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10.7.26

CLASE DÉCIMO CUARTA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN ESTUDIO / VINO OSVALDO MAZAL

 Ni una foto saqué. Podría decir que fue porque en Posadas la luz natural es mucho mejor que la artificial del Galpón, y ya tenía buenas fotos de Osvaldo dando sus charlas y recibiendo premios en la Feria del Libro de su ciudad. Sin ir más lejos, hace dos posteos posábamos junto al cacique Andresito Guacurarí con el Paraná de fondo, armados y felices con las lanzas de la tribu del patriota misionero. ¡Lo que pesan esas lanzas, amigo! Acero inoxidable del mejor. Y las izamos sin chistar (el documento lo explicita convenientemente).






 La verdad es que me olvidé de sacar fotos, actividad que no se lleva bien con la reunión. A veces Pablo me avisa ¡sacá, sacá!, antes de atacar los platillos humeantes, y tengo que regresar el contenido del tenedor al plato. Esta vez me parece que nos dormimos en grupo: de todas maneras las empanadas son parecidas a las de otras reuniones, y los chocolates también. Los vinos fueron mejores. Nos vamos perfeccionando gracias a las ofertas mundialistas, dijo Fabiana. Que no son para cualquiera.

Mazal y Carolina viajaron a Buenos Aires a ver a sus hijos; entonces se me ocurrió improvisar el evento. Escaneé y pedeefiqué (acabo de inventar el verbo, nótese la i elegante) los mejores cinco capítulos de “Darwin poeta”, editado por Aurelia Rivera. ¿Cómo me acordaba cuáles eran los que me habían gustado más? Lo tenía escrito en los márgenes. Seguidamente les paso título y, entre paréntesis, mi comentario:

PRIMERA PARTE, CAPÍTULO 8. De la naturaleza de las elipses (maravilloso)

SEGUNDA PARTE, CAPÍTULO 3. Ringo y el piano bien temperado (muy bueno)

CAPÍTULO 4. ¿Y Ofelia… dónde anda? (encuentro Darwin/Ofelia, interesante texto erótico)

CAPÍTULO 7. La felicidad de los caballitos (otra maravilla)

CAPÍTULO 9. Tinianov: extrañas teorías, amores nuevos (genial/universal)

Mientras el grupo picaba estas delicias adelanté su segundo volumen literario, “Andrés vuelve o la risa bárbara”. Las novelas de Mazal son extrañísimas, porque los argumentos son mínimos y lo que termina contando se va por las ramas de una manera enloquecedora, a lo Macedonio Fernández. En un momento lo apunté al pecho con un marcador y le pedí que nos dibujara en el pizarrón lo que creía era el esqueleto de “Darwin poeta”. "El mapa conceptual", insistí. Hizo el siguiente croquis:


A partir de su explicación, Lili afirma que se trata de un escritor brújula sin medias tintas. Para mí que a Mazal le brotó el ingeniero.

Las flechitas son los capítulos y cómo le iban saliendo; los puntos verticales son las conexiones entre hechos aparentemente inconexos que van dando indicaciones de lectura; los puntos rojos son los grupos de confabulación o sociedades que van opinando acerca de los sucesos que atañen al argumento. 

En “Andrés vuelve” hay una asociación A.C.M.E (Artistas Conceptuales Misioneros Enfervorizados) que todo el mundo nombra como Marca ACME por el Correcaminos; otra que se llama A.M.O.R (Artistas Misioneros Orientados al Ridículo), un FLH (Frente de Liberación Homeopático) y hasta una ONG anarquista rebelde de un solo miembro (Horacio Quiroga). Este modo de encarar un texto por decenas de discursos externos me hace acordar a los poetas real visceralistas de “Los detectives salvajes”, con sus panfletos revolucionarios intrigantes. En Mazal predomina la contienda partidaria infantilizada hasta las piñas y la barricada traída desde todos los confines de la historia (la Rusia comunista, la dictadura de Stroessner o la siesta misionera), y desde múltiples paisajes (Paraguay, Siberia o la selva hiperbólica). Sus personajes son una especie de tiernas caricaturas perdidas en escenarios populares inmensos, coloquios internacionales, velorios multitudinarios, viajes infinitos. Mazal es un maximalista capaz de meterle cinco epílogos al mismo libro. En “Darwin poeta” elegí el que más me gusta como final, el número 4: Del destino de los objetos. Ahí termina mi lectura, aunque Mazal me lleve a una conclusión ulterior. Copio:

“Lo de los objetos que se vuelven libros, a veces me inquieta. Casi tanto como lo de las personas que lo hacen. Viktor y Elsa, por ejemplo, eran unos monstruos, cada uno a su manera se devoraba a las personas como si fueran libros, o viceversa. Y como ambos sentían de diferentes maneras que la vida no estaba fuera de los libros sino todo lo contrario, al final había en ellos una mezcla tan confusa de vida y literatura que vivían mirando el mundo a través de los libros. Y, sin ir más lejos, aquí tenemos el caso del libro colgado junto a la ventana del estudio de Charles, igual que en el escritorio de mi viejo. En el museo aseguran que ya estaba ahí en vida de Darwin, y que cuando se abre la ventana, la brisa agita sus páginas y las va pasando una a una. “Para que los visitantes puedan aprender, cada vez que miran hacia fuera, algunas cositas más de la vida”, dice un cartel junto a la ventana. Yo tengo otra teoría: es Darwin el que pasa las páginas. Y no es para que nadie aprenda nada. Se está divirtiendo, nomás.”

9.6.26

FERIA DEL LIBRO DE POSADAS 2026 / MISIONES


"Entre las propuestas más esperadas se encuentra la participación del reconocido escritor Gustavo Nielsen, una de las voces destacadas de la narrativa argentina contemporánea. El autor protagonizará dos actividades centrales dentro de la programación del espacio “Rincón del Conocimiento”.

La primera será el jueves 4 de junio, a las 15:10hs, con una lectura de cuentos de su más reciente libro, FFF, una colección de relatos de fantasmas destinada a acercar la literatura a nuevos lectores. De cara a este encuentro, Nielsen expresó su expectativa por compartir la experiencia con jóvenes estudiantes y público en general.

“Espero encontrarme con muchos estudiantes secundarios. La idea es leerles algunos cuentos de mi último libro publicado, que es un libro de cuentos de fantasmas”, señaló el escritor.

La visita tendrá además un significado especial para el autor, quien regresará a Misiones después de muchos años. Nielsen recordó sus recorridos de infancia por las ruinas de San Ignacio, la casa de Horacio Quiroga y otros puntos emblemáticos de la provincia, y manifestó su interés por conocer las transformaciones urbanas que experimentó Posadas en las últimas décadas.

“Tengo muchísimas expectativas de volver a Misiones y reencontrarme con ese panorama amable que siempre tuvo la provincia conmigo”, expresó.

Arquitecto además de escritor, Nielsen adelantó que aprovechará su estadía para recorrer la ciudad, observar la Costanera y realizar croquis urbanos, una actividad artística que desarrolla desde hace años y que próximamente se plasmará en su primer libro de dibujos.

El sábado 6 de junio, a las 17:40hs, el autor volverá al escenario principal para presentar junto al escritor Osvaldo Mazal la novela Los mundos anteriores, publicada por el Fondo de Cultura Económica. La obra combina romance, viajes en el tiempo y ciencia ficción, explorando escenarios atravesados por epidemias y acontecimientos históricos que marcaron a la humanidad.

“Es una novela de amor con viajes en el tiempo que termina siendo una novela de ciencia ficción”, explicó Nielsen sobre la obra que protagonizará uno de los paneles más destacados de la feria."

POSANDO EN POSADAS 

1.5.24

SOBRE "LA TESIS ONCE" DE DIEGO BARREDA / NARRATIVAS DE AMÉRICA, EDITORIAL COLIHUE


Un chimento de la historia del mundo dice que Carl Marx guardó durante cuarenta años un borrador escrito a mano debajo del vidrio de su escritorio. O sea: lo vio, lo leyó y releyó, pensándolo, rumiándolo, dándole vueltas en su cabeza durante cuarenta años seguidos, mientras escribía los tratados económico-filosóficos que le dieron chapa. Se trata de la tesis de Feuerbach que vio la luz en 1845. El propósito del texto fue construir una filosofía materialista centrada en una praxis transformadora, en un “hacer”. El punto décimo primero de ese trabajo, madurado como un vino exquisito, es conocido como La tesis once, y dice lo siguiente: “Los filósofos no han hecho más que interpretar al mundo de diversas maneras, pero lo que se trata es de transformarlo”. Cuando Marx habla de filósofos se refiere a todos los intelectuales. La única manera de hacer filosofía es superándola. La única manera de superarla es haciéndola. El fin de la filosofía está fuera de su propio cuerpo, está en la transformación del mundo.

Acá aparece, por primera vez la noción de conocimiento aplicado versus conocimiento abstracto, una pelea de fondo que compromete tanto al humanismo como a la ciencia. Hoy esta separación nos parece absurda, pero en su momento el capitalismo la apoyó y festejó para poder madurar los horribles principios que tanto le han servido hasta estos días: explotación, apropiación y patriarcado. Estos tres monstruos que hoy lamentablemente padecemos no dejan CASI resquicios aparentes para otras formas de sentir, registrar y vivir en el mundo. En ese “casi” radica la potencia del libro que hoy estamos celebrando, del escritor Diego Barreda. Un “casi” del tamaño de un granito de arroz, pero con más decencia que toda la derecha planetaria junta.

Es cierto que combatimos y seguiremos combatiendo los males que el marxismo nos señaló con su dedo progre: basta ver los avances del feminismo, de los derechos humanos, de las minorías, de la educación. Avances que en ocasiones como la que vivimos se ven hostigadas por lo que parecen retrocesos, o intentos de volver a un pasado salvaje en el que sólo existan las obligaciones, y nada más. Pero estamos ahí, sosteniendo las paredes de una casa más justa y nuestra, con toda la fuerza que tenemos. Aunque a veces nos parezca una causa perdida, seguimos en pie. Nosotros tenemos memoria, y la usamos.

Diego Barreda arremete contra el colonialismo con militancia, lo hizo siempre. Su vida es un ejemplo, él es un referente aunque no lo busque. Diego milita declarando en un juicio de lesa humanidad o escribiendo una ficción. Hoy han regresado objetivos que creíamos perdidos: la destrucción del ascenso social por medio de la eliminación de la educación pública, por ejemplo. Diego nos cuenta en su novela, “La tesis once”, la historia de dos hermanos separados por la dictadura, dos personajes que tienen varios nombres -ella se puede llamar La Polaquita de chica, pero cuando crece adopta el de su mamá del amor, Matilde; él viene de ser Raúl para resguardarse en los apodos: Ringuelet, Ladrillo bombón-, que pueden tener varios nombres, digo, pero una sola ética. Las novelas y los cuentos de Diego son la parte simpática y creativa de su militancia.

En “La tesis once” y “En el pantano”, su novela anterior, hay locura, hay dictadura. Los dos son libros corales, donde la imaginación busca sortear las torturas como puede, en un país sometido muy parecido a la Argentina de hace cincuenta años.

La maduración de un libro a otro se nota en el tratamiento de los personajes. No sólo La Polaquita y Ringuelet son hermosos y queribles, también lo es esa caterva del hospital con apodos arltianos: el Doctor Froi, Posipol, el Libidinoso, Maguiver, el Enfermero Enfermo, el Exultante Surrealista. Ni hablar de los maravillosos Don Carlos y Doña Matilde: él le hablará a la nena del Paraná, y ella de la guerra del Paraguay. Hasta la Agüela, con su crueldad analfabética, será tratada con piedad por su autor, que sólo se demostrará distante con Dosveinte, el milico asesino.

Simplemente porque todos odiamos a Dosveinte.

Ringuelet, pobrecito, está dañado debido a las sesiones de picana. A Ringuelet lo volvió loco la electricidad. Le das la mano y te da corriente. No puede tomar agua porque el estómago le entra en cortocircuito.

 “- ¿Cómo anda la mar? " -le preguntan.

 - Muy picado, el animal" -responde él, lo que tal vez quiera decir muy picaneado. “Por acá, muy picaneado.” Una pequeña muestra de toda nuestra lógica trágica. La Agüela se lo había adelantado a La Polaquita en la primera página:

 –Menos las piedras, todo se muere. Vos no te preocupes. La Agüela se está muriendo, pero no se muere. Al Gauchito Gil lo degollaron hace cien años, pero está vivo. Hace ya más de mucho tiempo que fuimos a verlo a Ciudad Mercedes. Al santuario, fuimos. Te llevé lo más de pequeña que se podía, a caballo fuimos, no lo olvides. Él me prometió en persona que te va proteger cuando yo no esté. Se mueren los buenos, pero por suerte también los malos.

Así es como trata Diego a sus personajes santos y también a los que son un poco diablitos: con clemencia, con compasión. Y así es como los describe, a lo Gombrowitz:

 “Froi es el más grande de los froidianos. A cada uno de nosotros nos fue despejando las obsesiones: la predilecta, las derivadas y las secundarias. Una madre sobreprotectora nos hubiese acomplejado. Froi es infi­nito en paciencia y en agrimensura.”

 Cuando leí las descripciones de Diego por primera vez, pensé “este tipo tiene la literatura adentro”. Su modo poético de entrarle a los personajes es, como mínimo, original. Hoy en día cuesta encontrar gente que lo intente, que intente la originalidad. Los escritores están deprimidos, vienen con eso de que ya está dicho todo. Cito acá a otro tesista, uno literario, Guillermo Martínez, que también acaba de sacar sus “Once tesis (y antítesis)”, esta vez “sobre la escritura de ficción”, con un título que quizás juegue con su pasado marxista:

“Originalidad: entendida no como mera novedad, sino como aquello que lucha por abrirse paso entre la marea de lugares comunes, de lo ya suficientemente dicho, de la música de época, de lo que alguna vez fue expresivo y ahora es retórica. La originalidad, en este sentido, debe tener en cuenta necesariamente a la tradición como medida y desafío. A la frase de Joseph Conrad: “Por el poder de la palabra escrita, hacerte oír, hacerte sentir, hacerte ver”, agregaríamos: de otro modo.”

 “Originalidad, resolución, escritura”, se llama ese capítulo. Y seguramente va a ser el menos citado en los talleres literarios, y el más encantador para mí, que me la paso tratando de encontrar originalidad en las posturas de los nuevas escrituras.

A nivel resolución, el libro de Diego, también resulta interesante. Está dividido en tres partes, una primera de crecimiento, una segunda de manicomio y una tercera de exilio. Los tiempos dan saltos y, cuando menos lo esperamos, hacen enroques sabios: es un buen recurso para una novela de desencuentros. El hermano Raúl ya no se dejará reconocer porque lo cambiaron, porque lo deterioraron, porque lo convirtieron en una cosa: no es más un tigre de verdad, sino un tigre de papel.

Ese tigre fácil de arrugar o de romper -papelito-, viene con ideas poderosas, de revolución tierna, de lo que le queda a alguien que parece vencido, pero ¡nunca! Va un diálogo clave entre el prisionero y el doctor: 

“–No se olvide jamás del viejo tonto, se lo recomiendo. Mi­les de viejos tontos caminarán con sus bastones, tomarán el microcentro porteño con sus sillitas al atardecer, cubriendo las avenidas y las calles. Llevarán sus termos, el mate y los bizcochitos. Un sencillo cartel, colocado al pie del horrible Obelisco dirá que “Los cuarenta y tres mil quinientos quin­ce venerables aquí presentes no nos retiraremos hasta que el gobierno nos dé el aumento que pedimos”. Es la táctica del distraído feliz: la contundencia y el silencio. ¿Quién se les va a animar? Por si acaso los liberales no cedan, a la mañana si­guiente una nutrida columna de nietos se hará presente, inter­pretando un coro de llantos destemplados cada media hora.

–¿Y si no ceden?

–Ya me dije yo que los sicólogos son policías... Si no ceden les cagaremos la Avenida de Mayo, y así de seguido. Usted quiere desestabilizarme por considerar a los pobladores más antiguos del planeta como a los futuros actores de la Tesis Once. Los miembros ancianos de nuestro partido serán de la vanguardia, y aportarán su experiencia social acumulada más temprano que tarde, encabezando la larga marcha de los hu­manos que, raquíticos de posibilidades ante la parca, apuestan a no morir, reencarnando los ideales del panal, el hormiguero y del mismísimo Matusalén. Una convocatoria a los viejos para no morir nunca producirá una catarata; una avalancha de porfiados imparables, un aluvión de tal magnitud que re­basará sin misericordia ni piedad a los ejércitos de policías.”

Llegamos al final. En el momento más emotivo del libro, Diego irrumpe con un poema en mayúsculas que, de entrada, me pareció raro, como forzado. Es una colección de sustantivos; algunos positivos, lindos, SOL, TIERRA, PENSAMIENTO, AMOR, AGUA, DESEO, JUSTICIA. Otros fuleros: HAMBRE, TERROR, ENFERMEDAD, SOLEDAD, DOLOR. La conexión entre todos ellos es que tienen el género cambiado; lo que debería llevar el artículo masculino, lleva el femenino, y viceversa. Acá la NOCHE es EL NOCHE, y el CIELO es LA CIELO. EL SALUD. LA PAÍS.

¿Por qué se empeñará Diego en cambiar los artículos por otros? Debe ser porque él, además de ser Ringuelet, ese hombre aturdido pero no acabado, lleno de teorías maravillosas y explosivas, también es Matilde. La Polaquita. La valiente nena que fue vendida, maltratada, expulsada de su país, pero que sigue viva y acá. Y este libro, aún más que la novela anterior, tal vez sea un rompecabezas de la vida de Diego, y cada personaje lleve un poco de él. Del hombre que, con su testimonio, ayudó a meter en cana a Etchecolatz.

LA PATRIA ES EL MATRIA.

2.5.22

GUILLERMO SACCOMANNO / DISCURSO INAUGURAL DE LA FERIA DEL LIBRO DE BUENOS AIRES 2022

 “Meses atrás, en febrero, ante la inminencia de esta Feria, Silvina Friera publicó en Página/12 un artículo donde desarrollaba la problemática de la falta de papel que afecta muchos países. A la escasez de papel, producto de la pandemia y el aumento en los costos de energía en el mundo, se le suman en nuestro país los problemas habituales: la industria del papel es oligopólica, el papel se cotiza en dólares, y aun cotizando en dólares, tiene inflación y ningún tipo de regulamiento desde el Estado. En consecuencia, para las editoriales pequeñas y medianas se torna muy difícil planificar la edición e impresión de libros. 

La falta de papel se debe a la menor producción de las dos empresas productoras de papel para hacer libros. Una es Ledesma, propiedad de la familia Blaquier/Arrieta, una de las más ricas del país, apellidos vinculados con la última dictadura en crímenes de lesa humanidad, además de relacionados con la Sociedad Rural, escenario en el que hoy estamos. La otra empresa es Celulosa Argentina. Su directivo es el terrateniente y miembro de la Unión Industrial José Urtubey, conectado con la causa Panamá Papers.

Los oligopolios han producido menos por problemas internos y por la pandemia. Y cabe destacarlo: han destinado su producción a papel para embalar o para cajas, y no tanto al papel de uso editorial. Para hacer un libro de unas 160 páginas, con una tirada de 2.000 mil ejemplares, se necesitan entre papel interior y papel de tapa más de 150.000 pesos de inversión. 

Un editor independiente proponía como solución la intervención del Estado. Por ejemplo, la creación de una papelera del Estado. Pero, por supuesto, como no ocurrió en el escándalo Vicentin, es improbable que suceda su intervención. Sería un hallazgo, en la crisis que atravesamos, crear una papelera con participación del Estado, que nuclee a los cartoneros y a las cooperativas.

Al leer esta noticia me pregunté qué tenía esto que ver conmigo, con la hoja en que empezaba a escribir este texto una noche en el bosque. En los últimos treinta años, desde que me afinqué en Villa Gesell, esta “tierra elegida” como la llamábamos con mi amigo Juan Forn, escribo con una birome negra en un cuaderno de hojas lisas. Me gusta el fluir de esta escritura en silencio, una grafía que se vincula con el dibujo, y el dibujo, a su vez, me devuelve a mí mismo. Así me pregunto quién soy, y si esta ignorancia no es la que induce a la búsqueda de un sentido que a menudo se me rehúye. La escritura, conjeturo, debe saber más de mí que yo. Tal vez esta sea la razón por la que en los últimos años me dediqué a la lectura y escritura de notas sobre poesía. 

En tanto, con la birome negra en un cuaderno, escribí en la ciudad, en micros, en trenes, en el mar y también en el bosque. Y fue en el bosque donde mi escritura se volvió más reconcentrada y, a un tiempo, abierta, tratando de conectar en un modo zen el uno con el todo. El monje taoísta vietnamita Thich Nhat Hanh dice que la hoja donde escribo contiene el árbol del que proviene, desde la semilla, pasando por la lluvia, el sol, las estaciones, una historia concerniente a la naturaleza ante la que no puedo hacerme el distraído. Intentaré evitar irme por las ramas.

Hace un instante comentaba el silencioso acto de la escritura con el destino final que uno puede, con suerte, atribuirle: la publicación. A qué precio, vale preguntarse. En un posteo de un editor independiente leí que imprimir un libro de 290 páginas cuesta tres cuartos de un millón de pesos, aproximadamente más de 700.000 pesos. Además, vaya detalle, no son pocos los autores que pagan una parte de la edición con tal de ver publicada su obra.

Debe haber sido en noviembre. Cuando fui convocado a la inauguración de esta Feria experimenté sentimientos contradictorios. Me acordé de la biblioteca de mi padre perseguido político en la casa de un Mataderos de calles de tierra, hedor de frigoríficos y curtiembres. En esos años fue la toma del Lisandro de la Torre y la insurgencia barrial ante los carriers y los tanques. La biblioteca estaba en el fondo de casa, en un galpón lindante con el gallinero, era vasta y en sus estantes, tablones hasta el techo de cinc, cargadísimos, convivían, entre otros, Bakunin y Zola, Barbusse y Dostoievski, Maupassant y Marx, Arlt y Martínez Estrada. 

Me vi más tarde, a los quince, cuando empecé a trabajar de cadete en una agencia de publicidad. Me detenía en las librerías de la avenida Corrientes y en los puestos de usados de Tribunales. Cuando el dinero no me alcanzaba robaba los libros. A los quince iba formando mi propio programa de lecturas: Sartre, Hemingway, Camus, Pavese, Vitorini, Duras, Pasolini, Guinzburg, Faulkner, Woolf, Mc Cullers, O´Connor, Hamsun. Descubría a Gelman, Bustos, Bignozzi, Bailey, Porchia, Thenon, Urondo y Pizarnik. Leía El Escarabajo de Oro y La Rosa Blindada. Era el tiempo de, entre otros, Castillo, Guido, Dal Masetto, Hecker, Rivera, Orpheé, Puig, Lynch, Briante, Gallardo, y Piglia. Siempre pensé que el premio mayor para una escritora o un escritor debe ser que una piba, un pibe, detecten mañana tu libro en una bandeja de usados, ese entusiasmo al encontrar y encontrarse. Todavía lo sostengo. Desde esta construcción de mi escritura hablo esta noche.

La Feria siempre me generó tensión. Y no sólo porque uno se se topa con un injuriante pabellón Martínez de Hoz, que homenajea al esclavista y saqueador de tierras indígenas, antepasado del tristemente célebre economista de la última dictadura. Decir Feria implica decir comercio. Esta es una Feria de la industria, y no de la cultura aunque la misma se adjudique este rol. En todo caso, es representativa de una manera de entender la cultura como comercio en la que el autor, que es el actor principal del libro, como creador, cobra apenas el 10% del precio de tapa de un ejemplar. En esta Feria se han escuchado y se siguen escuchando discursos bien intencionados acerca de la función del libro, de su trascendencia, su empleo como objeto tanto de placer como de herramienta educativa. En fin, discursos que pronto habrán de ser olvidados.

Cuando fui convocado planteé dos cosas: leer los discursos de quienes me antecedieron y el pago de honorarios. Sólo pude leer, gracias a la inquietud de Ezequiel Martínez, a los últimos cuatro o cinco discursos. La organización de la Feria, presumo, no conserva los anteriores, lo que puede interpretarse como desidia hacia lo que esas voces reclamaron en cada oportunidad. Con respecto a mis honorarios, a Ezequiel, además de honesto periodista cultural, hijo de un gran escritor, no puso reparo. Es más, coincidió en que se trataba, sin vueltas, de trabajo intelectual. Y como tal debía ser remunerado, aunque hasta ahora, como tradición, este trabajo hubiera sido, gratuito. No creo que mencionar el dinero en una celebración comercial sea de mal gusto. ¿Acaso hay un afuera de la cultura de la plusvalía?

Quiero aclararlo, en los años que llevo publicando debí demandar a varias editoriales, incluyendo alguna progresista, para recuperar los derechos de publicación de un libro una vez vencido el período del contrato y otros incumplimientos de cláusulas acordadas. En esas demandas me asistió el amigo Oscar Finkelberg, un especialista en derechos de autor. Tomás Eloy Martínez supo agradecerle a Finkelberg en una dedicatoria haberle probado que los derechos de autor son también derechos humanos.

Nuestra relación con los editores es siempre despareja. Nos sentamos en desventaja a ofrecer nuestra sangre, no otra cosa es la tinta. El editor es propietario de un banco de sangre compuesto por un arsenal de títulos publicados siempre en condiciones desfavorables para quienes terminan donando prácticamente su obra.

De manera que, desde que recibí el ofrecimiento de intervenir acá, no pude menos que, todo un trabajo, todos los días dedicarme a pensar de qué iba a hablar, qué decir. En principio, me dije, debía y debo agradecer a quienes me propusieron como forma de reconocimiento a mi producción. Pero elegí, elijo, ahondar en la tensión. Es decir, elijo la sinceridad. Más tarde, a través de algunos amigos, algunos editores, y no daré nombres, supe de quienes se opusieron al pago. Su argumento consistía en que pronunciar este discurso significaba un prestigio. Me imaginé en el supermercado tratando de convencer al chino de que iba a pagar la compra con prestigio. Entre quienes cuestionaban el pago de honorarios no faltó quien planteara que, de pagar, la cifra dependería de la extensión del discurso. Me pregunté a cuánto podría reducirse la suma si yo decidía resolver el discurso, en modo patafísico, con un aforismo. Además, convinieron esos editores, si se me pagaba, se establecía un antecedente que perjudicaba los intereses de la Feria. ¿Qué los sorprendía? Es que quienes me precedieron en este lugar, comprometidos con la defensa del libro, nunca habían cobrado. El uso que de estas figuras hizo la Feria en función de su propio prestigio ha sido mala fe ideológica y no se obviar. Por tanto, soy el primer escritor que cobra por este trabajo.

Como se apreciará, me limito a narrar hechos y describir. Procuro una narración realista que puede ilustrar los porqués de mi tensión en esta Feria y preguntarme cuánto en ella, más allá de las presentaciones de libros, mesas redondas y debates, es su real interés en la literatura, su significación. A esta Feria, queda claro, le importan más los libros que más se venden, que, como es sabido, suelen ser complacientes con la visión quietista del poder. Conviene quizá que lo aclare: la literatura que me interesa – trátese de ensayo, poesía, narrativa -, ilumina, perturba, incomoda y subvierte.

Otra situación que no se puede soslayar es que las sucesivas crisis económicas han afectado no sólo la industria editorial. No es una novedad que nuestro país ha superado el 40% estadístico de pobreza y que la línea de hambre es impiadosa. En su introducción a los Hechos del Rey Arturo y sus Nobles Caballeros de Thomas Mallory, John Steimbeck escribió: “Hay muchas personas que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano, y debe afrontarlo cuando niño. Un adulto rara vez sale triunfante de esa empresa, la de reducir la experiencia a un orbe de símbolos. Los seres humanos han existido durante mil millares de años, y sólo han aprendido este prodigio en los últimos diez últimos millares de los mil millares”. Corresponde entonces preguntarse si un chico con hambre está en condiciones de realizar esa operación, asimilar conocimiento cuando no ha asimilado alimento.

Al mismo tiempo, si retornamos a la crisis del papel, no podemos dejar de lado el crimen impune de las políticas extractivas que sustenta el estado y contribuye al desastre de la naturaleza. No me desvío demasiado: hace un tiempo también leí en The Guardian que la estadística de millones de fugitivos de los desastres climáticos supera los millones de refugiados por desastres bélicos: aproximadamente dieciséis conflictos bélicos en la actualidad. En nuestro país los incendios forestales son tan graves como los efectos asesinos del gaseo pesticida. A propósito, les recomiendo el libro del fotorreportero Pablo Piovano. En esas imágenes espectrales de seres deformados podrán observar eso que los medios invisibilizan, una tragedia ninguneada y oculta que no es tan espectacular como las secas de cuencas aquíferas y los incendios. Tampoco, se me dirá, es pertinente traer acá la indigencia de los pueblos originarios y sus territorios que históricamente les pertenecen y les fueron expropiados a partir del genocidio roquista. Sin embargo, tanto el asesinato de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel como la represión sobre el pueblo mapuche están en línea directa con esta estrategia de expoliación y entrega de recursos.

La teoría literaria, sostiene el marxista irlandés Terry Eagleton, es, ni más ni menos, que teoría política. Leída desde esta perspectiva, desde sus orígenes, nuestra literatura está signada por la violencia política: el indio, la mujer y el inmigrante son las víctimas y han sido y siguen siendo muchas veces escamoteadas. Toda nuestra literatura, incluso aquella que se define como de evasión, aunque se haga la otaria, también tiene que ver con la violencia política. Es que, me digo, si escribimos no podemos jugarla de inocentes. Si me remito a los versos de John Donne queda claro por quién doblan las campanas. Doblan por nosotros.

Otra pregunta me queda picando: ¿es una paradoja o responde a una lógica del sistema que esta Feria se realice en la Rural, que se le pague un alquiler sideral a la institución que fue instigadora de los golpes militares que asesinaron escritores y destruyeron libros? En lo personal, creo que esta situación simbólica refiere una violencia política encubierta.

Cuando pregunté, antes de venir, por qué la Feria se realiza aquí y no en otro espacio, Ariel Granica, hijo del editor exilado en el 76, tuvo el gesto solidario y comprensivo de explicarme que no hay otro lugar de magnitud capaz de albergar tantos expositores y facilitar el ingreso de una multitud. De producirse un cambio de geografía, me dijo, dependería de la colaboración del estado en facilitar un predio afín. Le cité el ejemplo de la Feria de Guadalajara. Y Granica me informó que dicha Feria, a diferencia de esta, dispone no sólo del respaldo sino también del apoyo económico del estado mejicano.

Si la Feria le paga una fortuna a la Rural, esto justifica la cuantiosa cifra del alquiler de los predios de los expositores. De modo que quien visita esta Feria, debe contemplar que al costo de la entrada debe sumarle el precio del libro. Alguna vez esta Feria tuvo como lema propiciar la relación del autor con el lector. La sombra del dinero enturbia, como vemos, la naturaleza de esa conexión.

Quiero, en este relato, plantear otra pregunta: si este es el cuadro de situación de la Feria, que no es nuevo, en medio de esta crisis económica que depreda nuestro país, ¿quiénes son los lectores que llegan al libro sino los de una clase media pauperizada siempre y cuando no gasten demasiado en la gaseosa y los panchos?

Acá se habla de los riesgos de la industria, se repite retórica la necesidad del acceso a los libros, se habla y se habla. Parafraseando a Greta Thumberg, blablablá. Pero cómo hablar de lectores, me pregunto, si se elude desde los estamentos gubernamentales la enseñanza y el aliento de la lectura, que no se arregla ingenuamente repartiendo fascículos literarios en las canchas ni con una candorosa primera dama leyendo cuentos a los chicos de vacaciones en Mar del Plata. No me voy a detener acá en los exabruptos facistas de la ministra de educación porteña, tampoco en el menosprecio del ministro de cultura porteño por los premios municipales a la labor de creadores en literatura, teatro, música y artesvisuales, subsidios a menudo en riesgo. Pero no puedo pasar por alto a un reciente ministro de educación nacional que, al encarar una enésima reforma educativa, declaraba no hace tanto que estábamos ante un “proceso de reorganización” pedagógico. “Los límites de mi lenguaje son los de mi mundo”, escribió Wittgentein, pensamiento que ese ministro seguramente ignorará. Subrayo los términos del ministro: “proceso de reorganización”. Tzvetan Tdorov afirma que un país que ha padecido campos de concentración tiene el corazón comido por gusanos. Me pregunto entonces cuál es la calidad educativa en nuestro país que ha sufrido ya suficientes reformas educativas para que, encima, un ministro, pueda expresarse en estos términos. No creo necesario extenderme abarcando la situación siempre precaria de los docentes en el país donde fue asesinado el maestro Fuentealba y en los últimos años otros maestros murieron por la explosión de las garrafas en escuelas convertidas en comederos.

La literatura que me gusta no baja línea. Y, lo que escribo en esta hoja, tampoco baja línea. Simplemente soy descriptivo, estas son las cosas que se juegan para quienes elegimos este oficio. Inexorable, la tensión me impulsa hacia un nervioso desorden enumerativo. Asumo el riesgo de ser malentendido y juzgado como aguafiestas. Pero, a pesar del frenesí y la euforia de la organización y su expectativa en la facturación, nuestro presente no tiene mucho de festivo. Quienes me han leído saben que, acá, ahora, persisto en sostener una contrariada coherencia. Estoy convencido, estos datos y anécdotas tienen que ver con la escritura. No la determinan, pero inciden más de lo que me gustaría cuando viene el momento de publicar.

A pesar de todo, no soy pesimista. Son varias las generaciones que, en el presente, desde la diversidad y la disidencia, están generando escrituras cuestionadoras. La crisis que afecta a la industria es tanto una realidad como la de quienes, a pesar de las dificultades colectivas y personales de toda índole, persisten en la escritura y creen que, si bien la escritura no puede transformar el mundo, puede hacerlo un poco mejor.

La vida es breve, uno escribe contra la fugacidad. Escribir es el intento muchas veces frustrado de capturar instantes de belleza, registrarlos para que sobrevivan a pesar de la finitud. Se escribe en soledad, pero no ajeno a las contradicciones de lo social. Hace falta una gran tolerancia al fracaso para este oficio. “Escribo porque sufro”, dice John Berger. Y lo dice “con la esperanza entre los dientes”. Y esta es una verdad que no se transa.

Mientras escribía este texto, para aliviar la tensión, con la conciencia de que este discurso pronto será olvido, salí a la noche, al bosque. Me acerqué a un árbol añoso, lo toqué, respiré la oscuridad. Al volver a la mesa, a la birome negra y a la hoja, algo había pasado, una especie de gratitud. Y seguí escribiendo. No cambiaría este oficio por nada.”