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4.2.13

SEXTO SELECCIONADO DEL CPAU / ANA LIA CHIARELLO


EL CREADOR

"Camine varias horas más. Medida en horas la distancia, porque esta ciudad no tenía cuadras como las muchas ciudades que ya había conocido. Era mi última visita. Estaba viejo, cansado y ya no tenía nada por dar. Todos me habían hablado de conocer Muritzia. Ahora que estoy aquí comienzo a entender por qué. Para un estudioso de las ciudades como yo, sin duda, me habían asegurado, sería una experiencia irrepetible.
No podría afirmar con certeza en qué punto me encontraba, a pesar de haberme adentrado en la ciudad hacía ya dos días. De haber estado en Tanis, aquella ciudad del antiguo Egipto, podría saber por sus calles donde se encontraba el poniente. Pero Muritzia no respondía a regla alguna.
El cansancio se hacía sentir. Esta ciudad era increíblemente extensa. Añoré mis días en Umma, pequeña y amurallada, donde basta un día para recorrer sus calles y comprender su espíritu. Muritzia por el contrario era inescrutable. Al menos así me parecía aún.
Caminaba un par de horas seguidas y me sentaba en un umbral a descansar y reponer energías. Esperaba impaciente la llegada a un ágora, un foro o una plaza donde encontrar ciudadanos con quienes compartir mis impresiones, a la vez que acallar todas mis inquietudes. Hasta ahora sólo pequeños espacios entre los paramentos de las construcciones ofrecían un reparo. Nada más. La falta de perspectiva total me impedía adivinar con qué me encontraría camino adelante. Tan distinta era a Narbona con su impecable racionalidad romana, su sencillez práctica, al menos como la recordaba en mi visita allá por 112 AC, cuando aún se apodaba Colonia Narbo Martius.
Por su carácter introvertido, casi místico, me imaginé estar en las calles de Damasco. La absoluta ausencia de transeúntes, a toda hora del día, me hablaba de una vida de puertas adentro como la que ví también en Alejandría. Alguna especie de “Medina” no tardaría en aparecer.
Pero sin duda, muy distinta era Muritzia de las ciudades americanas, cuyas largas calles rectas, sus cuadras, sus enormes plazas y las casas todas iguales y sin mayores aditamentos pronto me generaban una especie de aletargamiento. Sólo algunas, al Norte, poseían una arquitectura digna de ser admirada, como recuerdo de mi primera visita a Trujillo. Siglos después, sin embargo, me sorprendió el vigor, el frenesí y la enorme variabilidad de las construcciones de ciudades como Buenos Aires o Montevideo, ya entonces tan parecidas a cualquiera de las que conocí en Europa.
No cabían dudas, Muritzia era única. Bien me habían prevenido mis colegas y otras gentes de distintas procedencias. Éramos pocos, eso sí, a excepción de sus habitantes, los que tendríamos el privilegio de conocerla.
Me habían hablado de largos ejes simbólicos que terminaban en nodos que se abrían a grandes y majestuosas edificaciones. Pensé que serían como los que vi en Roma, durante el gobierno de Sixto V, o años más tarde pude conocer en la célebre París, recientemente embellecida por el alemán Haussman a quien tanto criticaron en aquellos días. Nada de ello encontré sin embargo.
Imaginé que pronto aparecerían las industrias, tal vez aún estaba en la periferia, a pesar de su extensión y de lo mucho que había recorrido. Miré a lo lejos intentando entrever las columnas de humo de las chimeneas como las que te saludan a lo lejos en Liverpool. Pero no veía humo alguno. Sin duda sería entonces una ciudad planificada donde la industria se disimula en medio de masas de árboles. Pronto saldría de la duda.
Gran alivio hubiese sido en mi andar que Muritzia fuera al fin una ciudad moderna y que me encontrase perdido en un camino del asno, lejos de las vías principales y autopistas. La ausencia de habitantes en la calle así lo comprobaba. Ya lo había experimentado en Chandigarh, de la mano de su creador, el siempre ostentoso Le Corbusier. Sin embargo, pese a lo mucho que anduve, las calles seguían siendo iguales, estrechas, vacías.
Recuerdo haber avanzado en mi camino dos días más y sus largas noches. No encontré plazas, ni importantes edificaciones. Tampoco salieron a saludarme los vecinos. Ninguna puerta o ventana se abrió a mi paso. De las grandes avenidas no había rastros, como tampoco de murrallas, torres, autopistas o parques.
Poco a poco comencé a entender. La ciudad, como la contaban, no existía. Fue justo entonces, cuando pensaba en ello, cuando pensaba en la enorme capacidad creativa de todos aquellos que me precedieron en este viaje en el tiempo, cuando, de pronto, Muritzia, la que estaba destinada a ser, se abrió ante mis ojos. "

1.2.13

QUINTO SELECCIONADO CONCURSO CPAU / ARQ. JIMENA MARTIGNONI

CIUDACAS

"La ciudad latinoamericana es diferente de las demás ciudades.
No hay una sola, por supuesto, pero podríamos perfectamente percibir al conjunto de cada una de ellas bajo un mismo formato y entonces englobarlas con un mismo patrón. Un patrón relacionado con una identidad única, apasionada, misteriosa, rica y deseada hasta la avaricia y la muerte en tiempos en que el oro abundaba, y aun en estos tiempos en que nada realmente abunda.
En Brasil hay ciudades surrealistas. Río de Janeiro es un lugar que pareciera requerir de una capacidad visual de 360 grados, especialmente al caminar Copacabana, ese borde maravilloso que expone a un lado la playa y el océano y al otro la ciudad colándose entre los morros. Diseñado por un maestro del paisaje, artista y músico, este borde no delimita sino que se sumerge bajo los pies del caminante urbano a modo de sendero-orilla-olas-partituras.
San Pablo es una máquina infernal que mueve cultura, gente y automóviles; cada día el metro mueve unos tres millones de personas bajo tierra, mientras otros tantos intentan movilizarse en la superficie, evitando atascos, horarios pico y reuniones en distintos puntos de la ciudad. Conviven allí el arte y la pobreza, la arquitectura de autor y el poder de las calles, el glamour y el miedo.
Belém, llegando a la desembocaduras del Amazonas, permite a la gente un espectáculo diario y gratuito: ver pasar la lluvia cada tarde por sobre la superficie del río. Sentados o caminando el borde urbano-ribereño, los locales saben la hora exacta de la llegada de la masa de agua, frente a la ciudad caliente.
En Colombia las ciudades son verdes y frescas. En Bogotá, la ciudad derramada en los valles puede ser vista en su totalidad al asomarse desde los caminos que bordean los cerros-bosques; las avenidas son símbolo de detenimiento y entre los coches atrapados pasean los vendedores de bananas y mangos, despreocupados. La gente es cálida y abierta, como el clima. Igual que en Medellín, en donde las noches se ofrecen con el equilibrio perfecto de calidez y brisas frescas. En Bucaramanga, una pequeña ciudad entre montañas y reminiscencias coloniales, la gente le da tiempo a la vida. O eso pide y enseña al visitante apurado.
En Bolivia hay lugares cósmicos y lunares. El Salar de Uyuni, el desierto de sal más extenso del planeta, comunica con desiertos de arena y con pueblos perdidos de gente de pocas palabras y paso lento. Las ciudades altas, como Sucre o Potosí, son aun más lentas: una lentitud impuesta por la falta de oxígeno que viene con los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar y viene también con una pureza de espíritu y una humildad que se ve en los ojos y en las respuestas de quienes las habitan. El espíritu andino y de la puna atraviesa Perú y sus pueblos, que cuentan historias y leyendas del pasado más original. Lima se queda siempre con una atmósfera gris y húmeda, mezcla de ese aire andino y de la bruma del Océano Pacifico que la enmarca. Ofrece, sin embargo, los más increíbles sabores para el paladar, inolvidables frutos de mar y de árboles y plantas gloriosas y únicas.
El desierto sigue en Chile y baja hasta desaparecer de a poco entre pequeñas ciudades de mar, azules, muy azules, hasta llegar a Santiago, una ciudad casi aristocrática, asiento de la mejor arquitectura latinoamericana de los tiempos presentes, y que hace lo que puede entre cadenas montañosas que se desprenden de la Cordillera y la pre-Cordillera. Las pequeñas ciudades del sur van apareciendo aisladas por la estepa patagónica extendida entre caminos desolados y rebaños de ovejas, o entre bosques que van del verde al rojo y amarillo, siguiendo las estaciones del año, y enmarcan campos de tulipanes que remiten a tierras lejanas. El fin del mundo existe, y es propiedad chilena y argentina. El fin del mundo llega a un mar frío, lejano y místico.
Y como agua no falta en gran parte de esta tierra, el delta del Río de la Plata y los ríos que lo alimentan son el origen de otras ciudades bellas: Buenos Aires, Montevideo, Rosario. Imposible no ser una ciudad bella con una historia de río y puerto: puerto que trae historias de otras ciudades diversas y río de horizonte plateado, incomprensiblemente horizontal y eterno, que a veces se despliega libre para el caminante y otras debe buscarse en rincones escondidos que son oasis dentro de la negación urbana. Buenos Aires es igualmente plana, tiene carácter metropolitano y tiene tanto más de lo que sus habitantes le agradecemos cada día. Pero claro, el amor es ambivalente algunas veces y trae también rechazos. Montevideo es una expresión íntima de la experiencia urbana, en donde una rambla revestida en granito rosa hace devenir la presencia platense en imagen visual intensa. Rosario es, ante todo, amable, receptiva y segura de sí misma.
Hay más ciudad latinoamericana-sudamericana.
Hay tanta más tierra, más agua, más oro y más vida que la que un corto relato puede siquiera intentar esbozar." 

31.1.13

CUARTO SELECCIONADO CONCURSO CPAU / EDGARDO LÓPEZ ALBARELLOS

Testigos

"Como a tantos otros, el Hotel de Inmigrantes lo había recibido con pulcra indiferencia. A veces, las sábanas de su catre amanecían bañadas por insomnes lágrimas de desesperación. En Roma, antes de partir, no le habían advertido que aquí nadie ansiaba ver los arrebatos de su espíritu juvenil encarnados en las formas de la argamasa.
Había escuchado que de este lado del mar la naturaleza desplegaba su majestad
en una tierra casi virgen, habitada por seres arrobados por una música húmeda y
quejosa, atravesados por el misterio de la existencia.
Amanecido entre lágrimas sordas, salía cada día en busca de trabajo. Su anhelo era tan grande como su fracaso. Ansiaba ser albañil, pero no conseguía dónde. Su oficio de maestro frentista no era valorado. Trabajaba en las fachadas, y apenas si le era permitido dibujar las trabas de los bloques de piedra Paris. Nadie notaba el resplandor en sus ojos cuando cada nuevo surco trazado por su buril se correspondía con una nueva huella en su cara. Aquel arrebato por moldear el mortero le era irresistible.
Una noche, borracho y atormentado como nunca antes, cayó sobre una oscura vereda de San Telmo. Sus ojos se abrieron perpendiculares al cielo para fijarse en el frente de un hotel en construcción. Allí, una fachada inconclusa revelaba un ornamento por nacer. Ansioso, esperó en la puerta de la obra. Apenas eran las seis y suplicó de tal modo que el capataz no pudo negarse a admitirlo a prueba. Le ordenó moldear un motivo con hojas de acanto.
Prolijamente, construyó un alto andamio, que ocultaba su trabajo de la mirada de los curiosos. Cada madrugada se subía al tablado y no bajaba hasta bien entrada la noche. Nadie lo veía llegar, ni tampoco irse. Los días pasaron, y ya ni siquiera volvía al hotel. Dormía recostado sobre las maderas en las que preparaba los moldes.
Sin embargo, como cuando recién llegado, lloraba en silencio y a escondidas porque algo le impedía terminar su trabajo. Estaba exhausto, y por una razón que desconocía, sus manos ya no respondían a sus deseos. Pasaba vastas horas, inmóvil, mirando fijamente aquel muro sombrío. Su desesperación era cada vez mayor.
Una mañana, en el peor de sus crepúsculos, una gota, mezcla de sudor y llanto, cayó imprevistamente sobre la masa fresca. Poseído, comenzó a trabajar con una fuerza frenética. En lugar de finas hojas moldeó la boca, los cachetes, la fina nariz. Trabajo sin descanso hasta pasada la medianoche.
Con el paso de las jornadas, la intriga que producía aquel andamio oscuro ya era
habitual. Cuando, finalmente, sacaron el maderamen, solo encontraron unas botas, una camisa, un pantalón raído del que asomaba un pañuelo. Y en el ornamento, en lugar de un racimo de hojas, un rostro dichoso y juvenil: el suyo.
Así fue como Moreno 524 se sumó a nuestra cofradía. Poco a poco nuestros camaradas fueron cada vez más. Eran épocas de pujanza, y todo propietario bienentendido quería tener a uno de nosotros en el frente de su finca.
La voz corría, y más espíritus apasionados recalaban en el puerto. Por las noches abríamos nuestros ojos de piedra y nos mirábamos unos a otros, organizados por una constelación mandálica. Delgados hilos dorados nos unían reverberando en el aire. Recuerdo que yo contemplaba extasiado a Piedras 511 y a Alsina 345.
Quienes pasaban debajo de aquel dibujo mágico, repentinamente sentían la cálida
lógica de la primavera. Los hombres del sur, de los suburbios, los recién venidos, los de bodegones y burdeles, los que habían perdido la esperanza. Durante este hermoso tiempo, que no habría de durar cuarenta años, fuimos las antorchas que por las noches alumbraban los corazones desahuciados.
Luego, lentamente, llegó el progreso. Las nuevas ideas nos han expulsado. Muchos de nosotros ya no estamos. Ya no hay más trazados misteriosos, ni enjundiosos recién llegados. Ya nadie descubre desesperado, en las madrugadas, que en los frentes hay vacíos por llenar.
Mis pétreos ojos blancos son ahora meros testigos de los hombres de pupilas sin
brillo que pasan, apurados y sin destino, por Bolívar 766."

24.1.13

TERCER SELECCIONADO CONCURSO CPAU / ARQ. MARIO ADOLFO MALLON

Acrópolis de dominación cultural

"¿Para qué se construyen o conforman los espacios públicos? Las respuestas seguramente serán de diversa índole; sin embargo, por más variadas que sean casi todas coincidirán en que el espacio público se construye para brindar algún tipo de beneficio a la sociedad. Ahora bien ¿cuánto de verdad hay en esto? ¿Es ésa su principal función o en realidad es su aparente función?

En términos culturales, los pueblos originarios de América han sufrido un colonialismo
aplastante; operación llevada a cabo con un múltiples herramientas, que van desde la religión hasta el sistema jurídico, el sistema político, el económico, la educación y, claro, también de la arquitectura. En ese sentido, se la ha utilizado para ejercer violencia simbólica, para emitir un discurso de dominación: los espacios públicos son la expresión más permanente y más visible de esta embestida cultural que perdura hasta el presente. Estos espacios expresan las relaciones de dominación, la estructuración social de una época, de una ideología, de un horizonte cultural; los espacios públicos se conforman para efectuar ofensivas culturales en las que no hay derramamiento de sangre, pero que sin embargo sus efectos pueden ser de igual manera letales para las culturas sometidas.

Para ilustrar esta hipótesis vamos a describir un espacio público, como los hay en cualquier ciudad latinoamericana: en la ciudad de La Paz, Bolivia, hay una plaza llamada El Montículo, probablemente la plaza más conocida de esa ciudad. A simple vista, la plaza se presenta como un lugar idílico, “mágico”: las características topográficas del lugar, la vegetación, las vistas panorámicas, la calma y la quietud de este espacio parecen ofrecer regocijo y bienestar al espíritu; y sin embargo, un análisis en profundidad revela la perversidad discursiva. Como sabemos en la antigua Grecia las acrópolis eran lugares destinados a la ubicación de edificios y símbolos más emblemáticos; estos lugares representaban la divinidad y la supremacía del lugar sobre la ciudad, eran el símbolo de dominación, y la más conocida era la de Atenas. En ese sentido la disposición espacial del Montículo paceño sugiere que fue pensado con el mismo propósito, la ubicación especialmente elevada le confiere un aire de control sobre la ciudad y en este lugar tan privilegiado se han emplazado los íconos de la cultura occidental, ignorando la cultura originaria. En él se emplazan una serie de monumentos y símbolos que claramente tienen un discurso colonial; en el ingreso está emplazado un arco de “triunfo” afrancesado, otro elemento es el templete central con elementos clásicos, también se sitúa una iglesia católica que confiere al lugar un ambiente religioso, pero también hay una estatua en mármol de Neptuno, dios romano del mar, el mármol, representa la inmortalidad, lo perenne, y Roma el orden y la civilización, monoteístas y politeístas en un espacio compartido... ¿tiene alguna lógica esto? la única lógica es la del objetivo antes expuesto, demostrar la grandeza occidental irrefutable. Esta pequeña plaza constantemente retroalimenta su discurso. Otro ícono occidental más reciente es una especie de monumento en honor a Ludwig van Beethoven que poco o nada tienen que ver con la cultura nativa: otra vez, ícono de grandeza de la cultura europea, todos estos elementos del discurso no parecen haber sido elegidos al azar sino que tienen que ver con una constante construcción discursiva por parte de una élite que define los términos en los que esta sociedad debe regirse, y además de construir una simbología marginando la culturas preexistentes, negando lo que una sociedad “es” para priorizar lo que el grupo dominante quiere “ser”.
Toda esta puesta en escena es una especie de “vitrina urbana”, un sector donde se exponen los símbolos de una sociedad. En términos de Armando Silva: “La vitrina se dota de altos contenidos simbólicos... Los objetos hablan a quien quiera escucharlos y los escuchantes los verbalizan, los hacen digeribles, estomacales; los consumen”.

En definitiva la espacialidad urbana no siempre refleja la democracia e igualdad que el
imaginario popular inocentemente cree, sino que está cargada de intencionalidad, de
subjetividad que moldea, conforma y manipula, junto a otros instrumentos, las relaciones
sociales. En este sentido el arquitecto corre el riesgo de convertirse en un instrumento más destinado a plasmar, a materializar el discurso de la cultura dominante, mas allá de las aspectos superficiales, su obra es exégesis hecha materia, materia perdurable, portadora de la interpretación parcializada del mundo y su esquema de valores. En términos de Pierre Bordiou es “estructura estructurante” destinada a reproducir el sistema de dominación imperante."

23.1.13

SEGUNDO SELECCIONADO CONCURSO CPAU / GRISELDA BALIAN

MONSERRAT

"Ocurre que aquí encuentran propicio quedarse todas las noches encallados en sus propias casas. Los habitantes de Monserrat, en sus momentos de ocio siempre se inclinan por no salir. Cuando ven que se avecina una noche limpia, comienzan desde temprano a enredar todo tipo de planes familiares y sociales. Los más jóvenes que todavía deben dar excusas, se empecinan en demostrar todas las posibilidades para que las propuestas concluyan en fracasos. Emiten juicios duros, coartadas innovadoras, historias inverosímiles y finalmente logran su cometido: permanecer en Monserrat.
Este barrio conserva todavía el espacio abierto de los interiores de las manzanas. Los moradores comparten los pulmones como en un gran fogón de campamento. Todos miran hacia el centro. Y si bien no se ven directamente las caras, suponen sus ventanas, adivinan sus luces y sus colores, oyen sus ruidos de loza y metal al terminar las cenas, se acompañan en los atardeceres, miran desde los balcones hacia los patios ajenos y se imaginan el cielo enmarcado a través de las paredes de sus vecinos.
Los habitantes de Monserrat son personajes disímiles y dispares: el falso Robert de Niro con musculosa de morley blanca y pelos sobresalientes, el capataz de los dos restaurantes de la esquina, la señora que se cree la encargada de La Madrileña, el del garage que siempre sonríe, la vieja de orejas muy caídas, el portero de overol azul, el new hippie de las bicis lindas, el de la
Vespa plateada y ropa militar, los del Petit Hotel con lámparas cálidas y sillones mullidos. Los del bar y los que silban llegando al bar cuando sienten olor a tango. Todos ellos se reconocen por las calles, se observan sin saludarse demasiado pero se tienen vistos todos, como en una pequeña aldea. Se conocen de cuando hacen la cola en el chino y se hipnotizan mirando al gato dorado que mueve su mano pendularmente o de cuando se descubren espiando al diariero raro con ojotas, medias y pelo sucio. Pero hay entre ellos una cosa clara. Los habitantes reales son sólo los que se ven por las noches. Durante el día una invasión de oficinistas, cobradores, políticos, gestores y turistas caminan por las calles, almuerzan en los restoranes o pasean lentos mirando impávidamente las fachadas de Avenida de Mayo. Estos invasores usan Monserrat, lo conocen, lo caminan y hasta quizás crean que lo quieren, pero no entienden para nada su esencia.
Los verdaderos habitantes son los que han presenciado dignos espectáculos desde sus balcones. Los que han bajado el volumen de su televisor para escuchar la música del vecino. Son los que saben qué días se prende el faro del Barolo. Y los que cuando se prende, dejan de cocinar, de
ordenar sus papeles o de sacudir sus manteles y permanecen petrificados, mirando cómo la luz parpadeante y fogosa ilumina cilíndricamente sus tanques, sus terrazas y sus cúpulas perdidas.
Los moradores autóctonos son los que descubren exactamente en el primer golpe de bombo, cuándo está comenzando una marcha política. Son los que ya no se sobresaltan con las sirenas de la Estación Central de Bomberos. Son los que durante el día saben cómo esquivar la invasión bárbara. Y son los que tácitamente saben compartir una inminente tormenta: miran cómo el
hombre bruto y en cuero rasca la rejilla de su terraza quitando montones de hojas secas y pelusas. Observan a la ama de casa empedernida del edificio blanco que está apurada y mete los broches de plástico en un balde mientras amontona ropa húmeda en un gran bollo. Escuchan cómo los atrevidos del conventillo tomado gritan, aúllan hacia el cielo, dándole paso libre al trueno.
Todos, desde las alturas y desde los patios, apoyados en sus barandas, parados en los marcos de sus ventanas o espiando desde sus cocinas esperan congregados la lluvia. Se asoma el estallido. Quietud. Ansiedad. Estruendo y sinfonía.
Mañana será lunes, una nueva hueste llenará estas calles y las usará como si fueran propias, escupirán en estas veredas, machacarán todos estos tachos de basura, se apoyarán en estos muros, se sentarán en estos umbrales, fotografiarán estos edificios, caminarán apurados, gritarán y después se irán. Sin sospechar nunca que la noche y que las lluvias también caen en Monserrat."

22.1.13

PRIMER SELECCIONADO CONCURSO CPAU / CONRADO GEIGER

TERMINÉ LA CASA EN EL COUNTRY

"Ya está. Ya terminé mi última casa para un country. ¡Casa en un country! ¡Que me hubiera dicho yo a mí, sí a los veintitrés años me escuchara hablar así! A los veintitrés, en la facu, en el glorioso Pabellón III de Ciudad Universitaria. Corrían los ochenta. Ingresé en dictadura y viví la transición democrática dentro de la UBA. Al espíritu combativo protodemocrático se sumaba al consumo irrestricto de ideas de vanguardia. Empecé por la dualidad Le Corbusier-Wright (tipo Beatles-Stones) y seguí con Alvar Aalto, Philip Johnson, Mies Van Der Rohe, Alvar Alto, Alvaro Siza, Stirling, Koolhaas… matizado con las nociones de una arquitectura nac&pop.
La arquitectura como arte. La arquitectura como herramienta para cambiar la sociedad. La arquitectura como medio de transformación y de belleza.
Eso en los ochenta… estoy en el 2012 y terminé la casa en el country. “Terminé” quiere decir que terminé la obra número treinta y cuatro de casas en countries. Ahora viene la movida de prensa. Las fotos en las publicaciones especializadas (unas en arquitectura, otras en countries).

Recuerdo la primera vez que me publicaron una casa. La conmoción fue verme publicado como “vanguardista”. Mis casas vanguardistas. De repente, el Vanguardismo es un estilo que se consume en los barrios cerrados.
-¿Qué estilo es?
- Es vanguardista.
- ¿Volúmenes puros?
- sip
-¿Espalda a la calle y gran ventanal abre hacia lo más lindo del country?
- sip
Básicamente se trata de casas donde enfatizo la superposición de volúmenes puros. En cuanto a la toma de terreno siempre gusta que den la espalda a la calle y se abran al fondo. Hacia la calle, materiales contundentes: puede ser hormigón, aunque mejor madera o piedra que da ecologista. Después vidrio y metales.
La otra fachada va vidriada de piso a techo, como la planta alta. Columnas de planta circular de veinte centímetros de diámetro despegadas de muros y ventanales.
Funcionalmente lo lógico: planta baja para áreas comunes. La cochera, la cocina y el estar. Lo más grande posible. Mínimo cuarenta metros cuadrados. Planta alta para los dormitorios… Uno en suite. Hidromasaje. Deck. Venecita. Microcemento alisado.
Las casas son parecidas, porque los terrenos son parecidos, el entorno es parecido y los clientes son iguales. Les gusta la arquitectura tributo. Soy el Danger Four de Le Corbu. Los cinco puntos son mi recetario infalible. Mis clientes son nuevos ricos. O peor: hijos de nuevos ricos. Una extraña mutación social: gente de gustos exigentes, con ínfulas de refinados y poca cultura general. Fácilmente influenciables por medios, modas y tendencias. ¿Cómo no me van a pedir una casa de volúmenes puros si es lo que publican las revistas que ellos leen?
Todo es como en las revistas. La misma pulcritud. Ninguno tiene un espacio sucio, un tallercito, un cuarto oscuro.
Esta vanguardia no permite experimentar nada. Le dicen así para diferenciarla de la arquitectura de repostería: columnas, frontis, arcos con clave resaltada. Elementos clásicos con terminación Disney.
Tengo sobre el escritorio varias revistas con obras mías publicadas. Me leo en distintas entrevistas:
“La toma de partido fue cerrar la casa hacia la calle y abrirla hacia la laguna...”, “Tomé el partido de dar la espalda a la calle y abrirme hacia el golf...”…
Veo una nota de otro estudio mostrado su obra: “La idea central es negar la calle y mirar hacia la pileta…”. Todo vanguardia. Todo igual.
Una casa mía, en febrero: “La casa está formada por tres volúmenes: Uno de una sola planta, que es que toma el borde de la calle, que tiene el garaje y el área de servicio. Otro de dos plantas: el que está entre el acceso-patio y el garaje con los dormitorios y las áreas públicas. Y finalmente el volumen que se contrapone a estos, donde está la cocina, muy aventanada.”
Una en el número de junio: “Básicamente son tres volúmenes puros: el público, en planta baja, sobre la calle, con la entrada para el auto y los servicios. El otro tiene dos plantas: el volumen que sobresale de transición entre estos dos, que es la cocina que mira hacia el patio, el acceso principal de la casa, y la zona pública: un amplio espacio dedicado a estar comedor, todo mirando hacia la laguna.”
Pienso en cómo describir la casa nueva sin que se parezca a todas las demás. El mayor desafío de un buen arquitecto sigue siendo saber escribir la memoria descriptiva.
Tengo que acordarme de decir que el vidrio es el material que unifica todo, utilizado como una piel. También dedicar unas líneas a la escalera. “Por una escalera revestida en algarrobo se accede a la planta alta.”
Ya está. Ya terminé mi última casa para un country. La última en serio. Me compré un terreno en el Bolsón. Me voy a hacer una casa autosuficiente. Autosustentable. Con adobe y deshechos, una casa trash.

Eso es vanguardia.
Aunque no creo que la publiquen."

24.11.12

GANADORES DEL CONCURSO MILANESA CPAU

Ya están los seis ganadores de la Convocatoria Milanesa CPAU. La verdad que fue una jura ardua, porque había muchos trabajos (96) de unos 80 autores (algunos mandaron dos), y no coincidimos demasiado entre los jurados. Pero al final logramos separar estos seis relatos que arman un panorama representativo de lo que fue. Muy buenos textos, alta creatividad y cantidad de ideas. Una variedad notable; alegrón del cronopio. Los voy a publicar desde los primeros días de diciembre, para terminar el año milanésico bien acompañado. Los premios que se llevan dan envidia de la buena: una montaña de hermosos libros de ediciones Godot, Revista 1:100, Cuaderno latinoamericano de arquitectura 30-60 y editorial CPAU.
Premiados, vayan con carretilla. Felicitaciones y a seguir escribiendo.

Toda la info, acá.

16.9.12

AHORA TAMBIÉN PARA ESTUDIANTES DE ARQUITECTURA

Lo que es más lógico: si cuando yo empecé la FACU ya escribía cuentos... ¡me hubiera reventado no poder participar! Por eso ampliamos la convocatoria a alumnos de cualquier Facultad de Arquitectura del país.

Busquen las bases y participen, che, que hay montaña de libros en premios.

26.8.12

SE VIENE GRAN CONVOCATORIA GRAN / PARA ARQUITECTOS QUE ESCRIBEN


Italo Calvino, en “Las ciudades invisibles”, diseñó un Marco Polo que no sabe dibujar planos y tiene que contarle al Khan cada ciudad que ha conquistado. Al principio lo hace con gestos, o exhibiéndole objetos que ha rescatado como trofeos: Polo no habla el mismo idioma del emperador. Al final del libro, ya ha aprendido, y los relatos se ilustran con abundancia de detalles literarios.

¿Cómo haríamos nosotros, arquitectos, el relato de un lugar al que no pudiéramos explayar en dibujos? ¿Cómo sería, si no pudiéramos hacer un croquis?

Largamos hoy y aquí un concurso de textos de arquitectura para profesionales de todo el país, con el objeto de que nos relaten un concepto, un paseo, un edificio, una historia real o de ficción que tenga que ver o que pase en una ciudad. ¿Qué ciudad? La que quieran. La de ustedes. La que les haya gustado mucho, de un viaje.

O una inventada.

La libertad para encaminar cada texto es absoluta y total, solamente estará regida a no haber sido editada antes en papel y a alguna norma básica de longitud, para que todos puedan participar en condiciones similares. El texto es el que ustedes crean conveniente: crítico, divertido, espeluznante, sabrosón, de máxima actualidad o de amor.

Por una vez, los arquitectos deberemos contar lo que sucede en las ciudades, sin dibujar.

Hay colecciones de libros en premios, y la publicación en la revista del CPAU y en este blog. Los invitamos a ser los Marco Polo de la arquitectura. Los Calvino, digo, perdón.

(Las bases completas, acá.)