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23.1.12
MI CONTRIBUCIÓN A LA GUERRA SEA SADE / LO QUE SALIÓ EN CLARÍN
1.1.12
MI DESEO PARA EL 2012 / CLARÍN
“ Bienaventuranza”.
Siempre quise poder escribir esta palabra en alguna parte y nunca me lo permití, así que ahora aprovecho. Suena a nombre de estancia en Quitilipi, a película de cowboys hecha por un argentino radicado en Miami, a geriátrico de Moreno, a supermercado chino de Belgrano, a nombre de casa de vacaciones en Miramar. Es una palabra que ya no se usa, pero cuando yo era chico todas las tarjetas traían escrito “Bienaventuranza, dicha y felicidad en el año que comienza”.
Me gustaría poder rendirme así a una palabra. Decir “socotroco” o “sarasa”, por ejemplo, y que ustedes lean automáticamente “buen fin y mejor principio”. Y que el deseo de bienaventuranza para este año signifique “que no se acabe el deseo”, y que todos lo entiendan sin que yo tenga que explicar nada. “Que el deseo se convierta en sexo calentito, divertido y saludable, abundante en caricias y besos. Si se puede, con amor incluido. Si no se puede, quevachaché: con algo que aparente ser un poco de amor”.
“Bienaventurados los que copulan con cariño, porque de ellos será el Reino de la Satisfacción”.
28.12.11
EL COCINERO FRAUDULENTO / HISTORIAS DE HOTEL EN Ñ
Una cofesión de parte sobre mis famous fideus del Llao Llao. Un abrazo desde la Milanesa a Federico Dominguez, el chef paciente.
¡Gracias, Guido Carelli Lynch!
¡Gracias, Guido Carelli Lynch!
4.4.11
EL BESO DE LA MUJER ARAÑA / TRES OBSERVACIONES SOBRE “MAMAN”
LA ARAÑA DESARMADA; LA ARAÑA ARMADA. DÁ. Da-dá. La niña le habla a su mamá. Le pide la teta. A priori, es decir con los ojos cerrados, DADÁ sitúa antes de la acción y por encima de todo: a LA DUDA, escribe Tristán Tzara en uno de sus siete manifiestos. “El arte moderno trata sobre el dolor de no poder confiar en el mundo para expresarnos directamente”. Lo que Louise Bourgeois quiere expresar es lo que le pasa por adentro, “las relaciones íntimas”, “el inconsciente”. Dadá duda de todo. Bourgeois habla de confianza. Desconfíen de Dadá. La primera vez que vi “Maman”, la araña de Bourgeau, fue en una situación parecida a la que ahora nos muestra PROA. En un exterior, frente a un río oscuro, con un museo de fondo. Recuerdo que me pareció más chica y más sencilla, tal vez porque el Guguenheinm de Bilbao es enorme y retorcido, y la fachada de PROA es un telón blanco. La segunda vez que la vi, la araña estaba desarmada. El jueves, durante el almuerzo de prensa, la escultura se desparramaba sobre la vereda, con una grúa amarilla como centinela. Las patas todavía estaban envueltas en telas que parecían vendas azules y verdes. Más que la visión de las partes, lo que vi fue una catástrofe, un derrumbe. La araña no estaba para crecer; sino que había recibido un fuerte palmetazo. Sus restos eran unas eses gigantes diseminadas sobre los adoquines de madera. ¡La niña quiere la teta! “Maman” se niega a dársela. La niña la golpea fuertemente con su palma. ¡No puede negarle su alimento! Los pedazos de “Maman” se separan por el golpe. Louis escribe: “es de noche cuando ese deseo de matar a la madre me asalta”. Aplastarla y dejarla ahí, para que todos la vean. Para que nadie caiga en la trampa de la confianza ciega. Esa que sabe que la otra mujer la alimentará sí o sí, que está obligada por la especie, que lo hará siempre para que el género humano subsista y se propague. Ese día del almuerzo la mamá de Bourgeois apareció en la Vuelta de Rocha como un cadáver desmembrado, con fajas de peligro delimitando la zona del accidente. Des- cuar-ti-za… ¡DA-DÁ! LA MAMÁ DE LA ARTISTA; MI MAMÁ En una sala de adentro del Museo hay otra araña: “Spider”. Es un poco más chica que la de afuera, y me hace acordar a un cuadro de Magritte de 1937, “The Therapeutist”. Es una jaula vestida de hombre. Adentro hay un pájaro. La puerta de la jaula está abierta, pero el pájaro no se escapa. “Spider” ha tendido una red con forma de cilindro. Es una trampera a escala humana. Adentro está el sillón favorito de la escultora. Cuelgan de delgados hilos de baba su perfume de siempre, un camafeo con la foto de una señora, unos broches para el pelo, unos collares, tres jarras de vidrio, un reloj, huesitos limpios de caracú. Hay adherida a las paredes de la trampa restos de tapices deshilachados. El reloj marca las doce, hora de comer. Los tejidos son parte de la infancia de Louise, nos dice Philip Larratt-Smith, el joven curador. Los objetos y las telas -Jaquard, Toile de Jouy, Piqué- son aquí una especie de carnada. La mamá de Bourgeois, la cazadora, tenía una tapicería y le hacía dibujar los motivos para las restauraciones. Vos que dibujás tan bien. Entonces es cuando, de muy pequeña, Louise comienza a trabajar. El pan hay que ganárselo, no puede ser gratis. En esta casa no alentamos la obligación de mantener a la especie. Bourgeois misma, madre de tres hijos, afirma que no tenía demasiado interés por ellos, y el padre, Robert, se hizo cargo de su cuidado. “En realidad no hace falta tener hijos”, dice Bourgeois en una entrevista que le hizo Donald Kuspit. “Dios sabe que el mundo no necesita más niños”. Suena el teléfono de casa. Es mi mamá. Tiene una amiga, Susana, que hace unos meses se quedó ciega. A Susana siempre le gustaron mis libros, por la enfermedad en sus ojos no alcanzó a leer el último. Mamá me anuncia, contenta, la noticia del día: descubrió que en Haedo hay una biblioteca parlante para ciegos. Me pide si me puedo hacer cargo de grabar el libro en un caset. Cuanto antes mejor, dice. Vos que leés tan lindo. Lo voy a hacer, claro, por la felicidad de ella y de Susana, aunque casi no tenga tiempo para nada, aunque leerme sea como un castigo, pudiendo leer el Ulises, o El Quijote. Para colmo, en voz alta. Para colmo, frente a un grabador. Mamá me promete una cena con sus canelones de verdura y ricota hechos con panqueques, que le salen riquísimos. “Cómo se repite el amor sin importar el recipiente”, escribe Bourgeois.
LA ARAÑA DE ADENTRO, LA ARAÑA DE AFUERA“Mamá adoraba tanto la limpieza las alfombras limpias los parqués brillantes. el servicio doméstico. la escultura me hizo consciente de esto y no debería olvidarlo.” Loose sheet of writing, c.1959 –Nota suelta, fragmento-. 27,9 x 21,6 cm. Archivo de Louise Bourgeois en Nueva York. Desde el primer piso de PROA veo cómo la gente se arremolina concéntricamente alrededor de la “Maman” ya armada. Rodeándola; a pesar del poco espacio que deja la muchedumbre que quiere entrar a ver la muestra. Es el día de la inauguración oficial. Pocos se ubican debajo de la araña. Si lo hacen, es por un tiempo reducido. No soy el único que lo nota. Alguien de prensa hace un rulo con el dedo índice, como indicando la rueda, el caminar alrededor. De repente unos niños valientes se ubican en la zona vacía. Señalan hacia arriba. Enseguida sus madres van a sacarlos de ahí. ¿Tendrán miedo a que el cuerpo de “Maman” pueda caerse y aplastarlos, o será la desconfianza Dadá, oscura e inconsciente? La red de “Spider” tiene la puerta abierta. Apenas entreabierta, digo. Como esperando a que alguien entre. Y una sola persona puede entrar ahí, lo sabemos: una Luisa dibujante, de ocho o nueve años, con trencitas en el pelo, aferrada a su lápiz 6 b. Por otro lado “Maman” sigue ahí afuera para cazar a todos los otros hijos del planeta, a los que pasean como turistas, a los desprevenidos que viven en la calles de La Boca, a los que se sueltan de las manos de sus madres y se arrojan a lo desconocido, al miedo, al arte. El objeto de la caza.
Publicado en Ñ
7.3.11
DIBUJAR / Ñ
“Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde lo de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren; tras cinco horas de viaje, mi mujer lo recibiría en la estación. Ella no lo había visto desde hacía diez años. Igualmente habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no lo conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuera ciego.…”
Así empieza “Catedral”, mi cuento preferido de Carver. El ciego finalmente llega a la casa en el pico de la discusión entre el marido y su mujer. El marido está fastidiado. Durante la visita ignora al ciego lo más que puede; su mujer lleva todo el trabajo de atenderlo. Llega la noche y los tres se ubican delante de la tele encendida a beber y a fumar marihuana. Ella está muy cansada; decide ponerse el piyama y finalmente irse a la cama. Los deja solos. El ciego, después de un silencio incómodo, pregunta qué hay en la pantalla. El marido responde: una Catedral. Como el ciego no sabe qué es y el marido tampoco sabe explicarle, decide dibujársela en un papel. El ciego le sostiene la mano con la lapicera, en un intento por comprender los trazos.
El marido dibuja arbotantes, pináculos, vitraux. Dibuja arcos góticos, terminados en punta. Dibuja el altar, a la gente congregada. Dibuja todo cuanto puede para poder explicar una Catedral. El ciego ha seguido los movimientos aferrado a su mano. El contacto lo hizo saber. Ha podido fabricarse una catedral propia en su cabeza. Y no es el único que cambió. Como un buen docente, el marido también aprendió algo de su alumno. El cuento deja en claro el éxtasis de la comunicación. Al final, el ciego dice:
“- Creo que ya está. Me parece que lo conseguiste. Echale una mirada. ¿Cómo quedó?
Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.
- ¿Y bien? –preguntó-. ¿Estás mirándolo?
Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero no tenía la impresión de estar dentro de nada.
- Es verdaderamente extraordinario –dije.”
DIBUJAR ES LO VERDADERAMENTE EXTRAORDINARIO
Desde que existe, la arquitectura se la pasa preguntándose si es una de las bellas artes. La mejor definición al respecto se la escuché al arquitecto Lelé, de Curitiba: “La diferencia entre arquitectura y arte reside en que la arquitectura está para simplificarnos la vida, y el arte para complicarla”. La utilidad manifiesta del dibujo de arquitectura reduce su valor artístico, dicen los galeristas. Para mí lo ennoblece.
La mitad del tiempo trabajo con palabras, la mitad con imágenes. Siempre empiezo las tareas de arquitecto a mano. Con la escritura me pasa igual: escribo sin compu. Y siempre espero que las frases y dibujos de un inicio me manipulen, me deformen, me alteren desde su inexactitud de mamarrachos.
Mis borradores proyectuales son entusiastas. Hago modelos en plastilina, en telgopor. Cuanto más imperfectos, mejor. Normalmente diseño con plumines, pinceles o crayones. Otros pasan mis garabatos en Autocad y yo termino corrigiendo en pantalla. La tecnología me interesa solamente aplicada a esta práctica chancha. Con los libros me pasa igual: las primeras líneas son unos rayones casi ilegibles a los que parecen poder caberles otras historias, otros formatos.
Prefiero los híbridos a las exactitudes. Normalmente me alineo con procesos más que con resultados, elijo croquis a renders, maquetas de estudio a maquetas de presentación. Me gusta el cartón corrugado, el papel craft, el calco de cuarenta gramos y los tableros de MDF. Me gusta dibujar con lápices de mina blanda y aplicar pintura acrílica directamente con los dedos.
En el campo de las ideas prefiero comunicar con indefinición, aunque sepa lo que quiero, porque todos ven más en algo indefinido y salvaje. Yo veo más. Me encanta ese momento de la creación adonde nada está asegurado. Un borrador nunca tiene miedo, y sin embargo convive con el miedo del que mira. Un borrador puede ser el mismo miedo. La imaginación está ahí.
UTILIDAD VERSUS INUTILIDAD
La arquitectura es una profesión útil, que le soluciona problemas reales a la gente. La literatura también soluciona problemas, pero imaginarios. Y los tiene que inventar primero. En eso consiste su inutilidad. Suelo surfear entre la profesión y el oficio, lo mejor que puedo para no ahogarme. El dibujo es la tabla sobre la que siempre me paro.
En “La República”, Platón consideraba que la música era el campo por excelencia para educar a la gente, porque hacía que los seres humanos participaran sin saberlo de la matemática y del orden del cosmos. El dibujo, para Platón, era una de las artes más dudosas por la imprecisión y por la sumisión del trazado a los valores subjetivos del dibujante. ¡Pero qué mejor que esa duda subjetiva al servicio de la creación! El dibujo no servirá para fabricar un héroe, pero sí para fabricar otras cosas.
Con el lápiz medimos distancias, tomamos proporciones. Le damos forma a conceptos. Nos divertimos. Contamos qué vemos en nuestros viajes hacia adentro, y qué vemos de la realidad. Elaboramos planos para no perdernos. Diseñamos cosas que sirven y a veces que no sirven. Nos manejamos en la utilidad y perdemos el tiempo. Mostramos lo que dibujamos o lo guardamos para poder pensarlo en soledad.
Del dibujo salen ciudades, edificios, diagramas, cuadros, ilustraciones. Del dibujo salen las tapas de los libros pero también, muchas veces, los libros. Dibujar me sirve tanto para describir un despiece como para contar una historia.
En un acto de magia se dice que la mano es más rápida que la vista. Si pudiéramos congelar cada momento del acto en un dibujo, nadie nos podría engañar jamás. Y así con cada situación de nuestra vida. Dibujar es entender qué hay y qué falta, toda la realidad y toda la ficción. Dibujar es la alegría de estar continuamente atento a lo que nos rodea, a lo que somos y a lo que podemos ser.
(Sin los subtítulos, en Opinión de Ñ)
Así empieza “Catedral”, mi cuento preferido de Carver. El ciego finalmente llega a la casa en el pico de la discusión entre el marido y su mujer. El marido está fastidiado. Durante la visita ignora al ciego lo más que puede; su mujer lleva todo el trabajo de atenderlo. Llega la noche y los tres se ubican delante de la tele encendida a beber y a fumar marihuana. Ella está muy cansada; decide ponerse el piyama y finalmente irse a la cama. Los deja solos. El ciego, después de un silencio incómodo, pregunta qué hay en la pantalla. El marido responde: una Catedral. Como el ciego no sabe qué es y el marido tampoco sabe explicarle, decide dibujársela en un papel. El ciego le sostiene la mano con la lapicera, en un intento por comprender los trazos.
El marido dibuja arbotantes, pináculos, vitraux. Dibuja arcos góticos, terminados en punta. Dibuja el altar, a la gente congregada. Dibuja todo cuanto puede para poder explicar una Catedral. El ciego ha seguido los movimientos aferrado a su mano. El contacto lo hizo saber. Ha podido fabricarse una catedral propia en su cabeza. Y no es el único que cambió. Como un buen docente, el marido también aprendió algo de su alumno. El cuento deja en claro el éxtasis de la comunicación. Al final, el ciego dice:
“- Creo que ya está. Me parece que lo conseguiste. Echale una mirada. ¿Cómo quedó?
Pero yo tenía los ojos cerrados. Pensé mantenerlos así un poco más. Creí que era algo que debía hacer.
- ¿Y bien? –preguntó-. ¿Estás mirándolo?
Yo seguía con los ojos cerrados. Estaba en mi casa. Lo sabía. Pero no tenía la impresión de estar dentro de nada.
- Es verdaderamente extraordinario –dije.”
DIBUJAR ES LO VERDADERAMENTE EXTRAORDINARIO
Desde que existe, la arquitectura se la pasa preguntándose si es una de las bellas artes. La mejor definición al respecto se la escuché al arquitecto Lelé, de Curitiba: “La diferencia entre arquitectura y arte reside en que la arquitectura está para simplificarnos la vida, y el arte para complicarla”. La utilidad manifiesta del dibujo de arquitectura reduce su valor artístico, dicen los galeristas. Para mí lo ennoblece.
La mitad del tiempo trabajo con palabras, la mitad con imágenes. Siempre empiezo las tareas de arquitecto a mano. Con la escritura me pasa igual: escribo sin compu. Y siempre espero que las frases y dibujos de un inicio me manipulen, me deformen, me alteren desde su inexactitud de mamarrachos.
Mis borradores proyectuales son entusiastas. Hago modelos en plastilina, en telgopor. Cuanto más imperfectos, mejor. Normalmente diseño con plumines, pinceles o crayones. Otros pasan mis garabatos en Autocad y yo termino corrigiendo en pantalla. La tecnología me interesa solamente aplicada a esta práctica chancha. Con los libros me pasa igual: las primeras líneas son unos rayones casi ilegibles a los que parecen poder caberles otras historias, otros formatos.
Prefiero los híbridos a las exactitudes. Normalmente me alineo con procesos más que con resultados, elijo croquis a renders, maquetas de estudio a maquetas de presentación. Me gusta el cartón corrugado, el papel craft, el calco de cuarenta gramos y los tableros de MDF. Me gusta dibujar con lápices de mina blanda y aplicar pintura acrílica directamente con los dedos.
En el campo de las ideas prefiero comunicar con indefinición, aunque sepa lo que quiero, porque todos ven más en algo indefinido y salvaje. Yo veo más. Me encanta ese momento de la creación adonde nada está asegurado. Un borrador nunca tiene miedo, y sin embargo convive con el miedo del que mira. Un borrador puede ser el mismo miedo. La imaginación está ahí.
UTILIDAD VERSUS INUTILIDAD
La arquitectura es una profesión útil, que le soluciona problemas reales a la gente. La literatura también soluciona problemas, pero imaginarios. Y los tiene que inventar primero. En eso consiste su inutilidad. Suelo surfear entre la profesión y el oficio, lo mejor que puedo para no ahogarme. El dibujo es la tabla sobre la que siempre me paro.
En “La República”, Platón consideraba que la música era el campo por excelencia para educar a la gente, porque hacía que los seres humanos participaran sin saberlo de la matemática y del orden del cosmos. El dibujo, para Platón, era una de las artes más dudosas por la imprecisión y por la sumisión del trazado a los valores subjetivos del dibujante. ¡Pero qué mejor que esa duda subjetiva al servicio de la creación! El dibujo no servirá para fabricar un héroe, pero sí para fabricar otras cosas.
Con el lápiz medimos distancias, tomamos proporciones. Le damos forma a conceptos. Nos divertimos. Contamos qué vemos en nuestros viajes hacia adentro, y qué vemos de la realidad. Elaboramos planos para no perdernos. Diseñamos cosas que sirven y a veces que no sirven. Nos manejamos en la utilidad y perdemos el tiempo. Mostramos lo que dibujamos o lo guardamos para poder pensarlo en soledad.
Del dibujo salen ciudades, edificios, diagramas, cuadros, ilustraciones. Del dibujo salen las tapas de los libros pero también, muchas veces, los libros. Dibujar me sirve tanto para describir un despiece como para contar una historia.
En un acto de magia se dice que la mano es más rápida que la vista. Si pudiéramos congelar cada momento del acto en un dibujo, nadie nos podría engañar jamás. Y así con cada situación de nuestra vida. Dibujar es entender qué hay y qué falta, toda la realidad y toda la ficción. Dibujar es la alegría de estar continuamente atento a lo que nos rodea, a lo que somos y a lo que podemos ser.
(Sin los subtítulos, en Opinión de Ñ)
2.3.11
EL DIA QUE CONOCÍ A CHARLY GARCÍA
Las cosas se dieron así. Mi hermano tenía un grupo de rock. El grupo tenía como cien fans, entre ellos una chica preciosa que yo había visto varias veces en bluyins, llamada Flor. Tocaban por el Oeste. Haedo, Morón, Ramos Mejía. La chica vivía en Padua.Todas las letras de los temas hablaban de la droga, y no se terminaba de entender si a favor o en contra. En una oportunidad encarcelaron al guitarrista por tenencia, así que me inclino a creer que estaban a favor.
Flor era una incondicional del grupo y también había leído Playa quemada , y le había gustado un poco. Recuerdo que un día me dijo que iba a venir a visitarme a mi departamento del centro para que se lo firmara.
Se me hizo agua la boca. Yo tenía casi cuarenta años y ella parecía de veinte. Cuando la vi parada en el hall de mi edificio llevaba una pollerita tableada, camisa blanca, corbatita, medias tres cuartos y guillerminas. También mi libro. Se había rateado del colegio para venir a verme. Me sentí un abuelo, le firmé, le di un reto barato y la insté a que se volviera rápido en el Sarmiento, por temor a la tentación.
Flor era lo más parecido a Popotitos que hubiera en el planeta. Charly se debe haber enamorado por eso. El tema es que cuando Flor cumplió la mayoría de edad (al año siguiente al episodio de la firma), fue a festejar a un boliche de Palermo adonde él a veces aparecía a tocar el piano. Dijo que Charly la eligió: extendió su brazo largo por entre la gente que bailaba. “Vos”. La señaló con su índice. Y ella fue. Me quise morir.
Del noviazgo se ocuparon los medios, como pudieron. Lo único que voy a agregar al respecto es que ese fue el episodio inaugural, y para cerrarlo está el de Charly tirándose a una pileta desde el piso más alto de un hotel. Y en la mitad este que les voy a contar ahora.
El recital de mi hermano estaba por suceder en los fondos de un chalet de Castelar que queda en Carlos Casares, a tres cuadras de Arias. Habían improvisado una barra con un tablón sobre caballetes, y vendían solamente cerveza o Coca.
Flor me saludó y me dijo que tenía una sorpresa. Que tratara de ubicarme adelante. Yo me fui a comer una pizza y regresé cuando ya estaban tocando. La letra hablaba de unos chicos que se reunían en la esquina para tirar el viejo metal. No era que la entendiera adentro de ese sonido distorsionado y agresivo, la sabía de antes.
Me acerqué hasta donde estaba Flor. El metal que los chicos tiraban podían ser las latas vacías de cerveza, me dije. Pero las latas son de aluminio, que es un metal joven. ¿Qué había de viejo en el aluminio? Bueno, el rock barrial se podía permitir esas confusiones. Además es mi hermano, qué joder. Flor me abrazó. Estaba singularmente linda y contenta. Me apreté contra ella, emocionado. Entonces entró la tromba.
Fue así: dos personas, una tapada por una manta, abriéndose paso entre la (pequeña) multitud. Por menos que fueran, había allí unos cuarenta chicos y chicas gritando y saltando, me había costado llegar hasta el borde del escenario. El tapado me golpeó en un hombro cuando se trepó a las tablas. Se sacó la manta de la cabeza. Era Charly García, el ídolo de mi secundaria.
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