una escenografía de fondo: no se ve hasta el infinito, sino hasta ahí nomás. Y si asciende o desciende (como en este caso) es mejor, da un efecto teatral que hubiera querido Andrea Palladio en su Teatro Olímpico de Vicenza (1580). De hecho, la bocacalle de Ravignani y Ancón funciona como una ventana donde se ven las fugas deslizarse en pendiente hacia la derecha. A bambalinas. El tren celeste y blanco hace de fachada inestable: está quieto, está en marcha; viene, se va. Pasa. Es una fachada cinética. Un telón. Cinéticos son también los grandes árboles, el ligustro y las enredaderas que toman los frentes de las casas. Tiemblan con la brisa. Todo parece dominado por un entusiasmo encubierto para que, por fin, pase algo. La función está por empezar. El fondo del Teatro Olímpico de Palladio es un decorado permanente que imita a la ciudad. El proscenio tiene siete vanos que se “meten” en la corta profundidad de la capilla, simulando ser las largas vías de Tebas. Producen ese efecto mediante los trucos perspectívicos inventados por Leonardo da Vinci y que tan bien manejaba Don Andrea. Vicenzo Scamozzi, constructor, le puso la onda romana imperial cuando el arquitecto se murió. Desde esas puertas, pequeños pasajes forzados, se asoman los actores. En Ancón vivió durante un tiempo un conocido escritor y editor que se casó con la mujer de su amigo íntimo. No es que se la hubiera robado. Aprovechó uno de esos momentos frecuentes en que la pareja original se peleaba, y el marido se ausentaba en busca de un departamento libre para curarse de las heridas del amor. El editor había sido, hasta ese momento, amigo de los dos. Mejor dicho: amigo íntimo de él, y amigo de ella por propiedad transitiva. Un día fue a tomar el té porque la chica estaba muy triste y se quedó una noche, dos, tres. Semanas, meses. Las mujeres de los amigos no se desean hasta que ellas los echan, o nuestros amigos simplemente se cansan y se van. A verbis ad verbera. El que se fue a Sevilla explotó de ira. Lo que se dice, el melodrama de las cinco. No sé cómo habrá terminado el despechado; los amantes se casaron y finalmente tienen una hijita. Y se mudaron a un barrio de manzanas normales, ortogonales, cuadradas, comunes. Por las dudas. Les cuento esta historia sin la intención de reavivar viejos rencores, ni para chusmear a lo Rial. La traigo como ejemplo de cosas que pasan en los pasajes. El mundo es chico siempre, pero en un pasaje es más chico. Ancón es un lugar apropiado como la escena de un teatro. ¿Qué historias se guardarán tras las persianas quitadas de la casa academicista de la esquina, a punto de ser convertida en un instituto lacaniano? ¿Qué barrica del amontillado esconderán las ventanas tapiadas del castillo de Ravignani, calle abajo? ¿Será cierto que por las noches recorre las veredas el fantasma del Che Guevara? Un pasaje chico es un infierno grande, dice la gente. ¿O era “pueblo”? Por las dudas vayan y lean ese extraordinario cuento titulado “Infierno grande”, del escritor Guillermo Martínez. Se los doy como tarea para el hogar en este mismo instante. Una verdadera obra maestra de la literatura. No me explico cómo todavía no la pasaron al teatro, o al cine.

15.11.13

REFERENCIAS MU

1- Despensa Raquel Fiambrería. Te salva en los findes, cuando ya todo está cerrado, el músculo duerme y la pasión descansa.
2- Por acá está tomando sol Don Jorge Caso, el vecino que me enseñó a manejar. Tiene 82 años y una tradición como profesor de conductores en grandes empresas de ómnibus locales. Un capo. Vive con una gata llamada Manchi.
3- Esta es la casa de Fernando, nativo del planeta Trafalmadore e inventor de la pistola de banditas de goma a repetición más efectiva de todo el Universo. Su mujer se llama Mariana. Su hijo más pequeño, Fede, será reconocido en el futuro como un genio de la plástica argentina. Avisé.  
4- Enfrente a esta casa vive el Tucu, hacedor de las mejores empanadas de carne cortadas a cuchillo de la cuenca del Riachuelo. Un bebedor imposible de empardar a la hora de la buena cerveza.
5- Este es el camión de Pablo, casado con la arquitecta Andrea, padre de Fedra y de Lucano. Tienen un motor de agua que hace un poco de ruido a la noche, pero también tienen la infinita delicadeza de apagarlo para no molestarme cuando duermo. ¡Los quiero!
6- Acá viven Elsita y René. Elsi fue contable y ahora vende unas aceitunas negras que son una delicia; deberían probarlas. René fue maestro de scouts en la iglesia del Sagrado Corazón, y tuvo a Beto Menéndez, el jugador de Boca, como compañero de tareas.  
7- Calle Pedro Arata y entrada al Oasis Magaldi.
8- Manzana tallarín.
9- Ubicación del pasaje Unamuno.

10- Manzana herradura como límite construido al Oasis Magaldi. 

13.11.13

MIRO HACIA EL CIELO Y DIGO WHISKY: PASAJE MIGUEL DE UNAMUNO.

“Ni el sentimiento logra hacer del consuelo verdad, ni la razón logra hacer de la verdad consuelo" Del sentimiento trágico de la vida, Miguel de Unamuno.

No había leído a Unamuno cuando me mudé al pasaje Unamuno. Lo leí después. Y me cayó la ficha de algo que me había dicho Abelardo Castillo: que Unamuno era un grande, pero sus argumentos racionales cedían en cuanto dios hacía su aparición en las páginas de sus libros.
Para la lectura de una ciudad utilizamos mapas que casi nunca tienen la objetividad plana de la Guía “T” o la “Filkar”. Porque al recorrer una ciudad le agregamos al mapa nuestros sueños, nuestros gustos, nuestros recuerdos. Ni qué hablar de los segmentos de ciudad que se modifican por razones políticas o sociales. O por un crimen. Cruzar el puente Pueyrredón después del asesinato de Kostecki y Santillán ya no es lo mismo que antes. Ahora el puente parece un monumento, y cruzarlo da un leve escalofrío.
Revisando el primer párrafo me doy cuenta de que escribí dios en minúscula, debe ser porque soy ateo. Por eso me molesta de Unamuno que después de la frase del epígrafe se despache, como si pasara una publicidad, con frases del estilo “Dios no es sentido sino en cuanto es vivido, y no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Él”. Me sabe a catequista de primaria.
Puedo trazar mi propio mapa de Barracas, y estará dibujado en un layer de cariño. En mis referencias a la cuadra habrá nombres, personas, ya no el glosario arquitectónico al que los tengo acostumbrados. Llegué al barrio huyendo de un desalojo en un momento muy malo de mi vida, y encontré tranquilidad y recepción. Descubrí el lugar porque estábamos haciendo los concursos de Oasis Urbanos con mis socios Max Zolkwer y Ramiro Gallardo. La manzanas Magaldi - Unamuno quedan a dos cuadras de Iriarte y Velez Sarsfield, y a tres cuadras de la Villa 21-24. Me encantó el extraño trazado del arquitecto Fermín Bereterbide durante su paso por la Muni en los años 30: acá se entra, mediante pasajes, a corazones de placitas. Como en la manzana Butteler de la que hablamos en agosto, que tiene ingreso por las diagonales.
También me gustó la cantidad de espacio verde que hay por los alrededores: el Parque Pereyra mide tres hectáreas y media, y tiene un lago artificial. También me gustó la delirante feria comercial que la Villa nos regala cada domingo: es un bazar persa del que hablaré próximamente, cuando describa los pasajes nómades.
La dirección de Desarrollo Urbano del Gobierno de la Ciudad llamó a concurso para rediseñar estas placitas tan degradadas. A nosotros se nos ocurrió la idea de las “puertas” cuando fuimos a visitar la zona, y casi solamente con esa idea nos presentamos al concurso. Se trata de lo siguiente: las placitas están ocultas en la trama. A la Unamuno, que es la de la izquierda en el dibujo, se la descubre por los vértices, llegando desde mi calle o desde Aníbal Ponce. A la Magaldi se entra en la mitad de manzana, a través del pasaje Pedro Arata. La sorpresa de encontrar esos interiores es tremenda. Decidimos diseñar unas pérgolas grandes que funcionaran como “puertas urbanas”, con la intención de recibir a la gente con sombra cuando se decidieran a pisar el espacio.
En esos días compré mi Cuchitril, un PH de fondo en una manzana tallarín de Bereterbide. Ninguna de las casas del barrio son documentables por sus hazañas arquitectónicas. Compré ese PH  porque era barato y porque el barrio me hacía acordar a uno apacible en el que viví cuando era chico.
 De Unamuno también leí “La tía Tula”, que me gustó más o menos, y un extraordinario libro de reflexiones y anécdotas de escritores titulado “La vida literaria”. El pasaje resultó ser muy manso, lleno de gente que podría disfrutar del querido opositor franquista, si lo hojeara. Mi mapa de la cuadra es emocional por demasiadas razones: esta gente me ayudó, me aceptó, me quiso. Me leyeron, aunque les recomendé que leyeran al Viejo Católico.
Cuando estaba en mitad de la refacción del PH, apremiado por el tiempo y dinero, sonó mi celular. De la Muni nos avisaban que habíamos ganado el concurso. Salté de alegría. Pasó un lapso de planos y licitaciones, y al fin se hicieron. Estrenamos placitas el mes pasado.  Los vecinos están chochos. Nosotros, más. Pudimos triplicar la luz en un barrio oscuro, pusimos mesas de pimpón, nuevos juegos para niños, más árboles, más asientos, solados, pasto.
Ser arquitecto es ansiar hacer espacio público. Poder construir el lugar de los sin nombre, la maravilla a la que aspiramos como profesionales. Con la intuición y el deseo de estar colaborando a mantener un equilibrio democrático en esa parte de la ciudad que pasa afuera de las casas. El lugar que es de nadie, nuestro, de todos.
Le digo a mis socios: “después de hacer un espacio urbano hay que mirar hacia el cielo con cara de agradecido, y sonreír”.
- ¿Unamuno te lavó el cerebro? - pregunta Ramiro.
- ¿Ahora creés en Dios? - pregunta Max.

- No -les respondo-: es para la foto del Google Earth.

30.10.13

REFERENCIAS PASAJE LANÍN

1-La mayoría de collages del pasaje Lanín tienen una presencia casi líquida: amebas, gotas, espermatozoides, ríos, lagunas, óvulos, charcos, células. Otras, las que parecen líquenes o lianas, conforman el orden vegetal. Graciadió no hay personas ni animales.

2- La alegría principal de las dos dimensiones se llama color. Si además hay solcito y el aplicado es vítreo, hay que agregarle una sobre alegría divina, un plus propio de este pasaje: el brillo.

3- Fachada a la espera de la aplicación. Tiene solamente hecha la carga de la terraza, lo que quiere decir que este vecino tardó en donar su frente al proyecto artístico de Marino y la Muni. El sistema es el siguiente: los vecinos le tienen que pedir por escrito una obra al artista, que se ocupa de toda la gestión municipal y la realización. Al vecino le sale gratis. Las fachadas que se ven completas son las pautadas desde el año 2001, en el que inauguraron el pasaje como galería de arte a cielo abierto. Las de mosaico parcial, como esta, son las que se decidieron cuando en el barrio se hizo Casa FOA.

4-Aquí el artista explora el paso dos de todo collage: la exageración del relieve. Las franjas verticales están remarcadas como si fueran pilastras que no sostienen nada. La técnica es la de siempre: azulejos y mosaicos rotos, más venecitas de colores. La diferencia, en estos sectores más corpóreos, es que llevan debajo una carga mayor de mortero de asiento.

5- Para ganarse a los vecinos, lo primero que Marino Santa María gestionó con la Muni fue la  reparación de todas las veredas y cordones, con más iluminación. En lugares peligrosos como Barracas (eso dicen los GPSs) es fundamental tener prolijos esos dos ítems: luz que espante en choreo y piso firme por si hay que rajar. Así Santa María se metió a los vecinos en el bolsillo. La vereda quedó con su terminación de baldosa vainilla original.

6-  Todo lo que es moldura no lleva mosaico, como vemos en esta clave sobre dintel recto. La moldura de por sí es un ornamento; ornamento sobre ornamento hubiera resultado empalagoso. “Las molduras son el estilo de las casas,” comenta Marino, “su propia escala de nobleza”. Coincido.

7 – Placa de bronce con esta inscripción: “La República de Barracas a Marino Pérsico. Maestro, ceramista y amigo“. Santa María es hijo de Pérsico, pero tomó el apellido de la madre para no repetirse.

8 – Esta es la puerta del taller del artista. El día que fui había cinco alumnas, tres ayudantes y dos perras, la mamá con su cachorra. Estuve jugando con la chiquita un rato, mientras esperaba. Divina, casi me la llevo al Cuchitril. Le hubiera puesto Diana.

9- (acá pegué un lunar de la muestra de Yayoi –shhhh, no digan nada)


10- Dos casas más allá está el paredón de ladrillos que nombré en la nota, con el tren pasando por arriba. Después la calle dobla y sigue, convertida en una normalidad vial porteña, esas cosas comunes de Buenos Aires que nunca vamos a describir en estas páginas. ¡Aguanten los pasajes!

28.10.13

PASAJE LANÍN

- Detesto los murales figurativos, esos que a cada tanto aparecen en las paredes de las ciudades y están llenos de obreros con martillos. Creo sinceramente que si esos murales no existieran habría más reivindicación social para la clase trabajadora. Un mural figurativo de izquierda es un premio consuelo en la medianera de un Banco. Una iconografía que le sirve, sin querer, al liberalismo más afilado.
Digo esto sin pestañear. Marino Santa María, hacedor de murales, agrega:
- Y yo odio los de tango.
Dice que cuando empezó a diseñar su proyecto para el pasaje Lanín, la única certeza que tenía era que no iba a hacer nada que tuviera que ver con la tradición muralística de Barracas, emparentada con el tango y con los obreros.
“Para casa, mejor lo abstracto”. Se ríe. Él lo heredó de Gaudí, y Gaudí de una tradición española contaminada por moros y árabes que evitaban cualquier representación natural cuando trabajaban con mosaicos.
El pasaje Lanín está formado por dos cuadras que terminan contra un murallón marrón del ferrocarril que va a Constitución. Marino Santa María tiene su taller en el número 33. El pasaje no es un cul de sac, dobla en el muro y pasa a llamarse Brandsen.
- Trabajamos con varias jefaturas de gobierno, desde hace más de diez años. Hemos tenido continuidad. Los primeros esfuerzos se concentraron en las reparaciones de revoques y veredas. Más adelante empezamos con la obra artística, hasta hoy. El pasaje forma parte del recorrido de la Noche de los Museos.
Cuando llegué a Barracas, le confieso, no sé si lo apreciaba tanto. Ahora que viví aquí  unos cuantos años, sé de la alegría que le agrega al barrio, y del sentido de pertenencia que supone tener una casa que es parte de una obra artística a escala urbana. Me gusta, y estoy seguro de que me gusta racionalmente, y no porque me haya influido el acostumbramiento debido al extraño “síndrome del souvenir”. ¿Vieron que cuando viajan al extranjero el primer día todos los souvenires son incomprables, y al cabo de una semana nos venimos llenos de esos regalos que aquí en Baires vuelven a ser horrendos? A eso le llamo “síndrome del souvenir”. Repito, no es el caso, aunque conozco a más de un profesional al que esta operación aplicada en el pasaje les parece cachirula.
¿Por qué nos asusta tanto a los arquitectos el tema del ornamento?
Dice E. H. Gombrich en “El sentido del orden”: “El ornamento es peligroso precisamente porque nos enajena y tienta a la mente para que se someta sin la apropiada reflexión. Las atracciones de la riqueza y el esplendor son para las personas pueriles; un adulto maduro debería resistir estos engatusamientos y optar por lo sobrio y racional. En este sentido, las advertencias contra los despliegues de decoración son un tributo a su atracción sicológica. Se nos pide que estemos en guardia porque pueden actuar demasiado bien.”
Para el crítico lo cuestionable desde el punto de vista de la ciudad es el ocultamiento de las fachadas. El envoltorio siempre tiene algo de falsedad, de use y tírelo como a todas las modas, de despropósito o superabundancia. Según cuenta Platón,  Sócrates retaba a sus discípulos para que estuvieran en guardia contra los atractivos de la oratoria sofística y el habla refinada: los “adornos” del lenguaje pueden confundirnos y desviarnos del argumento principal. Hasta ahí vamos con la teoría. La obra de Marino Santa María salió por las puertas de su taller y se viralizó en coloridos puntuales hasta llegar a la avenida Suárez.
Acaba de terminar la muestra de Yayoi Kusama en el Malba, donde la japonesa nos mostró su obsesión llevada al infinito. La extraordinaria exhibición, trending topic de visitas del museo, fue curada por los franceses Philip Larratt-Smith y Frances Morris. Había un cuarto mágico donde los puntitos encendidos de Yayoi se multiplicaban en espejos. Había cientos de pinceladas puntillistas rojas y verdes sobre telas enormes. Había lunares en stickers para aplicar en una habitación blanca denominada “The Obliteration Room”. La gente se pegaba Kusamas en la cara y la ropa, y multiplicaba por miles de millones las imágenes de la experiencia en las redes sociales.
Frances Morris dice de ellos: “Sus públicos más fieles y otros desprevenidos han visto cómo sus puntos coloridos colonizan las calles, cubren los ómnibus de Matsumoto, las vallas de las obras en construcción de Manhattan, troncos de árboles en el Southbank de Londres o la fachada del Malba en Buenos Aires. Llegan sin aviso por las noches, como los tags de los grafiteros, para transformar a su manera nuestras ciudades, convertidas en el mundo de Kusama”.
“Cuanto más primitivo es un pueblo, tanto más pródigo es con sus ornamentos, con sus adornos. El piel roja recubre una y otra vez con ornamento cada objeto, cada barca, cada remo, cada flecha. Pretender dar importancia a los adornos significa ver las cosas desde el punto de vista del piel roja. Pero nuestro piel roja interior debe ser superado. Esta mujer es bella, dice el piel roja, porque lleva anillos dorados en la nariz y en las orejas. Esta mujer es bella, dice el hombre en la cúspide de la civilización, porque no lleva anillos dorados ni en la nariz ni en las orejas. Buscar la belleza únicamente en la forma y no hacerla depender del ornamento es la meta a la que aspira toda la humanidad.”
Las últimas son palabras de Adolf Loos, en un artículo escrito en 1898. Le creí bastante tiempo al autor de “Ornamento y delito”. Lo leí y le creí. Puede que todavía le de la razón, los días en los que hago dieta estricta y no tengo que tomar alcohol.

Para el resto del tiempo: pieles rojas, Kusamas y Santamarías.

10.9.13

REFERENCIAS PASAJE VOLTAIRE

REFERENCIAS PASAJE VOLTAIRE
1- Tambor de base octogonal donde podemos imaginarnos tomando una larga siesta a la sombra en el verano que los porteños estamos ansiando. Los tientos de la hamaca paraguaya pueden atarse en las columnas. Para mí con un Campari con jugo de pomelo, porfa.
2- Definitivamente el decó rioplatense es el más saludable de los estilos locales. Se ve que la geometría dura pegó en las décadas del 20 al 40. La elegancia que consiguen herreros y albañiles componiendo diagonales y curvas con palmetas y veneras estilizadas, folios y florones escuadrados compitiendo con soles de rayos rectilíneos y nubes onduladas es ASOMBROSA. Miren estas puertas. De madera, de metal, de vidrio. Materiales antiguos o nuevos para vestir a la modernidad.
3-  (Comienzo de paréntesis filosófico con forma de astro decó). “Es cierto: el que goza sabe más que el que reflexiona o, al menos, sabe mejor, es más feliz; pero ¿qué quieren? No ha dependido de mí ni acoger ni rechazar en mi cerebro todas las ideas que han acudido a él para luchar unas contra otras, o que han convertido mis células medulares en su campo de batalla. Una vez que han combatido a su gusto, entre sus despojos no he recogido más que la incertidumbre”.*
4 - En el paréntesis de citas volterianas aparece esta casa de fachada neocolonial a lo Noel (no Papá sino Martín, el arquitecto del Palacio Noel, el museo de Suipacha 1422, adonde sábados y domingos se puede ir a escuchar muy buena música de cámara oblando una económica entrada de… ¡1 peso!). Los colores son históricos: los mismos que los del Palacio.
5 - Esto se llama imafronte o testero. A las fachadas de la época colonial se les dice portales.
 6 - “Es muy triste tener tantas ideas y no conocer con exactitud la naturaleza de las ideas. Lo reconozco. Pero es mucho más triste y mucho más necio creer saber lo que no se sabe”.* (Fin de paréntesis volteriano, con forma de nube decó).
7- Miren estas rejas, el diseño que tienen. Hay todo un imaginario, una inventiva en quien las dibujó, en el herrero que las soldó. Me gusta esa gente preocupada por los detalles y la belleza del mundo.
8- Las pilastras decó no tienen arquitrabe que las detenga. Son muy diferentes a las academicistas (fijarse en el punto 10). Las pilastras de este detalle son como las del Teatro Ópera o la Facultad de Medicina de la calle Paraguay: continúan hacia arriba, ¡al infinito y más allá!
9- Secesión vienesa a la carta. Ya hablaremos de eso en una próxima nota.
10- Las pilastras academicistas detienen su recorrido ascendente en las cornisas. Las pilastras academicistas son chicas más serias que las pilastras decó, que usan pantuflas rosas con pompones y baby doll fucsia con puntillas. Las pilastras academicistas se van a la cama a las nueve de la noche; las decó siguen de joda hasta la madrugada.
11- La esquina verde del Voltaire. Una buena manera de llegar a un final.


* “Diccionario filosófico”, “Idea”, Voltaire, Obras Completas, traducción de Carlos Pujol.

6.9.13

PASAJE VOLTAIRE / REVISTA BRANDO DE SETIEMBRE


“…las ideas más abstractas no son más que la consecuencia de todos los objetos que he percibido. Si pronuncio la palabra ser en general es porque he conocido seres particulares. Si pronuncio la palabra infinito es porque he visto límites, y hago retroceder estos límites en mi entendimiento tanto como puedo: sólo tengo ideas porque tengo imágenes en la cabeza.”*
Voltaire no es solamente mi filósofo ilustrado de cabecera, con su extraordinario “Cándido o el optimismo” y el “Diccionario filosófico” del que extraje todas las citas de esta nota; Voltaire también es un pasaje de Buenos Aires que parece de juguete. Está en Palermo, entre las calles Costa Rica y Nicaragua, mide dos cuadras de largo y va desde Angel Justiniano Carranza hasta Arévalo.  Lo describo como de juguete porque llega hasta primer piso solamente en contados episodios -apenas tres veces en la vereda elegida, la impar que nace pasando Ravignani, y porque la distancia de calle es muy pequeña: con veredas incluidas mide seis metros. Lo común en Buenos Aires es que de vereda a vereda, contando la calle, midan el doble o más. La distancia corta del espacio público y la baja altura le dan ese aspecto de calle de muñecas que destaca como una intimidad de interiores. Y además, por si fuera poco, mantiene una curiosa unidad de estilos: es art decó. No en su completitud, no porque se lo haya pensado de antemano, porque también hay fachadas italianas, hasta algunas neocoloniales como la amarilla de mitad de cuadra. Pero sí, casi toda decó.
El art decó es un estilo de principio de siglo pasado que nace en París, específicamente en la Salón Internacional de Artes Decorativas, impulsado por un grupete de artistas franceses que se hacían llamar “los modernos”. El término decó sale de apocopar la palabra décoratif. La gente común sabe que es un estilo importante, pero siempre se lo confunde con el art noveau. Es decir: no sabe cuál es cuál. Y son bien diferentes. El noveu es un estilo belga-francés precedente al que nos compete en esta nota, en el cual todas las líneas son curvas y estilizadas, e imitan a la naturaleza. En el decó hay muchas rectas, rayos en zigzag, círculos, rectángulos, trapecios, triángulos. Hay elementos de la naturaleza pero están invariablemente geometrizados. También hay muchos elementos provenientes del mundo de la industria: máquinas, chimeneas, engranajes, puentes. Con respecto al noveau, podemos decir que el decó es más moderno, y de alguna manera una simplificación de aquel. Para dibujar un vitraux nouveau que no fuera burdo había que ser un artista; para el mismo vitraux en art decó alcanzaba con ser un artesano. Tal vez ese fue el motivo por el que prendió tanto en América. El decó fue una moda indiscutida y maravillosa en Brasil, EEUU y Cuba (Copacabana, Miami y La Habana en particular). Y en el Río de la Plata hizo roncha hasta los años 50.
Digo maravillosa porque los ejemplos de arquitectura anónima de Buenos Aires,  Montevideo o Rosario son de una belleza extraordinaria lograda con un repertorio inagotable de frisos, molduras y molduretas que después el Movimiento Moderno voló para siempre. Y eran ornamentos al alcance de cualquier constructor medianamente avispado.
Hay joyas firmadas, además de todo el anonimato atendible. Los arquitectos Sánchez, Lagos y de la Torre tienen un par de edificios emblemáticos entre los que está el Kavanagh frente a la Plaza San Martín, que es de un decó librado de todo ornato y, por lo mismo, más Moderno. En las antípodas, o sea el decó más sobrecargado de imágenes que vi, está el Palacio Minetti, de los arquitectos Gerbino, Schwartz y Ocampo (si van a Rosario no dejen de visitarlo, queda en la peatonal Córdoba 1452). Ahí todo está abundantemente lleno del imaginario maquinista: hay frisos en los fustes de las columnas, en las bases de vigas, en los cielorrasos.
Otro ejemplo argentino es Alejandro Virasoro, el de la hermosísima Casa del Teatro de la avenida Santa Fe. Otro, Andrés Kalnay, el de la Cervecería Munich de Costanera Sur (y decenas de viviendas). 
Consulté al escritor y amigo uruguayo Fernando Loustaunau Braidot, Director del Museo de Artes Decorativas de Montevideo y me nombró sus edificios favoritos en una lista interminable como de casamiento. Lo hago quedarse con dos y me destaca el Palacio de la Cerveza, luego IASA, en el barrio Goes y el edificio Tapie al comienzo de la calle Constituyente del barrio Cordón.  
A Fernando el decó le gusta por lo mismo que a mí. “Tenemos un estilo dirigido a un público de recursos moderados, que dio buenos ejemplos tanto en zonas prósperas como en barrios de inmigrantes y clase media. Estos fenómenos acontecían en el marco de un welfare state o estado de bienestar”. Es que el surgimiento del decó coincide, además, con la expansión explosiva Hollywood, con sus estrellas intocables y sus mundos suntuosos y fantásticos. Un estilo decente que te hacía quedar ante tus vecinos como un futurista por poca plata. Un estilo que abarcaba el diseño de rejas, de paisaje, de mobiliario, de gráfica y objetos como ningún otro. Y lo más importante de todo: a media voz, decorando las casas, los carteles, las revistas y la ciudad sin gritar, ni dañarla.

Modesta y silenciosamente, como tiene que ser.

27.8.13

REFERENCIAS PASAJE BUTTELER

1-  Ingreso desde la esquina, por las diagonales del cuadrado. Apenas si se ve que hay un espacio adentro, aún no sabemos si es privado o público.

2- Las fachadas del pasaje son una pantalla anónima  adornada con fileteados y referencias al fútbol y al tango. Color y síntesis barrial: pura alegría que acompaña el recorrido sin sobresaltos.

3- ¡Cha Chánnnnnn! La placita, para dormirse una siesta en paz mientras los chicos juegan en las hamacas.

4- La caripela con manija del autor de “Cambalache”. Grafiteado por los que no saben lo genial que fue. La Biblia y el calefón.

26.8.13

PASAJE BUTTELER / TEXTO

El pasaje Butteler es un pasaje que se convirtió en manzana. La manzana Butteler, para más datos. Queda en el cruce de la avenida La Plata con Caseros, y uno nunca va a creer lo que hay ahí, si no se baja del ruidoso colectivo y lo ve. Es un pequeño milagro urbano proporcionado por una anomalía de diseño sabiamente ejercitada.
En Buenos Aires encontramos varios ejemplos de manzanas raras. Casi siempre la diferencia está dada por la incorporación de un lugar público en su interior. Desde afuera se las percibe como manzanas comunes, cuadradas o casi cuadradas, con una falla en algún punto de su perímetro en el que se abren una o más puertas. Son manzanas para entrar. Adentro suele haber un pequeño paraíso con forma de placita.
En Barracas conozco dos que llevan el nombre de sus espacios urbanos: Agustín Magaldi y Miguel de Unamuno. Hace cinco años que vivo la manzana que lleva el nombre del escritor “Del sentimiento trágico de la vida”, fallecido durante la guerra civil española. Vivir ahí me hizo más bueno.
En la Filkar, antiguo Google Earth local, estos ejemplos se destacan como experimentos formales, otros dibujos posibles para los cuadraditos. Se ve que son diferentes al resto del tejido, pero sin molestar: las líneas municipales son aceptadas a rajatabla, también las medidas externas de las cuadras; solamente las entradas a un algo indefinido y secreto que hay adentro, a un corazón de intimidad, acechan como indicios de virtud o de pánico. O, simplemente, de distinción.
A la manzana Butteler se entra desde las esquinas, en diagonal. En la placita de adentro hay un busto dedicado a Enrique Santos Discépolo, unos árboles pequeños (hay un jacarandá que en primavera se vuelve de un amarillo extraordinario), un ánfora, juegos para niños y un par de bancos. El escudo de San Lorenzo, y fileteados tangueros aquí y allá.
El pasaje que lo rodea, formado por cuatro manzanitas tallarín de planta trapezoidal, solamente le da escala y amparo: no hay en ello proezas arquitectónicas dignas de mencionarse en el “Glosario ilustrado de arquitectura Argentina” de los profesores Alejo Lo Russo y Angel Navarro, aunque tampoco hay errores. Nadie se destaca sobre el resto, las fachadas se suceden en un ordenamiento amoroso y doméstico, dando un telón escenográfico perfecto para ese patio de la ciudad.
A mi juicio, a la placita le falta un poco de pintura y limpieza, renovar el arenero, agregarle iluminación, tal vez un liquidámbar para darle otro color natural, algo bordó o violeta, como si fuera un plato de verduras al que le faltara un morrón. Y no mucho más. Las entradas en diagonal de las esquinas son suficientemente alargadas como para evitar fugas visuales, por lo que en todo momento disfrutamos la apariencia de estar en una interioridad resguardada del caos. Una pequeña maravilla que tienen que visitar.
La Muni llamó a concurso hace unos años para reordenar el espacio e incorporar autos, a pedido de algunos vecinos. Titularon el proyecto Oasis Urbano Discépolo. Iba a ganarlo, lógicamente, el que pudiera meterle estacionamientos sin modificar básicamente el tono real de oasis de este sitio. El primer premio fue para el arquitecto Fernando Molina,  que diseñó la plaza como un aparato respetuoso y funcional, en el que los autos quietos aparecían compartiendo el suelo con el vecino sin molestarlo demasiado, como lo hacen en la nuevas peatonales céntricas, también llamadas calles “de convivencia”. En la exposición estaban todos los proyectos, y el de Fernando era, sin lugar a dudas, el mejor. Resolvía el problema con una imagen contemporánea, manteniendo la escala barrial. Para participar utilizó como seudónimo “El Ciclón”.
Pero la pregunta mía sigue siendo la siguiente: ¿los autos tienen que entrar a todos los lugares? A mi juicio se los puede invitar, aunque no siempre deberían ser bienvenidos. Como porteño festejo más la peatonalización de alguna calle vehicular  que la vehicularización, si se me permite el neologismo, del espacio urbano. Hay lugares de la ciudad de Buenos Aires que están degradados, otros que están perfectos y otros lugares que están bien. La diferencia entre los que están perfectos y los que están bien es de mantenimiento. Es el caso de la plaza Discépolo, en la manzana Butteler.
Y ojo que esto no es una crítica al emprendimiento de los Oasis para Buenos Aires: la propuesta de los concursos que Desarrollo Urbano implementó a comienzos de su gobierno y actualmente continúa ejecutando es un ejemplo de buena voluntad y equilibrio entre lo que pide la vecindad y lo que da el diseño. La teoría de los Oasis Urbanos es la de ocupar con espacios de calidad los recortes de terreno a los que Koolhas alguna vez denominó espacios basura. Los Oasis Urbanos contemplan la invención o la puesta a punto de plazas y bulevares en lugares no ortodoxos del trazado porteño. Es, como mínimo, una buena intención.
Los lugares públicos de tipo ortodoxo los conocemos todos. Se ven, no están escondidos. Son las plazas y parques de Buenos Aires. Esa higiénica y sana prevención que implementaron sabios desarrollistas en el pasado, para inferir que de vez en cuando había que saltearse una manzana construida y tener alguna verde. Por suerte hay muchas, aunque debería haber más. En las ciudades altamente pobladas como la nuestra, el verde nunca es suficiente.

¡Los porteños queremos más árboles, más pasto, más sol, más aire puro para respirar!