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30.1.26

HACIA DÓNDE VA LA LITERATURA ARGENTINA / GUILLERMO MARTÍNEZ


“José María Poirier:
Los tiempos han cambiado, pero muchas preguntas perduran, y otras nuevas se suman. ¿Hay una literatura argentina, en el sentido de un corpus? Y en este caso, ¿dónde está y hacia dónde va? ¿Se puede hablar de nuevas tendencias?

Guillermo Martínez:  Quisiera tomar una idea que planteó aquí Pablo De Santis sobre qué es lo que ocurre cuando uno se propone hablar de nuevas tendencias en la narrativa argentina, o quiere trazar un panorama de nuestra literatura. En general el primer impulso -y esto lo vemos en suplementos culturales y en muchas charlas- es señalar cuáles son los escritores que están, y tratar de tender líneas entre ellos, pensar en recurrencias, en elementos que se repiten, en afinidades generacionales; es decir, tratar de encontrar lo que es común, cuando en realidad, bien mirado, me parece que lo que más enorgullece a cada escritor es su (posible) excepcionalidad. Creo que los escritores se sentirían mucho más honrados si la búsqueda fuera en la dirección de lo excepcional en cada uno.

De todas maneras, quiero proponer otro tipo de mirada: en lugar de pensar en el conjunto de los escritores que están y tratar de armar la figura de los que se nos aparezcan como más obvios en los últimos años, preguntarnos por qué están los que están y cómo llegaron los que llegaron. Es decir, rememorar algunos de los procedimientos por los que se fueron instalando nuevos nombres; por qué unos y no otros, en definitiva. Es el tipo de razonamiento “arqueológico” que me interesaría hacer. Y aquí, obviamente, pierdo toda posible objetividad -si es que algo así existiera en algún momento- y voy a contar algunas de las experiencias que tuve en mi propia incursión, cuando estos grupos estaban en formación, o se estaban desarrollando, y todos de algún modo estábamos emergiendo en los mismos años, finales de los 80, principios de los 90. Para mí “nuevas tendencias” tiene que ver en esta charla con ese período.

Yo diría que una de las características principales de estos últimos veinte años es que se quebró el modo típico de aparición de un escritor en el mundo de la literatura a través de la relación con un editor, que era la norma en épocas anteriores. Un escritor terminaba un libro, una novela, y la presentaba a una editorial. Había lectores en la editorial que por supuesto leían y filtraban los materiales, pero los catálogos se armaban de acuerdo al gusto y criterio de ciertos editores. Hay editores legendarios justamente por la manera en que fueron armando sus catálogos: Porrúa, Barral. Creo que ese procedimiento se quebró en los años en que empezó la democracia, y diría que el modo más habitual -por supuesto, con todas las excepciones del caso- para que un escritor llegara a la publicación de su libro fue desde entonces o bien una relación laboral (o de amistad) directa con la editorial, o bien, y éste fue el camino más frecuente, una incursión preliminar en el periodismo cultural. La idea era “hacerse un nombre” desde un suplemento para concitar luego cierta atención del público en el momento de la publicación, una especie de garantía mínima para el editor de que ese nombre sería reconocido.

Ahora bien, ¿qué le quedaba al escritor que no estaba “adentro” del mundillo, que no era amigo de editores ni tampoco periodista, sino sólo escritor, escritor a secas? Le quedaban los concursos literarios. Éste fue el tercer camino, mucho más indirecto: premios literarios que llevaran a la publicación del libro. Gracias al premio del Fondo Nacional de las Artes yo pude publicar mi primer libro. También Leopoldo Brizuela, Esther Cross, Carlos Chernov, Gustavo Nielsen y otros escritores de ese período se dieron a conocer “desde afuera” a través de distintos premios.

Esta es una primera observación que marca una diferencia en cuanto al modo de instalación de los escritores. Y quiero mencionar algunos de los factores del periodismo cultural que tenían un peso fuerte en aquella época. Por un lado la revista Babel,–donde se conformó el grupo de Martín Caparrós, Daniel Guebel, Jorge Dorio, Matilde Sánchez, Luis Chitarroni, Alan Pauls…

En algún momento Chitarroni fue contratado como editor de Sudamericana, y a partir de entonces publicaron allí uno tras otro a todos los escritores cercanos a Babel. Estos escritores tenían una cierta estética, a veces más claramente definida por oposiciones que por la producción propia de cada uno, que fue finalmente muy dispar. Pero, por ejemplo, predominaba o circulaba la idea del rechazo al realismo –el realismo  entendido como un bloque indiferenciado-, cierta idea de que no había margen para la originalidad, que toda escritura era reescritura; algunos rasgos que asociamos luego con el pensamiento posmoderno. Las novelas muchas veces eran parodias, o había una búsqueda, que se tornó rutinaria, del cruce de la cultura alta con la baja, como marca de prestigio. Los referentes literarios importantes de ese grupo eran Manuel Puig, César Aira, Néstor Perlongher, Osvaldo Lamborghini. Ese era uno de los polos, diría yo, de generación de estéticas. Y también algunas otras ideas en relación con lo que tenía que ser la figura del escritor, la idea de que el escritor no era solamente su obra, sino también la construcción de una imagen, lo que se llamaba el gesto, la famosa teoría del gesto, que por primera vez conocí a través de estos escritores. Yo siempre había pensado -quizás con ingenuidad provinciana- que lo importante era escribir buenos libros.

En contraposición con esta corriente, había otros que defendían la idea de la narrativa, digamos, en primer grado. Se dio una de las discusiones típicas y un poco bizantinas de los años 90: narración vs. forma, lo que importa es narrar o narrar es lo que menos importa, importan los experimentos formales… Esta discusión fue parte también del tipo de novelas que se estaban defendiendo o poniendo en juego en esa época.

Hubo luego una tercera manera de escribir, una tercera estética por decirlo de algún modo, que fue la que llegó más claramente de la mano de Juan Forn y Rodrigo Fresán, y que tenía que ver con lo que yo llamé en algún lado el costumbrismo de los años 90. Es decir, registrar lo que era la vida juvenil de esa época, hacer de algún modo un club de pertenencia: los discos que nos gustan, las drogas que usamos, el tipo de fiesta a la que vamos. Una identificación muy fuerte de elementos para concitar de una manera antes que nada sociológica la atención de un público con ese mismo tipo de afinidades. Una literatura que apelaba fuertemente a la identidad juvenil.

Yo no me sentía cómodo con ninguna de estas opciones. Los temas que a mí me interesaban, y mi manera de pensar la literatura, estaba equidistante y lejísimo de cualquiera de estas posibilidades. Participé de un encuentro en España de escritores jóvenes, en el año 92. Allí encontré a algunos a los que pude considerar mis pares, y que estaban en otro tipo de búsqueda. Entre ellos, por supuesto, a Pablo De Santis, a quien leo desde su primera novela. Una búsqueda que está más ligada a la idea de la narrativa como aventura de la imaginación.

En definitiva, hay pocas fuentes de generación de ideas. Una tiene que ver quizá con la representación o el intento de representación de una realidad político-social. La gente de Babel le daba la espalda a esas posibilidades que habían sido en algún sentido exprimidas, agotadas en las décadas anteriores, en aproximaciones a lo David Viñas. Yo también sentía esa distancia, y cierto rechazo por la “facilidad” en la utilización de la historia y de lo político social, pero de un modo, creo, bastante diferente. Mi idea, y lo que es para mí la magia de la literatura, tiene que ver con los desafíos de la imaginación antes que por lo que ya fue escrito en primera versión por la historia. En ese sentido creo que los mundos literarios deben ser relativamente autónomos. Es decir, tiene que haber una preponderancia de la imaginación, una construcción en donde de algún modo lo literario compite con la vida tal como la conocemos, y no puede reducirse a las leyes y la lógica de lo político-social-histórico-cotidiano. Tiene que haber otra lógica distinta de lo prosaico que dé una nueva ordenación; que revele algo que no hubiéramos podido predecir con las leyes de lo conocido. Esa es la literatura que me interesa. Y que no estaba en los programas de quienes eran mis contemporáneos.”

Extracto de una entrevista pública junto con Pablo de Santis, publicada en la Revista Criterio, N 2322, julio, 2007.



29.1.26

EL TRABAJO DE UN LECTOR


Mi nota sobre leer todo, aparecida hace veinte años en Radar, diez en Milanesa y ahora en el precioso blog de la querida amiga Angelina Bonnin. Que les guste.

En rdb (Ratita de Biblioteca Libros).

18.12.25

LA CLÍNICA DE CUENTOS SEGÚN ALBERTO FERNÁNDEZ SAN JUAN / OPINIÓN

 

“Yo no buscaba a nadie y te vi”. Algo así me pasó con este taller. Hacía años que no buscaba una guía, un maestro, un grupo. Seguía trabajando con mi grupo de escritura, todos huérfanos de Hebe Uhart. Y además continuaba escribiendo mucho solo. Cuando Fabiana mencionó este grupo, al principio no presté mucha atención, hasta que un día escuché bien y me dieron ganas. Hubo una posibilidad, un lugar y ahí fui. “Tenemos un grupazo. Es muy divertido, comemos, leemos y corregimos cuentos”, me advirtió Gustavo en nuestro primer intercambio por whatsapp.

“¿Trajiste al nuevo?”, escuché que le preguntaban a Fabi mientras trataba de entender qué era ese lugar y dejaba mi mochila dónde ella me había  indicado, una especie de reclinatorio de iglesia de dos plazas. El espacio es gigantesco, un estudio de arquitectura de dos plantas, pero abierto. Sin embargo, las voces que reclamaban al “nuevo” venían de una especie de guarida diminuta, con un enorme portón corredizo verde. Me dio la impresión de ser más grande que lo que había del otro lado. Me generó intriga y un poco de nervios, que se disiparon de repente y para siempre ni bien entré al reducto y me acomodé en la única silla vacía. Sin decir agua va, me enchufaron una empanada y una copa de vino. De ahí en más, las palabras que definen la experiencia podrían ser: comodidad, generosidad, camaradería y la sensación de haber pertenecido desde antes (lo cual no es moco de pavo: hay compañeros que están hace años en la clínica, la mayoría). El grupo no puede ser más heterogéneo, aunque sí se percibe una homogeneidad ideológica, una forma política y social similar de percibir el mundo. De todas las formas de escribir y de todos los temas, Nielsen consigue exprimir ideas, desplegar fórmulas y patrones en el pizarrón y rebuscárselas para transmitirle a cada uno que terminar de darle forma, acortar, continuar o reescribir un cuento es más fácil de lo que parece. Y a la hora de ponerse, sus marcas en lápiz no fallan.

Ordeno mis papeles, como todos los fines de ciclo, y este año inauguro la carpeta “Taller Nielsen”. Ahí registro que quizás abusé de este espacio: en tres meses (descontando los tres encuentros con escritores) presenté seis cuentos. Es que, de tan cómodo que me sentí, no me ocupé como de costumbre de preservarme, de asegurarme, de esperar por las dudas. Entre textos recientes para corregir, otros nuevos que surgen y el mundo de las muláminas, me fui entregando a esta celebración semanal de cada miércoles. Un rito que cumple con las promesas del maestro: Es muy divertido, comemos, leemos y corregimos cuentos.


17.12.25

MI PRIMER AÑO EN LA CLÍNICA DEL GALPÓN ESTUDIO / PATRICIA ESPINOSA

“¡Manden cuentos para la próxima clase!; “¡Manden cuentos! Con dos más que envíen, habemus Papa”. Así nos alentaba Nielsen cada semana con su entusiasmo invencible. Durante seis meses nos condujo hacia las profundidades del planeta cuento con la convicción de que “lo mejor que podemos hacer en nuestra clínica es aprender juntos” (maestro y alumnos). Y para eso “hay que  pasarla bien”: entretener y ser entretenidos.

En sus clases, se dedica en cuerpo y alma a transmitir pasión y alegría. Porque para Nielsen el aburrimiento es enemigo del aprendizaje, de la literatura y de todo vínculo e integración grupal. Si tuviéramos que definir su modalidad pedagógica habría que inventar una nueva categoría (quizás algo intermedio entre lo apolíneo y lo dionisíaco).

Ese ambiente de camaradería que conocí este año en su Clínica me permitió afrontar una verdad muy incómoda: escribir con sencillez es una de las tareas más difíciles que hay. Pero en sus clases también nos dio las pistas para entender que “Hay un equilibrio al que hay que llegar en cada cuento: de síntesis, sin dejar de decir lo que se quiere; de comprensión, sin dar explicaciones” (Nielsen dixit). También fue revelador haber escuchado a Liliana Heker, una de las ilustres visitas de este año, quien nos recordó una premisa esencial para todo aquel que se inicie en la escritura: “La primera versión de un texto es solo un mal necesario. Suele estar bien lejos de aquello completo e intenso que una difusamente ha concebido. Corregir no es otra cosa que ir encontrando a Moisés dentro del bloque de mármol”.

Debo admitir que mi debut como tallerista tuvo sus tropiezos. Yo nunca había incursionado en la ficción, pese a haber escrito durante toda mi vida. Recién en la cuarta clase me animé a presentar mi primer cuento (del que, además, estaba muy orgullosa). Para mi sorpresa no fueron precisamente elogios lo que obtuve a cambio. Había cometido tantos errores de principiante, que debí suprimir personajes y descartar situaciones que no tenían mayor relación con la trama central. En definitiva, tuve que dejar de lado un par de anécdotas a las que me había aferrado con todo mi ser, y volver al punto de partida para darle estructura de cuento. Esa noche volví a casa tan triste y aturdida como si llevara en mis brazos a la víctima de una masacre.

Necesité de varias semanas de escucha y de práctica para comprender que aquellos golpes a mi ego contenían, en realidad, una valiosa lección, llena de observaciones y consejos fundamentales acerca de cómo escribir un cuento.

“Todo entrenamiento implica algo de dolor”, dictaminó mi analista, “y es así en cualquier rubro”, precisó después. Y no se equivocó. Mes a mes mis textos mejoraron, poco a poco, a fuerza de constancia y disciplina (es decir, de entrenamiento) y también gracias a la inapreciable colaboración de mis compañeros.

Aunque todavía me queda muchísimo por aprender, pude encontrar en la escritura una felicidad que nunca antes había experimentado.

Nielsen es uno de los poquísimos escritores dispuestos a enseñar todo lo que sabe. En dos ocasiones escribió a la par nuestra. Invitó a otros profesionales del cuento a dialogar con nosotros. Inventó nuevas secciones. Nos dio a conocer una gran variedad de textos, incluso de autores que no conocíamos. También leyó (fuera de programa y a pedido nuestro) algunos de sus cuentos inéditos, y se interesó por todas nuestras opiniones con humildad y genuino interés. Creó hogar, comunidad y refugio en noches donde el intercambio de ideas, entre manjares y vinos, nos dio un respiro a lo largo de un año tan difícil para los argentinos. Ahora que lo pienso, es probable que Nielsen nos haya inoculado un poco de su locura. Algo de esa fuerza que lo transformó en un escritor inimitable, que vive y disfruta de la vida mientras la va escribiendo.”

16.12.25

LA ÚLTIMA CLASE DE LA CLÍNICA Y LOS DESEOS DE MARIANO DUCROS / OPINIÓN

“Volví en el 2025 a la Clínica de Cuentos de Gustavo Nielsen. Este miércoles fue el último encuentro del año. Y como siempre lo pasamos súper. 

 Gus leyó dos cuentos de un libro próximo. No puedo revelar demasiado para respetar el secreto de lo inédito, pero sí puedo aventurar que como en otras cosas que he leído de Nielsen en sus tramas la observación aguda, precisa (y muchas veces íntima) del corazón de las personas y las cosas, convive con un sonoro desparpajo y la brújula fabuladora de toda buena escritura: el infinito y mas allá.

 Con Nielsen uno solo sabe con precisión dónde empieza, pero nunca (por suerte) dónde termina.

 Durante el brindis en el cuarto del Galpón hablamos de la corrección política y Gustavo señaló que "esa es una preocupación de los humoristas, no de los escritores".

 Y mientras saludábamos en la puerta con la promesa de algún próximo encuentro en un futuro (espero) no muy lejano, me fue ganando la intención de esto que ahora pongo en palabras; lo que me ha dejado esta experiencia de aprendizaje y escucha:

1- No escribimos solos.

2- Escribir un cuento es muy difícil. La dificultad consiste en no ser redudante, en ser sintético. 

4- Hay que leer los cuentos de Isak Dinesen que refutan lo anterior.


3- Antes de escribir hay que escuchar o, también, escribir es una manera de ir escuchando.


5- No olvidarse de Flaubert: “…la palabra humana es como un caldero rajado sobre el cual tocamos melodías para hacer danzar a los osos cuando quisiéramos enternecer a las estrellas”


4- Quiero a las personas de este grupo que escribe porque tienen el valor de romper la comodidad del silencio y de compartir lo que saben para ayudar al otro.


5- Un maestro no enseña qué palabras poner (a veces sí) o qué palabras sacar (a veces sí), sino qué palabras son útiles al propósito de la historia.

 Y finalmente:

6- Que la felicidad nos agarre escribiendo.”

12.12.25

ESCRITORES INVITADOS A LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / SEGUNDA TEMPORADA

Luciano Lamberti

Sylvia Iparraguirre

Pablo de Santis

Patricia Suárez

Carlos Chernov

Ana María Shua

Liliana Heker

Sergio Bizzio

Mori Ponsowy

11.12.25

FICCIÓN BREVE LEÍDA O CITADA EN LA SEGUNDA TEMPORADA / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO

 “Conversación con mi padre"; Grace Paley

"Nuestro tren"; Jorge Asís

"Sin noticias de Gurb"; Eduardo Mendoza

"Anna Magnani"; Patricia Suárez

"La firma"; Stephen Dixon

"El primer pasajero"; Juan Manauta

"La salvación"; Isidoro Blaisten

"Signos de la oscuridad"; Edgardo González Amer

"El baldío"; Augusto Roa Bastos

"Siete tipos de ambigüedad"; Shirley Jackson

"Tatita"; Roberto Holstein

"Conejo"; Abelardo Castillo

"Torito"; Julio Cortázar

"El torero hemofílico", "La enfermedad china", "Amo", "La conformación del relato", "Eugenia, convertida en obra de arte", "Forever Young", "Dos cadáveres", "Luz negra", "Un hombre trágico"; Carlos Chernov

"El calcetín"; Lydia Davis

"Ashley", "Dysneyworld"; Rodrigo Urquiola Flores

"El boxeador polaco"; Halfon

"Los días de pesca", "Reverso", "Concatenación" y varios microrrelatos más de "La sueñera", "Casa de geishas" y "Fenómenos de circo"; Ana María Shua

"Circo"; Franco Molinari

"La sintaxis”, “Punto final”, “La insumisa”, “De hermano a hermana” y varios microrrelatos de “Indicios pánicos”; Cristina Peri Rossi

“La pelota”; Felisberto Hernández

“Mi gato”, “El juego de cartas”; Hebe Uhart

"Video y comida china", "Nadar de noche", Juan Forn

“Bienvenida a la comunidad”, “Un animal fabuloso”; Samanta Schweblin

“El idioma de los peces”; Cristina Fernández Barragán

“La crónica del deportado”; Alejandro Seselovsky

“Es que somos muy pobres”, “El día del derrumbe”, "El llano en llamas"; Juan Rulfo

“El Almamula o Mulánima”, “La Almamula”, “El Almamula”, “La Mulánima”, “Un caso de la Mulánima”, “La mula frailera o Mulánima”, “El Tata-Cuñá”, “Fantasmas de condenados – La Mulánima”; versiones populares recopiladas por Berta E. Vidal de Battini

“Ciencia ficción”; Carlos Drummond de Andrade

“La fiesta ajena”, “Los juegos”, “Retrato de un genio”, “Cuando todo brille”, “Las peras del mal”, “Georgina Requeni o la elegida”, “Un resplandor que se apagó en el mundo”, “Las amigas”, “Los que vieron la zarza”, “La llave”, “Los que viven lejos”; Liliana Heker

“El día que te lleve el viento”; Pablo Ramos

“Pornosonetos”; Pedro Mairal

“Sonetos de amor”; William Shakespeare, traducción de Manuel Mujica Láinez

“Puntos suspensivos”; Joaquín Sabina

“Por la espalda”, “Magia”, “Cinismo”, “Sí sí”, “Lo denso”, “Todos los deseos”, “Un amor para toda la vida”; Sergio Bizzio

“Blumfeld, un soltero de cierta edad…”, “En la colonia penitenciaria”; Franz Kafka

“Hombre en la orilla”, “La vasca”; Miguel Briante

“El otro duelo”, “El Evangelio según San Marcos”; Jorge Luis Borges

“Oldsmobile 1962”, “El clan”; Ana Basualdo

“La inundación”; Ezequiel Martínez Estrada

“El brazalete”, “El hombrecito del azulejo”; Manuel Mujica Láinez

“Okásan”, "Enemigos afuera", "Incapacitada para vivir", "Mi madre habla en mí"; Mori Ponsowy

“Las fotografías”; Silvina Ocampo

10.12.25

TEORÍA LITERARIA INCORPORADA EN EL SEGUNDO CURSO / CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO

 “Curso de literatura argentina, Universidad de Michigan, 1976”, “Curso de literatura inglesa y norteamericana”; Jorge Luis Borges

“El arte de la ficción”; Willa Cather

“Intimidad de un oficio”; Liliana Heker

“Taller asintomático, 16 clases de Fabián Casas”

“Experiencia y ficción”, “Notas para un joven escritor”, “Tres conferencias y un cuento”, “Biografía de una historia”; Shirley Jackson

“El cuchillo, Radiografía de la Pampa”; Ezequiel Martínez Estrada

“Teoría de la prosa”; Ricardo Piglia

"El arte de narrar"; María Teresa Andruetto

"Adentro y afuera por los Fogwills", Gustavo Nielsen

8.12.25

MI MULÁNIMA

 

Yo no sabía qué era el “freno”, pero lo busqué en Wikipedia. Vivir en el campo y no aprender nada, dijo Carlos, despectivamente. Carlos es mi compañero de banco en el colegio. Opinó que era una burra por no saber eso.

El gordo Ramos estaba parado en el medio de la calle principal. Había solo dos faroles encendidos; el más cercano al boliche no, porque los chicos del barrio el otro día lo bajaron a pedradas. Mamá encendió una luz y Don Antonio le pidió que la apagara. Los tres estaban afuera, sentados en sus sillas. Con el gordo se habían tomado cinco pingüinos, para espantar el calor. Pero el calor seguía en la mesa, acá y en mitad de la calle. El cura cerró la puerta abierta de la capilla cuando vio la nube de polvo levantarse desde el cementerio. Seguro que hasta le puso la barra, el muy cagón. El gordo alzó la guardia, como buen boxeador que era, campeón provincial de peso pesado en el 76 por el Juventus. La mula se le venía encima a todo galope, pero el puñetazo entre los ojos la paró en seco. Él salió despedido varios metros para atrás, y el animal quedó frotándose el hocico entre las patas delanteras, como un perro resfriado.

- ¡Derechazo! -gritó el Cardón. Martínez afirmó con la cabeza. Ninguno de los dos había alcanzado a ver el golpe, pero reconocían la pegada del gordo, de los tiempos del boxeo.

Ramos abrió la boca y ella también, porque el puñetazo le había desatado los clavos. La lengua suelta asomó sobre la barra de la quijada. La mula estaba sangrando. Eso dijo Don Antonio, que seguía el enfrentamiento por los prismáticos. Yo ajusté el zoom del teléfono, pero como era de noche no se veía casi nada. Se me cayó la bandeja que tenía apretada contra el cuerpo. Don Antonio se asustó con el ruido y dijo carajo. La mula extendió la mandíbula inferior por sobre los dientes de arriba, como para mostrarle al gordo, que estaba sentado, el bocado que no había sabido quitarle. Vi su provocación. Después se acercó otro poco para clavarle los dientes de abajo, que eran puntiagudos como los de un tiburón, en la pera al boxeador. Metió nuca y le levantó la cabeza en el aire; para desengancharlo con una brusca afirmación. Después volvió a buscarlo para clavarle los dientes más cerca del cuello. Ahora sí la sangre empezó a salir a lo loco, como una regadera. Y ahí se me desenfocó el teléfono, porque Don Antonio me tocó el culo.

- Andá para dentro que sos muy chica -dijo.

Cuando volví a mirar, desde la ventana del boliche, la mula le había partido la mandíbula a su rival. Vi cómo escupía un triángulo de carne al aire, y lo que quedó en la cara de Ramos. Mamá me dio la bandeja con tres grapas. Llevales, me dijo con un gesto y yo le dije no puede ser, mamá, estoy harta.

- Usted no me defiende.

- ¿De qué?

- Ha visto que me tocó y no me defendió.

Tardé en salir. Tenía que entrar los pingüinos vacíos, los cinco, y dejar los vasitos. La conversación entre los hombres estaba excitada.

- Le tiró fuego por los ollares, la muy puta.

- ¿Se le trepó para quemarle el pelo, o vi mal?

- Pobre gordo, lo aró al trote en su charco. Le hizo bailar la refalosa.

Los tres bajaron hasta la calle. A lo lejos, la Mulánima entraba al camposanto. La última luz del pueblo nos mostró cuando entraba. Otros curiosos se fueron acercando. El enfermero de la Sala de Fomento levantó uno de los brazos del gordo, para tomarle el pulso.

Sin mandíbula, la cabeza del gordo se reía. De la vida, de nosotras, de su suerte. No me dio ninguna pena. Le saqué una foto para mostrarle a Carlos, que vivía en el pueblo de al lado y por eso no se iba a enterar hasta la clase.

 

Me llamo Lucía y tengo doce años. Despacho en el comedor de mamá, al que todo el pueblo llama el boliche. Damos guisos y vino de damajuana. Vienen solamente hombres. Antes venían muchos, pero ahora quedan menos. Esa mesa de cuatro, por ejemplo, que se volvieron tres. No me gusta atender.

- Me dijo que me estaba poniendo linda y me refregó una mano por las tetitas. Don Antonio, quién va a ser. No me importa que sea capanga. ¿A usté le parece bien, mamá, que me refriegue las tetitas?

- Son los últimos clientes que nos quedan.

Me señaló la mesa de adentro, con las sillas dadas vuelta. La de afuera estaba con los tres vasos sin tocar.

- Vuelva las grapas a la botella, m´hija.

- Pero quedaron a la intemperie. Ya no tendrán alcohol.

- Haga lo que le digo: no son tiempos para el desperdicio.

 

Le conté a Carlos lo que me hacía ese viejo de mierda. Me dijo: La próxima voy y lo mato. Me dio miedo.

- Esta noche le clavo un hondazo entre las cejas y no se levanta más.

Estuve todo el día nerviosa. Mamá hizo pascualinas. No sé para qué cocina, si los tres solamente toman y toman, mientras miran la calle. Y hablan de quién es más macho.

- Si quiero, la ensarto a ciegas -dijo Martínez.

- ¿Con banderillas, como un torero? -le preguntó el Cardón.

- Con las brocheteras. Una para la cabeza, otra para el corazón.

- ¿A que no? -lo azuzó Don Antonio. -Lo vi pararse y entrar a la cocina. Volvió con las espadas de los anticuchos. Las clavó en la tierra. - Te quiero ver esta noche.

Dejé la botella de Criadores y unos cuadraditos de la tarta. Martínez sentía tanto miedo que se llevó uno a la boca. Fue el único que comió, y se tomaron dos botellas. La segunda sin hielo, porque se había acabado. Don Antonio se enojó, me sacudió por los brazos. No podía faltar hielo en un bar decente. Después me sentó encima de sus piernas. Los otros dos se hacían los distraídos mirando hacia la calle principal. El cura pasó con el monaguillo; iban rápido. ¿Dónde estaba Carlos? Los dedos de Don Antonio pasaron de mi pelo a la blusita azul, de la que desabotonó un nácar. ¿Dónde estaba mamá? El viejo me tenía aferrada. Yo podía sentir su cosa hinchada en el pantalón cuando me movía en el caballito. En un momento me soltó para decirme que me quería mansa, porque yo le di vuelta la cara a su aliento asqueroso. Me tuve que bajar y gritarle; me dieron ganas de llorar. Cuando me caí al suelo los tres me miraron la bombacha.

- Me gusta el rojo -dijo Martínez.

Don Antonio le retrucó:

 - La sangre de la Mulánima va a ser tu rojo, fanfarrón. Te juego a la chiquita: si traés a la mesa el corazón de la desalmada, te la cogés primero.

- La clavo a ciegas.

Yo descolgué el lienzo de hacer la ricota y se lo tiré a la mesa.

- Esa es la venda -lo reté.

- A vos te clavo, pendeja -contestó él.

 

- No viniste, Carlos.

Le dije del caballito y lo que me dijeron de violarme. Soy virgen, y él lo sabe. No quiero ser desvirgada en este pueblo de mala muerte, ni en el de Carlos. Ni por Carlos ni por ninguno de los hombres horribles que hay acá. Aunque a Carlos lo quiera un poco.

- Tuve cosas que hacer, Luci -dijo.

Fui con la señorita y le dije lo de las guarangadas.

- ¿Tu mamá no te salva?

- Tampoco.

- ¿Y viste todo lo que pasó anoche?

- Sí.

Entonces le conté que los tres esperaron a que oscureciera, ahí sentados. Cuando se hizo la hora de los muertos, Don Antonio acompañó a Martínez hasta la ruta y le vendó los ojos. El otro levantó las espadas. A lo lejos, todos menos el torero vimos salir a la mula. Se distinguía por los ojos amarillos. Don Antonio palmeó a Martínez en la espalda. Fanfa, repitió. Y lo dejó solo. Martínez hincó rodilla en tierra, apuntando al camposanto. El pueblo se calló, y los billetes dejaron de circular.

Buscó clavar la estaca cuando la sintió llegar, pero la mula fue más viva y lo esquivó. Le fue por atrás con un corcovo corto, y le aplicó dos coces en la nuca. Martínez cayó desmayado. La mula le saltó encima. Los pisotones daban en las coyunturas; una a una las fue separando, como si supiera, como si buscara desarmar el cuerpo de Martínez. Le quebró las muñecas, los codos, los hombros, los tobillos, rodillas y cadera; el último golpe se lo dio en el cuello. El cuerpo del hombre quedó suelto. Hacía movimientos de manta con ratones debajo. Por lo menos, desde donde yo estaba se veía eso.

- ¿Y después? -preguntó la señorita.

- Después trotó hasta la capilla a dar patadas y más patadas, pero el cura y el monaguillo habían puesto un mueble atrás de la puerta, y no lo pudo tirar.

- ¿Y después?

- Dio media vuelta y se volvió, masticando su freno que nadie le puede quitar.

 

Tengo una foto de la ameba Martínez, aunque tendría que haber grabado un video mientras se movía. Quise mostrársela a Carlos, pero no me hablaba. Estaba muy ofendido porque le había contado a la maestra que era un traidor. También le saqué una foto al Cardón, sin que se diera cuenta, cuando Don Antonio dijo que era su turno. Ya habían tomado ocho ginebras cada uno; el Cardón apenas si podía estar en pie.

- Acá te queremos ver con la patroncita -dijo, y me pellizcó un cachete. - ¿O sos cagón?

El Cardón no contestó. Miró la calle y calculó las horas de vida que le quedaban. Cuatro. Era cagón.

- Necesito una Gancia y un facón de cruz.

El Gancia se lo alcancé, mamá me dio un bol con hielos. Pero facón de cruz no teníamos. Carlos andaba merodeando desde las seis. Don Antonio lo llamó.

- Agarre la bici y vaya hasta el puesto. Ahí hay un facón en un cajoncito, envuelto en un paño gris. Me lo trae y yo le pago.

Carlos tenía la honda enganchada en el cinturón, y el bolsillo lleno de piedras.

- ¿Me entendió, m’hijo?

Carlos hizo un sí de cabeza. Me senté en una de las sillas. Don Antonio me alcanzó un vaso con la bebida dorada.

- Es dulce -dijo-. Te va a gustar.

Alcancé a mojarme los labios cuando salió mamá.

- Los menores no toman alcohol.

Tomé un traguito para mostrarle que estaba equivocada. Los hombres se rieron. Mamá me pegó una cachetada.

- Me extraña de ustedes, dos caballeros -los retó. Y se volvió a la cocina, furiosa.

Don Antonio solamente dijo:

- Otra para quitarle el freno.

El Cardón agregó:

- Me parece que es hora de ir a tomar el trago al otro pueblo.

- O dejar de chupar -les agregué.

 

Las horas se pasaron volando desde que Carlos volvió. El facón era tan chiquito que el Cardón le enhebró una soga por la argolla y se lo colgó como crucifijo. “Prefiero despenarla con el tenedor”, dijo. Se refería al tridente de cardar paja. Se levantó, caminó veinte pasos hasta el depósito del boliche y lo trajo, triunfante como un diablo. La cara le había cambiado. Carlos me dijo si quería ver la contienda con él, desde la ventana del depósito. Le dije que había mucho olor a humedad, pero que si él quería, bueno. Cardón pidió fernet y soda para mezclarle al Gancia, y Don Antonio se paró para ir a mear. Era la segunda vez en la tarde.

Cardón dijo que el capo ya tenía problemas de próstata. Varias veces lo vimos mear directamente desde la silla, de sentado. Saca un pitito chiquitito, y lo agarra con la punta del meñique y el pulgar de la mano derecha, desde arriba para taparse. Apunta hacia la tierra del piso. El chorro es corto y sonso, después lo deja suelto hasta que le acaba de gotear. Lo vi al menos tres veces. Yo ya le había visto la picha a los compañeros que me mostraban. La señorita dice que no hay que hacer eso, que es de mala educación. La picha de Don Antonio es más o menos como la de mi amigo Carlos, pero el chorro de Carlos llega más lejos.

Nos metimos en el depósito, que estaba lleno de bolsas de harina y cajas con latas. Había algunas máquinas también, y un banco de carpintero lleno de herramientas. Carlos agarró la tijera de podar y me la puso en el cuello. Abierta. Detrás de la ventana el Cardón izaba su tridente, en medio de una ruta vacía. Arengó dos veces hacia delante; Carlos quiso imitarlo y casi me corta.

- Pará -le dije.

- Quiero cogerte -dijo él.

Le aparté las manos hasta que logré que apoyara la tijera sobre el banco.

- Así no es.

- ¿Y cómo es?

- Así -y le di un beso. La picha se le paró instantáneamente en el pantalón. Inmediatamente empecé a decirle que me iba a ir del pueblo. Que me quedaba muy poco. Había hablado con la señorita.

- Soy virgen.

Agregué que no iba a dejar que nadie del pueblo me quitara nada que yo no quisiera.

- ¿Y Don Antonio?

- Menos.

Alguien le había gritado una instrucción al Cardón, que miró hacia el boliche. La venda blanca le cayó a dos pasos. El Cardón se agachó a agarrarla justo cuando se escuchó el primer rebuzno. A Carlos se le cayeron las piedras del bolsillo, porque se había bajado los pantalones.

- Por atrás te dejo -le dije, y me bajé un poco la pollera. Pegué las tetitas contra el banco, para poder mirar tranquila. Carlos puso un cajón de soda para subirse. Se escupió la mano. Sentí cómo se apoyaba. Pero no pasó nada, porque acabó un instante antes de meterla. Con mirarme el culo, nomás, se fue. Me apoyó la mejilla en la espalda de la remera. Los rebuznos se oyeron más cerca. La leche tibia de Carlos me empezó a correr entre las piernas. ¿Por qué me había amenazado con la tijera, si sabía que gusto de él? ¿Por qué eran tan idiotas los hombres? Lo aparté para secarme con un repasador que era nuevo, y estaba en una pila. El grito de afuera se confundió con el ruido del trueno. Cuando volvimos a mirar, el Cardón ya no tenía cabeza. La venda estaba clavada en el tridente, y su brazo derecho la sacudía como a una bandera de rendición.

La Mulánima, detenida a tres metros del cuerpo danzante, escupió una masa de pelos y huesos como si fuera un gran carozo. Después galopó hasta la capilla y metió el hocico por los vidrios rotos de una ventana. Y echó fuego con las fauces, pero el cura y el monaguillo lo apagaban con el extinguidor. Lo repitieron dos o tres veces; ella al final se cansó y se volvió. El Cardón había quedado quieto y de rodillas. La mula le pasó por al lado, como si no le importara. Él nunca soltó su tenedor. No me dio ni un poquito de pena.

Esperé a que Carlos parara de llorar. Estaba sentado cuando lo volví a besar. En los ojos, en la frente, en el cuello.

- Pero te vas a ir, Luci -fue todo lo que dijo.

- Sí.

Salí sola del depósito. Don Antonio tenía la cabeza apoyada sobre los brazos, y los brazos sobre la mesa. Tenía la picha afuera. Volví con el teléfono y le hice una foto. Después fui hasta la ruta y le hice otra al descabezado. Y a la cabeza separada, que tenía los ojos muy abiertos.

 

Voy a la escuela a la mañana, pero cuando llego ya tengo que servir. Me como un sánguche o una empanada, de pasada; mamá me deja hacer la tarea cuando todos se van o se duermen. Me siento a la mesa, separo un poco las cosas que quedan y trato de que el cuaderno no se me manche. Si queda un queso de la picada, o una rodaja de salamín, me la como. A veces Don Antonio deja de roncar y me dice: “haceme una pregunta difícil”.

- ¿Capital de Bolivia?

- Bolón.

- ¿La moneda de Chile?

- El palafito.

- ¿La montaña más alta de los Andes?

- Mi catrera.

- ¿Gentilicio de Uruguay?

- El mate.

Después se babea un poco y se vuelve a dormir.

 

Hoy cumplí los trece y Don Antonio me preguntó qué quería de regalo.

- La suya -le dije, indicándole la bragueta-. Pero después de sacarle el freno a la animala.

Habían pronosticado tormenta. Siempre llueve en mi cumpleaños.

- O matarla -agregó él.

- O matarla -repetí.

Entonces le pidió a Carlos, que andaba rondando, que agarrara la bici y le trajera del puesto la 38 y una caja con balas. Carlos estiraba los elásticos de su gomera con un pedazo de granito que se había soltado de un cordón. Hizo una prueba contra unas botellas de cerveza de mamá, que lo sacó carpiendo. Después le apuntó a otra ventana de la capilla, y le volvió a acertar. Entonces se fue. “Pendejo”, dijo Don Antonio. Le serví otra caña. Era la cuarta, y se tomó dos más en el tiempo que Carlos tardó. Vi cómo cargó el arma sobre la mesa.

- Así no vale -le dije.

- La mato y te hago mujer -dijo él.

Carlos lo escuchó cuando se iba y tensó la honda intencionalmente. Peligrosamente, diría.

Estuve ahí sentada hasta la noche, escribiendo una redacción que nos mandó hacer la señorita. En el cuento se morían quemados cura y monaguillo, Don Antonio, todos los hombres menos Carlos. Mi mamá también se moría quemada. La maestra no. Se salvaba, aunque no apareciera. Y yo después me fugaba con ella.

Don Antonio volvió bien a la noche, fumándose un habano. Me habló de que necesitaba un gesto mío, algo que le diera fuerza en la contienda. Estaba bañado y peinado a la gomina. ¿Qué me está pidiendo?

- Que me muestres la concha en el galpón. - Él jugaba con la 38, abriendo y cerrando el tambor. - Ahora.

Miré hacia la cocina, mamá estaba friendo bocadillos de acelga.

- Espere -dije. Intenté levantarme, pero él me agarró del brazo. Y creo que hasta me apuntó. Entré al galpón con los ojos cerrados. Quise gritar, pero no pude. Metió el caño del arma en un pedacito de elástico de la bombacha blanca que salía por arriba de la pollera y tiró para abajo, arrastrando la ropa. Me di vuelta y me apoyé en la mesa. Las tetitas entre los codos. ¿Iba a llorar por tan poca cosa? A veces pasa lo que una no quiere, pensé, mientras lo sentía apoyarse. Abrí los ojos y la Mulánima ya estaba en mitad de la calle. Silenciosa, me miraba. Se la señalé a Don Antonio; me di vuelta exponiéndole la carne prohibida, pero en esa oscuridad ni se veía. Un relámpago inmenso blanqueó el galpón. Don Antonio se subió los pantalones sobre su picha fláccida, como una flor achicharrada. Puso el arma en celo y salió corriendo. La animala lo esperaba; parecía mansa esta vez. También había varios muchachos alrededor, con escopetas. El cura tenía la puerta de la sacristía en rendija, y el monaguillo estaba en el atrio con una cruz pentecostal terminada en lanza. El agua empezó a caer de a baldazos del cielo. La mula no se inmutó.

Don Antonio se le acercó apuntándole con el brazo extendido. Levantó la muñeca y bajó el caño. Pensé pobrecita. Pensé querida. Él le apoyó el revólver entre los ojos. Como ella no hacía nada, le desabrochó la presilla derecha del tiento, como si le estuviera desprendiendo el corpiño. Una de las puntas del freno de metal quedó libre. La escuché rebuznar lastimosamente. Don Antonio miró para ver si yo estaba mirando. Levanté el teléfono para sacarle una foto. Y entonces él, inesperadamente, se llevó el arma hacia su propia cabeza y disparó. El cuerpo de Don Antonio cayó como una bolsa de papas. Decenas de truenos sonaron en el cielo. Los otros hombres se llevaron sus armas a las bocas. Los estruendos se dieron como en coro. El cura salió con una tea encendida de la sacristía y comenzó a prender la iglesia. El monaguillo fue corriendo a clavarle la punta de la cruz. Después se puso él mismo, mientras aún el cura tiritaba sus estertores finales, y lo abrazó de frente. La cruz le salió por la espalda y la sangre por la boca.

Otros los siguieron en los incendios. El pueblo se quemaba rápidamente. Algunos hombres se tiraron de los tejados; el carpintero salió con una maza que fue descargando en las cabezas de los niños. Había uno con una motosierra cortando brazos y piernas. Las mutilaciones se resbalaban entre el agua de lluvia y el líquido rojo. Las instalaciones de gas empezaron a explotar; los autos a incendiarse. El humo subía hacia la noche en columnas espesas. Los relámpagos descubrían a los ahorcados en los árboles, y a algún peón con la cara arrancada. Había hombres sin brazos, con perforaciones en el tórax, asfixiados y con la cara contra el barro de los charcos. El olor a carne quemada llegó hasta mi nariz, en el depósito. Significaba que yo también podía quemarme, si el fuego decidía prenderme como lo estaba haciendo con el pueblo. La ventana del apocalipsis me devolvió a una Mulánima todavía quieta, inmóvil en medio de la destrucción, como una postal. Le iba a sacar una foto pero me acordé de mamá, y me asusté.

Salí hacia la casa iluminándome con la linterna del teléfono. Las puertas estaban abiertas. Sillas volcadas, botellas rotas. Entré a la cocina. Ella estaba sentada en el piso, con la cuchilla de matar chanchos clavada en el medio del pecho. Tenía los ojos cerrados y le faltaba una teta, que colgaba al lado de la puñalada. Quien lo hizo le había arrancado la blusa hasta la cintura. Carlos también estaba, pero vivo. La honda en el piso y él recostado un poco más allá, con una mano debajo del horno y otra tanteando en los mosaicos. Encontraba una piedra y se la comía. Lo vi tragarse tres antes de que levantara la cabeza para preguntarme:

- ¿Denserio te vas a ir, Luci?

Apunté con la luz. Le faltaban la cadera y las piernas. Una piedra surgió de su interior embebida en los jugos de Carlos.

Fui caminando hacia atrás para escaparme del horror. Tropecé una vez con los vasitos. Sobre la puerta de entrada sentí que me tocaban en la espalda, y el soplido de una respiración que no era humana. Me di vuelta. Ahí estaba, hociqueando, con el freno a medio colgar. Tenía los ojos rojos. Le acaricié el costado con mi mano extendida. Por detrás se veía más gente clavada en otros postes. Busqué la presilla de la izquierda, y se la desprendí también. La mula tenía las fauces calientes, llenas de una pasta negra con olor a podrido que me ensució la remera. El segundo cariño se lo hice en el entrecejo, cuando bajó la cabeza. Le dije ahora tengo un poquito de pena. Puse las dos manos en cuenco y ella dejó deslizar -suave, delicadamente- el bocado. El fierro estaba caliente, pero no tanto como para quemarme. La lluvia lo había enfriado. La misma lluvia que disimula mis lágrimas, mula. Levantó la cabeza. No voy a tener que irme porque no va a quedar lugar de dónde irse, señorita. Cerré las manos en oración, apretando el freno, y la volví a mirar.

Me pareció que sonreía.

2.12.25

EL PROCEDIMIENTO DE SHAKESPEARE / JORGE LUIS BORGES

 


“¿Cuál era el procedimiento de Shakespeare? Yo creo que era este: Shakespeare tomaba un drama cualquiera, podía ser un drama ajeno. Se cree que había un Hamlet que se había perdido, anterior al que nosotros conocemos, ya que Shakespeare no conoció ciertamente a Saxo Grammaticus, donde se cuenta la historia por primera vez. Tomaba, digamos, una página de Plutarco que era uno de sus autores preferidos, o la Historia Universal de Holinshed, cronista de la época, y luego él tomaba ese argumento (convenía que el argumento fuera conocido por los espectadores, así era más fácil que lo siguieran). Él se encarnaba en cada uno de los personajes, o por lo menos en los personajes más importantes. Y en cuanto al sentido histórico, Shakespeare no tenía ninguno. Marlowe y Bacon sintieron el Renacimiento, sintieron que empezaba una nueva era para la humanidad. En cambio, Shakespeare creía más bien que los hombres son esencialmente iguales, por eso es que todos sus personajes hablan, como dijo Stevenson, en ese asombroso dialecto shakesperian, que suele no corresponder con la realidad.”

Curso de literatura inglesa y norteamericana, Universidad de Mar del Plata, 1966. Sudamericana, edición de Mariela Blanco, notas de Germán Álvarez. Bolilla IV.

1.12.25

EL ORIGEN DE LOS DICCIONARIOS / JORGE LUIS BORGES


 “Es curioso estudiar la historia de los diccionarios. En la Antigüedad no existían. Los griegos y los romanos no tenían diccionarios. Luego, en la Edad Media, hacia el siglo VII, los eruditos han encontrado en los manuscritos una palabra no muy usual, a la cual solían intercalar en letra más chica la palabra latina común, o la traducción vernácula de esa palabra. Luego eso fue copiado y se hicieron así los primeros glosarios, que no eran glosarios de todas las palabras, desde luego, sino de aquellas palabras más difíciles. Después se hicieron diccionarios de palabras difíciles, no ya en latín, sino en las diversas lenguas de Europa, y luego diccionarios etimológicos. Esos diccionarios solían contener breves definiciones de las palabras y se hicieron también diccionarios bilingües o polilingües… Por ejemplo, hubo en Inglaterra un filólogo italiano, Florio, que tradujo los ensayos de Montaigne, que hizo un diccionario italiano-inglés. Es decir que esos diccionarios especializados, diccionarios de palabras raras, de nomenclatura marítima, por ejemplo, diccionarios etimológicos, son anteriores a los diccionarios de nuestros días.

En Italia había un diccionario compuesto por una academia, creo que la Accademia della Crusca. Luego, en Francia, tenemos el diccionario de la Academia Francesa. Ese diccionario no buscaba la multiplicidad de palabras, como el Diccionario de la Academia Española, por ejemplo, que incluye americanismos. Los franceses buscaban más bien la economía en el vocabulario. Se ha calculado que el vocabulario de Racine y el vocabulario de Corneille es realmente muy pobre, no porque ellos ignoraran otras palabras, sino porque les gustaba trabajar con pocos instrumentos, con pocos vocablos. Johnson se comprometió con los libreros, que le adelantaron creo que 1500 libras para compilar su diccionario.”

Curso de literatura inglesa y norteamericana, Universidad de Mar del Plata, 1966. Sudamericana, edición de Mariela Blanco, notas de Germán Álvarez. Bolilla VI.

28.11.25

CLASE 24 DEL SEGUNDO MÓDULO DE LA CLÍNICA DE CUENTOS / BANQUETE MARATÓN FINAL EN EL GALPÓN ESTUDIO

Terminó. Última noche legal en la Clínica. Queda otra, pero va de yapa. Y queda un evento más, como mínimo, el lunes que viene. Pero la Clínica propiamente dicha, en su segunda edición, se apagó anoche a las 23:30.

Cuando llegamos todavía estaba mi dibujo de Corbi en el pizarrón. Con el uso diario que se le da a ese panel para marcadores, es un milagro que haya durado una semana. Pero ahí estaba ella, la que ayudé a parir (asistí a la madre perra el día en que nació, como si supiera veterinaria). La perrita que vi crecer desde el día uno hasta unos años antes de que se fuera. Corbatita, la que tenía una columna radial y comentaba libros y películas a ladridos. La que había abierto una cuenta en el feis, estimamos que manejada por su madre humana. Esa. La que desde ahora será la patrona de las próximas Clínicas de cuentos que demos en el futuro. El milagro de la continuidad del dibujo lo amerita.

Bacanal, anoche. Pablo trajo picadas fiambreras, Pati sánguches de pastrón, Fabiana triángulos árabes, Vicky brie y hummus egipcio, Alberto una tortilla española, Mariano un vino. Lili, Fabián y Jonatan los dulces más sofistiquetis. Yo llevé la legítima Olga, que a esta altura me sale de memoria. 

Hubo muy buenos cuentos leídos por sus autores; los de las chicas estaban más desordenados esta vez, pero con un gran potencial literario. Traté de enfocar las correcciones en el tema formato cuando hizo falta, y en el tema lenguaje cuando los formatos estaban bien. Juntos le inventamos un final terrestre a la historia de Pablo. Como dijo Fabián al irse: qué grandes cuentos hubo este año. Yo agregaría: con la comida pasó lo mismo. Y con los vinos hemos mejorado en calidad, además de la cantidad que tomamos en cada reunión. El cuento profesional que leí fue “Las fotografías”, de la genial Silvina Ocampo. Se nombraron también a Rolad Topor, a Raymond Carver, a Patricia Higsmith, a Samanta Schweblin y a Úrsula K. Le Guin. Queda la publicación de las listas de textos de ficción o teoría que supimos citar, mi mulánima, algunas fotos, algunos párrafos de Borges que nos interesaron y miscelánea diversa, aquí y en Mandarina.

¿Habrá tercera temporada de la Clínica? Es temprano para pensar en eso, por el momento le empezamos a apuntar a las vacaciones. Tal vez recomencemos en marzo o abril. El grupo que armamos, este al que llegamos con el amor y la amistad de años de trabajo, es bien hermoso. No solo lo digo yo; lo dice cada invitado que vino a compartir sus saberes con nosotros, en el Galpón. Todos se han sentido cómodos y bien recibidos.

¿De qué va la Yapa? Patricia y Lili me pidieron en algún momento si podía hacer de invitado y hablar sobre mis propios cuentos, que no suelo poner de ejemplo en las correcciones, un poco por pudor y otro poco porque casi siempre encuentro a alguien que solucionó un conflicto narrativo mejor que yo. Son esos que fui copiando en mi vida, mis maestros. Muchos y buenos. Qué más puedo agregar. No sé si es correcto ponerme en el lugar del estudiado, pero ya estamos en el juego. Prepararé café colombiano, invitaré con un champán mendocino “María”, del Club Codorniú, y me dispondré a leer cuatro inéditos del libro que estoy preparando para enviar al Fondo de Cultura Económica. A la lectura van a asistir Moira Sanjurjo (prometió la torta de ciruelas Presidente; suspenso, suspenso) y la vikinga Belu Wedeltoft (que prometió sacar las fotos). Y todavía podemos hacerle lugar a algún invitado más, se escuchan sugerencias entre los concurrentes. La hora de entrada es a las 20, como siempre, la hora de salida la conversamos según vaya aconteciendo la velada.

Salió muy linda esta Segunda Temporada. Qué capos somos. Aplausos para nos.

25.11.25

ACERCA DE DON SEGUNDO SOMBRA / JORGE LUIS BORGES

 


"Yo creo que ese personaje se llama don Segundo -esa pequeña circunstancia de que el personaje se llamaba Segundo Ramírez Sombra- porque viene a ser el segundo, la sombra de todos los gauchos anteriores, de la historia y de la literatura. Es como si don Segundo Sombra hubiera sido, en otras vidas o en un pasado borroso -no se sabe nada del pasado de don Segundo-, Paulino Lucero, el sargento Recífero, Santos Vega, Martín Fierro, Cruz, Hormiga Negra, Moreira, Calandria; como si hubiera sido todos esos. Más que un individuo, es un arquetipo del gaucho. Creo que eso da una fuerza especial al libro.

Cuando leí Don Segundo Sombra he tenido la impresión -no sé si el autor quiso que yo la tuviera o no- de que todo está sucediendo por última vez: el arreo es el último arreo; los troperos son los últimos troperos; el duelo a cuchillo es el último; el baile es el último. Al final, el personaje se pierde, y queda solo el héroe, y dice: “Me fui, como quien se desangra”. Ese final, si lo comparamos con la realidad, es falso, porque el gaucho no se hubiera ido, los gauchos eran sedentarios. Pero es necesario que se fuera, porque tenía que irse del libro, tenía que irse de la historia argentina.”

 

Curso de literatura argentina, Universidad de Michigan, 1976. Sudamericana, edición y prólogo de Nicolás Helft. Clase de Ricardo Güiraldes. 

24.11.25

EL MODERNISMO Y LEOPOLDO LUGONES / JORGE LUIS BORGES


 “Cada una de las veces que lo he visto, Lugones desviaba la conversación de su cauce natural; me decía, con su tonada cordobesa: “Mi amigo y maestro Rubén Darío”. Lo hacía deliberadamente y, tratándose de un hombre tan orgulloso, el hecho de que admitiera que había tenido un maestro es significativo. Lo decía también con nostalgia: Darío había muerto.

Darío era una persona querida por todos. Yo he conversado con mucha gente en Buenos Aires -el padre de Bioy Casares, por ejemplo- que vieron a Darío una vez o dos y conservan un recuerdo muy grato. Lugones sentiría que él era una persona respetada, admirada, pero no querida. Desde luego es mucho más importante ser querido que ser respetado, porque ser respetado es algo frío y ser admirado es algo glacial, en cambio ser querido es algo humano, que todo el mundo desea. Sin duda sentía esa incapacidad de ser querido y sentía que Rubén Darío era querido por todos, aun por aquellos que no estaban de acuerdo con sus teorías estéticas.

Tenemos pues a un grupo de jóvenes en Buenos Aires, un grupo en México, un grupo en Chile, en todas partes de nuestra América, todos ellos leyendo a Rubén Darío y asombrados al descubrir que el español era capaz de una música nueva, de una entonación nueva. Creo que lo más importante que puede hacer un poeta es hacer que su idioma suene de un modo distinto. Por ejemplo, cuando Stevenson escribe:

          Under the wide and starry sky,

          Dig the grave and let me lie.

          Glad did I live and gladly die,

          And I laid me down with a will

está haciendo algo que no había sido hecho por el inglés. O cuando Swinburne escribe, también está trayendo una música al inglés. Chaucer trajo una música que no existía antes. Y Rubén Darío hizo eso, en versos que pueden no gustarnos:


          Boga y boga en el lago sonoro

          Donde el sueño a los tristes espera,

          Donde aguarda una góndola de oro

          A la novia de Luis de Baviera.

Podemos decir que no nos interesan las góndolas, que no nos interesan los cisnes, que no nos interesa la novia de Luis de Baviera, si es que existió, pero esos versos tienen una entonación que no se había dado antes en lengua española. Eso tiene que haber deslumbrado a los contemporáneos, ya que todavía seguimos sintiéndolo como distinto de lo anterior. No quiere decir que haya algo erróneo en la música de los romances, es su música, pero no es la música de Darío. Y eso lo sintió profundamente Lugones.”

Curso de literatura argentina, Universidad de Michigan, 1976. Sudamericana, edición y prólogo de Nicolás Helft. Clase 7.

21.11.25

EPISODIO 23 DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO, SEGUNDA CURSADA / + PONSOWY


Mori Ponsowy no escribe cuentos. Escribe solamente poemas o novelas. La convocamos para que hablara sobre su libro de crónicas de Japón, “Okásan”. Y terminó acercándonos una obra de teatro. Una chica todo terreno; ahí en la foto, sonriendo junto al fantasma de la querida Corbi. Dos amores.

Lo único que Mori Ponsowy no escribe son cuentos, pero igual vino a la Clínica de cuentos del Galpón Estudio. ¿No era que no se podía? Aprendimos de Borges una expresión inglesa muy curiosa, “For ever and a day” (para siempre y un día), lo cual hace que “para siempre” sea más. Como en “Las mil y una noches”, bajo la consigna de que el número par trae mala suerte. Entonces pregunto: ¿Deberíamos renombrar la Clínica, justo ahora que estamos por terminar el segundo curso? ¿Debería llamarse, desde ahora, la Clínica de cuentos del Galpón Estudio más Ponsowy? Bueno, podemos, por esta única vez. A la vejez, acné.

Tardamos en entrar en tema porque nos dedicamos a comer mis empanadas, que no serán tan buenas como las que hacía Monda, la mamá de Mori, pero superan a las que venden en todo Chacarita. Hubo vinos riquísimos con nombres raros –“Ojo de buen cubero”, “El enemigo”-, varios malbecs y un Luiyi Bosca cabernet Sauvignon. Hubo postres.

Repasando la obra de Mori entendí que tiene varios poemas que son el antecedente de “Okásan”; leímos dos: "Incapacitada para vivir", de “Enemigos afuera”, y “Mi madre habla en mí”, del libro “Cuanto tiempo un día”. Va un fragmento de este último:

 “Como una ostra que se nutre en mareas
de arrogancia, cultivé una perla
de silencio
para las dos. Alguna vez ella intentó acercarse,
estirar los brazos
y acariciarme.
Pero su piel revelaba signos de la vejez.
Yo me erizaba con su tacto: cerraba
mi propia nave y hacía crecer
la perla.”

Siempre intuí que ahí estaba el germen de “Okásan”, ese hermosísimo libro de Mori. Hablamos rato largo sobre su construcción y sobre los efectos que esa relación madre hijo causó en cada uno de nosotros. También trajo dos poemas sobre Corbata, dos ejemplares de regalo de “La nueva vida de Valdi Bonetti”, y las primeras escenas de una obra de teatro que está pergeñando y precisa un pronto director. Interpretamos esa obra que promete, como si fuera teatro montado: Pati hizo de la protagonista, Fabi de la voz de la IA y Pablo indicó las didascalias. Fue un momento muy divertido de la noche.



Mori nos pidió recomendaciones de monólogos que fueran interesantes, y entre Pati y Alberto -nuestros representantes en dramaturgia- le pasaron los siguientes: “Espiral de fuego”, de Enrique Molina y “Días felices”, de Beckett. Yo vi la segunda por Marilú Marini y me consta que era muy buena. Agregué a la lista “Potestad”, de Tato Pavlovsky (la vi actuada por un solo personaje, la inolvidable María Onetto en la dudosa puesta de Norman Briski, pero no sé si hacía todos los personajes como Pompeyo Audivert en “Habitación Macbeth” o si realmente el texto es para un solo actor). Y ya que estaba hablamos de la puesta de “Okásan”, de Paula Herrera, con Carola Reyna como protagonista.

Mori Ponsowy no escribe cuentos pero, a esta altura de los acontecimientos, debería.