29.5.09

22.5.09

LA AGONÍA DEL LIBRO / ANTONIO ELIO BRAILOWSKY

Hace muchos años, un joven llamado Neftalí decidió escribir versos. El sopapo que le propinó su padre por dedicarse a ese oficio de maricones lo disuadió, no de la poesía, sino de publicarla con su nombre.

Así, Neftalí Reyes eligió el seudónimo con el que todos lo conocemos: se llamaría Pablo Neruda.

Hoy Neftalí encontraría otros problemas: nadie quiere publicar poesía. No se imprimirían los poemas de Neftalí y simplemente se perderían para siempre. Y si existe otro Neruda escribiendo en las sombras, tal vez no lleguemos a conocerlo nunca.

En un modelo editorial volcado al mercado, alguien decidió hace unos cuantos años que el mercado no absorbería poesía y este género literario dejó de editarse. De este modo, no sólo estamos impidiendo que se conozcan los nuevos poetas.

Neftalí Reyes eligió ser Pablño Neruda porque se inspiró leyendo los poemas del checo Jan Neruda, por quien sentía una gran admiración. ¿Encontraría hay Neftalí una versión castellana de los poemas de Jan Neruda? ¿Alguna mano piadosa los habrá colgado de esa abigarrada confusión que llamamos Internet?

Al dejar de publicar poesía estamos rompiendo una línea de continuidad iniciada mucho antes del nacimiento del idioma castellano, con las poesías amorosas del romano Ovidio, cuyo tono erótico no pudo soportar el emperador Augusto, y por eso lo desterró a un sitio infame.

Hace casi dos mil años que leemos a Ovidio, a quien no pudo destruir la represión de su mojigato emperador. Primero lo leímos en tablillas de cera, después en pergaminos y más tarde en letra impresa. Mientras tanto, los poetas nuevos quedan sujetos al efímero destino de un blog electrónico.

La continuidad de una cultura significa que unos artistas van inspirándose en los anteriores, por supuesto que si tienen oportunidad de conocerlos.

Acaba de terminar en Buenos Aires una de las Ferias del Libro abiertas al público más importantes del mundo, y todos los comentarios se refieren a sus aspectos comerciales. Nos preocupamos mucho menos de lo que ocurre con la promoción de la cultura.

Pero el mercado no siempre es el mejor regulador de todas las cosas. Por influjo del mercado, la poesía dejó de ser rentable. Poco después, el cuento siguió el mismo destino. Si hoy llegaran con su carpeta a una editorial, sin que nadie los conociera, ¿publicarían sus cuentos Horacio Quiroga y Jorge Luis Borges? ¿O se perderían sus obras para siempre?

Este año, en medio de la gran fiesta del libro, el mercado dio otra vuelta de tuerca. Me informan que varias editoriales están reduciendo la edición de novelas.

-Es un año de crisis y en época de crisis las novelas no venden poco -me dicen- Vamos a vender muchos libros de autoayuda.

De modo que empecé a preguntar qué destino tendrían algunas grandes obras de la literatura universal si sus autores fueran noveles en vez de famosos:

-¿Publicarías el "Ulises", de James Joyce, si el autor fuera desconocido? -pregunto.
-No -me contestan- es demasiado difícil de leer.

-¿Publicarías "En busca del tiempo perdido", de Marcel Proust?
-No, es demasiado largo. Me cuesta mucho vender un libro de más de 200 páginas.

-¿Publicarías "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez, si nadie conociera al autor?
-No, es demasiado complicado. Vendemos mejor los libros sencillos.

No sé si será cierto, y en el marco de este comentario tal vez tenga poca importancia. Lo que sí es cierto es que someter la cultura exclusivamente a las reglas del mercado está dañando severamente nuestro patrimonio literario.

En un contexto en el cual cada uno de los actores destaca las responsabilidades de los otros, el libro se transforma en un objeto descartable. El mercado (metáfora que habla de las acciones de muchos seres humanos concretos) está tratando a los libros como si fueran revistas, con una vida útil cada vez más reducida. Para realizar ganancias (o solamente para sobrevivir) hay que editar continuamente nuevos libros que desplacen a los anteriores. Para resguardarse de la crisis, hay que reducir la tirada y subir el precio.

En consecuencia, el público compra menos. La respuesta de los organizadores de la Feria no es promocionar la lectura sino reducir la presencia de un público que mira los libros como objetos de lujo.

Los libros que sobran a menudo se destruyen en vez de enviarlos a las mesas de saldos, para evitar que el libro barato compita con el libro caro que acaba de editarse.

¿Queda acaso el resquicio de las ediciones de autor?

No, de veras que no. Acabo de hablar con libreros, que me dicen:

-El espacio que tengo en las mesas no es infinito. Lo libros que llegan de las editoriales que trabajan con ediciones de autor se quedan en el depósito sin abrir los paquetes.

-¿Y si alguien los pide? -pregunto.

-Les tengo que decir que está agotado -me contestan-. Si bajo al depósito para abrir los paquetes, descuido el local y me roban los libros.

Podemos seguir indefinidamente con el anecdotario, pero lo importante ya está dicho: más allá de las mejores intenciones de cada uno de los actores sociales involucrados, la exclusividad del mercado está produciendo graves daños en nuestro patrimonio literario. Se edita una fracción ínfima de los libros que se escriben y el criterio de selección no tiene que ver con la calidad sino con las expectativas de venta. Estas variables no necesariamente coinciden, como se ve con las ventas de los libros de autoayuda.

Nos preocupamos por el patrimonio arquitectónico y salvamos de la demolición a aquellas obras emblemáticas que el mercado inmobiliario quiere transformar en centros comerciales o en torres de departamentos. También creamos parques nacionales y reservas naturales para proteger nuestro patrimonio natural, cuando el mercado quiere arrasar los bosques o transformar nuestra fauna en tapados de piel.

Pero aún no estamos haciendo nada por salvar el patrimonio literario que todos los días se redacta y que se va perdiendo por falta de políticas públicas de protección.

Existen editoriales estatales en Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Cuba. Uruguay firma convenios internacionales para promocionar en el exterior los libros de sus editoriales estatales. Las hay en los diferentes Estados de México y además está su enorme Fondo de Cultura Económica. En Venezuela hay varias, como la muy importante Monte Ávila, el Perro y la Rana y la Colección Ayacucho. Estas editoriales tratan de publicar aquellas obras valiosas que no encuentran un lugar en el mercado. En un reciente debate en ese país, se planteó el desafío que significaba para el sector privado el competir con los precios bajos de las editoriales estatales. Es decir, que tenían que encontrar formas imaginativas de llegar al público con precios menores, en vez de la fácil solución de aumentarlos indefinidamente.

Se trata de una alternativa. Sin duda que hay otras posibles, como contratos de edición por parte de organismos públicos o una red de librerías estatales, como la que tuvo hace tiempo la Editorial Universitaria de Buenos Aires. Lo que realmente importa es recordar que el libro no puede ser vehículo de cultura si no hay políticas públicas al respecto.

Me llama la atención el que no estemos analizando propuestas sobre el tema. Y no me refiero solamente a los que ocupan cargos de gobierno. En estos días hay elecciones en la Argentina. Se presentan varios miles de candidatos para ocupar cargos electivos y todavía no conocemos la propuesta cultural de ninguno de ellos. Tanto el Gobierno como la oposición han olvidado que su función es discutir políticas públicas, no solamente candidaturas. ¿Los ciudadanos tendrán la energía necesaria para recordárselo?

21.5.09

LA POSIBILIDAD DE UNA PLAZA

En un episodio de los Simpson, Homero le dice a Bart: “Nunca jamás digas nada en público hasta que estés seguro de que los demás piensan igual que tú”. La seguridad que pretende Homero tal vez sea un intento de mecanismo para el éxito del funcionamiento de un espacio público, dejando a un lado el chiste de que sean todos los demás los que piensen igual que uno. Algo imposible.

El espacio público es el espacio de la negociación, y a la hora de crearlo desde cero trataremos de encontrar un mínimo de consenso. Un espacio público no aceptado por los vecinos será objeto de vandalismos. Además, ¿para qué hacerlo si nadie estará allí para disfrutarlo? O, mejorando la pregunta: ¿quién es el verdadero comitente de los espacios públicos?

Dice el profesor catalán Manuel Delgado Ruiz: “Allí, en los espacios públicos y semi públicos en los que en principio nadie debería ejercer el derecho de admisión, dominan principios de reciprocidad simétrica, en los que lo que se intercambia puede ser perfectamente el distanciamiento, la indiferencia y la reserva, pero también la ayuda mutua o la cooperación automática en caso de emergencia.”

El objeto a negociar suele ser mínimo: quién está primero en la parada del colectivo, quién se sentará en aquel banco, preguntar por la ubicación de una calle. Uno evalúa a los demás transeúntes a través de cómo se presentan, no a través de qué son, en un sistema en el que cuentan más las pertinencias que las pertenencias.

De democracia se trata todo esto. Si la democracia fuera perfecta, sin duda el espacio público sería su epifanía. Un espacio accesible a todos sin dar explicaciones de ninguna especie, con derecho a deambular en libertad. Pero en la realidad este espacio no suele ser público sino comunitario, y la utopía hace agua porque las democracias no son perfectas. Tienen reglas de uso, y en la ciudad las ponen la Municipalidad, la policía, la clase media, los piqueteros. Valen las leyes, la presencia, el sentido común, la demagogia y hasta la mismísima violencia.

“La calle para los frentistas” suelen decir los vecinos a la prensa para desestimar un uso público que les ensucia las veredas. Una feria, por ejemplo. ¡Vade retro fumones, mendigos, drogadictos, travestis, prostitutas, vendedores ambulantes, artesanos y todos aquellos a los que les veamos cara de raros! ¡Los vecinos necesitamos seguridad, y que no nos jueguen a la pelota en nuestras veredas, y poder estacionar el auto en la misma puerta de nuestras casas!

Entre el orden y el desorden sucede la realidad del espacio público. Los gobernantes, los urbanistas, los sociólogos, los arquitectos somos quienes debemos procurar el equilibrio necesario, para que la sociedad no se nos venga abajo.

Desde principio de 2008 el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, a veces en colaboración con la Sociedad Central de Arquitectos, ha promovido la realización de concursos para acentuar este equilibrio. Hubo proyectos urbanísticos a escalas medidas en hectáreas, y otros de escalas chicas. Los Oasis Urbanos contemplan pequeñas plazas en lugares no ortodoxos del trazado porteño.

Como todos sabemos, la traza de Buenos Aires está formada por manzanas con forma de cuadrados, y sus plazas suelen existir a partir de la simple sustracción de un cuadrado construido, de tanto en tanto, y su reemplazo por pastito. En los momentos en que la ortogonalidad no sucede por la cercanía de un accidente geográfico, una autopista, un asentamiento; o por temas históricos o caprichos de diseño, quedan lugares vacantes. Sectores con forma de trapecio, extraños bulevares, terrenos escondidos y apretados: vacíos urbanos.

La idea de los Oasis de la Muni reconoce en estas “rarezas” de la trama la posibilidad de hacer espacio público de calidad. Algunas veces se trata de realizar una operación de diseño totalmente nueva. Otras, de aggiornar plazoletas existentes, modernizándolas.

De las ocasiones referidas a un espacio totalmente nuevo, destacamos el concurso para el Oasis Boedo. Con un terreno disponible de una manzana incompleta, ex propiedad de la estación de tranvías Vail, más el empuje de toda la vecindad que quería quitarse de encima esos galpones abandonados para convertirlos en un sitio agradable, hoy se está haciendo un Oasis ganado por el estudio de los arquitectos Kogan, Castillo y Cabral.

Entre los casos de modernización de un espacio público existente, se encuentran las plazoletas Magaldi-Unamuno del barrio de Barracas. Son dos, y se las usa como plazas en la actualidad. Ambas presentan árboles de gran tamaño, están rodeadas por breves pasajes vehiculares y las fachadas que las limitan tienen apenas la altura de un nivel o dos. Magaldi está ubicada a menos de cien metros de Unamuno, pero desde una no se llega a ver lo que pasa en la otra, dada la trabada relación entre las calles. La traza no ortodoxa del tejido perimetral hace que sean casi como patios interiores.

Tengo el privilegio de pertenecer al equipo que ganó el primer premio del Oasis Magaldi-Unamuno, junto a los arquitectos Zolkwer y Gallardo. Nuestro proyecto contempla espacios pergolados a escala de los árboles, con grandes plataformas con mesas de pinpón, mesas de ajedrez, asientos, reposeras y lugares para comer. También diseñamos una corrección de las calles que rodean actualmente las plazas, nivelándolas con las veredas para que las placitas parezcan más grandes y los nuevos límites de los Oasis sean las propias fachadas de las casas. Y agregamos árboles, y mucha iluminación, tan necesaria en el barrio de Barracas.

Terminamos el proyecto en febrero. Nosotros, el CGP 4 y todos los vecinos esperamos que se licite a la brevedad posible.

“El espacio público es un territorio desterritorializado, que se pasa el tiempo siendo reterritorializado y vuelto a desterritorializar, marcado por la sucesión y el amontonamiento de componentes, en que se registra la concentración y el desplazamiento de las fuerzas sociales que convoca o desencadena y que está crónicamente condenado a sufrir todo tipo de composiciones y recomposiciones” (Manuel Delgado Ruiz).

Ser arquitecto es querer hacer espacio público. Poder construir el lugar de los sin nombre, de los ricos y de los pobres, de los policías y de los delincuentes, de los que se aman y los que se odian; el espacio del paseante, el de la comunidad, es la maravilla a la que aspiramos como profesionales. Con la intuición de estar colaborando a mantener el equilibrio de la ciudad, para contribuir a la democracia en que creemos. Diseñando una partecita de nuestra querida Buenos Aires. Esta vez, y para nuestro privilegio, asombro y felicidad, de esa que pasa afuera de las casas.

El lugar que es de nadie, nuestro, de todos.

20.5.09

LA HUMANIZACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO / MUNI

La Muni acaba de publicar este libro, en el que está nuestro proyecto del Oasis Urbano Magaldi Unamuno, de Gallardo, Nielsen y Zolkwer. También nos pidieron un texto que laboriosamente escribimos a dos manos con Max, pero al final no lo sacaron. El libro se presentó en las jornadas que con el mismo título se hicieron en el Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, Recoleta. Las jornadas estuvieron buenísimas; el libro está bien. Gracias, Muni.

Al texto lo subo mañana acá en la Milanesa. Es una versión retocada para el diario La Nación. Nobleza obliga.

19.5.09

LAS NUEVAS GENERACIONES ME LEEN

Al menos Leo Oyola, quizás el más grande de los nuevos ("Siete y el Tigre Harapiento" es una de ESAS maravillas). Lo dice acá.

¡Yo también detesto las botas, Leíto, no te imaginás cuánto! Un abrazo para vos.

13.5.09

CASAS Y VERSOS

En uno de sus escritos más conocidos el profesor Tomás Maldonado se pregunta qué respondería un transeúnte elegido al azar en las calles de Nueva York a la pregunta “¿Usted cree que un edificio es un texto?”. La respuesta varía si la persona indagada es un ciudadano común, a si es, por casualidad, un arquitecto. El transeúnte común buscará la cámara escondida que lo esté burlando. El arquitecto responderá afirmativamente, sin dudarlo un instante. Resume Maldonado: “Al fin de cuentas, frente a un edificio se está en condiciones de elegir un particular itinerario perceptivo. Y donde hay un itinerario, o sucesiones de experiencias perceptivas, es lícito, siempre en sentido metafórico, hablar de lectura.” El escrito es posterior a los años setenta, en el camino había nacido la semiología aplicada al diseño.
La arquitectura es una forma de lenguaje que se entiende estudiándola como se estudia literatura. Según el momento histórico se ajusta más o menos a reglas de composición, intenta articular un discurso y está armada de palabras posibles de decodificar. A veces el discurso es tan estricto, tiene reglas tan firmes, que se parece a un cuento. La mayoría de las veces se rige por la poética.
Si tuviera que comparar casas con poemas, la Ville Saboye de Le Corbusier en Poissy, París, sería un poema de Borges (de los últimos que escribió), y la célebre “casa de la cascada” (Fallingwater) de Frank Lloyd Wright, comparativamente sería un poema de Pablo Neruda. “El desierto”, del libro “La cifra” y el “Poema 20”, de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, para más datos. Ambos son muy fáciles de hallar en la web.
El material de la Ville Saboye es hormigón armado, una mezcla hecha exclusivamente por la mano del hombre. El color es el blanco. El brillo es satinado. La terminación está más cerca del casco de una embarcación que de un revoque. La casa apenas si toca el paisaje en los puntitos de sus pilotis. La escala de los espacios es propia: no pertenece a otro mundo que el de la matemática y la divina proporción. Para entenderla debemos recurrir al razonamiento; para quererla, al cálculo. Por eso elijo el Borges de “El desierto”. “Antes de entrar en el desierto / los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna. / Hierocles derramó en la tierra el agua de su cántaro, y dijo: / Si voy a entrar en el desierto, / ya estoy en el desierto. / Si la sed va a abrasarme, / que ya me abrase (…)”.
El ritmo imperceptible, el meticuloso juego de abstracciones, la repetición de la parábola, los lictores de Dios y la nada visual de los soldados detenidos a las puertas de un desierto inabarcable hacen que nos metamos en un mundo que no es real, un reino de conceptos que salen bien parados, que se entienden, pero a la que hay que prestarle una atención intelectual. Racional. Racionalista.
Los materiales de la casa de Wright son naturales, el arquitecto los extrajo del mismo paisaje adonde la construyó. Piedras, ladrillos, maderas. La calidad de los espacios externos e internos es natural: la casa parece haber estado allí por siempre, absolutamente mimetizada con el paisaje del arroyo. Con sus mismos colores y brillos. Para entenderla hay que rozarla; para quererla, sentirla cerca. La canción desesperada también está hecha de naturaleza. “Puedo escribir los versos más tristes esta noche (…)” Las palabras mismas del poema apelan a la naturaleza: estrellas, astros, pasto, viento, cielo… El ritmo es suavecito como el fluir del arroyo…
Al poema de Neruda nos entregamos con el corazón, al de Borges con el cerebro. Y sin embargo, ambos hablan de amor, como ambas casas hablan del habitar.
Las palabras del poema de Borges son artificiales, pero pueden mojar más que el río de Wright o que el rocío de la amarga noche de Neruda, cuando para comprenderlo no nos es suficiente con el gusto, sino que, además, necesitamos pensar. Pasa lo mismo que con las sinfonías: Mozart nos va directo al alma, les gusta a los niños y hasta a los bebés. La sinfonía número 40 nos entra por la piel, no por la cabeza. ¿Pero qué pasa con la complejidad de Paganini, con los cambios de humor no controlables de Brahms? Ni qué hablar del Dodecafonismo. ¿Qué nos pasa cuando, para apreciar algo, tenemos que saberlo? Hay cursos en todo el mundo para leer el Ulises de Joyce. Superar la prueba es casi recibirse de catador.
Intuyo que un catador disfruta más del vino que un bebedor común.

11.5.09

ES LO QUE HAY / ANTOLOGÍA DE LA JOVEN NARRATIVA EN CÓRDOBA

Aquí está la antología de la joven narrativa cordobesa, que reúne cuentos y crónicas de 24 escritores nacidos después de 1976 y vinculados de alguna manera a la provincia mediterránea. La antología es la culminación de un proyecto de pesquisa de la escritora Lilia Lardone, quien emprendió una búsqueda de producciones literarias y escritores jóvenes en Córdoba.El título del libro, que podría sonar despectivo, se explica por la doble acepción de la expresión: "por un lado el estrato de obras en un momento determinado, por el otro la actitud joven frente a un mundo impredecible", según palabras de Lilia Lardone. "Son los autores que tenemos, y reflejan el mundo que tenemos. Ni el fin de la historia, ni el fin de las utopías, ni el fin de nada. Sólo muchos comienzos"

Los autores son: Luciano Lamberti, Pablo Giordano, Cuqui, Pablo Natale, Sebastián Pons, Federico Falco, Emanuel Rodríguez, Fernando Montes de Oca, Maricel Palomeque, Diego Bermani, Fabio Martínez, Lucas Moreno, David Voloj, Santiago Ramírez, Mariano Barbieri, Juan Cruz Sánchez, Javier Martínez Ramacciotti, Hugo Rizzi, Juan Cruz Taborda Varela, Javier Quintá, Marcelo Díaz, Hugo H. Rabbia, Ramiro Pros y Pablo Dema.

6.5.09

BUENO PARA COMER II / MARVIN HARRIS

Una especie será objeto de apoteosis o abominación dependiendo de su utilidad residual o de su carácter nocivo. Una vaca hindú que no es comida proporciona bueyes, leche y estiércol. Es objeto de apoteosis. Un caballo que no es comido gana batallas y ara campos. Es una criatura noble. Un cerdo que no es comido es inútil: ni ara campos, ni produce leche, ni gana guerras. Por lo tanto, es abominado. Los insectos no consumidos son peores que los cerdos no comidos. No sólo devoran los cultivos en el campo, sino que se comen la comida de nuestro propio plato, nos producen mordeduras, picaduras y comezones, y chupan nuestra sangre. Nosotros no los comemos, pero ellos sí nos comen. Todo en ellos es dañino, nada bueno.
Los insectos son para los americanos y los europeos lo que los cerdos para los musulmanes y los judíos. Se trata de especies parias. La afirmación tópica de que los insectos son sucios y repugnantes tiene tan poco sentido como la afirmación tópica de que los cerdos son sucios y repugnantes. Si todo lo que hace falta para que una especie caiga en descrédito es su asociación con la suciedad, la humanidad hubiera muerto de hambre hace mucho tiempo.

5.5.09

BUENO PARA COMER I / MARVIN HARRIS

Desde el punto de vista de la alimentación, la carne de insecto es casi tan nutritiva como la carne roja o las aves de corral. Cien gramos de termitas africanas contienen 610 calorías, 38 gramos de proteínas y 46 gramos de materia grasa. En comparación, cien gramos de hamburguesa cocida con un contenido de materia grasa medio ofrecen solamente 245 calorías, 21 gramos de proteínas y 17 gramos de materia grasa. Una porción equivalente de larvas de polilla contiene casi 375 calorías, 46 gramos de proteínas y 10 gramos de materia grasa. Las langostas oscilan –en peso seco- entre un 42 y un 76 por ciento de proteínas y entre un 6 y un 50 por ciento de materia grasa. Las humildes crisálidas de la mosca común contienen un 63 por ciento de proteínas y un 15 por ciento de materia grasa, en tanto que las de abeja se componen, una vez secas, de más de un 90 por ciento de proteínas con un 8 por ciento de materia grasa. La única comparación desfavorable que puede hacerse entre los insectos y la carne roja, de aves de corral o de pescado está referida a la calidad de sus proteínas, medida en términos de aminoácidos esenciales, pero algunos insectos tienen combinaciones de aminoácidos casi tan buenas como las de la vaca o el pollo. Al igual que otros alimentos cárnicos, los insectos son ricos en lisina, que suele ser el aminoácido que más escasea en cereales y tubérculos. Y lo que quizás revista más importancia, la combinación de altos contenidos en materia grasa y en proteínas surte el efecto de “ahorro proteico”, aconsejable desde el punto de vista nutritivo para gente enfrentada a una escasez crónica, tanto de las segundas como de la primera. En este aspecto los insectos parecerían un mejor negocio alimentario que los artrópodos como las gambas, los cangrejos, la langosta y demás crustáceos (patrientes cercanos de los insectos), que tienen un contenido alto en proteínas pero bajo en materia grasa, o que las almejas, las ostras y demás moluscos con bajo contenido en grasas y calorías. Para satisfacer las necesidades diarias de calorías habría que comer 3300 gramos de gambas frente a sólo 500 gramos de termitas aladas.