"Como otros tipos de inteligencia, la del narrador es en parte natural y en parte ejercitada. Se compone de
varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la
gente normal, señal de inmadurez o incivilidad: de ingenio
(tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de
obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de
todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad
(manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición
a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada
tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral
patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca
fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación
eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del
adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad,
la última a menudo acrecentada por sentimientos
irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos
paciencia que un gato; de una vena socarrona
despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e
imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable
adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas.
Naturalmente, no todos los escritores tienen exactamente estas mismas
virtudes. Alguna que otra vez aparece alguno que no es
anormalmente imprevisor. He descrito aquí, pensará el lector, un ser peligroso y de lo más peregrino. (De hecho, los buenos escritores
casi nunca son peligrosos –punto que habrá que desarrollar,
pero más adelante–.) Aunque el tono sea medio jocoso, esta
descripción del escritor pretende ser precisa. Está claro que
los escritores serían todos unos dementes si no fueran tan compli-cados psicológicamente («demasiado complejos», escribió un
famoso psiquiatra en cierta ocasión, «para ceñirse a
un tipo concreto de locura»); y algunos se vuelven locos de
todos modos. Lo más sencillo cuando se trata de hablar de
esta clase especial de inteligencia tal vez sea describir lo que se consigue con ella, lo que el joven novelista tendrá que estar
tarde o temprano
preparado para hacer.
He dicho que los escritores son adictos a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no
pretendo decir que no sepan distinguir entre las buenas y las
malas, y debo añadir que las malas historias a veces les
ponen furiosos. (Unos se enfadan más, otros menos; y los hay que en
lugar de comenzar a bramar y a arrojar cosas, proyectan su
furia hacia el interior de sí mismos y se hunden en un
abatimiento
de tintes suicidas,) La clase de novela que enoja a los buenos escritores no es la novela verdaderamente mala. La mayoría de los escritores ojearán sin duda un libro de cómics o una novela del Oeste, hasta una de enfermeras si les cae en las manos en la consulta del médico, y leerán sin darle importancia. Algunos leen con gusto novelas policiacas buenas y malas, ficción científica, dramones familiares ambientados en el Sur o en el Oeste, e incluso –y a lo mejor con gusto especial– libros para niños. Lo que les enfurece es la mala novela «de calidad», ya sea para niños o para adultos. Sería un error achacar su ira a los celos profesionales. No hay ser más generoso a la hora de alabar que el novelista que acaba de leer una buena novela escrita por otro, aun cuando el autor sea enemigo acérrimo suyo. Más acertado sería achacarla a la inseguridad del novelista, pero tampoco es del todo cierto. Si uno se esfuerza mucho por hacer algo que considera importante (contar una historia excelentemente bien), no tolera que otra persona lo haga mal o, peor aún, con engaño, y pretenda, además, formar parte de su distinguida cofradía. Es una afrenta a su honor, al de toda la profesión, y el objetivo que se ha marcado en la vida pierde significación, sobre todo si los lectores y los críticos se muestran incapaces de distinguir entre lo auténtico y lo falso, como suele ocurrir. Se empieza a dudar de que el propio criterio tenga algún valor, incluso de que uno viva en contacto con la realidad. Y uno se vuelve gruñón, petulante, pendenciero. Puesto que la excelencia en el arte es una cuestión de gusto –ya que no se puede demostrar, con la misma claridad con que los matemáticos demuestran sus aciertos o errores, que una obra sea mejor que otra–, la alabanza generalizada de un libro estúpido ofende al verdadero escritor. Como un niño convencido de que tiene razón pero que no consigue hacérselo ver a sus padres, y que carece de poder y de autoridad para imponerse, el escritor ofendido por una supuesta obra maestra que él sabe que es un camelo puede coger un berrinche o llenarse de resentimiento, o volverse insidioso (puede, como dijo Joyce, recurrir al silencio, a la marginación, a la astucia)."
de tintes suicidas,) La clase de novela que enoja a los buenos escritores no es la novela verdaderamente mala. La mayoría de los escritores ojearán sin duda un libro de cómics o una novela del Oeste, hasta una de enfermeras si les cae en las manos en la consulta del médico, y leerán sin darle importancia. Algunos leen con gusto novelas policiacas buenas y malas, ficción científica, dramones familiares ambientados en el Sur o en el Oeste, e incluso –y a lo mejor con gusto especial– libros para niños. Lo que les enfurece es la mala novela «de calidad», ya sea para niños o para adultos. Sería un error achacar su ira a los celos profesionales. No hay ser más generoso a la hora de alabar que el novelista que acaba de leer una buena novela escrita por otro, aun cuando el autor sea enemigo acérrimo suyo. Más acertado sería achacarla a la inseguridad del novelista, pero tampoco es del todo cierto. Si uno se esfuerza mucho por hacer algo que considera importante (contar una historia excelentemente bien), no tolera que otra persona lo haga mal o, peor aún, con engaño, y pretenda, además, formar parte de su distinguida cofradía. Es una afrenta a su honor, al de toda la profesión, y el objetivo que se ha marcado en la vida pierde significación, sobre todo si los lectores y los críticos se muestran incapaces de distinguir entre lo auténtico y lo falso, como suele ocurrir. Se empieza a dudar de que el propio criterio tenga algún valor, incluso de que uno viva en contacto con la realidad. Y uno se vuelve gruñón, petulante, pendenciero. Puesto que la excelencia en el arte es una cuestión de gusto –ya que no se puede demostrar, con la misma claridad con que los matemáticos demuestran sus aciertos o errores, que una obra sea mejor que otra–, la alabanza generalizada de un libro estúpido ofende al verdadero escritor. Como un niño convencido de que tiene razón pero que no consigue hacérselo ver a sus padres, y que carece de poder y de autoridad para imponerse, el escritor ofendido por una supuesta obra maestra que él sabe que es un camelo puede coger un berrinche o llenarse de resentimiento, o volverse insidioso (puede, como dijo Joyce, recurrir al silencio, a la marginación, a la astucia)."
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